Capítulo beteado por Patto Moleres, Betas FFAD.
www facebook com /groups /betasffaddiction
Solo la trama es de mi propiedad.
Aviso por escenas fuertes y futuros lemmons.
—Se puede saber qué es lo que tanta gracia te hace maldito gilipollas —dije en un tono un tanto asqueado y a voz de grito. Me enojaba de sobremanera que me hablase de ese modo. Era un maldito por hacerme sentir de esta forma. No me gustaba ver como nuevamente un tipo me podía reducir a nada en un mini segundo, y no ser capaz de defenderme. No me gustaba sentir aquí dentro como me transformo en un mosquito de la noche a la mañana. Era enfermizo esto que me ocurría con el más simple e inofensivo de los comentarios. Porque sí, estaba completamente segura de que este chico no tuvo la intención siquiera de alterarme. Pero esas cosas sencillamente me podían. Y nada ni nadie podría cambiar eso en la actualidad. No, primero debo acostumbrarme a vivir con el dolor. Cosa que era completamente imposible. De pronto, me di cuenta de que mis palabras no le sentaron muy bien al chico, pues sus hombros se encorvaron y su mirada se dirigió al suelo perdiendo al instante el brillo que tenía ésta. Ligeros temblores sacudían su cuerpo. Yo me quedé anonadada observando todo lo que ocurría ante mis ojos. Y todo lo que podía pensar es que era mi culpa. No pude evitar que una traicionera lágrima se derramase, bordeando mi mejilla. Me sentía como la mierda por causarle este mal al niño de los ojos lindos. Mi corazón se despegajaba, porque causarle daño a él era triplicar el mío. No me gustaba nada que sus ojos perdieran ese brillo, en fin, su esencia. Su mirada me recordaba a mi vida pasada antes de ese día. Y ver como yo la arruinaba me hacía verme mucho peor que el monstruo que ya de por sí era. Era el diablo, dónde quiera que estoy voy segregando mi propio veneno.
—Lo siento, no era mi intención molestarte —dijo débilmente sobresaltándome al escuchar su voz. Sus palabras me hicieron sentir horrible aquí dentro, era como si me estuviese rompiendo de a pedacitos. Lo malo, es que se estaban terminando de desgarrar los trocitos que quedaban vivos de la Bella que fui hace ya tanto tiempo.
No quería que por nada de este mundo siguiera disculpándose porque sentía que me derrumbaba, ya todo me daba vueltas. Eso no era buen presagio para mí. No quería ni pensar en el estado físico que debería tener. A parte de estar con la ropa ésta que me hace sentir una vil puta, ahora tengo que cargar con todos mis demonios en su máximo apogeo.
—De verdad, yo... —dijo el chico volviendo a formular una frase como medio de disculpa pero rápidamente le corté la perorata.
—No digas ni una sola palabra más —advertí a voz de grito para posteriormente sentarme en el columpio y musitar una y otra vez "no lo digas" como loca. No quería sus disculpas, joder, no las quiero. Escuchar sus palabras de arrepentimiento por decir palabras que lo califican a él como la persona que es, sólo me hacía sentir más miserable de lo que ya me sentía. La situación me despedazaba, de una forma tan profunda, que me hacía ansiar con todas las fuerzas que albergaba mi cuerpo, que acabase esta penitencia que estaba sufriendo en carne viva.
—No llores —pidió Edward arrodillándose delante del balancín y tomándolo por cada cadena provocando que se pare en seco. Sus ojos hacían contacto con los míos, a pesar de la oscuridad, haciendo que me sumerja en ellos produciéndome un extraño estado de calma. En la profundidad de su mirada pude apreciar la magnitud de las emociones de ese chico. Todavía en ella había un ligero rastro del daño que yo le había infringido.
—Vete, déjame sola. No quiero que me veas —dije escuetamente en una voz casi inaudible que me producía a mi misma lástima sobre la muñeca de trapo que era en este momento. No tenía fuerzas para nada, ya no tenía ganas de seguir luchando por algo que día a día me daba cuenta que no valía la pena. Bajé mi mirada al suelo, no soportaba la idea de que me estuviese leyendo.
—No me gusta ver en tus ojos esas sombras oscuras que se intensifican por momentos —dijo Edward con los ojos vidriosos por las lágrimas contenidas. Su voz parecía rota, como si realmente le doliese lo que me estaba pasando—. No sé qué pude haber sido tan terrible para que te encuentres en este estado tan... deplorable —continuó el chico pero parece ser que se quedó casi sin palabras para definir cómo me encontraba yo—, pero todo va a estar bien, niña linda —Ante esas palabras me quedé en trance recordando y añorando al mismo tiempo la última vez que me dijeron esas palabras.
«
—Ya pasó, mi niña linda preciosa. Sólo es un raspón —dijo mi padre tras recogerme del suelo ante la nueva caída que tuve debido a los patines. Mientras decía estas palabras, me arropaba fuerte entre sus brazos, apretándome contra su pecho produciendo que el dolor tan grande que tenía se me quitara milagrosamente.
»
Es en esta situación en la que me gustaría que mi padre me pudiese proteger como lo hacía en ese entonces. Que me abrazase tan fuerte como en ese momento, y me haga sentir que aunque mañana mismo se puede acabar el mundo, yo no sienta miedo ante ese hecho. Pero la realidad era otra completamente diferente y ser consciente de ello no te producía precisamente satisfacción. Sino que dolía como el demonio que las personas a las que más quieres no me pudieran siquiera rozar debido al asqueo tan grande que me produce. Simplemente no lo puedo soportar. El pánico que recorre mi cuerpo en esos instantes es tan grande, que revivo como si verdaderamente estuviese sucediendo de nuevo ese día. No existe ninguna diferencia entre quien lo haga, ni el momento y el lugar donde me pueda encontrar, simplemente pasa y ya. Puede parecer que soy una loca o una impulsiva de mierda pero esto es algo que no puedo evitar. Mi cuerpo reacciona de esta forma tan violenta ante el estímulo que produce un simple roce. Por todo ello tengo mucho empeño en que no me roce ni una mosca ya que es el único modo que conozco de tener control sobre mi persona.
Le miré con la melancolía y la nostalgia desbordando por mis ojos. Pude ver como sonreía al apreciar que había captado mi atención con mis palabras.
—Está mal decir mentiras —le recodé en susurros.
—Yo no he dicho ninguna, niña linda. Eres hermosa aunque esa tristeza que se aprecia en tus bonitos ojos opaque tu belleza.
—No digas eso, no lo quiero oír. Cállate, por favor —dije suplicándole. Maldecía interiormente que esos recuerdos apareciesen en mi mente haciéndome anhelar sentirme protegida y querida por los brazos de mi familia más cercana. Odiaba que esos recuerdos viniesen a mi mente, pues me recordaban una y otra vez que ya nunca sería lo que una vez fue. Ahora sólo existían los reproches hacia mi persona por no tomar las decisiones que pudieron evitar todo este desastre. Pero actualmente el hubiera no existe.
Poco a poco, iba sintiendo como la presión del momento me iba ahogando... dejándome sin respiración. Habían sido demasiadas emociones para un solo día pero sobre todo para una noche llena de inquietudes. Demasiado pronto para mi gusto, mi cuerpo se fue quedando totalmente laxo sin darme ni siquiera tiempo a levantarme del columpio y regresar a mi dormitorio.
La cabeza me martilleaba de una forma impresionante. Parecía que me iba a estallar, tenía unas ganas irrefrenables de arrancármela. Dolía un montón. Las once de la mañana. Yo nunca duermo tanto tiempo. Un poco desorientada, me fui levantando de la cama. No me acordaba mucho de lo que pasó anoche. Estaba hablando con Edward en el columpio pero de ahí en adelante todo está en negro. Es como si en ese periodo de tiempo no existiese nada. Creo que además de ser un monstruo, ahora también debemos añadir a la lista que tengo la cabeza atrofiada, ya no soy capaz de saber lo que hice y lo que no.
Me quedé seriamente mirando la ropa que llevaba puesta. Mi cara debió ponerse muy tensa pues los músculos de la boca me dolían de la presión que estaba haciendo los dientes superiores con lo inferiores. Llevaba el mismo traje rosa que me pasé odiando durante toda la cena. Esto no me daba buena espina. No me gustaba nada, no poder recordar que fue lo que ocurrió anoche. Y si... No, eso no pudo haber sucedido. Sencillamente tiene que haber otra explicación, porque si pasase otra vez ya no lo soportaría. Ahora sí moriría por ello. Tenía que comprobar que había pasado. Mi imaginación me estaba jugando una mala pasada. Sí, solamente era eso. Mi tía me podría contar como es que llegué a mi cama.
Rápidamente, me quité el vestido rosa todo arrugado y me vestí con lo primero que me encontré en el inmenso armario que había en mi dormitorio. Cuando ya me encontraba medianamente decente bajé las escaleras corriendo a toda velocidad, aunque cuando ya en los últimos peldaños me di cuenta de que necesitaba serenarme, no podía aparecer ante mi tía tan exaltada porque se preocuparía. Y eso a mí no me convenía de ningún modo. Con la escasa fuerza de voluntad que albergaba en mi cuerpo, inspiré y expiré hasta que mi cuerpo adquirió un poco de calma, pero, de pronto, una mirada color esmeralda apareció en mi mente. Me quedé blanca y quieta, demasiado quieta, tanto que parecía una estatua. Parpadeé rápidamente varias veces, pero ¿se puede saber qué coño piensas Bella? Saca de tu cabeza a ese chico que parece que tiene doble personalidad.
En la cocina se encontraba mi tía, entré en ella un tanto insegura por todo lo que estaba ocurriendo... Sentía que todo se estaba desmoronando a mis pies. Cada vez perdía más el control de la situación y eso me afectaba mucho. Me hacía ver tensa y alerta todo el tiempo. Y como siempre, lo terminaba pagando con quién no tenía la culpa de nada. No era justo, la vida no lo era. No lo fue conmigo. ¿Por qué debería serlo yo con el resto? No, yo no me podía rebajar a hacer una bajeza como la que me hicieron a mí. Nadie merece que te jodan la vida como me la fastidiaron a mí. Sencillamente, yo me limitaba a seguir, a pesar de que mis sueños quedaran reducidos a nada. Yo quería hacer tantas cosas. Quería viajar, conocer el mundo... Vivía ilusionada con tocar en un parque para ganarme algunas monedas para poder salir en el fin de semana o simplemente para comprarme unos zapatos o ropa que me gustase pero que no me podía dar el lujo de comprar. Pero todos esos detalles de quién fui, de las ganas que tenía por vivir, por luchar por lo que creía que era correcto se fueron a la basura. La razón es simple, yo ya no estoy viviendo, estoy subsistiendo en un mundo en el que no quiero estar y que únicamente me lastima más día a día.
—Bella, siéntate... Te serviré un zumo de naranja —dijo mi tía sobresaltándome y sacándome de los pensamientos tan desoladores en los que me encontraba. Una de las cosas que más me dolió fue tener que dejar de tocar, pues la música era mi vida, pero luego se convirtió en ese algo que odié con todo mi ser, porque me recordaba una y otra vez que nunca va a volver a ser lo que era. Sacudí mi cabeza para quitar estos pensamientos que tanto dolían de mi mente y me dirigí a la mesa.
Bebí a sorbos la naranjada que me hizo mi tía. No sabía bien cómo iniciar la conversación. Habían pasado demasiadas cosas y aunque ellos hicieran como si no hubiese ocurrido nada, me sentía muy rara. Yo no podía tomar la misma actitud que ellos. Todo esto me tenía conmocionada, pero no podía seguir dándole vueltas porque por mucho que lo pensaba una y otra vez siempre llegaba a lo mismo. ¿Tan mal me encontraba para no poder controlarme? Esto era muy frustrante, pero debía parar de reflexionar sobre ello, ya que no me llevaba a ningún sitio. Sólo servía para causarme más daño.
—¿Tía? —empecé dubitativa, no sabiendo muy bien cómo afrontar todo esto que me estaba ocurriendo.
—¿Sí? —respondió ella dándose la vuelta dejando de cortar las verduritas y mirándome fijamente, prestándome toda su atención de inmediato.
No sabía cómo preguntarle eso, cómo le voy a decir que no sé cómo llegué a mi habitación. Era muy complicado. Hasta vergüenza me daba averiguar tal cosa.
—Te desmayaste, Edward te trajo en brazos hasta la sala. Y nos contó que te desplomaste en el jardín. Luego te llevó a tu cuarto donde te recostó con mi ayuda. El chico parecía muy preocupado, incluso sugirió que fueses a un médico y la verdad yo me quedaría más tranquila si así fuera —contó mi tía calmadamente después de ver cómo me ponía tensa al no poder formular la pregunta. Aunque tensa no definía como me estaba sintiendo, la frustración de no saber lo que ocurrió me estaba volviendo loca literalmente.
Sus palabras iban calando hondo dentro de mi cerebro. Las palabras "desmayo" y "llevar en brazos" se repetían en mi cabeza como un eco, era muy repetitivo como el de una cueva. Lo de desmayarme dentro de lo que cabe era bastante factible, pero que me llevase en brazos no lo era. Mi cuerpo no había mostrado rechazo. Eso no era posible, ¿o sí? Yo no fui consciente de ello. Esto no me gusta. Se están formando cambios y eso no me gusta, porque sólo significa una cosa y es que no puedo controlar lo que se venga. Me encontraba un tanto perdida intentando asimilar lo que me había dicho. No lo podía comprender, ¿por qué razón tiene que ser tan complicada toda esta situación?
—Gracias por decirme. Lo siento, estoy muy desubicada esta mañana. Bueno nos vemos en el almuerzo…
—Nada Bella, piensa lo de ir a un médico. Sólo quiero lo mejor para ti y que te encuentres a gusto. Esta es tu casa —dijo mi tía como despedida.
Nuevamente esas palabras, cuando dejarían de causarme daño. Subí las escaleras a buen paso, necesitaba relajar mi cuerpo y para eso no había mejor remedio que un baño de agua caliente. Cogí únicamente ropa interior y un par de toallas ya que me volvería poner la misma ropa. No sabría decir cuánto tiempo estuve exactamente dentro de la ducha, pero seguro fue una media hora. Necesitaba sentirme limpia, después de todo ansiaba calmar todas las emociones y sensaciones que he estado acumulando durante esta dura semana. Aun con toda la calma que me producía el agua caliente, el dolor de cabeza persistía, tenía que calmarlo. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a tantas horas de sueño, más bien era al contrario, dormía lo estrictamente necesario o incluso mucho menos.
Me tomé un ibuprofeno que tenía en el neceser de Campanilla. Sí, soy una friki de Peter pan y Campanilla. Luego, mi atención se fijo en mi Samsung Galaxy S3 que se encontraba sobre el escritorio. La luz de este parpadeaba, lo que significaba que tenía llamadas y mensajes perdidos de mis padres. Lo configuré para que sólo ocurriese cuando ellos me llamaban. Fui hasta él y me llevé una sorpresa tremenda al ver 70 llamadas perdidas de mis padres y 15 mensajes. Pero esta mujer es una exagerada. Ni siquiera me digné a leer los mensajes, los borré todos con la misma al igual que las llamadas. Pff...Tendría que llamarla ahora mismo aunque no tenía ningunas ganas a soportar sus quejas y lamentos. Me senté en la silla tras el escritorio y la llamé.
—Mamá, soy Bella —dije al segundo toque—. ¿Qué tal va todo por San Francisco?
—Bella, mi niña —contestó mi madre un tanto desorientada, suena como si hubiese estado dormida. Upss... el cambio horario. No me acordé, pero bueno que se le va a hacer.
—Oh, lo siento no me acordé de la diferencia horaria, mejor hablamos más tarde —dije intentando deshacerme de sus reclamos.
—Eso sí que no, señorita. ¿Se puede saber cuándo pensabas llamar a tu pobre madre? Ni siquiera te has dignado a llamar para decirnos cómo estás. Te parece bonito. Mira qué clase de hija tengo que ni si quiera se acuerda por un minutos de su madre a la que abandonó a la intemperie —dijo mi madre todo de corrido como la gran exagerada que era, siempre era igual. Por eso no quería llamarla, es un drama tener que aguantar todo este numerito. Tendría que pararla un poco porque si no va a seguir diciendo tonterías. Ni que se fuese a morir sin mí.
—Mamá, ya estuvo bueno. Sólo llamaba para que supieses que estoy bien y que todo es muy lindo aquí —le conté para cortar su palabrerío.
—¿Qué tal es la hija de tu tío? —preguntó mi madre con la vena cotilla.
—Si te refieres a su físico, es guapa no se puede negar; pero ella y yo no nos llevamos muy bien. Ya me tengo que ir —dije forzando una despedida, no me gustaba que se pusiera a hacer muchas preguntas.
—Bueno, ya veo que no me echas de menos ni un poquito. Está bien, llámame mañana nena. Sabes que te amo, tú eres mi niña —dijo mi madre cediendo.
—Está bien, yo también te quiero —hablé tan bajo que dudo mucho que me haya oído. Pronto escuché el típico sonido de fin de llamada.
Me mordí fuertemente el labio inferior, me dolía mucho tratar a mi madre de ese modo tan frívolo. Sus palabras me causaron daño aunque no estaba dispuesta a aceptarlo. Yo la quería un montón pero no era capaz de decírselo. Siempre fui muy reservada y después de ese día este rasgo de mi personalidad se acentuó. Antes, me encantaba su forma de ser, que hablara hasta por los codos, pero ahora me fastidia y, una vez actuaba como lo acabo de hacer me daba cuenta del daño que le causaba a mis seres queridos. Muchas veces me pregunto dónde quedó la chica que se preocupaba por las personas que le rodeaban, y que solía anteponer el gusto de los otros al suyo propio aunque eso significase un sufrimiento para ella. Ser consciente de ese daño que le causo me hace ver el espectro en el que me he convertido. No entiendo cómo puedo ir y decirle eso. Me hace sentir mal.
Bajé al salón a ver la tele en lo que se hacía la hora para el almuerzo que supongo sería cuando Alice llegase del instituto. ¡El instituto! Si mal no recuerdo ya mañana tenía que regresar afrontando el castigo que la bruja esa me imponga. Estuve haciendo zapping durante un tiempo. Sólo paré de cambiar de canal en un par de ocasiones donde daban documentales, pero demasiado pronto para mi gusto comenzaba a aburrirme. Y volvía a cambiar así por un tiempo indefinido hasta que a mis oídos llegó la fastidiosa voz de Alice.
—Pero mira quién está aquí, pero si es la pobre damisela en apuros —se mofó con tono altivo y agrio como si fuese la reina y señora de esta casa. Esta niña se lo tiene muy creído. Pero esta vez yo no iba a ser menos. Me había quedado callada una vez pero dos era imperdonable. Si alguien en esta casa no merecía mi consideración sin ninguna duda era esta niña.
—La verdad es que no sé de lo que hablas, pero, la verdad, tampoco me importa —dije pasando de ella totalmente dirigiendo toda mi atención a la televisión.
—Pues digo que eres una maldita buscona que se hace la víctima para llamar la atención de un tío, y no te conformaste solo con aislarte sino que también te desmayas y todo. Por Dios chica, se un poco más original —dijo en un tono fastidioso. Después de oír todo lo que dijo me quedé blanca. ¿Pero quién se cree que es para tratarme como si fuera una fulana? Ésta iba a saber quién era Isabella Swan.
—La verdad es que hay que tener una cabeza muy rebuscada para llegar a una conclusión como esa, pero te aclaro mi querida Alice que si aquí hay alguna fulana es más probable que seas tú. La razón es bien sencilla, yo tengo una familia cosa que tú no. Oh, se me olvidaba de que tienes a mi familia, sorry girl —repliqué en un tono altivo y mirándola por encima el hombro haciéndola sentir como la poca cosa que era.
—Chicas a comer —nos llamó mi tío Peter interrumpiendo justo cuando un silencio sepulcral recaía sobre el salón. Me pude dar cuenta como tenía la mirada baja y se pasaba la mano por el rostro. ¿Estaba llorando? ¿La había lastimado? Joder. Pero si esa chica es dura de roer. Nunca llegué a pensar que esas palabras le fueran a causar daño, sólo quería que dejara de hacerme la vida imposible. Yo ya tenía suficiente con lo mío. No necesitaba más. Mierda... Yo no sabía nada de la vida de esta cría. Siempre tengo que terminar siendo la misma tonta. Cerré los ojos fuertemente, todo por seguirle el juego a esa niña no tan niña. Teníamos la misma edad. Diecisiete años aunque no me sintiese ni actuase como una niña de esa edad. Alice salió rápidamente de la sala dejando atónito a mi tío.
—¿Y ahora qué es lo que ha pasado? —demandó mi tío mirándome inquisitoriamente.
—Yo no sé nada —dije mintiendo de la mejor forma posible y simulando una cara de niña buena. Y siguiendo el ejemplo de Alice me dirigí a almorzar. Mi tío me seguía el paso justo detrás mía.
—Bella pásate por mi despacho después del almuerzo, tú y yo tenemos una conversación pendiente —informó mi tío sentándose a la mesa. Esa frase me dejó muy tensa. No pensé que fuese tan rápido, pero era obvio que debía ser hoy si mañana tenía que regresar al instituto.
La comida me la pasé inserta en mis pensamientos sobre lo que esperaba a partir de ahora. Me mandaría de regreso para San Francisco. NO. NO PUEDO IRME. Pensándolo bien, creo que eso no va a pasar porque mi madre no sabía nada, de haber tenido conocimiento de esto hubiese puesto el grito en el cielo. Incluso cogería el primer avión para asegurarse de que estoy bien y me obligaría a comportarme como una señorita, no como una persona sin educación, de la calle.
Más rápido de lo esperado me encontraba sentada frente a mi tío en su despacho. Nos mirábamos fijamente, ninguno decía nada. Yo no tenía nada que decir. Creo que todo estaba dicho. Me peleé con un tipo por decir un comentario que, desde mi punto de vista, estaba fuera de lugar. Y yo no me encontraba en mis cinco sentidos para hacer frente a la situación y mis instintos más básicos salieron a flote. Eso es todo.
—¿No tienes nada que decir? —dijo mi tío como una sonrisa bailando en su rostro.
—¿Qué es lo quieres saber? —le devolví la pregunta mostrando una indiferencia que no sentía.
—¿Qué fue exactamente lo que dijo ese chico para que reaccionaras de ese modo tan violento?
—Esa frase no la volveré a decir como tampoco aparecerá nuevamente en mi mente —respondí controlando la rabia que me embargaba. ¿Cómo me podía preguntar por lo que ese estúpido me dijo?
—No quiero que esta situación se vuelva a repetir —aclaró me tío en un tono que no admitía ninguna réplica—. Voy hacer como si nada hubiese ocurrido, eso significa que no voy a contarle nada a tus padres pero eso sí, ante la más mínima pelea les aviso —dijo mi tío con un tono más suave. Le mantuve la mirada durante el tiempo que estuvo hablando pero al final acabé bajándola, sentía mucha vergüenza por tener que pasar por ésta situación tan bochornosa.
—¿Bella? —me llamó mi tío. Yo me limité a mirarle como respuesta— Todo está bien, no quiero que esto cambie nuestra relación, pero estas conductas no son aceptables, ¿lo sabes, verdad? Sé que tus padres no hubiesen tolerado este tipo de comportamiento.
—Lo sé —dije con voz rota.
—Ahora, otro asunto que tenemos que hablar es el castigo que te ha impuesto la directora —dijo mi tío, lo que hizo que mi semblante cambiara y me pusiera alerta y tensa como nunca antes lo había estado. No sé porque me temía que no me iba a gustar ni un poquito lo que me fuera a decir mi tío.
—¿Cuál es el castigo? —pregunté rompiendo el silencio sepulcral en el que nos habíamos sumido.
—Tu castigo será cantar una canción frente a tu clase —comentó mi tío con cautela.
—¿Qué? —dije con una cara de horror y tensión por intentar refrenar la bomba de relojería que se me venía encima.
Más problemas para Bella al parecer. ¿Cómo terminará todo este asunto? Lo dejo a vuestra opinión.
Besitos.
