Se encerró contra las cuatro paredes metálicas del ascensor y comenzó a bajar… Pensaba quedarse un rato en el piso de Jenna, hablando algo con ella. Hace tiempo no se veían o se ponían al día de todo lo que sucedía. De lo que ellas querían contarse. Una parada más y ya estaría dentro de su oficina, sentándose y tomando un café como muy pocas veces había estado. Miró a todos lados y recordó que había olvidado sus anteojos en el escritorio de Damon… Esperaba que estuviese en ese escritorio porque no recordaba mucho de la hora anterior. Era confusa.
Había llegado para… Para… ¿Para qué había venido? ¿Por qué estaba allí dentro de la inmensa empresa de Damon queriendo estar junto a él a toda hora? ¿Qué les pasaba ahora que no podían separarse? Si antes estaban fuera todo el día y nada había sucedido. Bueno sí, pero… Antes de eso, todo estaba bien.
Claro que antes trabajaba y estaba toda la mañana ocupada, ahora sólo estaban Simon, Anna y ella todo el día en la casa sin tener nada más interesante que hacer que salir a dar vueltas la mañana completa desde que Damon se iba a trabajar y hasta que llegaban los chicos a la tarde con un hambre voraz dispuestos a tragarse la heladera si era necesario. Simon dormía todo el día, por lo que su única compañía era Anna. Y no era que se aburriese estando con ella, pero necesitaba también ver a Jenna o a alguien más porque si no, iba a convertirse en la mejor amiga de su suegra. Y no podía permitirse tanto.
Estaba bien ir de compras, después de todo ella siempre había estado allí en todo lo que necesitaron cuando aún estaban en pleno crecimiento económico y darse lujos era como sentirse reyes del mundo. Quizás ir al cine de vez en cuando. No tenían dinero ni para salir a la calle y comprar una bebida… Él invertía la mayoría de lo que ganaba para poder formar la empresa que hoy tenía y ella se mataba estudiando y agarrando todos los casos que podía para tener el máximo ingreso posible. Se pasaban todo el día fuera trabajando, no había tiempo de verse por las tardes ni siquiera al medio día como ahora… Ahora sí eran reyes, ahora sí podían cumplirse cualquier capricho que tuvieran, incluso los de sus hijos sin malcriarlos demasiado porque sino, nunca llegarían a nada. Se confiarían del éxito de Damon y no estudiarían, trabajarían en la empresa y eso no era lo mejor. Fracasarían, simplemente eso.
Tomó su teléfono para llamar a Anna por si necesitaba que llevase algo cuando volviera… Claro que ahora estaría durmiendo porque siempre que acostaba a dormir a Simon, se quedaba ella también dormida y eso podía suponer un riesgo por si el bebé se despertaba y ella seguía en su sueño profundo. Pero siempre, siempre, dormían el mismo tiempo. Parecía que ella era su madre y no Elena, su propia sangre. Es que se parecía tanto a ella..
Anna, la cariñosa mujer que la aceptó desde el primer día que la vio sin decir ni una sola palabra porque sabía que era la mujer a la que su hijo amaba y eso no podía discutirlo jamás. Además, siempre se llevaron bien. La acompañó en todo, aconsejándola a ella, a Damon y a los niños cuando algo sucede…
Le debía tanto a esa mujer.
Principalmente que Damon hubiese heredado sus ojos celestes luminosos que le transmitían todos sus sentimientos con tan sólo abrirlos por la mañana y cerrarlos por la noche. Era esa rutina la única con la que podría vivir, con ver a su esposo todos los días, a él, sus ojos, su cariño representado en las maneras y formas más ocurrentes. Era poco usual… Era magnífico.
Lo recordó entonces en su oficina, la primera vez… Cuando pudo caer en la idea de que tenía su propia empresa, de que era dueño de la suya. No un esclavo de otro hombre multimillonario, uno más de la cadena. Él era ahora su propio jefe y dueño, tomaba las decisiones, sabía qué hacer y se mantenía imparcial ante cualquier problema y solución. Lo había estado espiando antes de entrar y notaba como se revolvía el pelo mientras leía un contrato y se levantaba a leerlo contra el vidrio para que nadie lo viera, su rostro de preocupación. Que nadie viera que el jefe, amo, dueño y señor de todo estaba preocupado porque eso, entendía muy bien, podía hacer que el desempeño de sus empleados baje y no podían permitirse, él en realidad no podía permitirse eso.
Y notar la preocupación en cada pelo salido de lugar, la preocupaba a ella, verlo exasperándose a cada palabra de ese contrato no la ayudaba en nada a calmarse porque tenía miedo por él. Porque algo pudiese salir mal aunque estaba segura de que nada podría salir de aquella forma porque estaba más que acostumbrado a pasar por estas cosas, sentimientos. Por todo eso para lo que nació acostumbrado.
Ese papel inexpresivo era solamente una pequeña montaña de tierra en su camino, no había discusiones. Seguramente él imponía los términos y condiciones. A los otros les tocaba aceptar porque sabía, según él le había contado, ahora no eran una empresa más. Eran líderes de muchos mercados, dueños de monopolios, competidores en la globalización.
Era… Cómo explicarlo de una manera correcta. Era todo lo que Giuseppe habría deseado que fuese. Sí, una corriente de frío invernal le recorrió la espalda tan sólo nombrando al suegro que nunca conoció y del que Damon jamás estuvo dispuesto a recibir noticias. Más que nada por su mamá, porque podría causarle un daño emocional muy grave… Saber que él quería acercarse nuevamente. No iba a permitirlo por razones de orgullo que eran mucho más grandes que la lógica y que cualquier tipo de pensamiento. Damon jamás iba a dejar que Giuseppe apareciera, por lo menos, en la ciudad… Aunque no intentara contactarlos, porque no lo permitiría de ninguna manera. Lo echaría aunque costara muchísimo…
Después de todo, sus hijos pensaban que estaba muerto. Porque todo el amor que un hijo puede tenerle a su padre había desaparecido con la última valija repleta de cosas que se llevó de la casa el día de su cumpleaños. Dejándolo sin compasión por el mundo, sin ganas de nada, con la ilusión yéndose con él y su llanto arrastrado por los animales de la naturaleza que emprenden la migración.
Simplemente solos. Así los había dejado.
Y por eso quizás los admiraba tanto, a Damon y a Anna.
Supieron cómo salir delante de la peor situación a la que una mujer se puede encontrar… Sola, devastada y con un hijo de ocho años. Las ganas de llorar por un lado, la fuerza de una madre que hace todo por su hijo del otro. La balanza decidía y ella puso toda su voluntad en que se inclinara para el lado correcto, para el lado de salir y esforzarse para que su hijo triunfara en la vida y nadie pudiese sacarlos de su hogar y destrozar lo poco que quedaba de su familia.
Y Damon… Él simplemente salió cómo pudo. Con su abuela. Con la esperanza de todas las noches de que él iba a regresar aunque después de cerrar sus ojos y volver a abrirlos nadie estuviese allí para él.
Simplemente el llanto marcado en la almohada, impregnándose la tristeza más que el hermoso olor de su cabello y los pies marcados en la alfombra de tanto arrastrarlos por no poder tomar las fuerzas para levantarse.
Entendía ahora a Damon… Entendía porqué se enojó tanto. Porque ella era una de las personas que más amaba y lo desilusionó. Al igual que su papá.
Por eso lo había herido tanto al punto de hacerlo sollozar solo en la penumbras de un vaso de whisky y todo lo que este arrastraba.
Y ahora, por eso, por simplemente comprender. Entendía lo estúpida e inmadura que había llegado a ser.
¡Un aplauso para ella!
Porque no había cuidado lo que amaba.
Pero intentaba arreglarlo…
Su teléfono la sacó de sus pensamientos y el nombre en la pantalla la dejó helada con el sudor frío recorriéndole la espalda. Mareos, nauseas y la furia incontenible.
¿Qué? – dijo y se abrió paso entre las puertas del ascensor directo a la oficina de Jenna hecha una furia.
¡Rayos!
Gritó por dentro y siguió hablando intentando, y rogando, que nadie escuchara nada. Por lo menos no hasta poder hablar con Damon tranquilamente y explicarle todo.
