Capítulo 8
Entró en el living.
La vio allí, acurrucada en la esquina del diván, con el libro de Pirandello aún en las manos, apretado entre éstas, casi estrujado.
Avanzó.
No era capaz de estarse quieto. No sabía si sentía admiración por aquella muchacha, o sólo rabia. Una rabia incontenible, que era, en definitiva, lo que él deseaba sentir.
Giró en torno a ella, y sin palabras se sentó en frente.
Un silencio.
Ella lo miraba como si no lo viera. Una palidez mortal cubría su bello semblante. Tenía un temblor convulso en los labios y los senos le oscilaban como si allí se recopilara toda una emoción inconfesable o toda una amargura incontenible.
—No soy un sádico —dijo él de repente.
Kagome no contestó.
—Ni un malvado. Soy sólo un hombre, y me molesta que una mujer joven esté aquí… Eso me molesta.
—No se preocupe. Me iré pronto…
—Y dejarás tu recuerdo como una estela infernal.
¿Qué es lo qué tienes tú, para que yo me inquiete así? Yo, que jamás me inquieté ante mujer alguna. Además, me hiere esa sombra melancólica de tus ojos, y ese rictus amargo de tu boca. Te voy a hacer una proposición, y quizá, si la aceptas, desaparezca de tu boca esa amargura y de tus ojos esa melancolía.
—Si es para ofenderme —susurró ella en un gemido— absténgase de decirme nada. No tiene derecho a maltratarme así. Yo nada le hice.
—Eres diferente.
—No me lo propongo.
—Pero lo eres —gritó él exasperado— y eso me hiere a mí.
—Dijo que se iba —murmuró ella cohibida—. Dijo que se iba después de las Navidades. Están llegando. Falta sólo una semana. Ignóreme entretanto. Yo no tengo adonde ir, y usted… tiene un mundo entero que recorrer.
—No soy piadoso como mi tío, Kagome —dijo furioso—. Ni considerado para el prójimo. A mí me interesa este imperio. Cuando él fallezca y todo pase a mis manos, lo venderé y me iré de aquí y no daré un golpe en toda mi vida. No es que yo sea un holgazán —rió flemático y despiadado— es que tendré demasiado dinero, y sería de necios vegetar trabajando. Yo no amo esto ni me interesan las vidas de las personas que viven en este imperio. Yo tengo mi vida propia y lo demás… no me interesa en absoluto.
—No se lo ha dicho nunca a su tío.
—¿Por qué voy a disgustarlo? Además —rió— aunque se lo explicara, él no lo comprendería. Yo voy a hacerte una proposición. Sencilla, sin subterfugios, sin dobleces. Como todo lo que yo hago. Me gustas mucho —añadió rotundo—. Esa es la verdad. Me gustas tanto, que estoy a punto de perder la cabeza. Me gustaste ya cuando te vi por primera vez apoyada contra el tronco de aquel tilo. Vestías de hombre, y en contraste, tu femineidad era mucho mayor.
—¡Cállese!
—¿Por qué? Los hombres tenemos derecho a hablar.
—Pero no hay nadie obligado a escucharles —gritó Kagome, a punto de estallar en sollozos.
—Eres apasionada —ponderó él de modo raro—, muy apasionada. Me gustas por eso. Por la frialdad con que te recubres y por la pasión que hay bajo ese recubrimiento. No soy partidario del matrimonio, por dos razones. Una, porque me gusta mantener viva la ilusión, y otra porque, hombre casado, hombre perdido. No sé quien fue el que dijo algo parecido a esto. «Es fácil reconocer a dos esposos: Por su cortedad cuando se encuentran, o por la satisfacción que sienten cuando se pierden de vista» No. No estoy dispuesto a soportar la misma mujer toda la vida. Yo te propongo, sencilla y llanamente, esto: Vente conmigo. Te haré feliz. Y cuando uno se canse del otro, que terminará ocurriendo, nos damos la mano y nos despedimos amistosamente.
Ni siquiera se ofendió.
Ya no era ofensa ni dolor lo que sentía. Era más bien asco, mezclado con una terrible y honda desilusión.
—Oyéndole hablar, me recuerda usted algo que leí alguna vez… Hace ya mucho tiempo. Era de Heine y no recuerdo en qué libro lo leí. ¿Permite qué se lo repita? —no esperó ni siquiera un ademán de aquiescencia—. «Decidme, ¿qué es el hombre? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Quién habita allá arriba sobre las estrellas de oro? Las ondas murmuran su sempiterno arrullo, sopla el viento, vuelan las nubes, los astros centellan fríos e indiferentes. Y, entretanto, un pobre necio espera una respuesta.» Ese pobre necio me parece usted, Inuyasha Taisho. ¿Se da cuenta? Habría un sólo hombre en el mundo y sería usted, y yo no lo seguiría a ninguna parte.
Y como él la mirara fijamente, sin decir palabra, ella se puso en pie, dejó el libro de Pirandello sobre el asiento, y señalándolo murmuró con marcado desdén:
—Fue premio Nobel en el año treinta y cuatro, y si desea más detalles, le diré que era siciliano.
Giró en redondo.
Inuyasha se levantó como un rayo y dio la vuelta ante ella.
—No te marches. Aguarda. No hemos terminado aún.
Se miraron muy de cerca. Estaban tan juntos, que un simple movimiento los hubiera precipitado uno sobre otro. Ella apoyada en el respaldo del sillón. El frente a ella. Su cuerpo se deslizaba silenciosamente hasta estrujarse en el de Kagome.
Ella quiso retroceder, pero no fue posible.
Quedó allí, como clavada en el sitio, firmes los pies, vacilante la cabeza.
—Apártese —pidió bajo—. Apártese.
—¿De qué serviría? Nos sentimos atraídos los dos y no somos seres sagrados. Somos seres humanos y me parece que tú, pese a tus veinte años, poco más o menos, sabes tanto de la vida y de los hombres, como yo.
—De los hombres como usted, sé algo. Por desgracia, demasiado. Pero sepa una cosa. Habría un solo hombre en el mundo llamado Inuyasha Taisho, y yo no sería suya. ¿Sabe por qué?
—Lo sé. Porque de todos modos vas a serlo.
Sus dedos se agarrotaron en el brazo femenino. Resbalaron silenciosamente, produciendo en ella aquella terrible inquietud y estremecimiento.
Pero él no se dio cuenta. Él sólo la deseaba en aquel instante, y la odiaba al mismo tiempo por desearla tanto.
Era la primera vez que le ocurría. Y no estaba dispuesto a doblegar aquella inquietud, sino a saciarla como era su costumbre.
—Que Dios le perdone —gritó ella furiosa, a punto de estallar en sollozos—. Por el daño que me hace a mí, por el que despiadadamente piensa hacer a su tío. Ese hombre que todo lo dio por usted y que tantas esperanzas cifró en su futuro. No, Inuyasha Taisho. No sé mucho de hombres. No sé nada. Sólo de los malvados como usted, y me da pena pensar… pensar. Iba a abrazarla. Iba a cerrarla en su cuerpo, pero, súbitamente, algo sonó fuera, y Inuyasha huyó de ella como si mil demonios lo empujaran.
—Es míster Kirryo que regresa —susurró ella bajísimo, con rara entonación—. Me gustaría saber lo que piensa de usted… Ojalá lo viera tan ruin y bajo como yo, y le diera el escarmiento que se merece.
—Cállate.
—Ojalá.
Y salió casi corriendo, deslizándose por el vestíbulo hacia la escalera, antes de que míster Kirryo apareciera en la terraza y asomara por la puerta principal.
Capítulo 9
Avanzaba por el largo pasillo, en dirección al vestíbulo superior, cuando una figura surgió en la sombra.
Acababa de ponerle la última inyección del día a míster Kirryo. Lo dejó acostado en el lecho, y con un «buenas noches, señor», salió y cerró la puerta.
Fue entonces, al deslizarse por la penumbra del largo pasillo, cuando la alta y delgada figura apareció ante ella.
Se quedaron los dos mudos en la sombra. Uno frente a otro.
Ella supo que la guerra estaba declarada, y supo asimismo, que si él no se iba pronto, sería ella quien comenzara de nuevo su cruz de un lado a otro sin encontrar sosiego y un hombre honrado que la asiera de la mano y la llevara por el camino de la vida, sin bajezas ni mezquindades.
Vio sus dientes relucir en la oscuridad y algo que parecía ser una sonrisa. Y sus ojos castaños claros, que tenían como lucecitas negras y tormentosas.
Fue a seguir su camino, pero él, sin pronunciar palabra, la agarró por un brazo y la llevó a aquella penumbra, hacia el fin del pasillo.
—Le digo que no —gimió ella en un susurro—. No grito porque me da pena pensar que su tío, que tan buen concepto tiene de usted… le odie como le estoy odiando yo.
—Nada hay en el mundo tan dulce como el amor. Después del amor, lo más dulce es el odio.
—No me interesa lo que diga Longfello —replicó ella en el mismo tono ahogado.
Él rió.
Fue una risa baja y ronca a la vez, en el silencio del largo pasillo oscuro.
—Ya veo que estás al tanto de muchas cosas. Pero no importa ahora —cuchicheó, empujándola a su pesar hacia el interior de un mudo y solitario salón lleno de tapices, cuadros y muebles caros—. Ni tu cultura, ni mi falta de tacto para adjudicarme pensamientos que nunca tuve y que copié de otros. Yo no soy un tipo presuntuoso, aunque a primera vista lo parezca. ¿Sabes cómo soy? ¿Quieres qué te lo diga? Humano y real.
Cerró la puerta y apretó un botón. Una luz azulosa, partiendo de una esquina del salón, iluminó éste a medias.
—Me gusta que me odies, Kagome. Debo ser distinto a los demás. Yo nunca viví agitado por nada. Tuve cuanto quise y alcancé cuanto deseé. No soy un Casanova, pero soy un hombre a quien no le agrada someter a tirantez sus pasiones. Le gusta desahogarlas. Tengo una pensión espléndida y no creo que mi tío, una vez te escapes conmigo, lo tome trágicamente. Él fue hombre y no creo…
—Me da pena oírle.
—¿Por qué no me tuteas? —y riendo, al tiempo de mirarla fijamente hasta hacerla ruborizar—: Nunca has tenido nada. A mi lado tendrás cuanto desees. Y una vez nos cansemos uno del otro…
—Es usted odioso, Inuyasha Taisho.
—Bueno… todos los hombres solemos serlo cuando decimos verdades y nos ceñimos a la realidad de un deseo. Te prometo que si me enamoro de ti… te haré mi mujer.
—Usted está enamorado de mí —dijo ella inesperadamente, pegándose contra la puerta—. Ningún hombre pierde la dignidad, si no es por amor. Y usted es de los seres indignos que no saben amar, que lo hacen de modo mezquino, y es tan necio que no quiere reconocer que los sentimientos que le inspiro están muy por encima de la mezquindad que me propone.
—Palabras —rió él provocador—. No, Kagome. Dejemos las palabras a un lado. Los dos somos seres reales, pisamos tierra firme y no nos engañamos con tantos espejismos. Yo pienso irme mañana mismo.
Ella se estremeció de pies a cabeza.
—¿Mañana? ¿Sin pasar las Navidades junto a su tío?
—¿Te asombra tanto? Así es. Mi tío no me necesita para nada, ni a ti tampoco. Todos le adoran. Todos le veneran. El día de Navidad no le dejarán estar solo. Vendrán los hijos de los peones a cantarle villancicos. Y el jardinero pondrá un árbol monumental en el salón de la planta baja. Y mi tío, que es un sentimental, sentirá que los ojos se le llenan de lágrimas. No, Kagome, hermosa, yo no soy un sentimental. Yo soy un hombre, como soy, como tú me ves. Aquí no hay engaño ni falsedad. Soy ruin o te lo parezco a ti. Pues tal como soy me muestro ante tus ojos —bajó la voz, inclinándose hacia ella que lo miraba espantada—. Pero… ¿sabes? Las mujeres son felices a mi lado. De ninguna tuve queja jamás.
—Antes de seguirle, preferiría ser solterona y arrugada como pasa, señor Taisho.
Él apretó los labios.
Dio un paso al frente. Quedó casi doblado junto a ella. Era mucho más alto, y al tratar de buscar los azules ojos, su cuerpo casi se encorvaba.
—Kagome… Kagome… no sé por qué siento esto. No sé, maldita sea, yo no quiero sentirlo —su voz se alteró como si algo invisible le agitara—. No quiero, ¿me oyes?
La joven levantó los ojos. Al hacerlo quedaron como presos en la mirada masculina. Hubo un temblor en los labios sensitivos, y después algo, como una gota gorda, se deslizó de sus ojos y cayó en sus manos dobladas sobre el pecho.
Inuyasha Taisho dio un paso atrás.
—Estás llorando —dijo sordamente—. Llorando… ante mí.
Kagome giró la cabeza. Quedó como medio encogida contra la puerta, de espaldas a él.
Inuyasha apretó el puño.
Él no sabía lo que sentía en aquel instante. No sabía por qué se gozaba en dañarla. Quizá porque, como él decía, era contrario al matrimonio, y, subconscientemente, sabía ya que de otro modo jamás podría conseguirla.
Y como si luchara contra esta evidencia, la agarró con las dos manos por los brazos, y así como estaba, de frente a la espalda de ella, la cerró contra sí.
—Déjeme… —gimió Kagome en un sollozo—. Déjeme… ¡Suélteme!
Pero él no podía dejarla. En aquel instante no era capaz de dejarla. No sabía si la deseaba o la amaba. Sabía únicamente que algo ardía en su pecho, y que sus labios iban hacia los de ella con ansiedad.
La hizo girar en su propio cuerpo, y como un hambriento buscó sus labios. La besó con desesperación y un anhelo de algo que el mismo desconocía en su pecho. Ella se debatió primero, pero luego quedó inmóvil entre sus brazos, y presa en su agónica inmovilidad produjo en él una extraña reacción.
Dejó de besarla. Buscó sus ojos, y al encontrarlos cerrados la apretó en su pecho con cálida ternura, como si de súbito enloqueciera.
La besaba en el pelo y en la garganta y mantenía oprimido aquel peuqño y frágil cuerpo que parecía muerto, que a momentos temblaba en sus brazos.
Después, súbitamente, la soltó y quedó de espaldas a ella.
—¡Dios santo! —gritó—. Dios santo…
Y como si tuviera miedo de arrodillarse a su lado y pedirle por Dios que lo quisiera, huyó hacia la puerta, salió al pasillo a grandes zancadas.
Kagome, tambaleante, como si de pronto su cuerpo fuera una gelatina movido por un resorte, abrió la puerta y se deslizó en la oscuridad hacia su cuarto.
Al día siguiente lo supo.
Se lo dijo el mismo míster Kirryo…
—Inuyasha se ha ido a París esta madrugada.
Parpadeó tan sólo.
—Vino a verme ayer noche y me dijo si no tenía inconveniente en darle mi consentimiento —¿había amargura en su voz?—. ¡Estos chicos! —se alzó de hombros, como si le quitara toda importancia—. Es posible que no regrese en mucho tiempo. Tiene aficiones pictóricas…
Ella no era capaz de pronunciar palabra.
Tal era su desconcierto y su… ¿dolor? Sí, dolor. Dolor de saber que aquel hombre sufría por su sobrino. Dolor de que el sobrino fuera como era. Dolor de haber sido besada brutalmente y de haber sido humillada sin piedad.
Y dolor de aquella inquietud incontenible que sentía, que él dejó en su boca y en sus ojos y en todo su ser.
Dolor de no ser lo bastante fuerte para destruir de un manotazo aquella angustia íntima que roía incesantemente.
—Siento que un día… Inuyasha no sepa amoldarse a esto. Es lo que más lamento.
—Sabrá, señor…
—¿Sí? ¿Lo crees? Ojalá aciertes —y como si aquel asunto careciera de toda importancia y considerara totalmente natural la marcha de su sobrino en vísperas de Navidad, habló de la finca, de los peones, de su tema siempre latente.
Empezaron a transcurrir los días.
Llegaron las Navidades, y tal como Inuyasha predijera, los hijos de los peones cantaron los villancicos, y el jardinero levantó el árbol de Navidad y Santa Claus dejó un montón de juguetes para todos los muchachos de la hacienda.
Y ella vio, más cerca de aquel hombre que nunca, lágrimas en sus ojos. Y supo, lo intuyó, cómo echaba de menos a su sobrino, el hombre que un día, según él anhelaba, sería su continuador.
Se recibió una carta suya el día de Navidad.
Todo estaba cubierto de nieve. Hacía mucho frío.
Hundido en el sillón, junto a la chimenea encendida, ella vio cómo el señor Kirryo leía la carta. La doblaba y no mencionaba para nada su contenido.
Los días siguieron transcurriendo.
Un mes, dos, tres…
Empezaba la primavera.
Ella se sentía cada día más ligada a él. Sentía un afecto profundo por aquel hombre enfermo, más agotado cada día, que, hundido en el sillón junto al fuego, miraba al frente y hablaba de sí mismo, de sus fatigas pasadas, de sus esperanzas, de sus ilusiones, muchas de ellas frustradas.
Y un día lo dijo.
Ella lo esperaba.
No sabía por qué, sabía que un día aquel hombre terminaría diciéndolo y ella no iba a tener valor para negarse.
No sentía amor. Ni él lo confesó. Sentía soledad, y quería saber que antes de morir, alguien estaba a su lado y sentía su pena y su dolor y su alegría. Y un día, cuando él muriese… llevaría flores a su tumba y lloraría un poco por él.
—La única persona que es capaz de sentir piedad y afecto por mí, eres tú.
—Oh, señor…
—No me mires así. No te espantes ni te asustes. Tengo demasiado dinero y no sé qué hacer con él. Todo este imperio es mío. Todo esto por lo cual di la vida, desaparecerá un día, cuando yo muera, y esos hombres que bregaron en mi tierra y comieron mi pan, y me ayudaron a levantar este hogar, se quedarán en la calle, viejos, solos, muertos de hambre…
—Señor, yo…
Él la miró. Con ansiedad.
Terriblemente conmovido y terriblemente anheloso.
—No te pido amor, Kagome. ¿Me comprendes? Llegué demasiado tarde a las puertas de la vida sentimental. Cuando quise darme cuenta… sentía cansancio en el cuerpo y fatigas en mi corazón, y vi canas en mi pelo… He criado un ídolo. ¿Entiendes? Lo he criado de oro macizo, y un día, no sé cuándo, ahora, descubrí que estaba vacío, que no tenía dentro ni siquiera un quilate de oro. Y por fuera era de un vil metal de mala calidad.
—Señor…
—Sé que tú me continuarás. Piénsalo. Sé que sabrás ser una magnífica patrona de este imperio.
—Yo no tengo derecho a robar lo que le pertenece a su sobrino.
—Él quiere… la vida alegre, lejos de esta comarca. Él vive y goza y no sufre… A él le basta el dinero. Tú, en cambio, sabrás seguir mi labor y amparar a esos hombres y a esas mujeres y a esos niños que luchan conmigo. Me queda poco de vida, Kagome. Ayúdame tú. Dios te puso a mi lado… para esto. Para que yo muriera tranquilo sabiendo que aquí… todo continuaría igual.
—Deme poderes, señor, y continuaré. Pero no me pida…
Silencio.
Él la miraba.
Ella, en un gemido, susurró:
—No me pida que me case con usted. Que un día Inuyasha Taisho me eche en cara mi indelicadeza.
—Estás enamorada de él.
—¡Señor!
—Aun así, Kagome, aunque estés enamorada de él, yo insisto. Quizás es la gran lección que él se merece. No podría darte poderes tan amplios, si no te casas conmigo.
—Pero, señor. Yo… yo…
—Sé lo que sientes. Sé cuánto sientes y cuánto sufres y cuánto lloras por las noches…
—Señor…
—Piensa que eres mi hija, pero… tendrás que ser a la par mi esposa para continuar una labor que yo empecé… y que nadie como tú sabrá continuar.
El señor Kirryo siguió hablando mucho tiempo. Parecía ya agotada su voz, cuando ella, inesperadamente, susurró:
—Él va a odiarme por quitarle lo que es suyo.
—Él tendrá dinero… El dinero que necesite para sus goces…
—Usted le ama, señor.
—Mucho. Por eso te pido que seas mi mujer.
—Y su odio…
—Habrá odio, pero tú eres entera. Eres firme y sabes cómo mantenerte en tu lugar. No me serviría otra mujer. Tú… sí.
—Señor…
—Por favor… no te preguntes por qué ni cuándo. Di que sí únicamente. Al casarme contigo trato de defender tu felicidad, y a la par… defiendo la de ese muchacho que quiero tanto y que tan inconsciente se porta.
—No le comprendo.
—No es preciso que me comprendas. Accede solamente. Y después, cuando yo muera… hallarás las respuestas a tus porqués.|
—Oh, lo que usted me pide…
—Nada te pido de tu persona —sonrió con amargura—. Soy demasiado viejo para hacerle el amor a una muchacha de poco más de veinte años. Te pido ayuda y sé que me aprecias y sé que sabes cuánto amo todo esto y no ignoras que mi muerte sería infinitamente amarga, si me llega sin la seguridad de que alguien continuará mi labor.
—Llámelo, pídale a él… Pídaselo, por favor.
—No seas tan considerada para quien tan poco lo ha sido para ti. Además… ¿adónde dirigir mi carta? Hace tres meses que se fue, y desde las Navidades no he vuelto a saber de él. Cuando regrese, si regresa antes de mi muerte, que no lo creo…
—¡Oh, yo… yo!
Y como enloquecida, como aturdida, indescriptiblemente impresionada, ocultó el rostro entre las manos y prorrumpió en sollozos.
Myoga Kirryo le puso una mano en el pelo.
—Has sufrido. Sé que gustas a los chicos. Sé que has luchado para mantener incólume tu dignidad de mujer. Sé que te maltrataron siendo niña y sé que te has quedado muy sola… Yo te doy la oportunidad de tener amor aquí, entre mi gente. Te quieren. Yo sé que te quieren y te admiran y te respetan. Porque tú te hiciste querer y respetar y porque yo hice también que te amaran y te respetaran.
—Señor… no hable más. No quiero oírle. Dese cuenta de mi situación. No ambiciono nada. Nada quiero para mí. Sólo trabajo y tranquilidad… Pero dinero y poder, no. ¿Para qué?
—Para ayudar a un anciano enfermo que necesita ayuda.
—Así… así… también le ayudaré. Le prometo que…
Huyó de allí.
Lo dejó solo.
Pero él siguió insistiendo, día tras día, dando razones que eran terriblemente humanas.
También el reverendo acudió al palacio. Le ayudó. De una manera velada, pero firme…
Un día, ella dijo:
—Sea… sea, y que todos comprendan el porqué.
Se casó en la finca, seis días después.
Y todo continuó igual. Pero eso sólo lo sabían ella y el señor Kirryo.
Dos meses después, una noche… cuando entró en la alcoba para aplicarle la inyección, lo encontró muerto. Así, como un pajarito. Sin una queja, sin un suspiro, sin una protesta…
