Gracias de nuevo por vuestros reviews! Yaz, sé que puede sonar cansino, pero me encantan tus análisis. Me gusta intentar hacer parecer a los personajes lo más humanos posible. Bueno, aquí dejo otro capi, espero que lo disfrutéis. Saludos para todos!


Después del último encuentro con Defteros, Asmita no había vuelto a saber de él en días. Sabía que le había herido, pero esperaba que con el tiempo entendiera que lo había hecho por su bien. Para que reaccionara de una vez. Para que dejara de confiar en una persona que poco a poco se iba alejando de toda moralidad. Pero la realidad era que se había acostrumbrado tanto a su compañía que ahora le extrañaba. La soledad de su templo se volvía pesada, incómoda. Y esas frías paredes de piedra también extrañaban la voz de Defteros.

Cediendo a un impulso poco habitual en él, Asmita salió fuera de su templo, vestido con la armadura de Virgo. Las doce casas estaban casi completas, y eso significaba que la proximidad de una posible Guerra Santa era cada día más real y palpable. Había notícias que los espectros de Hades empezaban a revivir en diferentes puntos de la Tierra, y la obligación de todo caballero era permanecer siempre en estado de alerta. Asmita se detuvo en la entrada, sintiendo como el calor del sol acariciaba su blanca piel, regocijándose con la sensación de la suave brisa removiendo sus rubios y largos cabellos a voluntad. Agudizando todos sus sentidos para intentar ubicar a Defteros donde fuera que se hubiera refugiado. Y por fin, notando su cosmos, lejos de las tierras delimitadas del Santuario. Perfeccionando sin descanso las técnicas de Géminis. El dominio de las dimensiones de Aspros. De sus dimensiones. Una casi imperceptible sonrisa se difuminó en su siempre sobrio rostro al saber que Defteros no había desistido de su empeño de crecer como guerrero día tras día. Ahora sólo faltaba que encontrara el valor para reivindicarse de una vez.

Un cosmos altivo y unos pasos orgullosos lo arrancaron de sus silenciosos pensamientos. El oro chocaba con determinación contra los peldaños de las escalinatas que unían los templos. Y pasando cerca de él pudo descifrar el cosmos de Aspros. Una poderosa energía a la que no tenía nada que envidiar Defteros. Absolutamente nada. Porqué esa energía tenía algo turbio...oscuro. Y Defteros no podía poseer un alma más clara para Asmita.

Aspros miró de reojo al Caballero de Virgo mientras seguía imperturbable en su avance. No tenía ninguna intención de pronunciar las protocolarias palabras, necesarias al cruzar un templo ajeno. Asmita no le gustaba, y no pensaba perder el tiempo intercambiando palabras estúpidas con alguien que, a su parecer, no pintaba nada en el Santuario. Asmita permaneció en silencio mientras Aspros pasaba por su lado. Podría no haber dicho nada, dejarlo pasar...pero Asmita también era orgulloso, y no iba a permitir que su presencia fuera de su templo no se respetara.

- Aspros, no te he dado el permiso para cruzar mi casa. - dijo Asmita, con tono serio, el ceño fruncido, su cuerpo erguido.

Aspros se detuvo unos pasos por detrás de Asmita, y giró levemente el rostro para lanzarle una mirada de irónica incomprensión. Seguidamente chasqueó la lengua con desprecio y emprendió de nuevo su marcha. El porte de Aspros era imponente. El casco de los dos rostros descansaba apretado contra su cadera, y la capa blanca, ondeando al son de sus pasos, le confería un aspecto soberbio. La actitud que mostró Aspros indignó a Asmita, que se tragó su crispación, y volteándose hasta encarar la espalda de Aspros volvió a detenerle en su avance. Con su inquebrantable temple.

- No tienes mi permiso para cruzar Virgo.- repitió con firmeza.

- ¿Te crees que me importa tu permiso? - dijo Aspros con sorna, sin volverse.- El Patriarca me reclama. Ése es el único permiso que necesito para cruzar tu casa.

- No esperaba que la arrogancia del Caballero de Géminis estuviera a la par de su inmenso poder.- dijo Asmita, con toda la mala intención del mundo.

Estas palabras tuvieron el efecto esperado sobre Aspros, que con indignación se giró y volvió sobre sus pasos hasta posarse frente la figura de Asmita, mirándole con altivez, respirándole sólo a unos pocos centímentos de su rostro.

- Y yo no esperaba que el supuesto Caballero de Virgo tuviera la piel tan fina.- replicó Aspros, intentando en vano clavar su afilada mirada en otra que no iba a encontrar.- Digo supuesto porqué nadie sabe qué narices haces aquí. Ni siquiera sabemos si realmente tienes algún poder...así que yo voy a pasar por tu casa las veces que me plazca sin pedirte nada, ¿entendido?

- Me sorprende que Géminis te vista sin dudar. Tu orgullo...tu altanería...¿hasta cuándo lo podrá soportar tu armadura?- continuó Asmita, con una sarcástica sonrisa impresa en sus suaves labios.

Estas últimas palabras enrabietaron a Aspros sin medida, y la única cosa que se le ocurrió hacer fue cerrar su mano sobre el cuello de Asmita, aplastándolo contra una de las columnas de piedra de la entrada de Virgo. La presión que proferían sus dedos era firme, y podía sentir el pulso del corazón de Asmita en ellos. Un pulso que no se había alterado en absoluto. Las armaduras resonaban por su proximidad, reconociéndose camaradas, más allá de los cuerpos que las vestían.

- Justamente tú no tienes derecho de juzgar a nadie...- dijo Aspros, masticando las palabras - tú...el que profesa fe en religiones y creencias extrañas al Santuario...el que pone en duda a nuestra diosa Athena...- la presión de los dedos de Aspros contra el cuello de Asmita era cada vez mayor, y su rostro estaba tan cerca del de Asmita que su propia y agitada respiración movía intermitentemente el rubio flequillo de Virgo.- ¿Tú me hablas de orgullo? ¿Tú, el que se cree el hombre más cercano a Dios?... Pero...¿qué Dios?

- Mi cuerpo es tan mortal como el tuyo, Aspros...no soy yo el que me ha nombrado con semejante título.

Los labios de Aspros estaban contraídos en un rictus de desaprobación. Su respiración golpeaba el rostro de Asmita, y con cada inspiración notaba como le llegaba el intenso aroma a algo parecido a incienso. Un aroma que no le resultaba extraño, aunque no conseguía recordar por qué. Sus ojos se fijaron en los párpados cerrados de Asmita, y decidió atacarle con el que creía que sería su punto más débil.

- ¿Cómo puede ser de ayuda un caballero que ni siquira ve las baldosas que pisan sus pies?...Si es que en realidad eres ciego...¿por qué...lo eres?...¿qué hay debajo de estos párpados siempre cerrados?...

La presión de los dedos de Aspros se estaba volviendo cada vez más intensa, haciendo que las mejillas de Asmita se tiñeran de rojo por falta de respiración. Aspros seguía ejerciendo presión, mirando fijamente unos ojos que lentamente se abrieron un poco, dejando entrever unos clarísimos irises azules cubiertos por un fino velo que les robaba todo atisbo de vida. Aspros se buscó dentro de ellos, pero no se encontró. El aroma del exótico incienso seguía llenándole los sentidos, y como un relámpago cruzándole la mente recordó dónde lo había notado antes. Defteros...era él que a veces desprendía ese aroma, mezclado entre el olor de su sudor y del polvo del Santuario. Era él...y eso sólo significaba una cosa...que Defteros estaba empezando a olvidar cuál era su lugar. Defteros estaba extralimitándose en sus movimientos...estaba moviéndose por terrenos que tenía prohibidos. Y todo a sus espaldas...sin esperar a obtener su permiso...Esta constatación hizo que su respiración se acelerara sin control y que sus ojos se vistieran de ira mientras seguía oprimiendo a Asmita.

- ¡Serás maldito!

La furia se apoderó de la voluntad de Aspros. La serenidad nunca abandonó a Asmita, que seguía con su apagada mirada abierta. Un pesado silencio cayó sobre los dos, y una extraña sensación empezó a invadir el cuerpo de Aspros.

La mano que sujetaba el cuello de Asmita lentamente fue perdiendo la armadura que la envolvía. Primero los dedos, luego el antebrazo...el brazo...todas las piezas de la armadura de Géminis fueron abandonando el cuerpo que cubrían, ajenas a la mirada de desesperación de Aspros, que estaba completamente paralizado, incapaz de conseguir que la armadura acatara sus mentales órdenes. Finalmente todas las piezas se despojaron del cuerpo de Aspros, y se ensamblaron a poca distancia, dando forma a la armadura de Géminis en reposo. Unas gotas de sudor empezaron a resbalar por las sienes de Aspros, que observaba impotente el dantesco espectáculo que le estaba ofreciendo su propio oro. Un inmenso cosmos empezó a emerger del cuerpo de Asmita. Una gran energía que quemó la mano con la que Aspros le tenía prisionero. Provocando que la retirara de inmediato. Aspros buscó de nuevo la armadura con su exasperada mirada al tiempo que Asmita intentaba recuperar todo el aire que le había sido negado. Cerrando de nuevo sus ojos mientras sus pulmones se llenaban con ansias. Aspros seguía buscando la armadura, sin darse cuenta que le estaba vistiendo. Que en ningún momento había dejado de hacerlo.

- ¿Qué pasa Aspros? ¿Te ha abandonado tu armadura? - dijo Asmita, con la voz tomada por la presión a la que había estado sometida su garganta.

En ese instante Aspros se percató que el oro volvía a cubrirle...Que, en realidad, en ningún momento había dejado de hacerlo. Que había sido víctima de una ilusión. Constatar este hecho hizo que se sulfurara todavía más, pero se contuvo las ganas de acabar con Asmita. Ya había hecho bastante el ridículo frente a un caballero que ni conocía y que encima, era seis años menor que él.

- Ésto no quedará así...Virgo.- dijo Aspros con desprecio.- Te has excedido en demasiados terrenos...Y no es aconsejable codearse con las sombras.

- Quizás es en las sombras donde reside la auténtica luz, Aspros. Una luz sólo existe porqué hay una sombra que la hace relevante.

Estas palabras cayeron como un puñal en el alma de Aspros. Se sentía estúpido por haber permitido que Asmita jugara con él. Que le venciera una pequeña batalla con una simple ilusión que fue incapaz de reconocer. La ira le habia cegado y había hecho que bajara la guardia. Y por si ésto fuera poco, esas palabras...ese aroma que envolvía a Virgo...todo eso le conducía sin remedio a Defteros. Y eso sí que no lo podía aceptar.

Aspros tragó la rabia que se había acumulado en su garganta al tiempo que se secaba el sudor de su frente. Intentando recuperar la compostura. Tenía una reunión con el Patriarca, y no podía dejar que su aspecto hablara mal de él. Ni su actitud. Había demasiado en juego y no podía echarlo todo a perder por una estúpida riña. Lanzando una última mirada cargada de odio hacia Asmita, emprendió su camino de ascenso hasta la cámara del Patriarca. Una misión le esperaba, y conocer los detalles de la misma era más importante que lidiar con aquél estúpido caballero venido a más.

La misión encomendada era clara. Debía dirigirse al bosque de las pitonisas en busca del oráculo de la definición de la próxima Guerra Santa. Ésta misión era de suma importancia, y no podía llevarla a cabo cualquier caballero dorado. Sólo los más fuertes y preparados, los más aptos en todos los sentidos podían acceder a ese bosque sagrado. Y no había sido Sísifo el elegido. Había sido él. Y eso le daba la esperanza de saber que la consecución de su sueño estaba ya al alcance de su mano. El Patriarca había confiado en él, y debía demostrar que era digno de ocupar ese cargo. Por delante de cualquiera.

Con la misma altivez que había ascendido las escalinatas empezó a descenderlas, haciéndose notar, andando orgulloso. Cuando llegó al Sexto Templo se detuvo un instante, recordando el desgraciado encuentro que había tenido lugar antes. Pero Asmita no estaba fuera. Seguramente se había vuelto a refugiar entre sus inciensos y sus rezos a dioses extranjeros. Paseó la mirada con desprecio por toda la entrada de ese templo que siempre le había parecido hostil, y nuevamente emprendió su marcha hacia Géminis.

Al entrar en sus estancias privadas dejó descansar el casco sobre una mesa, y sin detenerse, puso rumbo hacia el oscuro refugio de Defteros, ardiendo de ganas de aplastarle contra la pared. Abrió la puerta de un tremendo golpe, buscando desesperadamente a Defteros, pero allí no había nadie. Gruñó con desesperación al comprobar que la estancia estaba vacía, y con rapidez se volteó para emprender de nuevo el camino hacia fuera. Necesitaba encontrar a Defteros. Hacía demasiado tiempo que iba y venía a voluntad, desafiando el destino, pisándole de cerca. Demasiado cerca. Y no podía permitir que ésto siguiera así. Sus enérgicos pasos lo guiaron hasta el umbral de sus aposentos, dónde apareció Defteros completamente sucio y lleno de magulladuras debidas a sus propios entrenamientos.

Aspros no lo pensó. Cargó su puño forrado de oro y lo descargó con toda la rabia contenida contra el cubierto rostro de Defteros. Pero el puño no logró su objetivo. Su muñeca fue agarrada por una sorprendente fuerza que impidió que la impoluta mano dorada de Aspros rozara el inmundo bozal que amarraba a Defteros.

- ¡Maldito!- gritó Aspros, al tiempo que se deshacía del agarre de Defteros, sujetándolo con fuerza por el cuello de su camiseta, arrinconándole contra la pared.

- ¡¿Qué te ocurre, Aspros?!

- ¿Que qué me ocurre? ¡¿Qué te pasa a tí?! ¡¿Acaso has empezado a olvidar cuál es tu lugar aquí?!

- ¡¿Cómo quieres que lo olvide?!- exclamó Defteros, volviendo a agarrar ambas muñecas de Aspros, retirándolas de su raída camiseta con una firme fuerza. Lanzándolas a los lados del cuerpo de Aspros.

- No me trates de estúpido, Defteros...Sé que te estás excediendo...Sé que en el fondo ansías armadura. Que te estás preparando a conciencia para arrebatármela...

- Eso no es verdad, Aspros. Y lo sabes.- dijo Defteros, mirando intensamente a su hermano, sin vacilación alguna.

- ¿Y tampoco es verdad que te codeas con Virgo? ¡¿También eres capaz de negármelo?! ¡¿Acaso has olvidado que no eres más que una sombra que nunca debe ser vista?!

Defteros no respondió. No tenía ánimos para hacerlo. Para negar algo que era una realidad. Y de lo que no se arrepentía en absoluto.

- Ahora sé de dónde proviene ese aroma que te envuelve a veces...- continuó Aspros, completamente fuera de sí.- pensaba que se te pegaba de algún burdel de Rodorio, pero no...¡ese olor a incienso proviene de Virgo!

Defteros continuaba en silencio. Había cerrado la mandíbula con fuerza y ladeado un poco la cabeza, desviando su mirada por un instante.

- ¡¿Acaso te beneficias al Caballero de Virgo?! ¡¿Te ha seducido su angelical rostro?! ¡¿Te has convertido en su amante?!

Una risa histriónica se apoderó de Aspros mientras pronunciaba estas palabras. Los dientes de Defteros se apretaban tanto que le dolía la mandíbula. Su respiración se volvió tosca, y una mirada de odio traspasó a Aspros, que no paraba de reírse menospreciando a su hermano, hasta que sus ojos enfocaron a los de Defteros. Y la risa remetió. por completo. La mirada de Defteros era lacerante, como nunca antes lo había sido, y Aspros enmudeció ante esa presión.

- Asmita es mi amigo. Nada más. Y tú no eres nadie para impedírmelo.- su voz sonó firme. Clara. Más segura que nunca.

- ¡Tú no puedes tener amigos, Defteros!. Las sombras no tienen otras amistades que las mismas sombras.- replicó Aspros, con cierta repugnancia en su tono.

Defteros no estaba dispuesto a escuchar nada más. La persona que estaba frente a él en ese momento distaba mucho de ser su hermano. Sin mediar palabra giró sobre sus pasos y emprendió la marcha hacia fuera del templo. Aspros hizo el ademán de detenerle, pero un fuerte golpe de cosmos repelió su acercamiento como quién aparta un insecto. Sin detener su andar agarró una de las botellas que días antes había traído Aldebarán, y se la llevó con él.

Aspros se quedó solo. Solo con su rabia. Solo con sus dudas. Solo con sus propias sombras.

Defteros empezó a andar camino arriba. Por sus conocidos atajos. Directos al Sexto Templo.

Entró como se había acostumbrado a hacerlo durante tiempo. Sin temor y con la seguridad de sentirse humano por un tiempo. Y allí encontró a Asmita. En su imperturbable posición de loto. Meditando. Esperando. Un leve movimiento del rostro de Asmita le dio a saber que había notado su presencia. Defteros se sentó frente a él, y dejó a un lado la botella sin decir nada. Asmita tampoco rompió el silencio, únicamente permanecía a la espectativa. Le había dicho que no quería que volviera si era con la humillación en su rostro, y muy a su pesar, no pensaba cambiar de opinión.

Los dedos de Defteros se enredaron nerviosos entre sus azules y enmarañados cabellos, tratando de dar con las malditas hebillas. Su voz gruñía ante la incapacidad momentánea que se había apoderado de sus manos. Y Asmita supo lo que estaba haciendo. Con delicadeza se arrodilló, aproximándose a Defteros.

- Puedo ayudarte...

Defteros repelió el gesto apartándose bruscamente, sin dejar de intentar desabrochar las hebillas por él mismo. Asmita se retiró un poco, aguardando con paciencia.

- Puedo hacerlo yo solo. Hace años que lo hago. Debo hacerlo yo.- dijo con firmeza. Una firmeza que Asmita hacía tiempo que deseaba apreciar.

Finalmente las hebillas cedieron. Una a una. El golpe del metal al caer sobre el mármol dio la señal que, por fin, la maldita máscara no estaba ahogando el rostro de Defteros. Asmita sonrió, aliviado. Defteros respiró hondo unas cuantas veces antes de levantar la mirada y posarla sobre el Caballero de Virgo.

- Ya no hay humillación sobre mi cara.- dijo su voz. Clara. Nítida...Real.

- Me alegro de poder escuchar tu voz en todo su esplendor.- dijo Asmita, sonriendo levemente. Con sincero aprecio al gesto.

- Y lo vamos a celebrar. He traído un licor que Aldebarán se olvidó en Géminis.

Asmita se puso serio de repente, no esperaba una salida como esa.

- Sabes que yo no bebo licores.

- Pues ya empieza a ser hora que lo intentes.- dijo Defteros después de pegar un largo sorbo a la botella, acercándola hacia Asmita.- yo me quito la máscara...tu pruebas algo más sabroso que tus insípidos tés de la Índia - continuó, mostrando una sonrisa que dejaba entrever un juguetón colmillo. Una sonrisa que Asmita no podía apreciar.

- Está bien...me parece justo - Asmita tomó la botella y le propinó un pequeño sorbo, lleno de reservas, rindiéndose a un ataque de tos que le produjo la desconocida quemazón que recorrió todo su pecho hasta el estómago.

Defteros empezó a reir. Primero conteniéndose. Después, viendo las muecas del rostro de Asmita, desatándose por completo. Y Asmita no pudo hacer otra cosa que dejarse contagiar por la risa de Defteros.

Por su auténtica risa.

Por fin, libre.

Continuará