¡Hola de nuevo! Sé que vuelvo a ir con retraso y lo lamento de veras. Sólo diré que se me olvidó por completo que entre medias estaba Semana Santa. Además, estuve un tiempo enferma y lo que menos me apetecía era conectarme, mucho menos pensar, gomen. Espero que os guste este nuevo capítulo que, siento decir, lo cambié en el último momento, por lo que lo que pensaba que ocurriese a finales del capítulo 7-principios del 8, lo dejo íntegramente para el 8 (y creo que va a gustar bastante que cuente esa historia de un tirón en vez de dejarla a medias :P). Y ahora... ¡a leer!

P.D.: gracias a Isuki Uchiha por hacerme de beta con los últimos capítulos de esta historia. No sé qué sería de mí sin tus revisiones y tus aportes constructivos a esta historia (aunque siempre te parecen bien las ideas que te digo para cada capi :P).


Capítulo 8: Dudas

- Ya veo –comentó con aire meditabundo.

- ¿Te parece raro?

El tono preocupado de su amigo hizo que Juugo le observase con atención. Suigetsu se mostraba especialmente ansioso por conocer su opinión. Sabía de sobra que sólo le había contado su experiencia vivida el día de su cumpleaños porque confiaba en él y en su capacidad para guardar silencio respecto al tema si él se lo pedía. Algo que, seguramente, haría. El chico se había callado el secreto durante bastante tiempo y, a primera hora de la tarde de ese caluroso miércoles, Juugo no pensaba traicionar su confianza. El pelinaranja meditó unos instantes su respuesta antes de verbalizarla en voz alta.

- Creo que no es tan raro como tú crees que parece –el peliblanco levantó una ceja a modo de interrogante-. Quiero decir –añadió ante el gesto de su mejor amigo- que era tu primera vez. Y, encima, cumpliendo una fantasía que deseabas realizar. Creo que se juntaron demasiadas cosas en un único momento: nervios, tensión, deseo, placer, …

El chico hizo una mueca de claro desacuerdo.

- Estás intentando quitarle hierro al asunto –le increpó con molestia antes de agarrar la pajita de su refresco entre sus labios para dar un pequeño sorbo.

- En absoluto. Te estoy diciendo lo que realmente pienso. Es posible que en ese momento no estuvieses mentalmente capacitado para esa experiencia. No me mires así, Suigetsu. No estoy diciendo que tu cerebro esté mal. Simplemente insinúo que fueron demasiadas emociones intensas para alguien inexperto y con ganas de… pasarlo bien.

El muchacho pensó seriamente esa explicación. Quizás tuviese razón. Tal vez la experiencia le había marcado porque había sido la primera y no podía compararla con ninguna otra. O porque había conocido lo que era el sexo con un desconocido que estaba completamente a su merced, tal y como deseaba e imaginaba en sus más íntimos sueños. O puede que fuese porque realmente le había gustado ese cuerpo que le había recibido aquella noche con jadeos y quejidos ahogados.

- ¿Y qué me dices de lo otro? –inquirió con algo de brusquedad.

- Que me parece normal. Piénsalo detenidamente, Suigetsu. Es la única persona con la que te has acostado, cuánto, ¿dos veces?

- Tres –reconoció con algo de vergüenza.

- Tres veces. Tus tres primeras veces. Él está acostumbrado a ello por el lugar en el que se encontraba, por eso, supongo, lo hizo bien. Pero para ti eran tus primeras experiencias. Es lógico que tengas ganas de volver a verle. El contacto con él te marcó. Lo que tienes que preguntarte ahora es si deseas volver a verle sólo por eso, porque fue tu primera vez, o por algo más.

Suigetsu entendió la indirecta. Debía averiguar si se sentía más atraído por su mismo sexo o por el género femenino. Y, una vez resuelto ese interrogante, debería pensar seriamente qué había significado aquel chico moreno de cabellos puntiagudos y piel clara para él. El mero hecho de abarcar mentalmente tantos asuntos le agotó.

- Está bien, iré paso a paso –aceptó finalmente-. Y, Juugo, con respecto a esta conversación…

Comenzó a mover distraídamente el refresco entre sus manos. Le superaba moralmente haberle contado todo ese asunto que no le dejaba dormir a su amigo de la infancia. Pero, a su vez, ahora que lo había hecho, sentía que se había quitado de encima un enorme peso.

- ¿Qué conversación? –inquirió el muchacho al tiempo que se llevaba una patata frita a la boca.

En silencio, los dos chicos se miraron a la cara y sonrieron, cómplices.

/-/

"El arte griego fue próspero y muy codiciado entre los coetáneos de la época de los grandes arquitectos y escultores. Todas sus construcciones se basaban en la armonía del conjunto, haciendo especial hincapié en los pequeños detalles (curvas de cuerpos, rostros, movimientos, elementos florales y ornamentales) que daban realismo y fuerza a cada gesto o pieza que se ha conservado hasta nuestros días."

Deidara releía una y otra vez el mismo párrafo de sus apuntes sin acabar de entenderlo. Estaba demasiado distraído como para comprender algo de esa breve introducción al tema sobre arte griego del que tenía examen a la semana siguiente. Se pasó las manos por el cabello con más frustración que cansancio. "Maldita sea" pensó con fastidio. "Os odio a todos. Egipcios, griegos, romanos, exámenes parciales de la universidad y al estúpido Itachi, uhn!". Con un suspiro derrotado se levantó de su escritorio, dejando el libro de Historia del Arte y sus apuntes abiertos sobre la mesa, y se tumbó cansinamente sobre la cama, bocarriba.

Sus últimos encuentros con el moreno no habían mejorado mucho su relación con el Uchiha mayor. De hecho, habían empeorado, si es que eso era posible. Desde que había ayudado a su hermano pequeño a escapar de las garras del repulsivo Kabuto –hacía ya más de dos meses-, Itachi había asumido un rol que Deidara aborrecía. El moreno seguía sintiéndose a gusto en su presencia pero, además, se mostraba alerta. Con el paso de los días parecía haberse dado cuenta del poder que ejercía sobre el rubio. Un poder seductor que el muy bastardo se había empeñado en dejar patente cada vez que se encontraban a solas. Un dominio de la situación potente e inexplicable que hacía que el ojiazul acabase con una maldita erección entre sus piernas que el moreno se encargaba de bajar displicentemente. Por suerte, en esos momentos el Namikaze conservaba la suficiente cordura como para imponer su voluntad ante la idea de ir más allá de los roces de las manos de Itachi.

"Itachi" murmuró cubriéndose los ojos con su antebrazo derecho "qué es lo que pretendes". Un estridente sonido le sobresaltó. Con un ágil movimiento se puso en pie y se acercó al escritorio donde descansaban sus libros. Revolvió las hojas de sus apuntes en busca del móvil, que vibraba y sonaba sin parar. En cuanto lo encontró, se lo acercó a la oreja y descolgó.

- ¿Diga? –contestó con un carraspeo.

- ¿Te molesto? –preguntó a su vez la voz al otro lado de la línea.

Deidara suspiró.

- No más que de costumbre, Suigetsu –sonrió, mordaz.

- Te quejas de vicio, primo. Seguro que si no me tuvieses me echarías en falta.

- Permíteme que lo dude… Bueno, hablando en serio, ¿qué querías?

- Me preguntaba si podría acercarme a casa de los tíos para hablar contigo. Es importante.

- Claro –dijo ante el tono urgente del chico-. Ven cuando quieras, yo estaré aquí toda la…

- ¿Están los tíos? –le cortó sin miramientos.

- No, mis padres están fuera, han salido a…

El sonido del timbre de la entrada hizo que se sobresaltara de nuevo.

- Suigetsu… -comenzó con una ceja enarcada.

- Te espero en la puerta.

Antes de que pudiese responder, el chico había cortado toda comunicación. El rubio resopló, molesto. Salió de su habitación y bajó las escaleras al trote. Con un gesto precipitado, abrió la enorme puerta blindada de la entrada, encontrándose con un sonriente joven que le enseñaba sus dientes afilados.

- Odio esa manía que tienes –se quejó Deidara- ¿Para qué llamas para decirme si puedes venir si ya estás aquí?

- Porque soy educado –se defendió mientras pasaba al lado de Deidara al interior de la casa-. Si me hubieses dicho que te pillaba en mal momento me habría marchado.

- Sabes que siempre eres bienvenido.

Con paso firme, los dos se encaminaron al salón.

- ¿Te apetece tomar algo? –preguntó el anfitrión, servicial.

- No, gracias, estoy servido.

El Namikaze no pudo evitar rodar los ojos al ver la botella que su primo llevaba siempre consigo, pajita incluida. Con un movimiento suave se sentó en el amplio sofá de antelina, indicando al chico que le imitase.

- Está bien –concedió el ojiazul- ¿Qué es eso tan importante de lo que me tenías que hablar con tanta urgencia?

Suigetsu no habló enseguida. Aguardó unos instantes para ordenar sus pensamientos, aunque finalmente optó por entrar directamente en el tema.

- ¿Te has acostado con alguien y no te le puedes quitar de la cabeza?

La pregunta pilló a Deidara completamente desprevenido.

- ¿Perdona? –inquirió atónito.

- Te voy a contar una cosa, pero no se la puedes decir a nadie, ni siquiera a tus padres, ¿entendido? –ante la seriedad con la que había soltado esa frase, que había sonado a amenaza, el rubio asintió en silencio.

El joven tomó aire, auto convenciéndose de que lo mejor era soltar su discurso cuanto antes. A fin de cuentas, había pasado cuatro días horribles, pensando una y otra vez sobre lo que su mejor amigo le había dicho y lo que él opinaba respecto al tema. Seguro que contárselo a su primo, conocer su criterio, le ayudaba a aclararse las ideas.

- Misamigosmehicieronunregalopormicumpleañosqueconsi stíaenpasarunanocheconunchicomuyatractivoparaqueme acostaseconél.Y,bueno,erarealmenteguapo,¿vale?Asíq ueyolohice,meacostéconélymegustó.Bueno,nomegustó,p eronomeimportarí .

Deidara se quedó pasmado mirándole. La velocidad a la que había hablado le había cogido tan de sopetón que no había entendido la mitad de sus palabras. Tal era así que mientras observaba a su primo, quien se mantenía a la espera visiblemente preocupado, su cerebro trataba de desgranar esa larguísima frase para encontrarle algún sentido. Lentamente, fue comprendiendo la implicación de lo que Suigetsu había dicho. Sus ojos se abrieron como platos.

- ¿¡Tus amigos te pagaron un prostituto!? –exclamó con energía.

- ¡Shhhhh!¡Baja la voz!

Los dos cruzaron una mirada. Rápidamente la expresión del rubio pasó del desconcierto a la sorpresa, finalizando en un claro gesto que exigía una explicación. Preparándose para lo peor, Suigetsu se explicó.

- Sí, eso mismo fue lo que me regalaron. Pero no fue idea mía, no se lo pedí en ningún momento. Fue idea suya.

El Namikaze mayor valoró esa afirmación, intentando averiguar cuánto tenía de cierta. Pensó que, realmente, daba igual. Lo hecho, hecho estaba. Se acomodó en el sofá con algo de incomodidad.

- Está bien. Entonces, te regalaron una noche con un chico y te gustó –resumió sin entrar en detalles- ¿Y qué me cuentas con eso? –preguntó entre molesto y perturbado.

- Te lo cuento porque quiero que me aconsejes, Deidara. Sí, me acosté con ese chico y sí, me gustó. Y el problema es que ahora no me lo puedo quitar de la cabeza de ninguna manera y no sé qué hacer –concluyó con enfado y nerviosismo.

Haciendo de tripas corazón, el mayor tomó las riendas del asunto.

- Vale, está bien, tranquilízate. A ver, cómo se llama ese chico con el que estuviste.

- No… no lo sé –Deidara enarcó una ceja-. Oye, no es culpa mía, al verle desnudo en la cama se me olvidó todo y sólo podía pensar en lo que iba a hacer con él y…

- Vale, vale, me hago una idea –le cortó su primo antes de que continuase-. No hace falta que entres en detalles –se aclaró la garganta antes de seguir hablando-. Está bien. Te… acostaste con él y te gustó. Y ahora no sabes… ¿qué, exactamente?

- No sé si siento algo por él.

- ¿¡Cómo puedes sentir algo por alguien de quien ni siquiera sabes su nombre!? –preguntó escandalizado.

- ¡Baja la voz, quieres! –le instó con un gesto-. Vale, sí, no sé su nombre. Pero eso no es lo importante. Deidara, si no te centras en el asunto no me sirves –le dijo, molesto-. A ver, es confuso. Juugo cree que es normal, que al ser mi primera vez que iba a hacerlo y, además, a cumplir una fantasía que tenía…

- Madre mía… -susurró Deidara al mismo tiempo que se sobaba la frente con la mano, cubriéndose los ojos.

- Pues por esas dos cosas cree que es normal que esté confuso. Él considera que fueron muchas sensaciones y experiencias en muy poco tiempo y eso me ha marcado. Pero no sé si tiene razón o no.

- Claro que tiene razón, Suigetsu –dijo el ojiazul con convicción-. La experiencia con ese chico te ha impactado por lo que Juugo te ha dicho. Una primera vez siempre es importante y más en este terreno. Así que…

- ¿Cómo lo sabes?

- ¿Qué?

- Que cómo lo sabes. ¿Te has acostado con alguien?

Deidara se sintió repentinamente expuesto ante la mirada afilada de su primo.

- No –reconoció con algo de vergüenza. Resultaba bochornoso que su primo pequeño se le hubiese adelantado a ese respecto-. Pero…

- Entonces, ¿cómo puedes saber que Juugo tiene razón? Ninguno de los dos habéis pasado por esa experiencia ni sabéis lo que se siente.

- No hay que ser muy inteligente para saber que esa es la única opción lógica en este asunto, Suigetsu –inquirió Deidara con voz dura.

El comentario molestó al chico. Se puso de pie con un murmullo de protesta. Tal vez habría sido mejor no haberle contado nada a su primo. Le molestaba que se creyese superior a él al realizar tal afirmación sobre lo que él sentía. Pero, sobre todo, le había dolido la manera despótica con la que lo había mencionado. Él había intentado hablar con él sobre sus sentimientos y ¿qué había obtenido por respuesta? Una contestación lógica que poco tenía que ver con las emociones humanas.

- ¿Y si os estuvieseis confundiendo? –preguntó de repente en voz baja- ¿Y si lo que creéis que es lo lógico es lo incorrecto para esta situación?

Observó con detenimiento a su primo.

- No estamos hablando de un problema matemático ni de una ecuación logarítmica, Deidara. Tampoco es algo que la ciencia pueda explicar. Entonces, ¿por qué aseguras tan ciegamente que la única opción viable es esa? ¿Por qué no aceptáis que cabe una pequeña posibilidad de que realmente esté enamorado de él?

- Porque es imposible enamorarse de alguien a quien ni siquiera conoces, Suigetsu.

- ¿Por qué? –preguntó con afán- ¿Por qué estás tan seguro de eso? ¿Acaso lo has comprobado? Nunca has experimentado lo que se siente al estar físicamente con alguien. No comprendes la sensación que te invade. El calor, el deseo. Todo se confunde y te ciega. Quedas completamente a merced de los sentidos y de tus propias necesidades. No eres consciente de utilizar la lógica o la razón. Te dejas arrastrar y punto. ¿Crees que eso sólo es el resultado de la inexperiencia y la curiosidad? ¿Crees que realmente no existe ningún sentimiento oculto bajo tanta necesidad corporal? ¿Crees que no se puede desarrollar algo así por alguien de quien no sabes prácticamente nada? ¿Por alguien a quien acabas de conocer? –se detuvo con la respiración agitada.

Deidara no supo qué contestar. Las palabras de su primo le habían dejado perplejo. Sin darse cuenta, Suigetsu había expuesto en voz alta las mismas dudas que a él mismo le asaltaban con respecto a Itachi. Y darse cuenta de lo que implicaban las palabras del peliblanco le había dejado desarmado. Realmente los dos no eran tan distintos como parecían. ¿Acaso no le ocurría a él lo mismo con el Uchiha? Claro que había experimentado el deseo, la necesidad de satisfacer sus ansias de una manera mucho más primitiva y salvaje de cómo lo hacía. Y sólo Dios sabía lo mucho que le costaba controlarse cada vez que estaban juntos para no someterle, para no tratarle como a un mero esclavo sexual… como lo que era. Conocía poco más que el nombre del moreno y le había asegurado durante los últimos meses que le quería pero, ¿realmente eso era posible? ¿Tan ciego e irracional era ese sentimiento que llegaba a confundir a las personas? ¿O tal vez Itachi tuviese razón y sólo fuese una mera creencia nacida de un capricho que se evaporaría en cuanto hubiese satisfecho sus necesidades? En cuanto le hubiese poseído con su cuerpo…

Suigetsu aguantó estoicamente a la espera de una respuesta que no llegó. Malinterpretando el silencio que se había acomodado entre ellos suspiró, derrotado. Definitivamente ir a hablar con Deidara había sido un grave error.

- Dios, esto es absurdo. Olvidaba que tú siempre haces lo correcto, lo que está socialmente bien visto sin importar lo que opines tú sobre el asunto en cuestión. Siempre que el tío Minato y la tía Kushina lo vean bien, tú lo haces sin rechistar. El hijo modelo y la oveja descarriada –masticó con amargura al recordar las comparaciones que había oído que hacían algunos conocidos de su padre y de su tío con respecto a los dos primos.

Dado que el rubio seguía sin decir nada, optó por salir de allí. Le agobiaba estar encerrado. Con paso firme se dirigió hacia la puerta de entrada de la casa.

- Suigetsu, no te vayas -comenzó Deidara con voz débil al tiempo que se ponía de pie para seguirle.

- Olvida lo que te he dicho, ¿vale? –dijo con voz átona sin tan siquiera girarse.

Y sin más abandonó la residencia de los Namikaze, dejando al ojiazul plantado en la entrada.

/-/

- Pareces una chica nerviosa en su primera cita –se burló Sasuke.

Su hermano mayor le dedicó una mirada seria de advertencia. Durante toda la tarde el joven se había entretenido haciendo comentarios mordaces acerca de Itachi y su relación con Deidara. Le divertía molestarle aunque, en esos momentos, su comentario era más acertado que ningún otro. El mayor llevaba varios minutos en los que, sin saber qué hacer, se alisaba sus ropas y acariciaba sus negros cabellos a intervalos regulares, con gestos de ansiedad que no pasaron desapercibidos para el menor de los Uchiha.

- Estás nervioso de verdad –aseguró con convicción.

- No estoy nervioso, Sasuke –negó-. Es un viernes como otro cualquiera.

- Pero este viernes verás a Deidara.

El mayor no contestó. Volvió a alisar su camisa blanca distraídamente. El pequeño frunció el ceño, pensativo.

- Dime una cosa, Itachi. Y sé sincero –le advirtió clavando su atenta mirada en él-. ¿Ese chico te gusta?

- ¿A qué viene eso? –respondió a su vez con gesto de sorpresa.

- Actúas de manera diferente cada vez que tienes que encontrarte con él. Te arreglas con más esmero y dedicación, como si realmente te importase la manera en que te ves ante él. Hasta te he escuchado tararear una canción de cuando éramos pequeños –el mayor le devolvía la mirada sin decir nada-. Y estás excitado.

Itachi arqueó una ceja al tiempo que elevaba imperceptiblemente las comisuras de sus labios en una sonrisa. El menor se puso involuntariamente colorado.

- ¡No me refiero a ese tipo de excitación, tonto! Me refiero a que estás nervioso. No hay más que verte para darse cuenta de que estás raro.

- Imaginaciones tuyas –aseguró con un deje despreocupado-. Estoy como siempre.

- Di lo que quieras, pero a mí no me engañas.

Se tumbó bocarriba sobre su cama sin dejar de observar a su hermano, quien se había acercado otra vez al espejo de la habitación que compartían. Cansado del espectáculo, cerró los ojos y empezó a silbar. Era una melodía simple y animada que había creado cuando era pequeño y jugaba con Itachi, un sonido que le salía sola cada vez que se aburría. Al cabo de un par de minutos, un pensamiento atravesó su cabeza.

- La verdad es que Deidara tiene un pecho atrayente –dijo con una sonrisa-. Y tiene el trasero muy buen puesto.

Una almohada se estampó con fuerza contra su cara antes de que pudiese reaccionar.

- ¡Eh! –exclamó con fastidio, incorporándose en la cama con la almohada entre las manos.

- Perdona, Sasuke, ha sido sin querer –se disculpó el mayor con una expresión fingidamente afligida.

- Qué mentira –masculló el pequeño.

Desde el pasillo, alguien llamó a la puerta con los nudillos, atrayendo la atención de los dos chicos.

- Itachi, ¿estás listo? Tengo que llevarte ya a la sala del cliente.

Al reconocer la voz de Ibiki, el mayor se relajó. A pesar de todo, ese hombre le caía bien y era el único en quien más o menos confiaba en aquel sitio. Siempre había mirado por el bienestar suyo y de su hermano, llevándoles ropa y alimentos cuando más los necesitaban. De alguna manera, estaba en deuda con él.

- Sí, ya voy –respondió en voz exageradamente alta mientras se acercaba a la puerta.

- Pásalo bien –le deseó Sasuke con una nueva sonrisa pícara en el rostro-. Y dale recuerdos a Deidara de mi parte.

El mayor le dirigió una mirada de reojo antes de abrir la puerta y marcharse de allí.

/-/

- Deidara, cariño ¿hoy no sales con tus amigos?

El muchacho pasó la mirada del televisor a su madre con aire distante.

- No, hoy no tengo ganas de salir.

- Es extraño –dijo Kushina-. Tienes por costumbre salir un viernes sí y un viernes no. ¿Te encuentras bien? ¿Acaso estás enfermo?

La mujer se acercó al chico y posó su mano sobre la frente de su hijo, comprobando su su temperatura era más elevada de lo normal. Refunfuñando, Deidara alejó de él la mano de su madre.

- Estoy bien, mamá. Simplemente no tengo ganas de salir hoy. Me apetecía quedarme en casa viendo la televisión, eso es todo.

Para reafirmar su declaración, agarró el mando a distancia y subió el volumen del televisor justo en el momento en que la película que había elegido daba comienzo. No muy convencida, Kushina le observó una última vez antes de dirigirse a la cocina para preparar la cena.

Una vez lejos de él, el rubio bajó el volumen del aparato y resopló con molestia. Sin poder evitarlo, pensó en Itachi y en lo que estaría haciendo en esos momentos. ¿Estaría con otro cliente? ¿Se estaría acostando con él? "Maldita sea" se recriminó mentalmente. "Tendría que haber ido. Ahora mismo debería estar con él, pero…". Se mordió el labio inferior al tiempo que se recordaba que él mismo se había impuesto una semana más de plazo para pensar y aclarar sus sentimientos.

- Estúpido Suigetsu –susurró con molestia.

/-/

- Así, no pares precioso. Sigue comiendo, ¡ah!

Itachi escuchaba los comentarios de su cliente como si se encontrase a kilómetros de distancia de él. Mantenía la cadencia de la felación como un autómata, tal y como sabía que debía hacer para complacer a esos hombres que acudían al edificio con la única intención de follar a chicos sin presente ni futuro por un módico precio (o eso pensaba). Su cabeza subía y bajaba a un ritmo frenético por la erección de ese desconocido que no hacía más que gemir palabras malsonantes, aunque su mente estaba muy lejos de allí.

Con un fuerte tirón de sus cabellos, el desconocido alzó la cabeza del menor de su entrepierna. Acercó su rostro al del Uchiha. Con un movimiento brusco, olió el cuello del chico, lamiéndolo a continuación con su pastosa lengua. Garganta, barbilla, pómulos, nada escapaba al baboso apéndice del hombre. Cuando se acercó a sus labios con la clara intención de besarle, Itachi reunió las fuerzas que le quedaban y se apartó de él. No obstante, pudo percibir el olor agrio que desprendía la boca del hombre, una mezcla a tabaco, cigarrillo y menta.

- Vaya, el puto tiene reparos en besar a su cliente –rió el hombre con voz macabra-. Pero se muestra más complaciente cuando se trata de comerme la polla. Qué se le va a hacer.

Con un fuerte empujón bajó la cabeza del muchacho hasta su entrepierna, introduciéndole su erección en la boca a la fuerza. Itachi sintió una fuerte arcada cuando el glande de ese hombre golpeó fuertemente contra su campanilla. Se sacó rápidamente ese trozo de carne de la boca y comenzó a toser, con los ojos acuosos por la sensación de ahogo. Escuchó la risa del hombre entre sus jadeos. Antes de que pudiese hacer nada, el desconocido le agarró por las caderas y le volteó, dejándole sobre la cama a cuatro patas.

- A ver cómo responde tu culito a mí –rió el hombre.

Con un fuerte empujón, el Uchiha sintió cómo le penetraba con violencia, abriéndole la carne y clavándose duramente en su interior. Se sujetó con fuerza a las sábanas de la cama, arrugándolas, al tiempo que resistía las violentas acometidas de su cliente.

/-/

A la mañana siguiente.

La puerta de la habitación se abrió de golpe, despertando bruscamente al menor de los Uchiha.

- ¿Itachi? –preguntó con voz adormilada.

- Sigue durmiendo, Sasuke –indicó el mayor desde la puerta.

- Ahora mismo te traigo un poco de hielo, chico –dijo Ibiki con tono preocupado.

- Está bien, no hay prisa.

Con cuidado, el mayor de los Uchiha cerró la puerta.

- ¿Para qué necesitas hielo? –inquirió Sasuke, repentinamente despierto- ¿Es que Deidara te ha hecho algo?

- No, Sasuke, sigue durmiendo.

El pequeño se levantó de su cama y se acercó a su hermano, que en esos momentos se dirigía a su propio catre de espaldas a él. El moreno bordeó el lecho para situarse frente al otro, llegando justo en el momento en que el mayor se sentaba con una mueca de dolor.

- No estás bien –indicó con preocupación-. Te duele al sentarte –una oleada de enfado se adueñó de él-. Qué te ha hecho ese desgraciado.

El tono gélido del muchacho exigía una respuesta inmediata.

- No es lo que crees, Sasuke –estiró el brazo izquierdo al frente, consiguiendo un crujido en respuesta-. No ha sido Deidara, sino otro cliente.

Con el estiramiento, la camisa de manga larga que llevaba puesta Itachi se le subió, dejando a la vista un moratón en su muñeca. Sasuke frunció el ceño. Con un rápido movimiento, levantó la camisa de su hermano, dejando a la vista marcas oscuras que se dispersaban por el torso, el costado y la espalda del mayor. Itachi soltó la prenda del agarre de su hermano y volvió a cubrirse.

- No tienes de qué preocuparte, Sasuke –dijo, acariciando con cariño los cabellos del menor.

- Sí tengo, hermano. No me gusta que te hagan daño. ¿Tanto te cuesta entenderlo?

El mayor agachó el rostro, repentinamente cansado. Algunos de sus mechones cayeron delante de su rostro, cubriéndole parcialmente. "Dónde te metiste anoche, Deidara" pensó con amargura antes de que todo a su alrededor se volviese negro.


¿Qué tal? Espero que os haya gustado a pesar de la tardanza. A mí, personalmente, Itachi me da muchísima lástima. Tengo que cambiar pronto su situación o yo misma me echaré a llorar por él...

En cualquier caso, nos leemos en el siguiente capítulo, siempre que os apetezca. Seguro que ese os gusta mucho más :)

¡Nos leemos!