Disclaimer: Todo es de JB Rowling y no pretendo robarle nada. La trama es mía y si la robas prometo enviar a mi perro de tres cabezas a por ti. Blablabla, ya sabéis cómo va esto.

N/A: Más largo (2700 y algo palabras si mi MWord no me miente), con algo más de chicha y... bueno, ya me diréis cuando terminéis el capítulo ;P Aviso: está sin revisión ortográfica y/o gramatical. No creo que nada esté mal, pero cualquier error será subsanado después de que duerma mis horas y venga a corregirlo. Pero hoy es mi cumple y quería subirlo antes de salir por ahí a celebrarlo y que no me diera tiempo a haceros este pequeño obsequio por soportarme todo este tiempo :)

Muchas gracias a Drehn, FabyGinny05, chapiscruz,Shijiru Posible y ASUKA02.


UNA GINNY, DOS GINNYS, TRES GINNYS


VIII

Cafeterías y otros lugares malditos.

Casi le hacían gracia. Las miradas de reojo de Daphne. Las miradas resentidas de Draco. Durante un par de días incluso creyó ver la acusación en los ojos de su madre, pero luego lo atribuyó al estrés de la boda.

Resultaba que preparar una boda era mucho peor de lo que ella había pensado. Había muchas cosas que hacer, muchos cabos que atar y, por si fuera poco, la señora Malfoy no parecía estar de acuerdo con nada. Ni con las flores, ni con la mantelería, ni con el menú. Por no estar de acuerdo, ni siquiera estaba de acuerdo con la elección de elfos, y eso que habían elegido a los mejores.

Astoria hizo su parte, por supuesto. Eligió vestuario, peinado y complementos y se negó a dejarse aconsejar por nadie que no fuera Pansy, Daphne o su madre. Narcisa Malfoy intentó opinar al respecto, por supuesto, pero no se le permitió. No es que no apreciaran que quisiese que la boda fuera perfecta, pero simplemente había cosas que debían depender sólo de la novia y su familia. O eso fue lo que dijo la señora Greengrass.

(Claro que también parecía estar molesta con la actitud de los Malfoy. No somos inferiores a ellos en nada, la oyeron murmurar mientras trataba de decidir entre siete juegos de platos diferentes).

También dio su opinión sobre todos los otros detalles, pidió flores que hicieran contraste con su piel pálida y el tono de su cabello y prácticamente exigió que al menos tres de sus elfos domésticos predilectos estuvieran trabajando en la ceremonia. Nadie pudo decirle que no había hecho un buen papel como novia, y finalmente logró unos momentos de libertad valiosísimos.

El Callejón Diagon fue el lugar elegido. No era un sitio demasiado frecuentado por las Greengrass. Nunca lo había sido y, en teoría, nunca debería serlo, pero buscaba la oportunidad de toparse con Ginny o, al menos, con alguno de sus amigos. Las palabras de Granger seguían en su cabeza y se preguntaba si podría aprovechar aquella información.

-Astoria.

Miró alrededor. Últimamente tenía esa mala costumbre de ir distraída, cosa que empezaba a preocuparle. ¿Weasley? Preciosa, y la noche que iban a tener juntas iba a ser para enmarcar, pero había una gran diferencia entre eso y caerse en una zanja por su culpa.

-Theodore.

Theodore. No le hubiera importado casarse con él. Siempre tan callado, tan discreto, con la mirada baja. Sorprendentemente, nunca pareció someterse a nadie. Su presencia era lo suficientemente poderosa como para no tener que levantar la voz cuando quería hablar, y todo el mundo sabía que si en alguien se podía confiar, era en él. Definitivamente, sí, hubiera preferido casarse con él, pero incluso si hubiera llegado una propuesta… Theodore era de Daphne, aunque ya no estuvieran juntos y ella empezara a dudar cada vez más de la reconciliación.

-¿Cómo estás?

-Bien. ¿Tu hermana?

Directo al grano. Sonreiría, si no fuese un momento tan inoportuno.

-Creo que había ido a acompañar a Pansy a comprar una túnica.

-Bien. Salúdala de mi parte.

Se alejó de ella antes de que pudiese despedirse. Si no fuera casi imposible, diría que está más callado que de costumbre. Y aunque así fuera, ella tenía asuntos más importantes de los que hacerse cargo en aquel instante.

Como Ginny Weasley saliendo de una tienda hecha una furia y avanzando hacia ella por el Callejón Diagón mientras apartaba a la gente como si de un tornado se tratara. Sí, definitivamente aquello era más urgente.

-¡Ginny!

La pelirroja la fulminó con la mirada. Bueno, si estaba enfadada con sus amigos, que con ella reaccionara así era normal. Por si fuera poco, estaba segura de que tenía los ojos llorosos. ¿Los tenía? ¿O empezaba a imaginar cosas? Estaba pensando si seguirla o no (cosa extraña, con aquella chica últimamente pensaba después de actuar, lo cual era aún más extraño en alguien como ella), alguien prácticamente la arrolló en su camino. Astoria se rehizo rápidamente, para girarse y ver a lo lejos a Harry Potter persiguiendo a la chica a duras penas.

-Interesante.

Sonrió. Fue un acto involuntario que reprimió en cuanto se dio cuenta, pero lo hizo. Luego apartó aquello de su mente y tomó una decisión. Tomó su varita y la disimuló con la amplia manga de la túnica, luego siguió a la pareja calle arriba, tan rápido como sus piernas le permitían.

Tardó al menos diez minutos en localizar de nuevo al dichoso Potter. Diez minutos, tres personas conocidas a esquivar y un atropello, más bien. Así que cuando lo tuvo a tiro, ni siquiera se paró a pensarlo. Sacó la varita todo lo disimuladamente que pudo y lanzó un conjuro para confundirle. Por un segundo, fue ella la confundida. Parecía que no había tenido efecto, y justo entonces, el chico se paró en medio de la calle y miró alrededor, como perdido.

Astoria se sonrió incluso más que antes y echó a correr: tenía que alcanzarla lo antes posible.

Tuvo suerte. Se acercaba la hora de comer y cada minuto que pasaba el Callejón estaba más y más vacío. Tardó un rato en descubrir su melena roja, de todas formas, pero cuando lo hizo se alegro de ver que seguía sola. Sería más fácil aquello que tener que confundir a más amigos de aquella chica. Parecía que siempre tenía un ejército alrededor dispuesta a salvarla, por Slytherin. Bien pensado, quizás lo necesitaba.

-Gi… Weasley.

Puso una mano en su hombro. Ni siquiera se había parado a tomar el aliento. Si lo hubiera hecho, probablemente la hubiera perdido de vista otra vez. La chica se giró y frunció el ceño.

-¿Qué quieres?

Seca y cortante, toda una comadreja, que diría Malfoy. Ella casi lo agradecía. Hacía parecer todo aquello un reto y a ella le excitaban los retos. O, quizás, eran las recompensas. Al menos, esta recompensa sí.

-¿Estás bien?

La vio levantar ambas cejas y poner su mejor expresión de incredulidad. Intentó acompañar aquello con una sonrisa irónica, pero las lágrimas en los ojos hacían añicos el efecto que pudiera haber tenido en otras circunstancias.

-No sabía que te importara.

-Iba a hablar contigo y te he visto y…

…quiero hacerte el amor contra esa pared y no me importa que todos nos vean y, por Slytherin, ¿alguna vez te han dicho que cuando lloras estás incluso más preciosa y los labios parecen incluso más rojos? Por Circe, quítate esa túnica, quítate esa falda que llevas debajo, quítate las bragas, ¡quítatelotodoya!

Las palabras se formaron en su mente sin que ella se diera cuenta y, de ser otra persona, quizás se hubiera puesto roja y hubiera empezado a farfullar una excusa que jamás hubiera logrado terminar y que la llevaría a huir en dirección contraria. Pero ella no. Ella se imaginó la escena durante un segundo (la túnica cayendo, la falda acompañándola, sus propias manos deshaciéndose de unas braguitas de encaje que se deslizarían por aquellas piernas infinitas) y se humedeció los labios, ignorando a su acompañante por unos segundos.

-Como decía, ¿has discutido con alguien? Ven, vamos a tomar un té, te tranquilizas y me lo cuentas.

¿Vamos a tomar un té, te tranquilizas y me lo cuentas? ¿Qué era eso? Se planteó por un momento estar poseída por alguien desconocido, pero no, era ella. Ella desesperada por su último polvo femenino antes de la boda que la uniría para siempre a la familia Malfoy. Encantador.

Y, sin embargo, no se lo pensó. Por la razón que fuera, aquella chica se le había metido en la cabeza más de lo debido, y pensaba sacársela como fuera. Si tenía que pasarse aquellos dos meses seduciéndola para luego hacer el amor con ella unos minutos antes de su boda para que se le quitase toda aquella tontería de encima, así se haría.

Ginevra pareció incluso más sorprendida de lo habitual cuando la tomó por el brazo y la arrastró calle arriba. Por suerte, conocía una cafetería que últimamente estaba en horas bajas, a la que sólo iban unas cuantas señoras mayores, pero que hacía un té bastante decente. No dijo nada mientras la guiaba hasta allí, ni mientras entraban en el local, intentando llamar la atención lo menos posible mientras se fijaba en quienes estaban allí (tres ancianas hablando a voz en grito de temas distintos, y una pareja joven en una esquina, semioculta por una columna). Tampoco dijo nada mientras esperaban sus bebidas. Sólo veía a la Weasley mirándola, a veces de reojo, a veces directamente, al tiempo que iba imaginando sus pensamientos.

-Hace unos días, ni siquiera sabía quién eras.

Levantó la mirada. Ginny había empezado a hablar. Ginevra, se corrigió. Si iba a empezar a llamarla por su nombre, al menos Ginevra denotaba menos confianza.

-Ahora… estás en todas partes. Y me ofreces trabajo. Y me preguntas cómo estoy después de que discuta con Harry. Harry Potter, ¿recuerdas? Los de tu calaña solíais odiarle.

Calaña, auch. Con eso iba a ser difícil lidiar.

-Es sólo que…

-Harry cree que quieres algo. Que tramas algo. Te vas a casar con Draco, piensa que queréis vengaros de algo. Los dos juntos.

-Y si pensáis eso, ¿por qué me lo cuentas?

-Puede que… para ver tu reacción –respondió insegura.

-O puede que porque tú no pienses lo mismo.

El silencio se hizo entre las dos. Denso, casi palpable. Se miraron, una impasible y la otra intentando meterse en su cabeza, tratando de descubrir las razones de tan inusitado acercamiento. Imposible de averiguar, de todas formas, ni ella misma lo sabía. Lo había atribuido a su naturaleza caprichosa, ésa parte de ella que Daphne siempre censuró.

-Y si no tienes nada en contra mía, ¿qué…?

-No sé. Quizás quiera ser tu amiga.

Una carcajada. Sonora, rompiendo todo silencio que pudiera haber habido. Una de las ancianitas se giró para observarla, ojos entrecerrados y mirada malhumorada. Casi parecía a punto de decir algo, pero una mirada amenazante de la ex Slytherin y las palabras quedaron atascadas en su garganta. Era reconfortante ver que, a pesar de toda aquella tontería, no había perdido facultades.

-Vale, puede que no quiera ser tu amiga.

-Entonces –volvió a ponerse seria-, ¿qué quieres?

De nuevo se quedaron calladas. Había algo que le gustaba de aquel silencio. Sabía que la ponía nerviosa, al mismo tiempo que ella se sentía cómoda. Sentía que tenía el control, y teniendo en cuenta que últimamente parecía perderlo con demasiada facilidad, aquello estaba bien.

Se quedó mirándola unos segundos, y luego su mirada se perdió en la nada, mientras la pareja de la esquina pagaba y se disponía a marcharse.

-¿Alguna vez te has sentido fascinada por algo? Fascinada, en el sentido total de la palabra. Tan fascinada que, aún sabiendo que es peligroso, que no deberías acercarte, no puedes frenarte.

La pelirroja abrió la boca, y la volvió a cerrar. Ella hubiera hecho lo mismo, y se hubiera mirado como si estuviera loca, pero no hubo tiempo, porque en aquel momento unos gritos en la puerta del local distrajeron su atención.

Alguien acababa de entrar y, aunque una columna en el lugar menos oportuno le impedía distinguir su rostro, sí pudo ver cómo los jóvenes que estaban a punto de salir le lanzaban una mirada airada y unas palabras que ella no llegó a oír. Debió ser algo fuerte, porque el joven se giró hacia ellos de nuevo. Al girarse, cambió su posición y pudo verlo: era Ronald Weasley. O Comadreja. O el hermano al que Ginny saltaría a proteger si alcanzaba a distinguirle. Estupendo.

Ginevra, volvió a corregirse. Ginevra (así tenía que llamarla de ahora en adelante) parecía aún demasiado sorprendida por sus palabras (no todos los días un Slytherin le decía a alguien de su familia que se sentía fascinado por ella) para darse cuenta de lo que pasaba detrás de ella. Astoria no perdía detalle. La pareja encaraba al pelirrojo y el se defendía fieramente. Lo que no vio venir fue el movimiento de varitas y el intercambio de hechizos.

Uno de ellos aterrizó en su mesa, pulverizándolo. Esta vez sí, su acompañante gritó y, retrocediendo rápidamente para alejarse del breve fuego, hizo ademán de girarse para ver qué ocurría.

¡NO! La voz de su cabeza fue veloz, pero más veloz fue su brazo, que tomó el brazo de la otra y la arrastró hasta un rincón más apartado del local, detrás de otra mesa que había volcado. Weasley, el otro Weasley, seguía enzarzado en su particular pelea, que ahora había pasado a ser todo un duelo. Los hechizos volaban y los contendientes se movían como podían para evitar los del contrario, mientras las camareras forzaban sus gargantas pidiendo calma.

Mientras, ella escondía a una pelirroja en el espacio más reducido que encontró, justo en el hueco que separaba la zona interior de la barra de la zona pública. La había arrastrado como había podido, para prácticamente lanzarse juntas al suelo, evitando un rayo amarillo en el último segundo. Fue unos segundos después, al volver a tomar el control de la situación, cuando se dio cuenta: estaban demasiado cerca.

El espacio era pequeño, y ellas estaban casi tiradas en el suelo. Astoria estaba sobre la gryffindor. Presionaba sus hombros contra el suelo con fuerza, y se inclinaba sobre ella para limitarle la visión. Sentía su cuerpo debajo de ella, caliente, temblando levemente. Su rostro, tan cerca que podía ver cada peca. Podía haberlas contado, si quisiera, expandiéndose por aquella cara como si fuera de su propiedad, tomando cada minúsculo centímetro de piel pálida y danzando en torno a su pequeña nariz. Los ojos, mirándola directamente, entre la curiosidad y el miedo y, por qué no, la fascinación.

No supo cuánto estuvieron así, tan juntas que podían sentir el cuerpo de la otra como el propio, el corazón latiendo, la sangre corriendo por las venas, el temblor. Los rostros tan cercanos que podía haber recorrido sus labios con la lengua, que podía contar cada pestaña. Para. La voz de su cabeza se parecía misteriosamente a la de Daphne, pero esta vez no hizo caso. Esta vez no oía nada, nada que pudiera entender.

Se acercó, segundo a segundo, esperando que en cualquier momento una mano la empujara y una voz entre repugnada y enfadada la sacase de su ensimismamiento. Pero aquello no ocurrió. Ginevra sólo entreabrió los labios, hipnotizada en sus mirada, como invitando. Y ella no podía apartar la vista de ellos. Parecían suaves y estaban allí, rojos, entreabiertos, incitándola, tan tentadores que no se lo pensó. No podía pensar, de todas formas, sólo siguió acercándose hasta que allí estaba, un milímetro más y la besaría. Sería suya. Casi podía imaginar el sabor suave de su brillo de labios, el tacto húmedo de su lengua jugando con la suya. Casi…

-¿Estáis bien?

Una anciana asomó la cabeza en ese mismo instante. Se levantaron rápidamente. No se habían dado cuenta de cuándo había parado la cosa. La anciana les explicó que habían parado a los chicos y les habían echado del local. Ella no escuchaba, sólo pensaba en lo que había ocurrido y lo estúpida que había sido. Parecía que Ginny ni siquiera era capaz de mirarla cuando la anciana se fue. El silencio fue en esta ocasión más denso y peligroso que nunca, como si esperara a conocer una sentencia. Quizás lo hacía, de algún modo.

-Bueno…

-Uhm.

-Debería irme.

-Sí, sí.

Hablaban sin mirarse. Estuvo tentada de decirle que había sido su hermano el de la pelea, pero ya lo descubriría.

-Hasta luego.

La vio alejarse. Casi no había escuchado sus palabras, no había tenido tiempo de formular una respuesta. Pero se giró, una última vez. Aquella pelirroja que, sólo Circe sabía por qué, le hacía perder la razón, se giró y se acercó a ella una última vez. Diez centímetros separando su rostro y una sonrisa burlona (gryffindor) en los labios.

-Fascinada, ¿eh?

Y de nuevo, se alejó. Salió del local moviendo las caderas, muy dignamente, como si nada acabase de pasar y, de algún modo, la slytherin lo supo. Quizás lo había sabido antes, o quizás no fue plenamente consciente de saberlo hasta mucho después, pero aquel fue el instante. Aquella figura que se alejaba, aquella femme fatale que la hacía parecer tonta o novata o todo a la vez y se burlaba de ella justo después de ponerla al límite. Aquella figura fue la que se lo hizo ver.

Estoy perdida.