Hola a todos, esto que ven aquí es mi aportación en el "Intercambio por el 3er aniversario" del foro I am sherlocked.
Ya todos ustedes lo saben pero por si acaso, nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Sir Arthur Conan Doyle, Mark Gatiss, Steven Moffat, la BBC y no tengo idea de quien más.
Aclaro que la imagen que acompaña esta historia no es mía, tampoco y no sé de quien es, solo la encontré en internet, pero si alguien sabe a quien le pertenece para darle el crédito por su excelso trabajo.
Ya saben, si han leído alguna otra historia mía, que soy dada a tomarme "licencias creativas", o sea, adaptar las cosas para que concuerden con la historia, pero que en realidad no pasan como yo las explico, imaginen junto conmigo que el mundo es tal y como lo platico, usen su imaginación, o aténganse un poco a la mía.
Este fic es el regalo para Maye Malfter, cuyo prompt era el siguiente:
"Sirenlock/Sailor!John. Final feliz. John es un marinero que queda atrapado en una tormenta, su barco se hunde pero él sobrevive milagrosamente. Cuando despierta, recuerda haber sido salvado por una extraña y hermosa criatura marina, pero de seguro fue un sueño. ¿O no lo fue?"
El beteo de esta historia es obra de mi querida Violette Moore, gracias por todo.
Que lo disfruten...
Capítulo VIII
Dos Siglos
por
Adrel Black
Edición
Violette Moore
Sherlock vio como el barco se alejaba, se perdió en el horizonte, hacia el oeste, como si siguiera al sol, como si se lo llevara, dejándole a él en tinieblas.
Las llamas del incendio que había provocado ardieron hasta muy entrada la noche cuando una tormenta surgida de la nada, muy probablemente convocada por Mycroft, extinguió el fuego. Había sido una suerte poner atención a como John encendía fuego en la isla; ésta quedó reducida a un vasto terreno muerto, mejor así, sería horrible que aquel lugar sobreviviera en esplendor cuando John se había ido.
Se deslizó desde la arena hacia el agua, nadó sin rumbo, sin saber exactamente hacia donde se dirigía, hasta que hubo llegado al palacio.
Greg, custodiaba las puertas que daban a las habitaciones de Mycroft.
—Graham. —Murmuró Sherlock al pasar a su lado a modo de saludo.
—Greg. —Aclaró el otro, lanzando un suspiro de frustración, miles de años nadando por las mismas aguas y Sherlock aún no se aprendía su nombre.
Siguió avanzando y entró directamente al despacho donde sabía que su hermano estaría. No estaba muy seguro de por qué buscaba a Mycroft, sin duda el mayor no le ofrecería ningún consuelo. Aun así, era su única familia, no se le ocurría a quien más podría acudir, por una vez, en muchísimos años se dio cuenta lo vacía y solitaria que era su existencia y se preguntó si Mycroft sentiría igual. Si todos se sentirían igual de abandonados. O si acaso sería el resultado de haber tenido la compañía de John y haberlo perdido.
Mycroft levantó la vista del mapa que miraba, luego incapaz de sostener la mirada del moreno volvió a bajarla.
Sherlock se acercó en silencio, junto a su hermano, deseaba una palabra, sentía el dolor a lo largo de las mejillas, en los huesos de la cara impidiéndole hablar, deseaba que le dijera que estaría bien, que el dolor del pecho pasaría, que en los años que quedaban olvidaría. Pero Mycroft no decía nada, solo miraba el mapa.
Sherlock, con su mejor voz de frialdad dijo claramente.
—Lo hice.
—Lo sé. —Respondió el mayor, sin levantar la vista aun. —Pasé el día entero en el océano asfixiando los incendios que provocaste.
—Se lo llevaron.
—Es lo mejor.
Sherlock dio media vuelta, allí no encontraría lo que buscaba, de hecho no sabía si lo encontraría en algún lugar.
Al salir se topó con Greg, Sherlock rehuyó su vista, pero el hombre del pelo plateado se interpuso en su camino.
—¿Estás bien?
—Claro que sí, Graham. —Respondió con lo que esperaba fuera su voz de sarcasmo.
—Sabes muy bien que mi nombre es Greg. Y también sabes que no estás bien. —Miró al hombre de pelo cano, era joven o bueno, lo había sido en Asiria, cuando fueron convertidos quizás un par de años mayor que el propio Sherlock. —Tu hermano puede arreglárselas sin mí por un rato. —Luego con la voz seria murmuró. —De cualquier manera no creo que se entere de que me fui.
Sherlock reparó un poco en aquella declaración, sonaba a algo más, pero su mente estaba demasiado cansada en ese momento como para prestarle atención.
Nadaron durante un rato hasta un lugar que conocían como El Abismo, un desfiladero subterráneo que se hundía hacia la oscuridad, Greg se sentó en el borde, con su aleta de tonos plata colgando en la orilla, reluciendo, a pesar de la penumbra de mar adentro.
Sherlock se sentó junto a él en el filo, la oscuridad del Abismo se siente como si fuera su propia mente.
—Tu hermano, —comienza Greg. —Habla constantemente en voz alta dentro de sus habitaciones, es imposible para mí no enterarme de las cosas que le preocupan, —Greg también mira hacia el abismo, sin parpadear. —Así que sé lo que ocurrió y también lo que hiciste, fue algo muy valiente de tu parte, entregar tu corazón a cambio del futuro de ese hombre, de que regresara a su vida.
—Siento dolor. —Murmuró Sherlock en voz baja, —no había sentido dolor en años, Greg. —El otro tritón sonrió, Sherlock le había llamado por su nombre sin quererlo, sabía que lo conocía.
—Es inevitable, supongo, al final de cuentas, según tu hermano solo estamos malditos cuando el amor es mutuo…
—Pero nuestro amor era mutuo. —Retobó Sherlock —estoy seguro que él me amaba.
—No según tu hermano.
—Mi hermano no estuvo ahí, él no lo vio en sus ojos y su dolor, Greg el dolor con el que miraba alrededor cada día que pasó solo en la isla.
Los ojos de Sherlock estaban irritados, Greg no haría ningún comentario al respecto, pero estaba seguro de que lloraba, las lágrimas se perdían allí bajo el agua, pasaban a formar parte de la inmensidad del mar, volviéndolo, quizás, aun más salado.
—Pasará. —Dijo Greg.
—¿Terminará?
—No, —respondió el guardia, —si realmente lo amabas, de la manera que dices no pasara nunca, seguirá doliendo, constantemente, todo el tiempo, con el paso de los años, —Greg se encogió de hombros y frunció el ceño. —Quizás un par de siglos te acostumbres a vivir con el dolor.
—¿Un par de siglos? —Sherlock rara vez pensaba en el tiempo, era un concepto que se desdibujaba para alguien que tiene un tiempo ilimitado para ir y venir, algo que perdía el sentido, pero ahora, cuando lo pensaba, doscientos años, parecían desmedidos, eran lo más parecido al concepto de eternidad, un concepto en el que Sherlock nunca había pensado demasiado. Eran setenta y tres mil días, eran un millón setecientas cincuenta y dos mil horas, viviendo así, con el pecho vacío, sintiendo que te han arrancado una parte de ti. Y todo ello solo para conseguir la resignación, Sherlock sacudió la cabeza. —¿Pero después lo olvidas, después de esos dos siglos te resignas y después olvidas?.
Greg negó: —Si sólo es un capricho, sí; le olvidarás, quizás antes, muy pronto, encontrarás algo más en lo que entretenerte, —la voz del hombre sonó un tanto molesta. —Encontrarás una distracción y le olvidarás.
—Pero no es un capricho.
—Entonces no Sherlock, que yo sepa nunca pasará. Han pasado ya perdí la cuenta pero mucho más de dos milenios para mí y no, el dolor de no tener a quien quiero conmigo sigue sintiéndose con la misma fuerza que el primer día, cuando me di cuenta que él no me amaría.
El hombre se quedó en silencio, mirando el abismo, Sherlock le miró entonces atentamente, nunca había sido consciente de lo cansados que parecían sus ojos ahora, siempre había sido sólo alguien a quien le molestaba que le cambiara el nombre, pero ahora que lo veía con atención era algo más, había en él, un aura de tristeza de la que no había sido consciente antes.
Y luego pensando en la forma en que miraba a Mycroft, en lo dispuesto que estaba absolutamente siempre a cumplir las órdenes de su hermano, muchos años antes su hermano había tenido una guardia completa, con los años, el resto de los tritones se habían ido, habían renunciado a aquella tarea inútil, pero no Greg, él había seguido, de pie, muy rígido en su puesto, ahora que Sherlock lo pensaba, había seguido allí escuchando los problemas y desvaríos de su hermano, en silencio, aguantando tener a la persona que amaba cerca y lejos a la vez, durante casi tres milenios.
Recordó la época en la que vivían en tierra firme, algunas veces esos recuerdos le llegaban difuminados, por el paso del tiempo, recordó la época en la que él y sus hermanos vivían en el palacio con Derceto, habiendo renunciado a vivir con sus padres prácticamente desde niños, y luego ya siendo hombres, renunciando a tener nunca una familia, una pareja a cambio del conocimiento. Recordó a Greg, mirando a Mycroft mientras andaban por el palacio, recordó a Greg ofreciéndose para ser su guardia cuando ellos salían hacia la ciudad, Greg riéndose de los modales recargados de su hermano, Greg siempre prefiriendo quedarse al lado de Mycroft cuando Sherrinford llevaba a Sherlock a mirar el río Tigris de cerca.
La diferencia era que Sherlock nunca tendría cerca a John de nuevo, pero si lo tuviera, ¿toleraría el dolor de saber que nunca estaría con él?
Sherlock recordó con aun más viveza aquel día, cuando se asomó al Tigris, soltándose de la mano de Sherrinford, cayó al río, su hermano mayor le sacó, claro, Sherrinford era un excelente nadador, pero algo que le golpeó fue el recuerdo de la falta de oxígeno. Hacía demasiados años que no sentía aquello, el susto le hizo levantarse y nadar un poco.
—¿Estás enamorado de mi hermano?
El otro no respondió nada, pero no hacía falta Greg le miró con los ojos tristes, Sherlock le regresó la mirada con el conocimiento que ahora tenía, era tan obvio que solo la desidia en la que habían caído con el paso del tiempo podía explicar que no se hubiera dado cuenta antes, ¿lo sabría Mycroft?
—¿Desde cuándo? —preguntó Sherlock.
—Desde mucho antes de que nos desterraran. —Sherlock asintió. La asfixia crecía en su pecho.
No había nada más que añadir a aquella plática, no había consuelo, no había solución, no había nada, ni siquiera resignación. Aleteó un poco alejándose en silencio, dejando a Greg al borde del abismo, donde al parecer había estado por demasiado tiempo, y pensando en que quizás debería buscarse su propio abismo.
La voz de Greg se escuchó. —Tu hermano no lo sabe, y así lo prefiero.
—No te preocupes.
—Lamento no tener ninguna solución para ti.
—Tampoco te preocupes por eso.
.o.O.o.
—Te quedas a cargo durante un rato, Greg. —Susurró Mycroft al pasar junto a su único guardia.
—Sí, Mycroft.
—Greg, ¿has visto a Sherlock?
—No desde hace un par de días.
Mycroft asintió, habían pasado cinco días y sus noches desde que Greg y Sherlock habían hablado en El Abismo.
Mycroft nadó rumbo a la isla, tenía la sospecha de que allí encontraría a su hermano y así fue.
Sherlock estaba sentado en una roca, fuera de la laguna que nacía tierra adentro de la isla, miraba un hueco poco profundo que la naturaleza, caprichosa, había escarbado entre las rocas. Cantaba con voz grave, una canción que Mycroft nunca había escuchado, era una canción tétrica, no había sentimientos en ella, solo hablaba de sangre, de vidas desgarradas al ser separadas y de corazones que seguían latiendo a pesar de haber sido arrancados del pecho al que correspondían.
Mycroft por primera vez, tuvo miedo, miedo de haberse equivocado.
El mayor, volvió desde entonces cada día a ver a su hermano, incapaz de obligarlo a alejarse de aquel lugar, le llevaba comida e intentaba intercambiar unas pocas de palabras con él.
Sherlock cada día cantaba una canción distinta, Mycroft sospechaba que las improvisaba, pues nunca había escuchado ninguna, pero sobre todo porque todas hablaban de lo mismo, dolor de la separación, de la desolación interior, de soledad, de tristeza, de abandono, de desamor, había ocasiones en las que algunas hablaban de deseo, de labios ardientes, de acunarse mientras se siente el corazón ajeno, latiente. Había otras muchas que hablaban de celos, de la inmensa envidia por poseer algo que pertenecía a alguien más. Del dolor de saber que lo que más amabas no podía ser tuyo porque ya tenía dueño.
Mycroft se quedaba en silencio escuchando, mirando a su hermano cantar, para escucharlo de vez en vez divagar, "solo dos siglos".
Luego, en los días más oscuros, esos en los que Mycroft no se atrevía a dejar solo a Sherlock sus canciones hablaban de muerte, de la necesidad de hundirse en la oscuridad y por fin olvidar.
Dos meses pasaron así, mientras Sherlock se apagaba ante los ojos de su hermano, dos meses que ni siquiera estaban cercanos a los dos siglos que Sherlock esperaba pasarían antes de encontrar, al menos, la resignación.
¿Alguien más sigue llorando? Algunas veces me pregunto ¿por qué me hago esto a mi misma?
Luego cuando la palabra masoquismo flota en mi mente procuro cambiar de tema XD.
¿Me siguen?
Adrel Black
