Disclaimer: Ni Soul Eater ni sus personajes me pertenecen. A excepción de la trama y ciertos personajes, todo pertenece a Atsushi Ōkubo.

Autor: Enoshima Mavis.

Summary: Su mente no funcionaba como las demás. Porque la de ella no la dejaría vivir. Literalmente. "¿Debería saltar?". "Realmente lo estaba considerando". "Desde ese día he estado así". "¿Sientes que quieres desaparecer otra vez?" / KidxOc.

Clasificación: K+.

Fandom: Soul Eater.

Género: Romance y Hurt/Comfort.

Capítulo 7.

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Ese día el sol reía con entusiasmo, brillando sobre Death City. El viento soplaba suavemente, a veces emitiendo un inaudible silbido. Pocas nubes se podían divisar en el despejado cielo. Aya tuvo que cerrar los ojos con fuerza al salir de su departamento, antes de que se quedara ciega por la luminosidad.

Estiro los brazos, antes de ponerse a caminar. Por alguna razón, sus provisiones de fideos instantáneos –dígase, ramen– escaseaban, algo extraño considerando lo poco que ella comía. Pero por alguna razón, cuando era hora de almorzar, se había dado cuenta de que ya no quedaba ningún mísero envase.

Camina por Death City no le desagradaba en lo absoluto. Aya había amado el pasar largo tiempo recorriendo la ciudad. Siendo tan diferente al lugar donde había nacido, explorarla había sido realmente divertido para ella. O al menos lo había sido hasta que se aprendió todos los caminos de memoria, cada esquina y cada curva, e incluso el número exacto de ladrillos en la ciudad. Había dejado de ser divertido, pero no menos relajante. Pero ya hace tiempo que no salía para algo más que no fuera asistir al Shibusen.

Soltó un bostezo.

Agradeció a los dioses –¿o tal vez debería decir a Shinigami-sama?–, ya que la tienda a la solía concurrir normalmente para abastecerse de reservas estaba abierta. Aunque no era algo sorprendente de todos modos; el local se mantenía abierto las veinticuatro horas del día. No tardo en mucho en realizar su compra, sobre todo porque tenía el cambio justo para un paquete, que contenía seis envases.

¿Era idea suya, o al salir el sol brillaba con más intensidad que antes? Si seguía así, probablemente debería comenzar a ponerse protector solar antes de salir. Tanto tiempo encerrada había vuelto su piel muy sensible. Aparto ese pensamiento de su mente, y se encamino para volver a su hogar.

Fue en el camino de vuelta cuando los vio. Había decidido tomar un atajo, simplemente porque era un camino en el que había más sombra, si bien era más largo que el primero. Pasando por allí, caminaba por enfrente de una cancha de baloncesto, que había sido instalada allí hace bastante tiempo. Y fue allí donde los vio.

Tres chicos y una chica jugaban con la pelota –cabe decir que la chica les estaba dando una golpiza a aquellos dos del bando contrario– siendo animados por otras cuatro chicas más allá. Pudo reconocerlos, estaban en su misma clase después de todo. Los que jugaban eran un chico de cabello albino, Soul Eater, junto con un chico de cabello azul, parado en puntas. ¿Black Star, tal vez? Pero las líneas blancas en el cabello negro de Kid eran inconfundibles, al igual que los movimientos agresivos de Patty.

Los observo atentamente. Todos ellos tenían una sonrisa en el rostro, a pesar de verse, también, cansados. Aparto la vista, dirigiéndola a las chicas que se habían quedado sentadas. La chica alta… ¿Tsubaki? Reconocía también a la chica de coletas, Maka Albarn, ya que de algún modo u otro siempre resaltaba en las clases. Liz tampoco fue difícil de identificar, pero la cuarta chica –¿o tal vez era un chico? – era un problema. No recordaba haber visto antes su cabello rosa, aunque Aya no podía decir que tenía buena memoria.

Las cuatro chicas reían animadas, alimentando las gracias de los jóvenes que jugaban. Se encontraban sentadas sobre un mantel de color rojo, con una canasta de mimbre y varios alimentos dispersados alrededor.

-Un picnic, ¿eh? –no sabía si lo había susurrado al viento, o había sido solo un pensamiento.

Las observo indecisa durante un par de segundos, que probablemente se hubieran convertido en minutos. Su corazón se detuvo y sus mejillas se enrojecieron al sentirse descubierta. La más alta de todas, aquella que sostenía su largo cabello negro en una coleta alta había dirigido sus ojos hacia ella.

-Ugh… justo ahora, ¿ella está mirándome, no es así? –ese pensamiento paso fugaz n su mente.

Y si, así era. La miro por atentos minutos, en los que ninguna de las dos se movió. Aya comenzaba a impacientarse, cuando finalmente Tsubaki –¿si era así, verdad?– se movió. Frunció el ceño, y desvió la mirada hacia los jugadores.

De un momento a otro, Aya sintió las lágrimas arremolinarse en sus ojos. No sabía por qué. Pero por alguna razón, había pensado que aquella chica le haría alguna señal para que se acercara y, ¿por qué no?, también conversar un rato. Ahora ni siquiera sabía por qué ese pensamiento había cruzado por su mente.

–Yo también quiero…

Lo que quería… ¿qué era realmente lo que ella quería? Se interrumpió a su misma antes de terminar la frase. De repente sintió envidia por la chica de cabellos rosados. Ya había recordado su identidad. Chrona Makenshi, hija de Medusa, una bruja que había causado un gran revuelo hace un tiempo. La había visto riendo con todas, realmente feliz.

–Un amigo… ¿eh?

Tal vez fuera eso. Aunque bien sabía que era imposible. El día anterior se había encontrado con Death the Kid, y luego de cruzar ciertas palabras, ella de se había dado cuenta. Kid no era su amigo, simplemente era una persona amable. Sus palabras habían salido solas esa mañana, y aun no dudaba de ellas.

"Si no fuera porque el loco de Stein nos puso a ambos en un proyecto juntos, creo que ni siquiera hubieras notado mi existencia".

Esas palabras eran ciertas, lo sabía.

Cuando se quiso dar cuenta, y se encontraba frente a la puerta de su departamento. Al entrar, tan solo boto la bolsa con el paquete al suelo, y se arrojó sobre la cama, ignorando si los fideos se derramarían o no. Bastaron tres segundos para caer dormida, y entrar en su mundo onírico.


눈눈 Tiempo 눈눈 Tiempo

Kid y Patty no habían tardado mucho tiempo en ganarles a Soul y a Black Star. La fuerza bruta del joven del clan de la estrella no se comparaba en nada a la de la menor de las hermanas Thompson. Nadie pudo evitar reír al ver como uno de los pases mal calculados de Patty daba de lleno en el joven asesino.

Ahora mismo, el grupo de los jugadores caminaba entre bromas hacia las jóvenes que se habían quedado sentadas para empezar el picnic. Kid no pudo evitar gritarle reclamos a sus compañeros varones al ver la forma anti simétrica que tenían de… hacer todo, básicamente. Pero sus reclamos no fueron escuchados, y simplemente les dedico una mirada de furia antes de comenzar a comer él también.

–Eh… Kid-kun, ¿podemos hablar? –pidió Tsubaki entre susurros.

Kid la miro con atención. No era normal el que Tsubaki titubear, y menos que le pidiera una conversación en privado. De todas formas, no lo pensó demasiado antes de asentir con la cabeza, ignorando las monerías que hacia ahora mismo Black Star.

–Se trata sobre tu compañera en el trabajo de Stein, Aya Leonhardt-san –Kid frunció el ceño, pero dejo que continuara–. La vi hace unos momentos, pero ella se fue corriendo. Tenía una mirada un tanto melancólica. Tú eres el que ha pasado más tiempo con ella últimamente, por eso me preguntaba si sabrías algo.

Kid pareció pensar la respuesta un par de segundos. Decir que no le pasaba nada era una gran mentira, pero no sabía si debería de contar sus recientes intentos de quitarse la vida. No era porque no quisiera, ganas le sobraban, pero Aya parecía demasiado recia a tratar ese tema, por alguna razón. Pero tal vez si fuera Tsubaki… Ella era una persona amable. Seguramente sabría comprenderla mejor que él, ¿verdad?

–¿Kid-kun? –probablemente se había quedado callado durante largos minutos, porque Tsubaki lo miraba con el rostro ladeado, esperando una respuesta.

–Bueno, es algo complicado –dudó–. Está pasando por momentos difíciles ahora, sé eso. Pero en realidad se niega a darme explicaciones, asique realmente no sé qué es lo que está pasando por su cabeza en estos momentos.

–Ya veo –Tsubaki parecía decepcionada por alguna razón–. Asique tu tampoco lo sabes…

Ambos observaron como Black Star se había colocado dos palillos entre la nariz y la boca, y bailaba alegremente al ritmo de una canción desafinada de Soul. Algunos rieron la gracia, pero otros –entiéndase, Kid– no hicieron más que gritarle que dejara de hacer esa broma de mal gusto. A vista de que el ninja y la guadaña no tenían pensado obedecerlos, el Shinigami volvió a sentarse junto a su compañera, que lo miro con una cálida sonrisa.

–Pero tú sabes –comenzó ella–, si ella está pasando por un momento difícil, creo que lo mejor sería que la apoyes. Quiero decir, ella está siempre sola, asique tal vez no sepa cómo debería actuar con la gente, o cómo reaccionar cuando la gente le muestra algo de amabilidad. Como nuestra adorable Chrona –rio, señalando a la joven que abrazaba sus piernas, con una extraña sonrisa y pegada a Maka–. Es importante para la gente tener personas que nos den esa clase de apoyo, asique… umm… bueno, lo que trato de decir es que…

Kid soltó una risa al ver como la joven Nakatsukasa comenzaba a confundirse con sus palabras. ¿Y era imaginación suya, o sus mejillas se habían coloreado?

–No te preocupes, Tsubaki –la tranquilizo–. No la dejare caer.

Tsubaki no tuvo tiempo para preguntarle el significado de sus palabras, porque inmediatamente el líquido gaseoso de unas de las latas que habían llevado para el picnic se había derramado de lleno en el joven Death.

–¡PUTA MADRE! –vocifero–. ¡ESTA HELADA!

Ese fue su primer reclamo antes de comenzar a quejarse por la mancha en su camisa y llegar al borde del colapso por la falta de simetría –que ya tenía suficiente con su cabello, joder–.


눈눈 Tiempo 눈눈 Tiempo

Ese día no había tenido un sueño tan distinto de los demás. Primero se había encontrado en su habitación, y cuando salió al exterior, se había encontrado con un gran espacio de color blanco. Todo lo que llegaban a observar sus ojos era de ese color.

–Hoy es el desierto blanco, ¿eh?

El Desierto Blanco era un lugar que Aya había denominado así por ser completamente monocromático, con ciertas excepciones en color rojo. Era un lugar extenso, y muchas veces había encontrado cosas realmente bizarras. La última vez que había soñado con ese lugar, había aparecido un gran edificio, que tenía cerca de diez pisos. Al pie de esta construcción, cerca de la entrada, se podía divisar una profunda mancha de rojo carmín.

Dirigió sus pasos hacia el exterior y comenzó a caminar. ¿Qué es lo que iba a encontrarse hoy? Tal vez fuera alguna bruja que volaba en escoba, o algún ser que la miraba sin atreverse a tocarla. Tan solo esperaba no encontrarse con esas personas lunáticas que no dejaban de perseguirlas. Lidiar con ellas era un verdadero fastidio.

Detuvo sus pensamientos en cuanto una extraña melodía llego a sus oídos. Música de rumba.

Dirigió sus pasos hacia el lugar de donde creía que venía la música, y esta se hacía más fuerte a medida que se acercaba hasta a ella. No paso mucho tiempo hasta que finalmente pudo llegar hasta aquel lugar. No obstante, tuvo que bajar la vista al hacerlo.

Unos grandes matorrales le impedían el paso. Incluso si trataba de pasar a través de ellos, cada vez que tocaba alguno, al menos por accidente, sentía la necesidad de retroceder. Del otro lado de ellos, se encontraba una sábana completamente roja extendida sobre el blanco suelo, y, sobre esta, una gran cantidad de bocadillos. Una radio antigua se encontraba cerca. Parpadeo confusa.

Las personas lunáticas que siempre solían perseguirla hasta el cansancio se encontraban allí, llego a contar hasta ocho de ellos. Pero su comportamiento no era normal. La estaban ignorando por completo, enfrascados en un baile extraño.

–Está bien –se dijo Aya a sí misma, admirando la escena. Dirigió una de sus manos hasta su mejilla– si hago así, y me pellizco…

El efecto fue inmediato. En cuanto lo hizo, el mundo de color blanco fue remplazado por el techo gris de su habitación. Parpadeo un par de veces, tratando de volver a adaptarse al mundo real, para luego fruncir el ceño. Se tapó los ojos con un brazo, soltando un suspiro.

–Ni en mis sueños quieren ser mis amigos…

Se planteó el volver a dormir, pero la sola idea de repetir esa escena provoco que lo rechazara. Decidió levantarse: su estómago rugía por alimento, asique no tenía más opción que llenarlo con algo, aunque ese algo le supiera a arena.

Tomo uno de envases de ramen que había comprado ese mediodía. Gracias al cielo ninguno se había roto en su apresurada llegada, y sus contenidos tampoco se habían derramado. Saco uno del paquete, para luego guardar los otros en la cocina. Iba a comenzar a hervir el agua cuando sintió un golpeteo en su puerta. Espero unos momentos, esperando que fuerza su imaginación o, si no lo era, que la persona dejara de insistir y se largara.

–Sé que estás ahí, Aya –la voz del joven Death the Kid logro traspasar las habitaciones hasta llegar a sus oídos–. Y también sé que nunca cierras, asique si no me abres tú, perfectamente puedo entrar yo solo.

Kid no tuvo que esperar mucho para que la joven decidiera hacerlo pasar. No pudo evitar fijarse en que la falda negra y la camisa blanca que llevaba ese día era, realmente, un conjunto simétrico.

–¿Necesitas algo? –Aya se mordió los labios, confusa ante la penetrante mirada color ámbar del Shinigami. ¿Ideas suyas, o el joven llevaba una ropa diferente a la que le había visto ese mediodía?

–Bueno, si –carraspeo–. Es sobre el trabajo de Stein. Nosotros debemos hacerlo juntos, ya lo sabes. Por eso quería saber si mañana puedes venir a mi casa, para avanzar en el proyecto. Tu… ¿estas libre? –sintió ganas de golpearse la cabeza. Había venido porque estaba preocupado por ella, ¿Por qué demonios hablaba ahora del proyecto de Stein?

Aya guardo silencio un par de minutos, para luego asentir varias veces.

–Sí, claro. Iré allí a las ocho –el rostro de Kid pareció iluminarse–. Asique, si eso es todo…

–¡Espera! –Aya guardo silencio ante el repentino grito del joven–. Bueno, también… ¿Cómo te encuentras… respecto a todo?

Aya lo miro sin expresión, para luego sonreír.

–¿Preocupado por mí? –No pudo evitar reírse para sus adentros en cuanto vio el sonrojo de Kid–. Jijiji. Está bien, estoy bien. No es nada de lo que no pueda ocuparme yo –mintió. ¿Por qué si quería decir una cosa, algo completamente distinto salía de su boca? Ahora era ella la que tenía deseos de golpearse.

–Bien. Pero tú sabes, cualquier cosa que este mal, puedes contar conmigo. No te lo guardes solo para ti.

Aya le sonrió cálidamente, y trato de entablar una conversación decente con él. Por alguna razón, no pudo evitar bromear sobre el cabello del chico, enrojeciéndolo y haciéndolo rabiar.

Pero ahora el joven se había ido, y la casa había quedado sumida en el profundo silencio en el que vivía todos los días. No obstante, había algo cálido en el ambiente esta vez. Ya no era tan gris como siempre, era diferente. Y no había tardado en hacérselo notar al chico antes de que este se marchara a su hogar.

–Muchas gracias por preocuparte por mí, Kid. Significa mucho.


눈눈 Tiempo 눈눈 Tiempo

Despertó sobresaltada al oír ruidos en su habitación. Se mordió los labios al observar que algo muy importante había cambiado allí.

La puerta del balcón. Estaba abierta.

¿Cómo demonios era posible? Kid la había cerrado con llave para luego llevársela él, y ella no poseía otra copia. Asique, ¿quién o que la había abierto?

Se abrazó a si misma al levantarse de la cama. Ella era un técnico, y aunque no tuviera un arma –porque si bien sabía sobre la espada sagrada Excalibur, jamás se rebajaría como para ir a buscarla– era su deber el eliminar a los demonios. ¿Y que más podría haber entrado en su habitación en mitad de la noche, y abrir una puerta que se había mantenido con llave?

De pronto el aire si hizo pesado. Le costaba respirar, y cayó al suelo, tosiendo. Trato de taparse la boca con la manga de su piyama, pero ya era tarde. Aquel gas había inundado toda la habitación, y Aya solo pudo observar como la silueta de una persona se acercaba a ella.

–Está bien, está bien –esa persona la sostuvo en sus brazos, y Aya pudo finalmente, observar su rostro–. Olvida todo y ve a dormir.

Las últimas palabras que menciono esa noche salieron en un murmullo, como si fuera el ultimo soplo de su vida, que se escaba de entre sus manos. Pero ella sabía que no era así, es decir, no morirá por inhalar gas somnífero. ¿O tal vez si?

Los profundos ojos negros de aquella persona la miraron con interés.

–¿M-mamá?

No recibió ninguna respuesta, y Aya se sumió en la inconciencia.

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Fin chapter 7.

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Notas de la autora: si, bien. Ahora, hay una escena que quería agregar, pero creo que el capítulo se extendió un poco más de lo normal (para mí, señores, para mi), asique simplemente la agregare en el próximo capítulo. Por favor no se enojen conmigo, recuerden que yo los quiero.

POSIBLE SPOILER, NO LEER SI LO CONSIDERAS ASI.
Bueno, creo que los sentimientos de Aya fueron confusos en este episodio, asique los explicare. Ella quiere tener amigos, eso lo deje bien claro. Creo. Bueno, sí, quiere tener amigos, pero su problema es que ella cree que los demás no quieren serlo, cree que simplemente los molesta con su presencia. Siente que, a pesar de que los demás son amables con ella, simplemente lo son por ser educados, y no porque realmente ella les preocupe. Tiene miedo de confundir su amistad con amabilidad. Decidí explicar esto porque no se realmente si voy a explicar este tema a profundidad en futuros capítulos, asique lo lamento si lo consideras un spoiler.

En todo caso, ¡gracias por haber leído esto! Personita que lo haga, me haces muy feliz. Aunque siempre puedes dejarme un review, que eso me haría mucho más feliz aun. Los review alimentan el alma de los autores, ¿saben?
Y hablando de reviews, gracias a las dos personitas que me comentaron. Me hicieron muy feliz con sus palabras, y espero tenerlos en futuros episodios.
Por cierto, vuelvo a hacer referencia al juego Yume Nikki, propiedad de Kikiyama.

Y eso es todo, amigos. Gracias por seguir aquí.

¡De pie!

¡Saluden!

¡Aye!

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Tehe~