Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.
Quinn se quedó unos minutos en la puerta de la casa de los Sullivan con unas flores en una mano y una botella del vino que tanto le gustaba a Rachel en la otra. Sara le había preparado un pavo relleno antes de marcharse a celebrarlo con su familia, pero ella lo había metido en el frigorífico y se había ido de casa.
Había intentado convencerse a sí misma de que estaba allí porque se lo debía a Rachel, las ideas que le había dado con tanta facilidad tenían tanta fuerza que iban a hacer de su proyecto un auténtico éxito. Sin embargo, había una vocecilla dentro de ella que le decía algo muy diferente: ya no podía seguir comiendo sola, o más bien era que ya no podía comer sin Rachel. En cualquier caso, estaba claro que estaba metida en un lío.
Al abrirse la puerta, se encontró con Thomas al otro lado.
—¡Has venido! —le dijo con una enorme sonrisa.
—No me lo restriegues —gruñó Quinn.
El doctor Sullivan no dejó de reír mientras acompañaba a su invitada al interior de la casa.
La primera parada fue la cocina, donde pudo darle las flores a Ruth y conocer a Kyle, su hijo pequeño. Quinn les dio las gracias por invitarla y prosiguió su camino hacia el comedor. Allí estaba Rachel, más guapa que nunca con el pelo suelto y ligeramente maquillada, hablando con Derek, el otro hijo de los Sullivan. Ambos muchachos habían sido buenos atletas durante el instituto y no se habían dedicado a meterse con Quinn como el resto.
Derek llevaba varios años trabajando como abogado en Minneapolis y desde luego tenía aspecto de dedicarse a lo que se dedicaba: traje informal pero carísimo. Quinn comprobó con cierta rabia que tenía en brazos a la pequeña Harmony, que no dejaba de gimotear. Además, los dos adultos parecían estar muy a gusto juntos. Sabía que cabía la posibilidad de que algún día Rachel probablemente encontrara a un hombre y que este acabara convirtiéndose en padre de Harmony, pero desde luego ese día todavía no había llegado.
Mientras siguieran viviendo en su casa, ella no permitiría que eso sucediera.
—¡Qué sorpresa! —exclamó Rachel al tiempo que Derek y ella se ponían en pie para saludarla.
—Teníamos un trato, ¿no? —contestó Quinn sin poder dejar de mirarla. Solo había pasado un mes y ya había recuperado su figura por completo. ¿Acaso no podía haber tenido un poco de compasión con ella?
—No estaba del todo segura.
La niña continuaba gimoteando y, cuando pasó a brazos de su madre, los gimoteos se convirtieron en un llanto desesperado.
—Déjame a mí —le pidió Quinn.
La pequeña permaneció en sus brazos satisfecha a lo largo de toda la cena. De vez en cuando Rachel se ofreció a relevarla pero su excusa fue siempre la misma: Harmony estaba muy a gusto donde estaba.
Nadie hizo el menor comentario sobre la sorprendente aparición de Quinn en una reunión social, y ella se sintió como si fuera algo que hiciera todos los días. Odiaba admitirlo, pero lo cierto era que se trataba de una gente estupenda sin intenciones ocultas.
Durante la cena charlaron de todo tipo de temas e incluso contaron chistes. Pero con el postre llegó el cinismo de Quinn.
—Antes de probar el delicioso pastel de Rachel —comenzó a decir el anfitrión—, cada uno tiene que decir por qué está agradecido. Es la tradición —añadió como explicación para Quinn.
—Por mi salud —comenzó Ruth.
—Yo estoy enormemente agradecida por tener a mi hija —continuó diciendo Rachel.
—Por el relleno de cebolla y salvia que le ha puesto mamá al pavo —dijo el pequeño de los Sullivan.
—Por que estéis aquí todos vosotros —afirmó Thomas mirando a todos y cada uno de los reunidos.
—Por las demandas colectivas —dijo Derek sin inmutarse.
Todos estallaron en una gran carcajada durante la cual Quinn deseó con todas sus fuerzas que se hubieran olvidado de ella, pero de pronto se dio cuenta de que las miradas estaban fijas en ella.
—Vamos, muchacha —le pidió Thomas todavía riendo— Date prisa, que me muero de ganas de probar este pastel.
En los últimos quince años siempre había sabido dar la respuesta más inteligente hasta a las preguntas más comprometedoras, pero delante de esas personas le resultaba muy difícil mentir.
—Si no os importa, preferiría no contestar —nadie dijo nada, simplemente la observaron mientras que ella le lanzaba a Rachel una mirada que era una petición de auxilio.
—Está bien —dijo Rachel por fin— Pero el año que viene tendrás que darnos una respuesta.
Todos quedaron satisfechos y se dispusieron a disfrutar del postre, todos menos Quinn, que no podía dejar de mirar a su ángel de la guarda. Lo había vuelto a hacer, Rachel la había vuelto a salvarla sin el menor esfuerzo aparente. Fue entonces cuando se dio cuenta de que jamás podría pagarle todo lo que había hecho por ella. Era una deuda que nunca podría saldar.
Cuando hubo alimentado y acostado a Harmony, Rachel agarró el intercomunicador y se dirigió hacia el ascensor por el que había subido Quinn hacía unas horas, nada más llegar de la cena.
Había sido una sorpresa muy agradable verla aparecer en casa de los Sullivan, pero sobre todo se había alegrado de que diera un paso más en su vida.
Eso hacía que lo que iba a decirle resultara un poco más fácil. Pero solo un poco.
Escuchó la música ya antes de que se abriera la puerta del ascensor. Ante sus ojos se encontró a Quinn, ataviada sólo con un pantalón de deporte y un top deportivo, tumbada en un banco de ejercicios y levantando pesas.
—¿Quieres público? —le dijo Rachel acertándose hasta ella.
—No, no es eso precisamente lo que quiero —respondió sin dejar de subir y bajar las pesas.
Rachel notó cómo todo su cuerpo se acaloraba por efecto de sus palabras. No podía dejar de observarla: abdominales levemente marcados, brazos definidos y el sudor recorriéndole la piel. Como no podía dar rienda suelta al deseo que sentía en aquel momento, pensó que lo mejor era decirle lo que había ido a decir.
—Pues tú te lo pierdes, Fabray. Esta es la última noche que vas a poder tenerme como público.
—¿Tú última noche? —repitió Quinn dejando las pesas en su sitio e incorporándose para hablar con ella.
—Sí. Harmony y yo nos iremos mañana.
—¿Ya está listo el apartamento? —le dio la sensación de que le temblaba ligeramente la voz.
—En realidad está listo desde hace ya unos días, pero...
Quinn se puso en pie y se limpió el sudor de la cara y el cuello con una toalla.
—¿Pero qué?
Rachel siguió el movimiento de la toalla con ojos envidiosos. No volvería a tener oportunidad de mirarla tan libremente. No había ningún motivo para decirle que se había quedado más de lo necesario solo por estar con ella un poco más. Tenía que dejar de perder el tiempo y buscar un amor de verdad.
—Bueno, creo que me voy a la cama —dijo cambiando de tema con tristeza en la voz— Estoy muy cansada.
—Yo también, Rachel. Estoy realmente cansada —contestó ella con tal expresión en los ojos que Rachel no pudo hacer otra cosa que seguir mirándola.
—Será por el ejercicio que has estado haciendo.
—No, no es por eso.
—Habrá sido la cena entonces.
—Estoy cansada de fingir que no te deseo —admitió agarrándola del brazo con suavidad y acercándola a ella— Rachel…
—¿Qué? —su voz estaba cargada de deseo y ansiedad. Quinn estaba siendo tan injusta. ¿No se daba cuenta de lo débil que era ante ella? ¿De lo fácil que le resultaría hacerle daño?
Tenía el rostro demasiado cerca de ella, su mirada era demasiado profunda. Rachel aguantó la respiración mientras notaba cómo el calor procedente de su pecho le traspasaba la ropa.
—Estoy agradecida por ese día de octubre en el que una tormenta de nieve se hizo interminable —afirmó Quinn acercándose a ella y dejando un suave beso sobre sus labios— Estoy agradecida porque me dejaras traer a Harmony al mundo —sus ojos no se apartaban de los de ella, pero sus dedos se fueron deslizando por el cuello hasta llegar a los botones de la blusa, que empezó a desabrochar uno a uno.
Rachel sintió un escalofrío tan intenso como una descarga eléctrica.
—Estoy agradecida porque volvieras a mi casa una segunda vez —Quinn le quitó la camisa del todo y la tiró al suelo— Y estoy agradecida porque hayas subido aquí esta noche y no te hayas alejado de mí.
¿Estaba hablando en serio?
—Nunca me alejaría de ti, Quinn —dijo la morena por fin— Jamás.
Con un suave movimiento, Quinn la despojó del sujetador.
—Me estabas volviendo loca, Rachel.
—Por fin —susurró la morena al tiempo que Quinn la rodeaba con los brazos y hacía que su boca bajara hasta sus pechos.
Era lo más dulce que había sentido jamás. Mucho más intenso de lo que podría haber imaginado o soñado. La lengua de Quinn se movía con suavidad por su pezón endurecido por la excitación.
—Rachel, dime que esto está bien.
Estaba más que bien. Seguramente Rachel estaba loca por abandonarse a una mujer que jamás podría amarla, pero en aquel momento nada le importaba.
—Está muy bien, Quinn.
Sus ojos se llenaron de pasión mientras le desabrochaba la falda y pedía que las luces se suavizaran.
Quinn era consciente de que se había dejado llevar por el deseo, y no se había detenido a pensar porque de otra manera se habría dado cuenta de que era un error.
Rachel era su amiga, aunque en ese momento no había nada más alejado de su cabeza que la amistad. Lo único que quería en ese momento era hacerla sentirse bien y darle todo el placer que merecía, ya sufriría las consecuencias más tarde.
La boca de la morena la llamaba y ella respondía con sus besos. La mitad inferior de su cuerpo se puso en tensión cuando Rachel comenzó a juguetear con su lengua. Hacía solo unos minutos lo habría creído imposible, no habría podido creer que llegaría a sentir tal necesidad. Pero se trataba de Rachel, la mujer que no había dejado de sorprenderla en el último mes.
Le quitó la falda y después las medias, hasta que la tuvo ante sí con solo unas braguitas de encaje azul. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios y en sus ojos se podía apreciar el mismo deseo que la estaba consumiendo a ella. Ver sus emociones reflejadas en la morena hizo que el corazón de Quinn empezara a latir como si quisiera escapársele del pecho. Nadie le había llegado al alma de la manera que lo hacía Rachel.
—He imaginado esto tantas veces —confesó con frustración.
—¿En serio? —le preguntó Rachel sin dar crédito a lo que oía.
—Todas las noches, durante toda la noche. Y también durante el día...
—Dime qué imaginabas —le pidió mientras se despojaba de la única prenda que le quedaba puesta.
El poco autocontrol que le quedaba la abandonó inmediatamente. Quinn la levantó en brazos y la llevó hasta el escritorio, de donde barrió todos los papeles de un manotazo.
—¿Quieres saber lo que imaginaba? —le preguntó sentándola en la suave superficie del escritorio. Después ella se sentó en el sillón de piel que había justo enfrente y lo acercó hasta que los reposabrazos chocaron con el borde de la mesa— Pues imaginaba que mis manos se llenaban de ti —Sin dejar de mirarla a los ojos, le agarró las nalgas con ambas manos.
—¿Y después? —la provocó Rachel con la voz entrecortada.
—Te imaginaba abriéndote a mí.
La morena se humedeció los labios con la lengua.
—¿Y entonces?
Quinn la acercó un poco más a ella.
—Mira —dijo con una ligera sonrisa, y acto seguido bajó la cabeza y saboreó el paraíso.
Rachel se deshizo en gemidos mientras notaba la lengua de Quinn pasearse por lo más sagrado de su cuerpo. Empezó a lamer y succionaba a un ritmo que estaba volviéndola completamente loca.
Estaban rodeadas de ventanas sin cortinas, de modo que sus acciones se encontraban expuestas al mundo. Nadie podía verlas en un lugar tan apartado como aquel, y aun así, había cierta carga erótica en el riesgo de ser observadas.
Nunca en su vida había confiado tanto en alguien. Nunca se había entregado de esa manera. Pero se trataba de Quinn, la mujer a la que amaba, que estaba haciendo que le faltara la respiración, que los pezones se le pusieran duros como el acero y que en su interior fluyera una increíble corriente de placer.
Aquella sensación le resultaba tan ajena que al principio le dio miedo, pero cuando miró hacia abajo y vio a Quinn moverse con tal suavidad, el miedo dejó lugar al placer y la mente se le quedó en blanco.
De pronto notó cómo Quinn metía un dedo dentro de ella con extrema suavidad a la vez que su lengua jugueteaba con su clítoris. Y entonces ocurrió algo increíble; fue como si en su cuerpo se hubiera desatado una tormenta que solo Quinn con sus movimientos podía intensificar y que finalmente solo ella podría calmar.
No podía dejar de gemir. Se sentía salvaje como una leona que hubiera localizado a su presa. El instinto se apoderó de ella y le hizo presionar su cuerpo contra Quinn, quien incrementó el ritmo de sus embestidas con sus dedos y lengua. La morena quería entregarse a ella por completo, quería que supiera que nadie podía hacerla sentir de aquel modo, pero ni siquiera era capaz de hablar.
Pronto se rindió al placer y se dejó llevar por las maravillosas sacudidas del orgasmo, una especie de calambres que le recorrieron el cuerpo desde lo más profundo. Tal éxtasis acabó por debilitarse y, sin embargo, Quinn no se retiró sino que prosiguió con sus mágicos movimientos hasta llevarla a un segundo clímax. Y cuando llegó el momento, Rachel gritó de placer y finalmente cayó exhausta sobre el escritorio.
Tenía la sensación de ser ligera como una pluma a la que arrastraba el viento, pero poco a poco volvió a la realidad y fue capaz de hilar un pensamiento: el amor que sentía por Quinn jamás desaparecería porque era suya para siempre.
Por fin se encontró con fuerzas para abrir los ojos. Allí estaba Quinn, con el pelo alborotado, el top lleno de sudor y la entrepierna de los pantalones abultada por la excitación. Lo que Rachel más deseaba era tocarla, notar su cuerpo sobre ella, sentirla dentro de su cuerpo. Quería hacerle sentir lo que sentía ella en ese momento. Estiró la mano e intentó tirar de ella.
Pero la expresión de su rostro la detuvo. Las arrugas que tenía alrededor de la boca le dieron a entender que la rubia no estaba dispuesta a permitirse disfrutar del mismo placer que le había hecho sentir a ella. Solo con el brillo de sus ojos habría podido impedir que alguien se le acercara. A Rachel se le desgarró el corazón al ver que Quinn había vuelto a encerrarse en sí misma.
De pronto se sintió desprotegida, y no solo porque no llevara ropa.
—No lamento lo que acaba de suceder —dijo Quinn dándole la espalda— Ya nunca podrás decir que...
Se puso la ropa tan pronto como pudo, con la esperanza de que eso le diera fuerzas para soportar aquello.
—¿Qué? ¿Qué no podré decir? —le preguntó alterada.
—Que no te deseo, o que no te veo como una mujer. Ya ves que no es así —sin dejar de mirar por la ventana, soltó un resoplido de frustración— Cuando estoy contigo no soy capaz de protegerme.
Por un momento quiso creer que esa confesión era un cumplido, pero no era tan tonta. Sabía que lo que le ocurría a Quinn era que le daba miedo sentirse apegada a algo o a alguien.
Mientras la cabeza le decía que saliera de allí y le demostrara la rabia que había desatado en ella, su corazón y el amor que lo llenaba la impulsaban a ofrecerle consuelo y apoyo. Se acercó a ella y le puso la mano en el hombro.
—Quinn, sé que...
—Quizá sea una suerte que te marches mañana. Aquí no hay nada bueno para ti.
Retiró la mano de su hombro.
—Puede que todavía no te hayas dado cuenta, pero yo no te estoy pidiendo nada.
—Pues deberías, tienes derecho a exigir, Rachel. Harmony y tú merecéis a una persona que crea en el amor y en los finales felices —tenía las manos apoyadas en el cristal por encima de la cabeza— ¿Has visto los cuadros que hay en las paredes de este despacho?
Rachel se volvió a mirar los grabados en los que ya se había fijado la primera vez que entró a aquella habitación.
—Sí, ya los había visto.
—Están ahí para recordarme que eso es lo más cerca que voy a estar de los cuentos de hadas.
Quinn hablaba con una amargura que hizo que ella se diera cuenta de que estaba demasiado cansada.
—Creyendo eso harás que se cumpla.
Rachel se dio la vuelta y la dejó allí junto a la ventana. La amaba hasta el punto de causarse dolor, pero no iba a quedarse allí a suplicarle que olvidara el pasado de una vez por todas.
Si alguna vez cambiaba de opinión y decidía que quería encontrar el verdadero amor que ella le ofrecía, ya sabía dónde encontrarla. En el mundo de los vivos.
