Octavo y último capítulo de lo que es el fic en sí... luego ya viene el epílogo y tal, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otro momento (como dijo Fujur).
Tengo que reconocer que he disfrutado como nunca escribiendo "ciertas" partes de este capítulo. A mí eso de matar personajes de las maneras más terribles me encanta (hasta niveles que llegan a resultar sospechosos...) y, por favor... que Odín me perdone por las incongruencias médicas que haya podido cometer durante el proceso de "curación de Clarice". Mis referencias quirúrgicas se reducen a House MD y a mi maravilloso sentido común... ja.
Si, obvio. En este capítulo hay sangre... ¡HAY MUCHA SANGRE!
Enjoy!
Posiblemente acceder a una urbanización a esas horas de la mañana, no era la mejor idea de todas; pero no tenían otra escapatoria. El apartamento de las dos mujeres estaría ya vigilado y pensar en acudir a un hospital no había ni llegado a ser planteado en ningún momento.
La casa, situada en la zona sur de Baltimore, frente al parque Riverside, no era lo que Ardelia había esperado encontrarse. Ella, como todo el que conocía el perfil del doctor Lecter, sabía de los lujosos gustos de este, y aquella estrecha casa de dos pisos, se distanciaba mucho de cualquier hogar vinculado con él.
Hannibal la hizo aparcar frente a la puerta de entrada y tras asegurarse de que no había demasiado movimiento en la calle, abrió la puerta y se estiró disimuladamente mientras hacía un rápido barrido visual. Había un grupo de jóvenes en el parque; pero se encontraban demasiado lejos como para ver que hacían los recién llegados. Por su parte, las casas que flanqueaban la del doctor Lecter, permanecían con las persianas bajadas e incluso una de ellas, la de la derecha, parecía estar deshabitada.
—Si es tan amable de acercarse al buzón —dijo Hannibal—, encontrará una llave adherida con un imán a la parte inferior.
Ardelia salió disparada hacía el lugar indicado por Lecter. Pasó la mano por el buzón y sonrió cuando sus dedos hicieron contacto con el frío metal de la llave. Se giró para indicar a Hannibal que la había encontrado y con un ligero tirón, la separó. Hannibal volvió a mirar una vez a más a su alrededor antes de sacar a Clarice del coche.
—Estás a salvo, mi Clarice —susurró tomándola en sus brazos. Con una patada cerró la puerta y se dirigió a toda prisa al interior de la vivienda—. En el cuarto de baño de la planta superior, tras la puerta, encontrará una pequeña maleta negra. Cójala y reúnase conmigo en el dormitorio anexo.
Ardelia corrió escaleras arriba en busca de la maleta. Hannibal la siguió con Clarice en sus brazos. La chica no había recuperado la consciencia desde su desmayo en la celda y eso empezaba a preocupar al doctor.
La tendió sobre la cama y quitándola la chaqueta, la cubrió con las sábanas. Clarice hizo ademán de abrir los ojos; pero se encontraba demasiado débil para ello. Hannibal retiró un mechón de pelirrojo del rostro de Clarice y se permitió un suspiro de alivio.
—Lo tengo —anunció Ardelia entrando en el dormitorio. Hannibal indicó que dejara la maleta sobre la cama y la abrió—. Vaya…
— ¿Qué esperaba encontrase, agente Mapp? ¿Tiritas y algodón? —preguntó con sorna.
—Puede realizar una operación si quiere —dijo la chica repasando todos y cada uno de los elementos que había en el interior de la maleta.
—Eso sería un poco negligente, ¿no le parece? —Hannibal no la miraba; sacaba con rapidez el material necesario para la cura—. ¿Asistió a los cursos sobre primeros auxilios en el FBI, agente Mapp? —ella asintió sin darse cuenta de que era una pregunta retórica—. Esto no lo enseñan en esos cursos.
Hannibal retiró con cuidado el trozo de sábana de la mano. Estaba empapada en sangre y había comenzado a pegarse en la zona de la herida. Él hubiera deseado poder ofrecer otro tipo de tratamiento a Clarice; pero tenía que trabajar con lo que disponía.
Pidió a Ardelia que le preparara una inyección de morfina mientras él limpiaba los restos de sangre secos de la mano con el fin de ver la gravedad de la lesión.
—Su dedo —susurró Ardelia entregándole la jeringa a Lecter.
—La tercera falange ha sido amputada —respondió Hannibal alzando levemente la mano de Clarice—, ¿lo ve?
—Eso es grave, ¿verdad?
—Es un corte limpio —respondió Hannibal inyectando la morfina—. Hubiera sido peor si la amputación hubiera sido hecha desde la primera falange. Ahí la pérdida de sangre es más abundante. Lo importante ahora es evitar que la zona se gangrene por culpa de una infección.
Ardelia no volvió a decir nada durante el proceso de curación. Dejó que Hannibal trabajara con total libertad y se limitó a prestar ayuda cuando él la requería.
El incidente de la celda había sucedido de manera muy rápida. Para Lecter, su mayor prioridad fue sacar a Clarice de allí, sin importar nada más. Ni siquiera reparó en que Johanna estaba también en la celda. Tras arrojarla lejos de su camino, se había olvidado por completo de ella y de que el trozo de dedo de Clarice estaba fuertemente apretado en el puño de la mujer. Se recriminó duramente el olvido, a pesar de que sabía que no habría podido hacer nada por reconstruir el dedo. De haber acudido a un hospital, el hueso habría sido limado con instrumental específico y la intervención habría sido más precisa y segura; pero Hannibal carecía de un lugar y material apropiado. Por suerte para Clarice, el doctor Lecter era escrupulosamente meticuloso y poseía una habilidad excepcional con la sutura. Manejaba la mano de Clarice con una delicadeza extrema mientras iba, poco a poco, cerrando la herida con puntadas precisas y limpiaba la sangre que supuraba el corte sin soltar la aguja y casi sin dejar de coser. A pesar de lo desagradable de la situación, Ardelia se maravilló con los suaves y firmes movimientos de Hannibal. Intentó apreciar algún signo de nerviosismo o angustia en el rostro del doctor; pero era imposible. Estaba totalmente relajado. Tan concentrado en su labor que había olvidado momentáneamente dónde se encontraba. Ardelia había desaparecido de su lado, la habitación no existía y lo único que permanecía vivo en ese momento era la mano herida de Clarice y su destreza.
Tras comprobar que la herida estaba correctamente suturada y que la hemorragia había cesado, procedió a cubrir los puntos con una almohadilla de gasa estéril y una venda elástica que le facilitara las siguientes curas.
—Bueno —dijo levantándose de la cama para estirar la espalda—. Lo peor ha pasado.
—Ha perdido mucha sangre —musitó Ardelia acariciando el rostro sudoroso de Clarice.
—No podemos arriesgarnos a una transfusión. Tengo varias bolsas de plasma, pero con mi sangre, y no sé si valdría para su tipo.
—Pero…
—La hemorragia se ha detenido; ya no corre riesgo de desangrarse. Irá recuperando poco a poco la sangre —Ardelia miró con preocupación a su amiga y trató de confiar en las palabras de Lecter. Era extraño para ella encontrarse en esa situación cuando, no hacía ni tres días, el doctor Lecter era para ella uno de los seres más despreciables de la Tierra—. ¿Por qué no descansa un poco? Hay una habitación libre al fondo del pasillo.
—Me gustaría estar junto a ella —respondió sin mirarle.
—Terminaré de curar sus heridas y esperaré a que despierte para asegurarme de que comienza a hidratarse. No se preocupe y descanse.
Ardelia suspiró sin retirar la mirada de Clarice y se acercó a la cara de su amiga para besarla en la frente.
—Gracias, doctor Lecter —susurró apretando la mano de Clarice antes de salir hacia el pasillo.
—Descanse —repitió Hannibal suavemente mientras preparaba una nueva jeringuilla con antibióticos. Ardelia le miró brevemente con cierto recelo y él la mostró su mano—. Hay que evitar las infecciones, agente Mapp —la chica asintió más convencida y abandonó el dormitorio.
El cuerpo de Clarice estaba lleno de pequeñas heridas y cortes que, aunque no eran graves ni profundos, si requerían atención inmediata para evitar que su debilitado organismo se infectara. El resto eran contusiones provocadas por las patadas y puñetazos que Johanna la había propinado. Por el color que presentaba la zona torácica, Hannibal supo que algunas costillas estaban hundidas; pero no tenía forma de curar aquello. Clarice debería permanecer en cama más tiempo de lo que había pensado en un principio. La parte que más preocupaba al doctor eran los riñones; pero por suerte, parecía que Johanna había pasado por alto ese detalle. Tan solo tenía un par de moratones en la zona alta de la espalda y algunos arañazos. El resto conservaba el precioso tono blanquecino de su piel.
Las piernas y los brazos eran las zonas de mayor concentración de heridas. Tenía abrasiones provocadas por el continuo contacto con el suelo y las veces que había sido arrastrada por el mismo. Quemaduras que continuaban supurando tras haber sido perfectamente tratadas y cubiertas.
Hannibal sabía que el cuerpo de Clarice tardía en cicatrizar; pero lo que más le importaba no era el daño físico, si no el psicológico. La chica había permanecido en unas condiciones pésimas durante demasiado tiempo y por el aspecto que presentaban algunas de las heridas, era consciente de que la celda no había sido su habitual lugar de reclusión; pero tendría que esperar a que ella despertara para que, con mucha paciencia, arrojara luz a su misterioso cautiverio.
Cuando Hannibal regresó al dormitorio, tras haber recogido todo el material y haberse lavado, sintió de golpe todo el cansancio que se había ido acumulando en su cuerpo a lo largo de las horas. A pesar de todo, se negó a bajar la guardia y tras vestir a Clarice con una camiseta y acomodarla en la cama, se sentó a su lado, con la espalda apoyada en el cabecero y las manos cruzadas sobre el abdomen.
Las siguientes horas pasaron muy lentamente y él apenas cambió de postura en un par de ocasiones. Clarice había estirado su brazo izquierdo rozándole, sin querer, el muslo. Aquel breve contacto hizo efecto en ella y al notar el calor corporal de Hannibal, le acarició. Él descendió su propia mano hasta rozar la de Clarice y cuando sus dedos se encontraron, ella les entrelazó con suavidad. Hannibal sonrió en silencio sabiendo que, a pesar de todo, su Clarice era consciente de que estaba a su lado.
Habían pasado diez minutos de las dos de la tarde cuando su estómago comenzó a quejarse. En ese momento, Ardelia salió del dormitorio visiblemente recuperada del cansancio. Se apoyó en la puerta y con gesto tranquilo observó a su amiga durante unos minutos. Cuando vio que sus manos estaban unidas se estiró como si hubieran accionado un resorte y miró a Lecter con gravedad.
—Será mejor que salga a buscar algo de comer —dijo lacónicamente sin remediar que sus ojos volvieran a posarse una vez más en las manos de la pareja—. ¿Algo en especial? —Hannibal sonrió más relajado.
—Cuando vinimos había un grupo de muchachos… —Ardelia resopló cabreada ante la respuesta del Doctor y desapareció de su vista. Minutos después, Hannibal escuchó el sonido de la puerta al cerrarse.
Durante la tarde Ardelia se ocupó de la vigilancia de Clarice mientras que Hannibal estuvo pendiente de las noticias de la televisión. No le importaba lo que dijeran de él o de las mujeres que estaban bajo su mismo techo; lo que él buscaba, lo que pasó la tarde esperando, era información sobre Johanna Riddle. La situación le había hecho abandonarla con vida, y no se lo merecía. Sabía que nadie se haría cargo de la mujer y que, sin medicación, tarde o temprano haría daño a otra persona. No podía permitirlo.
Cuando obtuvo los datos necesarios, avisó a Ardelia de que saldría y que seguramente no volvería en toda la noche. Ella no quiso preguntar, en el fondo sabía la respuesta y la aterraba.
Hannibal conocía el hospital Johns Hopkins como si fuera su propia casa; en él había realizado su residencia. Johanna había sido ingresada en ese hospital y él sabía que, indudablemente, se encontraba en la planta de psiquiatría. No le costó pasar desapercibido entre el personal, ni tampoco hacerse con una bata.
Subió a la zona de psiquiatría y esperó pacientemente a que las enfermeras terminaran de repartir los medicamentos. Una de ellas pasó a su lado y Hannibal se estiró sonriente; la mujer le respondió de la misma manera y continuó su camino sin darse cuenta de que aquel hombre no formaba parte de los médicos del hospital.
Tras cerrar la puerta y asegurarse de que nadie podría entrar, Hannibal analizó la situación: Johanna compartía habitación con una mujer que dormía profundamente; pero no podía fiarse, por lo que se acercó al gotero y abrió la válvula del calmante de la compañera. Cuando consideró que la mujer estaba lo suficientemente drogada como para no despertarse, cerró la válvula y caminó hasta la cama de Johanna.
—Doctor Lecter —dijo sonriendo. Al parecer no sentía resentimiento por el golpe que Hannibal la había propinado, ni siquiera era seguro que lo recordara.
—Buenas noches, Johanna —susurró Hannibal alisando los bordes de la sábana.
—Sabía que vendría, doctor Lecter.
—No debiste hacer daño a Clarice Starling, Johanna.
—Era para usted —rió ella nerviosamente mientras subía la sábana hasta la altura de su barbilla—. No pudo terminar con ella y yo se la preparé.
—No terminé con ella porque ese no era mi deseo —la mujer le miró muy extrañada—. ¿Qué pasará cuando salgas de aquí, Johanna? ¿Vendrán papá y mamá a rescatarte? ¿Te llevarán a casa?
—Papá y mamá… —repitió ella asintiendo sonriente.
— ¿Crees que te dejarán volver después de lo que hiciste, Johanna? Hiciste algo muy malo, ¿lo recuerdas? ¿Recuerdas que pasó con el pequeño Nick? —la mujer se mordió los labios y negó nerviosamente. Se acordaba vagamente de Nick. Su pequeño hermano Nicholas—. ¿Él hizo algo malo? ¿Se merecía terminar así?
—Lloraba —respondió con rabia—. Ese maldito cabrón lloraba a todas horas.
—Era un bebé, Johanna. ¿Recuerdas cómo le mataste? —ella asintió—. Era el niño de papá y mamá, ¿uhm? Perdiste tu preciado trono cuando él llego. ¿Por qué crees que tu padre y tu madre querrían volverte a tener en casa?
—Me quieren…
—Yo no lo creo, Johanna. Tiraste por la ventana a su bebé —dijo Hannibal acercándose a ella—. Mataste a tu propio hermano y solo hay una manera de que tus padres te quieran.
— ¡¿Cómo? —los ojos la brillaron y se incorporó.
—Haciendo lo mismo que hiciste con el pequeño Nick —ella parpadeó confusa y Hannibal miró la ventana sonriente—. Nicholas voló, ¿podrás volar tú para recuperar el cariño de papá y mamá?
—Me haré daño.
— ¿Y qué es un poco de daño comparado con el perdón de unos padres, Johanna? ¿Acaso no quieres hacerles felices? —la mujer miró la ventana con recelo y después al doctor Lecter.
— ¿Hace frío? —preguntó frotándose las manos.
—Hace una maravillosa noche de verano —ella asintió y se puso en pie—. Papá y mamá te esperan, Johanna —apenas dudó un momento en hacer realidad la sugerencia de Hannibal; las ganas de recibir el perdón de sus padres era tan grande que haría lo que fuera necesario. El doctor observó impasible como la mujer se subía al alfeizar de la ventana y, sin más, se lanzaba al vacio.
Tras el salto mortal de la mujer, contempló la ventana abierta durante unos minutos, los que tardaron en dar la voz de alarma. Johanna yacía en el patio del hospital. El doctor se deshizo de la bata y recorrió a gran velocidad el pasillo del psiquiátrico antes de que alguien subiera a comprobar el estado de la habitación. Hannibal había salido del aparcamiento antes de que retiraran el cuerpo de la mujer. Apretó con fuera las manos en el volante y pensó en su segunda parada.
Crawford había pasado el día metido en la oficina. La muerte de Pearsall y dos agentes a mano de Ardelia habían supuesto un duro golpe para toda la oficina. Habían perdido la oportunidad de detener a Lecter y Clarice Starling había desaparecido. Lo que en un primer momento parecía ser algo aparentemente sencillo, se había complicado hasta el extremo.
Cansado y abatido, apagó la luz de su escritorio y agarrando descuidadamente la botella de JB, salió del despacho con la cabeza baja. Caminó por el pasillo sin levantar la mirada del suelo y saludó al oficial encargado de la vigilancia con un gruñido ininteligible. Era muy tarde y la inmensa mayoría de los agentes se habían retirado a sus casas. Tan solo los encargados de la investigación del nuevo caso se mantenían estoicamente en sus puestos.
La planta en la que Crawford tenía reservada su plaza de aparcamiento estaba completamente desierta. Desde la oscuridad de una de las puertas de salida de emergencia, Hannibal se había mantenido en espera durante dos horas. Cuando escuchó la puerta metálica cerrarse salió de su letargo y siguió con la mirada los pasos del agente. Crawford buscó las llaves del coche en la chaqueta que llevaba sobre el brazo izquierdo sin ser consciente de que un par de ojos granates le vigilaban muy de cerca. Hannibal salió de la oscuridad y se escondió tras una de las columnas. Cuando Crawford le dio la espalda por completo aprovechó para recortar distancias. El hombre ni siquiera escuchó los pasos detrás de sí.
—Buenas noches, Jack —la voz metálica de Hannibal resonó dentro del vacío aparcamiento. Crawford sintió como su sangre se le helaba al volver a escuchar al doctor Lecter. Dejó caer la botella que rodó hasta quedar en medio de los dos hombres.
—Buenas noches —saludó girándose.
— ¿Disfrutando del trabajo? —preguntó Hannibal mostrando los dientes.
—La tiene usted, ¿verdad? —el doctor ladeó la cabeza—. A Clarice…
— ¡Oh! Por supuesto.
—No quería llegar a esos extremos —confesó apoyándose contra la puerta de su coche.
—Es un poco tarde para eso, ¿no cree? —Hannibal metió la mano en el bolsillo de su pantalón y palpó con cuidado la arpía metálica
—Un poco arriesgado venir hasta aquí, doctor Lecter.
—Solo entrando en la guarida del lobo puedes terminar con él —dijo sonriendo.
— ¿Cree que…? —Crawford no pudo terminar la pregunta. Hannibal sacó la mano del bolsillo y aprovechó la parábola que tomó su brazo para rasgar el abdomen de Crawford.
—Tsk tsk —chaqueó limpiando la afilada cuchilla y guardándola en el bolsillo.
—Doctor Lecter… —Hannibal cogió la chaqueta y la examinó detenidamente. Con una sonrisa, y de un enérgico tirón, arranco una de las mangas y lanzó el resto al suelo.
—Eso no está bien, Jackie Boy. ¿Poner a una de sus mejores agentes como cebo para atraparme? —se situó tras él y pasó lentamente el trozo de tela ante los ojos de Crawford. Cuando llegó a la altura de la boca, le amordazó con una fuerte lazada. El agente podría gritar cuanto quisiera, nadie le iba a escuchar.
—Jummmp… —Crawford movió la cabeza violentamente y se miró las manos ensangrentadas. Lecter las seccionó antes de que pudiera llevárselas al nudo de la mordaza.
—No queremos que esas heridas se infecten, ¿Uhm? —sonrió desenroscando la botella de JB.
—¡Hummm! —Crawford abrió los ojos aterrados cuando vio las intenciones de Lecter. Este le tomó por unas de las manos y derramó un chorro de licor sobre la carne abierta.
—Es por su bien —susurró de manera sádica mientras cogía la otra mano y repetía la operación.
Los ojos de Crawford se llenaron de lágrimas y los gritos desesperados comenzaban a desgarrar su garganta. Hannibal continuó con su labor ajeno a las ahogadas peticiones de auxilio del agente, paseándose a su alrededor mientras dejaba caer la arpía sobre su cuerpo sin orden aparente. La sangre comenzó a acumularse bajo las rodillas de Crawford.
—Por su culpa, Jackie Boy, Clarice ha sufrido graves heridas, ¿lo sabe? —el hombre trató de alzar la mirada; pero Hannibal le cortó la mejilla con gran precisión. El trozo de carne quedó colgando en su cara, sujeto tan solo por la piel. El doctor roció la cabeza del hombre con JB—. He tenido que curar esas heridas —los ojos granates de Hannibal brillaban con una rabia inhumana mientras clavaba la arpía en la cabeza de Crawford y rasgaba su oreja. El agente gritó con tanto ímpetu que Hannibal llegó a creer que alguien podría escucharles. Golpeó el pecho del hombre dejándole sin respiración—. No se preocupe, Jack. No tengo intención alguna de comerle. Lo que ha hecho me parece tan despreciable que no merece ni la pena que le cocine.
Crawford se sujetó la oreja a duras penas con su mano herida. Hannibal aprovechó para cortarle la otra que cayó al suelo en mitad del charco de sangre. De rodillas, a merced del doctor, Crawford rezaba porque aquello terminara pronto. Notaba los cortes continuos por todo su cuerpo y las últimas gotas de alcohol filtrándose poco a poco por todos los cortes. Uno de las últimas incisiones, la que recibió en la espalda, le hizo caer de bruces en el suelo; esa fue la última vez que vio las paredes del aparcamiento. Hannibal se arrodillo a su lado y le tomó con fuerza por el pelo.
—No se preocupe —dijo susurrando—. Yo cuidaré de Clarice mejor de lo que usted lo ha hecho —tras terminar la frase colocó la arpía lo que quedaba de la oreja derecha de Crawford y rasgó la garganta hasta la oreja izquierda. Soltó la cabeza y su cara pronto se hundió en el gran charco formado por la sangre que salía a borbotones de la carótida. Hannibal limpió la arpía con la chaqueta de Crawford y salió del aparcamiento del edificio J. Edgar Hoover.
Clarice se despertó tres días después de su liberación y de nuevo se encontró a oscuras. El miedo se apoderó de ella una vez más y ni siquiera notó que se encontraba cómodamente tumbada en una cama, ni que no tenía frío; para ella, continuaba en aquella horrible madriguera llena de animales muertos y charcos de agua putrefacta. El dolor que sentía en todo el cuerpo era indescriptible; pero lo de lo que sí que se dio cuenta fue de que no estaba pegajosa y que no sentía la sangre pegada a su piel.
Tenía la boca completamente seca y la garganta irritada por el esfuerzo al cual la había sometido a base de gritos. Oía ruidos por todas partes y temió que la mujer apareciera con una nueva tortura para ella. De pronto se sintió mareada y la costaba tanto respirar que pensaba que se ahogaría. Tenía las pupilas dilatadas y sombras fosforescentes recorrían la periferia de su visión a toda velocidad para desaparecer cuando ella giraba la cabeza. El ataque de ansiedad la hizo perder los nervios y obviando el escozor de su garganta gritó con todas sus fuerzas. Segundos después, Ardelia entró en el dormitorio encendiendo la luz y provocando un ataque de fotofobia en Clarice. La chica se acercó a su amiga y la estrechó con fuerza entre sus brazos acariciando su pelo para tratar de calmarla. Clarice respiraba cada vez más deprisa y cuando abrió los ojos se encontró con Hannibal parado frente a ellas. Tenía los brazos pegados al cuerpo y los puños fuertemente apretados. Sus ojos granates desbordaban preocupación.
— Está hiperventilando —dijo acercándose rápidamente a la cama. Clarice consiguió zafarse del abrazo de Ardelia reclamando, así, la atención de Hannibal. Este se sentó a su lado y cogió su cara entre las manos—. Clarice, cálmate —pero ella aun no respondía a la suave voz de Hannibal. Hacía todo lo posible por abrazarle mientras que él intentaba apartarla para que comenzara a respirar con normalidad. La desesperación de Clarice estaba agravando su estado y Hannibal optó por bloquearla contra el colchón.
—Doctor Lecter… —Ardelia miraba la escena terriblemente asustada y no se atrevía a acercarse de nuevo a su amiga.
—Clarice, tienes que tranquilizarte —Hannibal se echó ligeramente sobre ella para que dejara de moverse—. Estás a salvo, Clarice. No va a pasarte nada, pero tienes que calmarte —viendo mermada su capacidad de movimiento, comenzó a serenarse y sus ojos por fin pudieron centrarse en los de Hannibal. En ese momento fue consciente de que él estaba a su lado, que era real y que ya nada la haría daño.
—Hann… —ella trató de hablar, pero Lecter la detuvo poniendo el dedo índice sobre sus labios. Se levantó lentamente dejando libre el cuerpo de Clarice.
Su respiración aun era agitada; pero comenzaba a normalizarse lentamente. Hannibal retiró los mechones de su cara y colocó la mano derecha bajo su pecho, a la altura del diafragma, para ayudarla a calmarse.
—Así, Clarice —susurró—, muy bien.
Ardelia se sentía confusa; su amiga, su mejor amiga, la había apartado de su lado para abrazar a uno de los hombres más buscados por la justicia. Sabía que era una situación límite; pero no podía evitar los celos al pensar que había preferido el contacto de Lecter que el suyo. Cuando Clarice pudo volver a sentarse en la cama, se abrazó con fuerza al cuerpo de Hannibal ladeando la cabeza sobre su hombro. Ardelia vio cara. Tenía los ojos levemente cerrados y una sonrisa apareció en su rostro conforme Lecter pasaba suavemente la mano de arriba abajo de su espalda.
Nunca más pudo olvidar el gesto que su amiga tenía en la cara. Entonces, Ardelia lo comprendió todo: por qué cuando conoció al doctor se había mostrado tan reservada al hablar sobre él, por qué no habían aparecido nervios al saber de la fuga del doctor, por qué no había comunicado la llegada de esa carta, por qué había aceptado asistir a la cita… Ardelia comprendió en ese mismo instante que Clarice estaba enamorada de Hannibal Lecter.
Cómo me gusta hacer que Hannibal saque la arpía a pasear... creo que se nota un poquito.
Bueno, diría lo de que se conteste vía RW o MP, pero ante el incesable aluvión de críticas que recibo por parte de quien me lee (que contando a mi gata asciende a la escalofriante cifra de 2 lectores...), pues como que ya no digo nada más.
¡Ah, sí! Muchísimas gracias a esas pobres almas que me han seguido y me han animado con sus PM ;)
Para todo lo demás... a esperar al epílogo.
