¡Coño que si estaba nervioso! Su primera final de Quidditch. Vendría su papá y, a pesar de que el Profesor Potter decía que era el mejor, Aarón estaba muerto de nervios. Claro que no lo demostraba; sólo Dorian, que le conocía tan bien, se podía dar cuenta de que se estaba muriendo.

Entró al gran comedor para irse directo a la casa de los leones. Hoy tocaba desayunar con Dorian y con James en Gryffindor y es que, hasta para él, fue una sorpresa que Dorian Snape terminara en la casa rojo y dorado. Sin embargo ahí estaba, junto con su inseparable James Potter y la pequeña serpiente Albus Potter.

— ¿Nervioso? –Preguntó James.

—Para nada. Estoy más que preparado –Dorian sonrió y negó con la cabeza. Sabía que mentía.

—Suerte hoy, Malfoy –Fue el grito de Spencer Louis, el capitán de Gryffindor que, al ser eliminados por Ravenclaw, apoyaban a Slytherin.

—Hoy los vengamos, Louis –El chico asintió palmeando la espalda del rubio y salió del comedor.

—Claro, claro. Hoy ganaremos –Se burlaba socarrón Dorian –Estás muerto de miedo. A mí no me engañas.

—Por supuesto que no, Dorian. El Profesor Potter ha dicho que soy el mejor buscador.

—Disfruta lo que te resta de reinado, Malfoy. El próximo año nos mediremos –James le sonreía con superioridad y Aarón también le sonrió. Estaba ansioso por saber cuál de los dos sería mejor.

—Sólo espero que el próximo año Gryffindor llegue a la final. Este año les fue… Aunque no me puedo quejar, gané bastante dinero –Albus era una serpiente en toda la extensión de la palabra. Todavía no llevaba ni un año en el colegio y ya dirigía las apuestas clandestinas sobre el Quidditch.

—Lo que diría papá si se enterara de que su hijo es un capo.

—Tú ni te quejes hermanito, que te compro todo lo que tú quieres con el dinero que gano. Y, por cierto Aarón, espero que hoy ganen porque he apostado bastante a favor de mi casa.

—No te preocupes, pequeño Potter. Esa copa ya tiene nombre.

—Vale pues, Aarón Potter –se burló Dorian aludiendo a Harry Potter, el mejor jugador de Quidditch de todos los tiempo y que en secreto era el ídolo de Aarón; después de su padre, claro está –Si no llegamos pronto al campo ni siquiera alinearás. Faltan 15 minutos para el juego.

Aarón salió corriendo del Gran Comedor rumbo al campo, mientras sus amigos caminaban tranquilamente. Unos cuantos pasillos más allá encontraron a Harry, quien observaba el cielo.

—Buenos días, papá –Saludaron los dos gemelos al mismo tiempo. Harry de inmediato pensó en los gemelos Weasley. Hacía dos meses que George se había suicidado.

—Buenos días, hijos. Dorian.

—Buenos días, Profesor.

—Hola. Espero no haber llegado tarde.

Saludando, llegaba el Sanador Longbottom. De inmediato Dorian dibujó una sonrisa en su rostro, al igual que los gemelos que corrieron a abrazar a su tío Neville. Dorian guardaba la compostura; sin embargo no se negaba las ganas que tenía de ser expresivo con el Sanador. Le había caído muy bien desde el parque y, después de que salvó a su padre, le adoraba.

Neville caminó hasta Dorian con una sonrisa en el rostro y le abrió los brazos en señal de que esperaba un gran abrazo. El chico corrió y le dio un enorme abrazo a Neville.

—Así que Gryffindor. Espero que tu padre no tenga otra recaída –bromeó el Sanador mientras se separaba del abrazo –No te sientas incomodo. Los leones somos muy apachuchones, así que vete acostumbrando a las muestras de cariño –Dorian sólo sonrió y los cinco caminaron rumbo al campo de Quidditch.

En un palco, sentados cómodamente, estaban Draco, Anna y Severus. El rubio estaba ansioso, quería que su hijo ganara. Casi podía asegurar que así sería; pero estaba expectante. Su mirada, sin querer, se fue hasta Potter; quien estaba en medio del campo dando su visto bueno a los equipos de sus alumnos y revisando que todo estuviera en orden.

Luego buscó en las gradas de Gryffindor. Ahí estaban Dorian, James y Albus Potter, cuidados por Neville Longbottom. Volteó a mirar a Severus. Su padrino también había notado la presencia de Longbottom y es que a los tres les preocupaba la cercanía de Dorian con Neville.

—Siéntate, Draco –Pidió Anna –El partido está a punto de empezar.

Dos horas después el partido estaba apasionante. Aarón había estado muy cerca de tomar la Snitch; pero la endemoniada pelotita había virado en el último momento. Justo ahora estaba buscándola. Volteó a su derecha y la encontró volando tranquilamente. El rubio buscador se dirigió a toda velocidad en esa dirección. El buscador de Ravenclaw le siguió de inmediato. Así estaban, escoba junto a escoba yendo de picada directo al suelo. Aarón estiraba su brazo sin mirar siquiera a su contrincante. El chico de Ravenclaw estaba pálido y en un segundo claudicó. Aarón siguió su camino en picada. La Snitch estaba a menos de medio metro del césped. Aarón se estiro aún más, descendiendo, descendiendo y justo a un milímetro de césped…

Aarón Malfoy emergió justo a un milímetro de tocar el pasto con la Snitch dorada fuertemente atrapada en su puño izquierdo. En un estruendoso grito proveniente de Gryffindor y Slytherin, el rubio tomó altura hasta llegar frente al palco donde su orgulloso padre gritaba y aplaudía, perdiendo cualquier rastro de frialdad. Aarón besó la Snitch y estiró su brazo para depositar la pelota en la mano de su padre. Draco Malfoy no podía sentirse más orgulloso en ese momento.

Esa noche Slytherin y Gryffindor celebraron el triunfo de las serpientes hasta tarde y Draco pudo jurar que no había sido tan feliz en muchos años. Su hijo era un chico feliz y eso hacía que, para el rubio, cualquier esfuerzo y secreto fueran poco.

Dorian se encontraba inquieto. Llevaba más de media hora buscando a Aarón y el muy imbécil no se encontraba por ningún lado. Sólo le faltaba un lugar; pero Dorian lo había descartado por inverosímil, sin embargo ahí lo encontró: En la biblioteca con dos torres de libros que casi podían taparlo. Enfrente de su mesa estaba Rose Weasley la come libros de Gryffindor. Según decía James, la chica era algo de ellos; pero la verdad es que a Dorian le causaba un poco de pena. Siempre estaba triste, más desde lo ocurrido con su familia. Dorian saludó a Rose y luego caminó a la mesa de su primo Aarón.

—Enséñame a volar –Aarón levantó sus ojos azules del libro que estaba intentando descifrar.

— ¿Estás loco? Tú odias volar. Prácticamente naciste con un balón de soccer en los pies.

—Enséñame a volar –repitió Dorian.

—Sí, estás loco. Te recuerdo que le tienes miedo a las alturas –Aarón fijo su azul mirada en la verde de Dorian.

—Por eso mismo. Tengo que perder el miedo.

—Creo que estar en Gryffindor te quemó algunas neuronas –Vale, que esas casas ya no se odiaran y que casi todos sus miembros era amigos, no quería decir que no vieran sus vulnerabilidades. Una de ellas era que los leones se querían hacer siempre los héroes.

—Te lo estoy pidiendo por favor.

—No. Si te subes a una escoba terminarás con la cabeza en cuatro pedazos y mi papá seguro que me mata.

—Por los dioses, Aarón. Soy un Gryffindor. Se supone que no le debería de temer a nada.

—De verdad, Dorian, estar en esa casa te está afectando. Tú no eras así, deberías pedir el cambio de casa por razones de salud mental.

Aarón abandonó la biblioteca con un pergamino a medio terminar y con Dorian detrás de él. Joder con su primo y las ideas que se le metían en la cabeza ¿Por qué la vida no era magnánima? Dorian jamás debió terminar en Gryffindor.

—Aarón, Aarón detente –Dorian le alcanzó y le encaró –Te lo estoy pidiendo como hermanos.

El rubio le dijo adiós a su férrea negativa. Jamás le podía negar nada a Dorian cuando usaba esa frase. Mas lo que quería saber ahora era el verdadero motivo para que su primo le pidiera aquella locura. Porque Dorian odiaba volar. Siempre prefirió el soccer y que ahora viniera a pedir eso, era como algo imposible. Aarón pudo ver como los Potter se acercaban por el pasillo discutiendo algo. El rubio sabía que si su primo no confesaba, James Potter si lo haría.

— ¿Por qué? –Preguntó por última vez Aarón, analizando la verde mirada de Dorian – ¿No me lo dirás? Bien –Aarón gritó a todo pulmón -¡James! –De inmediato los Potter se acercaron -¿Por qué Dorian quiere aprender a volar? –James observó a Dorian y luego a Aarón.

—Le retaron –Dorian fulminó con la mirada a su amigo.

—Sí, vale. Me retaron; pero no es sólo por eso. Cuando el sombrero seleccionador me mandó a Gryffindor, me dijo que uno de mis padres era un león. Seguro que fue mamá. El sombrero dudó de mandarme a Slytherin. Quiero demostrarme que soy valiente. Ese cacharro dijo que toda la familia de uno de mis padres había sido miembro de Gryffindor. Que en mis venas corría esa sangre. Yo jamás he hecho algo valiente. Sólo quiero encontrarme.

Bien, ahora sí que Aarón estaba perdido. Sabía lo importante que era para Dorian descubrir su origen. Saber quién era su madre y si ese pedazo de basura llamado sombrero seleccionador le había puesto en Gryffindor por uno de sus padres, Aarón no era nadie para negarle a su primo la oportunidad de saberse valiente.

—Ok. Te enseño; pero ustedes –Señalo a los Potter – nos acompañan.

—Un momentito ¿Yo por qué? Ni siquiera sé volar y perdón; pero yo soy una serpiente que no se deja llevar por sentimentalismos –Aarón levantó su ceja derecha en un claro gesto Malfoy –Vale, ya. Voy; pero sólo porque esta operación requiere de un cerebro y tú estás imposibilitado sentimentalmente para serlo.

—Bien. Entonces nos veremos en el campo después de la última clase de mañana.

Los cuatro se fueron al Gran Comedor. Sin embargo, Albus tenía una extraña sensación, como un presentimiento de que algo saldría mal. Dorian no era de las personas que se dejaran guiar por el corazón y cuando eso sucedía siempre se tenía que esperar lo peor.

El día había estado frío y con el cielo gris. Nada que no fuera común en Londres en vísperas de navidad. Aarón llevaba en sus manos dos escobas y caminaba firme hasta las tres personas que le esperaban en medio del campo de Quidditch.

—Muy bien, Dorian. Lo primero es hacer que tu escoba vaya a tu mano.

Aarón había escogido el lunes justo a esa hora, porque sabía que los Profesores tenían su junta semanal y por lo tanto el Profesor Potter no estaría por ahí vigilando. Al segundo intento Dorian ya tenía la escoba en su mano.

—Muy bien. Ahora móntate en ella e intenta elevarte un poco –Dorian dio un pequeño golpe al pasto y se elevó un poco –Excelente, Dorian. Ahora puedes elevarte un poco más.

Dorian se elevó; pero no un poco más. Decidió que si iba a dar el paso, tendría que ser ya. Así que subió lo más alto que pudo. Llegó hasta el nivel de las gradas y luego siguió elevándose. Aarón le gritaba que se detuviera. Entre más arriba estuviera, el viento seria mayor. Casi enseguida una ráfaga de viento pegó en el cuerpo de Dorian y este se desestabilizó en la escoba; pero subió aún más hasta que pudo ver una de las torres del castillo. Aarón y Albus gritaban que se detuviera; pero fue tarde. Una ráfaga de viento más fuerte hizo que Dorian perdiera todo el control sobre la escoba.

—Ve por él, Aarón. Se va a caer –Dijo James completamente atento.

Aarón subió a la escoba y de inmediato se dirigió a su primo que volaba completamente desorientado. Casi chocando con una columna del castillo, Dorian soltó la escoba y cayó de ella. Aarón volaba lo más rápido que podía para intentar llegar a su primo. Lo sostuvo de una muñeca.

—Ya te tengo, Dorian. No te va a pasar nada. Cógete fuerte de mi mano.

Fue descendiendo sosteniendo a Dorian; pero sus manos estaban resbaladizas y no pudo retenerle mucho tiempo, por lo que Dorian terminó cayendo en el césped del campo de Quidditch, quedando inconsciente y con el brazo derecho y la pierna izquierda fracturados.

De inmediato Albus salió corriendo. Tenía que avisarle a su padre. Aarón bajó de la escoba y corrió hasta Dorian.

— ¡Dorian! ¡Dorian! ¡Hermanito, no me hagas esto! Despierta –James detuvo a Aarón antes de que moviera el cuerpo de Dorian.

—Es mejor que no lo muevas. Puedes empeorarlo.

— ¡Mi hermano, Jamie! ¡Mi hermanito! –Aarón lloraba al lado del cuerpo inconsciente de Dorian, sosteniendo una de sus manos.

Harry llegó de inmediato al lugar con Albus de la mano, vio el cuerpo de Dorian y Aarón llorando. Como pudo inmovilizó el cuerpo de Dorian.

—Me lo llevaré a San Mungo. Ustedes se quedaran aquí.

Sin más, Harry despareció y llegó a San Mungo con un inerte Dorian Snape. El primero en verlo fue Neville, que corrió al encuentro de su amigo, pidiendo con un grito desesperado una camilla.

— ¿Qué le ha pasado? –Preguntó revisando los signos vitales del niño con un pase de varita y con el estetoscopio en mano.

—Se cayó de una escoba. Seguro que estaría a uno 50 metros del pasto. Yo estaba en una junta. Albus me avisó.

— ¡Esther! –Gritó Neville –Llama a la casa del Señor Malfoy infórmale que Dorian Snape está en el Hospital por una contusión –Neville pasó su mano por la nuca de Dorian. Había sangre. De inmediato redujo las fracturas con magia. Lo que le preocupaba era la contusión –Vete al Colegio, Harry. Los chicos deben estar muertos de preocupación. En cuanto se recupere te llamaré.

— ¿Es grave?

—Las fracturas sanarán. Lo que me preocupa es el golpe que se llevó en la cabeza. Le realizaré estudios, tanto muggles como mágicos. Espero que no sea algo importante.

Harry asintió y desapareció. A continuación, Neville tomó a Dorian entre sus brazos para cambiarle de posición y poder ver el lugar de donde brotaba la sangre. De inmediato ordenó una tomografía y un electro.

Draco Malfoy se apareció cabreado y completamente iracundo; pero no en San Mungo. En cuanto supo lo sucedido tomó rumbo a Hogwarts. Sabía que el culpable del accidente tendría que ser Potter y su nefasta influencia en los niños. Dorian jamás se atrevería a volar. Sólo tuvo que preguntar dónde estaba el despacho del Profesor Potter y ahora caminaba varita en mano. Torturaría a Potter hasta la saciedad.

Ni siquiera tocó. Al entrar pudo ver a Potter sentado en la silla de su escritorio. Parecía preocupado; pero eso no detendría a un Draco Malfoy completamente cabreado.

— ¡Tú, pedazo de imbécil! ¡No hay nadie más culpable que tú!

— ¿De qué soy culpable según tú, Malfoy? –Preguntó extrañado Harry, primero por ver a Draco ahí y después por la acusación. Se levantó hasta encarar al rubio.

— ¿De qué va a ser? De la caída de Dorian. ¡Tú, que todo lo que tocas lo corrompes! ¡Seguro que Dorian se subió a esa escoba para agradarte! ¡Para demostrar que es un Gryffindor tan valiente como estúpido! –Los gritos de Draco venían acompañados de unos fuertes picoteos con la varita en el pecho de Harry.

—Yo no tuve nada que ver con la caída de Dorian. Yo est…

—Sí, claro. ¡El gran Harry Potter es inocente de todo ¿No? ¡Basta Potter! ¡Estoy harto de ti! ¡Cada vez que entras a mi vida la destruyes! -Draco tomó fuertemente de la camisa a Harry. Sin querer se encontraban a escasos centímetros. Potter no podía pasar por alto la mirada de infinito odio que Draco tenía. Sin saber muy bien por qué, tomó por las mejillas a Draco y lo besó.

Al principio Draco se quiso separar del beso. Forcejeo; pero después, el sabor familiar de esa lengua caliente y pecaminosa que lamía su labio inferior, hicieron que cayera. Se abrazó de Harry fuertemente, rindiéndose por un segundo a la sensación tan placentera del beso tan añorado. La lengua de Harry entró en su boca para acariciar cada rincón. Cuando las manos de Harry bajaron por su cuello, Draco reaccionó. Se separó violentamente del beso y le propinó un excelente derechazo a Harry, quien se tambaleó por el golpe y por la sorpresa. En ese momento entraron Aarón, Albus y James.

—¡No papá! –Gritó Aarón –El Profesor Potter no tuvo la culpa –Continuó el chico, poniéndose entre los dos hombres –Fuimos nosotros. Dorian quería a prender a volar y yo le dije que le enseñaría. Lo hicimos a espaldas del Profesor.

La verdad es que Draco no había escuchado nada, sólo podía recordar el beso. Sus ojos grises estaban perdidos en los verde esmeralda de Harry, recordando tantas cosas.

—Señor Malfoy, nosotros tuvimos la culpa –Cuando James habló, Draco recuperó la cordura –Lo sentimos de verdad. Sólo queremos saber si Dorian está bien.

—Él… Su padre debe estar ya en San Mungo. En realidad yo no sé mucho de su estado.

En ese momento un irreconociblemente histérico Severus Snape se aparecía en San Mungo, acompañado de la siempre mesurada Anna.

—Quiero ver a mi hijo Dorian Snape –demandó Severus a una de las enfermeras.

—Lo siento señor; pero no puede. Aún le están atendiendo. Él…

Pero Severus no esperó a que la mujer siguiera. Corrió hasta la puerta que llevaba al pasillo donde estaban las habitaciones. Casi podía jurar que sentía a Dorian muy cerca. Varias enfermeras y personal le gritaban que se detuviera; pero Severus parecía no escuchar. Quitó de su camino a una mujer que estaba muy determinada en detenerlo. Casi llegando al final del pasillo pudo ver a su hijo en una cama. Entró y vio a Neville justo al lado del cuerpo de su hijo, con la bata ensangrentada. Su estado histérico se empeoró, pensó lo peor. Se arrodilló de inmediato tomando la mano sin fuerza de su hijo.

—Dorian, hijo. Por favor. Sálvalo, sálvalo –Rompió en un llanto histérico y doloroso.

Neville no se había percatado de la presencia del ex Profesor hasta que empezó a llorar incontrolablemente. Miró hacia el marco de la puerta y pudo ver que varias personas de seguridad estaban por entrar. Con un pase de varita selló la puerta. Severus empezaba a besar la mano de su hijo y acariciaba su pecho.

—Hijo, por favor. Tienes que estar bien. Por favor, por favor –El corazón de Neville se contraía al ver a Severus tan destrozado. Sin quererlo le tomó por los hombros y le puso de pie y casi como por un acto reflejo le abrazó, esperando el golpe de parte del hombre por tal atrevimiento; pero no llegó. Al contrario, en el estado en el que se encontraba Severus Snape, se dejó abrazar y consolar por Neville, que estrechó el abrazo y recargó la cabeza de Severus en su fuerte pecho.

—Shhh. Todo está bien, Severus. Él está bien –le susurró al oído mientras acariciaba lentamente su espalda. Acunó el rostro de Severus y pegó su frente con la del ex Profesor –Le salve. Está bien. Sólo tenemos que esperar a que despierte –Con sus pulgares limpió las lágrimas que salían de los negros ojos –No soporto verte llorar. Nunca deberías de llorar más. Si en mis manos estuviera, tú jamás llorarías –Los ojos verde titanio de Neville se desviaron a los finos labios de Severus y, como atrapado, descendió poco a poco, esperando que Severus se alejara.

—Padre –El susurro de Dorian hizo que Severus reaccionara y corriera de inmediato hasta su hijo.

—Dorian, hijo –Severus regresó al lado de su hijo y Neville, en seguida, apareció un cómodo sillón para que el Profesor pudiera estar al lado de Dorian.

— ¿Cómo te sientes, Dorian? –Pregunto Neville, pasando su varita para comprobar que todo estuviera en orden.

—Me duele la cabeza y estoy un poco mareado –Neville le sonrió.

—Es normal. Te diste duro, pequeño. Te fracturaste el fémur en tres partes. Lo bueno es que existen las pociones; si no estarías en un lamento –La mano de Neville se encontró con la de Severus, que acariciaba distraídamente el cabello negro de Dorian. De inmediato Severus alejó su mano y Neville supo que el momento anterior sólo había sido producto de la histeria –Bien, yo iré a avisar que estas despierto.

— ¿Mi padre se puede quedar?

—Claro, claro. Nadie les molestará. Más tarde vendré para ver como sigues.

Neville salió de la habitación dándose cuenta que Severus acariciaba cariñosamente a su hijo, que parecía infinitamente feliz a pesar de estar tan adolorido. Cuando salió por el pasillo, la primera persona que vio fue a la hermosa mujer de Draco. De inmediato le informó que Dorian estaba bien. La bruja casi podía saltar en un pie por la noticia. Después el Sanador se encaminó a su consultorio, tomó su móvil y llamó a Harry.

—Hola hermano.

¿Cómo está Dorian?

—Perfecto. Le acabo de dejar con su padre. Ya les puedes ir diciendo a esos delincuentes que está bien. Luego voy para darles su merecido.

Vale. Gracias Neville, mañana nos vemos. Tengo algo que contarte.

—Ok.

Ya entrada la noche, casi de madrugada, Neville regresó a la habitación de Dorian. Severus estaba dormido en el diván que había mandado poner justo debajo de la gran ventana de la habitación. Con un pase de varita lo agrandó para hacerlo más cómodo. Convocó una almohada, le quitó los zapatos al ex Profesor y, por último, también apareció una manta. A pesar de que había calefacción, San Mungo era un lugar muy frío. Le contempló por unos segundos, suspiró y delicadamente apartó un mechón negro de la cara de Severus. Los recuerdos de esa noche lo golpearon una vez más.

—Soy un monstruo –murmuró. Después volvió su vista a Dorian, que estaba despierto y le observaba -¿Te sientes mal, Dorian?

—No. Yo tengo…

— ¿Miedo? –Dijo acercándose a la cama de Dorian –San Mungo puede ser un lugar triste y demasiado sobrio.

—Si… -Neville vio como Dorian se hacía a un lado y supo que esa era una invitación para sentarse. Lo hizo, recargando su espalda en la fría cabecera de la cama de Hospital. Distraídamente empezó a acariciar el sedoso y negro cabello.

— ¿Por qué subiste a la escoba?

—Le tenía miedo a las alturas y como los Gryffindor no le tienen miedo a nada, quise intentarlo –Dorian poco a poco se acercaba al cuerpo de Neville.

—Yo fui un Gryffindor y siempre tuve miedo.

— ¿En serio? –La cabeza de Dorian terminó en el pecho de Neville, mientras este acariciaba el cabello, nuca y espalda del pequeño.

—Sí. Hasta le tenía miedo a tu padre –Dorian rió sonoramente –No te rías. En cada clase de pociones terminaba explotando mi caldero; pero en 5º año Voldemort liberó a sus Mortífagos, entre ellos Bellatrix Lestrange. Ella…

—Torturó a tus padres hasta volverlos locos.

— ¿Cómo…

—Historia de la magia.

—Eres un niño muy precoz –Dorian sonrió y asintió.

—En mi casa se habla poco de la guerra y yo quería saber.

—Fue una época muy difícil para todos. Draco y el Profesor no lo pasaron bien.

— ¿Cuándo Bellatrix escapó se te quito el miedo?

—No. Siempre tuve miedo. Todos lo tuvimos. Hasta el más Gryffindor de todos lo tuvo.

— ¿El Profesor Potter?

—Sí, hasta él. Cuando Bellatrix escapó, algo dentro de mi rugió; pero el miedo nunca se fue. Éramos unos mocosos y a penas sabíamos algún que otro hechizo de Defensa ¿Sabes? El miedo es inherente a nosotros. No importa si eres de Gryffindor o no. Siempre sentirás esa fuerza paralizante que es el miedo. A nosotros nos toca vencer esa fuerza.

Dorian se apretó más en el pecho de Neville, mientras este se perdía entre sus recuerdos y la tristeza de no haber tenido nunca a sus padres para él.

— ¿Te hubiera gustado ser el elegido?

—No.

—Yo no sé quien fue mi madre –Neville besó la cabellera de Dorian en un intento de reconfortarle –Ayúdame a encontrar a mi madre. Tú eres Sanador, puedes investigar quien me trajo al mundo.

—Dorian, si tú papá y Draco se enteran de eso me matan. Mejor intenta…

—Ellos nunca dicen nada. Sólo que murió; pero no hay una sola fotografía de ella. Quiero saber de dónde vengo –El ruego del niño le partió el corazón a Neville.

—Está bien. Te ayudaré y que sea lo que los dioses quieran. Si tu tío Draco o el Profesor se enteran seguro que me matan.

Después hubo sólo silencio. Dorian, poco a poco, fue quedándose dormido entre los brazos de Neville y él quiso irse; pero el sueño también lo venció.

Así fue como les encontró Draco a la mañana siguiente: Dorian y Neville abrazados en la cama y Severus dormido en el diván. Parecían una hermosa familia. El corazón del rubio se contrajo. Su venganza ya había cobrado una vida; pero no se podía detener. Sirius Black, Neville Longbottom y Harry Potter tenían que pagar aunque su corazón se partiera en el proceso.