¡Hola! Felices fiestas! Capi largo, espero que les guste.
Trampa
Frunció el ceño de nuevo, apoyando los codos en el resquicio de la ventana. Los cristales estaban brindados y entraba poca luz de ella. Desgraciadamente, el paisaje no era lo mejor. Justamente ante sus ojos se encontraba el invernadero con aquellos salvajes gruñendo, gimiendo y demandado comida y libertad. Por suerte, el sonido quedaba algo interrumpido por unos leves llantos a su izquierda. Suspiró y se golpeó la frente contra el cristal.
No le agradaba la idea de tener que dormir con esos tipos cerca. Ya había visto suficiente de ellos y no podía creerse que todavía los estuvieran experimentando. ¿Por qué no se metía la gente en la cabeza que esos sujetos no servían como armas si no que destruían completamente el mundo con su incompetencia?
Suspiró y puso la palma de la mano sobre la culata de su fiel pistola. Se había encargado de tenerla lista por si ocurría algún desenlace que no le gustara. Le volaría la cabeza directamente al primero que osara tomarse demasiadas confiadas y pudiera estar infectado.
Giró sus ojos hacia la izquierda. En la oscuridad, cubierta con las toscas sábanas blancas de la cama, Tachibana se abrazaba las piernas y temblaba en medio de su llanto. Se miraba asustada el fino camisón que le habían entregado y rezaba interiormente porque ningún guardia llamara a la puerta y anunciara su reclusión. Unos momentos antes ellos dos habían sido esterilizados en una sala fría y húmeda. A ella le dieron aquel camisón y él recuperó sus ropas militares gracias a Sumire. Y también gracias a su superiora tenían una habitación pese a que no se encontraban a salvo.
Tal y como temía Ann, no estaban totalmente seguro de que no entraría un hombre en la habitación e intentaría llevarse a la chica. Pese a que estaban seguros entre comillas, nadie les aseguraba que las hembras que habían traído no serían utilizadas como "evas" y Ann tenía todas las papeletas. Más que las demás.
No sabía dónde se encontraban los demás. Solo había seguido las órdenes y custodiado a Tachibana. Y ahí habían terminado, encerrados. Solos y sin explicación alguna de lo que vendría. Únicamente Sumire les había regalado unas palabras de ánimos antes de cerrar la puerta y sonreírle como si fuera la última vez que fuera a verle. Desde luego, estaba por apostar que habría mejores habitaciones que unas que tenían vistas a aquellos monstruos de carnes roídas, ojos blancos gelatinosos y sangre cuajada en toda su desgarrada piel.
Solo les quedaba esperar pacientemente a que las nuevas noticias llegaran o que algún otro integrante de su equipo fuera a visitarle, libre de órdenes que cumplir por parte de su superiora.
Todavía no había conseguido aclarar las cosas exactamente con Tachibana y tenía la extraña sensación de que ahora podría ser un buen momento. Si ella no llorase a lágrima viva y tuviera tanto miedo. Ahora, la veía más diminuta de lo que parecía.
Giró sobre sus pies para ocupar la cama libre, tanteándola antes de tirarse sobre ella. Las cosas, todo a su alrededor era completamente de metal y temía que el colchón también lo fuera. Eso provocaría que sus ganas de dormir se detuvieran ante un chichón y un fuerte dolor de cabeza.
Pero agraciado con la comodidad, se estiró sobre las sábanas y mantas que estaban perfectamente amoldadas a la cama y arrugó la cama hasta el punto de que fuera lo suficientemente alta como para mantener la vista fija en la puerta y sus brazos bajo la almohada, sintiendo el frio que refrescó su piel.
Tachibana hipó a su lado y cuando desvió la mirada hacia ella, le miraba completamente incrédula, con los ojos rojos de llorar. Se humedecía el labio una y otra vez y mordisqueaba el inferior frenéticamente. Si continuaba, terminaría hiriéndose y no se fiaba de nada de aquella burbuja que sostenía a aquellos zombies, y aunque estaban en un primer piso, ya había visto suficientes improbabilidades como para sentirse seguro.
Volvió a fijar la mirada en la puerta y se colocó mejor sobre el colchón, de forma que la culata de la pistola no se le clavara en el costado. Sintió los pies descalzos de la chica al posarse sobre el suelo y la miró de reojo. Se detuvo al instante, fingiendo mirar por la venta. Su gesto se torció cuando dio de lleno con la visión de los no muertos.
-No los mires- recomendó.
-Antes eran personas. Como tú y como yo.
-Lo sé- suspiró, volviendo a fijarse en la puerta cerrada a cal y canto. Mirase por donde lo mirase, no tendrían escapatoria- pero ahora no lo son. Solo son muertos.
-¿Es terrible… de verdad… mi padre ayudó en todo esto? Pensar en eso… me estremece- murmuró abrazándose con fuerza ella misma- me siento culpable también. Igual ellos tengan razón y tenga que pagar por mi padre. Echizen… estoy segura de que Echizen lo hizo por alguna razón.
Frunció los labios. No le gustaba nada aquella forma de hablar en las personas. Rendirse antes de tiempo. Cargar con las culpas de los demás. Pero tenía que reconocer que él mismo lo había hecho con ella, claro está, desconocía por completo la realidad de los acontecimientos, igual que ella.
-Echizen- habló a media voz- lo hizo por una razón- corroboro. Ann afirmó con la cabeza.
-Supongo que tú tampoco puedes decirme la verdad. Tu jefe lo ha prohibido. Lo sé porque se lo recordó a Inui Sadaharu delante de mí. No creas que me dedico a escuchar en las paredes.
Esbozó una sonrisa amplia, cerrando los ojos en el momento. Ann carraspeó avergonzada, dándose cuenta de que aquello no hacía falta que lo dijera.
-Así es. No puedo decírtelo.
Y era la verdad. No le mentía. No podía decir algo que tenía prohibido. Si Tezuka quería mantener en privado el pasado de Ryoma nadie le juzgaría y obedecerían firmemente sus ideales. Por otro lado, nadie hablaría y cuestionaría a Ryoma por defenderse para sobrevivir. Aunque parecía que no se encontraba perfectamente de salud mental por culpa de ello y con la llegada de Tachibana empeoró.
Al recordatorio, se preguntó qué estarían haciendo los demás en ese momento. Ryoma y Kaidoh seguramente estarían en una situación mejor que la suya, al fin y al cabo, eran los protectores de Sakuno Ryuzaki, la nieta de su protectora y jefa y con Tomoka Osakada, la hija del presidente y seguro que también protegida por la sombra de su progenitor.
Del resto… podría imaginarse a Inui en el laboratorio más cercano en busca de alguna pista sobre lo que había sucedido. A Eiji revisando las tiendas del lugar y a Fuji intentando reflexionar de todo y de nada, mientras esperaba ordenes y comenzaba a idear planes de tortura hacia sus compañeros. Por su parte, Tezuka estaría con su mujer. Un hombre afortunado que debería de tener los sentidos a flor de piel, con temor a que le quitaran a la mujer que amara.
Él bien podría comprenderle.
Sintiendo el crujir de unas rodillas y miró a su costado. Ann se arrodilló a su lado, descansando los brazos sobre la tela que él no tocaba y la barbilla en sus manos unidas. Lo observó desde la cabeza a los pies.
-¿Tú estás casado? ¿No tienes una mujer que te espere aquí?
Se preguntó si Tachibana había escuchado a ciencia cierta algunas de las acusaciones que le había profesado durante sus peleas. Frunció el ceño. Incómodos recuerdos le golpearon con fuerza. Casi podía sentir el fuego rozándole la piel con su flamante y doloroso calor.
-No- negó roncamente tenso.
-Lo siento…- se disculpó Ann entristeciendo su rostro- yo tampoco.
-Solo tienes diecisiete años- sopesó asombrado.
Ann se encogió de hombros.
-Esa no es razón para no poder enamorarse y tener relaciones con la persona que amas. Lástima. Si llego a saber que iba a terminar de esta forma…
Se cubrió la boca ligeramente avergonzada, antes de comenzar a reírse a carcajada limpia. Sus nervios le jugaban una mala pasada y se preguntó si él no estaría demasiado bien entrenado para haber olvidado según qué cosas. Con los muchachos podría comportarse más abiertamente. Se peleaba con Kaidoh porque sí. O simplemente, picaba a Echizen. Quizás era debido porque terminó por tomarlos como su familia perdida.
Volvió a mirar la puerta intensamente, como si una pantalla de proyector se tratara y contara una historia más interesante que la persona que tenía al lado. La situación era más incómoda de lo que parecía. No podían hacer como si nada, aunque tenía que reconocer que estaban poniendo su mejor esfuerzo en ello.
-¿Crees que… este será nuestro nuevo hogar?
Una pregunta absurda que demostraba las esperanzas de Tachibana de no convertirse en un vientre andante. Movió la cabeza de lado, intentando pensar la respuesta correcta que debería de decirle. Puesto que no sabía del todo como podría responder la muchacha a su respuesta, creía que lo mejor era pensar qué decir. Desde luego que para él sería su nuevo hogar, pero probablemente ella no tendría las mismas utilidades que él. No se perdería demasiadas cosas, aunque sí que tendría que envidiarle por ser libre.
-no lo sé- terminó por decir. Y era verdad. No podía terminar de conocer lo que el futuro les esperaba a los dos- lo siento- se excusó.
Ann parpadeó, mirándole con gran interés. Posicionó la palma de su mano en la boca femenina antes de que tuviera tiempo de contestarle, tensándose. No era tan absurdo. No eran figuraciones suyas. Había demasiado silencio. Con la conversación de la joven lo había pasado por alto, pero la leve música de relajación que anteriormente sonaba había quedado en silencio. Demasiado silencioso.
Buscó con la mirada algo que le permitiera esconder a Tachibana, pero entre las camas, un lugar demasiado obvio y un armario de metal con baldas demasiado estrechas, no había otra cosa. Se levantó y con rapidez comenzó a sacar las baldas, metiéndolas debajo de la cama, junto al cabezal para que pasaran por alto.
-Escóndete dentro y no salgas para nada. Oigas lo que oigas.
Tachibana parecía sorprendida, pero aceptó la orden sin rechistar. Se agachó y aprovechó su delgadez para poder adentrarse. Una vez que se aseguró de estar lo más cómoda que la situación le permitiera, cerró las puertas. Saltó por encima de la cama y se sentó cerca de la ventana. Desde el lugar, logró ver lo inquietos que se encontraban los zombies y como arañaban las paredes de cristal con las uñas y las yemas de los dedos desgarrados, clavando los huesos en el frio y sucio impedimento. Frunció las cejas. No podía estar por ellos.
La puerta se abrió de golpeó y un grupo de militares se adentró en el lugar, rodeándole. Maldición. Demasiados como para que pensara en poder disparar sin ser acribillado por aquellas metralletas. Alzó las manos y le permitió a uno de ellos quitarle el arma. Una vez desarmado, los vio alejarse hasta una de las paredes, creando un camino hasta él igual que si de una celebridad se tratase. Pero la persona que llegó le impresionó tanto o más que aquella formación.
-Sakaki…- masculló rechinándole los dientes.
-Momoshiro Takeshi. Encargado de proteger al proyecto 11192 conocido con el nombre como Ann Tachibana, mujer vientre. Eva número 7000. No tenemos necesidad de matarte. Ellos lo harán por nosotros.
-¿Ellos?- Exclamó perdido.
Un dardo anestesiante se clavó en su hombro derecho. Maldiciendo entre dientes llevó la mano hasta el lugar con intenciones de arrancárselo. Un golpe en su espalda lo tiró de bruces contra el suelo sin darle tiempo a quitárselo. Intentó revolverse sin lograrlo. Tres hombres se habían abalanzado sobre él, reteniéndola contra el suelo helado. Sakaki caminó hasta él, agachándose a su lado.
-Veamos. Una habitación donde solo estás tú. Dos camas y un armario para poder colocar la ropa. No tenías demasiadas oportunidades. No te juzgo. Pero también deberías de haber contado con cierto detalle: Las cámaras de seguridad- Sonrió arrogantemente, antes de volverse hacia sus hombres- abrid el armario y llevárosla.
Con brusquedad abrieron el armario. Ann cayó de bruces contra el suelo, mirándolo aterrada. Alargó una mano para intentar cogerle, pero la sujetaron antes de que lograra hacerlo.
-¡Mo…!
Colocándole una venda en la boca la acallaron. Ignorando las suplicas de la muchacha y que él intentara defenderse, la arrastraron hasta el exterior. Lo único que logró hacer antes de perderla de vista fue lograr revolverse hasta el punto de quitar el arma de las manos de su atacante y dispararle en el tobillo al hombre que cargaba a Ann. Ambos dieron de bruces contra el suelo y la punta del zapato de Sakaki le golpeó la mejilla. Le arrancaron el arma de las manos, sintiéndolo tan flácido como él se sentía.
Tras asegurarse de ello, abandonaron el lugar, asesinando durante el camino al hombre que él había disparado. Los gemidos de Ann fueron rotos levemente por el silencio y desaparecieron junto a la nube oscura que comenzó a aturdirle con más fuerza. El sonido de unos pasos lo alertó levemente en su aturdimiento. Movió la cabeza con deseos de buscar qué se habían olvidado aquellos malditos, pero una risa familiar le hizo sentirse idiota.
-Wa, parece que estás jodido. Igual, una manita no te vendría mal- dedujo la voz. Al no escuchar respuesta alguna de su parte, continuó- está bien, no hace falta que me lo pidas, te ayudaré.
Decidió, que algún día, mataría a aquel idiota por tomar decisiones en su lugar. Le arrancó el dardo y le dio algo amargo para tomar, sentándose a esperar que su cuerpo reaccionara.
-Esto ha comenzado…
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El sonido del disparo lo alertó. Agudizó más el oído y llevó la mano hacia el arma. Tomoka alzó la mirada hacia él, sonriendo en amplitud.
-Mi padre me ha dicho que aquí cerca hay un lugar de tiro. No te tenses por todo y por nada.
Frunció el ceño, no muy convencido. Desde que aquella mocosa se había encontrado con su rechoncho padre se había convertido en un gato altivo y no en el asustado que debería de ser tras lo que había pasado. Estaba estirada sobre una silla metálica que no le parecía demasiado cómoda, leyendo algún libro que había conseguido salvarse y se abanicaba de vez en cuando los cabellos. Tras una ducha y haber sido desinfectada al igual que él, parecía encontrarse en pleno apogeo.
El presidente era un hombre gordo, viejo y de cabellos escasos que solo había besado la frente de su hija y palmeado sus hombros, observándola con detenimiento para después, marcharse junto a Ryuzaki y otros que parecían tener tanto poder como los demás. Tomoka no se había preocupado de ello, simplemente disfrutaba de su momento de gloria y descanso.
A él no le olía bien. NO se fiaba para nada de aquella tranquilidad. Y el disparo le había resultado demasiado inquiétate. Si fuera cierto que había un estadio de tiro, ¿por qué solo habían oído ese y no otros tantos? Era irónico. Se apoyó contra la pared y se cruzó de brazos. Desde el lugar en el que se encontraban podía ver una parte del hibernadero donde los zombies se encontraban. Por alguna extraña razón que desconocía, todos parecían haberse trasladado al lado contrario, atraídos por algo. Igual era la hora de darles de comer a algún desgraciado ser humano que tuviera la mala suerte en su contra ese día.
Fijó la mirada en la puerta y como si algo le atrajera de ella, se acercó. Empujó la palanca metálica y alargada para abrirla, pero no cedió. Arqueó una ceja y giró en redondo.
-¿Tienes la llave?- Cuestionó con brusquedad. Tomoka lo miró por un instante, esbozando una sonrisa de incredulidad.
-¿Por qué tendría que tenerla? Mi padre ha dejado la puerta abierta por si tenía que salir.
Estúpida malcriada e inocente que necesitaba ser protegida y ser más avispada si quería sobrevivir en un mundo donde debería de estar alerta. Por alguna razón creía que los poderes de su padre no eran tan poderosos como ella creía y para poder sostenerlos, le daba en la nariz que su padre había vendido a la hija para poder subsistir. Y la joven desconocía todo, confiando plenamente en su progenitor. Demasiado confiada y fácil de engañar.
Regresó de nuevo a la puerta e intentó forzar la cerradura. Pero no logró hacerlo. Corría el riesgo también de romperla y entonces, sí que no saldría ni entraría nadie de aquella habitación.
Buscó con la mirada. Un sofá cama con bordes de metal. Una cama metálica. Un escritorio metálico. Un espejo con decoración de metal, la silla donde descansaba la chica y un armario. ¿O era otra cosa?
Caminó hasta el armario y empujó una de las puertas. Esta no cedió. Arqueó una ceja y decidió estirar en vez de empujar. La puerta cedió. Sonrió orgulloso para borrar su sonrisa y asomar la cabeza en el interior del lugar. Igual tenía suerte y nadie se la volaba de un tiro.
-¿Qué haces observando el baño como si fueras un pervertido?
Demonios. Algún día le partiría la boca a esa chiquilla. Y pensar que en un momento le había caído bien y hasta sorprendido. Gruñó y entró dentro. Observó cada rincón. El acero y el metal estaban en todos y cada uno de los rincones. Hasta el inodoro lo era. Por suerte, el agua era agua, aunque la del servicio tenía un toque verdoso no muy aconsejable.
Tomoka llegó hasta su altura y le sujetó del jersey cuando tropezó con la tarima de lo que le había parecido un armario. La alzó, sujetándola de los brazos hasta que ella se quejó.
-Podrías ser un poco más cariñoso con tu protegida- espetó. La liberó, encogiéndose de hombros. Si ella torturaba verbalmente, él bien podía hacerlo de otra manera- ¿Qué buscas?
-Una salida- respondió- estamos encerrados.
-¡Imposible! Mi padre…
Rodó sobre sus pies para ir hasta la puerta para verificar la inocencia de su padre, pero la retuvo del brazo a tiempo, zarandeándola y cerrando las puertas hacia dentro. Le demandó silencio y continuó buscando por las paredes y por los rincones de aquel lugar. Ni una sola ventana, pero un respiradero. La observó con detenimiento. Después de la experiencia con el primero, ¿querría entrar en otro? Alzó la mano, señalándosela y Osakada observó, retrocediendo.
Como suponía.
Se subió de un salto sobre el lavabo y comenzó a quitar los tornillos de la rejilla, tirándola al suelo con cuidado una vez hubo terminado. Le extendió la mano.
-Sube- ordenó.
-¿Por qué?- Cuestionó aturdida y perdida- Dame una razón.
Frunció el ceño y la miró con seriedad.
-Te vas a convertir en una "Eva"- respondió finalmente, deseoso de que comprendiera la gravedad y confiara en él- sube- repitió, acercándole más la mano.
-Mi padre…- dudó. Él suspiró cansadamente.
No había manera posible que le creyera, a menos que la dejará ahí para que se la llevaran, cosa que seguramente serían inaceptable para su superior. Su deber era protegerla a costa de su vida y no había más vueltas. Movió la mano extendida enérgicamente y ella clavó sus castaños ojos en ella, alzando con cuidado la suya. No tenía tiempos para romanticismos si sus dudas eran correctas, tenían que salir de ahí, ya. Cerró su mano, atrapándola y levantándola en vuelo, aprovechando el empuje para colocarla ante el respiradero.
-Cuélate por él, yo te sostengo y date prisa.
Ella afirmó y empujó para que pudiera subir. Fue costoso, pero funcionó.
-Repta. Déjame sitio- indicó.
Escuchó el reptar femenino y esperó lo suficiente, subiéndose de un salto. Por suerte, el respiradero era lo suficientemente ancho para él, aunque tuvo que coger la pistola con la mano para poder entrar mejor. Se movió hasta que pudo sujetarla de los tobillos.
-Muévete- ordenó.
-S-sí.
Aceptando la orden, gateó ante él y él la siguió. No es que fueran los más silenciosos, pero al menos, que la puerta de la habitación estallara contra la pared frontal era claramente un tremendo golpeó comparado con el sonido de ellos.
-¡Deprisa!- Gruñó.
Tenían que avanzar antes de que se dieran cuenta de la puerta. Tan solo esperaba que no hubiera cámaras de video en aquella habitación o al menos, no en el baño. ¿Dónde quedaría la intimidad? Empujó con la mano el trasero de la castaña, sintiéndose inquieto. En aquel lugar eran demasiado fáciles. Un blanco que no duraría demasiado. Tomoka se revolvió al instante en que sus dedos tocaron las suaves nalgas.
-¡No me…!
-¡Quieta!- Exclamó abriendo los ojos de par en par.
Demasiado tarde. El respiradero no los aguanto en el mismo lugar y gracias a las pataletas de la chica, cedió. El suelo se encontraba más cerca de lo que pensaba. Logró aferrar la parte superior con los dedos y a ella con las piernas. Osakada gimió al quedar atrapada entre estas y cuando abrió los ojos y alzó la vista hacia él, volvió a gemir asustada, aferrándose a sus pantalones. Bendito cinturón.
-¿Podrás trepar sobre mí?- Cuestionó arqueando una ceja. Temía no poder aguantar demasiado con ella zarandeándose tanto.
Tomoka negó con la cabeza.
-No tengo tanta fuerza. ¡Ni siquiera puedo hacer el pino!- Recalcó avergonzada.
Chasqueó la lengua molesto. No quedaba otra. Si seguían ahí colgados, serían descubiertos, llamados por el estruendo del metal al caer contra el suelo. Suspiró y dejó caer sus dedos un poco más. La distancia no debía de ser algo grande para ella. La liberó y después, se soltó él. Sus tobillos temblaron ligeramente pero logró mantener la estabilidad y el equilibrio. La observó, agudizando el oído, dispuesto a volarle la cabeza al primer sospechoso que asomara por la esquina.
La ayudó a levantarse con brusquedad, recibiendo de nuevo una demanda de buenos o mejores modales que le entró por un oído y le salió por el otro. Aunque generalmente solía ser demasiado educado, no era el mejor momento para ver quién de los dos estaba mejor educado en sus diferencias. Le hizo un gesto con la cabeza.
-Vamos.
Osakada se pegó a él, dejándole libertad de movimientos y asegurándose su lugar para hacerle saber su presencia. Pegados a la pared, caminaron lo más silenciosamente que les permitía sus pies contra el metal. Por suerte, Tomoka iba desnuda de pies y no hacía ruido. Sin embargo, cuando le dio por mirar al suelo, se percató. Sensores. Giró rápidamente sobre sus talones, alzándola en brazos cual novia y echando a correr hasta otro rincón a grandes zancadas. Si lograra llegar a algún posible lugar donde sus compañeros se encontraban. Pero era irónico. Se habían separado. No. Los separaron adrede.
-¿Por qué me cargas?- Protestó Osakada golpeándole los hombros.
-Sensores de huellas- explicó esquivando sus golpes- los pies desnudos son más detectables.
Pareció comprenderlo y los golpes cesaron. Giró directamente hacia la izquierda, deteniéndose de golpe. Tomoka gritó en su oído. Maldición. Con las manos atadas no consiguió poder moverse. Si lo hacía, Tomoka caería al suelo de mala manera y el hombre ante él ya habría apretado el gatillo. Fijando los ojos en el cañón, apretó los dientes hasta que le rechinaron. Su orgullo comenzó a declararse herido y la furia crecía.
-Sa…- farfulló Tomoka abrazándose a él.
Alzó su ver hacia la persona que había aterrado a la joven. Lo había visto alguna que otra vez en el centro militar, durante las reuniones de los capitanes de los equipos. Tezuka no le tenía mucha estima y creía empezar a comprender. Con sus cabellos castaños y su mirada altiva. Su figura no delataba ningún fallo en su crecido ego galán. Pero él lo veía como un perro ruin que estaba mordiendo las colas de todos aquellos con los que trabajaba.
-Entrégame a la chica- ordenó con frialdad- o dispararé. Como ves, no tienes muchas oportunidades. Si crees que miraré a la chica mientras la dejas caer para poder utilizar la pistola, es que me estas subestimando. Seigaku es débil y poco inteligente.
Apretó los dedos contra las blandas carnes de la chica, quien gimió de dolor, haciéndole reaccionar. Lo miraba con miedo, suplicante y temblaba, no de dolor, sino de miedo. Era ridículo. Le dispararía si se la entregaba o no. Sonrió con orgullo, fingió alzarla para soltarla, pero llevó su mano hasta la pistola que anteriormente había colgado en su cinturón. Sakaki disparó antes de que sus dedos rozaran si quiera la culata.
Su cuerpo cedió y ambos terminaron en el suelo. Él de espaldas y ella gritando aterrada. Demonios, ¿por qué era tan gritona, desobediente e inquieta? ¿Por qué no podía ser como las demás chicas? Al parecer, tenía mala suerte cuando se trataba de mujeres. Desde luego, si Momoshiro le viera en ese momento, esa patética muerte, le golpearía incluso de muerto y después, se burlaría de él a grandes risotadas.
Sintió los puños de Tomoka golpearle sobre el chaleco antibalas que Sumire había tenido la delicadeza de volver a entregarle y se preguntó por qué los sentía. A esas alturas, no debería ni de estar pensado, sino muerto. Y tampoco debería de estar viéndola, llorando con gran terror en sus ojos. ¿Dónde estaba la mujer orgullosamente femenina que se creía superior a todos? Parecía haber sido aplacada por la temerosa que llevaba dentro.
Cerró los ojos con cansancio. Había visto perfectamente que todas las personas que son disparadas en la cabeza mueren al instante. O al menos, no parecen tener que estar pensando en por qué no están muertos tras haber sido disparados. Si bien sentía todo su cuerpo pesado igual que si se hubiera pasado tres días de guardia, de pie y sin mover un solo músculo, no comprendía por qué era así.
Observó los labios de la castaña moverse al ser atrapada por una mano. Sakaki se guardaba el arma y estiraba de ella. Le inyectaron algo en el cuello y la joven quedó totalmente desmayada en un sopor. La sonrisa altanera del hombre le hizo revolverse sus entrañas. Lo mataría. Algún día de estos…
Entonces lo comprendió. No había sido asesinado. Lo que le habían lanzado en la frente era claramente un dardo anestesiante. Razón por la cual sentía así su cuerpo y no la muerte no llegaba. Sintió el suelo temblar cuando se marchaban y como una sombra se acercaba hasta él, agachándose a su lado y observándole con preocupación.
-Uff, llegué a tiempo. Casi te duermes. Kaidoh, tomate esto. Te sentará bien.
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Aceptó y sintió que las fuerzas le volvían con gran energía. Estaba listo para cargarse a ese cerdo y recuperar lo que le habían robado.
Todavía le dolía la cabeza, pero estaba lo suficiente estable como para poder caminar. Siguió de cerca a su prima, igual que Sakuno. Los había guiado hasta una habitación alejada, desde donde se podía ver perfectamente la ciudad desde la gran altura. Nanako actuaba con miedo y hablaba bajo, siempre ocultándose los labios con una mano y haciendo gestos que no tenían nada que ver con lo que decía. Después, tras un rato, se marchó.
Ryuzaki la había mirado con gran curiosidad y parecía perpleja, hechizada, especialmente cuando le dijo que no debían de fiarse de nadie que no fuera de confianza especial. Y pensar que justo entró cuando un enfermero terminaba de revisarlo para mayor seguridad. Cuando vio al hombre, Nanako se puso pálida y lo expulsó, arrastrándolos hasta el lugar. Tenía que reconocer que aquel hombre había pasado más tiempo del que esperaba en la enfermería y no cesaba de mirar a la tímida Ryuzaki, que se había alejado para dejarles privacidad.
La verdad, todo había sido tan sospechoso que hasta él se había dado cuenta.
Observó al inquieto perro. Desde que habían entrado en la pequeña habitación no cesaba de correr hacia la ventana, empotrarse contra la pared y volver hacia atrás para coger carrerilla y volver a hacerlo. Sakuno tuvo que sujetarlo entre sus brazos para evitar que terminara por hacerse daño y ahora se encontraba observando por la ventana con los ojos abiertos como platos. Extrañado, se acercó.
Fijó su mirada en el invernadero. Todos los zombies estaban postrados justo delante de ellos, arañando y golpeando con sus rostros el cristal. Uno de ellos, se empotró tanto contra el cristal que sus sesos quedaron desperdigados por él. Ryuzaki gimió asqueada y cubriéndose el rostro, giró por completo hasta darles la espalda. Desde luego, estaban esperando algo. Algo que les estaba llamando la atención que justo se encontraba ante ellos pero no lograban alcanzar, ni ellos verlo.
Perfiló con su mirada el cristal y suspiró ciertamente aliviado cuando vio que no había ninguna grieta. Si esas embestidas no lo habían roto ya, esperaba que no lo hicieran nunca más.
Imitó a la chica y les dio la espalda, mirando al intranquilo perro que peleaba con todas sus fuerzas por saltar de los brazos de su ama y volver a golpearse contra la pared. Quizás, él estaba oliendo algo que ellos no percibirían jamás. Siempre había escuchado que los perros tenían ese don y lo poco que había trabajado con perros no le había ayudado demasiado a ser simpatizante. Prefería los gatos. Solitarios y ariscos. Justo como él.
Caminó hasta la cama cercana y recogió sus cosas. Mientras permanecía en la cama lo habían esterilizado completamente y creía que ella habría pasado por lo mismo, pues las ropas que llevaba no eran las mismas. Un suéter negro y unos pantalones piratas vaqueros que le quedaban grandes y tenía que sujetar en sus caderas con un cinturón que también era grande.
Observó los dos chalecos antibalas. Giró hacia ella y caminó hasta su altura. Los ojos castaños se alzaron hasta él y el suelto cabello se movió ligeramente. El olor a desinfectante era claro en los dos. Le mostró el chaleco y espero que lo cogiera, logrando ver dos moretones pequeños en forma de huellas en su muñeca. Demonios. Realmente había perdido los papeles antes. Tan mal se habían sentido que había herido a la persona que debía de proteger. Se preguntó si terminarían por expulsarlo del equipo por ello. Cosa que no parecía ser muy cercana cuando Ryuzaki le había aclarado que quería que la protegiera a toda costa.
Regresó hasta la cama y comenzó a vestirse. Se quito la estúpida bata que le habían puesto y se colocó los pantalones. A continuación, la camiseta y el jersey y finalmente: el chaleco antibalas. Se colocó el cinturón alrededor de sus caderas y comprobó su arma reglamentaria y los cargadores que llevaba. Nanako los había escondido entre las ropas y le había dicho mientras se cubría la boca, que tuviera cuidado.
Sabía que cuando Nanako decía algo o recomendaba alguna cosa, es que tenía razón. Y si se había separado de Tezuka el mismo día en que se reencontraban, es que realmente estaba sucediendo algo tras las puertas y el fingimiento del lugar. Algo que estaba alterando también hasta a los muertos andantes. Descubrió el collar del perro y el arnés y decidió que era mejor precaver que caer. Se acercó nuevamente y le sujetó el perro mientras se colocaba el chaleco y después, mientras ella sujetaba al animal contra la cama en posición de rendición, ató el arnés a su cuerpo, metiéndole al inquieto animal.
Volvió su ver hasta aquella jaula de cristal nuevamente y frunció el entrecejo. Era imposible. Le había parecido ver algo colgando. Unos pies. Pero debía de ser una alucinación porque cuando volvió a mirar con más atención, no había nada y los zombies continuaran frotándose contra el cristal de forma necesitada. Se encogió de hombros. Quizás estaban a punto de darles su cena. Tenían que alimentarlos si querían mantenerlos con vida lo suficiente como para experimentar con ellos.
Nanako les había dicho que tuvieran cuidado con todos y se preguntó si debían de contar con ellos. ¿Quién sería el loco que los liberaría? Seguramente nadie, después de lo sucedido.
Se estiró y bostezó aburrido. Sakuno se sentó sobre un pequeño sofá que tenía como una comodidad un cojín viejo y roído. Al parecer, no tenían muy en cuenta la decoración. Ni una sola flor o cuadro. Nada. Parecía que aquel que construyó el planeta era fan aférreme del metal. Solo un estrecho respiradero en forma de cuadrado, por el cual nadie lograría pasar. Había visto uno más grande en la enfermería y otro que pasaba por los pasillos, pero aquel era demasiado estrecho. El servicio había sido visitado por la castaña una vez y no parecía haberle llamado la atención nada en particular, pero el experto era él, no ella. Mas sus sospechas quedaron apagadas cuando descubrió que era algo totalmente normal. Cabía la posibilidad de que fuera una de las habitaciones más normales, aunque capaz de haber otras sin servicios donde poder esconderse a hacer sus necesidades. Pobre de aquel que le tocara- claro que él ignoraba que Momoshiro fuera una de aquellas personas desgraciadas-.
Se encogió de hombros y regresó hasta la cama, tirándose sobre ella. Era blanda y dura a la vez. Y gracias a eso, la pistola se clavó en su cadera, haciéndole dar un brinco y girando sobre sus piernas para levantarse. AL instante y de forma sorpresiva, la misma cama quedó acribillada completamente por disparos a mares. Ryuzaki gimió aterrada, encogiéndose sobre sí misma y abrazando al animal con intenciones de protegerlo. Llevó su mano hasta el arma, sacándola y con agilidad, cuandito que los disparos se retuvieron, se pegó al lado izquierdo de la puerta. La primera persona que asomara la cabeza tendría que darle buenas explicaciones.
Justo antes de apretar el gatillo, el hombre a su lado se detuvo, moviendo ligeramente su cabeza. Nunca podría olvidar aquel porte tan horrible y que tanto le pateaba la paciencia.
-Ryoma Echizen- le nombró la voz cantarina.
-Atobe- refunfuñó roncamente.
-Keigo Atobe, si no te importa- reprendió el sujeto de cabellos arilados, clavándole la mirada en su rostro y en el arma- Entrégame a la mujer.
-No.
Keigo chasqueó repetidas veces la lengua en negación, cerrando los ojos y moviendo su cabeza. Frunció el ceño. Todavía recordaba que Keigo podría ser demasiado sorpresivo cuando nadie se lo esperaba, sin embargo, sabía que interiormente era un cobarde que no dudo en marcharse cuando vio a aquella monstruosidad que anteriormente fue el padre de Tachibana. O quizás… ¿Seguía ordenes? Parpadeó con sorpresa y Atobe sonrió.
-Demasiado tarde te das cuenta de la realidad- se burló orgullosamente- Sí. Mis órdenes eran dejarte solo, luchando contra aquel error genético para que te matasen. Seigaku contaría con un hombre menos. Aunque no entiendo a qué tanto miedo. Sois más débiles que nosotros. Nada más tienes que ver que nosotros estamos aquí desde el principio y vosotros no.
Sabía que tenía razón. Que era correcto y él lo había sospechado desde el principio, desde antes de darle el último tiro mortal a aquella horrorosa criatura que había sonreído con sus labios sin carne alguna y le había mirado con sus ojos rojos, emitiendo entre sangre una frase que jamás se le olvidaría: Somos pj. Tachibana tenía razón y ahora se estaba dando cuenta más que antes. Él mismo había sorteado los problemas y ahora molestaban demasiado. Si enviaban a Atobe para acabar con él, es que estaban puñeteramente cabreados.
-Sabes que si hacemos esto, los dos moriremos e igualmente, los que vienen detrás de mí, capturaran a la chica y su…- miró con cierta asquedad al pequeño e inquieto animal- sucio perro. Aunque la chica no está mal- reconoció- lástima que sea una "Eva".
Agrandó los ojos sorprendido, para fruncir al instante el ceño. Así que era eso lo que inquietaba al animal y lo que olía: La traición. Pero veía incapaz a Sumire de hacer eso con su propia nieta después del gran trabajo que les había causado por tal de ayudarla. Y por el movimiento de cabeza de Ryuzaki, comprendió que no era el único que confiaba en aquella vieja mujer. No podía ser la traidora.
Quitó el seguro del arma. Atobe se tensó automáticamente y guió una de sus manos hasta la suya. No le daría tiempo. Apretó el gatillo, pero fue demasiado tarde. El otro sujetó la pistola entre sus manos y disparó, claramente hacia su rodilla izquierda. Tuvo el tino de echar hacia atrás, pero el disparo debía de atravesarle el pie sin problemas. Estaba demasiado cerca como para pensar que podía escapar tan valientemente a un disparo. Algo atravesó la bota y con la incredulidad dibujada en su rostro, sintiendo que su cuerpo comenzó a volverse pesado y lo suficientemente lento como para darle la oportunidad de ser golpeado en el vientre empotrado contra la pared tras él. Atobe rodó sobre sí mismo, cayendo junto a la entrada del baño, a siete grandes zancadas de Sakuno. Ésta, retrocedió hasta que el filo de la ventana se clavó contra sus riñones. Dolorida, gimió y se giró sobre sí misma, dándoles la espalda. El rostro pálido que se dibujó en el rostro de ella casi lo alertó. ¿es que había un cuchillo o algo parecido?
-Ah, mal asunto. Quizás no deberías de haber ido hacia la ventana y mirar hacia atrás, la visión no es muy agradable, ¿verdad?
-A….
Miró el pie al intentar dar un paso hacia delante, maldiciendo su torpe cuerpo. Agrandó los ojos cuando vio el causante. Un dardo anestesiante de cabellos rojos. Un gran sedante que amortiguaba por completo tu cuerpo y lo iba durmiendo sin que tu celebro terminara por comprender por qué nada le obedecía. Con el estrés que cogía el centro neuronal de su cuerpo, la muerte era demasiado dolorosa. Había visto a gente darse cabezazos contra la pared de puro dolor. Arrancó el objeto que había atravesado hasta la bota y el calcetín unidos, tirándolo al cuello del primer hombre que había entrado en la habitación. Él grito y se cayó contra el suelo pesadamente: Mal entrenamiento. Con el que él había recibido debería de durar al menos quince minutos. Se preguntó si tendría la capacidad de poder cargarse a todos antes de que su cuerpo se desplomara por completo contra el suelo y celebro comenzara a romperse.
Pero le tenía preocupado las palabras de Atobe y el rostro pálido de Ryuzaki que estaba convirtiéndose en una cascada de lágrimas y temblorosas facciones. Atobe movió la pistola con algunos dardos todavía en su recamara.
-¿Por qué no te acercas a ver el panorama?
Le vio esconder el arma dentro del cinturón, cubriéndola con el enganche y clavando el cierre para asegurarle que no haría nada. Otro dardo sería traumático. Una muerte más dolorosa que la que le esperaba. Pero con el cuerpo tan pesado, seguro que Atobe no necesitaría de un arma para acabar con él, si no de los puños y pies. Gateó, chocándose contra la cama. Zarandeándose, se volvió a erguir y logró llegar hasta la ventana con un gran tropezón que impactó su rodilla contra la pared de metal. Suerte que la tenía dormida y no sentía nada. Absolutamente nada.
Ryuzaki colocó las palmas de sus heladas manos contra el cristal antibalas y lo golpeó incesantemente mientras intentaba con todas sus fuerzas que la voz le saliera. ¿tan horrible era la visión? Giró la cabeza y quedó totalmente patidifuso con lo que sus ojos estaban viendo. Atobe rio a su lado orgulloso.
-Eso le pasa por intentar contradecir a nuestro benefactor. Es increíble que os haya logrado proteger hasta ahora.
Los dientes le rechinaron de la presión que ejerció su boca y rogó porque lo que estaba viendo no fuera real. Incluso cuando sintió las uñas de Ryuzaki clavarse en su hombro, por encima de la tela.
Ante sus ojos, en el invernadero, los zombies estaban más inquietos y enérgicos que desde la última vez que los había visto. Incluso su agresividad se había incrementado hasta el punto de pisarse unos a otros sin cesar y golpearse. Intentaban escalar y alzaban las manos hacia arriba. La plataforma que los protegía había sido desplazada y una gran grúa de obras cargaba una figura desde su enganche, chorreante de sangre.
Las rojizas gotas caían sobre los difuntos caminantes que ansiaban el placer que parecía otorgarles aquella mezcla que tiempo atrás había corrido por sus venas. Quizás, alguno de ellos todavía tenía algo del líquido seco en sus arterias. La figura fue descendiendo poco a poco y no tardó en descubrir de quien se trataba, sin embargo, Ryuzaki la había reconocido desde el primer momento en que la vio. Un grito estalló junto a sus oídos cuando el cierre de la grúa dejó caer el cuerpo inerte entre aquella masa de hombres hambrientos y pataleó a su lado, rogándole por algo que no podía hacer: Ayudar. Era demasiado tarde y lo sabía. No podría hacer nada.
-¡Es mi abuela!- Gritó la joven con gran espanto dibujado en su rostro lleno de lágrimas incesantes- ¡Por favor!
-No puede hacer nada- se oyó la voz de Keigo tras él- Ryoma Echizen, ya es pura antigualla. Ni siquiera, podrá protegerte a ti, Sakuno Ryuzaki.
Antes de que tuviera tiempo de hacer que su inepto cuerpo respondiera a las órdenes, la culata de la pistola de otro de los hombres le golpeó la cabeza. Dolorido, aún más que nunca, creciéndole la fuerte impresión que siempre lo acompañaba, cayó de bruces contra el suelo, mientras ella era arrastrada y Sumire Ryuzaki era carne de muertos.
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El sonido estridente de los tubos de ensayo al caerse contra el suelo alertaron de su presencia a los guardias. Deseo golpearse la cabeza contra la pared y maldecir su torpeza. Los había visto a través de la cámara de video de seguridad y había encendido al instante el mecanismo de Kurumi para que despertara, pero necesitaba su tiempo para poder hacerlo. No podría ayudarla. Estaba atrapada.
Maldijo interiormente y deseo con todas sus ganas que Tezuka no se hubiera marchado para reunirse con Sumire Ryuzaki en su despacho. Ahora podría ayudarla. Pero tampoco podía depender siempre de él y tampoco de Kurumi, por eso mismo había fulminado a uno de los hombres con ácido. Pero eso terminó por subir la vital furia de sus atacantes.
Correteó por los pasillos a gatas, deteniéndose cuando los vio rodear la mesa de la cual se acababa de apartar, revisando los tubos rotos con guantes oscuros de cuero. Otro grupo, permanecía junto a Kurumi, intentando levantar un cuerpo que en esos instantes pesaba más de mil toneladas. Sonrió con autosuficiencia.
Intentadlo si podéis. Ojala se os rompa la espalda en el intento.
Estaba completamente segura de que no podrían cogerla y agradeció no tener que preocuparse por su magnífica humanoide. Por otro lado, también se alegraba de haber puesto sanos y salvos a su primo a la chica. Llegó justamente en el instante que aquel enfermero iba a abalanzarse sobre Sakuno Ryuzaki.
Sakuno Ryuzaki. Se había hecho ciertas expectativas sobre ella, basadas en la visualización de la abuela de la chica. Sumire era alta, gorda, con un carácter irritable y una firmeza que acobardaba a los demás. Tenía un poco de sentido de humor y los cabellos largos sujetos en una gran coleta alta. Solía llevar chándal y pocas veces se vestía demasiado escotada si no era para sacar de quicio a alguno de sus compañeros. Sin embargo, Ryuzaki Sakuno no le había dado esa impresión.
Era curiosamente tímida, curiosa, de ojos tiernos e inteligentes. Fina y delicada, de aspecto fácilmente rompible. Piel pajosa, manos pequeñas y caminar torpe. Hablaba con precaución, igual que si tuviera miedo de decir una incoherencia que la hiciera verse estúpida ante los demás, o que por una de sus torpezas los demás la acribillasen. Lo único que le encontró de parecido con su antepasada, fue la largura de sus cabellos.
Parecía tenerle miedo a Ryoma y no la culpaba. Su primo podía llegar a ser a veces bastante toca pelotas con su carácter, pero era normal que lo tuviera. Su vida no había sido un gran ramo de rosas y era lógico que sus pesadillas se incrementaran al tener que cuidar de una persona que parecía tener un lado bueno demasiado inagotable. Si Ryoma pensaba que existía una salvación para sus problemas, igual estaba delante de sus narices. Eso sí, había que recordar que su primo podría ser muy bueno en artes marciales, volando las cabezas de otros o el mejor tirador de todos, pero era el hombre más despistado del mundo.
Solo había sido una vez la que lo había visto marcharse con una mujer y fue con una de sus difuntas amigas. Se la presentó con deseos de hacer que no fuera el único hombre solitario de la fiesta que se celebraba, mucho antes de que todo llegara a tremendo caos, y que no fuera un panoli delante de sus amigos y compañeros de equipo. También, por un favor intimo, pues gracias a él había conocido a su marido. Ryoma y Naia, como se llamaba la pobre muchacha, habían salido antes del restaurante y se habían subido en el coche de su primo. No los volvió a ver, claro está. Cuando habló con Naia, esta le comentó con pelos y señales, más de lo que a ella le hubiera gustado, lo que sucedió. Al parecer, Ryoma únicamente necesitó un desahogo carnal y punto. Nada más. La pobre quedó desconsolada y ella aprendió a no meter más las narices en los asuntos privados de su primo.
Pero claro, de eso a que dejaran que lo mataran, era otro mundo. Ryoma había tenido que "adoptarla" con su apellido para poder ser alguien en el lugar que estaba y que ahora estaban destruyendo aquellos estúpidos hombres.
Idiotas que no comprenden la ciencia, pensó furiosa.
Si al menos consiguiera llegar hasta su arma… o Kurumi despertara. Pero no parecía estar de suerte y ya era demasiado tarde como para pensar en lograr llegar a la entrada secreta e intentar llegar hasta el despacho para poder avisar a Kunimitsu de lo que estaba sucediendo. Y se olía lo que era. Si miraban con tanto interés de cargar a Kurumi, sabía lo que era. Pobres hombres que desconocían la nula capacidad de reproducción de Kurumi. Bien podría llevársela, implantarle cuantos espermatozoides desearan, pero no conseguirían nada. Sin embargo, con ella sí. Y la idea de convertirse en un vientre en venta, la hizo agitarse violentamente contra el suelo y reptar por debajo de la mesa. Quedaba tan poco para poder llegar, solo unos pasos y estaría delante de su cajón, sacaría su arma y si era necesario, le volaría la parte más íntima a uno de esos cerdos.
Tezuka le había estado enseñado defensa personal, pero no era lo suficiente buena como para defenderse de hombres tan grandes y armados hasta los dientes. Era su vientre lo que necesitaban, no su conciencia. Seguro que no les importaría en lo más mínimo si estaba casada o no. El miedo ante ese recordatorio la hizo tensarse. ¿Qué pasaría con Tezuka si ella era secuestrada por esos energúmenos? ¿La olvidaría el frio y serio capitán? ¿O se lanzaría contra ellos con toda la furia que su alma pudiera albergar? Sonrió ligeramente aturdida sin poder reconocer qué pasaría realmente. Nunca se había atrevido a gastarle la típica broma de hacerse el muerto en algún momento. Siempre había sospechado que Tezuka la regañaría severamente y pondría pies en polvorosa ante la primera oportunidad que tuviera.
-Mierda, ¿Dónde está? Es una científica, no puede ser tan ágil como uno de esos tipos que los de arriba se cargan.
-Las mujeres son más peligrosas de lo que dicen. Por eso no me gustan.
Ahogo una carcajada. Seguramente sería de aquellos que habían tenido la suerte de estar siempre tan perseguido por las mujeres que ahora se encontraría en la gloria ante la falta de ellas, pero que no se negaría a tener un momento de sexo. Cielos, hombres ineptos en las relaciones. Hasta Tezuka le parecía muchísimo mejor que ellos. Él al menos era fiel. Y si no se equivocaba, la quería. Igual no profundamente, pero sí en cierta parte.
Movió la cabeza cuando el sonido de sus instrumentos chocaron contra el suelo, rompiéndose. Tantas cosas perdidas en ese gesto. Tantos años de trabajo, que lástima. Se había traído cosas de la tierra que llevaba estudiando desde que era casi una adolescente y ahora, estaban todas repartidas sobre el suelo de metal, pisoteadas y ultrajadas. ¿Cuántas citas le había negado a su marido para poder trabajar en ellas? Frunció el ceño, sintiendo la rabia crecer en su interior. Malditos. Malditos bastardos.
Generalmente era sociable, amable y buena con los demás, pero estos no eran personas que merecieran parte de su tiempo más que para poder correr y defenderse.
-¡Está ahí!
Se tensó automáticamente. Una parte de su pie había quedado a la visión y uno de los hombres la agarró con firmeza. Sus duros dedos la arrastraron hacia atrás, desollándole las rodillas al tirar. Reprimió un gemido de dolor y apretó los puños claras ideas de golpearle en el rostro a ese sujeto. Pero la idea quedó desechada cuando vio que llevaba un casco semblante al de un motorista, negro y blindado. El único punto débil que tenía ese hombre era su cuello, o probablemente, sus partes íntimas. Pero un millón de manos cayeron sobre ella, impidiéndole movilidad. Aturdida, solo logró retorcerse ligeramente.
-¡Soltadme!- exigió- ¿Es que no sabéis quién soy?
Claro que lo saben, Nanako, Se dijo a sí misma cuando las risas se alzaron.
-Dinos cómo podemos mover a esa chica- ordenó otro de aquellos encapuchados- venga.
-Ella no os sirve- respondió inquieta- es un experimento fallido- mintió.
Los hombres parecieron sopesar su respuesta. El peso y la quietud en la que se encontraba Kurumi podría ser de gran ayuda en esos momentos. Gimió de dolor cuando sus brazos fueron apresados en su espalda por una de las fuertes manos y fue sentada donde anteriormente habían estado todos y cada uno de sus destruidos estudios. El hombre ante ella se quito el casco y sonrió ampliamente, tocándole el mentón con un dedo enguantado.
-¿Eres familiar de Echizen Ryoma y la novia de Tezuka Kunimitsu?
-Esposa- corrigió sintiéndose violenta, reconociendo a la figura ante ella- Oshitari Yuuichi.
El hombre esbozó una seductora sonrisa en sus labios, orgulloso por haber sido reconocido por ella mientras se colocaba las gafas lentamente. Estando tan sujeta, no podía hacer otra cosa más que esperar a que él terminara. Si se había tomado la molestia de capturarla, es que realmente quería algo, aparte de convertirla en un vientre futuro que daría hijos a diestro y siniestro. Seguramente, a los varones esperados los matarían y solo dejarían nacer a las mujeres. Horroroso. Y antes existían tantas personas que deseaban tener hijos.
-Dime donde…. ¿Eh?- Yuuichi calló, llevándose una mano al oído derecho- Sí, soy yo. ¿Cómo?... ya comprendo. No. No está aquí. Solo su mujer y una mujer extraña que pesa demasiado para poder cargarla. Comprendo- hizo una larga pausa, mirándola con cierta diversión dibujada en sus ojos azules- sí. Ahora mismo la llevaré. Cambio.
Alejó la mano de su oído para quitarse uno de los guantes lentamente, dedo a dedo. No pudo evitar tener la mirada clavada en esa acción. Ese tipo no era fiar. Lo había notado a primera vista y cuando Tezuka la advirtió, comprendió que no habían sido invenciones suyas. Lo era. Era peligroso.
-Señor, ¿qué hacemos con esta chica?- Cuestionó uno de los encapuchados, señalando a Kurumi- no hay forma.
-Tenemos órdenes de dejarla, no nos sirve tal y como ha dicho la doctora. No sirve de "Eva".
Se volvió hacia ella, esbozando de nuevo una sonrisa, pero traviesa. La mano desnuda que movía ante ella la guio hasta su pierna desnuda, cubierta únicamente por el filo de la falda y por la bota. ÉL jugueteo con su piel, subiendo y amenazando con usurpar bajo la tela su piel. Apartó la pierna, asqueada y él continuó sonriendo de forma misteriosa.
-Creo que Tezuka se pondrá muy contento cuando sepa que su mujer va a ser para una buena causa en el futuro de la humanidad. Una "Eva". Que a gusto se quedara.
-¿Qué insinúas?- Inquirió, alzando su pie para golpearle la rodilla.
Él apartó la mano, llevándosela hasta la rodilla herida. Los dedos crearon un eco mecánico, dándole razón a sus creencias.
-Perdiste la mano por culpa de Tezuka y ahora quieres venganza con él, ¿verdad?
La sonrisa se borró del rostro del hombre. Su ceño fruncido y la mano nombrada ante su rostro.
-Bingo. Por su culpa la perdí y no fue capaz ni de agradecerlo .Ese hombre frio no sufrirá ni cuando te pierda a ti, ¿o es que realmente tiene sentimientos? El día que fuimos a aquella base- recordó, apretando los dientes- uno de sus hombres dijo que estaba a punto de casarse. Pero desconocía que fueras tú. Por eso me rechazaste, ¿verdad? Porque te ibas a casar con él.
-No soy una mujer que vive a dos bandas. O blanco o negro. Si amo a Tezuka, nunca podría haber estado contigo. Nunca creí que eras lo suficientemente rencoroso no solo para juzgarlo por algo que no cometió, sino también por mis sentimientos. ¿O me vas a decir que si él no existiera yo estaría ahora casada contigo y protegida?- cuestionó impertérrita.
-Pues sí- reprochó el hombre alzando las cejas- siempre has sido capaz de leerme como un libro abierto. Desde que comenzamos a trabajar juntos en aquel departamento de investigación.
-No me recuerdes malos momentos.
-No estás en condiciones de ser desagradable: Eres una prisionera- recordó, para suspirar cansado- desde luego, si no fueras un vientre, te tomaría de la mejor forma posible.
-Entonces- gruñó- me alegro de ser una prisionera.
-Oh, sí. Seguro que tus hijos son sanos y fuertes. Ah, no, disculpa: Tus hijas.
-Lo que me temía- jadeó horriblemente asqueada- solo dejaréis vivir a las chicas.
-Claro- se rio el hombre ante ella- hombres somos muchos en este lugar. Bueno, no. Porque este lugar tampoco es tan seguro. ¿Los oyes? ¿Puedes escuchar el sonido de sus gemidos clamando por libertad?
Se estremeció. Sí. Los escuchaba. Desde que habían quitado aquella música molesta que ahora le parecía preciosa comparada con los gemidos de los zombies. Aunque esta vez, tenían el sonido de ser algo diferentes: Igual que cuando les daban de comer. ¡Cielos! ¿Quién era esta vez el desgraciado que había sido hipnotizado para servir de comida a tales horrores?
Oshitari mostró su blanca dentadura, mirándola con desdén a la vez que se inclinaba contra ella, susurrándole muy cerca de su oído.
-Sumire Ryuzaki.
Emitió un grito de desesperación, deseando que fuera mentira, pero sabía por sus ojos que no estaba mintiendo. Se apartó de ella sin borrar su sonrisa.
-lleváosla.
La agarraron nuevamente entre varios hombres y la arrastraron hacia la puerta, haciendo donde fuera que fuera que deseaban llevarlas a todas. Dio un último vistazo atrás, lamentándose nuevamente por sus rotos proyectos, fijando su mirada en la tendida Kurumi. Un ligero cliqueo que pareció no ser recibido por los demás. Sonrió.
Kurumi… busca a los demás, rogó.
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Se cruzó de brazos y apoyó las nalgas contra el metal de la mesa que servía de escritorio a la vieja mujer. Le había llamado con urgencia hacia media hora. No había tardado demasiado en despedirse de Nanako unas horas antes, para ducharse y ponerse ropa limpia tras haber sido desinfectado en aquella estúpida ducha con cientos de ojos observándoles y algunos hombres armados. La seguridad era alta y lo había sido durante su camino hasta el despacho.
Lo había revisado todo con la mirada pero a vistas que se aburría, volvió a mirarlo todo con interés aburrido. Aparte del gran escritorio con libros y papeles viejos junto a un marco de fotos que contenía una fotografía antigua en la que parecía aparecer Sumire con su familia y apostaba que el bebé que tenía un hombre joven entre sus manos era Sakuno Ryuzaki, la nieta. El marco demostraba que había sido bien cuidado y con cariño.
A un lado del escritorio había una pared repleta de estanterías que parecían contener más documentos revueltos y cajas de cd's. Un macetero lleno de tierra pero con leves semillas de plantas creciendo que demostraban ser simples hierbajos descansaba junto a la entrada. Una cama pequeña y una mesilla de noche con una lámpara que parecía tener la instalación eléctrica pegada a la pared metálica. Un respiradero tan pequeño que dudaba que entrara un niño por él.
En el lado contrario había algo que no comprendía, teniendo en cuenta quien era Ryuzaki. Un banco de trabajo de metal que tenía revueltas piezas, cables y lo que parecían ser circuitos. Se preguntó si no pertenecerían a Kurumi. Aquel magnífico robot femenino que había logrado engañarlos a todos y en el cual Nanako y Sumire parecían confiar con gran fuerza.
Frunció el ceño y se rozó los hombros con cansancio. Se estaba aburriendo. Por mucho que fuera serio, también necesitaba distraerse de vez en cuando. No era malo hacerlo. El tiempo que estaba perdiendo podría disfrutarlo abrazando a su mujer o disfrutando del sonido de su voz. Le encantaba cuando ella hablaba, fuera de lo que fuera. Era bueno escuchando y aunque los de su equipo solían ser demasiado ruidosos hasta el punto de hacer que no deseara escuchar a nadie, Nanako conseguía todo lo contrario. Le calmaba y llenaba de paz. Algo extraño que terminó por volverse profundamente necesario en su rutina. Y sin darse cuenta, terminó ansiando regresar a su casa por tal de verla, escucharla y tenerla. Era una extraña ansia que solo se calmaba cuando la tenía a su lado.
Y en ese momento estaba teniendo un momento de debilidad. La tenía tan cerca y no podía tocarla.
Desvió la mano hasta su arma reglamentaria, acariciándola con las yemas de los dedos, sintiendo el frio metal rozar su piel, refrescándolo y tranquilizándolo a la vez. Comenzaba a picarle la mala manía de sentir que algo no cuadraba bien. Y la tardanza de la vieja mujer era parte de su preocupación. Se incorporó y buscó con la mirada algo nuevo con lo que poder distraerse. Dio de lleno con el cristal. Si mal no recordaba, los cristales de casi todo el edificio eran de cristal antibalas. Con tal de distraerse, caminó hasta el que había frente a él y lo golpeó con los nudillos. Stop. Ese cristal no se sentía igual que los cristales antibalas, más gruesos que los demás. Él era capaz de verlos y descubrirlos con solo tocarlos gracias a sus antiguas costumbres. No por nada había sido asesino.
Y uno de los mejores.
Claro está, solo dos de ellos conocían sus anteriores raíces: Echizen y Fuji. Ninguno de los dos lo juzgó. Ni siquiera el primero cuando se enteró que iba a casarse con su prima. Claro está, Ryoma jamás prestaba atención a los romances de los demás, por mucho que eso disgustara a su prima. Fuji, por su parte, no era el más indicado para juzgarlo, puesto que su etapa como ladrón de coches antes de ser reclutado tampoco era tan limpia.
Alejó la mano del cristal y frunció el ceño. ¿Por qué Ryuzaki no se protegería de un disparo? Volvió a posar los ojos sobre el banco y se subió las gafas pensativo. Si bien no se equivocaba…. Este despacho no es de Ryuzaki, es de Nanako. ¿me he perdido? Imposible. La dirección era esta cuando me llamaron por el altavoz.
Se cruzó de brazos y ladeó la cabeza. No. No podía ser solo el despacho de Ryuzaki si tenía una fotografía de Ryuzaki con su familia. Entonces, ¿qué endemoniada idea debería de hacerse? Fuera como fuera, la idea de que Nanako estuviera tan poco protegida no le hacía ninguna gracia.
Regresó hasta la mesa y tamborileó los dedos sobre el metal. Inquieto. Aquel sentimiento de mal agüero había aumentado hasta tal punto, que su cuerpo comenzó a tensarse automáticamente. Y no lo pensó más. Rodó sobre sus pies y se encaminó hacia la puerta. Descendió la palanca de obertura pero esta no cedió. Arqueó una ceja y volvió a intentarlo, no fuera a ser que se hubiera equivocado y no habría aplicado la cantidad de fuerza necesaria. Pero seguir sería auto engañarse. Estaba bloqueada y no había vuelta atrás. Y eso no le gustaba. Al igual que a su cuerpo que se tensó automáticamente. Sus sentidos se agudizaron y fue así como escuchó los diversos pasos detenerse ante la puerta y el cargar un arma lo suficientemente potente como para volar la puerta y a él.
Giró sobre sus talones, agarró el marco de fotos y buscó una salida. Demonios, no había otra. Saltó hacia la ventana justo cuando la puerta y parte de la estancia quedaba hecha papilla. Chocó contra el suelo, rodando hasta la pared cercana para poder resguardarse por si a los de arriba les daba por disparar. Estaba comenzando a cabrearse de tantas mentiras. Se guardó el cuadro en los pantalones y comenzó a correr con la mayor rapidez que sus piernas le permitieron, deteniéndose justo al girar la esquina del edificio. Aterrorizado, divisó la peor de las cosas que podría esperar ver: Sumire Ryuzaki devorada por zombies.
Jadeó y rechinó los dientes, buscando a su alrededor. ¿Dónde demonios estaban los demás? ¿Y Nanako? Demonios, estaba sintiéndose demasiado perdido y confuso, debatiéndose entre qué y no hacer. Era ridículo verlo así y seguramente ese fue el mayor asombro de los tres hombres que corrieron hacia él, pistola en mano.
-Hemos escuchado un estridente sonido, una explosión, ¿qué ha sucedido?- Preguntó Inui, guardándose el arma. Fuji se tensó.
-Oí, esa de ahí no es… no es…
-Lo es- le interrumpió- Es nuestra benefactora y jefa- expresó con la voz tensa- debemos de reunirnos. ¿Dónde están los demás?
Por favor, que no estén dentro del edificio con las otras mujeres.
Inui y Eiji parecieron estar en su contra y señalaron el edificio automáticamente. Frunció el ceño. Genial. Había que meterse dentro de la boca del lobo que acababa de salir. En el mismo lugar donde su mujer estaba. Tensó la mandíbula y quitó el seguro del arma.
-Vamos.
Justo cuando se acercaban hacia la entrada, una gran ventolera los retuvo. Alzaron la mirada hacia arriba. Un helipuerto y un helicóptero despegando. Una figura se dejó ver por la puerta entre abierta del aparato, sonriendo con su típico toque aristócrata y chasqueó la lengua por no haberse dado cuenta antes, maldiciendo irrepetibles veces su maldita mala suerte y poca eficiencia. Se dio cuenta de que le mostraba algo que apretaba y un chasquido se escuchó detrás ellos. Giró sobre sus talones y agrandó los ojos.
-¡Corred! ¡Entrar dentro y clausurar la entrada!
Eiji se giró para ver la causa de sus gritos y cuando lo vio, no tardó en correr lo más deprisa que sus piernas le permitieron. El enorme cristal que mantenía presos a aquellos carnívoros incansables cayó contra el suelo pesadamente, sin romperse y todos aquellos que habían ansiado la libertad, saltaron a la vez, tropezando y cayendo con sus cuerpos flácidos contra el suelo, para levantarse con las manos extendidas hacia ellos. Disparó al más cercano, a aquel que había osado cogerle del pie con sus desgarradas manos. Le voló los pocos sesos que le quedaban y corrió hacia la entrada sin prestar atención a la mancha de sangre que había golpeado su ropa y botas. Cuando entró, Eiji y Inui empujaron la puerta hasta cerrarlas y utilizaron una de las barras de metal con el estandarte de aquellos mal nacidos como sujeción.
-Otra vez- masculló Eiji golpeándose la frente contra una de las paredes- ¿Qué demonios ha pasado?
Negó con la cabeza aturdido, golpeándose el hombro con el arma y moviendo la cabeza.
-Será mejor que nos apartemos de la puerta.
-¿Qué sucederá con todas las personas que están fuera? En el exterior están desprotegidos- recordó Fuji frunciendo el ceño.
Lo comprendía. Vaya si lo hacía. Pero los habían traicionado y faltado por culpa de su lealtad a otros. Sabía que únicamente podía confiar en aquellos que estaban a su lado, en nadie más. Oh, bueno, también en Nanako. De solo recordarla sintió un retorcijón en su estomago, igual que si alguien le hubiera apuñalado.
-Busquemos a los demás. Precaución- recomendó, no muy seguro de que aquella fuera la única entrada y liderando el grupo- venga.
Todos afirmaron tras él y a su lado. Aseguraron sus pistolas y caminaron en silencio. Cabía la posibilidad de que todavía quedaran guardias fieles a esos traidores.
-¿Quién puede haber planeado esta barbarie? Ryuzaki era una mujer- sopesó Inui.
-Sakaki- respondió fríamente- Sakaki Tarou.
Al instante, todos afirmaron con un gesto que delataba claramente sus sospechas, mostrándole que no era el único que desconfiaba de él. Y ahora maldecía haberse creído seguro por confiar en el poder de una vieja mujer de la que no quedaban ni los restos.
Se colaron por un estrecho pasillo. Inui y él encaminaron el frontal y el resto quedó en la retaguardia. Justo cuando llegaron al final, aseguraron el perímetro, movieron la mano para que los de atrás ejercieran su mismo trabajo con el siguiente pasillo. Fuji se detuvo en la mitad del pasillo, mirando una pared con escepticismo. Frunció el entrecejo y abandonó su posición para acercarse, indicándole con la mirada a Inui que vigilara su espalda y a Eiji, frente a ellos. Ambos aceptaron.
-¿Qué ocurre?- Inquirió. Fuji tanteó la pared.
-Escucha atentamente, Tezuka. Eiji es bueno con la visión e Inui con la inteligencia. Echizen es experto en artes marciales y tiro al blanco como Eiji. Momoshiro en fuerza bruta y Kaidoh en la vigilancia, etc. De capacidades que todos escondemos. Como asesino que eras, serás capaz de describir perfectamente lo que estoy escuchando ahí.
Sopesó aquellas palabras. Una buena forma de recordarle qué era y cómo debía de comportarse. Afirmó y cerró los ojos. Sus oídos se agudizaron y al instante, los gritos de dolor llegaron hasta sus oídos. Lo comprendió al momento.
-Eiji, Inui, abandonad vuestras posiciones- ordenó- no tenemos enemigos.
-¿Cómo que no?- Exclamó Eiji obediente.
-Porque están siendo asesinados en éste momento- explicó Fuji con la mandíbula tan apretada que sus dientes rechinaron y sus ojos demostraron la rabia centelleante que estaba sintiendo- seguramente… algo los está matando.
-¿Y qué es ese algo?- Exigió con un ligero temblor Kikumaru. Frunció el ceño y fue sincero.
-Algo que esperemos que jamás salga de ahí. Continuemos.
-Esperemos que ninguno de los nuestros esté ahí dentro con ese algo que decís- puntuó Sadaharu tan tenso como los demás.
Todos afirmaron con esperanzas renovadas. Gustosos por una parte de no tener que gastar balas con otra cosa que no fueran zombies, aunque se sentían inquietos, sin poder evitar preguntarse qué era aquello que estaba siendo capaz de matar a una gran horda de soldados sin hacer el menor de los ruidos. Esperaba profundamente que no fuera ningún virus. Muertos con los trajes que llevaban, serían difíciles de matar. Y un gran gasto de balas y tiempo.
Frunció nuevamente el ceño y echó a correr seguido de los demás. Debían de intentar encontrar a algún superviviente. Y si tenían suerte, alguna de las mujeres que hubiera logrado escapar. Toda esperanza era buena y aceptable, aunque sabía que no debían de subirse demasiado al guindo. La caída sería terrible.
Una sombra pasó ante sus ojos, corriendo. Se detuvo al instante, siendo imitado por los demás. Frunció el ceño al escuchar los pasos detenerse, girar y correr de nuevo hacia la entrada del pasillo. La figura asomó ligeramente la mano y esperó. Ninguno hizo nada. Estaba desarmado. Se escondieron lo más cerca que pudieron de las paredes y esperaron.
-¿Quiénes sois?- Preguntó la voz. Se arqueó y Fuji le imitó al instante.
-¿Kurumi?- Exclamó el ex ladrón.
-¡Sí!- Exclamó la voz femenina antes de que la humanoide se dejara ver. Casi sintió su corazón palpitar frenéticamente, para detenerse justo cuando la vio aparecer sola, caminando hasta ellos con gesto preocupado- ¿Dónde están todos? ¿Qué está pasando? Noto una gran cantidad de agetreo en el exterior causado por zombies y que la cantidad de vida en éste edificio está cayendo como moscas en un veneno. Nanako me despertó con el sistema de emergencia activado pero no encuentro nada de ese peligro que me indicó.
Frunció el ceño.
-¿Dónde está ella?- Cuestionó.
Nanako negó con la cabeza, mirándoles derrotada.
-Lo siento, pero mucho me temo que ha sido secuestrada o algo. ¿Por qué no me contáis lo que sabéis?
-Porque están exactamente igual que tu, Kurumi- anuncio una voz tras ellos. Una voz, que no presagiaba nada bueno… para nadie.
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Bueno, hasta aquí., Fue largito n.n y me gustó XD. Lo único que siento es el ooc por parte de Oshitari u.u Es la primera vez que utilizo a ese personaje. Por cierto, por si les ha quedado la duda, en su conversacion con Nanako demuestra haber formado parte de un trio amoroso.
Como han visto y ya les dije, no debían de apresurarse, que todo llega XD.
Seguro que habrán notado ciertas diferencias, por ejemplo: Momo no logra escapar y mete en el armario a Ann. Sin embargo, Kaidoh sí sube por el respiradero a través del baño. La causa es esta: Las habitaciones donde se encuentran no son iguales. Ah, puede que se pregunten por qué solo les lanzaban dardos anestesiantes, pero les recomiendo que den un serio vistazo cuando se narra sobre Ryoma, pues ahí se explica.
Y... bueno, creo que no tengo mucho más que explicar, puesto que todo es leer con atención ;).
Solo que igual esta es la última actualización de este año dos mil ocho. Seguramente nos veamos en el dos mil nueve. Feliz año.
