Hola a todos... estos personajes no me pertencen, estoy en un cybercafé que me cobra, asique seré breve, por favor comenten, me interesa saber qué piensan, escribo sin fines de lucro, gracias. (Bueno, además de breve, desordenado. No importa. Se entiende.)


Capítulo siete: Sorpresas te da la vida

.

.:: Punto de visto de nuestro humano favorito, Edward ::.

¿Por qué las cosas no podían ser simples? Cuando por una vez todo parecía estar saliéndome bien, el Destino o el universo o un Dios con un retorcido sentido del humor o quien fuere, se empeñaba en desestructurar mi vida como si fuese un castillo de naipes junto a una ventana abierta por la que entra… un huracán.

Ahí estaba yo, en el asiento trasero del Mercedes del hombre que durante tanto tiempo consideré mi padre, rumbo a un hospital humano, como paciente. La persona que durante décadas consideré mi madre estaba mirando por sobre el hombro en mi dirección cada pocos segundos, como si temiera que yo me desvanecería si me quitaba el ojo de encima. El silencio dentro del automóvil se cortaba con un cuchillo.

Esto no podía estar pasando. No puedo haberme convertido en humano en un abrir y cerrar de ojos. No. No es posible. Y mucho menos puede Bella haberse convertido en un vampiro. Mi dulce, inocente, hermosa Bella… maldita para siempre… no, no para siempre. Vamos a encontrar el modo de volver este horror atrás, no sé cómo pero vamos a conseguirlo, y todo va a volver a ser como antes.

Flexioné con cuidado mis dedos, y tentativamente probé hundirlos en el tapizado. Hasta hace menos de una hora esto hubiese destrozado el asiento. Ahora, al ejercer más y más fuerza sólo conseguí que me dolieran los dedos. Sacudí la cabeza, tratando de no darle más vueltas al asunto, y volví a dejar la mano en mi regazo en el momento en que Esme se giraba una vez más a ver si todavía estoy ahí y todavía soy corpóreo.

Por fin llegamos al Hospital General de Forks. Carlisle estacionó el auto en el lugar que como médico tenía reservado.

—Esme, quizás sea mejor que esperes aquí —dijo con suavidad en el oscuro interior del auto—. Tendré que extraerle sangre a Edward.

—No pienso quedarme aquí —replicó Esme—. Saldré al pasillo cuando lo pinches, pero no pienso dejar a mi hijo pasar por esto solo.

Carlisle asintió sin discutir y abrió la puerta. Yo abrí mi puerta y empecé a salir cuando ya Carlisle cruzó hacia el otro lado y abrió la puerta de Esme, que salió con una sonrisa. Sí, de algún lado aprendí modales, y no sólo de mis padres biológicos.

Entramos por una puerta lateral; Carlisle nos guió rápida y silenciosamente por los pasillos menos concurridos. Era cerca de medianoche y el lugar estaba casi desierto, sólo los enfermeros y médicos de guardia se encontraban en el lugar. Mejor así, cuanto menos testigos, mejor. Los extraños Cullen ya son tema de murmullos suficiente. Quién sabe lo que saldrían diciendo de vernos a mis padres y a mí en el hospital a altas horas de la noche. Que consumo drogas o algo por estilo, como mínimo.

El radiólogo oficial del hospital no estaba, pero Carlisle sabía cómo manejar la máquina de rayos X. Esme se quedó en el pasillo montando guardia mientras yo tuve que desvestirme y ponerme una cosa ridícula e incómoda que parecía un camisón, pero estaba abierta atrás y se anudaba con unas cintas, de modo tan precario que mi trasero quedaba al aire. Para añadir más insulto a mi orgullo herido, era color amarillo patito.

Hacía frío en la sala de radiología, y traté de no hacer caras cuando Carlisle me mandó a pararme muy quieto y contener la respiración mientras mi tórax era escaneado por la máquina. Luego le tocó a mi cabeza, y después al resto del tronco. Carlisle tenía la idea que alguno de mis órganos o tejidos podría no haberse transformado.

Por fin, misericordiosamente, tuve permiso de volver a vestirme, mientras Carlisle revisaba las radiografías. Estaba terminando de atarme los cordones de las zapatillas deportivas cuando Carlisle me habló a través de la puerta del cuartucho que servía de cambiador.

—Diría que todo está bien. Las radiografías no muestran nada inusual. Al menos a nivel órganos, todo parece estar bien —me informó a través de la puerta imitación de madera.

—Me alegro. ¿Podemos volver a casa? —pedí, subiendo el cierre relámpago de mi campera.

—Todavía faltan los análisis de sangre y orina —me recordó Carlisle.

Abrí la puerta para encontrármelo al otro lado de la habitación, guardando las radiografías en uno de esos grandes sobres opacos color blanco.

—Mi sangre y mi orina están muy bien, muchísimas gracias por preocuparte —le respondí sin poder evitar ni el sarcasmo ni el fuerte calor que me cubrió las mejillas.

Ahora entiendo por qué Bella odiaba tanto su sonrojo. No es divertido ni adorable cuando es uno quien se sonroja.

—Ya hablamos de esto, Edward —me respondió Carlisle con paciencia, lo que no hizo más que irritarme—. Necesito comprobar el estado de tu sistema inmunológico, y eso no sale en las radiografías.

No pude evitar bufar, aunque sabía que él tenía razón, y eso me enojaba más. Esto es demasiado. Es demasiado. Todo está pasando demasiado rápido.

No puedo pensar, no puedo pensar tan rápido, no puede llegar a términos con esto, no puedo… ya no puedo pensar ni procesar tan rápido, eso me supera, es demasiado para mí, no sé qué pensar, no sé que decir…

¡Paren el mundo, me quiero bajar!

—Edward, hijo, por favor, permíteme hacer estos análisis, es importante que los hagamos cuanto antes —me pidió Carlisle desde un par de metros de distancia, como dudando—. Imagino que todo esto es muy confuso, pero hagamos esto primero, que es urgente —una leve sonrisa apareció en su rostro—. Después podemos parar el mundo si quieres.

Otra vez mi estúpido sonrojo. Debí haber pensado en voz alta. Maldito oído vampírico.

Demasiado avergonzado como para protestar, seguí mansamente a Carlisle hasta el pasillo, donde Esme nos estaba esperando con una sonrisa. Claro, ya había escuchado las noticias, no es como si una nimiedad tal como una pared pudiese detener a un vampiro de oír.

Nos fuimos al laboratorio, que por razones obvias estaba cerrado a estas horas de la noche. Carlisle no quería encender las luces para no llamar la atención, así que me guió hasta una silla situada junto a la ventana, por donde entraba un débil resplandor de las luces de la calle. Esme otra vez se quedó del lado de afuera de la puerta, montando guardia.

En las penumbras sólo conseguí ver contornos y siluetas difusos, que me pusieron mucho más nervioso que si hubiese podido ver claramente las cosas que había en el laboratorio. Empecé a entender cómo es que funcionan las películas de terror. Da mucho más miedo lo que no se ve claramente que el horror bien iluminado.

—¿Edward? Voy a extraerte sangre primero, si estás de acuerdo. ¿Te parece bien? —me preguntó Carlisle, haciendo ruido intencionalmente al caminar hacia mí para alertarme de su presencia.

Me encogí de hombros, sabiendo que él podría verlo. Él lo tomó como un asentimiento y un instante más tarde ya estaba junto a mí.

—Tendrás que arremangarte, necesito tener expuesto el pliegue del codo —me explicó—. Mejor déjame ver el brazo izquierdo, podrías tener algunas molestias y no quisiera entorpecer tu mano hábil.

Carlisle me limpió el pliegue del codo con un algodón mojado en alcohol y esperó a que se secara para acercar la jeringa. Tragué seco al ver la aguja que tenia esa jeringa… nunca antes me habían preocupado las agujas, pero saber que ésa estaba por perforar mi piel hacía las cosas un poco distintas.

Debo reconocerlo, Carlisle es estupendo en lo que hace. Apenas sentí un pequeño pinchazo y pronto el émbolo se estaba llenando de sangre. Aunque me avergüence admitirlo, me causó una tremenda morbosidad ver esa sangre, esa sangre roja y humana, saliendo de mi cuerpo. Se me hacía tan raro no poder oler la sangre, y ni hablar del hecho que no me causara ni una pizca de sed. Era… irreal.

Enseguida tuve un pequeño algodón presionado sobre el lugar de la minúscula herida, y una cinta hipoalergénica lo cubrió de inmediato. Era asombroso ver cómo los irises de Carlisle jamás cambiaron de color… al menos hasta donde yo veía, que no era mucho. Él vació la sangre en un tubo de ensayo y olfateó con el interés de un experto analizando un buen vino.

—Color y textura apropiados, no creo que tengamos que preocuparnos por anemia —murmuró, tapando el tubo de ensayo y destruyendo la jeringa, que tiró en un contenedor especial—. Pero mejor asegurarnos. Espera un momento —me indicó, y antes de que yo pudiese responderle, ya estaba de regreso con un vaso de plástico descartable—. Bebe.

—¿Por qué? ¿Qué es? —quise saber, sujetando el vaso entre el pulgar y el índice, y olfateando con cuidado. Pero no sentí que oliera a nada.

—Es agua. Bebe —repitió Carlisle, manipulando algo que en la escasa luz no conseguí ver claramente.

—No tengo sed —me resistí, sosteniendo el vaso como si contuviese veneno.

—Edward, necesito que orines aquí, y a menos que haya algo de líquido en tu organismo, no podrás hacerlo. Por favor, bebe ese vaso de agua —me dijo Carlisle tranquila y razonablemente, mientras me mostraba algo pequeño y transparente, un frasquito, con una tapa que parecía hermética.

Sentí mi cara como si fuese a estallar en llamas. ¿Cuánto más humillante podía volverse esta visita al hospital?

—Esto… no es necesario —murmuré, intentando convencerme que no estaba discutiendo con mi padre adoptivo si iba a orinar o no dentro de esa cosa transparente que él tenía en la mano.

—Cuanto antes bebas esa agua, antes podremos terminar con esto, y antes estaremos de regreso en casa —me informó Carlisle sin variar el tono.

Por una parte, tuve tantas ganas de armar un berrinche, de ponerme a gritar y chillar. Yo no había pedido ser humano, no había pedido que me sacaran sangre ni mucho menos… esto. Por otra parte, quise que me tragara la tierra y que el mundo hiciera de cuenta que esto nunca había pasado. En el tiempo en que fui educado no se hablaba de estas cosas en público, y aunque debí reconocer que Carlisle hacía lo posible por no hacerme sentir mal, yo aún sentía que toda esa conversación era terriblemente inapropiada.

Pero había una tercera parte de mí, más asustada y ansiosa de volver a casa y a Bella, que me exigía hacerle caso a Carlisle y olvidarme del asunto. Dejando de lado el hecho que era entre incómodo y humillante el que, cuando al cabo de noventa años por fin volvía a poder orinar, la primera vez que lo hiciera sería dentro de un frasquito, tomé con más firmeza el vaso de agua y lo bebí a grandes tragos. Ya era tiempo de dejar de comportarme como un niño malcriado y enfrentarme a esto como un hombre.

Cinco vasos de agua más tarde, por fin mi vejiga se decidió a actuar. Lo malo fue que me puse tan nervioso que el frasquito siguió vacío. Tomó casi media hora que mis nervios se calmaran y mi vejiga se relajara, y entonces por fin pude llevarle a Carlisle el frasquito medio lleno. Él, apiadándose de mí, no hizo comentarios al respecto y se limitó a preparar los cultivos para el análisis.

Una vez que todo estuvo en orden, buscamos a Esme y salimos del hospital. De camino, mi figura materna quiso saber todo sobre mi estado de salud, pese a que en realidad todavía no había mayores novedades.

—Sabemos con seguridad que todo su organismo es humano, y eso es lo primero y principal —informó Carlisle en voz baja mientras cruzábamos la puerta hacia el exterior—. La sangre parece estar bien, pero tendremos que esperar un poco más para estar seguros. Otro tanto para el análisis de orina. Ahora, tenemos que armarnos de paciencia hasta que estén los resultados, en dos días.

Esme asintió, pero se la notaba intranquila. Pese a que yo ya no podía leer mentes en un sentido literal, casi pude escuchar lo que debía estar pensando: la preocupaba que yo tuviese algo grave que en estos dos días que tardarían los resultados podría causarme daño.

—Me siento bien, no creo que haya nada de que preocuparse —dije, en un intento de tranquilizarla—. Los análisis son sólo para asegurarnos, ¿no es cierto?

—Claro —confirmó Carlisle, que debía haber notado lo mismo que yo—. Las radiografías no detectaron nada anormal, y los otros análisis son sólo para descartar cualquier eventualidad. Pero, Edward, si de aquí a dos días sientes el menor dolor o molestia, no importa cuán nimio sea, tienes que avisarnos de inmediato, ¿sí?

—Por supuesto —prometí con facilidad, diciéndome para mis adentros que a menos que tuviese la mitad del intestino colgando fuera del cuerpo no pensaba volver a poner un pie en el hospital por propia voluntad.

—Lo digo en serio, Edward —insistió Carlisle en un tono que indicaba que no lo decía sólo para calmar a Esme.

Asentí a regañadientes, al tiempo que llegábamos al automóvil. Nos ubicamos dentro y Carlisle arrancó el motor.

—¿Tienes hambre? —preguntó Esme, girándose para mirarme.

—En realidad, no… estoy demasiado nervioso para tener hambre —confesé.

—Tendrás hambre en algún momento… ¿qué te gustaría comer? ¿Tienes antojo de algo en especial? —quiso saber Esme.

Intenté no ser irrespetuoso, pero fue complicado. Tragándome las ganas de recordarle que hasta hacía unas horas toda la comida era sinónimo de cosas malolientes y asquerosas para mí, opté por una respuesta más diplomática.

—No quiero nada, gracias. Vamos a revertir este error antes que tenga tiempo de tener hambre —afirmé con todo el aplomo posible.

—¿Y si no conseguimos revertirlo? —preguntó Esme con suavidad, como si temiera asustarme.

—Vamos a revertirlo —afirmé por entre los dientes apretados.

Estaba asustado y enojado a partes iguales. Aunque mi mente ya no podía pensar tan rápido, sí era capaz de darme cuenta que había probabilidades de que esto no se pudiese revertir, y esto me paralizaba del miedo… por eso preferí creer a pies juntillas que era posible volver atrás.

—Edward, ¿y si esto no es un error? —preguntó Esme en voz baja.

—¡Es un error! —no pude evitar gritar—. ¡Claro que es un error! Esto… no sé cómo pasó, pero no debería haber sucedido nunca, y… —de pronto la furia me abandonó.

Me sentí… como drenado de todas mis fuerzas. Me pesaban los brazos, las piernas, los párpados. Mis ojos querían cerrarse, mi cabeza no podía pensar con claridad, mi cuerpo todo se amoldaba más al cómodo asiento… y de pronto, antes de poder detenerlo, se me escapó un enorme bostezo. Me sorprendí tanto que no atiné ni a cubrirme la boca.

Esme y Carlisle me miraron sorprendidos, luego se miraron entre ellos… y sonrieron. Yo estaba tan sorprendido que volví a despabilarme, y tan distraído que sus reacciones no me afectaron. No me había dado cuenta que estaba cansado, que tenía… sueño.

—Es una suerte que hayas comprado esa cama para tu habitación —comentó Carlisle con una sonrisa—. Parece que vas a estrenarla esta misma noche.

—La cama era para Bella —murmuré, todavía asombrado de lo que se siente al estar cansado. No recordaba que era así. Tampoco recordaba que tener sueño me ponía, me pone, de mal humor.

—No creo que a Bella le moleste compartirla —observó Carlisle sin malicia.

—Edward, si hay un modo de volver esto atrás, podría llevarnos unos días descubrirlo. ¿Por qué no disfrutas de ser humano mientras tanto? —sugirió Esme—. Aprovecha a comer, dormir y todas las cosas que no podrás volver a hacer.

Aunque me hubiese gustado insistir con que no tardaríamos unos días en volver las cosas a la normalidad, la idea de Esme era tentadora. Unos días como humano, ¿por qué no? Sería como tomarme unas vacaciones. Unos días para saborear comida, para dormir, para salir al sol sin resplandecer como un pote de brillantina… para ser un chico normal de diecisiete años. Unos días, y de vuelta a la rutina. Me gustó la idea.

A Bella también le gustaría: unos días de ser vampiro, de saber lo que es, todo lo que se pierde, y entonces cada uno podrá volver a su condición, como se debe. Con un poco de suerte, ella habrá entendido que ser vampiro no es un premio ni nada maravilloso, y abandonará esas tontas ideas de ser convertida. Una situación de pura ganancia.

Una parte maliciosa de mí sospechó que Esme sólo me lo dijo para que me quedara tranquilo y no siguiera insistiendo con deshacerlo, pero no le hice caso. Esme misma había dicho que era sólo por unos días, hasta que encontráramos la forma de dar marcha atrás. Me relajé más en el asiento, mientras el pueblo dejaba lugar al bosque oscuro en el paisaje que se veía por la ventanilla. Ya estábamos cada vez más cerca de casa.

.:: Punto de vista de nuestra vampiresa favorita, Bella ::.

Mi primera caza como vampiresa fue torpe, y acabó con casi más sangre de ese ciervo en mi ropa y cabello que dentro de mi estómago. De un modo totalmente teórico yo sabía que ahora soy mucho más fuerte que el ciervo, pero mis instintos todavía me decían que si un ciervo intentaba golpearme con sus patas tenía que apartarme, más que sujetarlas con una mano.

Jasper tuvo compasión, tanto de mi indecisión como de sufrimiento del animal, y le rompió el cuello con un chasquido seco antes de acercármelo a los labios. Le gruñí instintivamente, sintiendo que amenazaba mi presa, y clavé los dientes en el cuello del ciervo, pero apenas había empezado a beber cuando un último movimiento espasmódico del animal me asustó tanto que los solté y dejé caer.

La sangre que manaba de la herida se derramó por parte de mi cabello y toda la parte delantera de mis ropas antes de que el animal muerto cayera a mis pies. Lo recogí con cuidado, asegurándome que estaba muerto. Volví a beber, pero ya se había enfriado y buena parte estaba derramada encima de mí o en el suelo del bosque. Lo dejé pronto.

El segundo ciervo tuvo la suerte que Alice me lo entregara ya muerto, y yo sólo lo bebí. Traté de concentrarme sólo en mis instintos, pero me jugaron una mala pasada y acabé casi destrozando en cuello del ciervo con las uñas y los dientes, desesperada por llegar a la sangre. Terminé más sucia que antes, con la cara y las manos sucias de sangre y pedacitos de ciervo muerto.

—Estoy hecha un asco —gemí, viendo mi camiseta embardunada de sangre espesa y oscura—. ¡Edward nunca tenía este aspecto cuando regresaba de sus cacerías!

—Edward tenía noventa años de práctica —señaló Alice, que había terminado su ciervo y estaba enterrando los cadáveres bajo una pila de hojas y ramas caídas.

—Voy a lavarme un poco antes de regresar a casa —murmuré, mirando con horror mis manos cubiertas de sangre medio seca.

Corrí con facilidad hasta el río y salté adentro. Estuve a punto de saltar de cabeza, pero tenía demasiado interiorizadas las clases que había recibido en la piscina pública de Phoenix, y la primera vez salté con los pies por delante. Salpiqué todo a mi alrededor y me hundí hasta el fondo antes de impulsarme con los pies y volver a salir hasta la superficie.

El agua estaba helada, pero mi piel también, de modo que no sentí frío. Me froté los brazos, las manos, la cara, fascinada de lo fácil que era nadar, de lo sencillo que era contener la respiración. Froté mi ropa y mi cuello, tratando de no dejar rastros de los ciervos masacrados.

—¿Estás divirtiéndote? —preguntó de pronto Jasper, sonriente, desde una gran roca en el borde del río.

—Mucho —asentí desde la mitad del cauce del río—. Aunque no sé qué huele peor, si sangre de ciervo seca o madera podrida en agua dulce —fruncí la nariz. Estaba bien estar limpia, pero el río apestaba.

Jasper rió desde su lugar en la orilla.

—Lo peor que olí hasta el día de hoy son pañales de bebé usados de tres días de antigüedad, puestos en un cesto olvidado al sol —me confió.

—¡Puaj! Me convenciste, el río es perfume puro —respondí, nadando hacia donde él estaba en unas pocas brazadas. Ni el peso de mi ropa mojada podía detenerme o volverme más lenta. ¡Ser vampiresa es genial!

—Alice está terminando de ocultar las evidencias de nuestra caza —me informó Jasper—. Cuando termine, volvemos a casa.

Asentí con la cabeza mientras salía del río y de un salto estaba al lado de Jasper en la roca. Sus ojos dorados brillaban a la pálida luz de la luna, tanto como las marcas de su piel.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —pregunté en voz baja, tratando de no mirar sus cicatrices fijamente.

—Ya lo hiciste —me contestó con una sonrisa burlona, y yo, muy digna y madura, le saqué la lengua—. Pero puedes hacerme otra pregunta, claro.

—Yo… hum… es que… —estaba insegura de cómo formular la pregunta sin ser descortés o fisgonear—… tienes… ¿cicatrices? —de aún ser humana mi cara hubiese estado de color bermellón a estas alturas.

—Tengo centenas de cicatrices, Bella —me respondió él con voz suave; vi que se había arremangado, exponiendo más las decenas de marcas cruzadas y superpuestas que le cubrían los antebrazos—. ¿Edward nunca te contó cómo es que fui creado?

—No —tuve que reconocer—. Sólo que no fue Carlisle quien te mordió, sino que fuiste convertido por otro vampiro, y que te sumaste a la familia más tarde, junto con Alice.

—Para hacer breve la explicación, dejémoslo en que no fui convertido en el seno de una familia, sino de un ejército… salí de un ejército para caer en otro. De la sartén al fuego —dijo con una mueca tensa—. Yo era parte del ejército confederado, y una noche me descubrió una vampiresa ambiciosa, María, que buscaba crear un ejército de inmortales…

A grandes rasgos (porque no me abandona la sospecha que había mucho más en esa historia), Jasper me contó sobre su época en los ejércitos de María, la toma de ciudades, el hastío de tanta sangre y muerte, el modo en que finalmente había dejado esa vida y se había escapado con dos amigos. Alice lo había encontrado tiempo después y juntos habían ido en busca de Carlisle y su familia.

—Después de un siglo de gratificaciones inmediatas, resistirme a la sangre humana me es difícil. Que no te engañen mis ojos dorados, Bella, mi autocontrol no es bueno. El tiempo que pasé a tu lado y con Alice en Phoenix es el más largo que estuve codo a codo con un humano en los últimos casi ciento cincuenta años —explicó, serio.

—¿Es por eso que siempre mantenías las distancias conmigo? —pregunté, empezando a entender unas cuantas cosas.

—No quería ponerte en peligro. Eras tentadora para todos nosotros, pero era peor en mi caso por dos razones —admitió él sin mirarme, como si admitir su debilidad lo avergonzara—. Una, por mi… prontuario. La otra, porque además de sentir mi propia sed y ansiedad, sentía la de todos los demás miembros de mi familia, excepto Carlisle. Lidiar con mi sed ya era complicado, pero lidiar con la de cinco vampiros más era… muy duro, y siempre temí fracasar y herirte.

No sé qué me impulso, porque yo no solía ser muy afecta al contacto físico, pero puse una mano en la mejilla de Jasper, haciéndolo levantar la mirada y tratando de no pensar en las dos feroces cicatrices que se cruzaban formando una X bajo mis dedos.

—Entiendo mejor ahora qué es lo que pasaba, pero te soy sincera: nunca te tuve miedo. No más que al resto de tu familia. De algún modo, siempre supe que no intentarías herirme —admití.

—Gracias por el voto de confianza, pero las buenas intenciones no bastan para hacer el bien —musitó él, su voz grave tembló ligeramente—. Estoy harto de ser el eslabón débil, de ser el que tiene que ser vigilado y sobreprotegido, de estar a punto de arruinar todo para mi familia. Me propuse firmemente que al menos esta vez yo tendría el doble de cuidado, no haría nada de nada que te pusiera en el menor peligro por mi causa. Toda vida humana es valiosa, pero la tuya lo era mucho más, considerando cuánto te amaba toda mi familia. Edward llegó al extremo de pedirme que me mantuviese alejado… por las dudas.

—¿Edward te dijo que te alejaras? —exclamé, soltándolo de la sorpresa.

—Él te ama con locura, y no lo culpo por hacer lo imposible para protegerte —sonrió Jasper con tristeza, mirándome directamente—. Eso incluye mantener alejados a vampiros con poco autocontrol.

—No fue amable de su parte decirte que te alejaras —musité, todavía incrédula de a qué extremos había llegado Edward.

—Fue más diplomático que eso para decírmelo —se encogió de hombros Jasper—. Tenía razón, por una parte, aunque quizás yo me hubiese insensibilizado un poco de haberte tenido alrededor más tiempo… como sea, eso está en el pasado. Me preocupa más qué pasará ahora —admitió, intranquilo—. El que seas vampiro de pronto, aunque sorprendente, no es estrictamente peligroso. Pero Edward… si esto llegara a oídos de los Vulturi, lo menos que podemos esperar es la orden de transformar a Edward de inmediato.

—¿Si esto llegara a oídos de quiénes? —pregunté, sin entender.

—Los Vulturi —repitió Alice, ubicándose de un salto en la roca, casi en el regazo de Jasper—. Aro, Cayo y Marcus.

—¿La gente pintada en el retrato que Carlisle tiene en su estudio? —pregunté, confusa. Nunca había escuchado que alguien se refiriera a ellos como un grupo bajo el nombre de "Vulturis".

—Ellos son la máxima autoridad en el mundo de los vampiros: rey, juez y verdugo —explicó Jasper, que parecía intimidado ante la sola mención de esos Vulturi—. Se encargan de que los vampiros cumplan con las reglas.

—En realidad, una sola regla, pero que engloba a todas las demás: mantén el secreto —completó Alice, seria—. Si un humano consigue saber sobre nosotros, tiene que ser convertido o morir. Si un vampiro no es lo suficientemente cuidadoso y pone en riesgo que la existencia de los vampiros sea descubierta, los Vulturi se encargan de eliminarlo.

—Un momento, si un humano al saber la verdad tiene que ser convertido o morir, ¿por qué Edward se resistía a convertirme? —pregunté, perdida.

Jasper y Alice intercambiaron una mirada. Él estaba serio, ella sonreía.

—Edward creyó que podría salirse con la suya y mantenerte humana durante todo el tiempo que tuvieses de vida —explicó Jasper en tono neutro, pero de algún modo daba la impresión que estaba en desacuerdo con la decisión de su hermano.

—Pero eso nunca hubiese resultado —intercaló Alice, sacudiendo la cabeza—. Te vi transformada desde el día del accidente de Tyler. Edward no quiso escucharme, el muy cabeza dura, por más que ese futuro siempre estuvo firme. Desde que Edward regresó de Alaska, ese día en que escapó después de la primera clase de biología que compartieron, sólo hubo dos futuros posibles: o te mataba él mismo, con perdón de lo crudo que suene esto, o serías una de nosotros un día. A medida que pasaba el tiempo, tu muerte se iba haciendo cada vez una posibilidad más remota, y empecé a verte transformada cada vez que miraba a un par de años de distancia.

—¿Es decir que yo hubiese acabado transformada, más tarde o más temprano, aún si esto de hoy no hubiese pasado? —pregunté con ojos muy abiertos. Edward se tenía todo esto muy callado, el muy…

—De acuerdo a mis visiones, sí —confirmó Alice—. Pero no seas demasiado severa con Edward, Bella. Él buscaba protegerte y cuidarte, y aunque el modo no era quizás el más indicado, sus intenciones eran buenas.

—De buenas intenciones está pavimentado el camino al infierno —cité, apretando los puños—. Las buenas intenciones no siempre bastan para hacer el bien —Jasper me dirigió una sonrisita—. Por otro lado, si esto estaba destinado a ocurrir —empecé a especular—, Edward no puede decir nada. Sólo nos adelantamos un poco a lo que iba a ocurrir de todos modos… ¿o será que iba a ocurrir de este modo y lo que pasaba era que todavía no lo sabíamos…?

—Bella, si me permites mi humilde aporte —intercaló Jasper—, no creo que haya pasado algo así como que estabas destinada a ser vampiro, sino que todas las decisiones que tomabas, o que tomaban quienes estaban a tu alrededor, llevaban a que acabaras convertida en vampiro. Incluso creo que el hecho que en los últimos tiempos se hubiese hecho cada vez más firme la visión de Alice en la que te veía cambiada significa que, tal vez de un modo inconsciente, Edward estaba llegando a término con la idea de transformarte… algún día.

—Bien, eso voy a hablarlo con él más tarde —decidí, irritada, pero esforzándome por calmarme—. Por ahora, volvamos a esos Vulturis. ¿Creen que mandarían que Edward sea convertido de regreso a vampiro? —pregunté.

—Eso… en el mejor de los casos —musitó Jasper, que de nuevo parecía preocupado—. También podrían decidir que de algún modo infringimos las reglas y matarnos a todos. O podrían llevarse a Edward y estudiarlo del derecho y del revés, intentando averiguar cómo es que un vampiro pudo volverse humano nuevamente, cuando se supone que eso es imposible.

—No van a matar a nadie ni van llevarse a Edward —gruñí, enojada—. Ni van a convertirlo nuevamente en vampiro. Edward siempre dijo que daría cualquier cosa por ser humano, y humano será.

Alice y Jasper nuevamente intercambiaron una mirada. Cuando se miraban así, casi parecían que se pudiesen leer la mente entre ellos.

—Algo me dice que Edward quería ser humano porque eras humana —arriesgó Jasper, que parecía estar eligiendo cuidadosamente las palabras—. Si ya hubieses sido vampiresa cuando Edward te conoció, creo que él hubiese llegado a mucho mejor término con su propia inmortalidad.

—Es posible —admitió Alice—. Pero por ahora, será interesante ver al humano Edward viviendo en medio de una familia de vampiros.

Analicé con atención sus expresiones pensativas. Los dos parecían completamente sumidos en sus pensamientos; Alice estaba atisbando el futuro, a juzgar por las leves sonrisas y ocasionales estremecimientos.

—Si tuviesen la posibilidad, ¿la tomarían? —se me ocurrió preguntarles. Los dos me miraron con sorpresa.

—¿La posibilidad? —repitió Alice, sin entender.

—De volver a ser humanos —aclaré—. Si tuviesen la posibilidad de elegir, ¿qué decidirían?

Nuevamente, Alice y Jasper se miraron por largos segundos. Parecía como si cada uno de ellos estuviese considerando primero cómo afectaría eso al otro, antes de tomar una decisión respecto a sí mismos. Por fin los dos se giraron hacia mí al mismo tiempo.

—No tengo ningún recuerdo de mis tiempos como humana —se encogió de hombros Alice como si no le importara, pero atisbé dolor e incertidumbre bajo esa aparente indiferencia—. Al despertar a esta vida, mi primer recuerdo es el rostro de Jazz en una visión, la primera de todas —dijo con cariño, y él sonrió—. Aunque tengo curiosidad por saber qué sabor tiene el chocolate, qué se siente al dormir, cómo es soñar, todo ese tipo de cosas, no creo que yo elegiría ser humana a tiempo completo otra vez. Si hubiese un modo, una especie de intercambio, "humana por un día", para sacarme las ganas de hacer todo eso, y luego volver a ser como antes, estaría perfecto. ¿Sabes que no podemos disfrutar de los trucos de los ilusionistas? —preguntó Alice con frustración—. Dicen que en sus trucos, la mano es más rápida que el ojo, pero nuestros ojos son más rápidos que sus manos. ¡Siempre adivinamos el truco antes de verlo! Si pudiese volverme humana, mirar todos los trucos y sorprenderme, y volver a ser vampiresa al día siguiente, estaría genial —suspiró—. Hablando en serio: no, no quisiera volver a ser humana por el resto de mis días, a menos que Jazz lo sea también.

—Yo dejé de ser humano en 1863 —comenzó Jasper en voz baja, suave—. Llevo tanto tiempo siendo vampiro que ya no sé cómo es ser humano. No tengo casi recuerdos de mi tiempo como humano, y siendo honesto, estoy demasiado cómodo y acostumbrado a ser lo que soy y como soy como para querer cambiarlo. No lo elegí, y si pudiese volver el tiempo atrás y evitar encontrarme con María, posiblemente lo haría. No es lo que elegí, pero es lo que soy, y aprendí a convivir con esto. Supongo que sólo accedería a cambiar si el resto de mi familia, o al menos Alice, cambiara también.

—¿No les preocupa haber perdido el alma al transformarse? —pregunté, sintiendo curiosidad por saber cómo veían ellos la cuestión que había atormentado a Edward.

—Preocuparme, lo que se dice preocuparme… —Jasper se encogió de hombros—. Dicen que estamos malditos, pero también dicen que no nos reflejamos en los espejos porque no tenemos alma. Quién sabe. Personalmente, creo que de morir probablemente no iríamos al Cielo, pero como no tengo intenciones de morirme, no le doy más vueltas al asunto.

—No nos veo muriendo, a ninguno de nosotros —anunció Alice—. Sobre tener un alma o no… no sé cómo de importante puede ser eso. Es más, ni siquiera estoy segura de que haya algo que sea el Cielo y algo que sea en Infierno, el Limbo, el Purgatorio y todo eso. Eso está muy bien para las religiones, pero… no sé… es que no me convence.

Asentí lentamente, señalando que había entendido. Por lo visto, mis pensamientos al respecto estaban más cerca de los de Alice y Jasper que de los de Edward.

—¿Creen que Edward ya habrá vuelto? —pregunté con ansiedad, mirando en dirección al oscuro bosque que ocultaba la casa.

—Aún no —respondió Alice—. Parece que están… un poco demorados en el hospital. Pero vamos yendo, mejor que te bañes con agua caliente y te cambies de ropa, o a Edward le va a dar un ataque, literalmente, al verte así.

Recién entonces recordé que estaba vestida con mis ropas manchadas y empapadas. Como no sentía frío, me había olvidado por completo que estaba chorreando agua de río y salpicada de sangre de ciervo.

—Vamos —asentí.

Bajé de un ágil salto de la roca, todavía asombrada y encantada de ver lo fácil que era todo lo físico ahora, ¡apuesto a que hasta podría jugar al voley o al bádminton sin herir a nadie! Eché a correr en dirección a la casa, ansiosa de ver a Edward y asegurarme que todo estaba bien con él y su nuevo–viejo cuerpo humano.

.