Juego I

La noche hizo su aparición para la suerte de Anna y para la desgracia de Elsa. Sí, ésta última no estaba muy entusiasmada con la idea de una fiesta. La menor era consciente de aquello; poco le interesaba. Estaba cien por ciento segura de que podría dar vuelta la idea de diversión que tenía la reina respecto a la vida. Mejor dicho, ese era su cometido. Que al menos una vez en la vida Elsa se divirtiera.

Bien... Ése y quizás otro más.

Y como si su emoción acelerara mágicamente el tiempo, al dictar las ocho de la noche, su prima Rapunzel se hizo presente con una gran sonrisa de oreja a oreja, junto con su amiga Merida.

—¡Vinieron! —Saltó de la puerta principal para recibirlas.

Ambas bajaron de un lujoso carruaje. Rapunzel fue la primera entusiasta en básicamente lanzarse a sus brazos.

—¡Claro que sí, prima! —exclamó, abrazándola con fuerza— ¡Me ofende que lo hayas dudado! ¡Jamás me perdería tu despedida de soltera!

—Espero que hayas organizado algo interesante. —Escuchó a su fiel amiga, que atinó a elevar una sarcástica ceja. Entre risitas, Anna se liberó de su prima y fue hasta ella. La abrazó con cariño y juguetona, revoloteó sus incontrolables rulos.

—¡Será la mejor fiesta de tu vida!

—Ajá...

—¡En serio! Sabes que eso está asegurado... Porque lo está, ¿verdad? —Se inclinó a su oído y susurró— ¿Trajiste lo que te pedí?

—Ja. —Sonrió de lado, traviesa—. Por supuesto, amiga.

-/-

—No..., no me convence... Éste tampoco... Mierda.

Elsa se encontraba en su habitación cambiando mágicamente una y otra vez su vestimenta. No podía decidirse.

—¿Por qué le doy tanta importancia? —Comenzó a reprocharse, mientras seguía cambiando reiteradas veces el atuendo—. Solo será una fiesta pequeña. Además... —Se detuvo en seco y se quedó mirando su inseguro reflejo en el espejo—. Esta celebración... solo acorta la distancia entre el casamiento de Anna y Kristoff.

Sus párpados se entrecerraron, afligidos, pero no tardó en volver a recuperar la compostura. Debía hacerlo.

Tengo que soportar un poco más... Pronto terminará todo.

Finalmente decidió llevar un vestido negro adornado con pequeños copos de nieve. Como siempre, nada protegía a sus hombros excepto esa larga trenza de costado que tanto la caracterizaba.

Bajó con lentitud las escaleras, rogando que las invitadas todavía no hubieran llegado. No obstante, ahí estaban las dos; entablando una alegre conversación en el living. Sin embargo, faltaba alguien; Anna.

¿A dónde habrá ido?

Suspiró y se obligó a esbozar una forzada sonrisa.

—Ha pasado tiempo.

Las invitadas se dieron la vuelta desde el sillón donde estaban sentadas. Para variar, Rapunzel fue la más emocionada.

—¡Elsa! —Se levantó y la abrazó. La reina le correspondió sin ganas alguna— ¡Sí que ha pasado!

Elsa le sonrió, mientras pasaba la vista hacia la desinteresada joven detrás de ella. Merida, al notarla, solo atinó a asentir con la cabeza en un corto saludo. La mayor arrugó el entrecejo; nunca le había caído bien esa revoltosa chica. Creía que era mala influencia para la princesa.

Con la contagiosa risa de fondo de su prima, se sentaron en el sillón. La reina posó la atención en la antigua mesita ratona frente a ellas, que estaba inmersa de aperitivos. De inmediato se llevó varios a la boca; de esa forma no tendría que hablar, solo sonreír.

Mientras oía como las dos chicas se ponían al día con sus vidas, contando sus historias, buscaba con la mirada a su querida hermana.

Idiota... ¿Dónde estás?

No habían pasado ni diez minutos y ya los sentía como una hora. Odiaba estar en medio de esas jóvenes; socializar de un informal modo no era su fuerte. No sabía qué hacer; qué decir y mucho menos cómo actuar. Pensó haber mejorado un poco al haber convivido con mas gente en Storybrook. No obstante, esa mejora parecía haber desaparecido cuando regresó a Arendelle. Sus deberes como reina otra vez solo generaron que se aislase de las personas y que solo se enfocara en salvar a su reino.

Pero a pesar de eso, a pesar de esa tediosa tarea que cada día más la volvía más fría y calculadora, Anna siempre estaba con ella. Si no fuese por su hermana, enloquecería. La necesitaba. Ahora no para controlar sus poderes, sino porque era la base de su cordura.

Aunque, irónicamente también era la base de su locura.

—¡Volví!

Elsa giró el rostro hacia la menor, alumbrada.

¡Por fin!

Ese aliviado pensamiento no duró mucho, y menos la sonrisa en sus labios. Poco a poco se fue desfigurando hasta dar paso a una disconforme mueca. Las botellas de alcohol que tenía la princesa en las manos fueron las culpables.

—Anna... ¿Eso es?

La nombrada la miró y le mostró los dientes, divertida.

—¡Vino y cerveza artesanal! No puede ser una fiesta sin alcohol, ¿no crees?

Elsa, no muy convencida con la explicación, se puso de pie y se acercó a ella.

—No sé si es una buena idea...—musitó cerca de su rostro para que no la escuchasen las demás—. Sabes bien que...

—¡Elsa! —la llamó entre dientes—. Por dios, ¡ya somos mayores!

—Sí, pero...

—Tranquila. —Puso una mano en su hombro—. Nos controlaremos.

—¿Disculpa? ¿Nos? —Elevó una desconfiada ceja.

—Oh, sí —afirmó con una picarona sonrisa—. Tú también tomarás, hermanita.

—¿Q-Qué? —Dio unos pasos hacia atrás por puro instinto.

La tenía; Anna la tenía acorralada por completo. Era en demasía peligroso que alguien tan emocionalmente inestable como ella bebiera. Inestable gracias a la menor, claro está.

Tenía miedo de su propio comportamiento y por supuesto, de sus poderes. Y el no saber cómo iba a afectarle el alcohol no la dejaba muy tranquila que digamos.

—Yo... tendré que rechazar esa oferta. —dijo, dándose la vuelta.

—¡Elsa! —Atrapó su brazo, extrañada por la espalda que ahora estaba visualizando— ¿Qué te pasa?

—Nada, simplemente no me interesa beber. —Espió de reojo a las invitadas, que las observaban con cierta curiosidad— ¿Podrías dejar de hacer tanto escándalo?

—No. —Infló los cachetes—. Vas a beber conmigo. ¡Al menos un brindis! ¡Es mi despedida!

La reina ahogó un insulto y soltó un pesado suspiro en su lugar. Cierto... Se suponía que por hoy cumpliría los caprichos de su hermanita menor; o al menos eso se había dicho.

—Está bien... Solo una copa.

Anna sonrió, complacida.

—Pero si me prometes que no te pasarás. —La señaló— ¿De acuerdo?

La menor asintió una y otra vez, y besó su mejilla.

—¡Gracias! —Le dio una botella. Elsa la detalló, inquieta—. Sentémonos Els, las chicas parecen demasiado entretenidas sin nosotras. —bromeó, guiándola hasta el sillón. Se sentó de golpe, llevándosela consigo— ¡Disculpen la demora! —Colocó las otras dos botellas en la mesa— ¡Sírvanse, amigas!

Merida arqueó una divertida ceja y comenzó a servir en las copas el vino.

—¡Ahora sí que esto parece una fiesta! —exclamó, a lo que Anna rió, para luego posar la atención en su prima.

—Entonces, ¿cómo te va con Eugene? —inquirió, colocando la mano en su hombro. Rapunzel terminó en demasía rápido la copa de vino y sonrió con timidez.

—Muy bien. La verdad es mejor de lo que esperaba. Ya sabes... —Se sonrojó—. Es tan guapo... Y además conserva ese no sé qué de chico malo.

—Oh, sí. Comparado con Kristoff, tiene su toque.

—Anna... —Le dio un burlón empujoncito— ¡Es tu futuro marido! Hablar así es una falta de respeto.

—¿Respeto? —interrumpió Elsa con una sarcástica sonrisa—. Ninguno de los dos sabe lo que es el respeto.

La pelirroja frunció el ceño; Merida y Rapunzel intercalaron desentendidas miradas entre ellas.

—¿Disculpa? ¿Qué quieres decir, hermanita? —cuestionó, cruzándose de brazos. Elsa la observó, pero poco pudo mantenerle la visión. Desvió los ojos con una fastidiosa expresión de compañía.

Su intención solo era hacer una broma, pero gracias a los celos en su interior terminó haciendo un comentario de mal gusto.

—Nada. —Se limitó a decir, agachando un poco la cabeza—. Olvídalo.

Anna la contempló con el pecho apretado, aunque desconocía si éste dolía tanto por la impotencia que sentía o por la tristeza.

—¡Bueno, bueno! —exclamó Rapunzel, sujetando los hombros de ambas— ¡Acá lo importante es que debes estar feliz!

—¿Huh? —inquirió Anna— ¿Por qué lo dices?

—¿Cómo qué porqué? —Rió— ¡Porque te vas a casar, idiota! —dijo casi en un grito. Definitivamente estaba bebiendo de más; sus rosadas mejillas lo confirmaban.

—Oh... Sí. —Delineó una leve sonrisa—. Tienes razón.

Elsa la miró de reojo debido a esa extraña respuesta que, por segunda vez, no sonaba muy convincente.

—No pareces muy feliz, amiga. —acotó Merida con una cómplice tonalidad, sirviéndose de nuevo— ¿Hay algún problema?

La pelirroja la contempló gesticulando una tensa sonrisa, de esas que eran fácil de leer y solo podían significar una cosa; metiste la pata. Como si la calmara, le dio un largo sorbo a la copa. La bajó y clavó sus ahora, peligrosos ojos en ella.

—Merida, querida. ¿Por qué debería tener algún problema? Es más, creo que la del problema... —Se lanzó hacia ella de pronto y le estampó un almohadón del sillón en la cara— ¡Eres tú!

—¡H-Hey, cálmate! —exclamó entre risas.

—¡Yo también quiero jugar! —Rapunzel no se quedó atrás y se tiró encima de ellas, aplastándolas.

La reina observaba en silencio aquella conversación de personas ya ebrias. Tenía ganas de retirarse inmediatamente. Anna la miró de reojo al intuir sus intenciones; su incómoda cara lo decía todo.

—Elsa, ¡vamos! —Le acercó una copa. O mejor dicho, una temblante copa. Su tacto comenzaba a fallar—. Bebe un poco. Hazlo por mí, ¿sí?

La nombrada desvió la vista, irritada.

—¿Por qué debo beber por ti?

—¡Porque me quieres!

La reina entreabrió los labios como si hubiese sido emboscada, y un pequeño rubor se asomó por sus emblanquecidas mejillas. Bajó la mirada, sintiéndose en absoluto acorralada.

—Sí... —musitó, dibujando una triste sonrisa—. Lamentablemente te quiero.

Anna se enmudeció por esa respuesta que de afirmativa no tenía nada, a pesar de sonar así. Bufó y decidió no darle importancia; no podía dársela. No si quería que su plan funcionara. La fiesta tenía que continuar.

—Oh, vamos Els. —Se acercó y le sirvió en la copa—. Solo una.

La mayor la miró a los ojos con una clara inseguridad, y luego detalló la bebida que tanto terror le daba probar. Cerró los párpados, resignada. No podía negarse; era la fiesta de Anna, por ende, tenía que complacerla. Aunque sus ideas de complacerla no estaban ni cerca de lo que su hermana pedía.

Suspiró. Estaba demasiado cansada para llevarle la contraria.

—De acuerdo... —Agarró la copa y la llevó a sus labios—. Tus deseos son órdenes, princesa. —dijo y Bebió. Anna se sonrojó por cómo la llamó frente a sus amigas, que ahora observaban el inesperado acto de Elsa con la mandíbula desencajada.

—Ja. Por fin la reina se dignó a hacer algo divertido. —comentó Merida, conteniendo una macabra risita.

Elsa despegó la boca de la copa y le lanzó una asesina mirada. Anna se estremeció al notarla; sabía lo que se venía.

—¡Bien hecho, Els! —Rodeó sus hombros, sonriente, y derivó la atención a su amiga—. Y tú... ¿Podrías dejar de molestarla? ¡Es mi despedida, no quiero malentendidos!

—Nadie la molestó. —Atinó a decir con desinterés—. Además, ¿por qué hablas por ella?

—Cierto —acotó la mayor, soltándose con cierto enfado—. Anna, no necesito que me defiendas; puedo hacerlo bien yo sola. —Elevó una arrogante comisura, levantó la mano y cerró el puño, para luego congelarlo— ¿Qué dices, Merida?

—¿Huh? —Acortó un peligroso paso, arrugando la frente— ¿Me estás retando, reina?

—¡Hey, hey! ¡Cálmense! —Las separó Anna con las manos— ¿Alguien podría recordar que esto es una fiesta y no una guerra?

—¡Yo, yo! —exclamó su prima, levantando la mano y dando pequeños saltitos— ¡Yo puedo!

Anna rió por lo bajo, tentada por su alcoholizada reacción. Pero no era la única; los efectos de las copitas de vino también le estaban afectando.

—¡Ja, ja! ¡Eres genial! —exclamó la menor, abrazando a Rapunzel— ¡Apenas tomaste dos copas y ya parece que tomaste quince! —finalizó, por poco y cayéndose encima de ella.

—¡No te burles, prima! —La empujó, socarrona— ¡Hago lo que puedo!

Fue solo un pequeño empujón, pero eso no impidió que Anna perdiera importantemente el equilibrio. Elsa la atrapó por detrás justo a tiempo antes de que terminara estampada contra el suelo.

—¡Woah! —Giró el rostro hacia atrás—. Gracias, Els. ¡Me salvaste!

Su hermana mayor arrugó la frente cual madre decepcionada. La actitud de la princesa ya dejaba bastante que desear; hecho que no le fue indiferente.

—Hey, deberías controlarte. —musitó en su oído, reforzando el agarre en sus hombros—. No vayas a hacer ninguna locura, Anna.

—¿Locura? ¿Yo? —Se volteó por completo y atajó sus frías mejillas de golpe— ¡Nunca haría eso!

Elsa arqueó una desconfiada ceja y bajó sus manos.

—¿Lo prometes?

—¡Claro! Bueno... —Puso un dedo en su mentón—. Excepto que sea contigo.

La reina pestañeó, sonrojada.

—¿Q-Qué?

—Digo... —susurró, acercándose—. Excepto que sea una locura contigo. —finalizó con una sensual sonrisa, deslizando los dedos por su torso. Elsa se tensó y le dio la espalda.

—Tonta... Realmente estás mal.

Rapunzel intercaló los ojos entre ellas y soltó una carcajada. Elsa y Anna la miraron de reojo; una indignada y la otra tentada por su estado.

—Prima, ¿estás bien? —cuestionó la princesa, sentándose a su lado—. Pareces bastante... perdida. —dijo entre cortas risitas.

—¡Claro que estoy bien! —La abrazó de repente, sobresaltándola— ¿Y tú? Tú... —musitó, descendiendo la mirada hasta clavarla en sus labios. Sonrió y se aproximó más, hasta quedar a una corta y peligrosa distancia de ellos—. Tú... estás muy bien, primita.

Anna parpadeó reiteradas veces y emanó una fuerte carcajada que fue imitada por Rapunzel. Ésta última se tuvo que llevar la mano al estómago para controlarla; tanto, que perdió el equilibrio y terminó revolcándose en el suelo.

—¡Hey! —La pelirroja se agachó para levantarla, pero el equilibrio no parecía estar de su parte tampoco— ¡Ouch!

Por supuesto, cayó sobre ella.

—¡Ouch yo! ¡Pesas! —Atrapó sus hombros, aún riendo, y deslizó una de sus manos hasta su cintura— ¿Has aumentado de peso?

Anna estrechó la visión en una falsa amenaza.

—Cómo te atreves... —Empezó a hacerle cosquillas sin piedad, deleitándose con al desesperación de su prima— ¡Tú sí que engordaste!

Para esta altura, la reina se encontraba bebiendo un poco de más con tal de pasar aquella fiesta que solo parecía arrancar. Y no se equivocó, apenas estaba empezando. Lo confirmó y al mismo tiempo se atragantó cuando visualizó cómo esas cosquillas se estaban transformando en juguetonas caricias.

—¿Te gusta aquí, primita? —inquirió Anna sensualmente, acariciando su muslo de arriba hacia abajo. Rapunzel entrecerró un ojo, ruborizada. Contrario a ella, Elsa los abrió de par en par, paralizada.

—Oh..., prima. Sí que sabes como... ponerme. —Insinuó, sujetando su rostro—. Hazlo más...

—Entonces... —Se aproximó hasta casi rozar sus labios—. Lo ha...

—¡Ya es suficiente! —exclamó la reina, poniéndose de pie de pronto. Todas posaron la vista en ella, desentendidas.

Anna notó como sus puños se encontraban tan apretados que hasta estaban rojizos. ¿Estaba... enojada?

—Elsa..., fue una broma. —se excusó, incorporándose. Trató de llegar hasta ella, pero su hermana se sentó otra vez y no se dignó a mirarla—. Elsa...

La nombrada presionó las mandíbulas mientras hacía todo lo posible para evitar el contacto visual con la menor. La frustración que sentía no tenía ni pies ni cabeza; sabía que ella solo estaba jugando con su prima, y sin embargo...

¿Acaso ahora estoy celosa de mi prima? Dios, sacrifíquenme...

Pensó, soltando un cansado suspiro. Suspiro que le resecó la garganta; se la agarró, desentendida.

Oh, oh...

Sip, el alcohol empezaba a dar frutos en su ser. Su cabeza ya no estaba en las mejores condiciones.

Merida, sentada al lado de la preocupada reina, detalló como Anna se daba la vuelta, desganada, y volvía a hablar con Rapunzel. Regresó la atención a Elsa y sonrió, ensombrecida.

—¿Qué sucede, reina? ¿Te molesta que Anna sea tan cariñosa con su querida prima?

Elsa casi escupió lo que estaba bebiendo.

—¿D-De qué hablas?

—De que he visto cómo la miras. Eres bastante obvia, ¿sabes?

La reina desvió la visión a la chimenea —No se dé que hablas.

Merida sonrió. Algo en esa sonrisa no le gustaba; parecía saber un oscuro secreto.

—No debes avergonzarte. —Empezó a decir, pasando un tranquilo brazo por el respaldo del sillón—. Anna es muy bonita.

—... ¿Qué?

—Si no estuviera con Kristoff, definitivamente trataría de tener algo con ella.

Elsa escupió por segunda vez el vino, pero en esta ocasión terminó esparcido por toda la cara de su acompañante. Merida elevó una fastidiosa ceja y se limpió.

—Tampoco era para que me escupieras...

—¿Q-Qué has dicho? —Obvió por completo su acto anterior— ¿Te gusta Anna?

Asintió, indiferente.

—Pero ambas son... —Se detuvo en seco, perdiendo la mirada en su hermana menor que estaba bastante entretenida con Rapunzel.

No pensó encontrarse con alguien como ella en mucho tiempo, es decir, alguien homosexual. Al parecer tenían algo en común; eso era una verdadero milagro.

—Mujeres, sí. —La despertó—. Pero no creo que eso sea malo. —Se inclinó un poco hacia ella y le guiñó un ojo—. Mejor hablemos del incesto... ¿Qué dices?

Elsa tragó saliva con fuerza. ¿Merida sabía lo que sentía por su hermana? Esas no eran buenas noticias.

—¡¿Alguien dijo insecto?!

Tanto la reina como Merida posaron la vista en la notable y ebria Anna, que se acercaba a los saltitos. Se sentó en el medio de ellas y las miró una por una con una atontada sonrisa.

—¿Dónde está el adorable bichito?

La mayor se llevó la mano a la boca y reprimió una carcajada que Merida no se privó de emanar. Ésta última le dio varias palmaditas en la espalda, socarrona.

—¡Ya estás tan mal, amiga!

—¡No lo estoy! Solo estoy... alegre.

Elsa sonrió con ternura al verla. Solo Anna podía calmarla en esos momentos donde fue notablemente descubierta por su enemiga y no sabía dónde meterse.

—¡Tengo una idea! —exclamó de la nada misma Rapunzel, en un estado igual o peor que Anna— ¿Y si jugamos a algo? ¿Qué tal a la botellita?

La mayor se refregó la frente, deseando estar en el desolado castillo de hielo que había creado tiempo atrás para aislarse de la realidad.

Pensé que solo en el mundo de Emma existía ese estúpido juego...

Estaba temiendo en demasía por esa velada.

—Somos solo mujeres. —acotó, a lo que todas la contemplaron con curiosidad—. No podemos jugarlo.

—Oh. —emitió su prima, desanimada—. Es cierto... Aunque la verdad no creo que sea tan malo. No me molestaría besarlas.

La reina la miró de golpe, entre sorprendida y horrorizada. Anna por su parte, se limitó a reír en un murmullo.

—A mi tampoco me importaría besarte, Rapunzel... —contestó con una seductora tonada que no le hizo ninguna gracia a la reina.

Su prima le guiñó un ojo a la pelirroja e hizo un sensual ademán con el dedo.

—Entonces ven por mí, primita... —Extendió los brazos y Anna, entre risas, comenzó a acercarse hacia ella. Para esta altura, Elsa no podía devolver el labio inferior al superior.

¡¿Pero qué mier...?!

Sus pupilas se ampliaron hasta por poco y cubrir su celeste color, cuando Rapunzel rodeó con los brazos la cintura de la princesa y ésta última cruzó los suyos alrededor de su cuello. Frunció el entrecejo, tanto, que se desfiguró. Y guiada por la furia, elevó la mano y conjuró un inmediato muro entre ellas que las separó.

Ambas pestañearon y se soltaron, sorprendidas. Anna giró el rostro con sigilo y detalló a Elsa; su mano, ahora inmersa de escarchas, temblaba como si no pudiese contener la impotencia que la irrumpía.

—¿Elsa...?

—¡Esto es indecente! —exclamó, bajando el brazo. Se dio media vuelta, apretando las mandíbulas con fuerza.

¿Ahora la nueva era que su prima podía besarla y ella no? Eso sí que no lo iba a permitir.

La traviesa risa de Merida interrumpió aquel tenso momento.

—Cálmate, Elsa. —Puso la mano en su hombro—. Tengo una mejor idea.

La reina giró el rostro hacia ella con una clara expresión disgustada y se soltó con asco.

—No me fío de tus ideas, Merida. —espetó.

—Tendrás que hacerlo. —Se defendió, cruzándose de brazos—. Porque tu querida familia no está en condiciones de elegir un juego. —Señaló a Rapunzel y Anna. Ambas reían entre ellas; si es que esos indescifrables y ridículos sonidos se podían llamar risa.

Elsa suspiró, resignada.

—¿Cuál es tu magnífica idea, entonces? —preguntó.

Merida arqueó una picarona ceja y respondió:

—Verdad o reto.

—¿Esa es? Decepcionante...

—¡Pero! —La interrumpió, levantando el índice— ¡Con la botella!

—¡Oh! —exclamó emocionada Anna, agarrando sus hombros— ¡Suena bien!

—Esperen, esperen... —Apareció Rapunzel detrás de ellas, tambaleante— ¿Cómo lo haríamos con la botella?

—Muy fácil, querida. —respondió la escocesa, confiada—. La giramos y a quién le toque deberá decir una verdad. En caso de que no quiera revelarla, beberá.

—¡Bien hecho, amiga! —gritó en su oído Anna, ensordeciéndola— ¡Es una gran idea!

—Es una mala idea... —musitó para sí la reina, desviando la mirada.

—Y aún no termina. —agregó Merida, sentándose en el suelo—. Si alguien decide no confesar, no solo beberá, sino que también habrá un castigo.

—¡Woah! —exclamó Rapunzel, sentándose a su lado—. Sí que eres inteensa.

—Muy intensa. —La imitó su prima, sentándose. Elevó la vista y contempló a una titubeante Elsa— ¿Qué sucede? Siéntate con nosotras. —Le dio unas palmaditas al suelo, llamándola.

La rubia observó aquella situación, petrificada. Ese juego definitivamente era peligroso.

Suspirando, para variar, decidió sentarse. Sin embargo, no al lado de su hermana, sino enfrente. Su cabeza ya no se encontraba en el mejor momento como para tenerla tan cerca.

—No sé cómo terminé aquí... —murmuró, refregándose la frente.

Anna, que se extrañó por su evasivo comportamiento, atinó a forzar una sonrisa y dedicársela.

—Gracias a mí. Así que si quieres culpar a alguien, aquí estoy. —Ascendió una traviesa comisura e hizo un fanfarrón ademán con la mano.

La reina se achicó en el lugar, mientras un no bienvenido calor asaltaba a sus mejillas. Quería enojarse con la menor por su descaro, pero en vez de eso le había parecido en demasía sensual aquel gesto que hizo.

Algo le estaba provocando dejar de pensar racionalmente; algo que intuía bien qué era.

Mierda..., me estoy mareando. ¿Para qué bebí? Esto no va bien...

Rapunzel colocó una botella vacía en el medio de la ronda que habían armado y se preparó para girarla. Justo al momento de hacerlo, Merida atajó su muñeca, deteniéndola.

—¡Espera! Este juego merece una verdadera bebida.

Anna, que se encontraba a su lado, clavó los ojos en ella con un mudo entusiasmo y detalló como sacaba de su mochila una botella que tenía un liquido verde y bastante extraño.

—¿Qué es eso?—inquirió Rapunzel, casi hipnotizada por ese mágico color. Anna, en el mientras tanto, tuvo que contener la maligna sonrisa que ahora deseaba esbozar con urgencia.

Su amiga había cumplido con su deber al traer esa misteriosa bebida. Merida, como si leyera su mente, le lanzó una vivaz mirada y regresó la atención a todas.

—Absenta... —susurró su nombre de una tenebrosa forma que daba a entender que esa bebida de sana no tenía nada.

—¿Absenta? —repitió Elsa, percibiendo un incoherente escalofrío recorriéndole la piel.

—Se dice que es la bebida de la verdad. —continuó con aire misterioso—. Ya sabrán porqué.

Aquellas palabras no tranquilizaban a la mayor; para nada. Sentía que su temperatura comenzaba a bajar y subir reiteradamente; no podía controlar las olas de calor que la atacaban. Por suerte, su helado poder luchaba en su interior contra eso.

Miró a la menor de reojo y se topó con una cómplice sonrisa que no era para ella, sino para su mejor amiga que, la recibió encantada.

—Perfecto. —musitó Anna, detallando la verdosa botella.

Su hermana no parecía sorprendida con esa bebida... Es más, lucía como si ya la conociese.

—¡Bien, comencemos!

Elsa regresó la vista al frente con rapidez, entumecida. Rapunzel ya había girado la botella, para su creciente mala suerte.

Todas la siguieron con la vista hasta que finalmente se detuvo.

—Oh... —emitió Merida al ser la elegida—. Veo que no puedo escapar, así que... vamos, ¿qué verdad quieren saber?

Anna fue la primera en levantar la mano, hecho que no paso desapercibido por su hermana.

—¿Hay alguien que te guste? —inquirió notablemente curiosa, inclinando el rostro hacia ella.

La escocesa la observó, pensante, para luego pasar la visión a la reina; le sonrió con cierta perversidad y respondió:

—Sí, hay alguien que me gusta.

Todas abrieron los ojos, sorprendidas; excepto su amiga, que parecía conocer mucho más que solo esa respuesta.

—Hey..., eso no es divertido. ¡Se suponía que tenías que mentir y beber! —exclamó Anna, haciendo un puchero.

Elsa, cautelosa, posó los ojos en la menor con un grado de alivio. Parecía ser que ésta desconocía el hecho de que su mejor amiga estaba enamorada de ella; si es que lo que dijo Merida era verdad.

Menos mal que es tan distraída...

El sonido de la botella provocó que retornara la mirada al frente. Otra vez estaba girando; otra vez su cordura peligraba.

Abrió los ojos de par en par cuando la velocidad del giro empezó a disminuir, amenazando con detenerse en ella.

Oh, no... ¡Por favor, no!

Y en efecto, se detuvo en la reina. Se tensó y frunció con rudeza los dedos sobre su vestido. Era su fin.

—Hm... Pero qué agradable sorpresa.

Reconoció a la perfección esa arrogante tonada antes de siquiera llegar a mirarla; Merida estaba disfrutando de su tortura. La espió de reojo y volvió a clavar la atención en la botella. Si no decía la verdad tendría que beber aquella extraña bebida que no parecía nada inocente.

—Esta vez yo preguntaré. —dijo Merida, inquietándola. Sabía lo que podía llegar a cuestionar.

Elevó la vista de golpe, furiosa. No obstante, en vez encontrarse con la socarrona mueca de esa chica que con el paso de las horas le caía peor, se topó con los expectantes ojos de su hermana menor.

¿Por qué me mira así?

Esquivó aquellas esmeraldas antes de que el calor que ya sentía se tornara insoportable. Al hacerlo, chocó con la vacía mirada de Rapunzel. Ella claramente estaba en su propio y ebrio mundo.

—Elsa. —Merida de nuevo; pavor en camino— ¿Lista para responder?

Tratando de mantener la compostura, se acomodó mejor en sus flexionadas rodillas y levantó el mentón, dispuesta a contestar.

—Dime. —se limitó a decir.

Su némesis rió por lo bajo debido a su visible rigidez y entreabrió los labios de una lenta forma que a la reina le pareció en demasía exagerada.

—Elsa... ¿De quién estás enamorada?

La pregunta quedó rebotando en el lugar. Tragó saliva, nerviosa. No solo la había dejado expuesta, sino que había afirmado que ya estaba enamorada de alguien.

Apretó el puño con la furia en aumento.

Algún día voy a congelarla lenta y dolorosamente... Lo juro.

—¿Huh? ¿Mi prima está enamorada? —preguntó Rapunzel, pero poca importancia le dio. Estaba muy ocupada intentando pensar algún plan que no requiriera contestar pero tampoco beber— ¡Eso es inusual! ¡Dinos de quién!

Elsa ascendió la visión, titubeante, y aún sin un plan fresco que usar. Volvió a tragar saliva al notar a su hermana menor cabizbaja y con una expresión pensativa. Eso... sí era inusual.

Anna... No puedo decirlo.

Miró la botella con aquel elixir, para luego desviar la mirada otra vez hacia sus invitadas. Una en especial la contempló fijamente y le guiñó un burlón ojo.

Maldita Merida...

—Vamos, reina. ¿Responderás o...? —Agarró esa peligrosa botella y la revolvió un poco— ¿Beberás?

Ahora directamente ni podía tragar saliva; su garganta se encontraba reseca.

¿Qué debo hacer? Espera... Podría levantarme tranquilamente y decir que todo esto es una estupidez. O simplemente podría congelarlas y escapar... O quizás...

Se refregó la sien, perdiendo al paciencia.

¿Congelarlas? ¡¿Pero qué demonios estoy pensando?!

El vino le había afectado, era un hecho.

—Elsa... —La voz de su hermana retumbó en su ahora, pesada cabeza— ¿No vas a responder?

La reina la observó, consternada y boquiabierta. Su voz por poco y había sonado a una súplica, pero sus ojos... Esos verdosos ojos le suplicaban más que sus propias palabras.

Anna... ¿De verdad quieres saberlo? Si es así...

Tomó aire, dispuesta a dar una respuesta. Ya no podía huir.

—Yo...


¡Primera parte de este capitulo! Ahora sí que esto se va a descontrolaaar (?

¡Gracias por leer y por los comentarios!

¡Nos vemos en el prox!