Mil perdones a quienes siguen la historia por el imperdonable retraso.
Como siempre, miles de gracias a Altariel de Valinor por ser mi beta.

Capítulo 8

Sherlock se apoyaba en la pared observando con impaciencia cómo Lestrade intercambiaba palabras inútiles con el sanitario que custodiaba el cuerpo hasta que fuese trasladado a la morgue. De las dos personas encontradas en el rio, una de ellas ingresó cadáver debido a las heridas de lo que, para Sherlock, era evidentemente un interrogatorio donde de habían empleado métodos violentos. El otro hombre se encontraba en el quirófano, pero las posibilidades no eran muchas de que sobreviviese.

Después de haber conseguido las huellas y las pertenencias personales del fallecido, Lestrade intentaba sacar algo de información al sanitario, perdiendo un tiempo precioso que ponía a Sherlock cada vez más nervioso. Con intenciones de salir de allí a fumar mientras esperaba al D.I., se dirigió a la salida de urgencias, deteniéndose en seco al ver a uno de los hombres de Anthea caminar en su dirección con el uniforme de asistente de quirófano, la identificación convenientemente vuelta hacia atrás y un calzado no permitido dentro de ningún hospital para su personal. El hombre pasó por su lado sin mostrar reconocimiento, dirigiéndose a los asesores. Sherlock sacó su móvil enviando a Lestrade un apresurado mensaje de que lo esperase en la puerta de urgencias y se dispuso a seguir al hombre de Anthea.

Entró tras él en el ascensor, sin prestarle atención aparente, siguiéndolo cuando salió en la cuarta planta. Cuando lo vio entrar en una de las habitaciones destinadas a la ropa sucia frunció el ceño, no era lo que esperaba, pero haciendo una panorámica no distinguió ninguna cámara en el pasillo, y la que vigilaba el ascensor era fija, por lo que se hallaba en un punto ciego, así que se arriesgó y entro en la sala tras el agente.

Había entrado apenas un metro cuando la puerta se cerró y quedó sumido en la oscuridad.

-¡Por favor! –Murmuró dejando traslucir todo el fastidio que le causaba la situación-, ¿vamos a hablar en la oscuridad con voces susurradas y contraseñas con respuestas? ¿Es ese el patético nivel de nuestro servicio secreto?

La luz de la habitación de encendió cegándolo durante unos segundos hasta que vio claramente al hombre.

-Contención de daños, señor Holmes, nadie que pueda recordarlo hablando con un sanitario que no reconocen, nadie que escuche por casualidad… debería estar satisfecho con que me detenga para darle algunas indicaciones en lugar de dejarlo en la oscuridad con ideas equivocadas. Lo que necesita saber es que el hombre del quirófano no saldrá con vida.

-No me toma por sorpresa –dijo, intentando ocultar el desagrado que le causaba la confirmación de sus sospechas.

- Cuando el D.I. Lestrade le pida ayuda para saber qué ocurrió para que dos cuerpos sean incinerados por equivocación cuando debían estar bajo custodia a la espera de identificación, usted no intervendrá. No habrá archivos médicos ni forenses, no habrá informe de los sanitarios ni registro ¿lo entiende?

-Por mucho que lo piense el D.I no es del todo idiota. -No acostumbraba a defender a nadie, pero el D.I. había demostrado en ocasiones que tenía algo de cerebro.- ¿Qué hay de las huellas que Lestrade tiene? ¿Los efectos personales?

-Se perderán en la vasta burocracia de evidencias no identificadas de Scotland Yard cuando haya sacado de ellas toda la información que necesite, por lo que le animo a que no deje que el Inspector las deposite en el departamento de pruebas sin que usted le ponga las manos encima.

Una risa incrédula salió de la garganta de Sherlock sin poder evitarlo.

-Lestrade no se dejará engañar–dijo con convicción.

-Imagino que prefiere que no sufra ningún desgraciado accidente que lo envíe a una larga convalecencia. No es una amenaza, sr. Holmes, sólo cumplo órdenes; le repito que esto es contención de daños y, según creo, ya está más o menos al corriente de cómo funciona. La única información que le interesa de esos dos hombres está en esas pertenencias, pero una vez que haya descifrado el misterio debe desaparecer cualquier indicio de esas dos personas, ¿lo entiende? Para la portada son sólo víctimas de una palea entre bandas, personas insignificantes que deben desaparecer.

-Entiendo, no debe quedar constancia de los métodos de interrogación que se usan en ciertos círculos. –Sherlock hizo un recorrido por la imagen del hombre, nudillos enrojecidos, músculos sobrecargados, ligera molestia en una rodilla, quizá por una mala postura al sujetar un peso muerto… -. Una vocación encomiable la suya.

-Llámelo servicio a la patria, o el mal menor.

-Prefiero tomarlo como la salida que encontró para dar rienda suelta a sus instintos violentos sin que haya consecuencias. ¿Qué fue antes, policía? Supongo que tenía muchas quejas de sus superiores por sus métodos...

-No se me permite decirle nada más. –Lo cortó el agente con sequedad, enseñando los dientes y abandonando por fin la máscara de tranquilidad-. Y si es la mitad de listo que el otro Holmes, creo que tiene más que suficiente con esto.

Una sonrisa desdeñosa curvó apenas los labios de Sherlock, que lo comparasen con Mycroft era una forma de estimular sus ganas de quedar por encima. Se volvió a medias para dar la espalda al hombre con la mano apoyada en el pomo de la puerta.

-Comprendo. ¿Algo más? –se estaba cansando de ese juego de espías, era a Mycroft al que le iban esas cosas.

-Recuerde, no hay más apoyo.

-Eso ya me lo aclaró Evans.

-¿Quién le ha dicho que trabajo para Evans? –Y con esa frase dejó a Sherlock desconcertado, tomando la delantera y abandonando la habitación, donde el detective permaneció varios minutos, repasando la conversación hasta que su móvil vibró sacándolo de sus pensamientos.

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Lestrade estaba fumando en la puerta urgencias cuando Sherlock lo encontró. Ofreció el paquete de cigarrillos al detective sin una palabra, quien lo aceptó encendiendo uno mientras se dirigían al coche.

-¿Dónde estabas? –dijo el D.I. mostrando una bolsa de evidencias mientras avanzaban y poniéndola en las manos de Sherlock cuando entraron en el vehículo-. Tenemos que volver a la central a ver que sacamos de aquí, si Sally ha conseguido algunos nombres de esas imágenes del accidente podemos cotejar las huellas…. ¡EH! ¿Pero qué demonios crees que haces?

Sherlock había abierto la bolsa de evidencias y comenzó a sacar las pertenencias de los hombres del hospital-

-Busco algo que nos diga donde será.

Lestrade sujetó la mano de Sherlock y la bolsa, encontrándose un segundo después con la mirada desquiciada de Sherlock sobre él, hacía mucho que esa faceta del detective había dejado de ser común en el trato con Lestrade.

-Sherlock –intentó con voz más razonable-, las pruebas deben tratarse con las menos interferencias posibles, no sirve que tenga tus huellas por todas las pertenencias de dos hombres a los que han dado una paliza hasta matar a uno y al otro dejarlo el borde.

-Esta noche –siseó Sherlock-, Lestrade… no hay alerta antiterrorista, no hay orden de búsqueda de tus sospechosos…. Sólo lo que hay en esta bolsa… puedo encontrar el lugar donde será…

-¿De qué hablas?

-¡De lo mismo que te advirtió mi hermano antes de desaparecer de nuevo! –dijo, en un grito contenido; se había cansado de jugar a guardar silencio- ¿Crees que no he visto tu segundo teléfono? ¿Qué no sé que se contactó contigo cuando lo atacaron y que lo encubriste? Posiblemente te encargaste de sus heridas ¡Incluso te deshiciste de tu mujer para estar a sus órdenes! Y cuando dejó de necesitarte se marchó y te ignora como la pieza prescindible que eres ¡Es lo que hace! ¡Abandona a las personas cuando ya no las necesita mientras tú te quedas atrás con la mediocridad y sin nadie que te diga como parar la velocidad de tu cerebro! ¡Él es el dios perfecto que domina a todos y todo y sólo baja de si pedestal para recordarte lo decepcionante y humano que eres cuando fallas…. –Se detuvo respirando con rapidez, cerrando los ojos con fuerza como si intentase borrar lo que acababa de decir sin saber muy bien de donde venía la repentina rabia.

-Sherlock –susurró Lestrade, desconcertado por el extraño estallido de emoción del detective. En el tiempo en que se han conocido, Lestrade le ha tomado aprecio, y hay veces en las que le ha dado a entender que estaría dispuesto a escucharlo si en algún momento necesitaba un oyente amigo, pero nunca habían vuelto a ninguna confidencia como las de los primeros días-. No estoy a su servicio, han sido dos años sin saber nada de Mycroft hasta ahora, yo mismo corté el contacto con él, lo sabes, pero la otra noche parecía no tener a quien acudir.

-No… no quiero saberlo…

-No quería ponerte en peligro, me pidió que no te involucrase.

Sherlock abrió la puerta, saliendo del coche como si el aire dentro de vehículo se hubiese agotado. Se apoyó en la pared, preparado para vomitar mientras respiraba profundamente con los ojos cerrados. Lestrade lo había seguido, apoyando una mano sobre su espalda, sin saber cómo reaccionar. Que Sherlock no huyese de ese mínimo contacto le decía más sobre la agitación en la que se encontraba que todas las explicaciones que pudiese dar.

-Volvamos al coche Sherlock –dijo al fin, empezando a ser consciente de las miradas de los transeúntes.

-¡Las llaves! –susurró Sherlock triunfante enderezándose y zafándose del contacto de Lestrade.

-¿Qué?

-¡Las llaves, Lestrade! ¡Hay cuatro llaves de coche! -La expresión de Lestrade hizo que Sherlock volteara los ojos con fastidio-. Comienzo a pensar seriamente que es necesario carecer de cerebro para ser policía.

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Minutos mas tarde ya estaban en camino hacia la central de Scotland Yard tras ser informados de la muerte del segundo desconocido en el transcurso de la operación, mientras Sherlock enviaba frenéticamente mensajes de texto desde su móvil, murmurando de cuando en cuando palabras que Lestrade no lograba descifrar.

Apenas habían pasado veinte minutos cuando el sargento Sally Donovan comenzaba a recibir mensajes de texto con matrículas de vehículos y modelos. Sin comprender llamó a Lestrade para saber por qué estaba recibiendo esos mensajes de un número que no tenía registrado pero que sabía pertenecía a Sherlock.

-Comprueba que la matricula pertenezca al vehículo que la tiene.

-¿Para qué, jefe?

En segundo plano escucho la voz de Sherlock gritando sobre la de Lestrade.

-Habrán cambiado las matrículas, la que no coincida con el modelo con el que está registrado en tráfico será sospechoso.

-Señor…

-Hazlo, Sally, en 10 minutos estaré allí y te lo explico –Lestrade cortó la comunicación mirando el perfil de Sherlock -, espero que no estés equivocado.

Sherlock no respondió. Entre las pertenencias de los dos hombres que estaban camino de la morgue, aparte de las llaves, encontraron un encendedor y un ticket de un bocadillo, ambos relacionados con la zona de Picadilly. El encendedor se había repartido dos noches antes en una discoteca entre los transeúntes para la promoción de una nueva sala de la misma, lo que situaba a uno de los fallecidos en la zona. Tras evaluarla, Sherlock trazó mentalmente un mapa donde un coche bomba haría un daño importante cerca de Downing Street. Puso a su red a trabajar en busca de vehículos de los modelos concretos a los que pertenecían las llaves que había encontrado, teniendo como epicentro de la búsqueda la discoteca. Aún le quedaban 3.500 libras de los fondos que le proporcionó Anthea, por lo que podía incentivar la búsqueda de manera efectiva. Una vez que comenzara a llegar la información sobre las matrículas de los vehículos que correspondían a esos modelos se trataba de descartar los que efectivamente coincidan la matrícula con el registro… un juego de niños con la única desventaja de que el tiempo corría en contra.

Cuando Lestrade lo planteó a Sally, ella se quedó mirándolo con desconcierto.

-¿Por qué no contactamos con la unidad antiterrorista? –Se limitó a contestar encogiéndose de hombros-. Si nosotros tenemos esa información ellos estarán al tanto por mucho que nos mantengan al margen.

-No hay tiempo –cortó Sherlock con brusquedad, mirándola como si estuviese cometiendo una estupidez al dudar siquiera-, ¿hace su trabajo sargento o se arriesga a lamentarse mañana de no haber oído mis advertencias?

-¿Señor?

Lestrade la miró, consciente de que no podía confiarle todo lo que sabía. La desconfianza de la sargento Donovan hacia Sherlock no se había suavizado en lo más mínimo en el tiempo que éste último colaboraba con el Yard, y la colaboración estrecha entre ambos solo traía discusiones y malas maneras. Tomando una decisión de la que esperaba no arrepentirse, tomó a Sally del brazo y la acercó a la esquina más alejada de la sala de conferencias hablándole en voz baja.

-Tengo razones para estar seguro de que habrá un atentado esta noche, Sherlock solo ha unido algunas piezas, pero mi informante las confirmó hace dos días.

-Señor, el Equipo Cobra* no ha lanzado ninguna alerta en los últimos meses.

-No, pero la persona que coordina los efectivos de ese equipo tiene contactos con nuestro consultor externo –hizo un gesto en dirección a Sherlock, que esperaba inmerso una vez más en su móvil. Lestrade había alimentado, sin confirmarlo, la creencia de Sally de que Sherlock había estado coqueteando con el espionaje años atrás, usando esa baza en alguna que otra ocasión para que aceptara sus informaciones sin demasiadas preguntas-. Se puso en contacto y me hizo notar algunos de los puntos en los que debía entrarme. ¿Por qué crees que mi mujer está fuera?

Lestrade casi pudo decir que vio los engranajes de Sally encajar mientras repasaba los hechos, los vehículos robados, la sustancia encontrada en uno de ellos, las búsqueda en delincuentes internacionales, las conexiones de Amanda Walsh… eran marcas sutiles en las que Lestrade se había lanzado de cabeza con convicción.

-¿Y cuándo dice el friki que será?

-Esta noche. Vamos a trabajar con la hipótesis de que tenemos que buscar entre uno y cuatro coches que pueden haber sido manipuladas para explotar. Debemos localizarlos y confirmarlo. Sherlock tiene gente buscando, nosotros haremos las comprobaciones…. Después avisaremos al superintendente.

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Mycroft observó a la mujer a través de la ventana de la oficina ubicada en la primera planta. Estaban en una nave en las afueras de Londres, supuestamente abandonada desde fuera, perfectamente funcional dentro. La mitad del edificio era diáfano con techos altos, con cubículos ubicados a lo largo de los muros. La otra mitad tenía un complejo de oficinas, una de las cuales ocupaba Mycroft, mirando como Amanda Walsh lloraba sentada en una silla con las manos esposadas a una mesa en el centro del almacén. Frente a ella uno de los hombres de Mycroft permanecía impasible solo a la espera de órdenes.

-Los vagabundos que ayudan a su hermano están peinando la zona –el hombre que había hablado con Sherlock en una de las dependencias del hospital permanecía en pie al otro lado de la mesa de la oficina contestando a las preguntas que se le hacían, usando como siempre, las menos palabras posibles.

-¿Y el D.I.?

-Tres personas de su departamento están haciendo comprobaciones en los registros de tráfico. Los cuerpos ya han sido eliminados y las pertenencias reubicadas.

-Bien. La señora Walsh, ¿se han arreglado sus asuntos? –una mueca de dolor atravesó el rostro Mycroft al hacer un movimiento brusco, apartándose de la ventana para enfrentar a su agente. Los analgésicos no disminuían mucho el dolor de su pecho, pero la herida parecía estar cerrando bien, por lo que descartaba acudir a uno de sus médicos para ser apartado durante días del trabajo. Había perdido un tiempo precioso por culpa de su propio descuido y no iba a repetirse. Había recuperado su vestimenta habitual y mantenía inmovilizado el brazo para evitar tensiones innecesarias en la herida, por el momento era su única concesión a su estado.

Después de haber abandonado el apartamento de Lestrade y acudir al hospital a ver por sí mismo el estado de Anthea bajo un ridículo uniforme de enfermero, decidió que se había escondido bastante tiempo. Si conocía bien a su asistente sabía exactamente a quienes había reclutado para encontrarlo, y efectivamente pudo contactar con ellos en el mismo hospital para resolver el asunto en el que se encontraban con la máxima discreción posible. Después de informar a Evans de que deseaba prolongar su supuesta desaparición unas horas más en los canales oficiales, y hacerse cargo de quienes habían atentado contra él mismo y contra Anthea, indicó cuales debían ser los pasos a seguir con su hermano, se trasladó a la fábrica, donde organizó la localización y retención tanto de la señora Walsh como de las dos personas que la habían recogido de las manos de Anthea.

Gracias al trabajo de su asistente, tenía la composición del grupo que estaba actuando en Londres. Los dos hombres que habían sido "interrogados" después de recuperar a la hija de Amanda, confirmando lo que ya sabían. La señora Walsh había proporcionado los contactos con antiguos integrantes del IRA para diseñar el plan de entrada en el país de los cinco hombres y proporcionarles identidades y lugares donde permanecer hasta el día del atentado. Había sido evidente que ella había sacado partido de la ocupación del que había sido su marido para conocer horarios y hábitos de personas integradas en la vida política que frecuentaban el club Diógenes. El golpe de suerte había sido que Mycroft, en una de sus escasas interacciones personales, había mantenido contactos con Pete Walsh, proporcionando, sin saberlo, un arma que había sido usada contra él. El fallo del plan había estado en la conciencia del propio Pete que, a diferencia de su exmujer, fue incapaz de disparar a Mycroft una segunda vez cuando simplemente lo hirió en el apartamento del edificio Chapel. El mayor de los Holmes sabía que aunque no hubiese vuelto a terminar con él después de que hubiesen amenazado la vida de su hija, Pete estaría muerto de todas maneras cuando se hubiese convertido en una pieza inservible.

El cabo que quedaba suelto era el quinto hombre, aún no localizado y que representaba un peligro mientras no fuese neutralizado. Aquel desastre debía ser cerrado y olvidado lo antes posible, sin que la sombra del MI6 apareciese por ningún sitio para preservar la integridad del informante al que todo este despropósito intentaba proteger.

-Solo esperamos el momento idóneo, señor –contestó el agente con referencia a Amanda Walsh.

-Asegúrese de que no queden detalles poco claros que puedan llamar la atención del Yard. Respecto a nuestro quinto hombre… distribuya la imagen entre los habituales, cualquier información será recompensada.

El agente abandonó la oficina con sus órdenes, dejando a Mycroft ante la mesa donde esperaba el teléfono desechable con el que se había mantenido contacto con Lestrade. Sabía que en el momento que hiciese la llamada volvería a ser dejado de lado por el D.I por su falta de confianza hacia él y el haberlo mantenido en la oscuridad por casi dos días…

Suspirando resignado, inició la llamada y esperó hasta que se cortaron los tonos. Volvió a llamar, consciente de que Lestrade lo estaba castigando.

-Detective Inspector –dijo una vez que estableció contacto en el límite de los tonos, escuchando la respiración enfurecida al otro lado-, Greg…

-Estás con vida, al parecer. –la dureza del tono no pasó desapercibida a Mycroft

-Te debo una disculpa por el silencio de las últimas horas, pero era necesario para llevar a cabo la limpieza del desastre. Me ocuparé de agradecer la ayuda prestada una vez que volvamos a la normalidad –al otro lado, Lestrade se mantuvo en silencio, como si estuviese sopesando las siguientes palabras.

-¿Vuelves a tener el control, entonces?

-Extraoficialmente. Mañana una vez superada la crisis, todo será como debe ser -un suspiro se escapó al otro lado, y durante un momento Mycroft se preguntó si no debería haber hecho las cosas de manera diferente, confiando en Lestrade al nivel al que su hermano lo hacía. – Si hay algo que pueda hacer por ti, no dudes…

-Vete a la mierda, Mycroft –y colgó.

*Equipo Cobra:
célula de coordinación antiterrorista del primer ministro.