SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Ocho:

El Polizón

Richard Dresmont jadeaba mientras corría, sus brazos y piernas bombeaban con esfuerzo mientras se apresuraba hacia su casa. Miró hacia la costa y vio con horror cuando el barco pirata izó su bandera en el mástil, el extraño perro parecía gruñir agitado por el viento. Con la bandera ondeando sobre él, observó cuando el barco mismo giraba hacia el Fuerte James moviéndose rápidamente contra la fuerte corriente de aire. Hipnotizado, comenzó a detenerse, su respiración salía en jadeos mientras miraba en completo horror cuando el barco liberó otro disparo de cañón.

"No." Susurró incrédulo mientras veía a la pequeña isla que soportaba las horcas comenzar a derrumbarse cuando las balas de cañón impactaron en sus suelos. Cayendo de rodillas sintió su corazón apretarse en su pecho mientras el sonido de gente exaltada llenaba sus oídos gritando de dolor, confundidos y perdidos llegaban a sus ensordecidos oídos. "Imposible," se escuchó susurrar cuando otra ola de disparos de cañón se precipitó hacia la isla dejando un camino de destrucción a cada forma que impactaba. "Es imposible."

"Sr. Dresmont!"

Apenas registró su nombre y el sonido de una mujer con profunda angustia. Aturdido, giró sus ojos para atender el llamado solo para quedar cara a cara con una mujer llorando histérica.

"Sr. Dresmont!" Gritó ella alocanzóndolo, cayendo de rodillas y agarrando sus solapas fuertemente mientras sus lágrimas desbordaban sus ojos y bajaban por sus mejillas con angustia. "Qué hacemos?" Le rogó ella mientras sus dedos se clavaban en la tela de su chaqueta. "Qué está pasando?"

Él la miró casi ciego mientras la chica que sabía era amiga de su hija lloraba frente a él, su rostro enrojecido por el sol y sus lágrimas. "Srta. Eri." Dijo viendo su apariencia, reconociendo a la pequeña que con frecuencia había tomado el té con su hija, ahora una mujer casada. Se veía absolutamente asustada, horrorizada por lo que estaba pasando. Tragando, llevó sus temblorosas manos hacia sus hombros, poniendo una a cada lado de su cuerpo. Vagamente, notó que los guantes alguna vez blancos y limpios se habían ensuciado por el suelo pero en el momento no podía preocuparse por eso.

"Qué debo hacer?" Le repitió a él aferrándose más, buscando gran seguridad en el gesto que le había ofrecido al colocar sus manos en sus hombros. "El Sr. Hojo estaba en el puerto esta mañana," le confesó, sus ojos rojos, enfermos con preocupación. "Qué debo hacer?"

Él la miró, recordando que ella se había casado con el amigo de infancia de su hija solo unos años atrás. "Ese joven." Frunció oscuramente. "Era un buen muchacho," sintió un nudo en su garganta. "Ahora, probablemente está muerto." Mirando al suelo, sacó de su mente los pensamientos sobre el joven. No había nada que pudiera hacer por el muchacho donde estaba pero su hija: la jovencita que probablemente estaba en casa, había mucho que podía hacer por ella. "Ve jovencita," le dijo a Eri dándole un firme apretón en ambos hombros. "Ve a casa de tu madre, espera ahí con ella," le susurró gentilmente justo cuando otro cañón retumbó en ambos de sus oídos. Ella chilló ante el sonido y él hizo una mueca halándola contra su pecho por un momento antes de separarla. "Mírame." Le ordenó pero la joven solo continuó sollozando, su mente plagada por el sonido. "Eri, mírame, maldita sea!" Gritó en un esfuerzo por sacarla de eso. Seguro, retomó su atención ante la fuerte maldición. "Ve con tu madre, prometo que traeré buenas noticias."

Ella lo miró, aun asustada pero asintió, lentamente él los levantó antes de empujarla en dirección de la casa de su madre. Se tambaleó al principio pero recuperó su equilibrio en cuestión de segundos mientras se alejaba de él, todo su cuerpo parecía temblar. "No es muy lejos a casa de su madre." Razonó el Sr. Dresmont consigo mientras la observaba caminar lentamente, sus pies inestables. Rabia le brotaba por dentro ante la vista y se encontró pateando el arenoso suelo con rabia. Tenía que haber algo que pudiera hacer. Instantáneamente, su mente volvió a sus órdenes y a su hija. "Hay algo, es lo único que puedo hacer," levantando la mirada, respiró profundo y comenzó su carrera de nuevo, su casa ya a la vista. "Kagome."

Él ignoró a todas las demás personas que se le acercaban para hacerle preguntas o buscar esperanza como la Srta. Eri. Todo lo que podía ver era su propia puerta, todo lo demás era una mancha oscura a su alrededor. Sabía que tenía que alcanzar esa puerta, tenía que llevar a su hija, era la única que sabía todo sobre esas personas, era su más grande activo. Alcanzando la puerta, el Sr. Dresmont entró en su casa, atravesando el vestíbulo, el asustado rostro de su esposa no fue registrado en su mente mientras continuaba su demente carrera.

"Richard?" Gritó la Sra. Dresmont cuando su esposo entró en la casa.

"Ahora no, Eliza," gritó sobre su hombro dirigiéndose hacia las escaleras. "Ahora no!"

"Pero Richard, qué está pasando?" Preguntó la perturbada mujer francesa mientras observaba a su esposo subir las escaleras de a dos escalones a la vez. "Richard?"

Él la ignoró, dirigiéndose desesperado hacia la habitación de su hija. "Kagome!" Gritó abriendo la puerta, esperando verla, solo para encontrarse en una habitación muy vacía. "Kagome?" Miró alrededor frenético, todo su cuerpo comenzaba a temblar, cada peor escenario se repetía en su corazón. Ella era una joven a la que le gustaban los muelles, qué si hubiese estado ahí como el Sr. Hojo? Qué si estaba en el Fuerte James? Disfrutaba la vista.

"Richard." Preguntó la Sra. Dresmont entrando al dormitorio, su vestido y enaguas rozaban el piso mientras miraba la habitación de su hija. "Qué está pasando? Por qué escucho cañones en los muelles, quién está disparando a los muelles?"

Richard no le prestó atención a su esposa mientras miraba la cama deshecha de su hija. Era muy improbable que Kagome dejara la cama sin tender, era una de sus extrañas peculiaridades. Normalmente, era trabajo de la mucama ver por esa tarea pero Kagome pensaba que era muy triste permitirle a otro hacer un trabajo que podía hacer fácilmente, así que hacía la cama para que la mucama no pudiera hacer para lo que le pagaban (al menos así era como lo veía el Sr. Dresmont). Caminó hacia la cama sin tender mirando las sábanas revueltas con ojos cansados. Algo le decía no mirar las almohadas, era una sensación que no podía explicar pero como todos los humanos siguió sus instintos y le permitió a sus ojos subir por la cama hasta llegar a descansar en las almohadas en las que la cabeza de su hija descansaba usualmente. Ahí, puesto donde su cabeza debería estar había un pedazo de viejo pergamino mirándolo desde las blancas almohadas de plumas.

Se entumeció ante la vista sabiendo qué diría sin tener que mirarla, ese mismo instinto que le había advertido de su existencia ahora estaba advirtiéndole de su contenido. Era muy obvio para el anciano. Una cama sin tender por una joven que siempre la hacía, una nota arrugada sobre las almohadas donde su cabeza debería estar, y su distinguida ausencia—tenía sentido para él, un sentido terrible.

Lentamente, alcanzó por el papel, su cuerpo temblaba ante la vista de su mano alcanzándola. Parte de él sentía que si no tocaba la nota, si no leía sus terribles contenidos, entonces nada malo pasaría. Y aun, la lógica humana dentro de él sabía que nada podría cambiar si miraba o no la nota con sus ojos. Con cuidado, levantó el papel justo cuando sintió a su esposa detenerse tras él.

"Richard?" Preguntó por millonésima vez, su respiración golpeaba su cuello mientras levantaba una mano y la depositaba contra su hombro. "Qué es eso?"

"Mamá, Papá?" Dijo Souta entrando a la habitación, su pequeña voz hizo que ambos adultos se giraran y vieran su pálido rostro. "Qué está pasando?"

"No estoy segura, Chéri." La Sra. Dresmont alcanzó tras ella, tomando la mano del joven mientras miraba el rostro de su esposo. Se había puesto pálido, sus ojos paralizados en el pequeño pedazo de pergamino blanco que no era más grande que una tabaquera. Sus manos estaban temblando, sus ojos llenándose con lágrimas como si su peor sueño o más aterradora pesadilla hubiese decidido cobrar vida ante sus ojos. "Richard?" Presionó ella mientras apretaba la mano de su hijo y el hombro de su esposo presintiendo lo peor.

Silenciosamente, sin mirar a su esposa, le alcanzó el pedazo de papel. Por un momento se rehusó a tomarlo pero finalmente, después de varios segundos de tener su mano suspendida en el aire, removió la mano de su hombro y tomó el pedazo de papel de su mano. Llevándolo a su rostro miró la hermosa letra, la caligrafía de su hija. Kagome siempre había sido poco femenina, había odiado las lecciones y despreciado sentarse derecha pero a pesar de eso, había sido muy brillante cuando le prestaba atención y se aplicaba en sus estudios. Su caligrafía había sido la mejor que hubiese visto el tutor, su habilidad para el idioma el más asombroso que hubiese presenciado el tutor. Había aprendido a hablar en francés y en alemán, incluso había aprendido a leer latín y escribir en los tres idiomas en el espacio de tres años. Su caligrafía siempre había sido lo más maravilloso de su educación. Sin importar en qué idioma escribiera, siempre era un ejemplo en Caligrafía, atrevida y gentil al mismo tiempo. Eso había hecho a su madre desesperadamente orgullosa.

Mientras la Sra. Dresmont miraba la caligrafía, sintió su corazón apretarse en su pecho reconociendo las conocidas letras cursivas de palabras que nunca pensó ver.

"Madre, padre," leía. "Voy a extrañarlos. Pero mi vida no pertenece aquí, mi felicidad está aquí. Para cuando lean esto ya estaré en camino de encontrar esa felicidad. Me iré en el Mar Herido."

"Se ha ido." Dijo la Sra. Dresmont en una pequeña voz viendo el nombre de su hija firmado hermosamente en la parte de abajo del pequeño papel. Soltó la mano de su hijo subiendo sus dedos para tocar el Kagome Dresmont con manos inseguras. "Ma chéri se fue." Repitió la palabra de cariño ahogada en su garganta. "Ma chérie, mi dulce, dulce chérie."

"Y se fue en ese barco," añadió su esposo, su voz contenida mientras se deslizaba al borde de la cama desplomando su cabeza en sus manos. "Ella está en ese barco, el que atacó el puerto!" También se ahogó en sus palabras mientras estrellaba con rabia sus manos en su frente.

La Sra. Dresmont sintió las lágrimas en sus ojos y rápidamente alcanzó por el abanico que mantenía colgado en la cintura de su falda. Abriéndolo, abanicó su cara antes de buscar atrás la silla más cercana que descansaba en el rincón de la habitación. Encontrándola, se desplomó en ella despreocupándose por la postura mientras continuaba abanicando su rostro caliente. "Qué desgracia." Susurró pensando en la pena, pensando en lo que diría la gente, pensando en lo que haría la gente. "Qué vamos a hacer, Richard? Si la gente descubre que nuestra—" Ella buscaba en las palabras no siendo capaz de decirlas cuando el temor envolvió su corazón no necesariamente por la posición social sino por Kagome.

"Nuestra hija está en un barco pirata por su propia voluntad." Richard terminó por ella, su cabeza en sus manos.

"Un barco pirata!" La cabeza de la Sra. Dresmont se levantó de golpe mientras prácticamente chillaba no habiendo notado exactamente qué tan grave era la situación. "Estás seguro?"

"Sí," asintió él mirándola, sus ojos vacíos y tristes. "Los vi elevar la bandera."

Souta permanecía mirando a sus padres sin entender, pero sabía que era mejor no abrir su boca.

"Si el Sr. Morgan lo descubre, perderé mi trabajo." Dijo él en una pequeña voz mientras retiraba su sombrero y luego su peluca revelando una calva cabeza gris. Los puso juntos en el suelo y rascó su cuero cabelludo con preocupación, pasando sus dedos por los pocos cabellos una y otra vez, con impaciencia.

"Qué vamos a hacer?" Preguntó su esposa en una voz perdida mientras le indicaba al confundido Souta que se acercara. El pequeño niño avanzó hacia ella ante la invitación, sentándolo en su regazo en una forma que no se había permitido desde que era un niñito. El simple hecho de que ella le hubiese permitido el consuelo lo puso aún más nervioso.

El Sr. Dresmont tomó un profundo respiro pensando en sus opciones, aunque no había muchas opciones para su familia. Si ellos decían la verdad perderían todo el estatus social, un hijo que se desgraciaba a sí mismo desgraciaba el nombre de su familia y Kagome le había hecho la máxima desgracia a su familia. Voluntariamente había rechazado su posición como su hija, había dejado a la familia sin rastro de arrepentimiento, pero mayormente, había dejado a la familia por la vida de un pirata. No había nada peor que eso.

Se giró y miró por la ventana, el barco estaba retirándose rápido habiéndose girado hacia el viento. Pronto desaparecería completamente, escondido por un horizonte curvo. Aun si zarpaban ahora no podrían alcanzarlo hoy con el barco pero lo harían eventualmente. Henry Morgan era conocido por su tenacidad así que el Sr. Dresmont sabía que Henry Morgan iría pronto tras el barco. Y cuando Henry Morgan alcanzara ese barco descubriría a su hija, una participante voluntaria en la farsa.

Tragó saliva, esto restaba su otra opción, no podía decir que estaba enferma y esconderla o que había muerto en el ataque. Henry Morgan lo descubriría cuando la viera en el barco y él sería castigado severamente por el conocimiento de que hubiese mentido.

Richard Dresmont tomó un respiro profundo y controlado dándose cuenta de que su última opción realmente era la única. Miró a su esposa, sus ojos llenos de convicción mientras hablaba. "Diremos que fue secuestrada." Le dijo levantándose de la cama, sus hombros aún hundidos.

"Qué?" Susurró su esposa mientras sostenía protectoramente a su hijo en su pecho.

"Ella pasó tiempo con ellos, verdad, todos lo saben." Se movió hacia su silla, arrodillándose en frente de ella colocó sus manos en la espalda de Souta y la frotó, el niño se aferró a su madre. "Podemos decir que se la llevaron en contra de su voluntad," lamió sus labios, sus ojos miraban a lo lejos como si estuviera en un lugar totalmente diferente. "El Sr. Morgan se verá obligado a rescatarla porque es la prometida de su hijo."

La Sra. Dresmont lo miró y sonrió, las lágrimas dejaron su rostro. "Sí, ninguna joven sería condenada por ser llevada de esa forma. Es brillante, pero—," la Sra. Dresmont miró sus manos, la carta aun descansaba en su palma. Sus brazos rodearon aún más fuerte a su pequeño hijo y sintió su corazón hundirse en su estómago. Sabía que todo eso era inútil, Kagome era una chica con voluntad propia. "Kagome no regresará."

"Encontraré una manera de ir con ellos y golpearé su trasero hasta que venga conmigo." Sus ojos eran duros mientras decía esto, su esposa e hijo quedaron boquiabiertos ante las malas palabras en su sentencia. "Ahora iré a decirle al Sr. Morgan, estaremos bien." Se levantó y besó su cabeza antes de salir de la habitación sin otra idea.

La Sra. Dresmont quedó sentada ahí hasta que escuchó el golpe de la puerta, sus ojos fijos en la mano que había contenido la arrugada carta. Con cuidado, alisó los bordes de la carta, mirando la caligrafía con ojos tristes.

"Mamá?" Dijo su joven hijo mirándola, sus ojos abiertos con temor.

Lentamente, lo miró pero no por mucho tiempo, sus ojos eventualmente se giraron hacia la ventana mientras calmaba distraída su espalda con la mano sin de la carta. Sus frías irises grises, heredados por su hija estudiaban el mar infinito, el barco que los había atacado ahora se volvía más y más pequeño mientras dejaba el puerto favorecido por los fuertes vientos del norte y una buena corriente en el Caribe. Sintió más lágrimas formarse en sus ojos y levantó su cabeza hacia el techo esperando detenerlas. La acción fue inútil, lo notó cuando sintió la fría y aún caliente sensación de una lágrima bajando por su rostro para encontrar su mentón. Mordiendo su labio, cerró sus ojos solo para ver el rostro de Kagome contra sus párpados, una niña feliz de no más de tres años. Aun entonces, no había sido alguien de modales o etiqueta, Kagome nunca había sido alguien para esas cosas. Podía ver esa infantil expresión en el joven rostro de la niña mientras destruía uno de sus muchos vestidos costosos jugando en la arena. Recordó el estrés que había sentido ante la vista.

"Maman!" La pequeña apuntó mientras hablaba fluido francés llamando por la atención de su madre. "La marée descendante arrive!"

Ella recordó mirar la marea como su hija le había dicho hacer pero al final no había visto el mar. En vez, había mirado a esa pequeña niña y todo lo que vio fue algo malo. No había visto la tierna carita, no había visto los brillantes ojos grises, no había visto el anhelo en ellos, no había visto la tristeza, no había visto a la brillante niña bilingüe hablando francés cuando fue nacida y criada en inglés, solo había visto un vestido roto y una cara enlodada.

En algún lugar en su corazón sintió una punzada pero esta punzada no era por la extraña hija que había recibido en la vida, no era por su honor o por la posición social o la propiedad y la etiqueta y los modales. No era por su vergüenza o por su rabia. Era por algo más complicado. Levantándose, caminó hacia el umbral, sus manos tocaban la madera que nunca había notado estaba ahí. Bajando la mirada, sonrió ligeramente ante las dos marcas de desgaste. Su hija había estado ahí, en este mismo lugar, sus manos puestas de esta misma forma, por tanto tiempo que había dejado marcas permanentes en la madera.

Con cuidado, retiró una mano y tocó la madera con una uña perfectamente arreglada.

"Maman." Escuchó la pequeña voz de su hija como una jovencita. El rostro de esa chica se formó en su mente, delicada con una despreocupada sonrisa. "Je veux être un garcon."

"Quiero ser un niño." Repitió en inglés la Sra. Dresmont.

"Maman! Je Veux être un garcon pour pouvoir courir au large!"

Ahora, la Sra. Dresmont se hallaba llorando cuando esas palabras, las palabras de su extraña hija hicieron eco en su mente. "Quiero ser un niño," dijo otra vez, el inglés la plagaba mientras su perfecto hijo menor la miraba. "Así puedo navegar el mar."

Veía la pequeña cara, tan feliz con su sucio vestido, roto en algunos lugares mientras le mostraba a su madre la ondeante marea, sus ojos grises como el cielo oscurecido, destellaban con su felicidad. Su pequeña voz francesa estalló en risa. "Mama, Est-ce que Vous aimez la mer?"

Esta vez no había visto el lodo o las enaguas rotas, no vio la cara sucia, o el desaliñado cabello, en vez, vio a su hija, una pequeña, tan dulce e indefensa y aún tan fuerte de voluntad y llena de fuego—un fuego que la Sra. Dresmont nunca había sido capaz de extinguir.

"Kagome," susurró mirando el punto donde el barco finalmente había desaparecido en el horizonte. Ahora estaba fuera del puerto, fuera de vista y lejos de todo, su hija continuó con eso, dejando la prisión que había conocido toda su vida.

En su mente, estaba en la playa, su joven hija mitad francesa mitad inglesa de pie. Esos jóvenes ojos miraban en la distancia, miraban un sueño que su madre alguna vez había conocido.

"Est-ce que Vous aimez la mer?"

"Me gusta el mar?" Susurró ella, su joven hijo poniéndose más nervioso tras ella. Él estaba llamándola, hablándole pero no escuchaba sus palabras, no respondía sus preguntas. En vez, miraba al frente a esa pequeña niña de pie en la playa. En ese entonces, en vez de responder su pregunta, ella se había reído y la había llevado adentro para limpiarla y vestirla mientras la regañaba por su comportamiento nada femenino, finalmente lista para responder. "Oui."

"Mamá?" Preguntó Souta acercándose un paso más, el rostro de su madre lo asustó mientras la mujer miraba expectante por la ventana, su rostro retorcido en una extraña mueca, sus labios moldeados en un infeliz frunce.

"Lo siento Kagome," dijo ella. "Debí—debí haberte dicho entonces." Se tambaleó de pie mientras caía de rodillas.

"Mamá!" Gritó Souta arrodillándose a su lado, sus manos tocaron sus hombros cuando comenzó a sollozar.

"Debí haberle dicho oui entonces!" Sollozó ella ignorando los intentos de su hijo por consolarla. "Je suis désolée Kagome." Se disculpó entre lágrimas. "No soy tan fuerte como tú."

"Mamá, qué estás diciendo?" Preguntó Souta, el nerviosismo plagaba sus palabras.

Eliza continuó ignorándolo levantándose por el borde de la ventana y miró el océano mientras ondeaba la marea. Trató de ver el barco Shikuro, aun si fuera solo un pequeño punto pero fue inútil. Miró el papel aún guardado en su mano, las palabras haciendo eco como si Kagome estuviera de pie junto a ella, susurrándolas en su oído.

"Voy a extrañarlos. Pero mi vida no pertenece aquí, mi felicidad no está aquí. Para cuando lean esto yo ya estaré en camino de encontrar mi felicidad."

Ella levantó de nuevo la mirada, observando el cielo—el cielo que ahora era del mismo color de los ojos de su hija.

La culpa en su corazón de deshizo en un sentimiento de envidia.

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La noche cayó sobre el barco Shikuro (alguna vez disfrazado como el Mar Herido) mientras se encontrada profundo en el océano, muy lejos de Port Royal.

Afuera en la cubierta, Inuyasha permanecía en el timón, siendo un demonio no necesitaba dormir mucho, y en noches claras como esta, cuando estaba sintiéndose particularmente bien consigo mismo, tomaba el timón para disfrutar del escenario mientras lentamente navegaba hacia su destino elegido. En esta noche particular se dirigían hacia La Española pero todavía no había decidido en qué puerto desembarcarían de seguro. Era una decisión que sabía podía hacer en un par de días viendo que tomaría un poco alcanzar la región.

Sus ojos miraban el mar rodeándolo, viendo cosas que nadie pensaría ver. De hecho, la mayoría de los humanos apostados en un barco de noche encontraban el escenario limitado y aburrido a menos que giraran sus cabezas hacia el cielo. Después de todo, era una regla establecida para todos los barcos, barco pirata o no, no usar muchas llamas o velas. La razón era simple, si un hombre ebrio o medio dormido decidía caminar por la cubierta con una vela en sus manos, y tropezaba, podría comenzar un incendio. En un barco de pura madera eso sería una sentencia de muerte. Así que, de noche en un barco solo la luna era responsable de la luz, y viendo que la actual luna era menguante, no había mucha luz para comenzar.

Todo lo que Inuyasha podía ver con sus ojos de demonio eran las suaves olas reflejadas por la luz de la luna. De lo contrario, no había nada más que ver aun con su superior vista de demonio. Estaban muy lejos de la costa para ver alguna tierra y no estaban en una región con muchas islas, así que no podía ver una de esas si quisiera. Si tenía suerte podría ver un pez saltar del agua pero eso era todo lo que había para ver con excepción del barco mismo e Inuyasha no quería molestarse en ver el barco, lo conocía como la palma de su mano.

Aún, dicho esto, el Capitán no era ciego al mundo rodeándolo, a pesar de la oscuridad. El mundo que Inuyasha estaba acogiendo no era el que podría verse con tus ojos sino el que podías ver con tus orejas o al menos sus orejas inhumanas. Los pequeños triángulos en su cabeza eran un millón de veces más sensibles que los de un humano promedio.

Dichas orejas se movieron en su cabeza, asimilando los sonidos de sus hombres moviéndose, la mayoría de ellos más bien ebrios y felices de haber hecho su más reciente escapada. Había sido duro para ellos posar como la marina por una semana. La mayoría estaban muy aburridos y desde que no les estaba permitido pelear en cubierta por temor a la ira del Capitán, había sido agradable descargar su energía contenida destruyendo las horcas y el muelle de Port Royal. Sin mencionar la enorme borrachera en la que habían participado después.

El sonido de personas llevó su atención a la habitación directamente debajo de él, era el lugar donde Sango y Miroku vivían. Podía escuchar a Sango y a Miroku hablando, su conversación tranquila y casi amorosa para sus oídos pero, como siempre, no escuchaba en aras de su privacidad (aunque podía si lo decidiera). Inuyasha no era alguien de fisgonear con excepción de aquella vez hace unas noches y entonces sólo porque escuchó su nombre en sus labios así como el nombre de cierta Kagome Dresmont.

Inuyasha gruñó ante la idea mientras la imagen de Kagome flotaba en su mente. Podía ver esa deslumbrante sonrisa mientras miraba el océano o las altas velas, podía ver su cabello elegantemente suelto sobre su hombro mientras su vestido verde abrazaba su figura. Casi podía escuchar su voz en el fondo de su mente, hablándole con confianza e inteligencia. "Srta. Dresmont." Susurró cerrando sus ojos y dejó que sus recuerdos lo envolvieran. "Ella era tan dulce, sabía tan dulce." Sonrió cuando el recuerdo de esos labios tocó su mente, el sabor de lirios en un estanque salado. Casi podía sentir sus labios rozando contra los suyos.

Los ojos de Inuyasha se abrieron de golpe y espantó el recuerdo eligiendo enfocarse en otros sonidos en la noche. Escuchó la suave risa de Sango y sonrió pensando brevemente en ella y Miroku. Había conocido a Miroku por la mitad de la vida del joven y estaba muy encariñado con el muchacho, confiaba en él completamente con todos sus secretos. Él era el único hombre en el mundo en el que confiaba con esas cosas, seguro conocía personas que lo habían conocido toda su vida y sabían sus secretos pero ellos estaban privados de la información porque habían estado ahí para verlos revelados. Miroku no. Miroku lo había ansiado, cada parte de ello y lo había traicionado, traicionado su confianza, él lo había lastimado, le había levantado la mano, golpeándolo y gritándolo.

"Qué pasa conmigo!" Con un gruñido Inuyasha apagó de su mente el sonido de las voces de Miroku y Sango. "Dios," refunfuñó mientras se inclinaba y obligaba a alejar todo lo demás excepto el sonido del océano alrededor.

Escuchaba las olas estrellándose contra el costado del barco, escuchaba el sonido de las velas mientras el viento las empujaba llevándolos a donde necesitaban ir, escuchaba un pez mientras saltaba fuera del agua, escuchaba una gaviota que hablaba desde el mirador arriba sobre su cabeza, escuchaba cada ruido sin importar lo pequeño que fuera, era la belleza de tener orejas de demonio. Con ojos cerrados y esos pequeños matices timbrando en sus oídos le permitió a su mente crear una pintura; se permitió ver sin ojos. Era otro don que lo había mantenido vivo por tanto tiempo. La habilidad de ver con sus oídos, decir donde estaba un hombre por el sonido de sus pasos, su respiración, el latido de su corazón, era una de sus mejore armas. Podía decir cuándo otro barco iba a soltar sus cañones, podía escuchar el gatillo en el arma antes de ser disparada, podía decir cuándo un hombre llevaba un arma escondida, podía decir por el sonido del corazón si estaban mintiendo o no.

Podía decir por el sonido del corazón de una mujer si estaba atraída a él o no.

Los ojos de Inuyasha se abrieron de golpe y miró al mar rodeándolo, su mente obligándolo a ver imágenes de Kagome Dresmont. Había estado tan hermosa, su cabello largo y lustroso, sus ojos profundos y grises como el océano o un cielo nublado, y sus labios rojos como una flor de la orilla. Respiró profundo mientras sentía su ingle contraerse con ligera excitación, pensando en esos labios suyos. Habían sido labios tan suaves y tentadores, su rostro había sido tan inocente y tan receptivo. La simple idea lo puso duro.

"Maldición." Dijo para sí pensando en la forma como su piel se había sentido a su caricia. Había sido tan suave y olido tan bien. Todo de ella olía bien. Tenía olor a aire marino, a flores y primavera, había olido cálida y tentadora, extraordinaria. Nunca en su vida había inhalado el aroma de una mujer que tuviera una fragancia tan agradable como la suya.

Descansando contra su pecho, la gema en la sucia cadena comenzó a quemarlo una vez más y frunció alcanzando incomodo por ella. Sus manos la rozaron y juró que por un segundo pudo ver el rostro de otra mujer pero sin importar lo mucho que intentara no podía distinguir algún rasgo además de sus opacos ojos negros. Frunció sus cejas y resopló soltando la gema que no lo quemaba más para poder llevar una mano a su rostro y frotar sus ojos. Por un segundo mientras sus manos cubrían su rostro vio un destello y luego la imagen de un mujer bajo él, cubierta en cabello negro que podía suponer que era el suyo, su pálido pecho se destacaba por su propio cabello de color oscuro. Podía verla bajo él, jadeando, sus sudores mezclándose juntos mientras empujaba en ella, sus labios buscando los suyos. Ella había sabido a sudor.

Y luego, en un instante la imagen desapareció. "Qué?" Susurró él en la oscuridad dejando caer la mano de su rostro mientras intentaba ubicar lo que había visto sin lograrlo. "Quién?" Cerró sus ojos bruscamente intentando entrar en la imagen otra vez queriendo darle un buen vistazo a la cara de la mujer, necesitando verla e intentar recordarla pero no pudo, la imagen se fue, se desvaneció y se hizo inalcanzable de nuevo. "Eso fue extraño." Refunfuñó alcanzando la joya una vez más, pasando ligeramente sus dedos sobre la aburrida superficie mientras su mente involuntariamente se movía hacia la otra mujer y otro beso sobre piel desnuda.

Recordó la chispa en sus labios mientras la piel desnuda de su mano descansaba debajo de ellos, recordó la vista de sus ojos cerrándose cuando le había regresado el gesto solo un día después, su cabeza gacha y cabello desarreglado y labios húmedos mientras descansaban contra su mano. Recordó la sensación de su corazón latiendo en su pecho mientras estaban de pie en su habitación tan cerca que casi podía sentir su propio corazón palpitando en su caja torácica, recordó el enrojecido color de sus mejillas cuando le había preguntado si estaba bien tocar sus labios con los suyos, recordó sus ojos cerrándose en contra de su voluntad mientras sus labios se separaban instintivamente esperando por los suyos, recordó el sabor de su frente cuando se acobardó y luego el sabor de sus labios cuando recuperó su coraje. Había sabido a vino afrutado.

El cuerpo de Inuyasha se inclinó cuando el recuerdo golpeó su estómago haciéndolo anudar con desconocida necesidad. "Maldición." Susurró él respirando profundo para calmarse una vez más antes de pasar una mano por su cabello. No tenía idea de quién era la primera mujer, si era una prostituta que apenas recordaba o tal vez un sueño pero quienquiera que fuera, era pálida a pesar de estar desnuda y marchita a comparación de Kagome Dresmont totalmente vestida, inocente e inexperta. Aun con esos sentimientos, aun con el nudo en su estómago y el incómodo dolor en su entrepierna, Inuyasha sabía que no podía estar con ella.

Suspirando fuertemente, miró al cielo, su mente en Port Royal. Las estrellas brillaban sobre su cabeza y en ellas encontró la forma de una mujer, encontró su sonrisa resplandeciente, como si se reflejara en las tranquilas aguas alrededor del barco. "Voy a extrañarte, Srta. Dresmont." Dijo él como un verdadero marinero mientras giraba un poco el timón a la izquierda, dejando atrás la fachada que había creado en Port Royal.

En la noche, comenzó a cantar una suave melodía ajustando y reajustando el barco, trazando su curso de acuerdo al mapa celestial sobre su cabeza. El sonido hizo eco a su alrededor, el agua entraba en el paisaje que creaban sus orejas.

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La mañana encontró a Miroku en su habitación durmiendo sonoramente, Sango muy desnuda a su lado. Después de un día como el de ayer, usualmente se iba a la cama con Sango, ambos necesitados de la relajación requerida con un compañero de cama. Un suave golpe en su puerta lo hizo gruñir y arruncharse más en la espalda de Sango. Presionó su rostro en su cabello, amando la sensación y el aroma aún si no hubiese sido lavado en una semana.

"Maestre?"

El sonido de un hombre hablando a través de la puerta lo hizo gruñir, mucho como su Capitán. "Vete." Llamó él.

"Pero Maestre, es importante."

Miroku abrió sus ojos y gruñó cuando una pequeña cantidad de luz de su única ventana lo golpeaba directamente en el ojo. A su lado, Sango maulló tiernamente en su sueño, siempre había tenido un sueño pesado. Él sonrió ante el ruido y besó su nuca. "Puede esperar unas horas." Llamó a través de la puerta.

"Señor, no puede." Respondió el hombre, su voz sonaba un poco temblorosa a través de la madera.

"Ve con el Capitán." Gritó Miroku y hundió su rostro más profundo en el cabello de Sango depositando besos en sus hombros desnudos mientras envolvía su brazo alrededor de su cintura.

"Miroku?" Preguntó ella adormilada, su grito la había despertado. Se estiró, zafando su brazo de su cintura y haciéndolo separarse un poco. "Qué pasa?"

"Un tonto molestando en la puerta." Respondió él, sus ojos enfocados en ella mientras se sentaba, la sábana cayó, mostrando su amplio pecho. Él alcanzó, la punta de sus dedos tocaban la suave carne.

"Maestre, hay una pelea!" Gritó el hombre con pánico a través de la puerta mientras el sonido de algo rompiéndose llegaba a los oídos de Miroku.

Instantáneamente despierto, Miroku se levantó y corrió hacia la silla con su ropa. Poniéndose sus pantalones y camisa, deslizó las botas y salió de la habitación. Sango aún estaba sentada en la cama levemente confundida—las palabras no se registraron en su adormilado cerebro. Bostezó antes de notar la puerta abierta y luego jadeó y envolvió la sábana a su alrededor antes de correr a cerrarla. Ahora despierta, su mente registró lo que el hombre había dicho—una pelea.

Una pelea en un barco pirata era peligrosa, no por los hombres involucrados sino por el Capitán del barco. Dependiendo de la razón de la pelea, el Capitán tendría que tomar una decisión que alteraría el equilibrio de la tripulación. Cuando la tripulación estaba desbalanceada, la mitad feliz y la otra mitad infeliz, formaban grupos. Los grupos en un barco pirata significaban falta de lealtad entre los hombres, una falta de lealtad significaba un motín.

Rápidamente, Sango se vistió en su ropa masculina, deslizando sus botas rápidamente después de sus pantalones y camisa. A diferencia de Miroku, avanzó y agarró su chaqueta para poder cubrir mejor su pecho—si había una pelea, entonces los hombres no necesitaban recordar que había otra causa para pelear en el barco—una mujer. No había nada más peligroso que un puñado de hombres con testosterona peleando y luego ver una mujer. Los hacía comportarse como animales en celo.

Saliendo de la habitación, Sango miró hacia la cubierta donde vio todo un grupo de hombres discutiendo fuertemente, Miroku ya estaba en el lleno de las cosas.

"Vamos a matarlo." Le gritó uno de los hombres a otro.

"Que no. Vamos a ponerlo a trabajar!" Gritó otro hombre. "Estoy enfermo de limpiar la cubierta."

Ella se acercó más, casi todos los hombres en el barco estaban reunidos alrededor. Algunos estaban colgando de los aparejos; otros colgaban de las barandas para observar. Algunos estaban sentados encima de los barriles, algunos de pie con una cerveza en mano. Algunos estaban tomándose el tiempo para hacer apuestas con otros de quien ganaría.

Pero en el epicentro de los hombres había cuatro figuras. Una estaba tirada en el piso, manos atadas en su espalda, otra era Miroku, y las últimas dos eran los hombres peleando, gritando con cuchillos en mano. Ningún hombre tenía un arma así que Sango podría suponer que estaban muy abajo en la jerarquía del barco.

"Quiero un poco de ejercicio." Gritó el más grande de los dos hombres, su cuchillo apuntado hacia el otro hombre. "Déjeme matarlo, maestre." Miró a Miroku. "Amo ver sangre."

"Necesitamos más manos, señor." Dijo el otro hombre, su forma era más bien pequeña, eso solo podía significar que realmente era nuevo o joven. "Un esclavo sería perfecto."

"Ya, ya, esta es decisión del Capitán." Dijo Miroku desde su posición entre ellos. Miró a Sango, sabiendo dónde estaba sin tener que buscar y le indicó que fuera a la habitación del Capitán con un movimiento de su cabeza en la dirección correcta.

"Pero yo lo encontré." El hombre más alto se quejó mirando a Miroku. "Yo lo encontré, yo lo mato."

"Así no es como funciona." Respondió Miroku bruscamente mientras Sango desaparecía en la habitación del Capitán.

"Capitán." Susurró ella en la oscura habitación. Aparentemente, él había cerrado las cortinas para que la luz no matara sus ojos. "Capitán?"

De repente, vio dos ojos brillantes, asustada retrocedió por un momento mientras la miraban intensamente como un perro listo para atacar o un lobo cazando su presa.

"Qué es el ruido en cubierta?" Preguntó una voz desde atrás, los ojos del Capitán lentamente aparecían a la vista, sus ojos dejaban de reflejar luz mientras se detenía en frente de ella, bañado en la luz de la puerta abierta.

Sango tragó saliva y puso una mano en su pecho. La vista siempre la había encantado, la vista de los ojos perrunos del Capitán destellando en la oscuridad. "Hay una pelea afuera. Creo que los hombres encontraron un polizón." Dijo ella mientras él desaparecía de vista. Se preguntó qué estaba haciendo hasta que la habitación fue inundada con luz había abierto una cortina.

"Polizón?" Dijo el Capitán pensativo abriendo dos cortinas más. "Me pregunto cuánto tiempo ha estado en el barco."

"Quien sabe." Dijo Sango mirando en shock al Capitán no porque ahora pudiera verlo a la luz sino por su estado de vestimenta. Actualmente, el Capitán estaba sin camisa y sin pantalones, sin nada. Pasó saliva mientras veía su cuerpo desnudo, su corazón acelerándose ante la vista. Ella amaba a Miroku, pensaba que era un hombre muy sexy y atractivo pero, el Capitán—ese era un hombre—un hombre muy grande.

Ella inhaló un profundo respiro y se abanicó inconscientemente mientras lo observaba girarse, su apretado trasero en su línea de visión. Se sentía escandalosa por observarlo, por mirar su largo cabello plateado mientras rozaba la parte superior de su trasero, por continuar mirando su esculpido trasero antes de obligarse a mirar su cabeza. Él se giró hacia ella, pantalones en mano, poniéndoselos rápidamente los ató en la cintura. Sango miró su cintura, luego arriba a sus firmes abdominales y pecho.

Sin ofender a Miroku pero un hombre humano simplemente no podía verse como un hombre demonio, pensó con un incrédulo movimiento de su cabeza.

"Por qué están peleando por el polizón?" Preguntó él mientras agarraba su camisa y se la ponía. Ella no respondió así que la miró mientras amarraba las suaves cuerdas de la camisa blanca de algodón. "Sango?"

Ella continuó mirándolo, sus ojos fijos en su pecho. Inuyasha levantó una ceja y avanzó hacia ella, mirando la nublada expresión en sus ojos. "Sango?" Preguntó otra vez, agachándose en frente de ella y moviendo su mano.

Sus ojos chasquearon y lo miró, sus mejillas enrojecidas con vergüenza. Instantáneamente, él captó el olor de su excitación, el latido de su corazón y sonrió retorcidamente lamiendo sus labios.

"Muy bueno, huh?" Dijo él con la sonrisa ampliándose. "El cuerpo de un demonio."

Sango aun ligeramente nublada asintió en respuesta, sus ojos miraban al suelo mientras su vergüenza se mostraba en sus rojas mejillas.

"Sabes Sango." Dijo él, su voz fuerte y sugestiva mientras se inclinaba hacia ella. Ella lo miró y sus ojos se tornaron estupefactos cuando llevó una mano hacia su mejilla. La movió a lo largo de su mentón, amando jugar este juego. En cualquier minuto ella despertaría y trataría de matarlo, la cual era la forma en que terminaba cada vez. Sin importar cuántas veces pasara esto entre ellos, él siempre se deleitaba en la mirada de rabia en su rostro. "Soy el Capitán, lo que tendría que hacer es decir la palabra y Miroku no podría negarse a un lance entre tú y yo."

Instantáneamente, Sango regresó y abofeteó al Capitán directo en la cara. Inuyasha rió fuertemente, su pequeño gesto inadvertido en su gruesa piel. "Cerdo." Siseó ella sosteniendo sus manos fuerte alrededor de sus costados, sintiéndose culpable cuando la idea de Miroku entró en su mente.

"No," Inuyasha sonrió y le guiñó. "Perro."

Su rostro se contorneó en una mirada de disgusto. "Supongo que regresaste a tu antiguo ser."

"Se siente genial." Dijo él con una carcajada mientras se ponía las botas en sus pies y agarraba su chaqueta de la parte de atrás de la puerta. Poniéndosela, la dejó atrás, sus ojos fijos en su espalda mirando en shock mientras se retiraba sin una palabra.

De alguna forma, Sango sabía que sus palabras estaban llenas de mentiras. Una gran ola de tristeza la tocó ante la idea. Sabía que su acción entonces había sido un acto bien interpretado. Era una manera para el Capitán pretender que estaba bien y no preocuparla.

"Eres un pésimo actor, Capitán." Dijo ella en la habitación vacía.

Inuyasha salió a la cubierta principal y suspiró al ver a todo su barco reunido observando el entretenimiento a bordo. En el momento, no estaba de humor para algo como un polizón pero sabía que tenía que ser quien se ocupara de esas cosas, de lo contrario, podría esperarse un motín en un futuro cercano. Era su trabajo como Capitán mantener unida a la tripulación, un frente unido, y algo tan pequeño como esto podría arruinarlo. Resopló ante la absurdez de todo esto. Pensar que algo tan superficial y estúpido podría causar que la gente se odiara. No sabían que habían cosas más importantes en el mundo como una chica con sonrisa gentil y un chico que nunca vería esa sonrisa otra vez?

Sacudiendo su cabeza, comenzó a avanzar en la multitud pero se detuvo cuando un aroma golpeó su nariz.

"Flores?" Pensó para sí mirando alrededor por alguna señal de una flor a bordo. No vio ninguna, pero el aroma aún estaba ahí, flotando a su alrededor. Con cuidado, olfateó el aire pero fue incapaz de distinguir de dónde venía el olor. Miró alrededor una vez más mientras la imagen de una joven entraba en su mente. Podía ver su rostro, su sonrisa, sus hermosos ojos grises, podía oler su aroma—una combinación de mar y flores.

Inhaló el aroma una vez más pero sacudió su cabeza inmediatamente después. La Srta. Dresmont estaba en Port Royal, viviendo la vida de una dama como debía ser. Ella nunca se sometería a la vida de un pirata.

Con un suspiro continuó avanzando, los hombres automáticamente se apartaron mientras pasaba. Instantáneamente, notó a los dos hombres discutiendo con Miroku, entre ellos y en el piso otro hombre que estaba amordazado y amarrado. Miró al amarrado y observó mientras el joven—no mayor que un adolescente de tal vez dieciséis o diecisiete años—lo miraba lentamente. De inmediato, se encontró hundiéndose en pozos grises, profundos, atormentados y llenos de shock mientras miraban su rostro. Él conocía esos ojos de algún lado. Pero no había manera en que fuera ella, era imposible, no había manera en que pudiera haber subido a este barco.

El hombre lo miró con ojos bien abiertos, como si estuvieran seguros de conocerlo y conocerlo bien. Mordiendo su labio, Inuyasha ignoró esos ojos—rehusándose a creer que la persona en el piso era quien pensaba que era.

"Qué está pasando?" La voz de Inuyasha rugió haciendo que todo el barco quedara en silencio. Algunos de los hombres miraron en completo terror mientras su Capitán se detenía entre los dos hombres. "Qué está," Repitió él, su voz mortalmente calmada. "Pasando?"

Miroku tragó antes de responder. "Polizón. Este hombre piensa que debemos matarlo y este piensa que debemos conservarlo para trabajar." Señaló él a los dos hombres mientras hablaba, mirando el frío rostro de Inuyasha. Estaba acostumbrado a esta cara, la cara de Inuyasha cuando funcionaba así, era verdaderamente aterradora.

Inuyasha desvió la mirada de ambos hombres hacia el polizón con un frunce mientras asimilaba la visión de esos sorprendidos ojos grises, los ojos que sabía eran suyos y aun—los ojos que se rehusaba a creer que le pertenecían a ella. Olfateó de nuevo el aire y se paralizó ante el aroma, el olor floral estaba proviniendo de esta persona en frente de él, flotando hacia él como un campo de nenúfares. Lentamente se agachó, el polizón se alejó de él, ojos gachos.

Él gruñó y respiró profundo el aroma de la persona—su mente instantáneamente lo transportó a otro lugar, a una mujer, a su cara, a su sonrisa, a su mano en la suya, a sus labios en los suyos, su peso en sus brazos mientras la acercaba, acunando su nariz en su cabello, inhalando ese aroma tan profundamente que se imprimó en su cerebro. El mar, la sal, las flores y, por debajo ese olor, el olor de una mujer que desesperadamente quería ver siempre a su lado—era el aroma de la Srta. Dresmont.

Este polizón tenía el olor de la Srta. Dresmont, tenía los ojos de la Srta. Dresmont.

Inuyasha sintió su corazón palpitando en su pecho pero por fuera se mantenía indiferente, si no tenía cuidado esto podría terminar con su muerte, un motín de la tripulación y luego la muerte de todos los tripulantes cuando él recuperara el barco. No sería un muy buen día si no manejaba bien esto.

Estudió la figura amarrada y notó el corto cabello ondulado. Eso lo asustó, lo asustó verlo genuinamente. La Srta. Dresmont tenía cabello largo y lustroso que lo recogía en moños altos o bajas colas de caballo pero esta persona tenía cabello de solo una o dos pulgadas de largo, enroscado en las puntas. Era el corte de un hombre. Se agachó más y miró el rostro del hombre queriendo ver de nuevo esos ojos. La figura no lo miró.

"Tal vez cometí un error?" Se preguntó en silencio. Después de todo, algunas personas tenían olores muy similares y aun—algo en él le decía que este no era uno de esos casos.

Esos ojos no eran ojos normales; esos ojos eran ojos que solo le pertenecían a una persona. Tenía que ver esos ojos otra vez para confirmar su sospecha. Con cuidado, alcanzó y tomó el mentón del polizón en su mano obligándolo a mirarlo. La figura amordazada levantó la mirada, los ojos grises nublados con turbulencia mientras lo observaban—se veían como el mar durante una tormenta.

"Srta. Dresmont." Quería decir pero no lo hizo.

"Capitán Smith." Notó Kagome cuando miró en esos ojos dorados, ahora completamente consciente de su situación. Físicamente este era el Capitán que había conocido pero no era el hombre que pensó conocer. Este hombre era un pirata, todos los hombres alrededor eran piratas. Un poco de temor llenó su corazón mientras observaba los ardientes ojos dorados mirándola. Eran los mismos ojos que recordaba pero este hombre, no era el mismo hombre, verdad?

Él era un pirata, ahora lo sabía de seguro pero, no todos los piratas eran malos. Pensó en la forma en que besó su mano, la manera en que bailaron, la forma que en había besado sus labios—no podía haber fingido eso, verdad? Podría haber fingido ser un Oficial Militar de la Armada pero no estaba aprovechándose de su atracción, ella le había gustado y él le había gustado, verdad?

Mientras tanto, perdido en sus propios pensamientos, Inuyasha mantenía sus ojos en los suyos, esta chica ahora lo sabía, sabía quién era, sabía quiénes eran y estaba en una horrible situación. "Mierda." Dijo para sí intentando imaginar el mejor acercamiento posible. Si los hombres pensaban que no estaba considerando sus opciones, entonces podían enojarse y cuestionar su rango, pero no podía matarla (no dejaría que eso pasara) y no podía obligarla a trabajar—era una mujer de sociedad, no podría manejar tal cosa.

Miró la tripulación—algunos eran demonios y los demonios, una vez que se acercaran lo suficiente y no los rodeara olores de hombres repugnantes y sucios, notarían el aroma de una hembra. Eso significaba, que no podía mentir sobre ella y decir que era un hombre. Su mentira sería descubierta al instante y sería mucho peor a nada que pudiera haberle hecho. La dejaría en juego y crearía desconfianza dentro de sus tripulantes.

Mordió su labio, su mejor opción era simplemente decirle a todos que era una mujer—pero eso no podría salir bien tampoco. Las mujeres en barcos causaban problemas. Él miró a Sango, notando que estaba mirando al prisionero con ojos interrogantes, como si se diera cuenta que podría conocer al polizón. Recordó la primera vez que Sango subió a bordo. Al principio había habido una terrible pelea, todos los hombres querían reclamar a la mujer o al menos el derecho a usarla cuando lo necesitaran. Casi había habido un motín hasta que Miroku y él habían tomado la mejor decisión para evitarlo. Inuyasha había dejado que Miroku reclamara a Sango a su cargo—una mujer para no ser tocada por ningún otro hombre además de Miroku a menos que el Capitán quisiera una vez. Al principio, los hombres se habían puesto balísticos diciendo lo injusto que era, pero al final había puesto orden y dicho que si alguno quería pelear con él para el puesto de Capitán, mataría a ese hombre y a todos sus apoyos sin preguntar. Ante esas palabras los hombres se habían rendido, ninguno de ellos era lo valiente suficiente para intentar pelear con un hombre como él. En total la prueba había durado un mes en el barco, tiempo durante el cual Sango se había quedado en su habitación o en la de Miroku por seguridad.

Sonrió ante la idea de Sango quedándose con él—había sido una experiencia divertida y había puesto celoso a Miroku. Esa había sido la primera indicación de que a Miroku le gustaba la extraña chica que habían dejado subir al barco.

Esta vez probablemente no sería diferente, lo notó mirando a la mujer que desvió sus ojos. Tendría que ser reclamada más pronto que Sango, sin embargo, no quería vivir con la incertidumbre por semanas. Odiaba dormir con sus armas y cuchillos en la mano.

Pero quién iba a reclamar a esta joven? En realidad no era una opción fácil; sin importar lo que hiciera estaría en problemas. Miroku no podía reclamarla por temor a que los hombres vieran favoritismo, y él no se la daría a un hombre que sabía la lastimaría o abusaría. Miró a su tripulación, aunque eran buenos hombres de mar, no eran así de geniales cuando se refería a tratar amablemente a las mujeres. Miró a los hombres mayores (los de confianza) y frunció, podrían ser hombres dignos de confianza pero eras pervertidos y no la sometería a eso.

Entonces qué iba a hacer? Inuyasha suspiró cuando el único curso de acción entró en su cerebro.

"Tengo que reclamarla para mí y esperar lo mejor." Con un suspiro supo lo que tenía que hacer, era su única opción. Tendría que poner un reclamo sobre ella, un reclamo de sangre. La lastimaría de muchas maneras, como una mujer libre y como una herida en su carne. Aunque al final, también la salvaría de la violación y la muerte, ser la perra del Capitán tendría sus beneficios.

Él la miró de nuevo, deseando poder disculparse por lo que tendría que hacerle. Estaba seguro de que ella no entendería.

Fin del Capítulo

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La marée descendante arrive!: La marea viene!

Maman, Je veux être un garcon pour pouvoir courir au large!: Mamá! Quiero ser un niño. Así puedo navegar el mar!

Maman, Est-ce que Vous aimez la mer?: Mamá, te gusta el mar?

Oui: Sí.

Nota de Inu: Hola, hola! Mil disculpas por demorar un poquito la actualización de esta historia pero he tenido muchas cositas personales que atender y no me había quedado tiempo de hacerlo pronto pero ya… espero que hayan esperado este capítulo con ansias porque la historia comienza a complicarse para todos sus protagonistas, jejeje. Muchas gracias por la espera, por su paciencia y por todo el apoyo. Es un verdadero gusto hacer esto, yo también me emociono mucho con cada capítulo que traduzco y me alegra mucho que ustedes también puedan disfrutarla. Sin más, nos vemos en un próximo capítulo!