La inspiración suele ir y venir a su antojo, pero una vez que un escritor encuentra algo, lo que sea, que pueda incitarlo a escribir, al menos unas cuantas líneas, es difícil que deje pasar una sola idea y, generalmente, esa inspiración suele venir de las cosas más inesperadas que uno se pueda imaginar. Eso le sucedió a Candy.
Aquel domingo había tenido la fortuna de encontrar en un par de hombres, aquello que necesitaba para escribir capítulo tras capítulo de una nueva historia. Había encontrado a los caballeros de su nuevo cuento, aunque no había decidido aún si serían amigos, antagonistas, simples conocidos, líderes de pueblos en pugna o enemigos a muerte. Quizá podría hacer de ellos una especie de Arturo y Lancelot, amigos que traicionaban su amistad por su amor a una mujer, aunque en su historia no sería una mujer la causante de su desapego, sería un ideal, los triángulos amorosos eran ya demasiado trillados… o probablemente, podría hacer de ellos uno solo… un ser que al inicio de los tiempos había sido dividido en dos por un maligno hechizo que había condenado a cada una de sus partes a vagar por el mundo hasta que finalmente pudiesen encontrarse, y en cualquiera de los casos, quien los ayudaría sería Tony, el protagonista de todas sus historias. Aquel valiente y aguerrido muchacho que no le temía a nada, que luchaba contra las más feroces criaturas para alcanzar sus sueños; aquel magnífico caballero que, al terminar cada una de sus aventuras, regresaba con bien a casa, al lado de Dynca, la mujer que lo amaba; aquel, su Tom Sawyer personal.
Candy había pasado días enteros, con la nariz tras el monitor de su computador, escribiendo todo lo que se le venía a la mente. Escribía a todas horas y eso le había permitido imprimir ya muchos borradores distintos. Había releído tantas veces cada una de las hojas impresas que se las sabía de memoria, y pocos espacios en blanco quedaban en los márgenes, sobre los cuales no hubiese puesto una anotación a mano. Pero estaba emocionada y muy divertida con todo lo que se le ocurría. Había pasado ya mucho tiempo desde la última vez que le sucedió algo similar y, eso la hacía sentir muy bien, aún cuando la historia no estuviese definida.
Su editor había pedido leer algo de lo que llevaba escrito, pero ella le dijo que hasta no tener una idea bien clara de lo que quería hacer no le entregaría nada y así, pasaron las semanas.
Una tarde mientras estaba en su "oficina", rodeada de papeles y tomando su quinta taza de café del día, una vocecita familiar la hizo salir del mundo de fantasía que tenía creado en la cabeza.
¡Candy! – gritó la niña con emoción.
¡Lilly! – contestó Candy con alegría levantando la vista, esperando, sin darse cuenta, encontrar a su pequeña amiguita al lado de aquel rubio que comenzaba a idealizar como uno de los más perfectos hombres – ¿cómo estás pequeña? Ya tenía muchos días que no te veía – pero él no estaba ahí.
Bien, papá y yo hemos venido varias veces a buscarte pero no te hemos encontrado – la rubia sonrió.
He tenido mucho trabajo. ¿Vienes sola? No veo a Albert contigo.
Papá está trabajando, no pudo venir. Pero mis tíos me trajeron, son esos dos de allá – dijo señalando a la barra a dos elegantes caballeros enfundados en finos trajes – el guapo de lentes es mi tío Stear y el guapo que parece modelo es mi tío Archie.
Jaja ¿así que los guapos son tus tíos? – Lilly asintió – parece que estám discutiendo por algo.
Les pedí helado, chocolates, bombones, una soda y pastel de manzana. El tío Stear está dispuesto a comprarme lo que quiera, pero el tío Archie dice que papá se enojará si se entera que me dieron tantos dulces… el tío Stear lo quiere convencer de no decir nada, pero el tío Archie es un poco difícil – Candy sonrió.
Ven, yo te invito.
¡Bravo!
Candy se levantó de su mesa y se dirigió a la barra. Mientras lo hacía, pudo escuchar con más claridad lo que el par de hombres decía y no pudo evitar sonreír ampliamente.
Te digo que si Albert se entera que le dimos tantos dulces, se va a enojar… y mucho.
¿Y quién se lo va a decir? Yo no… ni de loco me arriesgo.
No será necesario que se lo digas. Cuando Lilly se ponga más hiperactiva de lo normal y lo tenga despierto hasta las tres de la mañana preguntándole cómo nacen y se hacen los bebés… créeme que se va a dar cuenta.
Lilly nunca le preguntaría eso a Albert… me lo preguntaría a mí.
Ese no es el punto Stear y lo sabes.
Vamos, hermano, es una niña. Los niños comen dulces, es su naturaleza, no le podemos negar nada…
Claro que podemos.
Bueno… entonces, si no quieres que coma todo eso, díselo tú yo no me pienso enfrentar a su carita de decepción.
Oye eso no es justo, tú eres el mayor.
Pero tú eres el vocero de la familia. Si te puedes enfrentar a la prensa, enfrentarte a tu sobrina no te costará mucho trabajo…
Buenas tardes – intervino entonces Candy, que llevaba a Lilly tomada de la mano.
Hola - respondieron ambos muchachos al unísono con cálidas sonrisas.
Jimmy, dale a Lilly una rebanada pequeña de pastel de manzana, con una bolita de helado de chocolate con bombones y una soda pequeña por favor… ración para peques.
Al momento jefe – contestó el muchacho de la barra, sonriéndole a Lilly.
Usted disculpe señorita, agradezco mucho que quiera consentir a mi sobrina pero Lilly no debe comer tanto.
Somos tres contra uno – dijo Stear – ¡ya déjala en paz!
No se preocupe Archie, es una ración especial. Prometo que no le causará problemas.
¿Cómo sabe mi nombre?
Lilly me lo dijo. Yo me llamo Candy, es un gusto conocerlos.
¿Candy? ¿Tú eres Candy?… ahhh ya veo, así que tú eres "la" Candy… yo soy Stear, Albert y Lilly nos han hablado mucho de ti.
Mucho gusto Stear… si lo que te dijeron es bueno cree todo, si no… te han estado mintiendo – sonrió.
Espera, espera… ¿ella es? ¡Wow! Oye muchas gracias por todo lo que hiciste por este pequeño demonio y por lo que estás haciendo por Albert, ¡auch! – dijo sobándose un costado al recibir un codazo de Stear – ¿ahora qué dije?
Por lo de Lilly, no fue nada… pero de Albert…
Por qué no te sientas con nosotros un momento, en lo que la princesita come – intervino Stear, intentando ocultar la indiscreción de Archie.
Claro… Jimmy, te encargo unos cafés… y le echas un ojito a la oficina por fa.
Candy y los muchachos se sentaron en una mesa cercana a un ventanal desde el que se veía el parque. El día era muy bello y la luz que entraba, además de cálida, le permitió ver con más claridad a cada uno de sus interlocutores.
Stear era de tez blanca y cabello castaño, de rasgos muy elegantes, aunque había algo en él que lo hacía parecer en extremo inteligente; lo que más llamó la atención de Candy fueron sus hermosos ojos cafés, que escondidos tras "peculiares" gafas, tenían un sublime brillo, cálido y amistoso "mirada de ángel, el amigo eterno" pensó.
Archie por su parte, era rubio de intensos ojos azules, muy parecidos a los de Stear, aunque de distinto color; pero a diferencia del moreno, él parecía, más bien, salido de una glamorosa pasarela que de un simposio de investigadores. Con un cierto aire aristocrático y de modales delicadamente refinados; su mejor atributo, una sonrisa pícara y coqueta que le daba a su rostro un toque sumamente especial "sonrisa arrebatadora, el enamorado eterno" pensó. Lilly tenía mucha razón al definir a sus tíos como "los guapos".
¿Cómo está Albert? – preguntó Candy una vez que hubieron tomado asiento.
Bien, con mucho trabajo y batallando por encontrar tiempo para su hija – respondió Stear intercambiando elocuentes miradas con su hermano.
Ya debe estar acostumbrado a eso – continuó Candy.
No – respondió Lilly – yo estoy con papá sólo los domingos, pero como mi papá Michael se fue a Londres a un congreso…
Lilly… ¿qué te hemos dicho de las conversaciones de adultos? – le preguntó Archie con mirada amenazante.
¡Pero si es la verdad!
No entiendo – dijo Candy – pensé que Albert… no sabía que él era… gay – Archie casi escupe su trago de café al escuchar las palabras de Candy.
Albert gay, jaja, jamás me lo habría imaginado – dijo Stear divertido.
No Candy, Albert no es gay, creo que sería un pésimo gay, su sentido de la moda es malísimo – dijo Archie – él, bueno… hace ya algunos años, le cedió la custodia de Lilly a su ex esposa y a Michael, su nuevo esposo.
Oh, ya veo.
Cuando mamá murió, papá estaba tan mal que no creyó poder criarme – dijo Lilly – entonces seguimos como habíamos estado cuando mamá vivía.
Lo lamento mucho Lilly, yo no sabía lo de tu mami.
Michael se encarga del cuidado de Lilly durante toda la semana y Albert la ve los domingos, o cuando tiene tiempo suficiente para estar con ella – continuó Archie – pero en ocasiones, como ahora, Michael tiene que viajar y no puede llevarse a Lilly para que no pierda el hilo de sus lecciones, entonces ella viene a casa con Albert.
Generalmente él organiza todo para poder pasar la mayor cantidad de tiempo posible con su hija, pero ahora no ha podido hacerlo, estamos en una temporada de mucho trabajo, así que la lleva a la oficina y, entre todos, intentamos cuidarla.
Eso no debe ser sencillo.
No, y Lilly se aburre muy fácilmente, aunque es muy divertido tenerla con nosotros, hace los días… diferentes – Stear sonrió.
Yo puedo ayudarlos si gustan.
¿Cómo?
Sé que no me conocen de mucho tiempo, pero puedo cuidar a Lilly por las tardes. Supongo que mi agenda no está tan ocupada como la de ustedes.
¡Eso sería genial! – gritó la pequeña.
Primero debemos consultarlo con Albert, Lilly.
Por qué no me das su número y yo hablo con él.
No será necesario, en seguida le marco – Archie sacó su celular del bolsillo – ¡perfecto! – Exclamó irónico – creo que mi batería se terminó, traigo el celular apagado.
Espera yo le llamo – dijo entonces Stear – hey, que coincidencia, mi celular también está apagado.
¡Lily! – dijeron ambos al mismo tiempo, presionando los botones de encendido de sus teléfonos.
Papá siempre apaga su celular cuando está conmigo.
Sí, pero hoy es día de oficina, alguien puede necesitarnos – dijo Stear, pero interrumpió el regaño cuando su teléfono sonó – buenas tardes señorita O'Brian… sí, debió haber algún problema con las redes… ¿sucede algo? La escucho intranquila… ¿Que Eliza hizo qué?... no de nuevo… ¿cuándo va a aprender a no meterse en problemas?... sí señorita no se preocupe vamos para allá… sí, sí, dígale a Albert que no se preocupe… llegamos en seguida – mientras Stear hablaba Archie hacía lo propio.
Albert… sí, Patty acaba de contactarnos… convoca a una conferencia de prensa dentro de una hora, nosotros llegamos en diez minutos… haz que Eliza te diga todo para poder arreglar sus tonterías… tenemos muy poco tiempo para solucionar esto… y dile que será la última vez que saco la cara por ella… ¡NO!... No dejes que Neil intervenga, la última vez que intentó ayudar, me costó mucho más trabajo de lo que esperaba reparar su intento de ayuda… ahora vamos… Albert… procura que la tía no se entere… adiós – cuando ambos colgaron los teléfonos Candy preguntó.
¿Pasa algo?
Problemas familiares – dijo Archie molesto.
¿Algo en lo que pueda ayudar?
Lamentablemente no – contestó Stear suspirando – debemos irnos. Fue un gusto conocerte Candy.
Igualmente.
Vámonos Lilly.
No quiero regresar a la oficina, si hay problemas todos van a dejarme solita.
Patty te cuidará.
Quiero quedarme con Candy.
¡Lilly!
Quizá tenga razón Archie. No habrá nadie libre para atenderla – dijo Stear, y volteó a ver a Candy – ¿podemos encargártela un momento?
Claro que sí, esperen un segundo – fue a la barra y anotó su dirección y teléfonos en un papelito – pueden pasar por ella cuando estén libres, o llamarme si prefieren que la lleve a algún sitio.
Muchas gracias Candy, te debemos una… pórtate bien Lilly – dijeron y salieron corriendo del lugar.
Las horas pasaron rápidas y Candy se divirtió como nunca con Lilly. La niña, aunque era aún muy pequeña, estaba tan llena de vitalidad que la hacía olvidarse de todo, además no podía dejar de pensar, que si Tony no hubiese partido, seguramente ella pasaría muchos momentos así con hijos propios, rubios y de intensos ojos azules… como Lilly.
La noche cayó y a la niña la venció el cansancio. Candy la tomó en brazos, la recostó en su recámara y salió al comedor a retomar sus escritos. El problema familiar del que Stear y Archie habían hablado debía haber sido muy grave para que se tardaran tanto tiempo en ir por la pequeña.
Finalmente, poco después de las diez de la noche el timbre de la puerta sonó y Candy se apresuró a abrir para que el zumbido no despertara a Lilly. Albert estaba ahí, parado frente a ella, con el rostro surcado por intensas ojeras y marcas de inminente cansancio, que se veían intensificadas por el contraste que hacían su piel y el traje y camisa oscuros que portaba.
Buenas noches Candy, lamento haberte dejado a Lilly por tanto tiempo. Debes estar agotada.
Hola – respondió ella sonriente – no te preocupes. Tener a Lilly aquí ha sido muy interesante – al verlo con más detenimiento se dio cuenta de que aún había algunos detalles que afinar en su descripción del personaje inspirado por el rubio, como la forma en que el tono azul de sus ojos cambiaba dependiendo de su estado de ánimo – pasa, Lilly y yo nos divertimos mucho.
¿Dónde está ella?
Dormida, en mi recámara.
¿Lograste que se durmiera? – Dijo con tono sorprendido – Eso es asombroso, me tendrás que decir cómo lo lograste… tengo más de una semana intentando hacerla dormir antes de media noche y no lo he logrado por ningún medio – ella sonrió.
Quizá lo hace porque quiere pasar todo el tiempo que pueda contigo… pero hoy hicimos muchas cosas y al final, creo que hice lo que cualquier persona haría, le conté un cuento de hadas y listo.
No creo que los cuentos sean lo mejor para un niño de su edad, pero… Lillian hacía lo mismo – dijo él con tono nostálgico, más para sí mismo. Candy intentó distraerlo un poco.
Es bueno para los niños. A mí siempre me contaban cuentos para dormir… pero ven…. siéntate, quieres un café o algo de tomar.
No gracias – dijo él pasándose las manos por el rostro – creo que será mejor que me lleve a Lilly a casa, ha sido un día bastante difícil y ya que lograste que se durmiera, aprovecharé para terminar unos pendientes.
Te ves cansado.
Lo estoy.
Entonces, un café no te caerá mal, descansa al menos un momento… ¿ya cenaste?
No, pero no te preocupes, ahora que llegue a casa paso a la cocina por un vaso de leche.
Vaya, un vaso de leche… un alimento sumamente nutritivo – él sonrió – ¿qué se te antoja? Sólo procura que no sea algo muy elaborado, no soy una excelente chef – respondió ella poniéndose de pie y dirigiéndose a la cocina.
En verdad Candy, no será necesario.
¿Desprecias mis buenas intenciones? – su tono dramático hizo reír al rubio – te prometo que no te voy a envenenar, y juro que sí sé cocinar – continuó divertida.
Está bien, si insistes… pero déjame ayudarte.
No, no, tú descansa y deja todo en mis manos.
Gracias – mientras Candy cocinaba, Albert se puso cómodo y comenzó a curiosear con la mirada – ¿eres adicta a las flores? – preguntó.
¿Cómo? – Él señaló los muchos jarrones con rosas que habían en la estancia – ah, eso… las rosas me gustan mucho, pero esas me las han regalado.
Tu novio debe haber gastado una fortuna. Se ve que están muy bien cultivadas.
No es mi novio, sólo un nuevo amigo… un actor agradecido – desde que Terry había obtenido el papel, le enviaba, todos los días, un ramo de rosas de distintos tipos y colores a Candy.
¿Terry se quedó con el personaje?
Sí, su presentación me impresionó. Pero dime ¿cómo sabes tú de la calidad de las rosas?
Mi hermana era aficionada al cultivo de plantas. Sus rosedales eran su mayor orgullo – Candy volvió a notar el tono melancólico en la voz de Albert, pero esta vez no se le ocurrió nada para cambiar de tema. Después de un incómodo momento de silencio Albert volvió a hablar – tienes una colección muy interesante de cds.
No puedo trabajar sin música.
Me queda claro – sonrió – pero… Chris Cornell en medio de Debussy y 31 minutos es algo extremo – ambos sonrieron.
Listo, la cena está servida… ¿quieres café, leche o agua?
Café está bien gracias.
Candy había dicho "nada muy elaborado" y lo había cumplido. La cena no era un platillo gourmet, eso quedaba claro, pero estaba deliciosa y para Albert, acostumbrado a comer en restaurantes y sin compañía, la cena fue perfecta, casi familiar, como no había sido desde que Lillian lo había dejado. Pasaron un buen rato conversando, comiendo y sonriendo. El rostro del rubio, poco a poco fue perdiendo las marcas de hastío y agotamiento que tenía cuando llegó, y tomando, a su vez, un aire más alegre, que le devolvió el brillo a sus ojos.
La plática fue tan amena que ninguno de los dos sintió pasar el tiempo, hasta que un poco antes de la una de la mañana el celular de Albert sonó.
Era Stear – dijo en cuanto colgó – se preocuparon al no verme llegar. Es hora de irnos… ¿te molesta si paso a tu recámara por Lilly?
Claro que no, ven es por aquí – Albert la siguió. Lilly estaba profundamente dormida. Ambos la contemplaron un momento y después él se quitó el saco para cubrir a su hija.
Aquí tengo una frazada – dijo Candy volteando hacía el armario.
Con el saco estará bien.
Insisto. La noche ha refrescado un poco, no me gustaría que enfermaras.
Si insistes – el rubio aceptó, tomó la frazada y cubrió a Lilly con ella, a Candy le pareció particularmente encantador ver el cuidado y cariño con que aquel hombre tomaba en brazos a su hija. Fue incluso más delicado que al tomar el violín en aquella tienda de instrumentos, y eso parecía casi imposible.
Muchas gracias por haberla cuidado y gracias por la cena – dijo al llegar a la puerta del departamento.
Fue un placer… Albert… – dijo antes que el hombre se fuera – yo puedo cuidarla si gustas. A Lilly no le gusta estar sola en la oficina, y a mí me caería muy bien su compañía.
No quiero causarte más molestias Candy, ya has hecho mucho por nosotros, pero lo tendré en cuenta.
Piénsalo al menos y si necesitas mi apoyo llámame… si no es así, vengan a visitarme de vez en cuando.
Lo haremos.
Hasta luego entonces.
¿Candy?
¿Dime?
Pasé una excelente velada, que pases buenas noches – ella sonrió.
Descansa.
Y así, el rubio salió del lugar, con una extraña sensación de tranquilidad inundándole el corazón, dejando, en la sala que acababa de abandonar, a una pecosa, con la misma sensación y, llevando en brazos a una pequeña que, fingiendo estar dormida, había escuchado con gran felicidad todo lo que su padre y su nueva amiga acababan de decir.
