Izuku en sus brazos, el mundo cambiando a su alrededor, el talismán "sin funcionar", y él…
Bakugō lo seguía sosteniendo en sus brazos, mirando como la realidad cambiaba una vez más. La primera vez no pudo ser testigo de cómo es que cambiaba el mundo. Y ahora podía verlo.
La realidad colapsando era todo un espectáculo maravilloso, que mostraba la belleza de la monstruosidad y el caos. De la oscuridad y la muerte.
En la habitación donde estaban, se volvió completamente negra. Sin ventanas, sin su linterna, sin nada más que cuatro paredes completamente negras que de no ser por los extremos de "luz" roja que rodeaban la puerta con esa aura, habría pensado que tenía los ojos cerrados.
Una oscuridad aplastante.
No podía ver el rostro de Izuku, pero sentía su cuerpo cálido en sus brazos, así como el tenue movimiento de su respiración. Saber que estaba a salvo, era tranquilizador.
Por lo que Midoriya le conto la vez pasada, sabía que no tenía mucho tiempo que perder. Que debía moverse y ponerse en marcha en busca de una salida. Guardo las cosas tal cual como lo hizo su compañero a última vez, acomodo las correas de la mochila amarilla lo más pequeñas que pudiera en torno a los brazos del otro, y de esa manera usar las correas restantes para atarlas al pecho del chico de pecas como una especie de doble seguridad contra caídas.
Busco su hacha y la escopeta que los monstruos le habían quitado. Usando su móvil de nuevo para iluminar un poco, las encontró casi por suerte.
Acomodo bien su pistolera del pecho y la correa de la escopeta, de modo que el cañón del arma quedara apuntando al piso y la correa cruzara su pecho. De ese modo le sería más fácil usarla si la necesitaba. El hacha sin embargo, sería difícil de llevar.
La coloco dentro de la mochila, asegurándose de no arruinar ninguna cosa de dentro, dejando que el filo quedara dentro y el mango por fuera. De ese modo, dejo la mochila abierta, pero cubierta con la parte superior de la mochila.
Tomo el talismán, observando como el diseño de este se volvía completamente negro. Como un extraño "apagado" que se acciono al tomarlo. Quizá la energía se le agoto.
Sin darle más importancia lo metió en el bolsillo de su pantalón. Cargo a Izuku junto la mochila y sin más que perder, salió de la habitación donde estaban.
Apenas salir, un pasillo largo y con varias puertas de madera distribuidas les recibió. Con un piso de concreto y paredes del mismo material. En el techo, justamente a la mitad, estaba una larga luz de neón roja.
Dando a todo el ambiente ese color rojo.
Un detalle, curioso, era que el cuerpo de Bakugō estaba sudando. Podía sentir las gotas del líquido recorrer su cuello, su frente y sus clavículas. Sin embargo, a pesar de que su cuerpo reaccionaba a este clima, él sentía un terrible frío por todo el cuerpo.
Muy contrario a lo que su cuerpo decía.
Añadiendo a eso, la mezcla que había por el aire: Azufre y nitroglicerina. No eran aromas lo suficientemente fuertes para que se oliesen en todo el sitio, sino que había ciertas partes donde se olían ambos.
Comenzó a caminar por el pasillo, revisando puertas al azar. Era ciertamente un reto en tener que abrir las puertas debido a que sostenía a Izuku. Así que, para abrirlas, se inclinaba un poco hacía al frente para sostener el cuerpo del chico y estiraba uno de sus brazos para abrir la puerta. Sin embargo, estaban siendo meras pérdidas de tiempo que las abriera, puesto que solamente encontraba en su interior más oscuridad y una pared de espejos que quedaba justamente al fondo de cada habitación, que, por la luz solamente reflejaban su silueta y la de Izuku.
Varias puertas eran así.
Oscuridad, espejos, y más oscuridad.
O al menos era así hasta la sexta puerta.
Justamente al abrirla en busca de una salida, noto que solamente su silueta se reflejaba. Sorprendido por la falta de la sombra de Izuku, hace algo de presión en su agarre, sintiendo que Midoriya seguía en su espalda, incluso el chico de cabello verde había movido su cabeza un poco, dejando que su respiración pudiera sentirse sobre la piel desnuda del hombro de Katsuki.
Aquello basto para tranquilizarle de nuevo y hacerlo mentalizarse en que no estaba solo, y que aquel pueblo estaba buscando hacerlo enloquecer.
Cerró la puerta usando su pie y siguió buscando.
Pero entre más puertas abría, las siluetas de su sombra cambiaba. Esta vez, además de no estar el reflejo de Midoriya, notaba que su silueta usaba otra ropa.
Unas veces se veía con toda su ropa puesta, con chaquetas, con pantalones anchos… A veces el cabello se veía más largo y otras veces más corto.
Y de repente, al abrir otra puerta más, su silueta cambio completamente a aquella de cuando era niño. Una sombra pequeña, que dejaba ver que sostenía un juguete en sus pequeños brazos.
Las siguientes puertas seguían mostrando a ese niño pequeño.
Hasta la veinteava puerta, que todo cambio. Apenas abrirla, la sombra del pequeño estaba completamente arrodillada, y por el pequeño movimiento que hacía el resto de su cuerpo, sabía que estaba llorando. Se quedó mirando la sombra, viendo como lloraba y lloraba. Casi podría escuchar sus propios sollozos.
Unas manos aparecieron. Las sombras de las manos que se acercaban al pequeño. Manos grandes, y robustas, sucias y degeneradas. A las sombras de las manos, más sombras de hombres se le fueron, todos con sonrisas inhumanas que iban de extremo a extremo de sus rostros.
Observo como las manos sostuvieron al pequeño, tirando de sus pequeños brazos y tirando de sus cabellos. Lastimaban al pequeño sin importarles nada, desprendiéndolo de sus ropas para golpearlo y seguir tirando de él, como si buscaran romperlo.
Bakugō azoto la puerta, sin poder resistir ver más, puesto que entre más seguía mirando, él mismo podía sentir aquellas manos fantasma acariciando sus brazos y piernas. Él sabía lo que le seguiría pasando a ese pequeño.
Nunca lo olvidaría.
Avanzo, asqueado y con la respiración entrecortada. Odiando mucho más con cada segundo que pasaba ahí. No debía dejar que su pasado le continuara afectando.
Ya había marcado un final a ese pasado que arrastraba. Y nada le haría cambiar de opinión.
Lo enterraría en lo profundo de su cabeza, como todos los recuerdos que tuvo de pequeño. Se forzaría en olvidar si era necesario, incluso si debía olvidar a sus Padres…
Ignoro todas las puertas que le quedaban de camino, avanzando por los pasillos largos sin saber a dónde estaba yendo realmente. Empezaba a desesperarse por no conseguir salir de ese lugar y sentir que no dejaba de dar vueltas y vueltas.
Sin embargo, cuando se detuvo a maldecir de nuevo, una puerta cercana a él se agito con fuerza llamando su atención.
Al verla, la puerta se movió de nuevo.
Ni en sueños abriría la puerta. Nada bueno ha salido de ellas cuando se mueven de esa manera. Así que decide ignorarla y seguir caminando.
Y así pasa otros minutos, deambulando de nuevo por los pasillos en búsqueda de alguna señal que lo ayudara a salir de ese laberinto.
Y otra puerta se sacude.
—No pienso abrir ninguna maldita puerta otra vez. —Gruñe, ignorando la puerta de nuevo.
Y sí él no quería abrir la puerta, Silent Hill la abriría para él.
La puerta da un chirrido para llamar su atención, mientras se va abriendo completamente, invitándolo a mirar su interior.
Katsuki siente aquella alerta en su cabeza, que grita que no se acerque. Pero no puede evitarlo. La puerta se abrió sola después de que dijera aquello, y si eso no era una señal de que debía ver, no sabría qué otra cosa sería.
Era mejor hacer caso a tentar más a la suerte que no tenía.
Se acerca y ve en su interior. Un espejo como todos los demás, pero ahora no hay ni una sombra reflejada en él.
No hay reflejo de nada.
Confundido, cierra la puerta con el pie como lo ha hecho antes y se aleja. No sabe qué clase de planes tiene el pueblo, y no piensa quedarse en averiguarlo. La última vez, por poco no la libraban contra el Guardia. Pero de nuevo, tras otros pocos minutos de camino, otra puerta se abre.
Mira de nuevo en su interior, y esta vez, esta una sombra que deja ver el cabello terriblemente despeinado y esponjado, un cuchillo en su mano derecha y un arma en la mano izquierda.
Katsuki reconoce la sombra.
Aquella sombra era la misma que veía de sí mismo cada que usaba aquel traje de oni azul. Observa que la sombra respira a un ritmo acelerado y casi antinatural.
La sombra del cuchillo deja salir gotas de sangre, y la mano que sostiene el arma tiembla sin control.
Retrocede cuando el miedo comienza a burbujearle en el interior, y antes si quiera cerrar la puerta la sombra corre hacia su dirección. Lo toma desprevenido, que sabe que no tendrá tiempo de tomar la escopeta y defenderse. Se resigna a tomar el golpe.
Pero el golpe nunca llego.
En su lugar, el sonido del espejo crujiendo al ser roto fue lo que inundo el pasillo. Bakugō observa como el espejo se quiebra. Los pedazos caen después, y una puerta se ve detrás.
Lo pensó.
¿Seguir vagando sin rumbo por aquel laberinto o tomar una puerta que lo llevaría un sitio desconocido? Pero si quiera pensarlo más, al momento de mirar su entorno, había paredes rodeándolo.
Tal y como si el pueblo leyera su mente y su deseo de ignorar de nuevo las puertas, le habían encerrado. Sin más escape, se adentró en la habitación. Manteniendo sus sentidos en constante alerta por lo que pudiera salir de ahí.
La oscuridad le recibió de nuevo, y el constante malestar de peligro seguía resonando dentro de su cuerpo.
A medida que se encontraba cerca de la puerta, dicha puerta se fue abriendo completamente. En un chirrido que le hizo detenerse. Era una mala idea, y aun sabiendo que era una mala idea, no tenía más alternativa que seguir lo que aquel lugar le decía.
Odiaba eso.
Paso por los pedazos de vidrio, escuchando como se rompían de nuevo bajo sus botas. Todo parecía tan real e irreal a la vez, que era completamente abrumador.
Al pasar por la puerta, esta se cerró completamente a sus espaldas. Gruño, pero al menos ya estaba en otra sección y en esta al menos le daría la sensación de estar avanzando más.
El nuevo ambiente que les había recibido, tenía una iluminación vaga en colores azul. Había maquinas, tuberías, rejillas y todo reinado por el metal. Muy similar al de una fábrica de fundición.
El fuerte calor golpeo por primera vez su cuerpo, y en esta ocasión, podía sentirlo. A diferencia de antes que parecía al revés. El aroma pesado y toxico de una fábrica, así como el calor y el constante aroma a nitroglicerina y azufre.
Bakugō podía escuchar a las maquinas funcionando a la distancia, como los enormes moldes se movían por el techo. Al mirar abajo, podía ver el resto de máquinas funcionando completamente solas.
Miraba los moldes llenos con el metal líquido siendo vaciado y trabajado por nadie. Había cintas que llevaban distintos materiales que en su experiencia, llevaban hacia donde eran fundidos. Pero, a pesar de todo, su ambiente siempre se mantuvo en aquel color azul pálido y gris.
A pesar de lo maravilloso que era mirar una Fábrica como esas siendo operada por nadie, debía enfocarse en seguir caminando y en encontrar una salida.
Minutos más tarde de caminata casi sin sentido, ya que por más que caminaba no parecía avanzar, Katsuki suspiro, cansado, hastiado y molesto por todo.
—A buena hora te venías a desmayar, nerd… —Gruñe. —No tienes idea de cómo me estás haciendo falta… — Piensa y sincera consigo.
Ahora entendía cómo es que Midoriya se había sentido cuando él quedo inconsciente antes. Y de nuevo se culpó.
—Nunca he sido tan fuerte para proteger a los que me importan…— Piensa de nuevo, y aquel pensamiento lo hace detenerse de manera abrupta. ¿Él pensando en esas cosas? ¿En que nunca fue suficiente para proteger? Sacudió la cabeza en negación, bastante inquieto por aquel pensamiento.
No, simplemente no debía dejar que aquellas inseguridades le dominaran. Él era fuerte. Ya no era aquel niño pequeño que no pudo salvar a su Madre y Padre…
Ya no era ese niño débil.
Se muerde los labios con fuerza, queriendo provocarse dolor para que su cabeza deje de pensar en esas cosas tan raras. No debía dejar que nada de eso quebrara su perfecta armadura.
Al enfocar su atención al camino de nuevo, vio a dos cosas salir de un pasillo. Al verlas, se detuvo de nuevo.
Las cosas aún no habían notado su presencia, y para él eso era mejor.
Aquellas cosas, parecían ser como simios de pie. Pero con pieles perfectamente negras, tanto, que ni la poca luz que había se reflejaba sobre sus pieles. Lo destacable de ellos, eran dos cosas; los rostros en azul y los brazos. Los rostros, estaban cubiertos con máscaras azules, muy similares a la suya de oni azul, pero terriblemente desfiguradas y que hasta cierto punto no parecían ser mascaras tal cual. El cabello negro que sobresalía de ellas y que se mezclaba con todo el tono de los cuerpos, hacia lucir que todo el cuerpo y cabello salía directamente de la máscara.
Los brazos, a partir del codo, estaban el muñón de carne cortada y con un cuchillo que sobresalía del muñón. Atado al hueso sobresaliente con una especie de hilo negro. Los cuchillos largos y llenos de sangre seca.
Las criaturas respiraban de maneras irregulares, pero no estaban atacando a nadie. Solo se habían detenido a mitad del camino.
Katsuki maldijo su suerte. Se inclinó tanto como pudo para bajar a Izuku de su espalda. Sabía que no podía pelear con él si lo llevaba a cuestas, y peor aún, podía sufrir algún daño, cosa que no se perdonaría de nuevo. Tomaría toda la ventaja de su factor sorpresa para atacarlos, eliminarlos y mantener a Midoriya a salvo.
Tras dejar Izuku con cuidado sobre el piso, pensó en tomar el hacha. Pero al ver aquellas cosas y sus cuchillos, no parecía ser lo mejor. Más aparte que no sabía exactamente como atacaban aquellas cosas. ¿Eran rápidas como los enfermeros? ¿O lentas como los seres de manos?
Tuvo la idea de averiguarlo, sin embargo, con Izuku inconsciente, no podía darse el lujo de alejarse demasiado y desprotegerlo. Sacaría toda la información que pudiera de ellos en ese enfrentamiento.
Izuku no era el único que tenía ese lado analítico.
Aseguro que la escopeta estaba cargada y lista, y con una nueva mirada seria en su rostro, corrió hacia aquellas criaturas, procurando así que él fuera su único centro de atención.
En cuanto sus pasos fueron escuchados por los monstruitos, estos reaccionaron y corrieron contra él de igual forma. Se movían rápido para lo cortos de sus piernas, pero ni con eso intimidaron completamente a Bakugō.
Se arriesgó demasiado al dejar que se acercaran completamente a él, sin embargo solo así podía garantizar que el ataque de la escopeta los acabaría.
Siguió la regla de los zombis; disparar a la cabeza.
Al primero logro destrozar completamente su máscara con el disparo, pero con el segundo que tuvo que esquivar el cuchillo, solo alcanzo a darle en uno de sus brazos.
El monstruo azul perdió su brazo, aunque, como un buen monstruo, termino por regenerar aquella extremidad.
Katsuki fue esquivando sus ataques que constaban de movimientos horizontales y verticales de maneras erráticas y veloces; teniendo en cuenta cuanto era el límite que podía retroceder sin poner a Izuku en peligro. Puesto que los erráticos ataques de la criatura no le dejaban fácil la tarea de dispararle, y él no iba a disparar de manera indiscriminada. Cada bala era costosa, y más sí venía de escopeta.
Usaba la culata del arma para bloquear los ataques que pudiera o para tratar de golpearle y desorientarle lo suficiente para poder disparar.
No pudo librarse completamente cuando se obligó a detenerse ya que estaba cerca de Midoriya, y termino por recibir un corte en el costado de su vientre. Gracias a alguna entidad que lo estaba cuidando, no fue profundo.
No obstante, aquello le sirvió para disparar justamente a la máscara. Ya que aquella criatura se quedó completamente quieta cuando le vio sangrar y su arma estaba manchada con lo poco de la sangre roja y caliente.
Tomo aquello para disparar sin miramientos contra la cara.
Apenas ese característico sonido de cerámica rompiéndose se escuchó, Bakugō pudo respirar con libertad.
Observo los restos de ambas mascaras sobre el suelo, y sin pensarlo más los pateo fuera de su camino hacia el vació de las máquinas de abajo.
Se lleva una mano hacía la herida antes de seguir moviéndose. No era profunda y aunque dolía, era completamente soportable. Resistiría una herida así.
—Porquerías. —Dice, y regresa hasta por Izuku.
Al cargarlo de nuevo sobre su espalda, sintió otra presencia con ellos. De inmediato giro, listo para recibir el ataque si era un monstruo… y lo era, pero no uno como tal.
—Katsuki. —Hablo, aquel hombre de rubios cabellos. Perfectamente peinados y con un modelo de ropa elegante y a la moda como siempre. Si no fuera por el azufre, Bakugō podría decir que percibía aquel perfume que tanto usaba aquel hombre.
Al no sentirlo como una amenaza tal cual, simplemente chasqueo y comenzó a alejarse de él.
—Sabes que no puedes ni debes ignorarme, mocoso. —Continuo hablando aquel hombre mientras le seguía el paso también.
—Aléjate de mí. —Fue lo único que dijo sin detenerse.
—Es curioso que ahora estés protegiendo a ese chico. Cuando antes no movías ni un solo musculo para ayudar a nadie.
—No sé por qué mierdas estas aquí.
—Soy un intento por salvarte. Soy la única autoridad que respetaste después de los de tus Padres. —Habla de nuevo y Katsuki odia con todo su ser darle la razón. — Ya tienes el talismán en tu poder, ¿por qué continuas con él? Déjalo aquí, a su suerte.
—No.
—Él te conducirá a tu muerte.
Bakugō ni siquiera quiso responder a eso. Solo siguió caminando. No quería que aquel hombre le hiciera cuestionarse más cosas de las que ya tenía en mente. Ciertamente, Tsunagu había sido la última autoridad que había respetado en su vida.
Pero eso solamente fue por un contrato entre ellos.
—Ya no puedes seguir dándome órdenes. —Ni siquiera entendía porque continuaba hablando con él. Aquello era una manifestación más del pueblo que solamente buscaba hacer lo que dijo ese otro viejo rubio. Pero él no permitiría que le plantara más dudas.
Silent Hill fue muy hábil al usar a Tsunagu Hakamata, su padre adoptivo, como un fantasma que buscara hacerlo alejarse de Izuku. Como antes se dijo, él fue la última autoridad que respeto y la única persona a la que llego a obedecer.
Pero eso fue de muchos años antes, y ahora, ya no tenía el mismo poder sobre él. O al menos él esperaba que no lo tuviera…
—Tienes el talismán, Katsuki… Puedes usarlo para salir de este mundo. Solo usa la energía de aquel chico para hacerlo. Serás libre. —Insistió el hombre sin dejar de seguirlo. Bakugō había girado por un pasillo de máquinas, que lo llevaba a otra parte de la Fábrica, pero que en resumidas cuentas seguía haciendo que diera vuelta por todo el sitio.
—Ese chico ofreció su vida a tus manos. ¿Recuerdas?—Aquellas palabras bastaron para hacer a Bakugō detenerse.
No pudo evitar que su mente enfocara el recuerdo de Midoriya y su mirada desesperada para que lo matara. Recordó la piel bajo sus palmas. La sensación de la vida de Izuku en su total poder, incluso fue capaz de recordar el pulso acelerado del chico de ojos jade. Aquella sensación de la sangre fluyendo con tanta fuerza por las venas de su cuello, era algo que pocas veces experimento.
—Puedes cumplirle su deseo de matarlo. —Hablo de nuevo Hakamata. —Puedes terminar con su miserable existencia… a fin de cuentas, él no sirve. —
Las ideas estaban llenando la cabeza de Katsuki en aquel momento. El pensamiento de huir, de ser libre lo estaban abrumando. Por alguna razón, aquellas palabras que decía Hakamata parecían tener un efecto en su persona. No podía ignorarlas como con la mayoría de veces.
Parecían ser órdenes que su cabeza estaba poniendo en prioridad sin que él mismo pudiera hacer algo para evitarlo.
—A él no le molestara… está a tu total merced. Puedes hacer con él lo que te plazca, Katsuki. —Tsunagu logro pasarlo y colocarse delante de él.
—A menos que quieras sucumbir a esto junto con él. —El tono tan suave con el que se lo había dicho le causo escalofríos a Bakugō. Sus brazos se afianzaron sobre las piernas de Izuku, incapaz de querer soltarlo.
Puesto que el pensamiento de abandonarlo, le fue inevitable.
Pero, su cuerpo era más sincero que su propia cabeza.
—Suéltalo Bakugō… Deja que caiga y carga el talismán con su vida. Hazlo. Katsuki. —Las manos de Tsunagu se posaron sobre sus hombros y fueron bajando por sus brazos. Queriendo hacerlo ceder de su agarre.
Katsuki estaba paralizado, con su mente queriendo trabajar tanto como le era posible para encontrar la razón y negarse a todos los pensamientos que le estaban llegando.
Pero aquel lugar no se caracterizaba por dejarles la razón a sus víctimas.
No quería dejar a Izuku ahí después de todo lo que hizo por él. No quería dejarlo a su suerte. No quería. Pero una muy pequeña parte dentro de él, quería hacerlo. El sentimiento egoísta de dejarlo, de salvarse a sí mismo ahora que tenía el medallón y un sacrificio que ofrecer para salir por fin de ese asqueroso lugar estaban siendo demasiado tentadoras.
Él era un monstruo. Egoísta y sin compasión que solo pensaba en su bienestar y en su objetivo de vida. Nunca pensaba en nadie que no era él.
—Soy hombre de palabra. — Susurra, queriendo explotar la burbuja de pensamientos en su cabeza. Sus brazos siguen con la orden de no soltar a Izuku, y en ese momento no sabe sí lo agradece o lo aborrece. —Soy hombre de palabra… — Se insiste, queriendo que aquellos pensamientos por fin se alejen o dejen de ahogarlo.
¿De verdad era un monstruo egoísta que dejaría morir a la única persona que le demostró que no todos los humanos son iguales? ¿Sería capaz de por fin liberarse de la poca empatía que le quedaba para ser de verdad aquella abominación?
—Kat… chan… —Escucho la voz de Izuku, tan cansada y ronca sobre su hombro. — Deja… lo… —
El brazo de Izuku se movió, tratando de apartar a aquel hombre rubio, pero la fuerza y la consciencia del chico de pecas pendían de hilos que se rompían con cada segundo que estaba "despierto". Su movimiento para apartarlo fue lento y flojo.
—Moribundo maldito. —Hakamata levanto su brazo para golpear a Izuku, pero fue ahí cuando Bakugō reacciono.
Pateo a su Padre adoptivo con todas sus fuerzas, y después corrió. Corrió sin rumbo fijo y con el objetivo de imponer toda la distancia que pudiera entre ambos.
—Espero que con esto sepas, que has sellado tú maldito destino… —Dijo, aquella manifestación antes de desaparecer completamente.
Una vez lejos, Bakugō trato de hablar con Izuku de nuevo, pero el mencionado había caído nuevamente al sueño. Haciendo que Katsuki gruñera de nuevo, pero que de igual manera volvía a tener que agradecerle a Izuku que lo salvara.
O mejor dicho, que se salvara a sí mismo de él.
No sabía que habría pasado si continuaba escuchando a Tsunagu.
Mientras continuaba caminando, comenzó a percatarse de su entorno. Ahora parecía que las paredes estaban hechas con tuberías tan entrelazadas como enredaderas. El ambiente se siguió poniendo más pesado, así como la constante sensación de ser observado.
Escuchaba sonidos que provenían de las "paredes", y aunque trataba de ver entre los huecos de las tuberías, no podía ver absolutamente nada. Solo oscuridad.
Estaba frustrado por aquella situación.
Y más por el simple hecho de que estaba pasando tiempo consigo mismo, cosa que en momentos así no era lo más recomendable. Su cabeza parecía querer darle vueltas al asunto del por qué estaba siendo tan influenciable por su pasado. Primero había sido aquel cuchillo, después lo de Toga y finalmente estaba Hakamata.
Antes de llegar a Silent Hill, aquellas cosas nunca le habían pasado. Siempre se mantuvo firme y fuerte contra sus demonios y los gritos de su pasado que cada tantas noches llegaban a él en pesadillas, buscando hacerle sentir culpa. Pero a pesar de eso nunca se sintió tan vulnerable como en aquel sitio.
Sentía que todo lo que aparecía tenía un efecto mucho más poderoso de lo que podía controlar. Un efecto tan fuerte que penetraba y destrozaba aquella casi perfecta armadura que se construyó a lo largo de su vida.
Y lo odiaba.
Odiaba sentirse así. Vulnerable y frágil a tal extremo, que sin la intervención de Midoriya muy probablemente ya habría terminado muerto a causa de sus propios demonios.
No le daría tantas vueltas al asunto y lo eliminaría de su sistema. Ponerse a sobre meditar las cosas no traería nada bueno, y menos a él mientras estuviera solo de ese modo.
Mientras seguía caminando y luchando por no sumirse más en sí mismo, no presto atención a la monstruosidad que lo seguía desde el techo.
Llego a una intersección de tres caminos. Derecha, izquierda y de frente. Y mientras pensaba cual tomar, el monstruo hizo su ataque.
Los largos brazos de la criatura, en completo silencio se fueron acercando hasta ellos. Lentamente listos para cumplir su desconocido propósito. Sin embargo, por más silencioso que fuera una criatura, aquella sensación de peligro y amenaza continuaría sintiéndose.
Y Bakugō sintió aquella amenaza.
Se giró rápidamente y retrocedió al ver a la cosa sobre el techo.
Una especie de gusano, regordete y deforme, con una piel hecha a base de únicamente de bocas que se movían y soltaban murmureos incomprensibles. Algunos ni siquiera hablaban el mismo idioma. En lugar de llevar patas como un gusano más, este usaba largos brazos huesudos que parecían ser casi imposibles que pudieran sostener el cuerpo de aquella cosa.
Sus manos eran grandes y pequeñas, con uñas largas que se dividían en ser largas y cortas, limpias y sucias.
Pero lo que pudo atemorizar a Bakugō, fue el "rostro" de aquella cosa.
El "gusano" tenía una especie de cuello que sobresalía del robusto y deforme cuerpo, con una cabeza ovalada y conformada con una enorme boca que tenía muchos pares de dientes distintos y una lengua larga. Por encima de aquella boca, había un par de ojos vendados, pero que incluso con la venda, se podía distinguir el movimiento de las pupilas.
Katsuki retrocedió, y sin pensarlo más corrió, tomando el camino de frente.
La criatura rugió, para seguido perseguirle por el techo. Era capaz de meterse por los huecos de las tuberías que conformaban aquel entorno para moverse más rápido, y tratar de atrapar a Bakugō entre los huecos con sus largos brazos. Sin embargo, en medio de la carrera que estaba librando el hombre de cenizo cabello, noto que no era exactamente él a quien la criatura buscaba atrapar.
Lo noto sobre todo cuando sus huesudos brazos atacaban únicamente la parte superior de su cuerpo. Específicamente donde Izuku estaba.
No podía defenderse, y mientras su mente trataba de maquinar alguna manera de enfrentar a aquella cosa o de poder ganar tiempo, no logro fijarse por los caminos que tomaba.
Y en un momento al doblar por la derecha, algo atrapo sus pies haciendo que se detuviera de golpe y debiera maniobrar para evitar caer.
Sus piernas cayeron en un charco completamente negro, del cual salían más brazos que le sujetaron de las piernas.
La criatura lo encontró y cumplió con su propósito. Lanzando sus brazos atrapo a Izuku y comenzó a jalar de él para quitárselo a Bakugō.
Katsuki giro cuando sintió la fuerza del monstruo jalando a Midoriya, y moviendo sus piernas tratando de zafarse del agarre de los brazos, se aferró a Izuku tanto como le fue posible, pero más brazos de aquella cosa se lanzaron contra él. Uno de ellos le apretó con fuerza en la herida de su costado y aunque gruño por el dolor, ni con ello permitía que su fuerza menguara para soltarlo.
No dejaría que se llevara a Izuku.
Sin embargo, las cosas empeoraron más de ser posibles.
Dos criaturas con las máscaras de oni salieron de los extremos de los pasillos, lanzando extraños gritos de batalla. Bakugō los vio, y su vista se enfocó en Izuku de nuevo.
Debía tomar la decisión rápido. No quería soltar a Izuku, pero sino lo hacía aquellas cosas lo matarían. Y morir ahí no estaba dentro de sus planes. Cerró los ojos con fuerza, no queriendo aceptar su propia decisión.
Pero debía hacerlo. Se prometió y se juró que lo encontraría. Que no importaría a donde se lo quisiera llevar aquella cosa, él lo encontraría y saldrían de aquel lugar juntos como lo habían prometido.
—Te encontraré, Izuku. —Fue lo último que murmuro, mirando el rostro de Midoriya con el ceño fruncido. Molesto consigo mismo por no poder hacer más.
Y así fue que lo soltó. Dejando que aquella cosa se lo llevara y que las manos del piso que continuaban jalando de él, lo arrastraran a la oscuridad de dónde venían.
Lo último que vio fue a la monstruosidad llevarse a Izuku.
Midoriya despertó.
Estaba en una celda. Nada nuevo sí lo comparaba con las veces que había entrado al otro mundo. Pero a diferencia de las otras veces, esta vez estaba en su misma habitación del psiquiátrico, aunque con los detalles propios del otro mundo.
Las paredes eran negras al igual que el piso. La cama donde despertó estaba completamente sucia y manchada de sangre. Sus dibujos tachados con tinta negra; sus crayones y lápices rotos y sin un color del cual alardear.
Y finalmente, la puerta era la de una reja de barrotes. Una iluminación blanca que constaba solamente de la luz del techo de su habitación y de las otras luces del pasillo.
— ¿Katsuki? — Habla mientras se pone de pie. No había notado que estaba abrazando su mochila con fuerza. Noto, no solo su mochila, sino el mango del hacha que sobresalía de ella también, lo cual era completamente extraño.
No tenía demasiados recuerdos de lo que había pasado. Lo más que su cabeza lograba mostrarle, fue cuando llego a rescatar a Bakugō y había usado el medallón para destruir a aquellas cosas. Fuera de eso, lo demás que percibió que paso, parece ser parte de sueños.
Se reincorpora sobre la cama, viendo su habitación y sintiendo como la nostalgia buscaba atraparlo en sus garras una vez más. Abrazo la mochila con fuerza de nuevo, queriendo darse consuelo.
—Él te abandono…— Escucha que alguien dice. Un susurro gélido que le cala en los huesos. Con un tono de voz grave y que era llenado por muchos ecos distintos. —Tenía el medallón y se fue. —
Escucha que vuelven a decir, y su mente se niega en aceptarlo primero. No debía ser un genio para saber a quién se estaba refiriendo dicho susurro. Él sabía que hablaba de Bakugō.
—Tú no solo fuiste una herramienta para él. Le diste la llave para escapar, y él la uso… te ha abandonado al igual que el resto. — Insistía aquella voz, que ahora parecía sonar por todas partes de la habitación.
Izuku sentía la presión el pecho, las ganas de llorar y gritar de nuevo, puesto que la ausencia del otro, y peor aún, el ver el hacha dentro de su mochila, sabiendo que Katsuki no se apartaría de ella y que despertara en una habitación así, tal cual como antes de quedar inconsciente, hacía que las palabras de lo que sea que le estuviera hablando tuviera razón.
—No. Katsuki no haría eso… Él prometió que no me dejaría. —Se dice en voz alta, soltando la mochila en el acto para cubrir sus oídos. Cierra los ojos con fuerza, queriendo luchar e ignorar a aquella cosa que le habla. —Él no se iría sin mí.
—Eso mismo dijo tú Padre… ¿Qué ocurrió después? Te abandono.
—Katsuki no es igual a él. Katsuki es diferente.
— ¿En serio lo crees? Bakugō Katsuki es un asesino… Destruyo a seis Familias sin importarle nada. Es un ser egoísta… ¿Por qué razón crees que no está aquí contigo?
Midoriya presiono más las palmas contra sus oídos, deseando, suplicando, no escuchar nada de lo que aquella cosa le decía. Sin embargo, era difícil ignorarlo. Ya que todo apuntaba a que en efecto, Bakugō le había abandonado.
Le había dejado el hacha quizá para que se defendiera y no tuviera que gastar en balas.
—Yo… yo tampoco estoy libre de pecados. — Sincera en voz alta para él. Haciendo memoria de que tampoco era una ovejita blanca. Él también tenía una lista de pecados, pero mayormente de culpas y dolor.
—Es por eso que debes tomar esa hacha, Izuku, y por fin quitarte la vida que tanto desprecias. ¿No era aquel tú mayor anhelo? Morir. — Los ojos de Midoriya se abre, y de inmediato levanta la mirada.
En el centro de la habitación puede verse a sí mismo hace tantos años, como un fantasma. Observa al Doctor NightEye y al enfermero Mirio y Kirishima queriendo sacarlo de la habitación, mientras que él protestaba entre gritos y llantos que no quería ir.
Los fantasmas cambian, mostrando ahora a un Izuku dibujando en el piso. Puede ver las vendas en sus brazos y piernas, así como un parche en su mejilla. Seguido de ello, entra Kirishima, con su radiante sonrisa, y se sienta junto con él. Los ve hablando y al pelirrojo ser tan cariñoso y amable con él.
La escena cambia de nuevo, mostrando a Uraraka dándole una cajita de colores nueva y un blog de hojas blancas para dibujo. Después aparece nuevamente Eijirō, con un pequeño pastelito de chocolate y una vela blanca, los ve cantarle Feliz Cumpleaños, y a sí mismo llorando de alegría.
Cada escena es diferente, pero Izuku sabe que todas y cada una de ellas son las más representativas de su vida. Hay momentos buenos y malos en ese lugar, pero, todos sí las cosas hubieran sido diferentes, él no estaría en Silent Hill.
Los recuerdos llegan a la cama donde está, y el miedo y el horro lo hacen levantarse y tropezar con la mochila, pero no le presta atención al enredo que tiene en sus piernas, cuando escucha con una escalofriante claridad sus propios gemidos.
En la cama se ve con Kirishima, teniendo sexo.
Sus ojos se cristalizan, dejando que el nudo en su garganta queme como un infierno. Puesto que después de esa vez, Eijirō lo fue tomando más y más veces, con y sin su permiso.
Pero Eijirō no fue el único. Mirio lo hizo una vez a la fuerza. Overhaul también.
—Date prisa Kaminari, se supone que no debes estar aquí…— Escucha la voz de Uraraka que viene desde la puerta.
—Sigue vigilando. Si Kirishima se entera que me cogí a Deku, me matara.
— ¡Ni siquiera sé por qué les gusta tanto!
Midoriya observa la cama, viéndose a sí mismo de nuevo con una mordaza y las muñecas atadas mientras Kaminari lo lubricaba para adentrarse en su cuerpo. Veía sus ojos llorosos que suplicaban que no lo hiciera, escuchaba sus suplicas aplacadas por la mordaza y los pocos movimientos que trata de hacer son frenados por el rubio a base de jalones y amenazas.
—Tengo una idea… ¿Por qué no cierras bien la puerta y te unes? Estoy seguro que te encantará, Eijirō siempre dice que Midoriya hace las caras más bonitas cuando tiene un orgasmo.
Las miradas de los dos enfermeros se encuentran, y la chica sonríe. La puerta se atasca como solo los enfermeros saben y después se dirige a la cama junto con ellos.
Izuku observa aquella escena que se fue repitiendo varias veces. Veces que incluían a Eijirō, a Mirio, al Doctor Overhaul, y a esos dos. No puede apartar la vista de lo que le hacen, puesto que cada musculo de su cuerpo esta tan tenso como un cable, que le resulta casi imposible moverse.
Incluso parpadear era una completa osadía.
No dejaba de llorar, de odiarse por no ser más fuerte, de no haberse dado cuenta que todos ellos fingieron quererlo antes de tomar todo de su ser y convertirlo en un muñeco roto y vacío.
—Revela la verdad de tú corazón, y cumple con tú sincero deseo suicida. — Escucha la voz de aquella cosa de nuevo.
Las alucinaciones lo sueltan por fin, y sus brazos responden a buscar el arma o la navaja sin estar seguro del motivo por el cual la usara, pero cuando sus ojos bajan a sus piernas, ve que algo sobre sale de su mochila. Algo negro.
Extrañado, se acerca a ella y la abre.
La mochila de Bakugō estaba dentro de la suya. Tal y como la última vez. Retira la mochila negra, pensando en todas las posibilidades que pasaron para que Katsuki la dejara ahí.
Así como el hacha, tal vez le dejo la mochila para que tuviera más espacio a guardar sus cosas.
Se muerde el labio inferior, se prometió que no hurgaría entre las cosas de su compañero, se prometió que no abriría la mochila de Bakugō… pero en medio de la situación por querer aclarar lo que está pasando, decide abrirla.
En la mochila están las provisiones que consiguió, menos la botella de vino. De nuevo piensa que debió dejárselas para no sentirse tan culpable por dejarlo a su suerte y traicionarlo.
Revisa la mochila a profundidad, sin notar que los susurros se habían detenido.
Y ahí, justo al fondo estaba una especie de libreta o agenda en color negro también. Le resulta extraño, así que la toma y la revisa.
Es ahí, que entre sus hojas encuentra algo.
Una fotografía.
La foto, tiene sus extremos gastados y dañados por el tiempo que debe tener y por las condiciones poco agradables a las que debió estar sometida. Pero la imagen de dicha foto, es lo que llama su atención. Era la foto de una Familia feliz.
Katsuki se veía en el centro, a la izquierda de la foto estaba una mujer y al lado contrario un hombre. Evidentemente eran los Padres de Katsuki.
—Parece ser la viva imagen de su Madre… —Dijo Midoriya, recorriendo la imagen, sin evitar que una sonrisa se posara en sus labios. Él conservaba una fotografía similar de su propia Familia. Mejor dicho, conservaba una fotografía de su Madre y él. Después de lo ocurrido, ya no consideraba a su Padre para nada.
Está seguro que incluso alguien como Bakugō, aunque se viera tan agresivo y malhumorado todo el tiempo, que parece tan ajeno a querer el contacto o la interacción humana, valora mucho a su Familia. Aquella foto lo comprobaba perfectamente.
Guarda silencio unos minutos, y después vuelve a hablar:
—Él no me abandono…
Antes de que los susurros y la criatura quisieran atacarlo de nuevo, Izuku toma el hacha con una mano y sostiene la foto en la otra.
— ¡ÉL NO ME ABANDONO! —Grito, decidido y furioso a enfrentarse a lo que sea que estaba jugando con su cabeza. — ¡Katsuki no es como el idiota de mi Padre! ¡No es un enfermo que solo finge quererme! ¡Katsuki no es malo! —Insiste de nuevo, pese al miedo que comienza a sentir al no ver nada en su alrededor.
Y su mente por primera vez no sentía dudas. Estaba completamente seguro de que Bakugō no lo abandono a propósito, puesto que de haberlo hecho, ¿Por qué habría dejado algo tan valioso?
No tenía sentido.
Estaba dispuesto a defenderse, a luchar y por primera vez, enfrentar su pasado. Incluso con lágrimas en sus ojos, con el miedo bombeando y haciéndolo temblar, no se retractaría esta vez.
En otra parte, Katsuki estaba corriendo para salvarse.
Después de lo que paso con Izuku, aquel oscuro charco lo consumió hasta llevarlo a otra zona de la Fábrica. Más específicamente el primer piso.
Corría entre las maquinas, esquivando a los oni azules y a los monstruos de manos que lo perseguían, así como las apariciones de su Madre y Padre en aquellos estados deteriorados.
Llego a luchar contra un oni azul de nuevo, pero esta vez, con la idea de guardar balas, trato de romperle la máscara con la culata del arma. Lo cual fue infructífero.
Recibió un corte en el brazo izquierdo y por poco el otro cuchillo casi lo apuñala en las costillas. La suerte de sus reflejos fue su salvación.
Después de toda la carrerita que dio por el primer piso, pudo llegar a unas escaleras que lo ayudaron a subir al segundo piso y encontrar un hueco entre los pasillos y la maquinaria para ocultarse. Necesitaba respirar un poco, calmarse y pensar en donde estaría Izuku.
Recargo la cabeza contra el metal detrás. Suspiro y seguido bufo.
En aquel momento, donde sentía que podía estar en paz, fue capaz de notar los cambios de ese otro mundo. Aquel tono azul pálido que había estado dominando todo, por fin se extinguió y dejo pasó a los colores reales, de una Fábrica. Luces amarillas y naranjas, y la oscuridad tratando de gobernar desde las sombras de las maquinas.
Un detalle a tener en cuenta.
Sinceramente no entendía como es que funcionaba aquel otro mundo y casi podría añadir que no le importaba tampoco cómo funcionaba. Solo le importaba salir de aquel maldito lugar en cuanto pudiera.
Mientras medita mueve sus piernas para estirarlas un poco, sintiendo de inmediato algo redondo en su bolsillo.
—Casi me olvido de ti, porquería. — Dice, para acto seguido sacar el medallón de su bolsillo.
El medallón por el que entraron, resulto ser más inservible que un arma rota. Se quedó mirándolo, su diseño era bastante interesante, pero ni con ello lo estaba haciendo cambiar de opinión sobre su inutilidad.
Antes de volver a guardarlo, el sello había vuelto a encenderse. Los diseños se fueron volviendo rojos de nuevo y comenzaba a brillar.
Su brillo se encendió y después de varios minutos volvió a apagarse.
—Qué carajo… —Bakugō lo acerco más a su rostro, y escucho un susurro, tan suave que soplaba en su oreja que decía:
—Confía en su poder, Katsuki. —
La reacción de Bakugō fue saltar en su lugar, listo para golpear lo que estuviera a su lado, pero tal y como la mayoría de cosas que pasan en Silent Hill, aquel susurro fue hecho por nadie. Se quedó mirando a la nada, y después regreso la atención al medallón.
Este encendía de nuevo, y pasaban varios minutos antes de que volviera a encenderse.
Es bastante inteligente aunque no lo parezca a veces por su carácter tan arisco. Rememoro cuando Izuku quedo inconsciente y el talismán se "apago". Y ahora, de repente encendía. Su intuición decía que Midoriya debió despertar por fin… era eso o el talismán por fin lo aceptaba a él también.
Las palabras que dijo aquella manifestación, sobre confiar en el poder del medallón y que este podría cumplirles lo que deseaban, hizo eco en su cabeza.
Se quedó mirando, con el ceño fruncido al talismán de nuevo. Suspiro y después dijo:
—Confió en que me ayudaras a encontrar a Izuku.
Se sintió tan estúpido cuando lo dijo en voz alta, una parte suya confiaba en que serviría de algo y la otra contrariamente, pensaba que solamente era una pérdida de tiempo. Pero teniendo en cuenta como actuaba aquel lugar, no le sorprendería que funcionara.
Opto por ponerse de pie, y tras asegurarse de que no había nada a sus alrededores, comenzó a trotar. No había guardado el talismán en ese proceso, ya que, debía mantener su fe activa para ver qué cosas pasaban.
Procuraba no pensar en que Izuku la estaría pasando mal. Ambos la pasaban mal cuando se separaban, y lo único que deseaba era que se mantuviera con vida y lo menos herido que lograra.
Mientras seguía su camino que nuevamente se dividía en tres caminos diferentes, decidió seguir recto, ya que el derecho lo llevaba por un puente de metal al lado opuesto de donde estaba y el izquierdo lo llevaba por un camino oscuro, sin embargo el brazo que sostenía el medallón repentinamente no pudo pasar junto con el resto de su cuerpo.
Como si hubiera una pared invisible que le impedía el paso.
— ¿Hah? —Observa el medallón. El intermitente brillo deja de tener pausas tan largas. El detalle curioso, hace que Bakugō lo mueve hacia el camino recto y nota como una muralla roja le rodea, limitando su paso.
Hace lo mismo con el camino de la derecha y obtiene el mismo resultado. Pero al hacerlo con la izquierda, no hay reacción. Las piezas encajan solas dentro de su cabeza.
—Parece que no eres tan inútil como pensaba… —Sonríe el hombre, tomando el camino izquierdo sin pensarlo mucho. Bien podría estarlo guiando a una trampa, pero, todo Silent Hill es una trampa realmente.
Cuando aquel gusano hecho de bocas apareció delante de los ojos de Izuku, este no dudo nada en atacarlo, incluso si desconocía sus puntos débiles.
A principio recibió golpes cuando el gusano lo apartaba violentamente de su cuerpo, y después recibió un rasguño en el cuello y mejilla derecha por parte de las uñas de la criatura. Y sin embargo se negó a darse por vencido.
Se resistiría y lucharía hasta el final como siempre trato de hacerlo y fallaba. Pero esta vez, el fallar significaría morir y no una paliza con drogas como otras veces.
Esta vez, estaba apostando su vida y no la perdería. Por primera vez, desde su Madre, tenía una razón para seguir vivo. Una razón que había hecho con cierto hombre de cenizo cabello.
Salir de Silent Hill.
Había guardado la fotografía de nuevo en la mochila de Katsuki, y con el hacha en ambas manos, se enfrentó al gusano.
Atacaba a las bocas que conformaban el cuerpo de la criatura, tan al azar y rápido que no le daba el tiempo suficiente para analizar sí había algo que pudiera usar a su favor. Trataba de esquivar todos los ataques que le lanzaba, aunque recibiera golpes y rasguños, ya que sus reflejos, aunque buenos, en ese momento estaban siendo demasiado lentos por sus heridas previas. Sobre todo la de su pierna que generaba retroceso en su actuar.
Puesto que la criatura continuaba atacando de las dos maneras que sabía. Mental y físicamente. Así que esta continuaba hablándole de su pasado, conjurando las voces de los fantasmas que perseguían a Izuku. Le mostraba manifestaciones que el chico de ojos jade cortaba con el hacha, luchando por no darles más atención.
Entre ataque y ataque, logro analizar que los brazos de aquel gusano, al ser tan delgados, podían ser cortados con facilidad.
El mango del hacha le comenzaba a lastimar las palmas, pero en ese momento, no importaba nada para él. Obtendría su victoria, costara lo que costara. Con todo y sus miedos, sus dudas y el dolor, seguiría luchando.
Demostraba su enfado y sufrimiento entre gritos de batalla cada que atacaba o cortaba los huesudos brazos del gusano.
Así peleo, durante varios minutos, cortando brazos y cortando a su pasado, entre gritos y maldiciones. Entre lágrimas y miedo.
Sin embargo, aquel monstruo uso la única carta que Izuku no podía ignorar ni atacar.
—Izuku… cariño. — La aparición de su Madre, con aquella sonrisa que mostraba sus dientes. Con sus preciosos ojos verdes, brillantes y llenos de vida. Ella le estaba extendiendo aquel pijama de héroes que tanto quería. —Te compre la pijama que querías cariño. Con ella, no habrá pesadilla que te intimide… —
En ese instante, el hacha titubeo en sus manos. Dejándole la brecha libre a la criatura para que atacara. Los brazos restantes empujaron a Izuku contra la pared más cercana, desarmándolo y sujetando todas sus extremidades.
El rostro del gusano se acercó al suyo. Su boca se abrió, mostrando las hileras de dientes y un pútrido olor que provenía de su interior.
Midoriya cerró los ojos con fuerza, dispuesto en aceptar lo que sea que fuera sucederle. Había fallado de nuevo en defenderse y superar los obstáculos. Había fallado a su Madre, a sí mismo y a Bakugō.
Recordar al hombre de cenizo cabello y todo lo que él representaba para su persona en tan poco tiempo, le hizo sentirse culpable. Rompería aquel acuerdo de apoyarse y lo dejaría solo en Silent Hill…
—Perdón… perdón… —Comenzó a decir en forma de susurros. Con las calientes lágrimas descendiendo por sus mejillas incluso con sus ojos cerrados, espero a que lo peor llegara.
— ¡IZUKU! —Escucho la voz de Bakugō, gritando desde la puerta que fue abierta de una patada por el hombre. Katsuki disparo los últimos tres tiros de la escopeta sobre la criatura que retrocedió, sobre todo cuando vio el talismán brillando con tanta fuerza.
Midoriya cae y respira con desesperación, ya que no estaba siendo consciente de que él mismo estaba dejando de respirar.
El gusano sigue soltando más voces, pero, al estar los dos juntos no puede invocar palabras concisas. Dos psiques que aunque fueron traídas a Silent Hill para ser castigadas, seguían siendo completamente diferentes, y las criaturas, al menos como aquel gusano, no estaban preparadas para manejar las dos juntas.
Los mundos de cada uno no debían mezclarse.
La propia locura del gusano para tratar de atacarlos lo hizo colapsar, enrollándose a sí mismo ante la desesperación.
Izuku tomo la mochila y el hacha, Bakugō le sujeto del brazo y ambos salieron corriendo de la celda donde estaba el pecoso.
— ¡¿Para dónde vamos?!— Pregunta Izuku en medio de la carrera.
— ¡Solo avanza!— Grita en respuesta Katsuki.
Los dos ni siquiera se detienen en averiguar sí es que aquella cosa los persigue o no. Solo se enfocan en correr por los pasillos.
Durante la carrera, Izuku nota el resto de celdas que ha visto desde que se ha adentrado al otro mundo, sin embargo, a diferencia de otras veces, había una luz de neón en el techo en color rojo, no había susurros tan claros ni paranoias de persecución.
El ambiente hace a su cuerpo sentir cosas completamente distintas. Su cuerpo suda pero él siente frío. Además de aquel dulzón olor a la nitroglicerina lista para explotar.
Su cabeza dolió un poco cuando pasaron por una puerta que Bakugō pateo sin compasión.
— ¡Usemos ya el talismán! —Grita el cenizo a un confundido Izuku que, tratando de aceptar todo lo que estaba pasando, simplemente afirmo.
Estando en aquel lugar, Bakugō le paso el talismán. Midoriya lo observa y busca la navaja, pero, antes siquiera realizar un corte como la vez pasada, las sirenas comienzan a escucharse por todos lados.
Las sirenas que anunciaban la tragedia, suenan de nuevo para eliminarla.
Ambos adultos jóvenes se acercan el uno al otro, mirando maravillados como es que Silent Hill regresa a ser su versión de niebla una vez más. Las paredes vuelven a llenarse de aquella pintura descarapelada del Hospital Alchemilla.
Los objetos de la sala donde están aparecen tal cual, y la luz del exterior se filtran por las ventanas. El silencio se apodera del lugar, la tranquilidad aparece, y el ambiente cómodo les da la bienvenida otra vez.
— ¿Qué? —Siendo aquella la segunda vez de Bakugō contra aquel otro mundo. No había sido testigo del momento en que terminaba, lo que le generaba mucha más confusión y dolor de cabeza. — ¿Qué putadas acaba de pasar? —
—El fin momentáneo del otro mundo. —Responde Izuku. —E-Es mejor movernos y encontrar otro refugio para descansar antes de que comience a llover.
Katsuki quisiera alegar, preguntar y aclarar tantas dudas y lagunas que aquel lugar le estaba dejando. Sí antes no estaba loco, seguramente aquel sitio lo desquiciaría.
— ¡Katsuki! ¡Dios mío, ¿Cómo te hiciste esas heridas?! —Señala el chico de pecas ante los cortes.
Bakugō suspira.
—Del mismo modo que tú te lastimaste. —Dice Katsuki, arrebatando el hacha de las manos del otro y comenzando a caminar para salir por fin de aquel asqueroso Hospital.
Izuku, se queda mirándolo caminar. Sin quejarse por las heridas y sobreponiéndose al dolor que seguramente debería estarlo envolviendo. La poca y tenue luz del exterior del lugar, le dan una extraña aura de fuerza y distinción.
Algo en su corazón se derrite, y le hace sentir cálido.
Gracias por leer~~
D'Sae
