La pálida luz amarilla de una lámpara iluminaba el interior de la tienda.
Afuera la nieve caía despacio, tapizando la negra tierra de las montañas del norte.
Neville se empeñaba en colocar alfileres en un mapa suspendido en la pared.
Algunas cajas, literas y sacos de alimentos se amontonaban en los rincones, también había una mesa al centro donde el Gryffindor mantenía una serie de objetos importantes, las piezas del rompecabezas que Potter había fallado en armar.
La diadema de Ravenclaw, el relicario de Slytherin, la copa de Hufflepuff, el anillo de Marvolo, el diario de Ryddle...
Podía pasar horas atando cabos, persiguiendo pistas en su mente, tratando en vano de entender porque Voldemort seguía con vida.
La espada de Gryffindor lo acompañaba en todo momento, se había convertido en otra extremidad...al igual que su varita.
Esta ultima casi no la utilizaba. Los demás se quejaban por permanecer en pésimas condiciones, sufriendo del frio y de las precariedades de vivir como muggles, exiliados entre montañas húmedas.
Pero Neville no había querido escuchar el asunto, la magia deja un rastro, y era mucho mejor que estuvieran de incognitos, utilizándola lo menos posible para no despertar sospechas.
Y eso no le resultaba fácil. El invierno en las montañas de Escocia era bestial, hasta el alcohol se congelaba entre el cristal de las botellas. Y él era el único que lo soportaba sin rechistar.
La piel de su cuello, del pecho y parte de los brazos había perdido sensibilidad por las quemaduras de la batalla. Mientras los demás titiritaban y se envolvían en pieles, Neville se mantenía con una camiseta de algodón gastada y unos pantalones de mezclilla oscuros.
Negándose a llorar por los caídos, canalizó su rabia en paciencia para comprender en que habían fallado. Los crucios del año anterior estaban relegados en un rincón de la memoria, al igual que el dolor que lo acompañó toda la vida.
De momentos despertaba en medio de la oscuridad de la noche, persiguiendo trazos entre sueños, deseando poder encontrar la respuesta a la última pregunta.
A ratos deseaba con toda su alma haber sido parte del trío dorado de Gryffindor, que alguien le hubiera informado. Quizás uno de ellos se había llevado algún secreto útil a la tumba.
Era muy difícil para Neville pensar en ellos, casi no lo hacía.
" El pasado no existe", le decía Luna en los ratos que lo veía callar con los ojos fijos en el fuego del campamento. El sonreía tristemente, agradecido de tenerla a su lado en aquella prueba del destino.
Pero lamentablemente eso no era cierto, el pasado si existía en su mundo, un pasado triste y lleno de maldad que empañaba de incertidumbre el futuro.
Podían huir, largarse a algún continente asiático y renunciar a la magia, camuflajeándose entre los muggles.
La idea le resultaba a veces muy tentadora, en aquellas noches invernales contemplando el cuerpo semidesnudo de su rubia sobre la angosta litera. Pero al instante lo desechaba, considerándolo un insulto a la memoria de sus padres, al recuerdo de Harry y los demás caídos en aquel día nefasto.
Continuó colocando los alfileres, señalando los sitios donde habían rescatado a los últimos magos antes del día de Navidad.
Por momentos se desesperaba, preguntándose de la sabiduría de aquellas decisiones.
Era cierto que hasta el momento habían tenido relativamente éxito, habían logrado escapar un gran grupo.
Seamus, Fred y George le habían seguidos los pasos, amparados por el caos de la batalla.
A Dean lo encontraron luego, cuando alguien lo dio por muerto y lo lanzaron en un aserradero de madera. La suerte, la Divina Providencia o lo que fuera que guiara los pasos de los hombres lo había traído de vuelta, justo en el mismo punto donde se rompía el hechizo de protección mágica del improvisado campamento.
Entre las chicas estaba Luna y Angelina, que ellos habían interceptado en camino cuando iban a ser vendidas a un pueblo del interior del país. Padma y Parvati lograron escapar bajo la capa invisible de Harry, que encontraron tirada en medio del bosque prohibido el mismo día de la batalla.
Se encontraban también unos cuantos Hufflepuff y Ravenclaws que Neville no conocía hasta el momento en el cual se organizaron.
Eliza y Sarah Mecariello, dos Ravenclaws de cuarto año habían sido traídas por un elfo domestico que había desertado de la casa de sus amos en el centro de Lennox. Las chicas habían buscado una manera de que el amo lo liberara sin darse cuenta, y dos días mas tarde habían llegado agarradas de manos entre los caminos de niebla y el comienzo del invierno.
Y todos confiaban en él. De los miembros de la ya desaparecida Orden del Fénix solo quedaba Lupin... y Snape.
Neville sabia la verdad, el licántropo se lo había comunicado desde los primeros días, necesitaban a alguien cercano a Voldemort para poder hacer algo por su mundo.. no solo huir...
No le tomó mucho trabajo vislumbrar que su antiguo torturador estaba en realidad de su lado. Neville era torpe, pero no estúpido. Unió los sucesos y comprendió. De un plumazo enterró su antigua timidez, fijó sus ojos en los negros del hombre que había inspirado su mayor temor, y estrechó su mano, agradeciéndole en silencio su ayuda.
Y era cierto que lo necesitaban, el alimento, las pócimas, las noticias, todo provenía de Snape.
Hasta el momento no habían logrado otro avance. En el invierno habían mermado el tráfico de prisioneros, y la campaña de Voldemort giraba en torno al terror. Los dementores eran su manera de mantener a la gente inmóvil, temiendo al temor sin salir de su casa, ignorando lo evidente y deseando que todo acabase pero sin verse involucrados en el asunto.
De repente un movimiento lo sacó de sus pensamientos, Neville levantó la cabeza y vio a Lupin que en ese instante entraba por la puerta.
Como siempre, el rostro del último de los merodeadores lucia cansado. Era el único mayor de 25 años entre ellos, su mano derecha y asesor. Aun no podía comprender porque se había retirado y dejado que él tomara las decisiones. Quizás el antiguo profesor de Defensa contra las artes oscuras se sentía cansado, o tal vez que su reciente viudez le había drenado todas las fuerzas, Neville no lo sabía en realidad, ni se tomaba el tiempo en sopesarlo demasiado.
-¿Has tenido suerte?- preguntó el licántropo señalando los restos de las reliquias oxidadas encima de la mesa.
Neville sacudió la cabeza en silencio.
-Hasta ahora lo único que se me ocurre es que el maldito haya hecho otro horrocrux antes de la batalla-
El merodeador haló un silla, y se sentó en la mesa del centro. Observó los objetos debajo de la luz escasa. Longbottom lo acompañó.
-Es probable.- respondió Lupin- Estamos otra vez como al principio, podría ser cualquier cosa- sentenció con desaliento.
-No- contradijo el joven- Ryddle no colocaría el ultimo pedazo de su alma en cualquier objeto, debe ser algo muy importante, mas importante que todo esto- tomó los restos de la Diadema incinerada en sus dedos.
Era curioso, todos y cada uno de aquellos efectos habían llegado a sus manos, de parte de aquellos que habían llegado al campamento.
Parecía como si la respuesta a aquel acertijo estuviera grabada en el aire, lista para ser descifrada por el chico de los ojos avellana.
Recordó la última noche que vio a Harry, como había llegado al castillo por aquel pasadizo que él había descubierto. El moreno se había negado a revelarle muchas cosas, y en cierta parte, Neville comprendía las razones. Pero se sentía frustrado e impotente, esperando que la luz se hiciera entre los nubarrones de la eterna oscuridad. A veces deseaba con todas sus fuerzas haber sido parte del tríodorado de Gryffindor, que alguien le hubiera dejado algun secreto, una pista con la cual pudiera resolver el misterio. Pero su realidad era distinta, y él no dejaba que nadie ,excepto Luna, lo viera en sus momentos de dudas.
Y aquella era la única teoría, otro horrocrux... la pregunta.. ¿Cual recipiente contendría el ultimo trozo de alma del Señor de las Tinieblas?
Iba a continuar en aquella línea, cuando un ruido familiar lo sacó del trance.
Un sonido grave, como si alguien se aclarara la garganta llenó la tienda. Los Gryffindors levantaron la vista con sus cinco sentidos alerta.
El exmaestro de pociones se materializo bajo la luz amarilla. Sus usuales ropas negras estaban manchadas de nieve. Neville volvió a guardar su varita, mientras saludaba al recién llegado con una ligera inclinación de cabeza.
Lupin por su parte avanzó hacia el Slytherin y le ofreció la mano. Severus frunció el ceño e ignoró el saludo.
-Nunca cambiaras...¿Verdad, Snape?- el licántropo sonrió tristemente, mientras retiraba su mano.
-Que estemos del mismo lado no amerita camaraderías... Lupin-gruñó el otro con su acostumbrada voz helada.
Neville no se dio por enterado. Fijó sus ojos avellana en su antiguo maestro de pociones, e hizo la misma pregunta de siempre.
-¿Que noticias nos trae, Snape?-
El mestizo levantó la comisura de los labios. Aun no dejaba de sorprenderle el cambio abrupto de aquel joven. El miedo había evolucionado en algo que se podría llamar... ¿ Respeto..quizás?. Y eso no le gustaba para nada. Mal que bien el no era un santo, disfrutaba en verdad torturar a Neville Longbottom. Era su método didáctico infalible, y al parecer, los años de martirio habían dado resultados.
En silencio, el exdirector le entrego un pergamino al merodeador. Lupin se apresuro a desenvolverlo, mientras sus ojos buscaban en la lista, deseosos de no encontrar el nombre de su hijo o su suegra.
-Son todos hasta el momento- siseó el Slytherin. Saco una pequeña bolsa de cuero marrón desde el bolsillo de su abrigo, y se lo entregó al joven.
-Aquí estan las pociones- estableció mirando al licántropo, quien estaba triste de ver los nombres de los asesinados, pero al mismo tiempo aliviado de no reconocer ninguno.
-Gracias- musitó al ver el paquete. Este contenía la poción matalobos, el único vinculo que había hecho posible que Snape y él se soportaran durante el tercer año de Harry en Hogwarts.
-No lo menciones- respondió el otro- En serio... no lo menciones- Fijo sus ojos negros en el chico, y le comunicó las nuevas noticias que andaban en boca de todos.
-Bellatrix Lestrange está esperando un hijo...-
Lupin y Longbottom se quedaron en el aire. No comprendía porque Snape había anunciado tal noticia con una sombra en su ya de por si ensombrecido rostro.
Por su parte el mestizo, al observar la expresión interrogante de los otros dos, finalizó la oración.
-Es un hijo del Señor Tenebroso... su heredero..-
Neville sintió como si se le entumecieran los dedos.
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Y la noche arropo el campamento. Hacía pocos minutos que Snape había partido, tan silencioso y hosco como siempre. Ahora era su momento de descansar, darle tiempo a sus neuronas para que procesaran la horrible información que acababa de recibir. Entro a su tienda con la esperanza de encontrar un poco de la paz perdida. Abrio la puerta, y camino despacio, mientras sus pupilas se acostumbraba a la oscuridad.
Y allí estaba ella.
Su ángel rubio nadaba entre sueños. La luz se filtraba por algún resquicio del techo de la tienda, iluminando de perfil su rostro.
Las pesadas mantas apenas rozaban la piel desnuda de sus hombros. Su respiración era suave, profunda , acompasada... e impregnaba el aire con la calidez de un día de verano.
Neville se acercó un poco más.
Acarició con sus manos torpes aquellas mejillas sonrosadas por el frio eterno, jugando con los rizos dorados que escapaban de su cola de caballo.
Esa chica tan estrafalaria y poco común, era lo más hermoso que había visto en toda su vida.
Se desprendió de su ropa, quedándose solamente en bóxers. Su piel se había curtido, primero por las quemaduras y luego por el hielo asfixiante que cubría las montañas.
Se recostó al lado de ella, acurrucándose debajo la mantas, absorbiendo el calor que irradiaba su cuerpo dormido.
Era delicioso en verdad, la única dicha en medio de tanto dolor.
La acomodó entre sus brazos, sintiendo la suavidad de las curvas encajándose en su cuerpo cuadrado.
Reprimió el aliento para no despertarla, e intento no pensar.
Pero entonces Luna abrió sus enormes ojos grises y le sonrió desde el país de las fantasías.
-Buenos días- susurró ella.
-Vuelve a dormir- le ordeno él dulcemente. Sabía que su único descanso era verla entregada al sueño.
-¿Qué ha pasado?- preguntó ella, mientras se restregaba los ojos.
-Nada- respondió el otro- ¡Ya duérmete!- le susurró al oído mientras enterraba la cara entre sus dorados rizos.
-Si dices mentiras te saldrán Watterprucks de las orejas- se giró y buscó los ojos de Neville, quien muy a su pesar, dejó escapar una sonrisa deslumbrante, una de las pocas que solo se permitía cuando la tenía a ella cerca.
Por unos instantes se preguntó cuánto podría decirle. La amaba, más que a su vida misma. Aquella aventura era algo genuino, nunca se había sentido de esa manera con nadie. Pero el deseo de protegerla urgía entre las razones de llevar la fachada y mantener el secreto.
Aun así, recordó cuanto hubiera deseado que Harry confiara en él, y tomó la decisión de decirle la verdad.
-Ryddle va a tener un hijo.. con Bellatrix Lestrange- escupió el ultimo nombre, la odiaba mas a ella que al Señor Oscuro.
Luna pareció no entender, o al menos eso entendió Neville. Por un momento se quedo en silencio, pensando con aquella expresión soñadora que le acarreaba tantas burlas en la escuela.
-¿Cuánto tiempo lleva esperando.. "eso"?-
-No lo sé exactamente- respondió el chico- Supongo que casi está a tiempo de .. ya sabes...- se sentó con dificultad en el espacio escaso de la litera-...tenerlo-
Otra vez, Luna regresó a aquella expresión tan suya. Neville había regresado a jugar, haciendo rizos de tirabuzón con su pelo, cuando ella le clavo sus ojos grises muy dentro.
-Fue antes de la batalla- anunció- Esa es la razón.. ese bebé es el ultimo horocrux-
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Mil gracias por leer.
