N. del A. A continuación el último capítulo. ¡Muchas gracias por haber leído esta historia!¡Les mando un abrazo y muchos besos!


SP - Izaya


—¿Dónde... dónde estoy? —las palabras escaparon de los labios de Izaya sin que él pudiera llegar a procesarlas ni un poco. Se sintió mareado, lánguido emocionalmente incluso, a tal punto que no trató más que sentarse sobre la cama. Una cama en medio de un cuarto tan inmaculado y en el cual se respiraba un penetrante olor a desinfectante que sólo podía tratarse del de un hospital.

Al momento de darse cuenta de aquel revelador detalle, el primer pensamiento de Izaya fue "estoy vivo", lo que terminó por tumbarlo de nuevo sobre las almohadas. Así, permaneció quieto, e Izaya se detuvo en observar detenidamente los alrededores. Reparó en su ropa de enfermo y en los tubos conectados a un par de agujas que entraban en su piel.

Luego, buscó hacer memoria y, al mismo tiempo, alguna herida que pudiera explicar el por qué se hallaba convaleciente.

"En su momento hubiera jurado que Shizuo... pero ahora resulta tan poco claro..."

Izaya se planteó llamar a quien fuera estuviera cerca. Y así lo hizo con voz temblorosa después de que transcurrieran varios minutos sin que pudiera recordar absolutamente nada útil, si bien lo que el llamaba tener una noción de la nada parecía ser a cada momento más notorio.

Sin embargo, la persona que se adentró en el cuarto no fue ningún miembro propio de un hospital.

Sin previo aviso, Shizuo se encaramó a la cama y consiguió que Izaya palideciera del todo. No contaba con las fuerzas suficientes para tratar de huir, pero tenía que tratar. Luego de tener cierta noción de lo que suponía era no estar vivo, no pensaba permitirse volver.

—Estúpida Pulga. Yo te odio y eso no puede ser diferente. ¡Lo sabes!

Izaya forcejeó cuando en torno a su cuello Shizuo colocó sus manos.

"¡No es posible que sólo exista odio entre nosotros dos!"

"Si yo he logrado abrazar mi humanidad, ¿por qué tú no?"

"¡Nunca te perdonare si decides ser el Monstruo de Ikebukuro!"

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—Izaya, ¿te encuentras bien? ¡Oye, Izaya...!

El informante de Shinjuku terminó por abrir los ojos después de que pasó lo que él consideró fue una pequeña fracción de eternidad.

Lo primero que notó fue que había estado durmiendo sobre su silla ejecutiva y con el pecho apoyado en su escritorio. A su lado se encontraba Namie Yagiri, quien había colocado su mano sobre el brazo entumido de su jefe. Fue entonces cuando Izaya decidió moverse y así conseguir desperezarse por completo.

No entendió el motivo de la preocupación de Namie sino hasta que se percató de que tenía los ojos muy húmedos. Aun con el brazo hormigueándole del codo a la punta de los dedos se limpió el rostro.

Al ver su reflejo en la pantalla del ordenador, entendió que la inusual actitud por parte de Namie hacia él se podía explicar perfectamente. Cualquiera diría que tenía mal aspecto.

"Pero..."

"¿Sólo ha sido...?"

—Eso significa que... Shizuo no sabe nada.

"No le he dicho la verdad. O lo que doy por hecho es nuestra realidad."

Por alguna razón, Izaya pensó que, aunque podía ser peligroso que nada hubiese tenido lugar sino únicamente dentro de su cabeza, debía forzarse a moverse y dar con la solución ofrecida. A ese punto confiaba en él y en lo que había decidido convertirse.

—¿Eh? —Namie miró al informante como si temiera que éste se hallara fuera de sus cabales.

—¿Qué hora es?

Namie continuó observándolo extrañada durante unos momentos más antes de tomar su teléfono celular.

—Son las 22:29. ¿Por qué?

Izaya se puso de pie de un salto y fue directo a la sala. No se percató del golpe que dio al tablero de shogi y al pequeño desastre que armó mientras buscaba su chaqueta.

Encogiéndose de hombros, Namie excusó a su jefe y prefirió dar por finalizado el trabajo del día.

-O-

El informante paró en seco en medio de la iluminada plaza y a la vista de los citadinos que por ahí deambulaban sin fijarse realmente en su persona.

"Si me lo pienso detenidamente, creo que es Shizuo el único que siempre me ha mirado."

"Aun si esto fuera un sueño, lo siento muy real. Y si fuera un sueño, pensaría que no podría haber tenido uno mejor."

Izaya Orihara no se había percatado antes de lo bella que podía ser la ciudad a esas horas de la noche. El simple hecho de haber tenido que rodear a un sinnúmero de citadinos de los que desconocía el nombre, de haber saludado a sus "peones", de haber escuchado rumores sobre la transportista... todo aquello lo había dejado extasiado.

De no tener que lidiar con un monstruo, el informante habría elegido el sitio más alto de Ikebukuro para, desde ahí, gritar lo mucho que amaba estar vivo y jurar que amaría por siempre a los humanos.

—¡Izayaaa!

El aludido se dio media vuelta.

Había llegado el auténtico Monstruo de Ikebukuro; había llegado Shizuo Heiwajima luciendo el llamativo traje de barista de todos los días y, claro, lucía la misma expresión furibunda que siempre le habría de dedicar a su enemigo.

"Está bien: seré sincero durante otro poco: nunca me había sentido tan feliz de verlo."

El informante le mostró como se despojaba de su navaja de muelle y como pocas veces sucedía en su expresión no había el menor rastro de maldad y segundas intenciones.

Sin embargo, como esperaba, Shizuo no aceptó la ofrenda de paz. Por el contrario, sin dejar de gruñir desprendió desde la base una pesada señal de tránsito. Pero, ágil como siempre, Izaya eludió el golpe que, de haberle dado, habría terminado por romperle cada una de las costillas.

—Shizu-chan, tenemos que hablar —Izaya logró esquivar un segundo golpe—. ¡Por una vez en tu vida escucha lo que tengo que decir! ¡Maldita sea!

—¡Tú eres un bastardo que usa las palabras como armas!

De un instante a otro, Izaya se quedó totalmente quieto y a merced del iracundo guardaespaldas. Para suerte suya, éste logró desviar la señal y darle de lleno al muro que había a sus espaldas.

Shizuo esperó que aquello fuera una treta más del informante, pero éste siguió inmóvil y mirándolo con seriedad. Así, Shizuo se irguió por completo y apoyó a su lado la señal de tránsito, como una muda y sutil advertencia.

—Muy bien: habla, Pulga —dijo Shizuo con la respiración entrecortada—. Luego decidiré qué hacer contigo.

"Entonces, Shizuo, no importa lo mucho que digas odiarme, no serías capaz de tomar la vida de nadie, aunque se trate de la mía."

—Bien, supongo que ya hemos hecho un considerable progreso —Izaya ignoró la mueca del otro y como éste apretaba entre sus dedos la señal hasta casi romperla en dos—. Antes que nada, quisiera dejar en claro que no tengo la menor intención de pedirte disculpas y, claro está, no las espero de tu parte. Mi orgullo no me lo permitirá nunca y el tuyo tampoco.

» Esta es la verdad: Yo no quiero tu odio. Y sé que tú no necesitas el mío. Esta ciudad es nuestra. ¿Quién nos lo impide? ¡Nadie! Yo únicamente deseo jugar en ella y formar parte de la humanidad aun cuando ésta me rechace una y otra vez. Quizá nunca pueda llegar a pensar que tú también eres parte de los humanos, pero si me das la oportunidad, tal vez, lo consiga. Sé que por lo menos lo intentaría. Yo no soy una mala persona, pero tampoco tendría la desfachatez de decir que soy lo contrario. ¿Por qué no aceptas que soy tan humano como el resto y que por ende soy alguien que cambia constantemente? ¿Qué también siento amor? Un tipo extraño de amor, pero es amor, al fin y al cabo.

Izaya optó por no escudriñar la transformación de la expresión del guardaespaldas (si acaso ésta se había dado). En cambio, estiró su brazo para, de ese modo, ofrecerle su mano.

—Entonces, Shizu-chan, ¿cuál es tu respuesta? —Izaya mantuvo su brazo firmemente suspendido hacia el hombre y esperó que su gesto en realidad no fuera solamente interpretado como una rendición—. No necesito que seamos más que conocidos y esperaría que no pensaras en la forma en la que he sido juzgado por terceros. Al parecer todo se reduce a esto: muéstrame todo el abanico de expresiones que, como un ser humano, confío que deberías de tener. Acepto que yo soy un egoísta y al mismo tiempo una persona débil que soportará el desprecio de todos menos el tuyo, Shizu-chan. El motivo que hay detrás no lo sé todavía, pero existe y eso tendría que ser suficiente. Pido por la posibilidad de que alguna vez pueda amarte por tu naturaleza de ser humano y que, a cambio, tú aceptes que yo no soy el monstruo por el que me has tomado desde que nos conocimos.

» Premia mi salto de fe. Hazlo, porque, contra toda lógica, he decidido confiar en ti; he aceptado que suelo ser infantil, egoísta y calculador. Porque también sé que podrías ser amable, impredecible y que, pese a tu descomunal fuerza, temes ser tú mismo —A saber, cada faceta que yo sin saberlo transformé en alguno que otro personaje—. Casi con desesperación, pretendemos ser humanos y amar de la única forma en la que podríamos hacerlo.

"El que pudiera sentir amor hacia ti es, sin duda, una oferta que promete una infinidad de puestas en escena. Es una posibilidad que ha logrado que, aunque herido, mi corazón lata fuertemente."

Izaya permaneció a la espera de la respuesta de Shizuo Heiwajima, el Monstruo de Ikebukuro.

Y sonrió cuando logró anticipar lo que éste tenía para ofrecer.

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Fin

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