© 2017 Donnie The Fu ™ TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS
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*Nota del autor: Esta parte occure unos cuatro años después, justo antes de que Qoacutec se vaya de otro viaje comercial.*
Qoacutec se sentó en el borde de la cama de su hijo, quien le había despertado llorando. "¿Qué te pasó, hijo, eh? ¿Por qué lloras?" Qoacutec le preguntó. Su hijo, Cotzibaha (4 años de edad), le abrazó del cuello, llorando.
"¡Te mataron!"
"¿Quien?"
"¡Los hombres malos!"
"No, pues, sólo fue un sueño, hijo. Ahora duérmete. Ya." Qoacutec trató de acostarle pero su hijo le abrazó aun más fuerte.
"¡Por favor, no te vayas, Tat, por favor!" siguió llorando.
"¿Cómo que no voy a irme? Tenemos que comer, ¿sí o no?"
"Sí," dijo la voz pequeña.
"Pues, ahi sta, entonces. Ahora sí, hijo. Duérmete ya, por favor, que ya es muy tarde y al fin de que nada me va a pasar." Pero su hijo no le soltó el cuello. Entonces Qoacutec le abrazó y le hizo un cariño. "Mira, hijo," Qoacutec le dijo por fin. "Sueltame sólo un momento, ¿sí?" Su hijo le soltó, pero a regañadientes. "Irá," Qoacutec le dijo, quitando su collar que tuvo un idolo de Ek Chuah, el dios de los comerciantes, y también una cruz. "Aquí te dejo esto," dijo, poniendo el collar en el cuello de su hijo. "¿Vas a rezar mucho a Ek Chuah por mí?" Qoacutec le preguntó a su hijo. El niño se movió la cabeza diciendo que sí. "Y también vas a rezar al hombre de la cruz," Qoacutec le dijo. "Ellos me van a proteger y así regresaré seguro a casa," le dijo. "Ahora sí, hijo. Duérmete ya, porque ya es muy tarde." Qoacutec se quedó con su hijo hasta que se quedó dormido. Después regresó a su cama donde encontró a su esposa embarazada tumbada a su lado con su cara a la pared, llorando bajito. "¿Y ahora tú por qué lloras, mujer?" Qoacutec le preguntó, molesto. "¿A tí también te asustó un sueño o qué?" Pero ella no le contestó, sólo siguió llorando así bajito. Qoacutec chasqueó la lengua, ya enojado. Se metió a la cama y también tumbó a su lado en la otra dirección. Estaba bien cansada y con mucho sueño. Sus ojos se cerraron y pronto se quedó bien dormido, roncando.
"¿Por qué estabas llorando anoche?" Qoacutec le preguntó a su esposa en la mañana, mientras preparaba para irse.
"Ya casi nunca estas en casa. Siempre estas lejos en estas viajes comerciales. ¡Y todo por esas hojas malditas! Y cuando estas en casa siempre te pongas borracho tomando con tu hermano," ella le dijo. Qoacutec encogió de hombros. "Es como dije al chamaco. Tenemos que comer, ¿sí o no?"
"Sí," ella dijo.
"Pués, ahi sta, entonces."
"¿Por qué no puedes sembrar maiz como tu papá?"
"Está bien, sembraré maiz y nos moriremos de hambre," Qoacutec le dijo, y cuando su esposa no dijo nada, Qoacutec siguió preparandose para irse. "Ya sabes de que se trata. Esas hojas de coca son lo que pagan. Ya lo sabes bien," Qoacutec dijo. Su esposa le acercó y empezó a acariciarle los músculos de los brazos de una manera muy sensual.
"Pero ya no eres sólo un pobre porteador. Ya has subido. Ya eres merchante rico como siempre has querido, esposo mío, con muchos hombres a tu mando. Entonces mandales y tú quedate aquí con nosotros," ella le dijo. Qoacutec no dijo nada, solo miró a su esposa mientras ella siguió acariciandole.
"Dejame darte una razón para quedarte," ella le susurró al oido. Ella se pusó de rodillas enfrente de él y empezó a agarrar su taparrabos pero Qoacutec le detenó.
"No," le dijo.
"¿Por qué? ¿Tienes otra que te atiende cuando no estás, o qué?" su esposa le preguntó.
"No," Qoacutec la mintió. "Es que no puedo quedarme. ¿Qué tal si hubo problemas con el cargamento y yo no estaba allí? No. Donde son mis hombres, allí yo tambien tengo que estar," Qoacutec le dijo...
"¿De veras así me vas a despedir? ¿Con otra pelea?" Qoacutec la preguntó. Pero ella no le contestó. "Está bien. Dame un beso que ya me voy," Qoacutec la dijo pero ella negó darle un beso. Pero Qoacutec la besó de todos modos, aunque ella siguió mirandole fijo, apuñalandole con la mirada, enojadísima . "Nos vemos en unos días."
"Ven, hijo. Despide a tu padre que ya me voy," Qoacutec le dijo a su hijo. El niño corrió a su padre, ya con lágrimas en los ojos. "Pero sin lágrimas, eh, porque los machos no lloran," Qoacutec le dijo y le abrazó. "Pues, imagina sí yo, un hombre grande ya, me eché a llorar cada vez que tu abuelo, que es mi papá, se fue a un lugar, eh," Qoacutec le dijo. Le hizo un cariño a su hijo. "Ya, hijo," le dijo apartandose. "Pórtate bien y obedece a tu mami. Ya me voy." Le dió un beso. "Nos veremos en unos días." Y con eso Qoacutec se fue.
*Nota del autor: Ya tengo más partes escritas para El Señor de la Coca, pero siento que realmente no puedo ir más lejos hasta que termine de actualizar El Hermano del Profeta - El Hijo Desobediente, que es una historia sobre cuando Qoacutec era un niño, y realmente tiene mucho que ver con la razón por la que creció a ser como se encuentra ahora en esta historia. Como siempre, muchísimas gracias por leer! ¡Lo aprecio muchísimo, y espero que lo hayan disfrutado hasta ahora! Haré todo lo posible para actualizar lo antes posible.*
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