¡¡Hola!!

Lo primero, muchísimas gracias a todo el que lee, y gracias especiales a caritademanga, Mish1, y Holic-san por sus reviews :D, después de esto tengo que decir que este capítulo es mucho más largo de lo habitual, espero que eso os guste (nah, sólo 1000 palabrejas más, tampoco es tanto, pero weno), aunque la última parte es una ida de olla total y absoluta, y pido perdón porque se sale totalmente del hilo, pero bueno, me encantó hacerla y por eso tengo que decir mi última cosa... este capi está dedicado a Holic-san, porque la idea de esa ida de olla mortal fue suya, culpadla a ella, jajaja, nah, la idea fue suya pero yo tb tengo la culpa por seguir su juego, de ella son algunas de las frases de la canción, muchas gracias psicóloga-san, siempre tendré esta canción en mi corazón

Ahora sí,

a disfrutar!!

PD: una canción Ô.o ... ... ejem, ya lo leeréis


VIII

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Sanji se paró a un peldaño de subir a cubierta. Agazapado comprobó si había algún pirata que pudiera resultar un estorbo. Sólo vio un par de ellos, uno afilando una espada algo oxidada y otro apostado en la baranda, vigilando con un catalejo la playa. El rubio se frotó las muñecas doloridas por los grilletes y aspiró una bocanada de humo.

–Listo para desentumecerme del todo.

Como un rayo se incorporó y saltó a cubierta, corrió hacia el pirata que afilaba su hoja y antes de que éste se diera siquiera cuenta de qué estaba pasando, una poderosa patada lo había lanzado ya al mar.

El ruido del agua alertó al segundo pirata, que dejó su vigilancia para volverse a comprobar qué ocurría.

–¿Qué demon…

Sanji avanzó los escasos diez metros que los separaban haciendo resonar sus pisadas en la madera, su paso seguro y su mirada furiosa pusieron a temblar las piernas del hombre.

–¿Qué haces aquí? –consiguió decir el pirata conteniendo el castañeteo de sus dientes.

El rubio se detuvo a un metro del otro, cogió el cigarrillo de su boca y contestó:

–Escapar.

Y con esto dobló el torso hacia la izquierda y disparó su pierna derecha a la cara de aquel desgraciado. Su cuerpo cayó al mar junto a su compañero.

El sonido de pisadas alertó a Sanji, que se giró para descubrir que una veintena de piratas salían como ratas de cada una de las puertas que daban a cubierta.

El cocinero dio una calada a su cigarro. –Todavía no debería estar haciendo estas cosas, tengo el cuerpo destrozado. –tiró la colilla al suelo y la restregó con el pie. –Pero si insistís tanto.

Se lanzó contra la muchedumbre y de una sola patada se llevó a cuatro piratas por delante. Rápidamente lo rodearon. Detenía cada una de las estocadas sin problemas.

–No le llegáis ni a la suela de las botas al imbécil contra el que peleo.

Uno de los piratas se imbuyó a sí mismo valor y con un grito de guerra corrió espada en ristre contra Sanji. Un leve movimiento a su derecha y una estratégica patada 

desmembraron el funesto ataque. Ya iba a girarse para enfrentarse a los siguientes incautos cuando un inesperado estoque surgió a su derecha.

–¡Mierda!

De pronto un silencio sepulcral se hizo con el barco. Sanji frunció el ceño y miró al suelo desconcertado. Sacó la lengua y lamió sensualmente la gota de sangre que resbalaba hasta sus labios. Alzó sus ojos y la respiración de los piratas se cortó.

–¡Tú!

El rubio miraba intensamente al que había osado hacerle un rasguño a su preciosa cara.

–Me has cortado la mejilla. ¿Crees que Nami-chan y Robin-chwan se merecen a alguien con un corte en su cara? ¿EH?

El pirata, con los ojos abiertos con pavor, meneó negativamente la cabeza ante la pregunta de aquel perturbado mental.

–¡CLARO QUE NO, IMBÉCIL!

Apoyado en sus manos comenzó a girar en el centro de aquella avalancha de piratas, lanzándolos contra las paredes del barco y, a algún desafortunado, al mar.

Se levantó con la cara roja de odio y un hilillo de sangre corriendo por su mejilla.

–Como esto deje marca, juro traeros del puto infierno y patearos el culo de vuelta allí.

Resopló indignado y al girarse para buscar una barca y salir de aquel anticuado barco se dio de lleno con un fuerte torso.

–Chico, creo que no entiendes muy bien de qué va esto.

Sin darle tiempo a nada, agarró a un perplejo Sanji del cuello y lo izó, dejándolo a un palmo del suelo.

–¿Qu… –Sanji notaba cómo la mano iba aumentando la presión, algo extraño estaba ocurriendo. –¿Qué coj… cojones… eres tú? –consiguió decir.

El capitán sonrió enseñando sus amarillentos dientes.

–Chico, ahora lo verás.

Sanji seguía luchando por liberarse, mas sus esfuerzos cesaron cuando vio la cara del pirata cambiar de un tono moreno y mate, a uno brillante parecido a…

–¿Mármol? –murmuró el rubio.

La sonrisa del pirata se ensanchó más todavía y asintió.

–Sí, chico. –abrió su mano y dejó que Sanji cayera al suelo resollando.

El cocinero, de rodillas en el suelo, se agarraba el cuello y respiraba entrecortadamente, mientras tanto la piel de Ludwig volvía a su color natural.

Sanji alzó la mirada y haciendo crujir sus dientes se apoyó en sus manos y dirigió una patada a la mandíbula del pirata.

Sus pies cayeron otra vez al suelo y miró al capitán, quien no se había movido de su posición, la única diferencia era el color brillante de su mandíbula y cuello, que poco a poco desaparecía.

–Chico, no lo intentes. Puedo hacer que aparezca en cualquier parte de mi cuerpo.

Sanji entornó los ojos con odio y descargó su pie contra la entrepierna del hombre.

Ludwig miró hacia donde el pie todavía estaba, y después a Sanji.

–Cualquier parte. –dijo sonriendo pícaramente.

El cocinero apartó el pie y se dispuso a dar otra patada.

–Me estoy hartando de tus pataditas, chico.

Con la mano izquierda frenó la patada que iba directa a su cuello. Sanji se desequilibró y no pudo esquivar el puñetazo que fue a parar a su cara.

Salió disparado contra el mástil, donde chocó y cayó semiinconsciente al suelo. El pirata se acercó lentamente mientras hablaba.

–Será mejor que la rata salga de su escondite si no quiere que su amigo el ratón se atragante con el queso.

Sanji abrió los ojos, para volver a cerrarlos en un instante. Se agarró fuertemente al suelo. Todo giraba y sentía que no tardaría mucho en vomitar si seguía así. Respiró hondo y contestó con una voz mucho más débil de lo que le hubiera gustado.

–La rata… se las tendrá que ver con el ratón si sale de su escondrijo.

El capitán miró hacia la playa y sonrió.

–Me parece que la rata y el ratón se van a pelear, chico.

Sanji abrió los ojos desmesuradamente y se levantó demasiado rápido. No pudo contener las arcadas y apoyado en el palo vomitó.

La risa del pirata llegó hasta sus oídos. –Vamos, chico, tampoco es para tanto. –le palmeó con fuerza la espalda.

Sanji se giró, todavía inclinado sobre el mástil, y apartó con rabia la mano.

–Hijo de pu…

Otra vez aquella mano, aquella inmensa mano convertida en mármol lo agarró de la frente y lo estampó contra la madera del palo mayor.

Acercó su boca al oído de Sanji. –¿Es que no sabes cuándo cerrar la boca? – cambió la sujeción y lo agarró con fuerza del brazo derecho, para después gritar a pleno pulmón. –¡SI NO QUIERES QUE LE PASA NADA MÁS A ESTE IDIOTA, MÁS TE VALE RENDIRTE Y VENIR AQUÍ!

La sangre hervía dentro de Sanji. Otra vez tendría que ser salvado por él. Otra vez tendría que arriesgarse por él. "¡NI DE COÑA!"

Alzó la cabeza de su pecho y sin importarle la sangre que corría por ella, gritó a pleno pulmón: –¡MARIMO DE MIERDA, COMO SE TE OCURRA VENIR, TE PATEARÉ EL CULO HASTA GRAND LINE!

Y con una descomunal patada hacia atrás en el mástil, agarró al pirata por la cintura y los propulsó a los dos directamente al mar.


Zoro ya había despachado a unos cuantos piratas de la segunda oleada y se disponía a subir a la colina a buscar a la siguiente presa cuando al girar la vista una vez más hacia el barco, en una acción que se había convertido en un hábito, lo vio. La respiración se le cortó cuando distinguió aquella cabeza rubia salir por la trampilla.

–¿Qué…

Se quedó estático unos instantes, pero cuando vio al cocinero lanzarse endiabladamente contra los piratas, se puso en marcha. Corrió entre los árboles como un poseso, poco le importaban los espinos que arañaban sus piernas, o aquella rama que le había hecho un corte en la mejilla. Tenía que llegar a aquella cubierta lo antes posible. "¿Cómo narices ha salido el cocinero idiota? ¡Joder!" Siguió corriendo y en un claro volvió a ver el barco. Gruñó con odio cuando vio a todos aquellos piratas rodeando a Sanji, el corazón se le paró cuando vio aquella espada rozar su cara. "¡CABRONES! Como le hagáis algo…" Siguió su demente carrera a través de la maleza.

La playa estaba muy cerca, desde la colina la había visto, ¿por qué él no llegaba nunca? "No me jodas. ¿Me he perdido?" Fueron los diez minutos más largos de su 

vida, el sudor recorría su pecho y su cara. Estaba empezando a desesperarse cuando de ponto salió de aquella selva y pisó la caliente arena.

Abrió los ojos sorprendido.

–He llegado. –dijo con un suspiro.

–Pensé que no lo harías nunca. –contestó una voz a su izquierda.

Zoro se giró rápidamente y vio al pirata que antes dirigía al grupo. Antes de seguir observándole echó una vista rápida a la cubierta del barco. Apretó los dientes con fuerza al comprobar que, a pesar de que los piratas estaban fuera de combate gracias a Sanji, ahora era él el que sufría a manos del que suponía era el capitán.

–Tranquilo, no lo matará hasta tenerte a ti también.

No se dignó a mirarlo, quería estar atento al rubio, pero esa voz tan tranquila lo estaba sacando de sus casillas. Sin perder más tiempo comenzó a avanzar hacia la orilla, pero aquella odiosa voz volvió a interrumpirlo.

–Me temo que primero tienes que rendirte, no puedes ir así como así a ver a mi capitán.

Y como si estuviesen sincronizados, se oyó la voz de Ludwig.

–¡SI NO QUIERES QUE LE PASA NADA MÁS A ESTE IDIOTA, MÁS TE VALE RENDIRTE Y VENIR AQUÍ!

Zoro miró el cuerpo destrozado de Sanji, la sangre que rodaba por su cara y por su pecho. Cerró los ojos. "Tal vez si también estoy allí podamos escapar más fácilmente." Suspiró abatido.

–De acue…

Abrió los ojos sorprendido. Aquella voz…

–¡MARIMO DE MIERDA, COMO SE TE OCURRA VENIR, TE PATEARÉ EL CULO HASTA GRAND LINE!

Miró al rubio y sonrió. La determinación que vio en su rostro lo animó. Ellos no se rendían. Jamás habían perdido trabajando juntos, y ahora tampoco lo harían.

–Bueno pues… –se giró sonriente hasta Fred. –Creo que no puedo rendirme.

El pirata alzó los hombros indiferente y empezó a desenvainar su espada.

–Como puedes comprobar, a mí me da igual. –sacó por completo su hoja pero un estruendo de agua los obligó a girarse a los dos.

Zoro frunció las cejas "¿Qué coño ha hecho este idiota?" Se adelantó unos pasos hacia la orilla y oyó con interés el suspiro desganado del otro. "Ahora, ¿qué?"

Fred envainó de nuevo su arma y pasó corriendo al peliverde.

–Lo siento, en otro momento será.

Zoro se quedó atónito ante la escena. No entendía nada de lo que acababa de pasar, sólo sabía que Sanji estaba en el mar. Retomó su antigua carrera y siguió los pasos de Fred.

–¿Dónde te crees que vas, tío del pelo raro?

Zoro frenó en seco y muy lentamente se giró hasta encarar al dueño de la voz. Inmediatamente los piratas que tan dispuestos habían estado para atacarle, se echaron a temblar.

–¿Qué mierda queréis ahora? ¿Es que todo el mundo se ha propuesto interrumpirme hoy? –harto de tanto estorbo, se lanzó contra los piratas.


El frío lo dejó inmóvil durante unos segundos, pero al momento sintió fuerzas renovadas. Lo primero que tenía que hacer era dejar la pesada carga, así que soltó la cintura del capitán y vio cómo se hundía en las profundas aguas.

Nadó hasta la superficie y tomó una bocanada de aire al tiempo que recordaba algo.

–¡MIERDA, MI TABACO!

Se maldijo interiormente, pero ese no era el momento ni el lugar adecuado para ello, así que se guardó su rabia y miró al frente. A lo lejos pudo distinguir sin mucha dificultad al peliverde y junto a él creyó ver al pirata que normalmente acompañaba al capitán. Parecía que estaban a punto de comenzar una pelea, pero de repente los dos se giraron hacia donde estaba y echaron a correr.

Sin esperar más, Sanji comenzó a nadar como mejor pudo, ya que los grilletes, aunque estaban unidos por una cadena bastante larga, no eran ni mucho menos, cómodos para nadar. Tras medio minuto nadando, alzó la cabeza y con sorpresa vio que el peliverde no estaba en el agua, sino en la playa, luchando a puñetazo limpio contra unos diez o doce piratas. El que sí que se dirigía hacia él, era Fred. Después de unas brazadas más se encontraron y el segundo lo miró de soslayo y dijo:

–No creáis que esto ya ha acabado. En cuanto llegues a la playa dos cañones estarán apuntándote.

Sanji lo miró con sorna.

–Y yo esperándolos.

Sin una palabra más, cada uno siguió su camino.

Por fin sus pies tocaron la suave arena del fondo. Se incorporó y anduvo hasta la orilla. De rodillas y con el agua acunándolo, intentó recuperar el aliento, pero antes de que llegase siquiera a inspirar, una bala de cañón cayó a escasos tres metros de él, salpicándolo de agua y arena.

Se levantó como un resorte y corrió hacia donde Zoro terminaba con el último pirata.

–Zoro, deja de jugar y corre, que nos van a bombardear. –gritó Sanji en su carrera.

Zoro lo miró y la cara se le iluminó. Jamás hubiera pensado que la presencia de aquel hombre se le haría tan necesaria. Se quedó extasiado viéndolo correr hacia él, con el agua cayendo por su pelo y su cuerpo. Un ruido a su lado lo sacó de su ensimismamiento. Todavía quedaba un pirata temblando incontroladamente. Le dio un puñetazo con rabia en el estómago y estiró su brazo derecho hacia Sanji.

–¡Corre!

Sanji sonrió y estiró también el suyo. Centímetros antes de que se tocasen, un nuevo cañonazo cayó a su lado. Sanji continuó y agarró con fuerza la mano tendida de Zoro.

–¡Vamos! –dijo el espadachín, echando a correr junto al rubio.

Después de unos segundos angustiosos, llegaron a la seguridad de la selva. Se internaron unos metros y por fin dejaron de oír los estruendos de los cañones. Se detuvieron junto a un árbol y Sanji se inclinó para recuperarse. Su cuerpo pedía a gritos un descanso, pero en su lugar un gemido salió de sus labios al notar cómo, sin darse cuenta, Zoro lo había apresado por las muñecas y lo sujetaba contra el árbol. Sus caras a escasos centímetros la una de la otra, sus pechos subiendo y bajando a la vez, y sus ojos mirándose intensamente.

–¿No puedes esperar a que te salve? –la voz de Zoro sonó grave y ronca. El reencuentro con el rubio había sido demasiado para él y verlo salir del agua como un verdadero dios, no hacía sino empeorar su estado. Su corazón saltaba en su pecho y pugnaba por salir de éste, mientras que otras partes de su cuerpo apretaban su pantalón.

Al oírlo un escalofrío recorrió la espalda de Sanji, por un momento la vista se le nubló, pero encontró la voz para decir:

–No. Eres muy torpe. Mira el corte que llevas en la mejilla. –mientras hablaba acariciaba lentamente el corte que aquella rama había hecho en el duro rostro del espadachín.

Zoro sonrió y acercó aún más su cara a la de Sanji.

–Mira quién habló, el señor no-he-podido-esquivar-una-triste-espada. Pero ya veremos si soy yo torpe, o si de pronto soy imprescindible. –vio el rubor en las mejillas del otro y lo apretó más con su cuerpo, haciéndole notar su abultada entrepierna.

Sanji ahogó un gemido y se perdió en aquellos ojos azabaches, y aquel cuerpo perfectamente cincelado.

–No te necesito más que para esfuerzos físicos. –contestó Sanji lentamente y con voz sensual. –Para lo demás me basto y me sobro.

–Lo dudo. –Zoro dejó de mirar los ojos de Sanji y paseó su vista por sus labios. Rojos y mojados por el mar. Se mordió el labio inferior y, sin querer contenerse más, acortó la escasa distancia que les separaba.

El corazón del rubio dio un vuelco y su estómago se convirtió en una fiesta de mariposas. Vio los ojos de Zoro cerrados y sonrió, cerrando los suyos también.

Zoro notó la sonrisa de Sanji en su boca, y lleno de pasión, abrió sus labios para recibir a su compañero.

El sabor salado del agua del mar se mezclaba con el ácido y fuerte del sudor. Sus lenguas danzaban, se conocían, inspeccionaban la boca del otro. Las manos del peliverde sujetaban ahora con delicadeza las del rubio, acariciándolas, entrelazados sus dedos. Dos corazones palpitaban juntos contra los pechos, y las caderas giraban con un sensual baile, al ritmo de sus deseos.

Una nueva explosión los sacó de su maravilloso encuentro. Sus ojos se abrieron y al verse en esa comprometida situación, se separaron inmediatamente. Soltando las manos que con tanta ternura habían apretado.

–¿Qué pasa ahora? –la voz de Zoro sonó molesta.

Sanji agachó su cabeza y deseó con todas sus fuerzas que el rubor de su cara y la estrechez de su pantalón desaparecieran.

Varios árboles cayeron ante otro cañonazo.

–Nos tenemos que alejar más. Vamos. –Zoro volvió a estirar su mano, pero Sanji esta vez la ignoró. Echando a correr delante del peliverde.

Después de un centenar de metros tierra adentro, Sanji se detuvo y se giró para encarar al espadachín.

Su cuerpo tembló de miedo al no ver más que árboles y arbustos.

–¿Zoro?

Al instante un ruido de matojos llamó su atención, y se puso en posición de ataque. La mandíbula se le desencajó al ver aparecer a Zoro.

–¡Mierda de árboles, son todos iguales, y uno no sabe por dónde ir! –Zoro se quitó una rama del pelo y miró a su compañero.

Sanji no pudo contener la risa por más tiempo y de su garganta salió un tropel de carcajadas. Zoro frunció el ceño y lo miró con odio.

–¿Qué te pasa, idiota? Me he despistado un poco, nada más. –todo el amor de hacía pocos minutos, desaparecido. Con rabia veía retorcerse de risa a su compañero.

Sanji se agarraba el estómago con fuerza, mientras pequeñas lagrimitas salían de sus ojos.

–Eres… eres… ¡eres como Pocahontas! –una brillante bombilla se encendió en su cabeza –¡ERES… ZOROHONTAS! –sus carcajadas se reavivaron y se tiró al suelo sin poder aguantar la risa.

–¡TE MATO, IDIOTA! – Zoro parecía que iba a estallar de rabia.

Entre risotada y risotada, Sanji pudo articular alguna palabra. –¡Mírate!

Zoro agachó la vista. A parte de las lianas que le colgaban del pelo y parecían alargárselo; una hoja de palmera se le había puesto en el pecho, imitando una diminuta camiseta, únicamente tapando sus pectorales; y para colmo sus pantalones estaban rotos, asemejando una falta y dejando ver sus musculosas piernas.

Puso los ojos en blanco y resopló. –Pues tampoco es para tanto. –dijo intentando restarle importancia. Pero antes de poder ignorar al rubio y continuar la marca, una musiquita hizo que se detuviera y mirara con más odio si cabe al cocinero.

Sanji, todavía en el suelo, pero ya sentado con las piernas cruzadas, había empezado a entonar una canción.

"Te crees que me desoriento y me pierdo,

que si me dejas ya no se volver,

pero eso que dices es incierto,

yo solo sigo el viento, que extraño es.

Parece que me he vuelto a perder,

es la quinta vez que ocurre este mes,

si sigo las pisadas de un extraño,

seguro que aparezco en Teruel."

–AAAAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJA, ¡ME MUERO! –Sanji rodaba por el suelo sujetándose el estómago, con las lágrimas rodando por sus mejillas y la cara roja por la risa.

La cara de Zoro también estaba roja, pero de ira.

–¡MUERE, GILIPOLLAS!

Estaba dispuesto a tirarse contra Sanji, sin embargo se quedó quieto, rígido como un árbol.

Sanji lo miró extrañado, pero siguió riéndose. –¿Qué te pasa? ¿No sabes por dónde ir? Estoy aquí mismo.

Zoro lo miró con odio pero masculló una respuesta.

–No te muevas, cocinero idiota.

Sanji miró a su alrededor sin entender. –¿Qué? ¿Por qué?

Zoro abrió los ojos con horror y se lanzó contra Sanji. Cayó encima de él sin ninguna delicadeza, y Sanji dejó escapar un gemido de dolor.

–¿Qué cojones estás haciendo, marimo de mierda? –Sanji lo miraba furioso y de una patada lo apartó de encima.

Zoro se incorporó y por fin Sanji pudo ver qué ocurría. Una serpiente colgaba del muslo de Zoro.

–Estaba a tu lado y tú no hacías más que moverte. Iba a morderte, cocinerucho escandaloso. –la vista poco a poco se volvía borrosa, pero todavía le quedaba fuerza para coger la serpiente y arrancarla de su pierna, lanzándola lejos.

Sanji se levantó justo a tiempo de coger a Zoro antes de que cayera al suelo.


...vale, en mi historia Sanji canta, ¿no se supone que todos cantan? yo los he oído O.o además Disney traspasa fronteras y universos, Pocahontas tb estaba en Grand Line, ;p

Y ahora la canción entera:

"Te crees que me desoriento y me pierdo,

que si me dejas ya no se volver,

pero eso que dices es incierto,

yo solo sigo el viento, que extraño es.

Parece que me he vuelto a perder,

es la quinta vez que ocurre este mes,

si sigo las pisadas de un extraño,

seguro que aparezco en Teruel.

¿Has oído alguna vez, "es por aquí"?

¿O has visto las señales indicar?

¿Has gritado de impotencia al perderte?

¿Y Zorohontas en el viento descubrir?

¿Y Zorohontas en el viento descubrir?

Corramos por las lindes sin perdernos,

sigamos esa cuerda sin soltar,

descubre el camino que es correcto,

sin perderte un instante en un rincón.

Los líos y los nudos mis hermanos,

amigos somos todos, ya lo ves.

Estamos entre todos muy perdidos,

en un ciclo sin salida, eterno es.

¿Cuán lejos este camino llevará?

Si lo sigo hoy, seguro llegaré.

Y no encontraré a mis nakama nunca jamás.

Más "perdío" que un pulpo en un garaje.

Y al girarme al ver el cielo, ensimismado,

Zorohontas en el viento descubrir,

Si no entiendes qué haces aquí,

perdido estás otra vez.

Zorohontas en el viento descubrir."

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... ... lo único que tengo que decir es q me reí mucho haciendo la canción de Zorohontas, por cierto, si la leéis con el tonillo de Pocahontas (canción, "Colores en el viento") pega y todo, q me costó lo suyo, jeje.

Espero que os haya gustado, nos vemos!

PD: ha habido beso, aaahhhh!!

PD2: Teruel existe, ¬¬, es una ciudad española