Bueno, he aquí el capítulo cooperativo, hecho tras muchos MP por Crazy Aristocrazy y yo:


Capítulo 7: Encuentros con los Espíritus Digitales

Tren rojo:

Ya fuera de la cabaña, los humanos se vieron rodeados de caos. Los Gotsumon, con miradas inyectadas de pánico, corrían por su vida mientras gritaban.

- Creo que prefería la cabaña... – se escuchó decir a Hugo.

En medio de la confusión, Ogremon destrozaba con la fuerza hercúlea de su maza los pequeños edificios de madera. Cuando se dio cuenta de que habían salido de su escondite, una siniestra mueca cubrió su rostro.

- Sabía que estabais aquí... – murmuró el ogro entre dientes, apretando con fuerza su hueso y dirigiéndose lentamente hacia ellos.

El Gotsumon que les sirvió de anfitrión se acercó nerviosamente al oni.

- Espere, debe haber algún tipo de malentendido.

Ogremon golpeó con fiereza el suelo, y la mirada del Gotsumon cambió: de una débil y nerviosa a una llena de determinación. Apretó los puños y de su cabeza salió una piedra a modo de proyectil, golpeando a Ogremon en la cara y haciendo que retrocediera con un grito de dolor.

- ¡Nadie molesta a mis invitados! – Gritó Gotsumon, con una furiosa voz temblorosa – ¡Llevo años en esta montaña y hasta ahora nunca había aparecido alguien tan maleducado!

Ogremon estiró el brazo y agarró al pequeño gólem de la cabeza, levantándolo del suelo. Las venas se marcaban en el cuello del ogro y sus músculos estaban en absoluta tensión. El Gotsumon movía las piernas sin poder apoyar los pies y sentía cada vez más presión en su cabeza. Así no iba a durar mucho más.

Miles miró a sus compañeros inmóviles y de nuevo a su anfitrión agonizante, pero sobre todo a su propio interior. Que precisamente él mismo no estuviera haciendo nada le dolía más que cualquier otra cosa. Se acercó a paso lento, pero firme, al conflicto, pero paró en seco. Había oído una voz.

-Sólo tú puedes salvarlos…- le decía.

Miles sabía que tenía razón. Sin embargo, no sabía si la voz era una imaginación suya. Y, en el caso de que fuera real, no tenía ni idea de su procedencia.

-Ogremon es fuerte, pero tú también…- continuó la voz. Era una voz cálida; aunque severa.- puedes vencerle; siempre y cuando sigas mis instrucciones, por supuesto…-

Miles se sintió adulado. Supuso que no pasaba nada por seguir escuchando.

-Aléjate paulatinamente de tus compañeros: no se darán cuenta de tu ausencia.-

Como si estuviera hipnotizado, Miles siguió las instrucciones de aquella enigmática voz.

Sus compañeros, estaban demasiado ocupados para percatarse de cómo Miles se alejaba de ellos.

-Dirígete hacía la casa que se encuentra más al sureste. Cuando te encuentres allí, verás un camino pedregoso que deberás seguir para internarte en el bosque.- prosiguió.

Miles comprobó que la voz estaba en lo cierto: tras pasar al lado de aquella rústica casa, pudo comprobar que un sinuoso camino de piedra se abría paso hacía un pequeño bosque.

-Continúa.- dijo la voz, induciéndole a continuar.- ¿No tendrás miedo, verdad?-

Aquella afirmación le pareció un insulto. Miedo, él, que va. Ogremon no le imponía para nada. Lo que tenía de fuerza, le faltaba de cerebro. Sólo era que no terminaba de fiarse de aquella voz; a pesar de que sus intenciones parecieran buenas.

Aunque tenía dudas, prosiguió: su instinto le decía que debía continuar.

-Gira a la derecha. Y ya está.-

-"¿Ya está?"- pensó Miles. No podía ser. ¿Cómo girar a la derecha, desviándose del camino, iba a ayudarle?-

Sin embargo, lo hizo.

El bosque por el que caminaba era poco denso, y se encontraba rodeado por la montaña. Los árboles, casi tan pequeños como arbustos, terminaron dejando paso a una zona de hierba alta, que cubría a Miles por la altura del pecho.

-Te encuentras cerca…- se limitaba a decir la voz.

-"¿Cerca de qué?"- se preguntaba el muchacho.

Entonces lo descubrió. Entre la maleza, algo brillaba. No era un brillo metálico, como cabría esperar. Se acercó al objeto. Envuelto en un haz luminoso, se encontraba el objeto más extraño que había visto en su vida. Poseía la figura de una cabeza de león; con una melena naranja y pendientes en las orejas; perfectamente tallada; y pegada a una plataforma metálica negra, llena de extrañas inscripciones, en letra pequeña, que casi parecían un código de barras.
Se acercó más a él. La luz que emitía lo envolvió completamente. Una fuerza lo atraía hacía él. Dudo si cogerlo.

-Tómalo sin miedo. Te ayudará.- concluyó la voz. En su tono, se notaba cierta alegría, euforia. Como si acabara de lograr algo importante. En verdad, lo había hecho; aunque Miles no se dio cuenta.

Tomo el objeto entre sus manos. Notó una extraña conexión, seguida de un cosquilleo eléctrico que le recorrió toda la espalda. Estaba comenzando su transformación…

En la aldea, Ogremon seguía en la misma posición. Gotsumon ya no movía las piernas y sus ojos temblaban de forma extraña; de su boca salía un rumor sordo. Varios de los humanos habían intentado derribar al ogro, pero éste seguía inmóvil con los ojos fijos en el pequeño ser de piedra. Algunos estaban en el suelo, cansados, entre ellos las gemelas, que al no importarles mucho Gotsumon se rindieron rápido. Phoenix y Ana seguían intentándolo, sin resultado. Michel y Hugo ni siquiera se habían acercado.

- Es inútil – dijo Michel.

- ¿No te da vergüenza? – Replicó Lara con su habitual tono burlón – Incluso Ana lo está intentando.

Justo en ese momento, Ana perdió las fuerzas y soltó desesperada el brazo de Ogremon, cayendo de rodillas. Esto solamente apoyó la postura de Michel.

- Mira ¿De qué serviría intentarlo?

- Parecéis una panda de estúpidos – comentó, inoportuno, Hugo.

Un comentario así en un momento como ese, en el que Gotsumon estaba a punto de morir, se ganó las miradas de los demás; unas molestas, otras indiferentes, pero todas cansadas. Finalmente, Phoenix, el único que quedaba, se rindió.

- No puedo más...

Nadie veía una solución al problema. Mientras en sus pensamientos intentaban aceptar la muerte de Gotsumon, un rugido los alertó desde el bosque. Un nuevo salvador se dirigió a gran velocidad a Ogremon, sorprendiendo a éste cuando agarró su cabeza y la estrelló contra el suelo. Gotsumon se alejó arrastrándose, y Ana se puso a atenderlo de inmediato. Ogremon, todavía confuso, fue cubierto por la sombra del héroe. Su cuerpo bronceado era similar al de un humano, pero mucho más musculoso de lo normal, cubierto sólo por unos pantalones negros y adornados con un collar rojo. Su cabeza estaba coronada con una melena rubia que recordaba al sol y enmarcaba sus tranquilos ojos azules. Desenfundó lentamente su espada y la puso ladeada frente a su pecho.

- Se acabó. -

- Esto no ha hecho más que empezar – murmuró Ogremon, mientras se levantaba.

Ogremon intentó atacar al león con su hueso, pero éste paró el golpe con su espada y, con una patada baja a sus piernas, volvió a derribarlo. Para alejarse del héroe y no repetir lo de antes, el ogro rodó hacia atrás al caer, poniéndose de pie. Su puño se llenó de oscuridad y miró a su contrincante.

-No podrás resistir este ataque.- dijo Ogremon mientras le lanzaba su esfera de energía oscura.

El digimon la esquivó con relativa facilidad; apartándose a un lado, mientras preparaba su próximo ataque. Concentró energía en su puño, y una onda con la forma de su rostro salió disparada hacia Ogremon.

El impacto fue certero, y Ogremon salió disparado contra una de las casas; destrozando la endeble estructura de la misma.

Ogremon, algo aturdido, se levantó, se sacudió el polvo y se abalanzó sobre su adversario: una táctica poco inteligente. Su hueso chocó contra la espada y, al intentar asestar un nuevo golpe, ambas armas salieron disparadas por los aires.

Los chicos se encontraban escondidos tras una de las casas, observando atentos la batalla.

-¿Quién es ese digimon?- le preguntaban a Gotsumon. Desconocían la identidad de su salvador.

-Es un Leomon.- contestó.- Lo extraño es que hace mucho que no se ve uno por estos lares.-

-¿Es otro digimon?- preguntó Ana.

-Por supuesto; ¿es que no lo ves?- dijo Karin.

Ana se arrepintió de haber preguntado.

-¿Por qué hace mucho que no se ve un Leomon por aquí?- preguntó Phoenix.

-Los Leomons son característicos de otras hábitats. Sin embargo, hubo uno que vivió por aquí, hacía ya mucho tiempo…-

-Un momento…- exclamó Kalvin.- ¿Y Miles?-

Todos miraron a su alrededor, sin encontrar al muchacho.

-¿Dónde se ha metido? No le he visto marcharse.- dijo Lara, confundida.

Nadie supo responderla.

Leomon y Ogremon, ahora sin armas de por medio; habían pasado a luchar cuerpo a cuerpo. Ogremon trataba desesperadamente de derribar a Leomon; pero era incapaz de conseguirlo.

Leomon asestaba una tanda de puñetazos, que alternaba con algunas espectaculares patadas circulares; que su contrincante no podía evitar. Ogremon; furioso; intentó golpearle con su puño; pero Leomon apartó la cabeza a tiempo para evitar el golpe, y, posicionándose debajo de su enemigo; lo levanto haciendo acoplo de todas sus fuerzas, y lo lanzó por los aires.
Ogremon le levanto. Su cuerpo, magullado, no presentaba heridas demasiado graves. Miró a su alrededor. Vio su hueso, y acto seguido, lo cogió. Miró fijamente a Leomon.

-Esta vez he perdido; pero no será así la siguiente vez que nos encontramos…-

Tras decir esto, Ogremon se marchó: salió corriendo
por dónde había venido Leomon.

Los chicos, ya fuera de peligro, se acercaron a Leomon.

-Os he salvado.- dijo el digimon satisfecho; mientras los demás le observaban, curiosos.-

A continuación; se desplomó, mientras un haz de luz lo envolvía. Ante ellos, ya no se encontraba Leomon; sino Miles.

- ¿Qué demonios acaba de pasar? - preguntó Michel.

La respuesta fue el silencio. Sin saber todavía que había pasado, los humanos llevaron a su compañero inconsciente a casa de Gotsumon. Allí, el pequeño Digimon cuidó un poco del paciente hasta que cobró el conocimiento. Pasaron un rato intentando sacarle información, todavía en cama, pero no consiguieron mucho.

- No entiendo mucho más que vosotros.

- ¿Eres un Digimon? – preguntó Ana.

- No.

- Lo acabamos de ver con nuestros propios ojos – continuó Lara - ¿Cómo sabemos que no eres el que nos trajo aquí?

- Esto es tan nuevo para mí como para vosotros – explicó Miles – Si siempre hubiera podido hacer esto, ¿no crees que lo habría usado antes?

- Bien, entonces explícanos dónde has estado... – intervino Kalvin, intentando calmar la situación.

- Escuché una voz, seguí sus instrucciones y me llevó hasta una especie de objeto. Lo toqué y me trasformé. Sé que suena a locura, pero es lo que pasó.

- Tienes razón, suena a locura – comentó Hugo, poniendo una cara rara.

Miles notó algo extraño en su chaqueta, y del bolsillo se sacó algo que antes no estaba allí: una especie de aparato o dispositivo, con una pantalla. En la pantalla, apareció el objeto que tocó en aquel momento. Se lo enseñó a los demás. Desde que habían llegado habían sido asaltados por un montón de preguntas sin una buena respuesta, y no parecía que fuesen a ser resueltas pronto.

- Lo mejor es que sigamos – dijo finalmente Karin

– Porque esto es inútil – siguió su hermana.

Algo indecisos, los demás cedieron, y unos cuantos minutos después, tras despedirse de Gotsumon, subieron al tren. De lo que no se dieron cuenta es que Gotsumon también había subido.

En otro lugar, Ogremon tenía compañía. Era la criatura de ojos rojos.

- Te han vuelto a derrotar...

- ¡Uno encontró su espíritu! Habría ganado si no fuera por eso... – lloriqueaba el ogro – ¡Ayúdame!

El misterioso individuo dedicó una mirada brillante y fría a Ogremon.

- No tengo intención de ayudarte – su voz permanecía serena - Si quieres ayuda, ya sabes a quién debes pedírsela.

Ogremon bajó la mirada. No tenía otra opción.


Tren Azul:

Los graznidos de Nohemon seguían resonando sobre las flores como un siniestro canto fúnebre. El penetrante aroma que los rodeaba no conseguía dulcificar la que creían era su inminente muerte.

- No tenéis a dónde ir... – sentenció el cuervo con ademán travieso.

Era cierto. En este claro del bosque, no podrían escapar sin ser alcanzados. Tampoco podrían luchar contra él: en cuanto hicieran un movimiento, los proyectiles de Nohemon acabarían con ellos. Lo único que podían hacer, pensó Apollo, era esconder detrás de los pocos árboles que había más allá del claro para que sus flechas no los alcanzasen. Pero tendrían que darse mucha prisa, y sólo sería un refugio temporal. Había que intentarlo.

- Cuando diga "ahora", a los árboles – susurró lo suficientemente alto como para que sus compañeros lo oyesen.

Nohemon no había oído nada, pero no se esperaba nada bueno. La mirada de sospecha del cuervo sirvió de señal para Apollo.

-"¡Ahora!"

Cuando los humanos echaron a correr, el espantapájaros se movió de manera brusca, produciendo un sonido seco como el de la madera al crujirse; casi parecía una risa. Con movimientos rápidos, rectos e inhumanos, Nohemon sacó una flecha de su carcaj y tensó su arco. Justo cuando ellos llegaron a los árboles, Nohemon soltó la cuerda. Aunque parecía que sólo había lanzado una flecha, había clavado una en cada árbol.

- Esto no me gusta... – dijo Erika – Va a ser difícil competir con esa rapidez.

Dalia estaba con la espalda contra el tronco de su árbol, molesta y sin prestarle mucha atención a Nohemon. Este mundo estaría muy bien, pensó, si no fuera por estos monstruos inoportunos. No veía ningún sentido a todo esto, pero si al menos pudiera estudiar tranquila la flora, podría incluso ignorar la falta de lógica. Casi en su propio mundo, ajena a lo que pudiese estar pasando a los otros humanos, Dalia escuchó una extraña voz que no parecía venir de ninguna parte.

- Toma el control.

Dalia se sintió recelosa, pero sus sospechas se disipaban lentamente con cada palabra que la voz profería.

- Todavía no tienes el poder necesario para derrotar a Nohemon, pero yo puedo dártelo – era una voz grave, y la sentía vibrando en sus oídos – Prueba el poder que puedes tener; no sería la primera vez.

Era cierto, no sería la primera vez que experimentaría con poder. Cuando ese inútil con el que vivía mostró su interés en ella por primera vez, la reacción que tuvo fue de rechazo. Pero en vez de alejarse de él, le siguió el juego. Quería saber hasta dónde podía hacerlo llegar, y llegó a más de lo que podría haber esperado. Si consiguió que un hombre dejase prácticamente toda su vida por ella, incluyendo casa, mujer e hijo, ¿por qué no iba a poder librarse de Nohemon? Sólo necesitaba un empujoncito.

- Camina en línea recta, lejos del claro, hacia los árboles...

Ella obedeció, alejándose cada vez más de sus compañeros, de los cuales ya se había olvidado. Al poco tiempo, su vista alcanzó otro claro. Inmensa e intensa como el fuego, en mitad de este nuevo claro se erguía una flor, roja como el pelo de Dalia e igualmente fragante. La flor se abrió lentamente, bañando con una luz exquisita el rocío que la rodeaba. Mientras se acercaba como en un trance, a Dalia le pareció que el viento aumentó ligeramente y que algunas flores tintinearon como campanillas, pero no le prestó atención. Su atención estaba en la gran flor roja, y el objeto que sus pétalos protegían. Pudo ver un óvalo blanco y rojo, rodeado de un rosa pálido. Cuando sus finos dedos se acercaron a tocarlo, un cosquilleo eléctrico recorrió su espalda como un grupo de arañas y, siendo rodeada por la luz del objeto, se sintió como una mariposa saliendo de su crisálida...

Mientras tanto; Yoshi caminaba de puntillas por detrás de Nohemon. Tras insertarse en el bosque, y dar un pequeño rodeo por su cuenta; pensaba darle una pequeña sorpresita al digimon.

De momento, todo marchaba sobre ruedas: sus compañeros no se habían dado cuenta de que se había ido; y al parecer, Nohemon tampoco: estaba demasiado ocupado lanzando flechas como loco.

De repente; Yoshi pisó unas ramas secas. Su, crujido; parecido a los que Nohemon hacía al moverse; llamó la atención al digimon. Dejó de lanzar flechas y se giró. Su cara, inexpresiva; miraba a Yoshi fijamente; mientras que el cuervo; parecía sonreírle, al haber encontrado un nuevo blanco para el tiro con arco.

Tensó su arco, y Yoshi se preparó para una muerte segura. Estaba furioso: odiaba que sus planes salieran mal.

Sus compañeros corrieron para ayudarle, pero parecía ser demasiado tarde.
La flecha salió disparada, pero, barrida por una ráfaga salpicada de pétalos, no dio a su blanco. Yoshi se había salvado. Justo al borde del claro, desde donde llegó la ráfaga, una nueva figura misteriosa se hallaba erguida y silenciosa. Su cara estaba cubierta por una máscara en su mayor parte blanca que dejaba ver unos ojos amarillos y brillantes, y de la cual pétalos rosados brotaban como en una flor, que cubrían una salvaje melena anaranjada. Sus extremidades superiores parecían ser tallos espinosos acabados en flores con máscaras y su ropa recordaba al teatro japonés. Nohemon se sintió cautivado por su belleza.

- ¿Quién eres? – el cuervo se inclinó curioso, pero preocupado - ¿Quién eres? – repitió.

- Kabukimon – su voz era suave, tranquila, pero con un timbre inhumano y extraño.

Ese nombre no le dijo nada bueno a Nohemon. Lo había oído antes y sabía que debía acabar con quien se hiciese llamar así. Algo decepcionado, tensó su arco de nuevo, hacia Kabukimon. Ésta movió de manera circular su cabellera, y cuando diversas flechas se dirigieron hacia ella, el mismo viento de pétalos hizo aparición y las alejó. Un graznido de frustración salió del pico del cuervo, que furioso se abalanzó hacia Kabukimon arrastrando el espantapájaros al que estaba unido. Kabukimon dio una voltereta pasando por encima de él y, estirando sus extremidades, agarró entre sus espinas el cuerpo de Nohemon. Cuando tocó suelo, mantuvo elevada a su presa y apretó fuertemente, causando nuevos crujidos en su cuerpo de madera.

El cuervo de Nohemon comenzó a picotear la máscara de Kabukimon; la cual parecía molesta, y, en un arrebato, acabó soltando a Nohemon.

Nohemon preparo de nuevo su arco, y disparó contra Kabukimon. Esta, aun distraída, no tuvo tiempo para realizar su ataque, así que, desplazándose hacia la derecha; esquivó el ataque.

El cuervo, frustrado, comenzó a graznar, produciendo sonidos agudos y estridentes, que hizo que todos, incluida Kabukimon, tuvieran que taparse los oídos.

Nohemon se acercó para rematar a su presa: Una flecha desde tan cerca, acabaría con Kabukimon. En cierto modo, no deseaba que fuera así, pero debía hacerlo.

Sin embargo, algo le retuvo. Yoshi le estaba agarrando la pierna con todas sus fuerzas; en un intento desesperado.

EL cuervo se dirigió hacia su cara, hecho una furia. Sin embargo, Kabukimon lanzó un rayo de energía desde sus flores para salvarlo. Nohemon salió disparado entre la maleza, perdiéndoles de vista.

Kabukimon fue envuelta por una luz y, entre pétalos, Dalia cayó al suelo. Tenía algún tipo de dispositivo en la mano. Yació sobre las flores hasta que Apollo le levantó la cabeza del suelo. Parecía dormida, pero en pocos segundos abrió los ojos lentamente y se incorporó, ignorando a los demás, con la mano sobre la frente. Se sentía algo mareada, pero recordaba todo. A su alrededor todos la miraban con ojos expectantes. Sabía lo que les podría estar pasando por la cabeza: que ella, que frente a ellos se había mostrado como un Digimon y en varias ocasiones parecía querer mantenerse alejada, era al fin y al cabo la causante de todo aquello. Pero ella no era "el jefe".

- ¿Kabukimon? – preguntó Amadeus.

- Sí, supongo que sí.

Sonia y Erika se miraron la una a la otra, turbadas. Dalia suspiró.

- ¿Eres un Digimon? – continuó Amadeus.

- Tendré que explicároslo antes de que os hagáis una idea equivocada...

Apollo se enderezó y le tendió la mano.

- Sí, será mejor que te expliques.

Todos estaban confusos, lo cual era completamente normal. Dalia aceptó su mano para levantarse y dio unos cuantos pasos para ejercitar las piernas. Empezó a tocarse el colgante mientras miraba a los árboles.

- Cuando Nohemon nos atacó, escuché una voz...

- "Genial, ahora empezamos a oír voces" – pensó David.

- Soy consciente de lo raro que suena. Haciendo lo que decía la voz, me alejé del grupo y encontré una flor. Dentro, había un objeto – miró el dispositivo. En la pantalla estaba dicho objeto – Lo toqué y...

- ¿Y qué?

- Y a partir de entonces era Kabukimon. Eso es todo.

- ¿Todo? Para el carro – David se acercó, con los brazos cruzados - ¿Qué hay de ese objeto que has dicho? ¿Es lo que tienes en la mano?

- No. Esto no sé de dónde ha salido, pero es el que se ve en la pantalla – levantó la mano para que los demás pudieran verlo.

- ¿Y de dónde has sacado el nombre de Kabukimon?

- No lo sé. En esa forma, de alguna manera sabía cómo se llamaba. Simplemente lo sabía.

Samuel se alborotó el pelo, frustrado. Esas respuestas sólo creaban más preguntas. Jack sonrió y estiró los brazos.

- Bueno, no hay por qué desanimarse. Se ha librado del bicho palo.

- Podemos volver al tren – añadió Sonia.

Los demás estaban visiblemente de acuerdo.

- Es una buena idea – concluyó Apollo.

Cuando el tren se puso en marcha, los aventureros desconocían que no eran los únicos en subirse a ese tren. Con amorosas visiones de Kabukimon rondándole la cabeza, Nohemon se había agarrado desesperado a la barandilla.


"Ahora que los humanos han obtenido espíritus digital, supongo que se pondrá mucho más interesante… Hablarles y conducirles hasta ellos ha sido realmente fácil; y he de decir, que se han manejado bastante bien. Por el contrario; Ogremon ha vuelto a fastidiarlo todo; mientras que Nohemon, ha fallado en su primer intento: me equivoqué al elegirle para que se enfrentase a aquel adversario… "