Cupidos Dorados

-1-

La Orden de los futuros santitos dorados estaba reunida en el templo de Sagitario, cuyo dueño se encontraba entrenando una casa más arriba con Shura de Capricornio. Sentados en círculo los niños del zodiaco discutían la conversación que escucharon el día anterior entre Aioros y Saga acerca de cierta amazona.

- Pobre de mi hermano, le gusta esa amazona pero no se atreve a decirle. -decía visiblemente consternado el leoncito.

Mu se acercó para consolarlo dándole unas palmaditas en la espalda, compartía la pena de Aioria, después de todo ellos querían al santo de Sagitario como si fuera un hermano mayor. Él se había encargado de criarlos y estaba al pendiente de ellos todo el tiempo, los protegía como al mismo Aioria y velaba en todo momento por el bienestar de los chiquitines.

- Ojalá pudiéramos hacer algo por él. -suspiró Mu.

Levantando la cabeza Milo pareció interesarse en el comentario de Mu.

- Quizá si podemos hacer algo por él… -sus pícaros ojitos recorrieron las intrigadas caras de los demás santitos.- ¡Tengo una gran idea! -gritó mientras se ponía de pie de un brinco.

- ¿En qué estas pensando Milo? -preguntó algo temeroso Aldebarán.- La última vez que se te ocurrió una gran idea el Patriarca nos castigó por una semana entera sin derecho a postre.

- Alde tiene razón Milo, ya no deberíamos meternos en problemas. -decía Shaka apoyando a su amigo de Tauro.

Milo los miró con algo de reproche, en realidad no estaba molesto, pero sabía muy bien como usar el sentimiento de culpa contra sus compañeritos.

- Entonces… ¿no estarían dispuestos a hacerlo ni siquiera para ayudar a Aioros?

- ¡Yo lo haré por mi hermano! -gritó emocionado Aioria.

- Camus también nos ayudará. -complementó Milo mirando a su mejor amigo.

- ¡¿De qué hablas bicho? ¡Yo no he dicho que te apoyo! -replicó molesto el de Acuario.

- Ni te quejes Camus, porque ya estás adentro. -le contestó tranquilamente el escorpioncito.

Mu, Shaka y Aldebarán se miraban con duda. Si bien sabían que seguir a Milo significaría problemas, también odiaban ver sufrir a Aioros y querían ayudarlo a sentirse mejor.

- Esta bien, esta bien…ayudaremos.- por fin habló resignado Mu.

- ¡Excelente! -dijo Milo aplaudiendo.- Lo que tenemos que hacer es…

-2-

Después de su entrenamiento todos los caballeros dorados se dirigieron hacia la cámara del Patriarca para presentar sus informes al santo padre. La reunión había comenzado cuando los gritos de un pequeño ocasionaron que todos dejaran lo que estaban haciendo para enfocarse en el niño.

- ¡Maestro! ¡Maestro! -entró Aldebarán a la habitación cargando en sus brazos a un inconsciente Mu.

Los santos de Atena se aproximaron al chiquito.

- ¡Maestro, Mu estaba meditando y de pronto perdió el conocimiento! -decía asustado el niño de la segunda casa.

- ¡¿Qué tienes Mu? ¡Reacciona pequeño! -suplicaba con desesperación el Patriarca mientras los demás santos dorados observaban con preocupación la escena.

Mu permanecía inmóvil entre los brazos del mayor de los santos de Atena quien inmediatamente aplicó su cosmos al niño para curarle de cualquier lesión que pudiera tener sin obtener ningún resultado.

Aldebarán permanecía atrás de los mayores, tratando de recordar la siguiente etapa del plan.

- ¡Ah ya me acordé! -afirmó exitosos el gigante quien era observado con sospechas por los otros santos presentes.

Al darse cuenta de que casi mete la pata, el niño trató de disimular lo mejor que pudo.

- Ejem…quise decir que me acordé que Aioria te espera llorando en la casa de Sagitario, Aioros. -dijo dignamente Aldebarán.

- ¡Es cierto! -exclamó el dueño de la novena casa mientras se tocaba la frente con su mano.- ¡Los demás chiquitos deben estar aterrorizados por lo que le sucedió a Mu! Gran Patriarca no se preocupe yo iré a verlos.

- Muchas gracias Aioros, por favor trata de tranquilizarlos. -decía comprensivo el sumo sacerdote.

-3-

Mientras tanto cerca del recinto de las amazonas los otros cuatro niños se escondían entre los matorrales de las orillas del camino para observar sin ser vistos a cierta amazona de interés.

- ¿Ya entendiste lo que tienes que hacer gato? -preguntó Milo al cachorro dorado.

- Si, pero no entiendo porque tenemos que vestirnos así. -refutó Aioria.

Los chiquillos se las habían arreglado para disfrazarse de Cupidos. Con una vieja túnica se habían diseñado unos taparrabos como el que viste el querubín mitológico; con ayuda de unas hojas de papel que habían robado de la oficina del Patriarca recortaron unas alitas de ángel que sostenían en sus espaldas con ayuda de unos hilos; y utilizando unas ramas secas de un árbol habían creado un arco y una flecha adornada con un corazón de papel en la punta que era portada por el pequeño Aioria.

- No te quejes…acuérdate que todo lo hacemos por Aioros. -le recordó Milo mientras le daba un golpe en la cabeza al pobre león.

Pacientemente esperaron a que Delta se quedara sola para poner en marcha el "infalible" plan del escorpión.

- Haz tu parte Camus. -ordenó con voz de mando Milo.

Unos diminutos copos de nieve comenzaron a caer delicadamente sobre la cabeza de la amazona plateada de Apus, la cual parecía sorprendida por al presencia de tan extraño elemento en el Santuario. Con su mano trataba de recolectar unos cuantos cristales cuando para su sorpresa cuatro pequeños querubines brincaron de entre los matorrales que la rodeaban y se pararon frente a ella.

- ¡Por favor síguenos! -le dijo seriamente el Cupido Milo a la sorprendida amazona que intentaba con todas su fuerzas aguantar la risa para no hacer sentir mal a los niños.

Como escena sacada de un libro de cuentos, cuatro angelitos iban danzando delante de la joven que les seguía con el fin de averiguar que estaban planeando los traviesos chiquitos del Santuario. Poco a poco fueron guiando a la chica a través de las casas del zodiaco sin dejar un solo minuto de bailar y agitando sus brazitos como si fueran una extensión de las alas que tenían sujetas a sus espaldas.

Cupido Camus mantuvo la leve "nevada" sobre la amazona durante todo el camino, mientras que Cupido Shaka aventaba uno a uno los pétalos de las flores que los niños recolectaron con anterioridad.

- ¡Aioria! ¡Milo! ¡Shaka! ¡Camus! ¡¿Dónde están? -gritaba Aioros dentro del templo de Sagitario.

No había señal de los infantes dentro de la casa. La paz y la tranquilidad reinaban en el noveno templo. Rascándose la cabeza el joven arquero continuó su búsqueda de los futuros santitos hasta que los vio entrar danzando al templo.

- ¿Pero que les suce…

Sin poder terminar la frase Aioros observaba incrédulo a Delta parada en la puerta de su templo. Se aproximó a ella lentamente tratando de ganar tiempo para salir de su asombro, la fría máscara de plata le miraba fijamente.

- Delta…¡Hola! ¿Qué haces aquí? -preguntó con nerviosismo.

- Pues a decir verdad, no lo sé. Esto angelitos me trajeron hasta tu templo.

- No somos angelitos. -interrumpió Milo.- Somos Cupidos.

- ¡¿Qué? -exclamó un muy apenado santo de Sagitario.

Desde atrás de la amazona una maltrecha fecha voló para golpearla en la cabeza.

- ¡Auch! -se quejó Delta mientras se sobaba la nuca.

- ¡Aioria! ¡¿Qué crees que estas haciendo disparándole a Delta? -gritaba Aioros al punto del colapso.

- Le estoy lanzado una flecha del amor para que se enamore de ti, hermano. -respondió orgulloso el joven león.

Llevándose las manos a la cara, el pobre arquero rezaba porque la tierra se abriera y lo tragara. Lamentaba el momento en que los santitos se enteraron de sus sentimientos hacia la amazona de Apus, pero más lamentaba el haber fomentado la creatividad de los niños dorados. Ahora ya no había marcha atrás, tendría que terminar lo que ellos comenzaron.

- Niños…pueden dejarnos a solas. -habló Aioros lo más calmado que le fue posible.

- ¡Fue idea de Milo! -acusaron Camus y Shaka al escorpión apuntándolo con el dedo.

Milo se guardó detrás de Aioria.

- Después hablamos… ahora …vá-yan-se. -dijo el arquero entre dientes.

- Vámonos, de todas maneras tenemos que rescatar a Mu y a Alde. -dijo Milo mientras los niños salían del templo para dirigirse a la cámara del Patriarca.

Cuando se hubieron quedado solos, Aioros se acercó avergonzado a la joven pensando como le iba a explicar la situación. Jamás en su vida se había sentido tan apenado, su corazón brincaba como si quisiera salirse de su pecho, las manos le sudaban y sentía como los colores se le subía al rostro.

- Por favor, discúlpalos, es que…

La amazona puso su dedo índice sobre los labios del santo en señal de que guardara silencio.

- ¡Shhhh! -susurró la joven.

Lentamente acercó sus dedos a la boca de su máscara, cómo si depositara en ellos un tierno beso, para luego situarlos nuevamente en la boca de un incrédulo Aioros.

- No tienes nada que explicar.

-FIN-

NdA: En esta ocasión he agregado un par de historias con un poco de romance y mucha diversión por parte de nuestros mini santitos. Gracias por leerme y espero sus reviews.

Aprovecho para volver a saludar a Agus y Moony, espero que les hayan gustado estas historias de Aioros ;)

Sunrise Spirit