EL AMOR NO ES EGOÍSTA—

POR ZURY HIMURA

EDICIÓN POR SOUJI VIZARD


Disclaimer: los personajes no me pertenecen.

Notas de autor: ayúdenme con sus comentarios!


Capítulo 8: Una ama de casa desesperada.

I

(Futuro)

Sus ojos se abrieron de golpe dilatándose con cada introducción de aire en sus pulmones. Agitado y oscilando llevó su palma abierta hacia su rostro removiendo las gotas de sudor y sus cabellos carmesí empapados y adheridos a su frente. Apurado, se levantó sosteniéndose de la pared que había soportado el peso de su espalda durante la noche.

Se sentía enfermo, sentía que la cabeza le explotaba, que el corazón se le encogía y destruía en mil pedazos. Caminó con dificultar entre los pasillos del Aoyia tratando de estabilizar sus pasos y recuperar el aliento. Asimilando lo que se proyectaba en su cabeza, paró justo frente al pozo de agua solo para ver ira e impotencia avivándose en su mirada ambarina, destellando como si fuera oro fundido. Cerró un puño haciendo que los nudillos se blanquearan con tensión y lo lanzó furiosamente para estrellarlo contra el agua que proyectaba su reflejo.

El reflejo que le recordaba a él, el que había osado tocar a Kaoru.

El que tenía que estar con Tomoe y no con Kaoru.

Había tenido dudas sobre Shinomori, había querido correr con pasos agigantados, temiendo que la versión juvenil del ex Okashira pusiera una mano sobre la joven de mirada azulada. Estaba tan confiado de que su persona del pasado esperaría a Tomoe y que cuidaría a Kaoru. ¡Qué idiota había sido al confiar en su versión Battousai! Pero ella, ella había cambiado todo su pasado, Battousai ya no tendría a Tomoe. Y aquello lo encolerizaba… Pero ¿Por qué le molestaba que Tomoe no fuera parte de su vida?

Tomoe era importante para él, pero si estaba cerca moriría. Sin embargo, aun sabiendo esto el hecho de que el joven hitokiri osara besar los labios de Kaoru le hacía hervir la sangre.

¡Qué sorpresas daba la vida! Aquel bastardo había robado su primer beso… y ese bastardo, irónicamente, había sido él.

Iracundo y con un raro sentimiento comiéndole las entrañas, llegó arrestando su frustración e impotencia a la habitación de Misao. Tenía que hablar con ella, rogarle si era necesario… y pedir, demandar su ayuda. La joven estaba siendo irracional. No se daba cuenta que entre más tiempo dejaran a Kaoru en el pasado Aoshi sentiría más cosas por ella. ¡Era una solución lógica!

Recargó su peso en la puerta de madera. El recuerdo de él y Kaoru la noche de la misión había sido tan vivido como la fresca brisa que en ese momento rosaba su cuerpo. Todo estaba mal… la furia que crecía en su interior al recordar a Kaoru corresponder aquel apasionado beso le rasgaba la piel desde sus adentros. Pronto dirigió su energía comprimida hacia otro pensamiento; Kaoru había herido a Akira pero la herida era tratable y afortunadamente Lizuka lo había salvado llevándolo a la clínica más cercana. Con dolor recordó que entre las mujeres que escapaban aquella noche se encontraba Tomoe.

No…

Apretó sus puños nuevamente, ni el mismo recuerdo de su ex esposa podía llevarse la imagen de su versión del pasado poseyendo la cintura de Kaoru, halándola hasta reclamar sus labios y fundiendo sus respiraciones en una misma. No dejaba de sentirse enojado, enrabiado y desesperado.

¡Él no era así!

¡¿Qué demonios le pasaba?!

Sinceramente no recordaba que a esa edad él tuviera impulsos de esa clase. Solo pensaba en el bien de Japón y, en ese entonces, proteger a Tomoe. Definitivamente las diferentes personalidades de las dos mujeres más importantes en su vida lo estaban influenciado de una manera distinta en las diferentes versiones de su pasado.

Más sereno, meditó las soluciones y opciones que tenía, ignorando con toda intención el fiero beso de una buena vez. Evocaba las imágenes de Lizuka tomando a Akira y corriendo lo más rápido posible a la clínica más cercana. Claro, siguiendo sus órdenes. Pero no evitó sentir que algo no estaba bien, su corazón se lo decía con los intensos golpes contra su pecho. Frustrado, agitó la cabeza espantando los pensamientos pesimistas. Pero… ¿Cómo no intuir algo malo? Lizuka no solo había traicionado al Ishinshishi pero también lo había vendido por algunas monedas, él y…Tomoe.

Comprimió los ojos con desesperación y sujetó su cabello con toda la fuerza que tenía. Se maldijo por haber ser tan idiota en el pasado. ¿Qué pasaría con Kaoru? ¿Si Akira se salvaba eso significaba que ella estaría bien, cierto? Pero, ¿y si no? El joven no solo había visto la cara del Battousai pero también la de Kaoru… ¿Lizuka los traicionaría de todas formas?

Pero entonces, se cuestionaba lo más importante:

¿Qué haría Battousai con Kaoru?

Inconscientemente volvió al motivo de su perdición. Lo que su versión del pasado sentía por Kaoru no era lo que él había sentido por Tomoe. No era el mismo sentimiento que aplacaba sus demonios, no, era lo contrario. Lo que sentía por Kaoru hacia que sus demonios salieran a flote, que los sentimientos más oscuros y perversos se apoderaran de él al estar frente a ella.

¿Si Battosuai había demostrado interés en su Kaoru… la protegería, cierto? Pero, ¿La protegería de la misma Tomoe si llegara a aparecer en su vida? ¿Akira sería feliz con Tomoe? El mismo no podía saber las respuestas, su persona había cambiado demasiado en el pasado; lo único que si podía hacer era responder por él mismo, por lo que sentía en ese instante y en el presente.

Para su persona no era cuestión de elegir, él tenía que viajar al pasado y proteger a Kaoru de todos.

Battousai tenía a Tomoe, y Kaoru… ella tenía que estar en el presente… con él.

Decidido, tocó la puerta sobre la cual estaba recargado, sus golpes eran suaves pero después de transcurrir algunos minutos sin recibir una respuesta se fusionaron con el fuerte estruendo de su voz.

—¡Misao! —gritó con apuro—. Abre, ya es tiempo de que recuerdes lo que la señorita Kaoru significa para ti, ¡Ella es tu amiga, por dios!

—Señor Himura… —saludó Okina, acercándose a su lado. Había contemplado por algunos minutos la indecisión del ex asesino pero había limitado su presencia decidiendo o no intervenir. Sabía que lo que estaba por decir no mejoraría en nada la situación—. Misao no está.

Kenshin ladeó su cabeza revelando su mirada dorada.

—¿Cómo que no está? —preguntó con rudeza e irguiéndose de un solo golpe.

El anciano entrecerró la mirada al observar que una de las cicatrices en la mejilla izquierda del pelirrojo parecía verse más suave y borrosa a comparación de la otra con la que se interceptaba.

—Ella ha dejado esta nota y me ha dado la autorización de asistirte con cualquier duda.

—Bien, ya era hora de dejarnos de juegos —resopló secamente, y descolocando al anciano caminó con pasos agigantados hacia el comedor olvidándose de Misao. Luego tendría tiempo de hablar con ella sobre su actitud—. Bien hay que comenzar.

—Primero te diré que es lo qué te pasa. He notado que pierdes el control con más facilidad —evidenció el de cabello plateado, omitiendo la apariencia de una de sus cicatrices mientras se servía té—. Es ella.

—¿Ella quién? —gruñó al verse involucrado en una discusión que no hacía más que consumir valioso tiempo.

—La señorita Kamiya.

—Solo quiero recuperarla, ha cambiado varias cosas en la vida de… —titubeó sin saber de qué forma debía referirse a sí mismo en el pasado—. En mi vida, y sé que corre peligro con Aoshi y con... —decidió callar ya que no estaba seguro de su presentimiento—. No espero que me entienda.

—¿Crees que solo es eso?

Kenshin esperó, expectante a lo que el anciano trataba de decirle.

—No lo es… los hechos no cambiaran para ti. La era Meiji seguirá siendo la era Meiji, Tomoe seguirá ausente para ti, los precios subirán y el gobierno seguirá siendo corrupto. Todo lo que has vivido no cambiará… porque ya lo has vivido. Pero eso no significa que tú no lo hagas… si en el pasado hubo algo que te hizo cambiar o reconsiderar tu actitud y eso ya no está,… entonces, tú no serás el mismo. Tú mente ya no será la misma.

—¿Entonces sería como si no hubiera aprendido nada en los años pasados?

Okina suspiró.

—No exactamente… parte de tu pasado se reflejara en tu presente, como lo lógico que es. Tienes que prestar más atención a tu comportamiento y controlarte si no quieres perderte de nuevo.

El ex Ishinshishi frunció el ceño asintiendo comprensivamente lo que Okina le trataba de decir.

—Comencemos —solicitó el pelirrojo dando por concluida su discusión.

—Bien, estudiaremos libro por libro hasta encontrar lo que necesitamos.

II

Misao aceleró su paso cuando vio la residencia aparecer en su rango de visión. Corrió segura y sonriente al notar a un hombre de cabellera castaña improvisando la limpieza de la entrada con algo de torpeza.

—¡Cabeza de pollo! —gritó la joven, corriendo hasta la figura masculina—. ¡Cuánto tiempo sin verte!

Sanosuke, quien limpiaba la entrada del dojo, sonrió al verla.

—¡Comadreja! —saludó el luchador, contento de verla—. Dime, ¿dónde están Kaoru y Kenshin? interrogó ansioso de entregarle la escoba a alguien más—. No los veo —soltó astutamente la escoba en la mano de la ninja que había estirado para saludarlo y colocó la suya en su frente para cubrirse del sol y ver mejor.

La joven de ojos verdes suspiró, dejando caer sus hombros con pesadez.

—Ellos no han venido conmigo —reveló avergonzada por lo que diría—. Me enojé con ellos y me fui de la casa.

El luchador chasqueó la lengua desaprobando las acciones de la niña.

—No preguntaré los motivos, pero ya que te alojaras en este dojo —comenzó a decir echando a andar su paso—… tendrás que hacerte de utilidad para mí y Yahiko.

—¡¿Qué?! —objetó Misao, sorprendida y molesta. Kaoru nunca le había puesto condiciones pero que Sanosuke Sagara lo hiciera eso sí que era increíble y de mal gusto.

—Sabes, comadreja. —dijo mientras se sobaba la espalda—. Es muy difícil ser un ama de casa, ¡me canso! —se quejó señalando algo en sus manos—. ¡Mis uñas han perdido su brillo y me he hecho infinidad de cortaditas tratando de cocinar! —La miró seriamente—… y eso no es todo, me he picado con la aguja tratando de remendar la ropa… de Yahiko… ¡Sí, De Yahiko!

—Sano… —Misao trató de intervenir. No estaba segura de lo que escuchaba y reprimió las ganas de tirar al piso al hombre quejumbroso y molerlo a patadas. Se rompía la mano peleando con Shishio, después con Enishi, ¡hasta en peleas callejeras! Y en los quehaceres más fáciles estaba ahí llorando como un ama de casa novata, quejándose sobre pequeñas cortaditas y el poco brillo perdido en sus uñas. Pero lo admitía, debía dejarlo ser…

Sano estaba pasando por una etapa muy dura de su vida: … estaba trabajando.

—No, y eso no es todo… —continuó Sanosuke, con ansiedad en su voz—. ¡Lavar la ropa del mocoso es una odisea! No sé dónde se revuelca el chamaco, aunque dice que practica no me consta. Por otro lado, la cena tiene que estar lista para cuando Yahiko vuelva a casa —Se llevó las manos a la barbilla mortificado—. También tengo que estar en casa para cuando el niño regresa del Akabeko… tú sabes no quiero que se vaya por malos rumbos… ¡Los niños de hoy se están perdiendo! —Arrojó sus manos en el aire dramatizando la situación.

—Sano…—repitió Misao sonriendo.

—Un día, antes de que todo esto pasara, me imaginé ver a Kaoru de esta forma... Hasta me imaginé a la bruja de Megumi de igual manera ¡con eso te digo todo! —Volvió a alzar los brazos al aire—. Pero no yo… tener a Yahiko es muy abrumador. No tengo tiempo para mí, mis días de soltero codiciado han acabado. —se lamentó y dejó caer su cabeza en signo de rendición.

Misao contuvo las ganas de echarse a reír. Observar a Sanosuke dar el discurso como un ama de casa desesperada o una madre de familia al límite le había alegrado el día. Miró a su alrededor supervisando la situación en el dojo. Todo estaba reluciente, aún mejor que cuando Kenshin se encontraba ahí. Al parecer la ausencia de las dos cabezas en el dojo obligaba al luchador a dar su todo… y eso la hacía sentirse orgullosa del mantenido que había sido en el pasado.

—Sano tranquilo… te entiendo. Primero pasemos, te prepararé un té de tila para que te tranquilices. —Le tomó de la mano y lo haló hasta la cocina—. Todo estará bien, yo te ayudaré con los quehaceres de la casa…

Sanosuke asintió con una sonrisa y siguió a la joven que de seguro sabía lo que hacía a diferencia de Kaoru… al menos, eso esperaba en secreto. No quería que nadie destrozara la que ahora era su cocina. Su sonrisa pasó de una genuina a una fingida y dudosa en un minuto.

—Sabes Misao… —reflexionó el luchador—. ¿Por qué no te sientas en lo que yo preparo el té…?

Al escucharlo la ninja lo miró ceñuda. ¡Ella no era Kaoru como para que dudaran de sus habilidades culinarias! Además, ¡Había pasado bastante tiempo con Aoshi Shinomori! Aquel dato debería de igualarse a un certificado en sus conocimientos sobre té. Si algo sabia preparar eso era té. Por otro lado entendió a lo que Sagara se refería. Todo en el dojo de verdad se veía reluciente y el hombre seguramente no querría trabajar lo doble limpiando algo que ya había aseado con anterioridad. También, por la forma en la que lo había visto barrer en la entrada suponía que le había costado conservar el dojo de aquella manera y estaba segura que el pobre estaba exhausto.

—Muy bien, en lo que lo preparas yo te contaré lo que ha pasado con Himura y… Shinomori —pronunció el último nombre con desdén, lo cual no pasó desapercibido por el cocinero.

—Comienza a relatar, comadreja. En un momentito traeré pastelitos que compré esta mañana para acompañar las bebidas —sonrió, tratando de confortar a la joven de semblante afligido.

—Bien. Kaoru…

Sanosuke abrió la boca con incredulidad al escuchar lo que la chica relataba. ¡Al diablo los pastelillos y el tecito! lo que escuchaba era mucho más interesante. Se sentó junto a la niña y prestó atención a lo largo del relato.

III

(Pasado)

—Las misiones serán simples —prosiguió Katzura asumiendo que tenía la atención de todos lo que se encontraban a su alrededor—. Lo harán por equipos ya que varios rumores se han esparcido y saben que estamos cazando

Battousai miró de reojo a su líder antes de volver al suceso que le rondaba desde hace días. Y es que no solo pensaba sino que soñaba con ello también. Aquel beso lo había movido de una forma indescriptible. Habían pasado ya dos días y no había logrado quitarse las sensaciones experimentadas de encima. Cada vez que conmemoraba el beso éste podía, literalmente, cortarle la respiración por varios segundos. Podía recordar…

—Cada detalle —explicó Kaoru, ofreciéndole una sonrisa a la anciana Okami mientras colocaba el último postre en la pila de pastelillos y miraba constantemente alrededor de la cocina para cerciorarse de que no eran escuchadas por nadie más.

La señora era la única persona que se había interesado en su bienestar desde que había llegado a la posada e incluso se había dado cuenta de los pretextos y excusas que tanto Himura y ella ponían para no verse las caras. Algo importante había pasado durante la misión y la señora Okami lo intuía apenas se dio cuenta de las miradas evasivas y fugaces de los dos.

El pelirrojo posó la taza de té en su regazo fingiendo prestar atención a lo que se discutía en la sala de juntas. Recordaba desde la suavidad de sus labios hasta la forma que lo había…

—Sujetado para atraerme más —Llevó sus manos al rostro al sentir sus mejillas arder—. Nunca pensé sentirme así señora Okami, fue mi primer beso —confesó la pelinegra, ruborizada—. Tuve que cerrar mis ojos pues….

Sentía perderse en ese momento, Kenshin admitió. No poder pensar y sentirse conectado, fundiéndose con ella en ese instante le habia hecho verla de diferente forma. No podía saber con exactitud cuánto tiempo había pasado en el suceso, ni siquiera con la muerte o la lluvia de sangre que había caído a su alrededor.

—Ni siquiera con eso —La kendoka gachó su rostro apenada—. Lastimé al hombre y después de eso nada me importó. Sentí como si…

Aquel sentimiento lo alejara del resto del mundo y de la realidad. Kenshin miró a la espada recargada en su hombro. En ese momento él no se sentía como un asesino, solo era un hombre siendo avivado por un sentimiento que nunca había conocido con ninguna otra mujer.

—Pero mi niña, Himura no es el mismo. Ha cambiado demasiado. Antes te hubiera aplaudido por tu elección pero en estos momentos no estoy segura —manifestó la señora Okami con preocupación.

—No es una elección, ni siquiera lo he considerado —mintió, esperando sonar convincente—. Yo le dije que lo…

Odiaba, sí, que la odiaba. Y eso era lo que más le confundía. Él se lo había revelado sin tapujos antes de besarla y ella le había correspondido el sentimiento. Sin en cambio ahora que lo pensaba ella lo había besado también, con el mismo fervor contradiciendo sus propias palabras.

El Ishinshishi resopló con fastidio. ¿Los sentimientos eran así de complejos?

—¿Qué quiere decir? —preguntó Kaoru, dando un segundo vistazo alrededor de la cocina para asegurarse de que seguían solas y que la junta de los Ishinshishi no había terminado todavía.

La anciana suspiró con cansancio—. La pasión solo puede seguirle al deseo. Por consiguiente, la pasión solo debe de ser un resultado del deseo para ser representativa. El deseo por si solo refleja necesidad — carraspeó la anciana con la última palabra y esperó que la inocente jovencita pudiera entender lo que implicaba la palabra necesidad—. Sin embargo, el deseo que lleva a la pasión suele ser muy especial y esta no puede ser compartida por dos extraños o dos individuos que se odian.

Kaoru consideró lo que la anciana le había dicho. ¿Pero cómo le decía que lo amaba? Obviamente a la pobre viejecita le daría un ataque al no saber su situación y al escuchar la velocidad con la que se habían desarrollado sus sentimientos.

¿Que siento en realidad? Se preguntó el joven asesino con curiosidad… ¿Cómo se suponía que lo iba a saber? Solo había experimentado aquellas raras y confusas sensaciones aquel día. No la amaba, de eso estaba seguro. El amor tomaba tiempo, confianza y una infinidad de cosas que le había escuchado expresar a Kogoro por Ikumatsu, su mujer. Y él definitivamente no confiaba del todo en Kaoru, apenas habían pasado semanas desde que había llegado a su vida… Lo desesperaba, la quería lejos y muchas veces lo confundía. La mujer estaba loca pero entonces… ¿él también lo estaba?

—¡Esta loco! —gritó Kaoru—. Me desespera, hay días que lo quiero lejos de mí —continuó, bajando el nivel de su voz al notar lo que había dicho. Nunca pensó querer a Kenshin lejos de ella y mucho menos decirlo en voz alta. En el futuro, había atravesado una ciudad entera arriesgando su vida para volver a verlo una última vez. En esos momentos se sinceró. La realidad era otra, lo decía porque él la hería constantemente. Entonces reflexionó y entendió que de igual forma lo seguiría en el futuro como en el pasado, porque a final de cuentas era el mismo, era su Kenshin—. Si usted dice que debemos ser especiales entonces ¿por qué él se porta así conmigo? ¡No tiene sentimientos!

Okami sonrió —Es un asesino, hija, lo cual significa que es calculador y frío, no tiene lugar para ese tipo de cosas. Un hitokiri hace lo posible para no tener debilidades y esconder sus vulnerabilidades. No es que no tenga sentimientos sino que no sabe cómo lidiar con ellos…

La pelinegra estuvo a punto de argumentar pero, gracias a la sabiduría de la de cabello plateado, entendió a plenitud la actitud del Kenshin en aquella época.

—Y otra cosa hija… —añadió la dueña de la posada, acercándose con algunos postres a la salida—. Himura no necesita que le recuerdes que él es el gran Battousai, que le compares… o que le sugieras como debe de ser. Aquel niño necesita que le aceptes como individuo único, que le confirmes quién es, que le ames así y esto, te aseguro, lo motivará a ser mejor.

Kaoru observó la espalda de la señora perderse en medio de las habitaciones. Tenía toda la razón. ¡¿Cómo había podido ser tan estúpida?! Todo aquel tiempo lo había comparado con Kenshin del futuro, ignorándolo y negándose a conocer otra versión del hombre al que amaba. Le había dicho como debía de ser y como él, supuestamente, no era. Recordó entonces las discusiones pasadas entre ellos…

Yo no soy él…

Yo no soy tu Kenshin

Te sentiste comparada… ahora te entiendo

Yo soy Battousai

Se lo había repetido, le había insistido y dado la solución para dejar de llevarse mal y ella… no lo había escuchado. Lo había hecho sentir como ella se había sentido en el futuro.

Tú no eres una sustituta para Tomoe —Recordó a Mugumi decir.

Kenshin del pasado tampoco era un sustituto, ni un remplazo para el del futuro. Él era único y tenía que aceptarlo para que él lo sintiera también. La respuesta no era ser dura, todo lo contrario tenía que ayudarle en la ausencia de Tomoe, ya que ella tampoco era su remplazo.

Ella era Kaoru y era única.

Lo primero que debía hacer era ganar la confianza del chico y darle seguridad. Sonriente, salió de la cocina con la resolución planteada en su mente. Optimista abrió la puerta del cuarto de golpe logrando llamar la atención de los hombres dentro. Su mirada rápidamente se enfocó en la misma esquina donde sabia se encontraría Kenshin sentado con su espada inclinada sobre su cuerpo. Dejó que la alegría fuera expresada a través de sus ojos por primera vez desde que había llegado ahí.

Con las más altas expectativas, observó como el hombre de melena rojiza perdía la concentración en lo que fuera que meditaba y levantaba lentamente la vista ambarina para encontrarse con la de ella.

Kaoru se quedó en silencio, mirándolo, sin importar las docenas de ojos curiosos que la examinaban. Era hermoso y hasta ese momento se había permitido observarlo con más detenimiento. Sonrió traviesamente, al menos Kenshin tenía que agradecer que después de trece años seguiría igual de atractivo.

Nerviosa, caminó hasta introducirse al salón de reuniones. El espadachín la escrutaba con el ceño fruncido, aparentemente confundido de su cambio de actitud. Imaginó que sería raro que la persona a la que había despreciado e ignorado desde el beso se encontrara parada como estúpida en medio de todos mirándolo como una loca obsesiva.

Al notar que todavía contaba con su atención, Kaoru le respondió con una suave sonrisa la cual logró borrar el impasible mohín del rostro delicado del asesino.

—¿Les ofrezco té? —preguntó, sin ser consciente de lo que había dicho para excusar su aparición. Su mirada siguió a las pupilas de oro hasta llegar al piso… una taza de té. Saliendo de su estupor, carraspeó y dio unos golpecitos ligeros en su pecho—. Es decir… panecitos —repitió ella nerviosa. Hasta ese punto, se dio cuenta del mal momento que había recapacitado y había decidido trabajar en su relación con Kenshin.

Katzura tocio, llamando su atención. Éste señaló discretamente los panecitos que Okami había llevado tan solo unos minutos antes.

¡Qué idiota! ¡Si ella misma los había preparado! Pobres, tendrían que llamar al médico después de que los pastelillos fueran digeridos. Sacudió sus maliciosos pensamientos. Quería decir: había sido tan estúpida, ella los había preparado y había visto a Okami salir con ellos hacia la reunión. ¡¿Por qué diablos tenía que ser tan impulsiva?! Apenada y sintiendo el sudor entre sus manos volteó hacia el motivo de su presencia en ese lugar.

Battousai cruzó los brazos sin perder contacto visual con ella y después de unos largos segundos en silencio el hombre embozó una ligera y apenas perceptible sonrisa.

Sonrisa… eso fue todo lo que el cerebro de Kaoru percibió y lo único que a ella le importó. Lego de sentir que el corazón se le salía del pecho, correspondió con alegría el gesto y salió rebosante de la habitación.

—¡Él, sonrió!

IV

(Pasado)

—Okashira Aoshi, ¿está seguro de que la mujer tenía la pieza? —preguntó Shosi, miembro del Oniwabanshu.

—Sí —reparó el hombre de coleta alta mientras seguía buscando entre los libros de artes oscuras.

—Ya la hemos buscando por todas partes —se quejó Shoshi—. Hasta el hombre del cual usted sospechaba vino a preguntar por la chiquilla.

—Yo digo que debimos haber seguido a ese hombre —se escuchó una tercera voz de entre las sombras.

Aoshi paró de ojear el libro y de ignorar al primer hombre. Se cruzó de brazos—¿Que gano con eso, Hannya?

El espía ninja salió de las sombras haciendo una reverencia—. Hay algo en él que me dice que es más que un simple espadachín.

—Lo sentí también —dijo Aoshi, prestando más atención al que aparentemente era el más brillante de entre sus soldados.

—Creo que él nos llevara a la jovencita que busca. Una vez encontrándolo y obteniendo «el que junta los tiempos» podemos deshacernos de la niña —sugirió al recordar el sufrimiento en los ojos de la pequeña Misao mientras le contaba entre sollozos lo que le hacía sentir la joven Kamiya.

—No, no quiero que la lastimen —ordenó Shinomori después de coger el libro y echándose a andar hacia la salida.

—Pero Okashira… —argumentó Hannya.

—He dicho —dijo su superior mirándole sobre su hombro—. Quiero «el que junta los tiempos» en perfectas condiciones al igual que a Kamiya Kaoru —sentenció, dejando a Hannya en el denso silencio de la habitación—. La quiero aquí…

Continuará…


Notas de autor: