Soy una idiota, idiota, por tardar tanto. Lo siento. Mi laptop ha comenzado a darme problemas, y se apaga cada vez que se calienta demasiado. Incluso perdí el capitulo cuando iba muy avanzado, así que tuve que hacerlo otra vez. Bleh.

Como sea, les traigo nuevas noticias: ya tengo traductora, ¡yay! Será D.R. Downfall.

*Baila como loca alrededor de los lectores.*

Todavía estamos en planes de negociación (?), pero en cuanto comencemos a publicar les aviso, por si quieren pasarse, o qué sé yo. Como sea, ¡muchas gracias a todos/as por su increíble apoyo! El fanfic llegó a mil y tantas visitas. ¡Eso es irreal! La historia apenas quiere comenzar a tomar vuelo, y me encuentro con ese tipo de cosas; realmente no habría podido lograrlo sin ustedes. ¡Son un amor!

Quiero agradecerles a todos quienes me dejan review, a Absalon95 (adoro tus comentarios, siempre me sacan una sonrisa), Andorea (gracias por apoyarme desde el inicio. De no ser por ti seguramente no habría continuado esta locura. ¡Te adoro!), Annie Thompson (¡tú si sabes! NijiAka es la ley (?)), lanma (sí, yo también quedé con ganas de que Seirin ganara la pelea, pero ya verán más adelante, habrá muchas sorpresas~), hikari eternity (amé, adoré tu biblia-comentario. Prácticamente me hizo la semana completa. Hiciste las preguntas correctas, y me alegró muchísimo ver que tienes tus teorías ya hechas), Artemisa Cipriano (no te preocupes, es bueno tenerte de vuelta. Y sí, a mí también me gusta el NijiHai, pero NijiAka es el OTP so…), Ren.00 (Hanamiya es un pastel hecho de manzanas, cerezas, ponis y arcoíris, y quien se atreva a negarlo será cortado en trozos y cocinado a fuego lento. He pasado tiempo con Hannibal Lecter, sé cómo hacerlo (?)), MiyoxBoku, Nikki Usagi~, Ren Takao/Midorima, Black Ross, y los queridos/as Pomato y Hisamicchi. Los amo a todos.

(Disculpen las faltas ortográficas y otras bazofias. Cuando terminé de escribir eran las tres y cuarto de la mañana. Siento que estoy más ciega que Matt Murdock).

Kuroko no Basket y todos sus personajes son propiedad de Tadatoshi Fujimaki. Yo no poseo nada, sólo los feels y las ideas retorcidas, mejor conocidas como fanfics.


Capítulo 8

Experiencia

Kagami abrió la puerta de la casa de Seirin de un azote, dejándose caer de frente en el genkan de su residencia.

―Ya… llegué ―balbuceó, y cerró los ojos mientras se hacía un ovillo en el suelo.

Ah, qué bien se sentía.

Era miércoles por la tarde, ya casi de noche, y recién salía de su práctica en la casa de Rakuzan. Por fin, había terminado las clases teóricas, y la emoción de comenzar las físicas lo mantuvieron al borde de la locura todo el día. Se encontraba tan emocionado que quemó dos veces sus libretas de apuntes, chamuscando las mangas de su chaqueta del uniforme y asustando a la profesora, quien se encaramó en la silla como si hubiera visto un ratón corriendo.

Cuando terminó las clases casi corrió a la residencia del telépata, encontrándose con Mibuchi, el tipo alto y de gestos andróginos que estaba en el salón con Hyuga y Kiyoshi, quien apenas acababa de llegar, y también con su tutor, Akashi, esperándolo en la parte atrás, acompañado de Nijimura, el Señor Acompañante. Éste perdió automáticamente su expresión de embelesado, la que siempre ponía cuando miraba al pelirrojo telépata. Si se daba cuenta de lo que hacía o no, eso sólo los dioses podrían decirlo.

Hacía poco se había enterado, gracias al incansable de Kise, que realmente el "acompañante" era más bien "novio" del líder de Rakuzan, y que incluso el mayor ni siquiera pertenecía a la casa blanca y celeste. Kagami no tenía idea de dónde rayos estaba ubicado, ni tampoco cómo su relación funcionaba cuando uno de sus integrantes era un telépata, pero realmente no era algo de su incumbencia. Después de la primera vez si acaso lo había visto tres veces más, y solo intercambiaron palabras una, cuando el hombre pasó a recoger a su pareja de la casa Seirin en la segunda semana de práctica.

―Kagami-kun, si vas a morir por lo menos ten la delicadeza de no dejar tu cadáver tirado por ahí ―lo regañó Riko, poniendo los brazos en jarras. Torció el gesto al notar que su kohai no se movía―. ¡Teppei, ayúdame a enterrar a Kagami!

Hubo un sonido de pasos ligeros acercándose, y entonces la voz tranquila de Kiyoshi llenó sus oídos.

―Eh, Kagami, ¿estás vivo?, ¿qué te pasó?

El pelirrojo se levantó lentamente, sintiendo como si los huesos se le hubieran convertido en esponjas llenas de agua. Carajo, le dolía la vida misma, desde la punta del cabello hasta los calcetines de los zapatos.

―Akashi me aplastó el orgullo ―farfulló. Se masajeó el cuello con movimientos lentos, y después estiró los brazos, haciendo sonar las articulaciones.

Hizo una mueca.

―Pero has aprendido algo, ¿no? ―inquirió Riko, mordiéndose el pulgar derecho. El pelirrojo asintió―. Bueno, eso es lo que importa.

Allí iba su líder, siempre viendo las cosas por el lado técnico. De verdad, las mujeres eran un completo misterio para él; a veces eran todo sentimentalismo y corazón, hartándolo antes siquiera de que abrieran la boca, mientras que en otros casos eran tan analíticas y calculadoras que rayaban en lo cruel. Gracias al cielo, ni Alex ni Riko caían en ninguna de las dos clases, aunque, por supuesto, de vez en cuando mostraban rasgos de alguno de ellos.

Demasiado jaleo. Las mujeres eran complicadas.

Kiyoshi le regaló una sonrisa, amplia y llena de su habitual positivismo, y Kagami sintió como si se lanzara en una piscina de agua fría.

―Anda, sube a darte una ducha y luego ven a comer; la cena está casi lista ―le informó, cerrando cuidadosamente la puerta.

Aida chasqueó los dedos.

―Por cierto, Kagami-kun, tienes que lavar tu ropa, ya. El hedor está comenzando a afectar físicamente a Nigou.

Soltó un gruñido, medio de molestia y medio de disculpa, y se quitó los zapatos. Subió las escaleras de dos en dos, evitando tropezar con Fukuda que bajaba distraído con un libro en la mano, y llegó a su habitación. Dejó su maleta donde cayera y se lanzó de cara al colchón.

Un gemido hondo, como el de un animal a medio morir escapó de sus labios.

Carajo, de haber sabido que sería tan difícil, no se hubiera impacientado tanto por terminar las clases teóricas. De verdad que no.

Porque si de algo estaba seguro cuando se paró frente a Akashi, todo digno e impecable, es de que la tendría dura. El tipo era un mutante con habilidades tremendas, y que a pesar de nunca haberlo visto utilizándolas de manera agresiva, sus poderes estaban en nivel Alfa, algo tan superior a Kagami que él no podía hacer más que soñarlo. Pero tampoco se sintió intimidado. En absoluto; estaba tan emocionado que los músculos le temblaban como gelatina. Se había precipitado a lanzar el primer golpe, olvidando completamente lo que su tutor le enseñó durante cinco largas semanas y, ¡oh! Qué error más grande.

Akashi era telépata; y más que eso, también era telekinético. Sin siquiera cambiar de expresión detuvo las llamas que se precipitaban con fuerza sobre él, cortándolas como si lo hiciera con un cuchillo. El acto fue algo increíble de ver, dejándolo medio en el limbo, tiempo suficiente para que el líder de Rakuzan lo aturdiera con un noséqué psíquico, que lo hizo sentir como si le hubieran vertido ácido en el cerebro, y después lo estampara de cara contra el césped, todo eso en menos de cinco minutos y sin mover un solo dedo.

Entonces tuvo el atrevimiento de regañarlo y decirle que no había aplicado nada de lo que estudiaron durante todo ese tiempo, y que si la próxima vez demostraba tan falta de indisciplina retomarían las clases teóricas hasta que las estuviera impresas en el ADN.

Volvió a gemir. Se sentía como la mierda.

―Kagami-kun, suenas como si estuvieras muriendo ―la vocecilla de Kuroko lo hizo pegar un salto, sacándolo de su letanía. Estaba de pie en el marco de la puerta, con Nigou metido a la fuerza en el cuello de su sudadera negra de la residencia.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se sorprendió por la repentina de su compañero de cuarto, tanto que apenas si recordaba cuando fue. Hacerlo nuevamente le trajo recuerdos que le parecían lejanos, de otra vida, como cuando estuvo a punto de lastimarlo por asustarlo de repente.

Se rascó la nuca; no era un recuerdo por el cual se sintiera particularmente orgulloso.

―Ah ―se quejó, sentándose al borde de la cama―, estoy hecho polvo. Tu amiguito Akashi no se contiene, ni siquiera cuando se trata de práctica, ¿eh?

Kuroko se encogió de hombros. Se acercó a la silla de su escritorio, pasando a través del campo minado que era la ropa sucia del pelirrojo tirada por todo el suelo. Hacía varios días que Tetsuya no veía el piso de su habitación.

―Tu ropa se está acumulando ―comentó, a manera de regaño. El pobre Nigou no soportaba demasiado tiempo en el cuarto a causa del olor a sudor que emanaba de las prendas, afectando su sensible olfato. Incluso había comenzado a dormir con Riko, aprovechando que la chica tenía una habitación para ella sola, la cual mantenía siempre limpia y perfumada.

Kagami frunció los labios, enfurruñado.

―Ya, que Riko me dijo lo mismo ―chistó la lengua―. Me ordenó que lavara hoy, pero realmente estoy que lo único que quiero es bañarme, comer y dormir.

―Apenas son las ocho y media de la tarde. Además tenemos que estudiar.

Ah, los estudios. Todavía estaba en etapa de exámenes mensuales, y aunque ya habían concluido los más hijos de puta –física e historia japonesa–, todavía faltaba ver cómo se las apañaba con los de ciencias e idiomas. El de inglés lo tenía medio fácil, pero con el mandarín sí estaba jodido. Bah.

Se pasó una mano por el rostro y bufó; esto comenzaba a ponerse demasiado pesado. Las semanas anteriores se sentía cansado mentalmente con tanto temario y entrenamiento mental, pero no se comparaba ni de lejos al agotamiento de putas que lo asediaba ahora. Estaba agotado física y mentalmente.

Kuroko ladeó la cabeza, evaluando la expresión de su compañero.

―Si te sientes muy cansado podemos dejarlo para…

―No ―le interrumpió el más alto. Se puso de pie, agarró su toalla, lanzó una muda de ropa a la cama y le sonrió de manera burlona―. Puedo hacerlo. Solo necesito reponer un poco de fuerzas y ya.

Salió del cuarto, dirigiéndose al baño.

Se deshizo de su uniforme con rapidez, metiéndose bajo la ducha y casi echándose a llorar como un idiota cuando el agua acarició su cuerpo. Dios, se sentía tan bien; era como si hubieran pasado siglos desde la última vez que se sintió tan relajado. Dejó que sus músculos se relajaran por largo rato, hasta que su mente le recordó que tenía cosas que hacer. Cerró la llave y se apresuró a salir.

Cuando volvió a la habitación Kuroko ya no estaba; se había trasladado como un fantasma, sin dejar el menor rastro de su presencia. Kagami aprovechó para ponerse los pantalones de chándal y la camiseta que había apartado y comenzó a recoger su ropa, desperdigada por todos lados. Las acumuló en una esquina y depositó dentro de la canasta de lavado, cargándose con ella hasta la planta inferior. De verdad, ahora que la tenía tan cerca podía sentir el hedor a muerto que despedía, y se sintió mal por el can. Cierto que le tenía miedo, pero tampoco era como para desear matarlo. Por supuesto que no.

Entró a la lavandería, encontrándose con Furihata y Tsuchida, conversando tranquilamente mientras las máquinas hacían su trabajo. Hacía un calor de puta madre ahí dentro; apenas entró sintió cómo el bochorno lo golpeaba directo en la cara.

―Eh, Kagami, no sabía que habías vuelto ―murmuró el senpai, alejándose de la pared en la que estaba recargado―. Buen trabajo hoy.

―Buen trabajo ―dijo el castaño.

―Ah, gracias ―asintió, sin prestarles demasiada importancia.

―Tus entrenamientos deben ser tremendos. ¿Seguro que estás llevándolo bien? Con todo eso más los mensuales, debe ser difícil ―preguntó el Tsuchida, fijándose en las líneas rojas debajo de sus ojos.

―Sí, Akashi me pateó el culo sin tocarse el corazón. Estoy hecho mierda.

Se acercó a una de las lavadoras, vaciando la ropa y media caja de jabón en el proceso. Furihata hizo una cara extraña.

―Hum, Kagami, no creo que deberías hacer eso ―balbuceó.

El pelirrojo se encogió de hombros.

―No pasa nada, es solo ropa.

Tsuchida ladeó la cabeza, meditativo.

―Puede ser… pero, una vez, cuando recién llegué, por error lavé uno de mis pantalones de uniforme con una prenda de color negro. Riko estuvo a punto de arrancarme la cabeza ―se estremeció de solo recordarlo.

Kagami torció los labios y se secó el sudor de la barbilla; eso sonaba como algo que definitivamente la líder haría.

Una de las máquinas hizo lanzó un pitido. El mayor de los tres se acercó a la secadora, retirando sus pertenencias. Las dejó en una canasta.

―Furihata, ahí está la secadora; yo ya terminé aquí ―le sonrió a sus kohais y salió de la habitación.

El castaño comenzó a sacar su ropa de la lavadora y la echó en la secadora, ahora libre. Lucía cómodo, muy a gusto con su ambiente. Taiga se dio cuenta que realmente no sabía casi nada sobre él, ni sus inseparables amigos, y eso que ya tenía un mes y tanto en ese lugar. Incluso ya estaban en Julio.

Se rascó la nuca, sintiéndose medio idiota.

―Eh, Furi, ¿desde hace cuánto que estás aquí? ―preguntó, como quien no quiere la cosa.

El otro continuó haciendo lo suyo mientras respondía.

―Entré en febrero, junto con Kawahara y Fukuda. Mi mutación se desarrolló el año pasado, así que realmente no estamos tan experimentados como los demás.

―Ah, por cierto, ¿qué es lo que hacen? Riko no me dijo, y la verdad es que no tengo ni puta idea de si alguna vez lo han hecho delante de mí.

Kouki soltó una risa boba, presionando algunos botones en la máquina y apoyándose contra la pared. Se pasó el dorso de la mano derecha por el cuello.

―Mi mutación se llama distorsión molecular. Puedo detectar y desintegrar cualquier amenaza de peligro en un diámetro de cuatros metros a mi alrededor ―explicó―. Fukuda es aerokinético, y Kawahara es un pájaro sinfónico

―Vaya, eso es impresionante.

Furihata se sonrojó ligeramente, avergonzado. Se notaba que realmente no recibía muchos cumplidos con respecto a sus poderes. A diferencia de él, Kagami llevaba bastante tiempo conociendo sus habilidades, así que ya no le sorprendía cuando le decían cosas como esas.

Ladeó la cabeza, pensativo.

―Hum. Dime, ¿te gusta estar aquí?

Él lo miró, medio sorprendido. Negó con la cabeza.

―Supongo que llegas a acostumbrarte. Los senpais son grandiosos, y Kuroko es un tipo genial; tiene nuestra edad y es un mutante nivel Alfa ―tomó un respiro, deteniéndose a secarse el sudor que le corría por el cuello. Al final suspiró―. Y, no sé, tal vez el que estemos todos juntos hace que me sienta menos solo. Es bueno saber que hay otros mutantes en el mundo, que no soy un monstruo ni que hay algo malo en mí por haber nacido así. Aunque sea en estas condiciones.

―Sí, los senpais son la puta madre.

Nuevamente la risita boba llenó la habitación. Furihata se deslizó hasta el suelo, sentándose lo más lejos posible de la secadora y abrazando las piernas contra el pecho. Parecía un niño.

―Sí, también están los senpais. Gracias a esto pude conocerlos.

Kagami lo imitó, sentándose en el piso y recostándose contra la máquina a su lado; estaba fría. Se sentía igual que uno de los témpanos de hielo que creaba Tatsuya en los calurosos veranos de California, refrescándolo a él y a Alex cuando los abanicos no eran suficientes. Era una sensación agradable.

―Sí, algo así. Se aprende mucho de ellos.

El castaño hizo una mueca extraña.

―No sientes el calor, ¿verdad? ―inquirió. Taiga negó con la cabeza―. Vaya, tu mutación es impresionante. Debe ser genial no poder sentir calor.

―Sí puedo sentirlo, pero solo del ambiente ―corrigió, torciendo el gesto. Se secó el sudor del cuello como ejemplo―. El verano se siente como una patada en los huevos. Aunque no puedo quemarme, eso es cierto.

―Guau.

Kagami se encogió de hombros.

―No es la gran cosa. Akashi dice que cuando tenga un control total sobre mis poderes no sentiré ningún tipo de temperatura, ni frío ni calor ni nada, y mi cuerpo irradiará tanta energía ígnea que cualquiera que se me acerque más de cinco metros terminará ardiendo ―hizo una mueca―. Aunque realmente no creo que eso pase.

―Debe ser difícil, ¿no lo crees?, ser parte de la Generación X ―suspiró―. Todo el mundo siempre vigilándote, esperando que hagas algo fuera de lugar para matarte ―se estremeció y apretó los ojos.

El pelirrojo cruzó los brazos, pensativo; la verdad, nunca lo había visto de esa manera. Siempre que pensaba en Kuroko y sus amigos locos de cabellos de colores se los figuraba como cabrones de poder inigualable, restregándole en la cara que eran algo que él sólo podía llegar a soñar. Jamás se detuvo a imaginar lo horrible que debía ser "el mutante clase Alfa": siempre bajo la mirada del gobierno, los agentes, los francotiradores. Esperando que cometieran el menor de error para ponerles una bala entre las cejas.

De repente se arrepintió de la mayoría de los insultos que alguna vez dirigió hacia ellos. Y también de desear abofetear a Kise más veces de las que se pueden contar.

―Kagami, ¿tu familia te apoyó cuando supo que eras mutante? ―preguntó repentinamente Furihata, sacándolo de sus cavilaciones.

Se encogió de hombros.

―Sí, algo así. Mi viejo como que siempre lo supo; ¿cuántos japoneses de cabello rojo vez por la calle sin que sean mutantes o se hayan teñido? Solo era cuestión de tiempo que mi gen X despertara ―lo miró, serio―. ¿Qué?, ¿tu familia no lo hizo?

El otro alzó las manos, agitándolas enérgicamente.

―¡No, no! ―negó con rapidez―. Mi familia me apoyó por completo. Es sólo que me quedé pensando en la Generación X. en Akashi, realmente. Su padre es el principal anti-mutante del país. Crecer en un ambiente como ese… no puedo imaginármelo.

Kagami soltó un resopló de molestia. O más bien enojo.

―Ese desgraciado, el padre de Akashi, ¿quién diablos se cree que es? ¿Realmente propuso asesinar a todos los mutantes?

Furihata asintió con tristeza.

―Sí. Es un hombre poderoso, ¿sabes? Es la cabeza de un montón de empresas, tanto aquí en Japón como en el extranjero. No es mentira si te dicen que es prácticamente el dueño de la mitad del país ―contestó. Así que no eran estupideces suyas cuando creyó que se tutor el telépata tenía pinta de platudo. El maldito realmente lo era―. Cuando se supo que su único hijo, heredero de todas las compañías era mutante, se formó un escándalo; todos los medios de comunicación enloquecieron. Muchos lo tacharon de hipócrita, así que fundó la Asociación de Ciudadanos Unidos por un País sin Mutantes.

―¿Y así sin más propuso que la solución para "el problema mutante" era eliminarlos a todos?, ¿no se detuvo a pensar en su hijo…?

El otro se encogió de hombros. Entonces la secadora lanzó un pitido, anunciando que su trabajo estaba terminado; se levantó con pesadez y comenzó a sacar la ropa.

―Realmente no sé los detalles, sólo lo que he escuchado de las noticias y los senpais. No hablo con él más de lo necesario en los Debates, y sinceramente no creo que sea algo de lo que le guste que le pregunten ―murmuró lentamente. Dobló las prendas con rapidez―. Creo que terminé aquí.

―Sí, es obvio.

Cargó la canasta y abrió la puerta.

―Nos vemos en la cena ―se despidió.

―Nos vemos.

Cuando la puerta se cerró, Kagami apoyó la cabeza contra la pared, medio en las nubes. Encendió sus manos, mirando distraídamente el fuego que lamía sus dedos con ferocidad, y lo estiró hasta formar largas piras que danzaban alrededor del cuarto, girando y enredándose entre ellas. Lo sacó de su cuerpo, permitiendo que se movieran libremente por toda la habitación, y se puso a pensar en las musarañas.

Era realmente imposible para él tratar de entender cómo alguien podría siquiera considerar que la posibilidad de cometer genocidio para deshacerse del "problema mutante." Y más aún, que esa persona tuviera un hijo mutante; simplemente no le entraba en la cabeza. No es como si él y su viejo fueran de esos familiares que eran como mejores amigos, haciendo toda clase de cosas junto y confiándose sus secretos, pero si de algo estaba bastante seguro es que nunca desearía –o intentaría, dado el caso– matarlo por haber nacido mutante. Demonios que no.

¿Cómo se las apañaba Akashi para no matarlo? Porque de haber sido él, hace mucho que lo hubiera quemado hasta la médula. O al menos lo suficiente para que se le quitara la estupidez. Y después de todo, ¿qué el pelirrojo telépata no tenía una madre que lo defendiera?, ¿o es que ella también era una fanática? Porque eso sí que sería una cagada.

Kagami miró hacia una de las llamas, que bailaba en el centro de la habitación haciendo espirales. Sintió un deje de nostalgia, sin razón aparente. A veces, sólo a veces, extrañaba a su madre. De verdad. Se preguntaba qué había sido de ella, si estaba bien, si se arrepentía de lo que hizo, aunque estaba bastante seguro que no. Nunca dio señales de interesarle saber cómo estaba su hijo, ni siquiera con una llamada cuando su viejo y él partieron a Estados Unidos. ¿Por qué tenía entonces que desperdiciar su tiempo pensando en ella? Seguro que donde estuviera apenas si se acordaba de él, y si lo hacía era como un recuerdo molesto.

Pues que se joda. Él tampoco tenía tiempo para ella.

Una de sus piras hizo una pequeña explosión, reventando en un montón de chispas que crecieron y se convirtieron en llamas independientes. Como fuegos artificiales.

Fue ahí cuando una pregunta que lo venía acosando desde los trece se instaló en todo el centro de su mente: ¿no será que su madre era portadora del factor X? ¿Quizás fue ella quien hizo que naciera mutante…?

La lavadora lanzó un pitido, avisándole que su ropa ya estaba lista. Se incorporó con rapidez, retirando sus prendas y echándolas inmediatamente en la secadora y poniéndola en funcionamiento de una vez. Se recostó contra la pared, cruzando los brazos sobre el pecho, mirando fijamente a la máquina.

Las llamas se apagaron lentamente.

Terminó el proceso de secado con la mente en blanco, medio en el limbo, y cuando recogió su ropa simplemente la tiró dentro de la canasta y salió de la lavandería casi corriendo. Se sentía medio estúpido.

Subió las escaleras de dos en dos, entrando a su habitación parcialmente vacía, únicamente ocupada por Nigou, quien jugaba ensimismado con un suéter aparentemente viejo de Kuroko. Ambos se miraron por medio segundo, sopesando cuál sería la mejor acción a seguir, hasta que el pelirrojo lanzó –literalmente– todas sus prendas dentro del armario, dejándolas sin ton ni son, importándole poco que recién acabara de doblarlas.

A la mierda con todo.

Volvió a la planta baja, listo para la cena. Un barrullo enorme provenía de la sala, pero no le prestó atención; fue directo hacia la cocina. Allí se encontró con Koganei y Hyuga, los dos a cada lado de la isla, mirando su plato de curry como si fuera una penitencia. Por un momento se preguntó por qué; después, vio a Riko de pie junto a la estufa, moviendo una enorme olla. Una gran sonrisa adornaba su rostro.

Puta madre.

―Kagami-kun, ¿ya terminaste? Ven aquí, la cena está lista ―la mujer comenzó a llenar un tazón sin que el pelirrojo haya siquiera contestado; lo hizo hasta el borde. Después agarró otro cuenco y lo llenó de arroz―. Toma. Ahí tienes.

Observó detenidamente su cena, escudriñando fijamente su contenido. A primera vista estaba normal, pero si lo veías bien podías notar las verduras enteras, mezclado con frutas y algo que parecía carne. El arroz, sin embargo, estaba blanco y olía bien, pero por experiencia sabía que algo debía andar mal. La última vez que Riko había cocinado su arroz tenía un increíble y perfecto sabor a tierra, y eso que estaba tan blanco como una perla.

Lanzó una mirada hacia donde estaban los senpais, quienes parecían igual de abatidos que él, incluso más. Especialmente Koga. Por la expresión de su rostro se notaba que ya había utilizado su mutación para ver si podía arreglar aquél desastre, sin éxito aparente. Y si él no podía hacerlo, nada podía.

Qué putada.

La líder lo miró expectante, con los ojos ligeramente más abiertos que de costumbre; estaba esperando su reacción. Un estremecimiento recorrió su columna, y sosteniendo una cuchara con la punta de los dedos recogió un poco de curry y se lo llevó a la boca.

No te tomó demasiado darse cuenta que sabía a arena.

―¿Y bien…? ―inquirió, ansiosa―. Ya sé que mi cocina no es tan buena como la tuya o la de Mitobe, pero esta vez me esforcé mucho y practiqué antes de prepararlo.

Hyuga farfulló algo desde lejos, bastante parecido a un gemido de dolor, y como el hombre que era comenzó a comer sin descanso, impresionando a su compañero y a su kohai en el proceso. Se zampó toda su cena casi sin respirar entre cada bocanada.

Él de verdad que era todo un hombre.

―Sabe… ¿bien? ―masculló Kagami, y terminó sonando más a pregunta que a una afirmación.

El vice-coordinador de la casa se acercó hasta la chica, entregándole sus cuencos con una expresión inescrutable en su rostro.

―Estuvo bien. Buen trabajo ―declaró, y salió de la cocina con rapidez.

Riko sonrió de oreja a oreja. El pelirrojo sintió una ligera punzada de culpabilidad, pero realmente se contentó con verla tan alegre. Cogió su cena y miró a Koganei, que todavía permanecía sopesando qué hacer con la suya, y salió de la cocina, dispuesto a sentarse en la escalera, como hacía siempre que comía algo más aparte de comida fría o chatarra.

Se sentó en el quinto escalón, mirando fijamente los cuencos. De verdad, tenía mucha hambre. Estaba hecho mierda después de un día con más patadas en el culo que recompensas, y lo único que quería era terminar con eso de una vez para poder subir y darle un repaso al examen de mañana.

Con eso en mente comenzó a devorar su curry, poco a poco acostumbrándose al extraño sabor que tenía, y acompañándolo con el arroz –que curiosamente tenía un ligerísimo sabor a jabón de lavar platos, sólo Dios sabe por qué– cuando vio a Hyuga asomarse en el umbral de la sala, con el rostro de quien ha visto mirar a su mascota, para entonces desplomarse sin más en el suelo, dándose de cara contra el piso.

―Ah, Hyuga-senpai murió.

La vocecilla monocorde y plana de Kuroko lo hizo girarse, llevándose un pequeño susto al encontrarlo sentado detrás suyo con su cachorro en los brazos, quien todavía continuaba peleando con el suéter de su dueño.

―¿Cómo diablos apar-…? ―sacudió la cabeza―. No importa. Eres tú, así que supongo que es normal. ¿No deberíamos preocuparnos por el senpai? Digo, acabamos de verlo morir.

El peliceleste se encogió de hombros.

―Supongo que se pondrá bien. Siempre que Riko-san cocina hay alguien que termina así―contestó llanamente.

Miró al hombre desparramado en medio de vestíbulo, dándose cuenta que absolutamente ninguno de los que estaban en la sala –sumergidos en un bullicio tan alto que ni parecía día de semana– había salido a auxiliarlo. Ni siquiera Izuki, el ojo fisgón de la casa.

Así que él también simplemente volvió a lo suyo: terminar la cena y sobrevivir a ello.

―Después de todo, ¿tú ya cenaste? Vamos, que tienes que meterle comida a tu cuerpo si es que quieres dejar de ser tan bajo.

Kuroko frunció las cejas.

―Kagami-kun, aunque no lo creas ahora soy un centímetro más alto que cuando recién llegaste a la casa. Además todavía estoy en la adolescencia, puedo seguir creciendo hasta los dieciocho.

Se llevó un bocado de curry a la boca, casi disfrutando del fiero sabor de la arena y carne semi-cruda en su lengua.

―Bobadas. De ser cierto ya me habría dado cuenta ―masticó lentamente, batallando por tragarse la bola de comida que su cuerpo parecía rechazar automáticamente―. A no ser que yo también haya crecido.

Tetsuya no dijo nada. Kagami continuó comiendo, terminándose su cena ante de lo esperado. Suspiró aliviado, y se dio cuenta que, con todo, había sido más fácil de lo que esperaba. Claro, también fue que tuvo suerte, no como el pobre senpai, quien continuaba convaleciente y sin ningún aspecto de querer levantarse pronto.

Qué lástima. Había sido un ejemplo a seguir para el pelirrojo, y un buen compañero para el resto de los miembros de la residencia Seirin.

Taiga se puso de pie, encaminándose a la cocina y dejando sus platos, para después volver a las escaleras. Antes de salir se dio cuenta que Koganei se había rendido a la mitad del tazón, y ahora permanecía con la cabeza apoyada contra la superficie de la isla.

Pobre. Quizás también estuviera muriendo.

―Bien, ¿subimos a estudiar? ―le preguntó a Kuroko, estirándose. Sus articulaciones soltaron un quejido―. Terminemos con eso de una vez y así puedo acostarme a dormir. Estoy hecho polvo.

El peliceleste no dijo nada nuevamente, sino que encabezó el viaje escaleras arriba. Kagami lo siguió de cerca.

―Estos mensuales han estado de la puta madre ―se quejó en cuanto llegaron a la habitación, jalando la silla de su escritorio y acomodándose en el de su compañero, soltando los libro y abriéndolos en las páginas indicadas―. No quiero no saber cómo vendrán los trimestrales.

Kuroko se acomodó a su lado, soltando al cachorro en el suelo y abriendo la libreta de apuntes. La verdad es que él tampoco tenía ganas de estudiar, empezando por el hecho de que la asignatura se le antojaba bastante tediosa, pero tenía que hacerlo. Tanto por él como por sus amigos.

La primera media hora pasó bastante lenta, con un Kagami que no hacía más que quejarse y rumiar una y otra vez el mismo tema, mientras que el otro esperaba pacientemente a que su compañero terminara de lamentarse de su condición. Varias veces estuvo tentado a darle una bofetada para que se concentrara, pero logró contenerse al ver las brillantes líneas rojas debajo de sus ojos. De verdad, estaba cansado.

Ya habían terminado de repasar el primer tema cuando Taiga se echó hacia atrás, recostando la espalda contra la silla.

―Ah, qué fácil debe resultar ser telépata ―dijo, bostezado con la boca muy abierta. Parpadeó varias veces―. No tienen que estudiar nada porque pueden robar las respuestas de la mente del profesor.

Kuroko ladeó la cabeza, dubitativo.

―No creo que eso sea lo que hacen.

Su compañero lo miró por un segundo, luego desvió la mirada a los libros.

―¿Qué? No me vas a decir que Akashi no hace trampa en los exámenes, porque eso solamente te lo crees tú.

Dejó caer su cuerpo contra el respaldar de su asiento, sintiéndose bastante cansado también. Los mensuales comenzaban a sacarle factura, con tanto material de estudio.

―Akashi-kun siempre nos decía que podíamos confiar en que nunca revisaría nuestro pensamientos a menos que nosotros le demos permiso, y creo que eso también aplica para las demás personas ―murmuró, descruzando las piernas y poniendo los pies en el frío suelo―. Ese es el código ético de un telépata.

Kagami hizo una mueca, torciendo los labios.

―¿De verdad existe algo como eso? Estás jodiendo.

Se encogió de hombros.

―No lo sé. No soy telépata, pero supongo que los que tienen ese tipo de mutación conocen la norma. Hyuga-senpai también puede decírtelo.

El otro lanzó un largo y cansado suspiro, pero asintió dos veces. Chasqueó la lengua.

―Así que por eso funcionan las cosas con él y el señor Acompañante ―masculló.

Kuroko se mordió la parte interna de la mejilla izquierda para evitar el echarse a reír. Era tan gracioso que Kagami-kun insistiera en llamar así a su exlíder de residencia, incluso mucho después de conocer su nombre.

―Nijimura-senpai es un caso diferente ―explicó, y la necesidad de usar las manos para hacerse entender casi lo supera. Casi―. Él es un metamorfo; su mutación le da la habilidad de transformar su piel en materiales sólidos, entre ellos el diamante.

―¿Y qué con eso? Igualmente Akashi podría leerle la mente si le da la gana, ¿no?

Negó levemente con la cabeza.

―Su cerebro está revestido de diamante; no importa cuántas veces Akashi-kun lo intente, su mente está protegida de todo tipo de ataques psíquicos. Es inmune a la telepatía.

Kagami abrió la boca como si fuera un pez.

―Eh ―farfulló―. De verdad que no hay nadie entre tu círculo de amigos que sea normal, ¿no? Pero supongo que también le sirve para aguantar los porrazos telekinéticos del otro. Eso es algo

Kuroko lo miró fijamente a los ojos, tratando de contener la risa.

―Supongo que Kagami-kun recibió muchos el día de hoy. ¿Cómo te fue en la práctica de hoy?, ¿realmente fue tan malo?

―De la puta madre, ya te lo dije ―bufó, masajeándose la nuca―. Akashi me pateó en los huevos de una vez. Ni siquiera pude levantarme en mi propio pie durante un rato. Tuvo que arrastrarme el tipo este, Mibuchi si no me equivoco, que siempre que voy a Rakuzan me mira como si fuera escoria, y dejarme en el genkan.

El peliceleste asintió, comprendiendo.

―Bueno, Mibuchi-senpai es una salamandra de placer, así que es normal que mire a algunas personas de esa manera.

―No me mires como si entendiera lo que dices porque sabes que no lo hago.

La comisura derecha de la boca del más bajo se frunció hacia arriba.

―Se les dice salamandra de placer a las personas con la habilidad de controlar los impulsos biológicos de los seres vivos, especialmente los sexuales, como hace Mibuchi-senpai.

―Espera, ¿cómo rayos es eso? Controla los impulsos biológicos, sí, especialmente los sexuales; eso quiere decir que puede hacer que dos personas tengan… ¿qué?, ¿sexo?

Los ojos increíblemente celestes de Kuroko se movieron hacia los libros.

―Sí, si eso es lo que quiere, además de muchas otras cosas ―musitó―. No conozco realmente la extensión de sus poderes.

Un breve silencio se instauró entre ellos.

―Bien, pero: ¿eso qué mierda tiene que ver en que mire mal a la gente? ―quiso saber el pelirrojo, volviendo a la pregunta inicial.

El otro agarró uno de los lápices entre sus dedos, resuelto a retomar los estudios. Ya casi no les faltaba nada.

―Gracias a su mutación Mibuchi-senpai tiene una fijación por las personas que considera ideales físicamente, pero al mismo tiempo no puede evitar reflejar desagrado por quienes no lo son. Hyuga-senpai es una de sus constantes víctimas, igual que Kise-kun.

Los dos permanecieron en silencio por un largo rato, solo roto por sus respiraciones y los gruñidos de Nigou peleando contra el suéter.

―Eso quiere decir... que…

Kuroko se inclinó sobre sus libros, metiéndose de lleno en el tema de estudio.

―Mibuchi-senpai te considera feo ―sentenció él otro sin rodeos.

Y eso fue todo lo que se necesitó para que el día de Kagami pasara de mierda definitiva a diarrea incontenible.

Ambos volvieron a estudiar, y no terminaron sino hasta una hora y media después. Tetsuya sonrió y suspiró satisfecho, buscando a Nigou y acariciándolo fervientemente entre sus brazos; Taiga, en cambio, se alejó del escritorio y se lanzó sobre la cama como si de eso dependiera su vida. En cuanto su cuerpo tocó el colchón cayó dormido, y el peliceleste tuvo que asegurarse que continuaba respirando para poder bajar tranquilo hacia la planta baja de la casa.

No fue hasta después, bien entrada la madrugada, que el pelirrojo despertó, sobresaltado por los empujones de su compañero de cuarto.

―Kagami-kun, despierta ―lo llamaba, frenético. Estaba de pie delante de su cama, con el cachorro apretujado dentro del cuello de su camisa de pijama. Apenas resultaba perceptible por la oscuridad, y de no ser porque conocía su mutación, habría jurado que era un verdadero fantasma.

Se incorporó lentamente, sentándose en la cama para mirar la hora; eran las cinco y catorce de la madrugada. ¿Qué demonios? Se masajeó las sienes, intentando no mandarlo a la mierda en ese momento, y entonces escuchó el revuelo que llenaba el pasillo.

Se levantó de la cama.

―Kuroko, ¿qué es lo que…?

Dejó la pregunta en el aire, saliendo de la habitación y comprobándolo por sí mismo. Todos estaban despiertos, todavía con el pijama puesto; estaban asomados en el balcón que daba hacia las escaleras, mirando hacia la puerta. Kagami se acercó, atravesando el pasillo con los pies descalzos.

―¿Qué es lo que…? ―volvió a preguntar, dirigiendo la pregunta a todos y a nadie en particular. Mitobe era el más cercano a él, pero aunque sabía de antemano que el hombre no le contestaría con su propia voz, la expresión de su rostro fue más que suficiente para terminar de confirmar que algo fuera de lo normal estaba ocurriendo ahí.

Siguió la dirección de sus ojos, fijando ahora su atención en Riko, Hyuga e Izuki, quienes estaban en el genkan, el vestíbulo y la escalera, en ese mismo orden. La líder parecía preocupada, o más bien en aterrada; se mordía la punta del pulgar con ansiedad, mirando cada tanto hacia la puerta y luego hacia Izuki. Los senpais, por otro lado, lucían tensos; Hyuga ni siquiera tenía los lentes puestos, y el Ojo de Águila estaba sin camisa. Ambos mantenían los brazos firmemente cruzados contra el pecho.

―¿Cuánto falta? ―preguntó ella, moviendo los labios apenas lo suficiente para que saliera el sonido.

―Están cerca. Ya entraron a Shuutoku ―informó el radar de la casa, y su voz sonó tan cortante como un cuchillo. Sus ojos ardían igual que la plata derretida.

Nadie dijo nada más. Riko se abrazó a sí misma por un instante, como si tuviera frío, y luego volvió a morderse el dedo. Estaba al borde.

Kagami se sentía perdido, como si pendiera de un hilo; no le gustó sentirse así. Quería saber qué era lo que mantenía a todos sus compañeros tan asustados; nunca, en sus dieciséis años de vida, había visto a alguien con semejante terror escrito en el rostro, como estaban la mayoría de ellos.

Se acercó a paso lento hacia el centro, ubicándose entre Kawahara y Kiyoshi, mirando más de cerca a los tres en la planta baja. Ahora que lo notaba, Izuki parecía estar temblando, aunque era algo leve; más que nada sus labios y sus párpados. Él también estaba aterrado.

―Senpai ―comenzó, llegando a su límite. Necesitaba entender qué pasaba―, ¿qué es lo que está ocurriendo?

Kiyoshi lo miró, serio, tan serio que fue como si sus ojos castaños lo atravesaran. Por un momento pareció otra persona.

―Parece que alguien de otra casa intentó escaparse. El equipo SWAT del gobierno lo está buscando. Van a asesinar a cualquiera que sepa algo respecto a ello ―susurró con un hilo de voz―. Si lo encuentran en alguna otra residencia escondido los matarán a todos.

Durante lo que dura la mitad de un latido, Kagami permaneció quieto, tan quieto que fue como si se convirtiera en una estatua. Después, en un acto tan instintivo que ni siquiera fue consciente de realizarlo giró en redondo, buscando a Kuroko con la vista. Estaba justo ahí detrás de él, plano como la primera vez que lo conoció. Su rostro, inexpresivo para cualquiera que lo mirara de pasada, estaba tenso, tan crispado por el miedo que resultaba imposible compararlo al muchacho de todos los días. Incluso temblaba como una hoja.

Fue entonces cuando el pelirrojo sintió terror, uno tan grande que fue como si le vertieran nitrógeno líquido en las venas. Avanzó los pasos que lo separaban de su compañero de cuarto, sujetándolo de la muñeca izquierda.

Los pulmones se le llenaron del aire frío de la noche, golpeándolo como una bofetada.

―Están interrogando a Ootsubo y los demás ―anunció Hyuga después de largo rato de silencio, cerrando los ojos para concentrarse. Su voz estaba tan filosa como la de Izuki―. No sé qué dicen, no puedo escuchar bien, pero ellos no saben nada tampoco.

―Por supuesto que no saben nada. Nadie aparte de los de la casa de ese imbécil sabe algo ―escupió Riko.

―Revisaron todas las habitaciones ―agregó Izuki―. Están limpios, totalmente limpios. No hay nada, no saben nada. No tienen nada qué ver en eso.

―Están a punto de irse ―continuó el cibérpata―. Van a dejarlos por ahora.

Otra vez, todo quedó en silencio durante un largo minuto.

―Vienen hacia acá ―dijeron los dos al mismo tiempo―. Nos quedan dos minutos y medio ―añadió Hyuga.

Con la respiración convertida en un jadeo violento Taiga volteó a mirar a Kuroko, asegurándose que de seguía junto a él a pesar de tener su muñeca firmemente apretada entre los dedos. Los ojos celestes, todavía visibles en la oscuridad parecieron flotar en un mar de pánico, mezclado con terror, ira e impotencia. El chico fantasma de la casa Seirin, un mutante de clase Alfa capaz de salir por sus propios pies de ese sitio, tenía las emociones usualmente controladas a flor de piel, tan claras como si las estuviera gritando.

Esa sola mirada fue suficiente para que el corazón del pelirrojo se acelerara a tal punto que sus propios latidos comenzaron a resonar en sus oídos, como si fueran sus alaridos no expresados. Sintió como si la sangre se le volviera espesa, imposible de que pasara a través de sus venas, algo completamente diferente del habitual fuego que hervía debajo de su piel, y tuvo que buscar a tientas la pared más cercana, acorralando a Tetsuya contra ésta y su cuerpo en un acto de protección tan innecesario como estúpido. No le importó.

Miró a cada uno de sus compañeros, pasando los ojos por sus espaldas a una velocidad increíble, y sintió cómo la cabeza comenzaba a darle vueltas. Escuchó los latidos de su corazón –uno, dos, tres–, cabalgando forzosamente contra su pecho, y en el momento exacto en que la puerta de la residencia fue abierta de un azote tan fuerte que reverberó en toda la estancia, se detuvo completamente.


Mátenme.

Este capítulo iba a ser inmensamente largo, tanto como para abarcar el que viene e ir directo al diez que, si les informo por adelantado, tendrá la primera escena de sexo del fanfic, pero me di cuenta que sería literalmente demasiado. Las/os dejaré con las ganas. Eso sí, me gustaría que intenten adivinar quiénes serán los afortunados (no, no serán Kagami y Kuroko, descarten esa idea pero ya. Sería ridículo ponerlos a follar desde ya (?)), y quienes comenten la pareja correcta les enviaré un pedacito del momento por PM. Lo digo en serio.

Bien, ¿qué les pareció? Les advierto que lo que viene será fuerte, quizás tenga que cambiar la categoría a M desde ya (aunque yo lo estaba reservando para el momento "oiie khe zukhulemtoh", pero bué), no sé, eso lo veré mientras escribo. Sólo espero que no se alarmen, recuerden lo que les dije en el cap dos sobre los X-Men y de dónde se inspiraban los guionistas de los clásicos, aunque también los actuales lo hacen. La crueldad irracional es algo común para quienes viven en un mundo de odio anti-mutante. Por cierto, cuando me refiero a los clásicos de Unncany X-Men estoy hablando de los 2000 hacia abajo, comenzando desde First Class –que duró desde 1963 hasta los principios de los 70's– hasta finales de los 90's. Si por casualidad de la vida alguien comenzó a interesarse en el mundo de los cómics X-Men y quiere leerlos mándeme un PM con su correo electrónico y sin dudas se los pasos. ¡Excelsior (ahora estoy reclutando gente hacia el universo Marvel. Estoy enferma)!

Creo que eso es todo. Estoy segura que recibiré más de una amenaza de muerte, tanto por el final como por haber tardado tanto, o puede que igual que con el capitulo anterior casi no reciba reviews. Como sea, ¡los amo con todo el corazón! Se agradece demasiado que lean este fanfic, sin importar si dejan o no un review (aunque claro que haciéndolo me hacen aún más feliz y ayudan de manera indirecta a que me motive más y escriba más rápido y me esfuerce más y- *se ahoga con su propia saliva*). Todo lo que me dan lo aprecio desde el fondo de mi corazón, ya sea comentario, favs, follows, nada, bombas, caminantes blancos y demás (recién Games of Thrones cayó en hiatus. Otro motivo para enloquecer, ah).

Ya saben. Cuídense y nos leemos pronto. Llévense a su chico de KnB favorito a casa y háganles lo que quieran, menos a Daiki. ¡Besos!

`v`)/

PD.: Akashi en la Zona me dejó embarazada.