NdA. Si no me equivoco, este es el capi más largo de este fic. Eso sí, contiene detalles no aptos para estómagos sensibles. Espero que os guste de todos modos. ¡Gracias por leer y comentar!
Capítulo 8 El cadáver
Harry entró en las oficinas de los BIM preguntándose qué podía haber pasado para que unos magos, por mucho origen muggle que tuvieran, pudieran calificar algo de "raro". Como era tan tarde, el lugar parecía vacío, pero se veía luz proveniente de un par de despachos; allí, como en la oficina de los Aurores, siempre había alguien para atender emergencias.
Roman White y Peter Draper tenían guardia aquella noche y estaban en el despacho del primero. Harry llamó con los nudillos antes de abrir la puerta entornada y los vio a los dos con los portátiles en pleno funcionamiento.
-Eh…
Ellos alzaron la cabeza y parecieron aliviados al verlo llegar.
-Ah, jefe…
-¿Qué habéis encontrado?
White le hizo una señal para que se acercara a su ordenador y tecleó algo rápidamente.
-Es Maureen Jones.-Harry había leído tantas veces los informes que la recordó enseguida. Era una mujer muggle de cuarenta y dos años, residente en Glasgow, que había desaparecido hacía casi un año-. Unos excursionistas descubrieron su cuerpo hace dos días, en Newport, cerca del río Severn. La policía la identificó gracias a la hermana de la víctima… Luego llevaron el cuerpo a que le hicieran la autopsia…
El informático se detuvo, como si no supiera cómo continuar.
-¿Y? –le presionó Harry.
Sus dos agentes intercambiaron una mirada y luego White se rascó el pelo con una de sus manazas.
-Bueno… hemos conseguido entrar en el ordenador de la policía forense… Por lo visto, su cuerpo estaba… licuado por dentro.
Harry torció los labios en un gesto de asco y se dio cuenta de que White, por una vez, no estaba comiendo ninguna chocolatina ni tenía ninguna bolsa de Doritos o de cualquier aperitivo muggle al alcance de su mano. Y de hecho, ni White ni Draper tenían buen color de cara y Harry empezaba a sospechar que no era porque la luz del despacho fuera poco favorecedora.
-¿Licuado?
Los dos agentes se miraron de nuevo con gesto aprensivo, discutiendo silenciosamente cuál de los dos iba a explicárselo. White apartó la vista primero, haciendo un gesto negativo, de disculpa con la cabeza y Draper tragó saliva y tomó aire.
-Por lo que dice el informe es como… como si hubieran batido de alguna manera todos los órganos, músculos… grasa y huesos del interior hasta… hacer una… una especie de pasta. Ya notaron algo raro al trasladarla porque… bueno, la pasta rezumaba por… los orificios de su cuerpo.-Draper estaba ahora algo pálido, con un sudor seguramente frío perlándole la frente-. Cuando el forense hizo la primera incisión fue… Bueno, hay fotos.
Harry empezaba a ser demasiado consciente de toda la comida que tenía en el estómago. Lo que los agentes estaban describiendo no podía haber sido causado por medios muggles, a no ser que se tratara de algún arma tecnológica secreta digna de una película de Hollywood. Tenía que ser obra de algún maleficio, aunque Harry en ese momento no podía recordar nada que tuviera exactamente ese resultado en un ser vivo.
Y claro que habría fotos. Draper y White no estaban tan acostumbrados a las escenas desagradables como los Aurores, pero si se encontraban así de afectados no podía ser sólo de imaginárselo. Y él tenía que verlas también porque necesitaba examinar aquello con sus propios ojos, por repulsivo que resultara.
White le pasó su portátil con un gesto desganado, manteniendo la vista cuidadosamente apartada de la pantalla. Harry se preparó y observó la primera imagen. Era una foto general del cadáver; el cuerpo tenía un aspecto que sólo podía describirse como desinflado y tal y como los BIM le habían dicho, había restos de algo en sus oídos y fosas nasales. Harry pasó a la siguiente foto, que era un primer plano de la víctima, y dio un respingo al ver lo que le había pasado a sus ojos. Al principio pensó que se los habían arrancado, pero enseguida comprendió que habían reventado.
Harry tragó saliva y se forzó a pensar como un Auror; ser profesional era lo único que iba a salvarle de vomitar. Conocía un par de maleficios que podían reventar los ojos de la víctima, pero para estar seguros de si había sido eso necesitarían hacerle algunas pruebas al cadáver.
La siguiente foto mostraba los efectos de la primera incisión en el cadáver. El forense había empezado a cortar desde el hombro hasta el centro del pecho; la pasta del interior se había derramado sobre la piel. No era del todo líquida. A Harry le recordó a la nata montada –una nata montada rosa, llena de pequeños trocitos de cartílagos y huesos- y la comparación con la comida hizo que su estómago diera una sacudida.
-Joder… -dijo entre dientes, suspirando hondo.
Los agentes hicieron unos ruiditos de asentimiento y Harry pasó a una nueva foto. En esta, la incisión era más larga y el forense había retirado la piel de modo que podía verse que en el interior de aquel cuerpo no había ningún órgano reconocible. En la siguiente foto, había hecho un corte en la pierna que revelaba que las extremidades había recibido el mismo trato que el torso.
-¿Y… y el informe del forense? –dijo, esforzándose en hacer que su voz sonara firme.
White tocó algo en la pantalla, casi sin mirarla, e hizo aparecer una copia del informe. El forense se había limitado a describir lo que había visto sin tratar de buscar una explicación científica, pero había logrado determinar la fecha de la muerte. Según él, aquella mujer había muerto dos días antes de que encontraran su cadáver. La causa de la muerte constaba como desconocida.
Pero había algunas pruebas en marcha. Habían mandado a analizar la pasta del interior de su cuerpo por si contenía algún elemento extraño y también algunas partículas que habían encontrado bajo sus uñas. Harry estaba especialmente interesado en esto último, pues podría darles alguna pista sobre el lugar en el que estaban reteniendo a los secuestrados.
Harry se frotó la frente mientras sopesaba todas sus opciones. Necesitaban dejar que los muggles concluyeran sus pruebas y análisis -sus resultados podían ser muy valiosos-, pero ellos también debían analizar aquel cuerpo con medios mágicos. Tenía que hablar con Shacklebolt para decidir si lo harían oficialmente, pidiendo la autorización de la primera ministra, o si iban a optar por llevarse el cuerpo a escondidas. Y si era prudente hacerlo público ya o era mejor que conservaran la ventaja de saber algo que los criminales ignoraban que supieran. También era imperativo mandar a los Aurores, quizás incluso a los Inefables, a Newport. Si el cadáver había aparecido ahí, era más que probable que el resto de los secuestrados no anduviera muy lejos.
Pero aquellas no eran cosas que tuviera que resolver a esas horas de la noche.
-Seguid pendiente de esa autopsia y mandadme cualquier resultado nuevo que podáis encontrar. ¿Estáis al día con los informes de la policía?
-Sí, claro. No han descubierto que tenemos acceso a sus archivos, así que podemos entrar cuando queramos, al menos de momento.
-Bien. Tengo que hablar con el ministro Shacklebolt, pero nos reuniremos en mi despacho mañana a las tres, ¿de acuerdo? Decídselo a Miriam Siegel también.
-De acuerdo.
-Y ni una palabra de esto a nadie de momento, ¿está claro?
Los dos asintieron. Harry murmuró unas palabras de felicitación por los datos que habían encontrado y salió de allí con la sensación de que no iba a volver a comer en una buena temporada.
Había pasado sólo media hora desde que había salido de La Madriguera, pero Harry no volvió con los Weasley, sino que se fue a casa de Shacklebolt para contarle lo que había pasado. No había ninguna residencia oficial para el ministro de magia; Shacklebolt vivía en la casa que él y su mujer se habían comprado quince años atrás, cerca de Oxford. Harry había estado allí muchas veces y las barreras mágicas de la casa le dieron la bienvenida incluso a esas horas de la noche.
La casa contenía también una elfina doméstica –el único capricho que Shacklebolt se había permitido-, pero quien le abrió la puerta fue la esposa de éste, Virginia. La mujer iba en camisón y bata y Harry se temió haberlos pillado ya acostados, pero ella le dijo que aún estaban todos en el salón. Kingsley llegó entonces, también en batín.
-Siento haber venido tan tarde.
-No lo habrías hecho si no fuera importante –dijo Shacklebolt, serio, cogiéndole del brazo para llevarlo hacia su despacho-. ¿Es que ha habido otra desaparición?
Harry esperó a contestar hasta haber entrado en el despacho, una estancia amplia y llena de libros.
-Ha aparecido el cadáver de una de las muggles desaparecidas. Y… y han tenido que usar magia con ella, así que no nos equivocábamos al pensar que esas desapariciones en el mundo muggle estaban relacionadas con las de nuestro mundo.
Shacklebolt apretó un momento los labios.
-¿Por qué dices que han tenido que usar magia con ella?
-Porque todo el interior de su cuerpo se ha convertido en pulpa de un modo que no creo que los muggles sean capaces de conseguir.-Suspiró, pensando que sería una buena idea deshacerse de ese recuerdo en concreto en cuanto lograran cerrar el caso-. Lo más seguro es que necesitemos examinar ese cuerpo, Kingsley. Si tenemos que pedir autorización al Wizengamot deberíamos movernos rápido. Aunque… si les decimos a ellos que sabemos que también hay víctimas muggles, en cuestión de horas lo sabrá todo el mundo mágico.
Ahora Shacklebolt arqueó un poco las cejas.
-¿Y ese cinismo? Los detalles del juicio a Sutherland no han trascendido y hace ya tres meses de eso.
Harry se encogió de hombros.
-No es lo mismo. Usted sabe tan bien como yo que a los miembros del Wizengamot les cuesta ser discretos.
Shacklebolt hizo un gesto con la mano.
-En todo caso, si después devuelves el cadáver a su sitio, no creo que necesites permiso del Wizengamot.
-Claro. Sólo quiero que lo examinen para ver si pueden determinar al menos qué clase de maleficio o maldición usaron con ella. No es nada que yo haya visto antes.
Y nada que quisiera volver a ver. ¿Por qué habrían hecho algo así? Y en el nombre de Merlín, ¿qué le habrían hecho antes?
-Una cosa está clara –dijo Chloe, la mano derecha de Harry en la Oficina de Aurores-, si esa mujer muggle ha aparecido ahora muerta, después de casi un año, hay muchas posibilidades de que otros desaparecidos sigan vivos todavía. Y eso significa que disponen de una infraestructura mucho mayor de la que pensábamos. No son una pandilla que secuestra, mata y se deshace del cadáver.
-No, estamos hablando de algo organizado, no hay duda –dijo el auror Conrad Jerkins-. Pero aun así podrían estar ocultos en cualquier lugar. No va a ser fácil dar con ellos.
Harry asintió. Los aurores que no estaban ocupados con otros casos habían ido a examinar la zona en la que habían encontrado el cadáver y los BIM estaban haciendo un listado de casas y granjas abandonadas, naves industriales y construcciones similares. La policía también estaba sobre la misma pista que ellos; Harry esperaba que alguien encontrara algo.
-¿Qué se supone que están haciendo? –dijo Peter Draper, que ya tenía mejor aspecto que la noche anterior-. ¿Están usando a las víctimas como conejillos de Indias para sus experimentos? ¿Están tratando de robar la magia de los magos que secuestran?
Todos los que se habían criado en el mundo mágico se movieron en sus asientos, incómodos. A Harry le recordó un poco a la reacción que había tenido la gente en el pasado al oír el nombre de Voldemort.
-Esperemos que no sea eso –murmuró Chloe.
-Sólo hay un método conocido para despojar a un mago de su magia –dijo Shacklebolt, en tono tranquilizador-. Se necesita un largo ritual y creo que ni los Inefables se acuerdan ya de cómo era. Y sólo hace desaparecer la magia; no permite que otro mago la absorba.
-Pero podrían estar intentándolo –replicó Harry, suavemente-. Lo que hicieron con Maureen Jones suena a que probaron un hechizo en ella. A mí eso me suena a experimentación. Y si están experimentando…
No terminó la frase, pero todos le entendieron. Si estaban experimentando, podrían estar experimentando con cualquier cosa. Chloe se lo quedó mirando unos segundos; luego se mordió los labios y asintió.
-De acuerdo. Imaginemos que están experimentando. ¿Quién podría estar interesado en este tipo de experimentos? O mejor dicho, ¿qué clase de magos oscuros podrían estar interesados en este tipo de experimentos?
-Todas las clases –replicó Jerkins, sorprendido, como si pensara que la respuesta era obvia.
-No, no es tan sencillo. Si fueran magos con prejuicios de sangre, como los mortífagos, ¿creen que habrían secuestrado a alguien como la señora Parsons? Esa familia es sangrepura desde hace generaciones.
-Igual no sabían que era de sangre pura –objetó Miriam Siegel.
Chloe la miró con condescendencia.
-La gente como los Malfoy, los Parkinson o los Rookwood se saben el linaje de todo el mundo. No se equivocarían con algo así. Y a juzgar por el testimonio del mendigo que tú misma encontraste, los asesinos están usando medios muggles o están recibiendo ayuda de los muggles. Ese no es el estilo de los mortífagos.
-Yo tampoco creo que se trate de mortífagos –dijo Shacklebolt. No todos los ministros de magia habrían acudido a una reunión así, pero su experiencia como Auror era algo a tener en cuenta-. Magos oscuros, sin duda, pero no mortífagos.
Harry oyó un ruidito extraño y se dio cuenta de que lo había hecho Roman White, que había permanecido bastante callado hasta ese momento; ahora tenía toda la expresión de un hombre a quien se le acababa de ocurrir algo sorprendente.
-¿Qué pasa, White?
El agente lo miró como si lo hubiera sacado bruscamente de sus ensoñaciones.
-Son magos y muggles y posiblemente están experimentando, ¿no? ¿Y si… y si el gobierno está detrás de todo esto?
Harry arqueó las cejas. A Shacklebolt y a Chloe tampoco parecía haberles hecho mucha gracia.
-¿El gobierno?
-Quizás quiera… no sé, encontrar la manera de robarnos la magia o matarnos o tenernos bajo control.
Una nueva ola de incomodidad se extendió por la sala, aunque Harry se dio cuenta de que Shacklebolt y Chloe parecían también poco convencidos.
-¿Y cómo iban ellos a saberlo?-dijo Shacklebolt-. La única que conoce nuestra existencia es la Primera Ministra y a ella le hemos hecho el hechizo de confidencialidad, igual que a todos los Primeros Ministros antes que a ella y que a todos los padres de todos los alumnos de origen muggle de Hogwarts.
-Pero esos alumnos pueden irse al mundo muggle y hablar –objetó Harry-. No tenemos tanto control sobre quién lo sabe y quién no.
Todos los reunidos guardaron silencio entonces mientras rumiaban todas aquellas posibilidades. Harry tenía la sensación de que estaban en realidad tan lejos de la verdad como antes. Necesitaban pruebas, evidencias. Sin ellas, todas las teorías eran igual de buenas e igual de malas.
-Bueno, ahora que una de las desaparecidas ha aparecido muerta y… en ese estado, la policía se lo va a tomar mucho más en serio –dijo Draper-. Y nosotros estamos al tanto de cualquier dato nuevo que suban a sus ordenadores.
De hecho, la BIM había suministrado ya algunos datos nuevos aquella mañana, robados de los ordenadores de Scotland Yard. No eran la clave del misterio, ni mucho menos, pero Harry estaba de acuerdo en que la policía se tomaría mucho más en serio un asesinato que una desaparición y que aún podían descubrir muchas más cosas.
La reunión no duró mucho más. Shacklebolt anunció que hablaría con la Primera Ministra para sondearla y descubrir si ella estaba al tanto de alguna conspiración gubernamental. Harry quería planear con Miriam cómo escamotear el cadáver de Maureen Jones para que lo examinaran los expertos del Ministerio. Pero antes de que todos se marcharan a hacer lo que tenían que hacer, Shacklebolt les recordó que no tenían que hablar con nadie de todo aquello.
-Eso de que el gobierno muggle está conspirando para robarnos la magia es sólo una teoría, pero si llega a oídos de la gente no sólo cundiría el pánico, sino que se reavivarían de nuevo todos los prejuicios hacia los muggles. Lo último que necesitamos ahora son revueltas, ¿está claro?
Todos asintieron solemnemente antes de dejar la habitación.
Después de hablar con Miriam Siegel, Harry intentó echarse un rato en el sofá de su despacho. Aquella noche había dormido muy mal, con pesadillas en las que su familia sufría el mismo maleficio que la señora Jones, y aunque no habían sido suficientes como para despertarlo, le habían hecho levantarse nervioso y algo malhumorado. Pero, a pesar de su cansancio, Harry no pudo pegar ojo. Igual que la noche anterior, era como su cabeza no pudiera dejar de pensar en los últimos acontecimientos y después de intentarlo, se levantó con frustración y se fue al Departamento de Misterios para ver si podía hablar con algún Inefable.
El Departamento estaba en la planta nueve. Harry no había ido allí más de media docena de veces desde que había empezado a trabajar como Auror y mientras esperaba a que el ascensor le llevara a su planta, se encontró recordando la primera ocasión en la que había ido allí, sólo con quince años, dispuesto a rescatar a Sirius.
Llevándolo a su muerte.
Harry no recordaba la lucha contra los mortífagos ni su sensación de fatalidad al escuchar la profecía. El Departamento le recordaba el peor error de su vida.
El ascensor le dejó en un amplio vestíbulo circular de suelo y paredes negros. La luz, sin embargo, era de color azul, creando un efecto desasosegante. Alrededor de las paredes había un montón de puertas, también negras, que comunicaban con todas las salas del Departamento. En el centro, había una mesa y una silla, como si allí trabajara alguien de recepcionista; Harry nunca había llegado a ver a nadie ocupando esa mesa.
Tal y como sabía que ocurriría, en cuanto la puerta del ascensor se cerró tras él, las paredes de aquel vestíbulo rotaron, haciendo que las puertas cambiaran de sitio. Harry no habría sabido decir cuál era la del ascensor. El efecto dejaba a los visitantes algo mareados por unos segundos, pero él había cerrado previsoramente los ojos para evitarlo.
Después de un par de minutos, una de las puertas se abrió, como Harry también sabía que sucedería, y una Inefable salió a su encuentro. Él se alegró al ver que se trataba de Cho Chang –o Ling, desde que se había casado-. Ella había sido su primera novia en Hogwarts, y aunque su breve relación no había sido como para echar cohetes, no se llevaban mal.
-Hola, Harry, ¿a qué se debe esta visita?
-Hola, Cho. Me gustaría hablar con algún Inefable sobre las desapariciones.
Ella asintió y le hizo una señal para que le siguiera. Harry lo hizo y Cho, sin ninguna vacilación, fue hacia una de las puertas, la abrió y le hizo pasar a lo que, para sorpresa de Harry, era un pequeño e impersonal despacho. Contenía lo básico –un escritorio con dos sillones funcionales e idénticos- y Harry dudaba mucho que aquel sitio perteneciera realmente a alguien. Cho, sin embargo, se sentó en uno de los sillones y le indicó a Harry que hiciera lo mismo.
-Dime –dijo ella, sencillamente.
-Yo… Bueno, en realidad me gustaría saber si no hay algo que podáis hacer en vuestro departamento para ayudar a solucionar todo esto.
Cho frunció levemente las cejas.
-Bueno, vamos a examinar el cadáver cuando lo traigáis, desde luego.
Harry dio un leve suspiro de impaciencia.
-Ya, pero me refiero… a algo más. Tenéis que conocer algún ritual o algún hechizo secreto que pueda ayudarnos a encontrar a esas personas o a quienes los secuestraron.
Su voz tenía un deje de desesperación que le sorprendió a él mismo, pero Cho sólo apretó los labios un segundo y después lo miró con una disculpa en los ojos.
-No puedo hablar de esas cosas, Harry, pero… bueno, nuestra misión también es proteger al mundo mágico. Si hay algo que podamos hacer por ayudarte, lo haremos. Siempre lo hemos hecho.
Harry sospechó que aquello era todo lo que Cho podía darle. Y en cierta manera era un consuelo saber que contaba con la ayuda de los Inefables, siempre que estos pudieran ayudar. Pero aun así, quiso probar suerte una vez más.
-¿Y no puedes darme… alguna pista? ¿Algo?
Cho le dirigió una larga y paciente mirada.
-Harry, si pudiéramos decirte algo, ya te lo habríamos dicho.
-Pero sabéis algo.
-Yo no he dicho eso –replicó ella, sin alterarse en lo más mínimo-. Igual no podemos decirte nada porque no sabemos nada. Que seamos Inefables no nos convierte en omniscientes.
Harry resopló con una mezcla de exasperación y mal humor, pero consiguió no maldecir en voz alta. Los Inefables eran como eran y Cho no tenía la culpa de que hubiera dormido tan mal.
-Bien… Supongo que entonces eso es todo.
-Siento no haberte sido de mucha ayuda –dijo ella, poniéndose en pie para acompañarle a la salida.
Harry asintió y la siguió fuera de allí.
Una hora después, Harry entró con Miriam Siegel en el depósito de cadáveres en el que conservaban aún el cadáver de Maureen Jones. Su intención era familiarizarse con el lugar para saber qué iban a encontrarse cuando fueran a llevarse el cuerpo y examinar éste con unos hechizos que perdían eficacia cuanto más tiempo hacía que la víctima había muerto.
Los dos habían modificado un poco sus rasgos faciales y Miriam lo había preparado todo para hacerse pasar por dos expertos del MI5, una tapadera que ya había usado otras veces. Harry nunca había hecho algo así, de modo que le dejó tranquilamente que llevara la voz cantante y se limitó a estudiar la sala en busca de los dispositivos de seguridad, de las entradas, de las salidas. En los últimos años, la presencia de cámaras de circuitos cerrados en edificios públicos era apabullante y tenían que asegurarse de que no dejaban tras ellos ninguna huella grabada de su delito. Por supuesto, habría sido fácil destruir directamente las cámaras, pero querían pasar lo más desapercibidos posible.
Pero cuando el responsable del depósito, que estaba totalmente obnubilado ante la idea de estar hablando con dos miembros del MI5, sacó el cadáver de su cámara, Harry se armó de valor, se dijo a sí mismo que no debía vomitar y se preparó para ver en directo lo que ya había visto en fotos. Por suerte, todas las incisiones estaban suturadas y el cadáver no supuraba su contenido, pero aun así, Maureen Jones estaba tan desfigurada era una visión difícil de soportar. Miriam, que también había visto las fotos, palideció un poco, pero aguantó el tipo.
-¿Puede dejarnos a solas cinco minutos, por favor? –le dijo al encargado-. Le llamaremos cuando hayamos acabado.
Pese a ser en realidad una mujer bastante agradable y encontrarse algo conmocionada por lo que estaba viendo, Miriam consiguió sonar lo bastante autoritaria como para que el encargado asintiera y saliera de aquella habitación sin pensárselo dos veces. En cuanto cerró la puerta, Harry vio cómo Miriam sacaba discretamente la varita y murmuraba un Confundus.
-Listo, jefe.
Harry sacó entonces su propia varita, seguro de que las cámaras estarían ahora grabando otra cosa, y empezó los encantamientos que tenía que hacer. El cuerpo de Maureen Jones se cubrió de una luz rojiza y por un momento pudieron verla tal y como había sido antes de que su cuerpo reventara; no era una mujer especialmente atractiva, pero tenía una cara sencilla, simpática, y Harry sintió una puñalada de compasión por ella que sobrepasó la repulsión que había causado su desfigurado cuerpo. Aun así, también se sobrepuso a ese sentimiento; los hechizos que estaba ejecutando le necesitaban concentrado.
Un giro nuevo de muñeca y la luz rojiza estalló en chispas blancas, demostrando que, sin lugar a dudas, la muerte de Maureen tenía un origen mágico. La teoría de que podía ser un arma muggle secreta quedaba descartada; Harry nunca la había tenido muy en cuenta, pero Hermione le había dicho que los ultrasonidos podían quizás causar unos efectos parecidos y honestamente, había que reconocer que a los muggles no les faltaba inventiva a la hora de encontrar nuevas maneras de matarse.
Claro que, a juzgar por lo que estaba viendo, a los magos tampoco.
Pero ninguno de los hechizos que lanzó a continuación pudieron darle una idea de qué clase de maldición habían usado con esa pobre mujer. Después de usarlos todos sin éxito, les deseó buena suerte a los Inefables cuando se encargaran del cuerpo y pasó al último encantamiento.
Se llamaba el Encantamiento de las Últimas Palabras. No funcionaba con más de la mitad de magos y tenía aún menos posibilidades de éxito con una muggle. A veces el deseo de ayudar a atrapar a los asesinos era tan intenso que sus víctimas dejaban una huella atrás. Era un impulso parecido que el que hacía que algunas almas se quedaran atadas a la tierra como fantasmas, pero en estos casos, las almas sí habían podido pasar al otro lado. Sencillamente, dejaban atrás un mensaje, algo que creían que podía ayudar a encontrar a los culpables de sus muertes.
Harry sabía que no debía tener muchas esperanzas. Aunque el Encantamiento de las Últimas Palabras funcionara con Maureen Jones, era posible que la información que proporcionara fuera inútil. Siendo muggle, por ejemplo, podía creer que avisarles de que estaban tratando con magos era primordial. Pero aun así, Harry lo intentó porque había demasiadas cosas en juego como para no intentarlo todo, y pronunció las enrevesadas palabras del encantamiento mientras apuntaba con su varita en un punto situado ligeramente por encima del entrecejo de la mujer. Harry sintió cómo se le erizaba el vello de los brazos y de pronto, su varita dio una sacudida y lanzó un chorro de luz púrpura que dibujó unas líneas circulares sobre el cadáver. Era la magia del encantamiento, buscando rastros de esa huella fantasmal.
Entonces esa luz se volvió súbitamente azul y Harry reprimió una sonrisa triunfal, asombrada. A su lado, Miriam soltó una pequeña exclamación de sorpresa. La luz azul indicaba que el encantamiento había encontrado algo. Y unos segundos después, oyeron la voz de Maureen Jones con toda claridad.
-Monstruos.
-¿Monstruos? –repitió Shacklebolt, cuando Harry volvió al ministerio y fue a su despacho a decirle lo que había pasado-. ¿Qué quiere decir eso?
Harry estaba tan cansado que estuvo a punto de echarse a reír sin ningún sentido porque, francamente, tenía su gracia que alguien que sabía que existían los hombres-lobo, y los vampiros, y los kelpies y un montón de horribles criaturas más preguntara qué podía querer decir una muggle con "monstruos". Pero en realidad, nada de aquello era divertido y además, tenía el estómago revuelto y le estaba empezando a doler terriblemente la cabeza.
-Probablemente, que sus secuestradores no tenían un aspecto enteramente humano.
Shacklebolt reflexionó unos segundos mientras sus dedos jugueteaban distraídamente con una pluma que había sobre su mesa.
-¿No crees que podría tratarse de… un insulto? Ya sabes, puede que quisiera decir que sólo unos monstruos podrían hacer algo así.
-No, el encantamiento sólo funciona con mensajes que pretenden ayudar, no con insultos –le recordó Harry. Al fin y al cabo Shacklebolt había sido auror también, así que tenía que haber estudiado aquel Encantamiento.
-Sí, claro… -murmuró, casi para sí mismo.
-No sé, no tiene mucho sentido –dijo Harry-. Puede que haya docenas de criaturas en nuestro mundo a las que un muggle llamaría monstruos, pero ¿cuántas de ellas pueden hacer magia? Y desde luego, alguien usó la magia con esa pobre mujer.
El ministro de magia volvió a quedarse pensativo.
-Las brujas de madre veela pueden hacer magia y en muchos casos pueden adoptar su forma animal. Y los hombres-lobo que son magos o brujas también pueden hacer magia. Pero también podríamos estar tratando con magos normales y corrientes que están usando criaturas en sus experimentos.
Harry se masajeó un poco la frente, dándose cuenta de que la respuesta no era tan difícil y que se le tendría que haber ocurrido a él.
-Y se han aliado también con muggles. Muggles, monstruos y magos oscuros.
-No es una combinación habitual –reconoció Shacklebolt.
-No… Bien…-Intentó concentrarse-. Supongo que podemos interrogar a los magos con sangre veela o de hombre-lobo.
-Tú eres el Jefe de Aurores Yo iré a hablar mañana con la Primera Ministra. Aunque… sinceramente, Harry, no puedo creer que el gobierno muggle esté implicado en algo así.
A Harry también le costaba de creer.
-Es sólo una teoría. A los muggles les encanta pensar que el gobierno anda metido en conspiraciones. Es por culpa de las películas y las series de televisión.
Shacklebolt lo miró con una expresión perpleja.
-¿Por qué?
-No sé… Es un argumento que gastan mu… -Harry se vio forzado a interrumpirse por culpa de un inesperado y amplio bostezo-. Perdona, estoy reventado.
La perplejidad de Shacklebolt se transformó en una ligera preocupación.
-No haces muy buena cara.
-Es sólo sueño.-E imágenes en su mente que poblarían sus pesadillas durante algún tiempo-. Hoy he dormido poco.
Shacklebolt meneó la cabeza.
-Anda, vete a casa ya, Harry. Aunque sólo sea porque no sería bueno para la moral del mundo mágico que su héroe favorito y Jefe de Aurores se desmayara en uno de los pasillos del ministerio.
Harry volvió a bostezar.
-No tan favorito – replicó, con sólo una pizca de sarcasmo, recordando las veladas insinuaciones que El Profeta dejaba caer últimamente sobre él o las miradas defraudadas que recibía de vez en cuando.
Pero se puso en pie, porque ya había hecho todo lo que podía hacer por ese día. Si había una emergencia o algo que debiera saber, alguien se encargaría de avisarlo.
Ginny tampoco había tenido un buen día.
El mero hecho de despertarse y darse cuenta de que Harry ya se había marchado ya la había puesto de mal humor. Le había dejado una nota, diciéndole que tenía un millón de cosas que hacer, pero aun así, a Ginny le irritaba que se fuera sin preguntarle si a ella le venía bien. A veces pensaba que Harry tenía la impresión de que el de él era el único trabajo importante.
Normalmente, llegar al Profeta siempre servía para subirle un poco el ánimo. Las miradas de algunas compañeras le recordaban que había gente que la envidiaba y admiraba; era inevitable que eso le produjera cierta satisfacción y no veía qué había de malo en ello. Pero desde el verano, algunas de esas miradas habían ido desapareciendo y habían sido sustituidas por otras que parecían decir que quizás su posición no era tan envidiable, que quizás Harry Potter no era para tanto. Y la culpa era del modo en el que El Profeta había empezado a tratar el tema de las desapariciones. Ginny estaba empezando a encontrar difícil contener el impulso de ir al despacho de Sienna Bullard y preguntarle qué coño se creía que estaba haciendo. Aquella mujer no podía ser trigo limpio, no si había dado luz verde a los periodistas para que empezaran a cuestionar a Harry de esa manera.
Cuando Juno Blackhill, que trabajaba en Sociedad, hizo un comentario a su paso que incluía las palabras "vivir de glorias pasadas". Ginny estuvo a punto de sacar la varita y lanzarle una maldición que le enseñara a mantener la boca cerrada y hablar con el debido respeto.
Pero la gota que colmó el vaso fue enterarse de que Laura Madley, la exitosa Buscadora de las Holyhead Harpies iba a retirarse aquel año. La Federación planeaba hacerle un partido-homenaje y se rumoreaba que iban a darle la medalla conmemorativa de Peligroso Dai una vez más.
Laura Madley se había convertido en la Buscadora de las Harpies cuando Ginny había dejado el equipo a causa de su embarazo. En un primer momento, Ginny había planeado volver al quidditch cuando James fuera un poco más mayor, pero Madley había resultado ser tan buena que el equipo no estaba dispuesto a volver a su Buscadora anterior. Ginny lo había intentado con otros equipos, pero los entrenadores sólo parecían ver que, pese a su calidad, ya había dejado tiradas a las Harpies en plena temporada y decían que no podían arriesgarse a que les hiciera lo mismo.
Y entonces Hermione se había quedado embarazada y Harry le había dicho a Ginny que sería estupendo que ellos tuvieran también otro hijo para que pudieran ir juntos a clase, igual que James haría con Fred. Ginny, frustrada al ver que no conseguía que la contrataran, le había dicho que sí y un par de meses después se había quedado embarazada de Albus. Aquello había puesto el punto y final a su carrera como jugadora profesional de quidditch.
Por lo general, Ginny se sentía satisfecha con su trabajo como periodista de deportes. Seguía estando cerca del quidditch y sabía que, para muchos magos, el suyo era el mejor trabajo del mundo. Y al contrario que otros periodistas, ella ni siquiera tenía que esforzarse mucho en que le concedieran entrevistas; sólo con que mencionara el nombre de Harry ya tenía a aquellos ídolos del deporte comiéndole de la mano.
Pero el éxito de Laura Madley siempre había sido una espinita secreta clavada en su corazón. No porque no se lo mereciera –Ginny reconocía que era una gran Buscadora –, sino porque a veces tenía la sensación de que los triunfos de Madley en el quidditch eran triunfos que habían estado destinados a ella en primer lugar. Por supuesto, se alegraba de estar casada con Harry porque era algo que había deseado desde que tenía uso de razón, pero habría preferido no tener que sacrificar su carrera como Buscadora para conseguirlo.
Y ahora Madley iba a retirarse, envuelta en los mayores honores que podía recibir un Buscador de quidditch, y era como si le estuvieran restregando a Ginny por la cara todo lo que había dejado escapar sólo porque ella y Harry habían sido estúpidamente descuidados con los hechizos anticonceptivos.
Cuando Ginny fue a recoger a Lily a La Madriguera después del trabajo y se fue con ella a casa, tenía ganas de ver a Harry, pero no habría podido decir si era porque tenía ganas de discutir con él o porque esperaba que tenerlo delante le ayudara a olvidar el mal sabor de boca que le había dejado la noticia sobre Madley. Pero cuando Harry llegó, lo hizo cansado y silencioso, y después de contarle en pocas palabras que una de las desaparecidas muggles había aparecido asesinada, se sirvió un trago, se lo bebió de golpe, dijo que necesitaba tumbarse un rato y se tiró en el sofá, tan ajeno a las necesidades de Ginny que ésta sintió la irritación que había estado reprimiendo a lo largo del día burbujeando como una poción hasta convertirse en ira.
-Oye, Harry, yo también he estado trabajando todo el día, ¿sabes? –dijo, con voz apenas controlada. Harry, que ya había cerrado los ojos, los abrió con un ademán de sorpresa-. ¿Qué pasa si yo también me tumbo en el sofá? ¿Quién va a hacer la cena? ¿Quién va a cuidar de Lily?
Harry frunció un momento el ceño mientras la miraba con incredulidad, como si hubiera dicho algo completamente disparatado.
-Joder, Ginny, ¿no puedes dejarme descansar media hora?-le gruñó.
Era tan raro que Harry le hablara así que Ginny se quedó sin palabras durante unos segundos, el tiempo suficiente como para que él se acomodara aún más en el sofá, dándole ligeramente la espalda, como si pensara que la conversación ya había terminado.
-Vale, ya veo que te importa mucho lo que yo piense –dijo al fin, con una cólera fría.
Harry dio un pequeño resoplido.
-Ginny, hablo en serio –dijo, sin molestarse ni en abrir los ojos-. No quiero discutir, ¿vale?
Ginny sintió tales deseos de practicar el Mocomurciélago con él que optó por volver a la cocina, donde se puso a ordenar cacharros con movimientos enérgicos. En aquel momento no podía sentir menos afecto hacia Harry, a quien consideraba el hombre más egoísta e insensible sobre la faz de la tierra, pero mientras repasaba airadamente todos sus defectos se encontró pensando en lo que le había dicho –que habían encontrado a aquella mujer muerta y que el aspecto del cadáver era espantoso- y su enfado se suavizó lo suficiente como, para al menos, dejar de hacer ruido con ollas y sartenes.
Pero cuando se asomó al salón, vio que Harry ya no estaba en el sofá. Lo primero que pensó fue que se había marchado sin decir nada, enfadado por el ruido, pero entonces comprendió que era más probable que se hubiera subido a su habitación en busca de tranquilidad y cuando subió a comprobarlo vio que no se había equivocado. Harry estaba tumbado en la cama, aparentemente dormido. Ginny aún se sentía decepcionada por su actitud, pero apretó un momento los labios y se marchó de allí silenciosamente.
Elizabeth Grudge era una mujer de apariencia inofensiva. No era muy alta, tenía unos cincuenta años y su pelo, que llevaba bastante corto, era de un suave color cobrizo mezclado con el gris. Llevaba unas gafitas redondas que ocultaban unos ojos castaños y vestía un aburrido traje gris de buena calidad. Si alguien hubiera tenido que adivinar su profesión simplemente por su aspecto, la mayoría de la gente habría pensado que era una secretaria o una bibliotecaria.
Sin embargo, el hombre que estaba frente parecía positivamente incómodo. Cuando Elizabeth consideró que ya lo había dejado cocerse en sus propios jugos el tiempo adecuado, habló con voz fría y precisa.
-¿Por qué han descubierto los restos de Maureen Jones?
El hombre, Barney, se encogió un poco, como un animalillo intentando esconderse.
-Hice el hechizo de siempre para desvanecer el cadáver, señora Grudge. Supongo… que salió mal. No me… no me di cuenta de que algo había salido mal hasta que leí el periódico.
Elizabeth ladeó la cabeza.
-Eso ha sido esta mañana. ¿Qué te ha impedido admitir tu culpa? ¿Por qué hemos tenido que malgastar nuestro tiempo y nuestros recursos averiguando quién había cometido el error?
-Yo… Yo no sabía…
Barney se detuvo. A Elizabeth no le sorprendió porque, sinceramente, ¿qué podía decir?
La falta de habilidad podía perdonarse. La deslealtad, no.
Elizabeth hizo un gesto con la mano y dos magos se materializaron a su lado, los dos con las varitas listas. Barney abrió los ojos con expresión aterrorizada y trató de sacar su propia varita con manos nerviosas mientras daba un paso hacia atrás.
-No…
-Llevadlo a experimentación.
Barney gritó y trató de atacarlos y huir, pero no era rival para los otros. Uno de los magos lo desarmó mientras otro lo ataba con cuerdas mágicas. Barney seguía gritando con desesperación, pero a Elizabeth no le importó. Allá donde lo llevaban no sería el único.
Continuará
