Capitulo VII

Aquel día en la tienda había resultado tan tranquilo como los anteriores. Rin se había adaptado con facilidad al manejo de la tienda. Le gustaba estar allí, principalmente porque le ayudaba a no pensar en lo que había sucedido entre ella y Sesshoumaru durante el fin de semana. Pero justo en aquel momento no había nadie en la tienda y Kagome estaba en el pequeño almacén, organizando todo para su próximo pedido, entonces quedaba ella en compañía de sus pensamientos.

Después de lo sucedido, y de que Sesshoumaru hubiese expresado su deseo de seguir teniendo relaciones con ella, dando ella su aprobación, tenía que tomar ciertas medidas. Principalmente sabía que debían tomar previsiones, para no terminar con un bebé. Ya se había dado cuenta que a Sesshoumaru bien no le gustaba usar preservativos, o no tenía planeado tener ningún encuentro sexual en su casa. Al pensar lo último su ego se elevaba, porque sabía de qué forma la deseaba él.

Y si él no usaba preservativos, entonces era ella quien debía buscar la forma de protegerse. Nunca antes había usado anticonceptivos, pues su periodo era como un reloj suizo. Rio dirigió la mirada hacia el pequeño almanaque que había en el mostrador, lo tomó y contó los días hasta su próximo periodo. Justo una semana. Bien, ya en una semana sabría si había resultado algo tras aquel fin de semana.

Le resultaba complicado pensar en la idea de verse con un ginecólogo, ella no llevaba control con ninguno, y pedirle recomendación a Kagome sería sospechoso, y lo que menos deseaba era levantar sospechas de la relación que había comenzado con Sesshoumaru. ¿La razón? Muy simple, no había futuro en ella, era absurdo darle alas a algo que no duraría.

Liberó un suspiro. Su vista se fijó en el bolso de Kagome. Sabía que ella tomaba sus anticonceptivos juiciosamente, quizás si se fijaba podría obtener el nombre y luego ir a la farmacia y comprarlos para ella. Sabía que no era lo indicado pero, era lo único que se le ocurría en aquellos momentos, ya cuando terminara todo el asunto del testamento acudiría sin falta a una cita ginecológica.

Fue hasta el bolso de Kagome y comenzó a revisarlo superficialmente, encontró una pequeña caja blanca con bordes morados, leyó el nombre.

—¿Qué haces? —escuchó la voz de la pelinegra a sus espaldas.

—Lo siento —dejó la caja en el bolso—. Buscaba pastillas para el dolor de cabeza, me ha estado molestando un poco —fue lo primero que le paso por la mente, al menos era una buena excusa.

—¿Mucho?—la mujer parecía verdaderamente preocupada.

—No, no. Es muy leve, con una pastilla bastará. ¿Tienes alguna?

—No, lo siento. Sólo tengo mis pastillas anticonceptivas —le muestra la caja que ella había tomado—. ¿Quieres que llame a Sesshoumaru para que te lleve a casa?

—No, no tengo pastillas en casa, lo mejor sería ir a la farmacia y comprar más —la verdad era que si tenía un par, pero necesitaba comprar un par de cosas adicionales.— ¿Podría irme un poco más temprano hoy?

La pelinegra se queda pensando seriamente, y finalmente niega con la cabeza.

—No tengo problema en dejarte ir más temprano pero sí en que te suceda algo mientras estas fuera.

—No serán más de un par de horas, y después de la orden que Sesshoumaru envió a Kamui no creo que se atreva a algo.

Después de lo sucedido la semana pasada, Kagome había estado muy al pendiente de lo que sucedía con ella; no la dejaba ir a comprar café, y no la dejaba demasiado tiempo sola en la tienda. Le agradecía su preocupación, pero ya comenzaba a sentirse sobreprotegida, y no le resultaba muy agradable.

—No podemos arriesgarnos. Al cerrar la tienda, yo misma te acompañare a comprar lo que necesitas.

—¿Y tus hijos? No, no puedo molestarte de esa manera.

—Eso no es problema, Ayame puede cuidarlos hasta que yo llegue. La llamare ahora mismo.

Ayame era la vecina y mejor amiga de Kagome; tenía un hijo que estaba en la misma escuela que el hijo mayor de la pelinegra, y un bebé de seis meses. Kagome solía hablar mucho de ella, y Rin la había conocido en una ocasión que fue a la tienda, era una hermosa pelirroja, y Kagome le tenía una confianza ciega, aunque creía que Kagome era así con todos.

Finalmente Rin no pudo evitar la invitación de Kagome a acompañarla. Inclusive había llamado a la oficina de Sesshoumaru para decirle que no pasará a buscar a Rin, pero al no poder hablar con él, le había dejado un mensaje a su secretaria.

La última hora en la tienda fue un poco más movida, tuvieron a algunos clientes escogiendo artículos y encargando otros.

—¿Rin? —escuchó su nombre de una voz que le resultaba lejanamente familiar, volteo en su dirección.

—¡Kohaku! —se acercó al castaño y le saludó efusivamente—. Oh, por Dios, que sorpresa verte por aquí.

—Lo mismo digo. Supe lo de la muerte de tu padre, lo lamento. ¿No estabas comprometida? —inquirió con interés el castaño. Rin liberó un suspiro antes de responder.

—Para nada. Una equivocación total, que espero pronto se aclare públicamente —notó la confusión en el rostro del muchacho—. No te preocupes —se apresuró a decir—. ¿Qué haces por aquí?

—Compraron un par de mis pinturas en una galería cercana, y ahora buscaba un pequeño regalo para mi hermana.

—¡Oh, Felicitaciones! —le abrazo con entusiasmo.

Había conocido a Kohaku en la escuela de arte, pero él se había graduado un año antes que ella, y desde entonces no habían tenido contacto alguno. Sabía que él era de Matsushima, porque en una oportunidad le había acompañado para conocer el pequeño pueblo en la prefectura de Miyagi. Tenía una hermana mayor que en aquel entonces era madre de tres niños.

Aún se encontraba abrazando al castaño cuando una profunda voz se escuchó en la tienda.

—Rin.


Su secretaria la había pasado el mensaje de su cuñada, pero no tenía intención de hacerle caso. Si Rin quería comprar algo debía ser con su compañía. Él era su abogado, su protector, y por ende era responsable de lo que le sucediera. No era nada más, era su deber.

Cuando llegó a la tienda de Kagome, ya era casi la hora de cierre. Entró a la pequeña botica y vio a su cuñada atendiendo un cliente, recorrió el lugar con la mirada hasta encontrar a Rin, la visualizó hablando con un sujeto, pensó que era un cliente cualquiera y no se acercó, pero al ver como la muchacha abrazó con gran entusiasmo al castaño, una emoción desconocida lo recorrió. Fue hasta ella de inmediato.

—Rin —la llamó rudamente, haciendo que la joven se separara del hombre con rapidez.

—Sesshoumaru —ella lo vio con sorpresa—. Creí que Kagome te había dejado un mensaje.

—No lo recibí —mintió. Miró al hombre que seguía al lado de Rin y lo vio casi con ira—. ¿Interrumpo algo importante?

—Kohaku es un viejo amigo que conocí en la escuela de arte. Kohaku, él es Sesshoumaru —y hasta allí llegó su presentación—. Discúlpame un momento, ya regreso a ayudarte a escoger algo para Sango —le dijo para luego acercase hasta él y separarse un par de pasos.

—Hoy me iré con Kagome, necesito comprar un par de cosas en la farmacia —informó Rin a Sesshoumaru cuando creyó estar lo suficientemente lejos de Kohaku.

—Yo te acompañare —le dijo sin más.

—No es necesario que te molestes. Son cosas personales, femeninas —enfatizó la muchacha.

—Iras conmigo —le señaló de forma directa—. Ire a informarle a Kagome del pequeño cambio mientras despides a tu amigo —le dedicó una mirada de indiferencia a Kohaku y se marchó.

Sesshoumaru espero hasta que su cuñada se desocupara del cliente que atendía, ella ya lo había visto y le había dirigido una mirada interrogativa. En todo momento estuvo al pendiente de lo que sucedía entre Rin y el castaño, ella mantenía una distancia prudencial y le señalaba algunos objetos, era la mirada del sujeto lo que le molestaba, la mirada con devoción. Le molestaba.

—Te dejé un mensaje con tu secretaria —la voz de su cuñada le hizo apartar la vista de su objetivo.

—No importa. Yo llevare a Rin a comprar lo que necesita —la pelinegra lo miró inquisitiva.

—Bien, sólo quería que no fuese sola. Si estará contigo estará a salvo —no dio queja.

Cuando regresó la vista hasta Rin, está ya se dirigía hasta la caja junto al castaño. Quedaron sólo a unos pasos de distancia.

—Muchas gracias por tu ayuda —habló Kohaku.

—No fue nada.

Vio como el sujeto tomaba las manos de Rin entre las suyas y las dirigía a sus labios para besarlas. Lo miro con furia. ¿Cómo se atrevía?

—Quisiera poder mantener contacto contigo.

—Ahora mismo…

—Rin —la interrumpió con desagrado—. Vámonos —la muchacha le dedico una mirada asombrada.

—Aún debo facturar, y…

—Kagome puede terminar la facturación ¿cierto? —se dirigió a su cuñada, que lo miraba ciertamente intrigada.

—Claro, no hay problema. Puedes retirarte Rin.

—Perfecto. Te espero en el auto, Rin —le dijo y se dio media vuelta para dirigirse a la salida, deteniéndose justo en la entrada.

—Si me dieras tu número…

—Lo siento, ahora no es el mejor momento. Fue un placer volver a verte, dale mis saludos a Sango.

—Quizás si yo te doy mi número, tú podrías…

—Te dijo que ahora no es un buen momento —interrumpió nuevamente Sesshoumaru—. Vámonos, Rin. Se nos hará tarde para llegar a casa.

Sus últimas palabras las dijo manteniendo su mirada con la del castaño, desafiante. Tras eso salió de la botica siendo seguido por Rin. Ya cuando estuvieron en el auto la muchacha le plantó frente.

—¿Por qué dijiste eso?

—¿El qué?

—Haciendo referencia de que vivimos juntos.

—¿No es cierto? Vives en mi casa —respondió indiferente.

Ciertamente aquello lo había hecho con la intención de que ese muchacho entendiera que Rin estaba con él. De cierta forma había sido como marcar su territorio. El impacto que se llevó al comprender eso fue fuerte. ¿Acaso estaba comenzando a pensar a Rin como suya?

—No tuviste que habérselo dicho.

—¿Te molesta?

—Podría interpretarse de la manera incorrecta.

—Que piense lo que quiera.

Rin no siguió con la riña, con aquel hombre no tenía sentido. El resto del trayecto lo hicieron en completo silencio. Sesshoumaru condujo hasta llegar a la multi tienda, de esas grandes franquicias de supermercados en los que se pueden encontrar farmacia, frigorífico, panadería, y donde poder comprar la comida.

Apenas Sesshoumaru estacionó el auto, Rin bajo y se dirigió al supermercado, el ojidorado la siguió de cerca. La muchacha con calma se dirigió hacia donde se encontraba la sección de farmacia, al entrar tomó una pequeña cesta y se dispuso a recorrer los estrechos pasillos. Escogió algunos productos de higiene personal que ya comenzaban a escasearle: toallas sanitarias, champu y acondicionador, desodorante, crema humectante. Después de escoger todo lo que creía necesitar, fue hasta el mostrador y espero que un joven se acercara para pedirle las pastillas anticonceptivas, el joven se alejó para buscarlas, y al minuto ya estaba de regreso con la caja en sus manos.

—¿Desea algo más señorita?

—Nada más. Cancelare esto también —colocó la cesta encima del mostrador para que el joven comenzará a facturar.

—¿Para qué son esas pastillas? —cuestionó Sesshoumaru.

—Anticonceptivos —le respondió—. Creí que resultarían necesarios ¿No?

Antes de que Sesshoumaru pudiese responder, el cajero les habló para indicar la cantidad a pagar, cuando él se dispuso a sacar su billetera, Rin lo detuvo.

—No, yo pagare por mis cosas. No tienes que responsabilizarte por mí —dicho esto le dio sus datos al cajero y canceló el monto.

Salieron de la sección de farmacia, y Sesshoumaru se dirigió hasta la panadería para ordenar algo para llevar y no tener que llegar preparando la cena.

Le resultaba un tanto inquietante que a él no se le hubiese pasado por la cabeza la idea de usar protección. Cuando estaba casado, era Kagura quien tomaba las precauciones, utilizando parches y otros métodos, que solían durar meses, ya que con su ocupada agenda ella no estaba al pendiente de tomar anticonceptivos.

Ahora que lo pensaba, durante el fin de semana no tuvieron protección, las probabilidades se iban hacia que Rin podría haber quedado embarazada. Maldita sea. ¿Cómo pudo haber perdido el control de tal manera? Sin pensar en las consecuencias. Y ahora era ella quien tomaba medidas en el asunto. Era ella quien parecía estar más serena y consciente ante la situación, y de cierta manera aquello le molestaba un poco. Era él quien siempre solía llevar el control.

Una vez que le entregaron su orden, se retiraron, y se dirigieron al auto en silencio.

—¿Podrías estar embarazada? —preguntó al ya estar de camino a casa.

—Existe la probabilidad, claro. La semana entrante ya lo sabré con seguridad —la muchacha habló mientras leía con cuidado el prospecto de las pastillas.

—¿Tan pronto? —inquirió dudoso.

—Soy un reloj, al mínimo retraso lo sabré.

La vio llevarse una pastilla a la boca para luego tomar una botella de agua mineral que había comprado y beber un trago.

Con aquello ya quedaba fijado. Rin y él seguirían teniendo relaciones.


Había pasado un mes con una rapidez asombrosa. O al menos eso le había parecido. Rin se mantuvo trabajando con Kagome; Sesshoumaru seguía en el bufete, tomando un par de casos hasta lograr culminar el asunto del testamento. Ya las partes implicadas habían mostrado sus bases al fiscal encargado, incluso Rin había acudido en un par de ocasiones al tribunal para reunirse con el fiscal del caso, así como también conoció a quien había sido el abogado de su padre.

Hasta el momento todo señalaba a que el fiscal fallaría a su favor. Por lo que le había contado Sesshoumaru el testamento que poseía Yuka no tenía ninguna clase de legalidad judicial, por lo que él pensaba que sus abogados se defenderían diciendo que el testamento que ellos poseían tampoco era legal, era por eso que Sesshoumaru había solicitado la presencia del antiguo abogado ante el fiscal, para que se verificara de forma oportuna quien había redactado el documento.

Todos aquellos encuentros venían terminando y finalmente les habían dado fecha para el fallo, dentro de dos semanas se presentarían nuevamente en el tribunal, en aquella ocasión sí debería reunirse en la misma sala con Yuka, y no individualmente como se había estado haciendo.

Si decía que no le preocupaba lo que Yuka pudiese hacer, estaría mintiendo, la creía capaz de hacer cualquier cosa. Pero al menos de momento no se había presentado ningún inconveniente.

Kamui Fat por otro lado, parecía haber abandonado Japón, no se había sabido nada más sobre él tras el intento de secuestro.

Sin duda alguna era mucho lo que debía agradecerle a Sesshoumaru, sin él probablemente estaría muerta o en manos de Kamui en alguna parte desconocida del mundo.

Su periodo había llegado sin falta en los días correspondientes, por lo que estaba segura de no haber quedado embarazada. Ella durante aquel mes había tomado juiciosamente los anticonceptivos, de modo que no habría sorpresas.

Estaba en su habitación terminando de arreglar la ropa limpia, vio el reloj en su mesita de noche, 22:30; aquel había resultado ser un largo día, mientras terminaban de organizar todo en el tribunal, por lo que se prepararía un té y se acostaría.

Fue hasta la cocina y se encontró a Sesshoumaru en la sala, estaba en el sofá revisando su laptop y con un montón de documentos sobre la mesa y a su lado. Durante aquel mes se había fijado en que el solía trabajar hasta muy tarde y más de una vez lo había tenido que obligar a separarse de la laptop para que comiera decentemente. Cuando él se sumergía en su trabajo lo hacía en serio.

Se acercó hasta él en silencio y echó un vistazo a lo que hacía, redactaba un informe del caso del testamento. Rin soltó un suspiro.

—¿Sigues con eso? —preguntó mientras se dirigía a la cocina.

—Debo terminarlo antes de…

—Antes del fallo, que es en dos semanas. Tómatelo con calma —al decir aquello, Sesshoumaru le dedico una mirada iracunda, como si no entendiese que significaba lo que le decía.

En la cocina vio que él había montado todo para preparar café, y que ya pronto estaría listo. Al verlo hizo un mohín, Sesshoumaru pensaba trabajar hasta tarde, nuevamente. Espero hasta que el café estuviese para apagar la cafetera. Después fue hasta Sesshoumaru, se acercó despacio hasta quedar de pie a espaldas del sofá. El ojidorado parecía absorto en la pantalla del ordenador. Pasó sus brazos alrededor del cuello de él, sorprendiéndolo al instante.

—¿Qué…?

—Deja eso —aprovechó cuando el hombre volteó el rostro para darle un beso en los labios, sorprendiéndolo aún más.

Durante aquel mes, que llevaban compartiendo su intimidad, había aprendido a manejar la tentación que ejercía sobre Sesshoumaru. Habían logrado mantener su relación en un plano físico, o al menos eso era lo que ambos intentaban hacerse creer.

Sesshoumaru se separó del beso y mencionó el nombre de ella. Rin rodeó el sofá y se plantó justo al frente del dueño de los ojos ámbar. Apartó con cuidado los documentos y los dejó en la mesa, cuando fue a tomar la laptop, el ojidorado la detuvo.

—No, debo trabajar.

—Suficiente trabajo por hoy, señor abogado. Es hora de ir a la cama —tomó la laptop y la dejó sobre los documentos.

De la forma más insinuante que pudo se sentó a horcajadas en las piernas de Sesshoumaru, terminando su acrobacia con un beso.

Con sus manos comenzó a desabotonar la camisa de él, acariciando en el trayecto su pecho y abdomen. Se separó del beso y recorrió la mandíbula y cuello de él, dando pequeños besos.

—Maldita sea —le escuchó gruñir, y segundos después Sesshoumaru estaba de pie, ella con sus piernas rodeando su cintura, y pasó sus brazos alrededor de su cuello para mayor estabilidad. De aquella manera se dirigió hasta el cuarto de ella.

Todos sus encuentros habían tenido lugar allí. Nunca en la recamara de él. Ese era una especie de santuario, sentía que al comenzar a tener relaciones allí, todo sería más serio, más emocional.

A Sesshoumaru realmente le había sorprendido que Rin actuase de aquella manera, pero más le había sorprendido que él fuese capaz de dejar a un lado el trabajo por irse con ella. Aquello era algo que no le había sucedido. Con Kagura siempre había sido el trabajo por encima de todo, incluyendo tener relaciones. Pero ahora, ni siquiera había intentado luchar en serio, simplemente se dejó seducir por la muchacha. La deseaba demasiado.

Creía que luego de un mes de sus encuentros, los que solían ser frecuentes, quizás habría cedido un poco el deseo inclemente de tenerla, pero al parecer sucedía lo contrario, la deseaba todavía más y más. Y lo que era aún más peligroso: comenzaba a anhelarla, se sentía bien a su lado, compartiendo momentos más allá del sexo.

Cuando llegaron a la habitación Sesshoumaru lanzó a Rin a la cama, se quitó con prisa la camisa que ya llevaba a medias, y sus pantalones; la muchacha a su vez se retiraba su diminuto y perfecto pijama. La admiró un segundo así, ella tendida en la cama, a su merced. Solo suya. Se subió a la cama y con sus manos le recorrió el cuerpo. La tersa piel era un encanto al tacto.

La escuchaba gemir cuando acariciaba aquellos lugares exactos que la hacían enloquecer lentamente.

Se sumergió en ella con parsimonia, deleitándose por cada centímetro avanzado. Realmente podría volverse adicto a tenerla, era absolutamente exquisita.

Comenzó el vaivén de sus caderas y ella se acoplo a su ritmo, siempre lo hacía, era como si sus cuerpos hubiesen sido para estar juntos, un puzle perfecto. Sincronía, equilibrio, éxtasis.

Se dejó ir en su interior cálido, escuchando los gemidos de ella como el más placentero de los conciertos. Sólo un poco después se dejó caer a su lado, recuperando la respiración.

Minutos después sintió como ella se movió a su lado, buscando su cobertor para el frío, y quiso, en ese momento, poder permanecer en aquel lugar, sólo unos minutos más a su lado.

—¿Sesshoumaru? —la escuchó llamarlo.

Como él no respondió Rin comenzó a moverlo. Finalmente terminó abriendo sus ojos para verla. Se veía hermosa con el cabello desordenado y sujetando el fino cobertor para cubrirse.

—Hora de ir a dormir —le dijo con una sonrisa. Aquella era su manera de hacerle saber que debía irse.

Aquel había sido su acuerdo, sexo, nada más. Nada de dormir juntos, caricias o charlas después de terminar, nada de eso. Y maldita sea. Estaba comenzando a odiar aquello.

—No lo creo —le dice para después tomarla en brazos y acomodarla a horcajadas sobre su cintura.

Si la forma de tenerla cerca era aquella, lo haría. La tomaría. Ella sería suya de todas las maneras.

Continuara...


Hello! Ha pasado mucho tiempo, tres meses, lo sé, no tengo perdón, como siempre.

¿Qué les puedo decir? Como ya leyeron, queda muy poco para que se dé el fallo del testamento, y les pregunto yo a ustedes: ¿Qué creen que pasara ahora?

Les dejaré con esa pequeña incógnita hasta el próximo capítulo.

Nos leemos!