Capitulo 7:
Cuando el sol entró a través de la ventana, Kagome se movió en la cama. Notó su cuerpo desnudo y abrió los ojos despacio. Se fijó en las sábanas negras que la envolvían, y luego sintió unos fuertes brazos que la abrazaban.
-Buenos días-le susurró una voz al oído.
Se dio la vuelta para encontrarse con aquel dulce demonio. Inuyasha la miraba sonriente, estrechándola entre sus brazos y disfrutando de su aroma.
-Buenos días-susurró ella, acurrucándose contra su pecho.
A su mente comenzaron a llegar los recuerdos de la noche anterior. Al principio había pasado muchísimo miedo, pero finalmente todo había acabado bien, y se había dado cuenta de que estaba enamorada de ese demonio.
-Esto me parece un sueño-susurró.
-Pues si es un sueño, no quiero que despierte, señorita-le susurró él al oído.
Ella sonrió y lo abrazó con más fuerza. Por primera vez se sentía dueña de sus actos, sin temer que su padre tomara una decisión que ella no deseara, o que le dieran órdenes que no deseaba acatar.
Mientras descansaba con la cabeza apoyada en el pecho de Inuyasha, recordó el retrato que la noche anterior había hallado en el suelo, en medio de los trocitos de cristal. La curiosidad la invadió, y sin poder evitarlo, preguntó:
-Inuyasha, la mujer de ese retrato que ayer estaba en el suelo… ¿Es Kikyo?
-¿Has visto el retrato?-preguntó enojado, mientras la apartaba de él y la miraba a los ojos.
-Sí-gimió asustada.
Él la miró una vez más, y al ver el miedo reflejado en sus ojos, su corazón se encogió. Volvió a abrazarla con fuerza, y entrelazó sus piernas con las de ella.
-Perdóname, no estoy acostumbrado a tratar con mujeres desde lo sucedido con Kikyo.
-No te preocupes-le respondió ella, sonriendo dulcemente.
Inuyasha suspiró dándose por vencido. Luego se armó de valor y se dispuso a contarle todo a Kagome.
-Sabía que tarde o temprano, si no te asesinaba, terminaría contándotelo. Así que comencemos por el principio.
Kagome lo miró a los ojos y escuchó con atención, deseando conocer la historia completa.
-Kikyo era la joven aristócrata más cortejada. Además de ser hermosa, era muy rica y poseía incontables tierras. Yo era simplemente su jardinero. Cuidaba de las rosas y las flores, podaba las plantas y cortaba la hierba. Ese jardín era el más bonito de toda la región, y cualquier visitante lo elogiaba.
Nadie se daba cuenta de mis sentimientos. Yo siempre me quedaba observando fijamente a Kikyo cuando paseaba por el jardín, y con frecuencia ella me dedicaba hermosas sonrisas que guardaba en lo más profundo de mi corazón. Hasta que un día se acercó a mí disimuladamente, y me susurró que nos encontráramos en el bosque, en un pequeño claro al que yo solía ir a jugar de niño, y donde una vez la había conocido. No dudé en ir, y llegué allí una hora antes de lo indicado.
Cuando ella llegó, me confesó que estaba enamorada de mí. Yo no salía de mi asombro, pero cuando ella me besó, le correspondí con todo el amor que albergaba en mi interior. Luego, ella exigió que yo saliera a acompañarla en sus paseos a caballo, y yo lo hacía gustosamente. Hasta que apareció Naraku.
Guardó silencio durante unos segundos, rememorando el día donde había aparecido aquel hombre. Sí, aquella había sido su perdición. Aquel maldito desalmado había echado a perder todo entre él y Kikyo.
-¿Quién era Naraku?-preguntó Kagome con voz triste.
-Él… Fue él que solicitó la mano de Kikyo, hablando con su padre. Tenía una extensión muy amplia de tierras y era muy avaricioso, por lo que deseaba poseerlo todo. Y para ello, quería casarse con Kikyo, porque tendría a la mujer más cortejada y un número increíble de tierras. Claro estaba, el padre de Kikyo no pudo rechazarlo, pues la oferta era extremadamente tentadora.
Aun sabiendo que ella se casaría, me juró que estaba enamorada de mí y que seguiría visitándome a escondidas. Y seguimos viéndonos, aunque con los preparativos de la boda nuestros encuentros eran cada vez menos frecuentes y más cortos.
A pesar de todo, ella seguía saliendo a cabalgar, aunque ya no requería mi presencia con tanta asiduidad. Pero igualmente, cuando ella salía, yo la acompañaba sin que se diera cuenta, por si algo sucedía. Estaba muy cerca de ella, pero nunca notaba mi presencia. Fue en una de esas cabalgatas cuando el lobo me dejó la cicatriz. Y fue entonces cuando mi amor comenzó a quebrarse, ya que el verla huir y no hacer nada por ayudarme, ni siquiera gritar o enviar ayuda, me afectó.
-Fue muy cruel de su parte…-murmuró Kagome.
-Lo se….-respondió.
Durante un momento Inuyasha volvió a guardar silencio, estrechando a Kagome fuertemente contra él. Luego, suspiró.
-Se casaron cuatro semanas después de mi accidente. Kikyo decía que se compadecía de mí, que me quería, pero cada vez era más fría y menos accesible. Ya no me trataba igual. Y un día, una semana antes de su boda, vino a nuestro encuentro acompañada de Naraku.
Ambos se rieron de mí por mi ingenuidad, y ella se burló de mi amor, diciendo que no me amaba. Había sido un completo estúpido al confiar en ella. Según sus propias palabras, lo único que quería era un vasallo que le siguiera los pasos como un perro, alguien dispuesto a dar su vida por ella, algún tonto enamorado como yo. Me odiaba, eso fue lo que ella me dijo.
Se rumoreaba que tenía alguna clase de poderes sobrenaturales. Y aquella noche me lo demostró. Naraku la obligó a embrujarme, en contra de su voluntad. Pero ella, finalmente, siguió las órdenes de su futuro esposo y me hechizó. Desde entonces, cada noche vagué en busca de un lugar donde ocultarme, y encontré este castillo. Luego en el bosque buscaba las víctimas, aunque muy a mi pesar, pues no quería herir a nadie, y mucho menos matar.
Un año después supe que Kikyo había muerto de pena, y que Naraku había desaparecido junto con su cadáver. Poco después lo hallaron muerto, nadie supo la razón. Nadie, excepto yo. Yo lo maté en un arrebato de furia. Pero no me arrepiento. Después el amor que sentía por Kikyo se fue desvaneciendo poco a poco, hasta que desapareció. Por ella solo siento lástima ahora, aunque nunca podré borrar de mi corazón los buenos momentos que pasé a su lado.
El silencio se hizo presente en la habitación. Ninguno de los dos habló durante un tiempo.
Kagome asimilaba en silencio cada palabra que aquel demonio le había dicho. Sin duda, era una trágica historia de amor que perduraría por siempre Sin duda, era una trágica historia de amor que perduraría por siempre como leyenda, aunque nadie la conociera con detalles. Siempre se hablaría de aquel demonio asesino, hechizado por una hermosa mujer que lo odiaba. Nadie podría cambiar aquello.
Suspiró triste ante tal destino. Él no quería ser lo que era, no lo había pedido y mucho menos lo había deseado. Estaba segura de que en lo más profundo de su corazón siempre amaría a Kikyo, por mucho que fingiera odiarla por el hechizo que lo había agobiado durante tanto tiempo.
Un brillo de esperanza iluminó su mirada por unos segundos. Se incorporó un poco en la cama y lo miró a los ojos seriamente.
-¿Y no hay algún modo de romper la maldición?-preguntó inocentemente.
-Lo hay, pero es imposible que suceda.
-Miroku dijo algo. Dijo que yo era la única que podía ayudarte a romper la maldición. ¿Cómo? ¿Qué tengo que hacer?
Inuyasha la miró con los ojos consumidos por la tristeza. La abrazó y la mantuvo así durante mucho tiempo.
-No tienes que hacer nada, ya has hecho demasiado al no odiarme por todo lo que te hice.
-No podría odiarte aunque quisiera-le respondió-. Pero si hay alguna manera de que pueda romper el hechizo, sea cual sea…
-No-dijo él, cortante-. Nada de eso sucederá.
Se apartó de ella y se levantó de la cama. De nuevo volvía a ser aquel ser frío e inexpresivo, que no permitía que nadie entrara en su corazón.
Kagome lo vio vestirse, envuelta en las sábanas negras, y dejó escapar unas lágrimas que recorrieron sus que recorrieron sus mejillas.
¡Qué ilusa era! ¿Qué esperaba? ¿Qué después de lo sucedido él la amara? No, eso era imposible. Por mucho que intentara ocultarlo, él siempre amaría a Kikyo. No podía enamorarse de ella, jamás la amaría. Kagome solo era para él una distracción, una imagen renovada de la antigua Kikyo.
-Puedes irte a casa si quieres-dijo él dándole la espalda-. No te lo impediré. Sobreviviste a la noche donde debías haber muerto. Ya no tienes nada que hacer aquí.
-Pero…-quiso protestar, pero él no la dejó.
-¡Márchate!-le gritó, y luego salió de la habitación.
Kagome gimió y lloró amargamente. ¿Cómo podía haberse enamorado de él? ¿Qué esperaba recibir? ¿Cariño, amor? Creía que por fin había encontrado a la persona que la querría por como era, que la amaría toda su vida, y que la salvaría de las garras de su padre. Pero no, él simplemente le abría los brazos para acunarla, y luego la lanzaba lejos, como si dejara una paloma volar en libertad. Ella no quería ser una paloma liberada, quería ser la persona que estuviera a su lado, que lo ayudara y que lo cuidara. Pero él no se lo permitiría. Lo sentía.
Continuó llorando hasta que la puerta se abrió. Levantó la cabeza y observó a la persona que se hallaba de pie, cerrando la puerta. Era Sango.
-Buenos días-le sonrió-. He venido para ayudaros a vestiros.
-Gracias-murmuró Kagome mientras se secaba las lágrimas.
Sango se acercó a ella y se sentó en la orilla de la cama, apoyando una mano sobre la de Kagome amistosamente.
-¿Te pasa algo?-le dijo sonriendo-. Puedes confiar en mí y contarme lo que sea.
Kagome la observó y miró sus ojos oscuros que parecían tan sinceros… Volvió a derrumbarse y se lanzó a sus brazos, sollozando de nuevo.
-Sango-gimió en medio de las lágrimas-. Me he enamorado de él, y él me odia.
Sango la abrazó cariñosamente.
-Kagome, hay muchas cosas que explicar…
-He hablado con él, me ha contado lo que le pasó con Kikyo. Y luego se ha marchado de aquí, diciéndome que me fuera a casa. ¡No lo entiendo!-golpeó el colchón con el puño-. Le pregunté que podía hacer para romper la maldición, y no me lo dijo. ¡Me dijo que me fuera!
-Kagome…-Sango suspiró-. Escúchame, para Inuyasha esto no es fácil. Solo hay una forma de romper el hechizo, y para él no es fácil aceptarlo.
-¿Pero cual es?-se secó las lágrimas-. Quiero ayudarle, daría lo que fuera necesario. Le quiero.
-Escúchame, la maldición solo se romperá cuando el vuelva a enamorarse de otra mujer. Hasta ahora ninguna mujer ha sobrevivido, en cambio tú si. Eres la única que puede devolverle la vida de un ser humano, pero para ello tiene que enamorarse de ti-Sango suspiró-. Pero le recuerdas a Kikyo porque te pareces mucho a ella. Estoy segura de que sabe que sois muy diferentes, pero no puede evitar temer por lo que pueda volver a suceder. Muchas veces todavía llora de rabia recordando a Kikyo.
-Pero quiero ayudarle, Sango, aunque me cueste la vida. Quiero estar con él…
-Por el momento quizás deberías hacer lo que él te dijo e irte a casa.
-¡No!-gritó Kagome desesperada-. Si vuelvo tendré que casarme con ese viejo, y no quiero.
-Entonces quédate y acércate a él despacio, poco a poco. Cuando comprenda que lo quieres y que él corresponde tus sentimientos, entonces todo será más sencillo-la joven le sonrió-. Vamos, te ayudaré a vestirte. Y recuerda: no dejes que te vea a menudo, que sea de vez en cuando.
-¿Por qué no pudo estar con él?
-Tiene que asimilar lo sucedido. Esta noche han sucedido muchas cosas entre vosotros, y tiene que hacerse a la idea. No te preocupes, cuando comprenda que siente algo más que una simple atracción por ti, él mismo te buscará y podréis hablar y estar juntos. Mientras tanto, procura evitarlo.
-De acuerdo.
Sango tenía razón. Debía evitarlo y dejarle tiempo para pensar. Además ella también debía asimilar lo sucedido.
Dejó que Sango la ayudara a vestirse con un vestido sencillo de color azul oscuro. No tenía adornos, salvo una cinta blanca que le caía desde la cintura hasta el final del traje y otra cinta a juego para recogerse el cabello. Sango se lo recogió en un moño bastante apretado con algunos cabellos que se escapaban a un lado. Estaba preciosa.
-Lista-sonrió-. Ahora puedes bajar. Si quieres puedes ir a pasear por el bosque, el que hay al otro lado de las caballerizas. En estos momentos, Inuyasha estará cuidando de sus rosas negras.
-De acuerdo-asintió Kagome, y salió de la habitación para dar un largo y reconfortante paseo.
Continuara…
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