La luz roja de los pasillos era bastante incómoda cuando alguien necesitaba correr a través de ellos, como por ejemplo, en un intento de huída, y por lo mismo el ritmo de sus pasos era más lento de lo acostumbrado. USB en mano, la agente no tenía nada más para defenderse de la horda de sombras que la estaban cazando. ¿Qué haría? ¿Improvisar? No era una novedad. Tendría que ingeniárselas para poder salir convida de esa situación tan estrecha... aunque dudaba de ello. Un par de vueltas por unos puentes de metal, y al verse acorralada, saltó al vacío para caer en un par de tubos que por buena suerte estuvieron ahí para ella. Los disparos empezaron a rebotar por el metal de las instalaciones, y un par de ellos dejaron marcas en la piel de la pelirroja, que no hizo más que quejarse del dolor y continuar corriendo. Finalmente, la viuda negra se vio atrapada por depredadores más grandes que ella, y tal como un insecto, casi aplastad por una bota de magnitudes inimaginables. La memoria flash se perdió, y con ella la información que aseguraba un levantamiento en contra del régimen. Las horas de vida de la agente estaban contadas. Mientras, los cerdos de la gestapo aprovecharon para saciar sus placeres carnales con ella una y otra vez cuales bestias en celo, y cuando el amanecer llegó, el lento desmembramiento de la traidora se transmitió a nivel mundial... y Natasha Romanoff abandonó la vida para unirse a la larga lista de guerreros caídos en la esperanza de la libertad.
Clinton abrió los ojos de golpe en medio de la oscuridad de la habitación. Su frente estaba perlada de un intenso sudor frío, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Había sido solo un sueño... pero su pecho lo resentía como si lo hubiese presenciado en vivo. Su pulso estaba acelerado, y se sentía demasiado alterado para si quiera considerar volver a dormir. Su mirada vagó melancólicamente por la bruma de la noche, hallando la tenue luz de la lámpara que estaba a un lado de la cama de su hijo, y ahí le vio a él, dormido, con una expresión serena y tranquila, una que él añoraba desde hacía muchos años y que jamás había podido recuperar desde que iniciaron los primeros movimientos de "Los Científicos". Al ver a Theodore así, no podía evitar pensar en las cosas que le harían ahora que habían salido de la habitación, aunque él mismo no podía imaginárselo del todo, pero lo suponía. Lo único que estaba en sus manos era hacer más llevadero todo eso para su pequeño, y de paso adiestrarlo para que pueda defenderse.
Así pasó toda la noche, en vela, y las ligeras ojeras que se le pintaron a la mañana siguiente lo delataron. Era hora de levantarse, y por supuesto Teddy ya estaba más que listo cuando Clinton dijo que irían a tomar el desayuno. En un día, todo el sector se había enterado del regreso del agente, aunque la mayoría no lo creía. Y por eso las miradas en el comedor no hicieron falta. Tal y como en el día anterior, los que le vieron se quedaron tan atónitos como quien ve a un fantasma. La cara de fastidio del halcón se hizo presente, y solo ignoró ese hecho, para llevarse al niño a la barra de pedidos. Los cocineros habían recibido órdenes para cocinar comida especial para el pequeño experimento aunque no supieran de su naturaleza como tal. Así que lo recibieron con su comida correspondiente, y a Clint con un plato igual al de los demás. Aislados de todos, se sentaron en una mesa vacía del lugar. Tedd estaba feliz por ese nuevo día, por todo en realidad. Nunca había visto a tanta gente junta, y lejos de incomodarle, le entusiasmaba, porque pronto sería como ellos. Miró a su padre con una amplia sonrisa, el rubio mayor correspondió a esta con otra un poco más apagada, y comenzó a comer. Hawkeye solo jugaba con lo que había en su plato, no tenía apetito, y sin embargo después de unos minutos, se forzó a comer. Tenía que recuperar condición física. Había bajado mucho de peso, y su cuerpo en sí se sentía atrofiado por el encuartelamiento. Con algo de esfuerzo, finalizó el desayuno a la par del niño. Y juntos, se fueron a la sala de entrenamiento que el coronel Rogers les había asignado sin saber que Clinton iría acompañado.
- ¿Me vas a enseñar a pelear?- Preguntó en seguida el rubio menor.
- Mmm... Sí, pero primero hay que calentar un poco.- El arquero le amplió una sonrisa sincera.
Empezaron con estiramientos, a Clinton le hacían mucha falta. Sus músculos se tensaban y se sentía bastante bien. Una vez estuvieron listos, comenzaron a trotar alrededor de la pista, y poco a poco, Clinton fue subiendo su velocidad. Para Theodore no parecía complicado seguirle el paso a su padre, incluso de manera involuntaria comenzaba a rebasarle. El agente pronto sintió que le faltaba el aire y bajó su ritmo para poder respirar un poco, razón por la cual el pequeño se detuvo para ver a su papá con preocupación.
- ¿Estás bien?- Preguntó con curiosidad al ver que respiraba hondamente.
- Sí... Es solo que... ya perdí condición.- Dio un suspiro, y se irguió para respirar una vez más y estirarse otro tanto. - Ven, vamos a seguir.
Así, ambos continuaron trotando, esta vez a un ritmo más lento, porque al rubio mayor se le dificultaba correr más sin sentir que desfallecería.
- Tedd, corre más rápido.- Indicó de repente el arquero. - Trata de correr lo más rápido que puedas.
El pequeño le miró con la duda marcada en su expresión, pero no tardo en obedecer, y en cuestión de segundos, su velocidad aumentó de una manera bastante impresionante. Pronto, la distancia que los separaba a ambos se hizo mucho mayor, y después de un par de minutos, la diferencia era de una vuelta. Clinton se detuvo impresionado al ver la velocidad que había adquirido su hijo. Si lo comparara, podría decir que iba al ritmo de Steve, y eso era mucho decir.
- ¡Corre con todas tus fuerzas!- Le alentó más el arquero, y el menor obedeció.
Teddy se impulsó hacia adelante, frunciendo el ceño, y su velocidad aumentó aún más, comenzando incluso a sudar por el esfuerzo. Después de cinco vueltas, se detuvo en donde estaba su padre, sintiéndose lo suficientemente agitado. Miró a su papá, y sus ojos habían cambiado de matiz, ahora brillaban de un verde esmeralda que a Clinton se le hacía conocido. El agente abrió grande los ojos por la impresión, con la mirada de ese color, ahora podía notar el parecido que tenía con la de Bruce. Era increíble...
- ¿Cómo te sientes?- El arquero se inclinó un poco para examinarlo. Tenía que estar alerta, no sabía si Tedd podía transformarse como su otro padre, así que debía de probarlo.
- Wow... Me siento... lleno de energía.- Dijo el pequeño mientras jadeaba, y sonrió con entusiasmo. - ¿Viste qué rápido corrí?
- Lo vi perfectamente.- Comentó el agente, y le revolvió el cabello cariñosamente. - ¿No sientes como... exceso de energía o que te vas a descontrolar?
- No, me siento bien.
- Bien... Entonces creo que podemos iniciar con tu entrenamiento.
- ¡Sí!- Tedd dio un salto en el aire por la emoción, y Clinton sonrió por ello.
Lo primero en la lista mental del agente era una buena sesión de obstáculos, a los cuales él casi muere, y su hijo tan fresco como una lechuga seguía el paso maravillosamente con saltos ágiles que nunca se imaginó que daría. Luego de unas horas, Theodore se encontraba dando volteretas y giros por todos lados como si de un gimnasta se tratara. El pequeño aprendía muy rápido en el aspecto kinestésico, y eso exaltaba a Clint. Después de eso, un poco de fuerza venía de maravilla. De nuevo, Tedd impresionaba con la cantidad de peso que podía cargar y jalar, cantidades que doblaban e incluso triplicaban su peso. Sus ojos de nuevo parecían una amenaza, y sumados a ellos, unas venas del mismo color esmeralda se pintaron en el cuerpo de 9 años de Tedd, alarmando a Clinton. Sin embargo, solo se quedó estático en su lugar observando a su hijo. Parecía tener control sobre su cuerpo, que parecía estar haciendo esfuerzo por el ejercicio. Dentro de la habitación no se había esforzado con tanto peso como ahora, y era una buena manera de ponerlo a prueba. Ahora que tenía las marcas de adrenalina, su cuerpo podía soportar más peso que antes, y eso era ciertamente impresionante. Si lo analizaba, Theodore aumentaba su fuerza conforme aumentaba su adrenalina, así como la fuerza de Bruce aumentaba cuando se enojaba.
- Teddy, ¿Cómo te sientes?- Preguntó una vez más el arquero.
- No lo sé...- Contestó mascullando el pequeño. - Siento como una presión... como si estuviera enojado... Pero es agradable, porque siento que tengo más fuerza.- Con las pesas en la espalda, se levantó del suelo para cargar más de 200kg sobre sí mientras gruñía sutilmente por el esfuerzo.
- Creo... que es suficiente por hoy.- Comentó finalmente el arquero, sintiéndose un poco nervioso, y suspiró cuando su hijo tiró las pesas a un lado y le sonrió con toda la naturaleza del mundo.
La hora del almuerzo llegó, y muchos en el comedor se impresionaron de la gran cantidad de alimentos que ingirió el niño. Para el arquero era algo normal, así que ni si quiera se molestó en mirar a aquellos que observaban con asombro al pequeño experimento. Después de almorzar, llegó la hora de las clases de Theodore, y Clinton sintió miedo cuando Connors se lo llevaba. Sin embargo, se tranquilizó al presenciar que efectivamente solo le estaban dando cátedra. Theodore aprendía muy rápido. En una clase había aprendido sobre anatomía y cálculo, y su nivel de retención era impresionante.
- Eres tan inteligente como tu padre.- Comentó el arquero cuando estaban rumbo a las duchas.
- ¿Tú también sabes todo eso?- Preguntó con curiosidad el pequeño.
- No, yo no soy tan listo. Me refería a tu otro padre, Bruce.- Sonrió, pero su mirada se apagó por un momento.
- ¿Papá Bruce sabe de eso?
- Sabe eso y muchas cosas más. Es muy inteligente, no por nada es el mejor científico del mundo.- Clinton amplió su sonrisa al hablar de Bruce, aunque igual le dolía.
- Vaya... Quiero ser tan inteligente como él.- Habló con entusiasmo el pequeño, y segundos después se puso serio. - Papá... ¿cuándo voy a conocer a papá Bruce?
Esa pregunta crispó un poco a Clinton. Se detuvo en el pasillo un momento sin saber qué responder y con la mirada curiosa de Teddy sobre él.
- No lo sé... Es muy difícil que podamos verlo.
- ¿Por qué?
- Porque... Digamos que él no trabaja aquí.
- ¿Y en dónde trabaja él?
- Luego te digo.- Finalizó con una sutil sonrisa, dejando a su hijo con la duda.
Luego del baño, lo único que Clinton quería hacer era descansar un poco, y lo bueno es que no tenía nada más qué hacer, solo platicar con su hijo. Estando ya en su habitación, buscó entre todas sus pertenencias. Estaba seguro de que debía de tener alguna foto de Bruce con él, y finalmente la encontró. El pequeño cuadro de papel fotográfico viejo y roído pasó a las manos de Theodore, quien miró al hombre de la imagen con asombro.
- ¿Él es... Bruce?
- Doctor Robert Bruce Banner.- Enfatizó en ello con un sutil aire de orgullo. - Él es tu otro papá.
No hubiera sabido describir la mirada de Teddy en esos momentos. Era como si estuviera en shock, pero a la vez como si estuviera consciente de la realidad. Una suave sonrisa se curvó en sus labios, y su mejilla fue acariciada por una lágrima, que secó al instante con su mano.
- Es real...- Fue todo lo que murmuró el rubio menor, y los brazos de su padre le rodearon con calidez.
Esa expresión sorprendió un poco a Clinton. Claro, para Teddy, la mención de Bruce era como un sueño, porque nunca lo había visto en persona, y alguien tan inteligente como él pensó incluso que podían estarlo engañando. Pero no, ahí estaba el hombre del que tanto le había hablado papá Clint. Ahora ya no se sentía del todo como un experimento, ahora tomaba consciencia de que también era un niño con padres y que al final, tal vez no solo era un objeto para el régimen. Theodore se sentía feliz, y ahora alojaba la esperanza real de algún día poder conocer a papá Bruce en persona.
