Vlad bebió la sangre directo de la petaca.
"Van Helsing, Gabriel "siseó.
El hombre que lo mato, que nunca le dio una oportunidad, al igual que Valerius el Más Viejo. Se mordió, un mechón de su propio pelo y dio vueltas, vueltas y vueltas en su camarote, aplicando ejercicios de respiración para tranquilizarse.
Si lo mataba, llamaría la atención. No podía, pero quería hacerlo.
Para distenderse de su pena, optó por crear y no destruir, así que buscó el boceto en el que había estado trabajando entre sus papeles.
Los revisó y no, no había un boceto. Bueno, quizás estaba en su abrigo. Diez minutos después de hurgar entre sus pertenencias, bolsillos y cajones, llego a la conclusión: había extraviado el dibujo. Lo único bueno del proceso fue que su camarote quedo hecho un desastre por ordenar y distender su mente de un asesinato.
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Anna estaba devolviendo sus papelitos al cofre, sentada en la cama. Fue entonces que vio aquel papel blanco doblado por la mitad. Lo desdobló y allí estaban el océano y el barco cincelados en grafito. Los trazos eran finos, suaves. El Sol era lo único con color. Bueno, estaba coloreado casi por completo. ¿Cómo sería, una vez acabado?
Bufó. Otra pertenencia del señor Wagner que devolver.
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Toques fuertes en la puerta la despertaron. Anna se puso una bata y abrió la puerta para encontrar la cara de un muy asustado Carl.
—Es Gabriel. Tiene una pesadilla terrible, no he podido despertarle, menudo jaleo está armando. Ven, ayúdame, por favor.
Se puso la chaqueta sobre su bata y fue con Carl a la habitación que el monje compartida con el cazador. Van jadeaba, gemía, se retorcía en su lecho. Su atractivo rostro estaba perlado en sudor. Oh, Dios mío. Ella había estado con un desconocido mientras él sufría cada noche. Se aproximó a él.
—Gabriel, soy Anna. Despierta, es un sueño. Lo zamarreó de un hombro y él despertó.
— ¿Anna, qué haces aquí?
—Tenías una pesadilla. ¿Siempre las tienes?
—Siempre. Es por eso que Carl duerme aquí, de día. Estoy bien, Carl. Solo fue una pesadilla.
— ¿Sobre qué era?-
Anna no se despegaba del abrazo. Gabriel comenzó a sentir que la esperanza y la calma volvían a él.
—Sobre batallas pasadas. Y una mujer, rubia, hermosa, aterradora, sumamente sensual. Y tiene sus labios manchados de sangre…
—Oh...
—Tranquila, no creo que sea una novia de Drácula.
Él decía esto para tranquilizar a Anna, y en parte era cierto. No tenía el porte de una concubina ni de una princesa, sino la de una reina. Pues con solo a mirada y la sonrisa de esa podrían haber hecho que cientos de imperios cayeran a sus pies.
Anna ¿Pasarías la noche conmigo? — pidió Van.
Ella no podía negarse, no ahora, cuando la culpa la invadía. Esto era su culpa. No importaba cuanto le asqueará las grandes manos de Van en sus caderas, ni el hecho de que la sostuviera tan fuerte en contra de él que podía sentirlo refregándose contra ella. ¿No era ese su deber para con él? Ella se había portado mal y él estaba sufriendo, se dijo. Después de todo, siempre era su culpa. Si Velkan no la hubiera salvado o mejor si ella no hubiera nacido….
Aceptó. Después de todo, se lo debía. Y así, fuertemente abrazados, pasaron la noche juntos.
