Nota: Los personajes y el mundo de la JK no son míos ni lo serán jamás de los jamases. Y punto.
Ésta vez actualizo como una persona decente. Veamos veamos... ¿por dónde lo dejamos. Oh, ya lo recuerdo. :)
Muchas gracias a todos porque me ha hecho mucha ilusión ver que pese a mi falta enoooooooooorme de un año aún hay gente que sigue y apoya ésto. Sois la caña :)
8 - Edith McDesquiciada
—¡¿Dónde narices estabas?!
Nott se volteó hacia Scorpius y lo miró con las cejas levantadas. Era un gesto indicativo, que me dejaba claro que Malfoy le había hecho pasar uno de de sus conocidos momentos ridículamente surrealistas. Scorpius era dado a hacer cosas totalmente absurdas con la mayor seriedad del mundo, cosas que para él eran de vital importancia y para el resto del mundo los peores momentos de vergüenza ajena de la historia.
—He intentado meterme en la Sección Prohibida para sacar libros de Quidttich —Contestó, con la más absoluta de las tranquilidades.
Mi cara debió de ser un poema. Desgraciadamente no tenía un espejo a mano para verla. Nott me miró, podía ver la molestia en sus ojos, y agitó la cabeza.
—Corrijo: ha intentado sobornar —hizo hincapié en esa última palabra, resaltando cada una de sus sílabas— a la bibliotecaria para que le dejase entrar. Y por poco avisa a McGonagall. No te haces a la idea de lo estúpido y bochornoso que ha sido ese momento.
Miré a Malfoy con absoluta estupefacción. Durante los años que lo conozco, a veces pienso, sinceramente, todavía a día de hoy, que se echa pociones en el pelo para hacérselo más rubio y éstas le afectan irremediablemente a su cerebro. Porque conductas como la de aquel día solo son explicables con eso.
O eso o que es retrasado. Pero prefiero darle un voto de confianza respecto a sus capacidades intelectuales.
—¿Qué has hecho qué? —no me salió otra cosa.
Scorpius se encogió de hombros con suficiencia.
—Tenía que probar alternativas.
Nott y yo nos miramos, ambos con la misma cara de desesperación. Scorpius tenía el don de cometer las acciones más surrealistas posibles y, después de comprobar que no podían salir bien, seguir con la concepción de que hacer lo que hacía era lo más normal del mundo.
A mí cuando se ponía en ese plan me daban ganas de partirle la varita en la cabeza. Ahora ya he aprendido a llevar mejor esa actitud.
—La alternativa, pedazo de imbécil, es que por una vez tengamos sentido común y no nos presentemos a las pruebas —le dije, bastante cabreado.
—Eso nunca, Potter —Malfoy sonrió con seguridad—. Lo lograremos, estoy seguro.
—Scorpius, hace dos años quisiste denunciar a la casa Nimbus porque te caíste de una de sus escobas y te hiciste un arañazo en la rodilla —intervino Nott. El muchacho ya había recobrado su calma habitual y hablaba en un tono más bien cansino.
—Era joven e inexperto.
—Eras un idiota, como ahora —le corregí yo—. No lo vamos a conseguir.
—¿No vais a conseguir el qué?
Los tres nos volteamos hacia atrás. Habíamos formado una especie de triángulo cerrado, hablando en reunión. Justo a nuestro lado pude ver a mi prima Dominique, cruzada de brazos y con una ceja enarcada. Su pelo rubio, cortado a la altura del cuello, estaba bastante desordenado.
—Nada —le contesté, intentando aparentar normalidad.
En mi familia nos queríamos mucho, pero no nos respetábamos nada. Si Dominique se enteraba se lo diría a Rose, y ambas formarían parte de nuestro club de no-animadoras, público expectante de los momentos más ridículos que yo o Malfoy pudiésemos tener.
—Tu primo y éste imbécil piensan presentarse a las pruebas para el equipo de Quidditch.
Creo que aquella fue una de las pocas veces en las que he mirado a Nott con ganas de asesinarlo.
Cuando volteé la vista para fijarme en la reacción de mi prima, pude ver una serie de cambios de estado emocional en sus gestos: el primero fue de absoluta estupefacción, el segundo de escudriñamiento hacia mi figura y la de Malfoy, y el tercero fue una gran carcajada capaz de bajarle el autoestima incluso a mi hermano James.
Dominique nos señaló, sin dejar de reírse.
—¿Vosotros dos? —le costaba hablar entre carcajada y carcajada— ¿A Quidditch? ¡Venga Ya!
—En tu familia no te tienen respeto, eh, Albus —Se choteó Malfoy, que al parecer no se percató de que Dominique también se estaba riendo de él a base de bien.
—No se lo digas a Rose —Supliqué, haciendo caso omiso de las tonterías de Scorpius.
Al escucharme hablar, Dominique hizo un esfuerzo sobrehumano por dejar de reír y me miró, cruzándose de brazos.
—Yo necesito acompañamiento para la sesión de comedia de hoy, no esperarás que vaya sola a reírme ¿no?
Y volvió a soltar una gran carcajada.
—Sois lo peor —mi voz sonó verdaderamente afectada.
Dominique ladeó una sonrisa.
—Querido primito, las serpientes somos depredadores —me contestó, con malicia en sus ojos azules—-. Y los depredadores hembra siempre han sido mucho peores.
Mi mejor amigo era un idiota, mi prima una histérica, mi hermano un ególatra narcisista con exceso de autoestima, y ahora mi otra prima resultaba ser una pequeña arpía. A veces tenía, y sigo teniendo, la sensación de que en mi vida, el único medianamente cuerdo era yo.
Aunque ahora, a éstas alturas de mi vida, ya no sé si el loco soy yo o lo son ellos.
Rose tuvo un episodio de risa histérica parecido al de Dominique, pero la logré apaciguar diciéndole que Malfoy había intentado sobornar a la bibliotecaria para entrar en la Sección Prohibida y así encontrar libros para hacer trampas. Su sentido de la responsabilidad y el valor de ley se activó y su risa desapareció, transformándose en un par de bramidos furibundos hacia Scorpius, el cual no dudó en soltarle un par de frases sarcásticas y pasar de ella olímpicamente.
Después de esa leve introducción a: todos saben que vamos a hacer la prueba y se ríen de nosotros, decidimos ir al campo de Quidditch a aprovechar el poco tiempo que nos quedaba. Yo tenía una escoba Nimbus 3000 que me había regalado mi padre por mi cumpleaños. Scorpius tenía una Numbus 3001. Los dos íbamos bien equipados pero éramos unos auténticos lastres. Era maravilloso.
Además, no pudimos practicar porque el campo ya estaba ocupado por el capitán y el equipo de nuestra casa, lo que terminó de rematar las buenas señales que auguraban un verdadero desastre para nosotros.
Y, por si fuera poco; Rose, Dominique y Nott se despidieron de nosotros con unas sonrisas de oreja a oreja.
—Serán cabrones…
—Tranquilo, Potter, se tendrán que callar después de nuestra actuación.
Seguía sin creer que Malfoy estuviese tan convencido de sí mismo. Por favor, nos iban a machacar. Rodé los ojos, al menos no había gente de otras casas a la vista. Pude ver como mis amigos se colocaban en una de las tribunas; Nott estaba en medio de las dos chicas y parecía calmarlas a ambas. Mis primas, sangre de mi sangre, no paraban de cuchichear entre ellas y reírse.
Siempre me ha encantado recibir tal apoyo familiar. Es fantástico.
Por favor, insertar ahí arriba un vociferador sarcástico, gracias.
Cuando acudimos al campo, nos encontramos con el equipo de Slytherin al completo. Todos eran alumnos mayores que nosotros, y yo diría que el más joven sería de cuarto. Al vernos, más de uno empezó a reírse. No se cortaban, nos miraban, de arriba abajo, se cercioraban de que no debíamos tener más de once o doce años (pues yo nunca me he distinguido por ser excesivamente alto y Scorpius, a día de hoy, todavía conserva su expresión infantil) y dejaban correr un sinfín de carcajadas al, además, percatarse de lo endebles y pusilánimes que parecíamos.
Pero lo mejor no fue eso, no, lo más divertido de todo fue observar a algunos de los otros postulantes a los puestos que Scorpius y yo requeríamos. Ellos también eran mayores, mucho más altos, bastante más fuertes y con aspecto ligeramente amenazador. Vamos, que si en aquel momento no salí corriendo fue porque provengo de una rama ancestral de Gryffindors y a pesar de mi casa conservo ciertos resquicios familiares. Y si Malfoy disimulaba tan bien su nerviosismo (estaba nervioso, se lo noté cuando llegamos por fin al campo y se dio con la realidad en las narices) era, seguramente, porque siempre ha sido un desquiciado inconsciente y punto. O por orgullo, que tenía —y tiene— para dar y regalar.
Respiré hondo. Lo que me preocupaba ya no era la humillación de que casi toda mi casa me viera haciendo el más absoluto ridículo, no, era el miedo por mi vida. Aquellos tipos eran enormes, hasta las chicas que pude vislumbrar entre las filas del equipo eran mucho más altas y con aspecto más fuerte que yo.
—Deberíamos irnos, Scorpius… —Le susurré, entre dientes.
Él no me miró.
—Ahora ya nos han visto —aquella fue la prueba definitiva de que a Malfoy se le había encendido su neurona rubia y había captado la complejidad de la situación—. Si nos vamos será peor.
Los pocos jugadores que quedaban en el aire bajaron a los pocos minutos, y miraron a todos los candidatos con cierto recelo. De nosotros, simplemente, se rieron.
Cuando el último de los miembros del equipo bajó, pudimos escuchar entre cuchicheos que se trataba del capitán del equipo. Yo no tenía ni idea de quienes estaban en el equipo, ni siquiera del capitán. Mi desinterés por las competiciones deportivas del colegio era tan elevado, que ni me había molestado en enterarme. Nott tampoco era aficionado al Quidditch, y Malfoy menos. Mi prima Rose estaba demasiado entregada a sus estudios para perder tiempo de biblioteca en los partidos, así que podía decirse que éramos unos negados.
La guinda del pastel para la fatalidad total.
Cuando el capitán se quitó el casco, pude ver que se trataba de una chica. Tendría unos quince o dieciséis años, era bastante alta, algo más de lo normal para ser mujer. Tenía el pelo rubio paja, cortado en melena un poco más bajo de las orejas. Los ojos castaños, pequeños, y una cara de mala uva más temible que la de McGonagall en uno de sus días malos.
—¿Desde cuándo el equipo de Quidditch de Slytherin se ha convertido en una guardería?
Todos rieron, nuestros rivales también. Yo enarqué una ceja. ¿En serio? Estaba en la casa de las serpientes, astutas y cínicas ¿y lo único que era capaz de decir aquella tía para bajarnos la moral era eso? Empezábamos bien.
Cuando las risas terminaron, unas risas que a mí me sonaron a las de unos trolls mas deficientes de lo normal y a Malfoy le hirieron en su amor propio, pues pude ver que apretaba su mandíbula con fuerza, la capitana prosiguió su discurso.
—De acuerdo, nenazas, mi nombre es Edith McCaulay. Hoy seré vuestra peor pesadilla, pero si pasáis las pruebas para el equipo, entonces seré el monstruo que vive bajo vuestras camas. No quiero nenas, no quiero llorones, no quiero ningún tipo de idiotez. Tengo la pretensión de ganar éste año la Copa de Quidditch y aquel que me lo impida sufrirá las consecuencias. Así que necesito buenos reclutas ¿lo habéis entendido bien?
Esperé un "señor sí señor" de esos que había escuchado alguna vez de la tía Hermione, narrando batallitas de los muggles, pero evidentemente no hubo respuesta de ese tipo. Toda aquella situación me parecía absurda. Tenía delante de mí a una especie de tirana dictatorial que, de seguro, nos haría a Scorpius y a mí las mil perrerías durante nuestras pruebas. Pero, si por alguna de aquellas nos escogía, cosa que daba por perdida, tendríamos que sufrir sus abusos hasta que se graduase.
Iba a matar a Malfoy después de aquello.
—Los que os postuléis para cazadores a la derecha —ordenó a voz en grito— los buscadores a la izquierda. Primero les haremos la prueba a los cazadores, luego a los buscadores. ¿Queréis llorar un poco? Pues vais a llorar.
Aquello fue yendo a peor. De los aproximadamente diez candidatos que éramos, ocho fueron hacia la derecha, y solo yo y otro más nos quedamos a la izquierda. Scorpius estaba claramente cabreado y nervioso, no paraba de mirar a su alrededor a todos aquellos tipos mucho más grandes que él. Tenía mucha más competencia, y yo me alegré de no estar en su lugar. Solo tendría que competir con un chico, un tipo alto, moreno y con aspecto atlético. La atraparía en menos tiempo que yo, seguro, pero la derrota no sería tan patética.
—Que comience la fiesta —sonrió McCaulay, con una sonrisa perversa.
Los jugadores del equipo, los titulares, se pusieron en sus puestos. McCaulay llamó con un accio a un pergamino que, al parecer, emergió de las gradas y comenzó a llamar gente. A Malfoy le tocó el último, en lugar de llamar alfabéticamente lo hacía por cursos.
McCaulay era una bestia. Era golpeadora, y tenía la fuerza y la mala leche de mil basiliscos juntos. No dudaba en golpear las bludgers en dirección a aquel que hacía la prueba para cazador. Dio a más de uno, y al menos tres cayeron de su escoba. Era una sádica, se reía cada vez que daba en la diana, en algún pobre diablo, y yo me di cuenta de que estaba sudando frío de solo imaginarme a esa loca sociópata lanzando esa bola hacia mí. Se me hizo un nudo en la garganta.
Además, la buena de Edith no se conformaba con herir de gravedad a sus congéneres, sino que les gritaba todo tipo de improperios, les empujaba y les machacaba psicológicamente. Era como una máquina destructora de la moral. Ella se excusaba diciendo que debía ponernos a situaciones límite por lo que pudiera pasar, pero eso solo era una forma muy bonita de decir que padecía serios problemas de ira reprimida y algún sanador de problemas mentales le había aconsejado ser jugadores de Quidditch para atentar a la salud pública de una forma más moderada. Vamos, es una teoría que siempre he tenido en mente.
No me preguntéis por qué, pero cuando subió Malfoy, hizo un papel muy bueno. En realidad no, pero Malfoy era tan delgado y escurridizo que su escoba volaba a mucha más velocidad debido a su escaso peso, y como su tamaño era mucho menor que el de los demás, se le hizo mucho más fácil esquivar los ataques homicidas de McSociópata, como la apodé cariñosamente en aquellos momentos. Además, aquella fue la primera vez que vi a Scorpius realmente enfadado. Todo el asunto lo había cabreado. Edith no paraba de llamarle de todo: desde principito, pasando por señorita, niñita de mami y un sinfín de insultos. Entendí entonces que si algo cabreaba a Scorpius era encontrarse en una situación de inferioridad, donde alguien superior tuviese el poder de insultarlo hasta que le diese la gana. Pero comprendí también que era mejor no ver a Scorpius enfadado.
Con los músculos de la cara contraídos, Scorpius, en un momento de ira, se atrevió a envestir a McCaulay con todas sus fuerzas. Sería muy bonito decir que McSociópata cayó, se fracturó el cuello y yo fui muy feliz y me replanteé pedir en matrimonio a Scorpius, pero eso hubiese sido un final demasiado feliz para lo que es la realidad. No, la chica solo se balanceó, pero se quedó tan estupefacta que tardó lo suficiente en reaccionar para que Malfoy pudiese salirse con la suya y abrir el terreno libre de locas homicidas.
Pese a no haberse fracturado el brazo por tres sitios, el tiempo de Scorpius fue inferior al de, al menos, cuatro candidatos más, así que sus posibilidades eran escasas.
Cuando terminó su prueba, pude escuchar desde las gradas a mis primas y Nott, que aplaudían con sinceridad. Yo aplaudí, y me sentía muy orgulloso de él, cosa que he podido decir muy pocas veces más a lo largo de nuestra vida de amistad, pero no pude hacerlo con el mismo entusiasmo. Después de mi adversario tendría que vérmelas cara a cara con aquella arpía demente, y tenía mucho miedo. Mucho.
Edith repitió el mismo procedimiento con Strauss —así llamó al chico al que llamó antes que a mí— y logró darle un par de veces, pero no tirarlo de la escoba. El tipo parecía fuerte, tenía una espalda ancha y era muy grande, así que pese a los ataques guerrilleros resistió. Cogió la Snitch en 10 minutos y 40 segundos. Era un buen tiempo.
Yo era hombre muerto.
—¿Potter, Albus Potter?
Tragué saliva y me subí a la escoba. La vena de mis padres, la de jugadores buenos y admirados, se la habían quedado mis dos hermanos. Lily, pese a su corta edad, manejaba muy bien su Nimbus 2800, y James podía ser un petulante pero era un jugador excelente. Yo, por mi parte, no. A mí no me gustaba jugarme la vida a nosecuantos metros de altura y poder terminar con el cuello roto. No me llamaba la atención. Yo era un chico tranquilo al que le gustaban las cosas tranquilas y que se acercaba peligrosamente al territorio de una demente pasivo-agresiva y que estaba a punto de mearse en los pantalones.
—¿Así que un Potter, eh? —Me miró de arriba abajo, enarcando una ceja. Tenía ojos de loca. Qué miedo daba—. Ya me habían dicho que se nos había colado uno en Slytherin. Espero que seas tan bueno como tu hermanito, porque si no vas a estar muy jodido la próxima media hora.
Sonó el aviso y pude ver la Snitch a lo lejos, un leve brillo dorado.
Sin pensar en McTarada ni en ninguno de los otros jugadores que iban a hacerme la vida imposible, fui hacia aquella bolita voladora lo más rápido que pude. Malfoy tenía razón: si mi padre, con todos los problemas de vista que tenía, había sido capaz de ser un excelente buscador, yo tenía que cogerla en un tiempo decente, era lo mínimo.
La perdí de vista durante varios minutos, y miré por todos lados, desconcertado. Cuando pude percatarme, estaba rodeado por todo el equipo de Slytherin, encabezado por McDemente. Escuché un sonido detrás de mí, y por poco una bludger dirigida a McLoca me arranca la cabeza. El corazón me iba a mil, los muy cerdos iban a por mí, así que solo pude bajar e intentar salir de aquel callejón sin salida. No podía, hiciera lo que hiciese, me tenían rodeado. Aquello no era una prueba, aquello era una puta encerrona. Eran unos cerdos.
Me enfadé, me enfadé muchísimo. No por perder, no porque me estuviesen gritando cualquier cosa para que mis ánimos se cayeran al suelo. Me enfadé por lo mismo que Malfoy: me habían dado en el orgullo. Fue tal mi arranque de ira, uno que solo creía posible cuando James se pasaba demasiado de la raya, que repetí el gesto de mi amigo, solo que en lugar de dejar estupefacta a Edith McCaulay, la volqué de su escoba. No cayó al suelo, porque se agarró justo a tiempo al palo de la misma, pero la volqué.
—¿Quién es la nenaza ahora, eh? —Totalmente fuera de mi carácter y actitud, le propiné un corte de mangas. Creo que es una de las pocas veces que me he parecido tanto a James en toda mi vida.
Salí pitando de la encerrona utilizando el hueco que había dejado McVolcada, y me moví por el campo de Quidditch. Me paré un segundo y escuché revolotear algo en mi oído. Me giré lenta, muy lentamente, ahí estaba, a medio centímetro de mis ojos, a Snitch Dorada.
Con extrema cautela, con un sigilo muy de serpiente, acerqué mi mano derecha a ella y, en un movimiento rápido, logré capturarla. No podía creerlo, la tenía en la mano. Y no solo eso, no había muerto ni sufrido graves lesiones irreparables en mi fisionomía. Era fantástico, en aquel momento no me importaba cuanto tiempo había tardado, ni si me daban el puesto o no. El caso es que había logrado tumbar a McLoca (la cual seguramente me machacaría esa misma noche, pero me daba igual) y coger la Snithc y sin un rasguño. Era fantástico.
El tiempo, 15 minutos con 40 segundos, me indicaron que había perdido. Pero mientras bajaba al suelo, aquello no me importó.
Mis primas y Nott me aplaudieron como a Malfoy, el cual me dio un par de palmadas en la espalda y me dijo:
—A la próxima la tiramos entre los dos. Menuda zorra.
Tardamos cosa de una semana en saber los resultados, que se colgaron en la Sala Común de Slytherin. Durante ese tiempo, me dediqué a esconderme en los rincones del castillo para no toparme con Edith McCaulay, temiendo por mi vida y mi salud física. Scorpius lo disimulaba, pero se pasó toda la semana en nuestra habitación durante los ratos libres, sin querer salir. E incluso le dio dinero a un par de alumnos mayores para que echizaran nuestra puerta, de modo que nadie pudiese entrar por ella más que nosotros.
Cuando vimos los resultados de las pruebas no dábamos crédito. Estábamos dentro.
O el universo definitivamente se había vuelto loco, o es que aquella loca le daba al alcohol. ¿Cómo narices habíamos entrado? Nuestras actuaciones no habían sido ni mucho menos las mejores, de hecho dejábamos mucho que desear. Y, para colmo, le habíamos pegado. A la capitana. A la loca.
No entendía nada.
—Hay que tener un par de huevos para pegarme.
Si no fuera porque seguía hablando como un tabernero borracho, McCaulay con el uniforme parecía mucho más chica. Nos dio unas palmaditas en la espalda a cada uno y se cruzó de brazos.
—Tenéis un par, los demás fueron unas niñitas miedicas. O me esquivaban o se caían al suelo gritándole a sus papás que vinieran a rescatarlos. Pura escoria —parecía como si escupiera las palabras—. Pero vosotros os cabreasteis y me disteis. Os daba igual lo demás. Y eso me gusta. Estáis verdes, pero se arreglará. Tú juegas mejor —le dijo, señalando a Malfoy con la cabeza. Luego me miró a mí—. Tu no. Pero eres el hermanito pequeño de James Potter, por muy buen jugador que sea, no creo que se atreva a tirarte de la escoba. Y ese es un buen punto muy a mi favor.
Slytherin, la casa de aquellos que no hacen nada si no reciben una satisfacción personal a cambio.
Scorpius no cabía en su felicidad, yo no sabía si reír o llorar. Reír por el absurdo de mi vida, llorar porque tendría que soportar, al menos, tres años más a semejante desquiciada mental.
Con el tiempo aprendería a apreciar la locura transitoria de Edith McLean, y aunque siempre cuestionaré sus métodos de entrenamiento y motivación, así como sus condiciones mentales, le acabé cogiendo bastante cariño. Era como una hermana mayor para Scorpius y para mí, y aprendimos a ser jugadores decentes con ella.
Por lo que a aquellos días respecta, mi premio no fue entrar en el equipo, sino el grito de espanto con el que me llamó James por los pasillos cuando la nueva plantilla se hizo pública. Me hizo una de esas miradas de "te estoy vigilando" y me aseguró que no tendría piedad conmigo.
La guinda del pastel fue aquella carta de mis padres felicitándome por seguir sus pasos en el Quidditch y el vociferador de mamá hacia James que le decía:
"COMO ATENTES CONTRA LA SALUD FÍSICA DE TU HERMANO POR CHINCHARLO EN EL CAMPO DE JUEGO VAMOS A TENER UN SERIO PROBLEMA EN CASA, JAMES SIRIUS POTTER"
En realidad eso solo fue la posdata de una larga reprimenda por cargarse algunas ventanas de las habitaciones de la Torre Gryffindor. Pero fuera de contexto es algo así como una gran prueba de amor incondicional materno, y quedaba bonito.
Lo que ni Scorpius ni yo sabíamos en aquel momento, era que no todo lo que Edith McCaulay nos había contado sobre su decisión era cierto. Había algo detrás, algo que nos afectaría a los dos. Pero de eso ya os enteraréis en otro momento.
Como recompensa, lo he hecho más largo.
Bueno, quería hacer unas pruebas mas cómicas en un inicio, pero al final no han salido tan patéticas. Tardaré un par de capítulos en sacar a relucir las verdaderas razones de McCaulay para escoger a los chicos (muajajajaja) hay que meter tensión ¿no?
Bueno, el grupo va aumentando. Dominique no formará parte íntegra del mismo, pero sí se juntará mucho con ellos. A fin de cuentas es Slytherin y es una Weasley, además en mi head-canon le encanta marear a su primo así que habrá Dominique para rato, pese a sus escasas apariciones en los últimos capítulos.
Como siempre acepto críticas, tomates etc. Tengo la sensación de que éste me ha quedado algo flojo, pero es que describir purebas de Quidditch desde una perspectiva cínica de Albus me ha costado la vida xD
En fin, gracias de nuevo a todos por todo. Y ya sabeis, para una mayor velocidad en el desvelo del misterio planteado al final de éste capítulo se aceptan comentarios y sugerencias :)
El próximo capítulo está más dedicado a James. Quiero trabajar la relación de los dos hermanos más allá del "Yo soy Gryffindor y tu Slytherin pero te quiero porque eres de la familia" *Insertar voz del padrino ahi" xDDD
