PRIMERA PARTE

EL PORTAL DEL TIEMPO

Capítulo II - La mucama prófuga

3

Una vez fuera de la plaza, Crono y Marle caminaron un poco por los alrededores de Truce para dirigirse al desierto. La mucama observaba con sorpresa cada rincón del pueblo. El muchacho imaginó que los padres de ella debían ser también criados de guardia, y por eso la muchacha quizá había crecido toda su vida dentro del territorio del castillo, para entender que el mundo exterior le pareciera algo tan fantástico.

—¡Oye, bastardo de Truce!

Ambos reaccionaron al instante volviéndose contra la persona. Hacía tiempo que nadie llamaba así al pelirrojo, de hecho las ofensas frenaron cuando se comprometió con Lucca. Ya se había imaginado que era cuestión de tiempo para que la gente volviera a retomar su viejo apodo. Se trataba de un comerciante joven que vivía aún con sus abuelos y su hermana, bastante divertida por el momento, ella estaba apoyada en el pórtico de la casa presenciando la humillación de Crono. Él hubiera podido ignorarlos en otras circunstancias, pero le habían gritado delante de su acompañante y eso fue el motivo de su frustración.

—¡Tengo un nombre, sabes! —les gritó encarándolos a distancia—. No gastes saliva conmigo, mejor ve al festival a molestar a otro.

—Yo quiero ir al festival —se quejó la otra muchacha observando con apatía a su hermano.

—Sabes que los abuelos se han ido temprano al festival.

—Es injusto, ¿a qué van?

—Nunca se es demasiado viejo para recoger puntos de plata. Aparte, tenemos que vigilar nuestra mercancía mientras no estén para que cierta gentuza no intente robársela —vuelve la mirada hacia Crono—. ¿O no, bastardo?

Harto, prefirió seguir de largo ignorándoles. No soportaba que Marle escuchara esos insultos, temiendo que luego ella deseara unírseles al entender con quien estaba, abandonándolo de pronto. Pero ella no avanzó del lugar de donde estaba parada. En su bello rostro había aparecido un semblante furioso, así como una mirada cargada de ira contra el comerciante.

—¡Por qué no vienes a decirnos eso de frente si te crees tan valiente!

—Señorita, no se meta en estos asuntos. Siga mi consejo y aléjese de esa gentuza que ofende al mundo por el solo hecho de haber nacido… ¡Ah!

A pesar de estar a una distancia considerable de ellos, eso no impidió a Marle recoger una piedra tan rápido como la arrojó centrándola en la frente del joven. A su lado, la chica se agachó para auxiliar a su hermano que había caído al suelo tras perder el equilibrio. La piedra no era muy grande, sin embargo le marcó al tipo un punto rojo intenso en la frente.

Crono volvió a quedarse mudo y lleno de asombro por la acción de Marle, ella parecía orgullosa de su proeza.

—Nadie debería hablar mal de la gente así.

—Pero Marle… no debiste, yo… gracias.

—No hay por qué. No acabo de entender por qué la gente le da tanta importancia a las circunstancias en que uno nace.

Alejándose, escuchando a lo lejos las maldiciones de la pareja de hermanos contra ellos, Crono se detuvo para hablar un momento con Marle, aún desconcertado e impresionado. Ella siendo todavía una desconocida para él, le había defendido de una forma en que ni siquiera Lucca se hubiese atrevido.

—Marle, te agradezco lo de hace un momento, pero no debiste de tomarte así las cosas. Ellos tienen razón, soy inferior por mi casta, eso…

—¿Y qué si no tienes un padre? Me has dicho que tienes a tu madre. Y esos hombres por mí igual si fuesen reyes, son muy groseros e inferiores a ti. Tú eres educado y muy atento conmigo. Estás por encima de su posición pese a lo que crean o te hagan creer.

Esta vez no pudo hacerle ningún tipo de recriminación. Las palabras de la doncella lo dejaron perplejo. ¿Quién demonios era esa chica que con tanta vehemencia le defendía de los abusos y lo trataba como a un igual?

—Bueno, bien. Gracias en verdad.

—Pues olvidémonos de esto y vayamos al puerto.

—¿Al puerto?

—¿Dónde más podríamos coger un Ferry que nos lleve a Porre?

—En realidad no tengo dinero suficiente para tomar el Ferry. Pensaba cruzar el desierto de Fiona a pie.

—¡Todo el desierto! Eso es increíble, no creí que tuvieras tan buena condición. Pero creo que llegaríamos muy tarde a esa fiesta si vamos por nuestros propios medios. Déjame pagar a mí los boletos del Ferry. Al regresar, si insistes podríamos ir por Fiona.

—No puedo permitir que gastes tu dinero en mí.

—No te pongas así. Llevo mi sueldo y quiero divertirme con él en la feria, y las cosas son más divertidas cuando tienes a alguien con quien compartirlas. Mira.

La doncella sacó de entre sus ropas tres saquitos anudados, aparentemente llenos de monedas. A tientas, Crono calculó alrededor de ochenta piezas de plata, hasta que Marle abrió uno de los saquitos. Su asombró regresó al ver el contenido.

—¡Por mi nombre, aquí debes de tener como ochenta piezas de oro!

—En realidad son cien.

—¿Pero esto es lo que gana una mucama del castillo? Qué sorpresa, entonces Sir Dianos a de ganar por lo menos tres veces más.

Ahora fue la muchacha la que palideció de pronto.

—¿Tú conoces a Sir Dianos?

—Por supuesto, es mi maestro de espada. No me sorprende que lo conozcas, ya que él es el capitán de los caballeros de Guardia.

—He… sí, lo conozco. No me digas que de él es la fiesta.

—Para nada, el maestro vive en Choras. No, la fiesta es para el hijo del alcalde.

—Muy bien. Pues vamos.

—¿Por qué le temes tanto al maestro?

—¡Ah! ¿Por qué piensas eso?

—Tu reacción. Es como si temieses encontrártelo.

—Bueno, digamos que no es tanto así que renunciara a mi trabajo en el castillo. De hecho sí lo hice, pero después, cuando me corrieron. Esto no es mi paga, sino mi liquidación.

—¿Pues qué hiciste?

—Uno que otro accidente de vez en cuando, donde Sir Dianos en persona me fue reprendiendo. No quiero seguir escuchándole ahora cuando por fin pude irme de ahí.

—Ya veo. Descuida, aunque te lo encuentres no estaría en su derecho de reprenderte aquí afuera, además no perdería el tiempo en eso. Desde ayer ha estado molesto porque el Rey le obligó a cuidar a la princesa Nadia.

—¿Qué dices? Pero si ha sido el comandante Seto quien ha estado al cuidado de la princesa desde anoche.

—Sir Dianos le pidió ese favor para librarse de ella.

Entonces Marle comenzó a reír cuando llegaban al puerto. Antes de entrar, la curiosidad de Crono pudo más.

—¿Qué es tan gracioso?

—Nada, es solo que no creí que Sir Dianos llegara a temer a la princesa. Lo hubiera creído de todos los soldados del castillo, menos de él.

—No creo que sea temor, aunque... Bueno, de cualquier manera la princesa es una patada de mula.

—¿Por qué dices eso? —Preguntó sorprendida.

—Ya sabes, se dice que es bastante caprichosa y consentida. Sir Dianos me comentó que tiene intimidados a la mitad de los guardias del Castillo como pareces saberlo, pero también, vaya con ella. Tú que trabajabas en el castillo, Marle, ¿es cierto el rumor sobre la princesa, cuando ordenó a un soldado dejarle el ojo morado a un duque de antigua Choras por haberle pedido una pieza de baile?

—¡Yo estuve ahí, y te puedo decir que eso es una calumnia propiciada por el mismo duque! Él no le pidió una pieza de baile, quería besarla sin su consentimiento; además no le ordenó a nadie golpearlo, fue ella misma quién le metió el puño en el ojo.

Sin duda eso era algo diferente a lo que esperaba oír. Se limitó a reír un poco por la anécdota mientras Marle fruncía el ceño.

—No es divertido.

—No me río por la acción del duque, sino por la reacción de la princesa. Pudo ser una bofetada, sin embargo le dio un golpe. Quién lo diría.

—La princesa no se anda con ese tipo de recatos, ¿y qué esperabas a lo que intentó hacer ese tipo? En su lugar hubiera hecho lo mismo, tú mismo ponte en esa posición ¿Cómo reaccionarías si de pronto, apenas sin conocerme, me lanzara hacia ti besándote sin aviso alguno?

—Está bien, mejor apresurémonos —añadió rápido temiendo contestar. Su rostro estaba enrojeciendo.

La taquilla del puerto era una caseta pequeña, pero espaciosa. Algunas personas conversaban entre sí muy excitadas en lo referente a la feria, por lo que alcanzaban a escuchar los muchachos. Sin embargo, sobresalía un hombre cerca de la ventana más grande. Era ya casi un anciano; usaba una bata azul, un gorro café, y a través de un telescopio examinaba con mucho detenimiento el mar por el horizonte. En su mano libre llevaba un pergamino en blanco, y entre los dientes una pluma de ganso para escribir. Notaron que la tinta la tenía en un frasquito en la silla de al lado, junto con varios pergaminos llenos de anotaciones y garabatos.

—¡Aquí va uno! —anunció sin apartar la vista

Curiosos, ambos se asomaron a su lado viendo por la ventanilla. Justo en el centro del mar que dividía los continentes, se abría un gran remolino lanzando de sus profundidades un potente géiser alcanzando quizá cinco metros.

—¿Qué es eso? —Preguntó Marle.

—Un torrente de agua a presión —respondió el vigilante.

—¿Y qué lo produjo?

—Ni idea. He estado investigando el fenómeno. Ocurre cada diecisiete horas aproximadamente, a veces dieciocho. Pienso está relacionado con los temblores que hemos sufrido durante estas décadas.

—Pero no hemos tenido ni un solo temblor en casi un año.

—Es verdad, pero no está por demás prepararse.

—No le hagan caso, está loco —añadió una voz al fondo de la taquilla.

Crono la reconoció. De unos veinte años quizá, rubia, guapa a su criterio, se trataba de Elaine, la hija mayor del comerciante principal en Truce. Miraba con ojos tristes por la otra ventanilla apenas notando lo que sucedía a su alrededor.

El aludido dejó de ver por la ventana dedicándole una mirada antipática a Elaine, para después ponerse a garabatear rápidamente en su pergamino sus últimas observaciones. Ya estaba acostumbrado a ese tipo de comentarios por parte de la gente, siendo hombre de ciencia experimental. Crono pensó que a Lucca tal vez le agradaría, pero por parte de ellos, el interés en el sujeto se perdió.

Acercándose junto con su nueva amiga, Crono saludó a la muchacha conociendo el motivo de sus ánimos.

—Hola, Elaine. ¿Qué has sabido de tu hermano? ¿Todavía sigue en Choras?

—Aún no. Sigo preocupada. Ya hace un mes que partió.

Marle comprendió lo que sucedía sin necesidad de más explicaciones. Sintió pena por ella.

—Estoy segura que está bien, no se ponga triste —le intentó animar—. Si le pide un deseo al mar, vera que éste se lo traerá de vuelta. Algo así solía decirme mi madre cuando era pequeña.

—Si solo Fritz volviera, no pediría nada más.

Cansada por estar esa tarde de pie como todos los días, tomó asiento en una de las sillas del puerto, pero era obvio que sus pensamientos seguían en su hermano desaparecido.

—Espero que se encuentre bien y sepa que no le he olvidado. No me presten atención —se permite distraerse observando a Marle—, ¿y quién es ella, Crono?

—Ah. Ella es Marle, es nueva en Truce. Marle, ella es Elaine.

—Encantada. —Respondió.

—¡Oigan, ustedes!

El encargado del puerto agitaba en su mano unos boletos, mientras que una moderada cantidad de pasajeros comenzaba a salir rumbo al Ferry anclado afuera.

—¿No van a tomar el Ferry? Estamos por salir y el próximo no arribará hasta dentro de una hora.

Apresurados, la pareja se despidió de Elaine, ignorando al vigilante de los géiseres quien no extrañó conversar con ellos, y a decir verdad, con nadie. Marle sacó su saquillo pagando con cuatro piezas de oro y recibiendo del encargado seis de plata como cambio. Ya afuera, subieron en el Ferry.

Era un barquillo pequeño y rojo, con capacidad para transportar veinte personas a lo mucho incluido el capitán. Su principal atractivo era su motor de vapor, el cual movía una rueda timonel para impulsar el bote.

A pesar de ser en total catorce pasajeros, se estaba algo apretujado. Mucha gente iría a ver a sus familiares a Porre para festejar con ellos las vísperas del milenio de Guardia. Con trabajo, Marle y Crono lograron encontrar lugar cerca de la proa con el mar a sus espaldas. Justo al tomar asiento, el hambre hizo eco en el estómago de Crono. Sacó de su pequeño morral el trozo de tarta decidiendo que era hora del almuerzo. Lo dividió ofreciéndole una parte a Marle.

—¿Gustas? Es de fresas. La hizo mi madre anoche.

—¡Encantada!

Gustosa, comió sin recato a grandes bocados el trozo de la tarta sorprendiendo a Crono. Había esperado algunos modales de ella, siendo que trabajaba en el castillo. Sonrió pensando que de pobres a pobres, todos debían de ser iguales en cualquier parte y no debería de irse con miramientos, aunque claro él comió su parte con mayor recato y sin ensuciarse tanto la boca con las fresas.

—¡Estuvo deliciosa! —Alabó su acompañante con la boca pintada de rojo y algunas semillas pequeñas en las comisuras— Tu madre es una gran cocinera.

—Gracias, pero no es para tanto. Ten.

Apenada, dándose cuenta de su estado, tomó sonrojada el pañuelo de Crono para limpiarse la boca. Durante el camino el muchacho se puso a observar el cielo, le gustaba hacerlo cada vez que se encontraba en paz, dándole forma a las nubes con su imaginación. Cuando miraba a un dragón de nubes, se percató que la joven doncella no apartaba su vista de él.

—¿Qué te sucede Marle?

—¿Eh? Oh… nada. Solo pensaba.

—¿Puedo enterarme de qué?

—Nada, boberías. Es solo que he pasado mucho tiempo en el castillo, casi toda mi vida, por eso no sé muy bien como es el mundo afuera de sus muros. ¿Todos los campesinos son como tú, o los comerciantes como esa chica, o el miserable que te ofendía?

—No lo sé. Supongo que no. Elaine es comerciante y no me molesta tanto últimamente, imagino ha madurado, aunque no puedo decir lo mismo de su hermano Fritz. ¿Conoces a personas que sean todas iguales por su clase social?

—Sí, por desgracia. Los nobles.

—¿Cómo es eso?

—Bueno. El castillo además de sirvientes y soldados, está lleno de nobles. A todos a quienes he conocido han resultado ser semejantes en muchos aspectos. El dinero es el centro del mundo para ellos tanto como el rango y la posición social. Sus únicas preocupaciones en la vida son cómo hacerse más ricos, y que sus hijos e hijas tengas buenos matrimonios para asegurar la descendencia y por supuesto, el status.

—Entiendo tu punto, pero no todos son tan malos. Sabes, tengo una amiga que es noble y se porta muy amable y atenta conmigo. Más que a un igual, me trata como si fuera su hermano —"o me trataba, ahora me ve no precisamente como debería una mujer ver a un hermano", pensó.

—¿En serio? Me gustaría conocerla, sería agradable conocer a otra persona amable como tú.

Marle ahora miraba el paisaje mientras Crono olvidándose de las nubes la observaba a ella. Mirando su perfil viendo al mar, notó la gran belleza de esa niña; no solo eso, su ingenuidad, inocencia, incluso el aire agresivo que se le daba a veces, todo ello emanando de ella le atraían de sobremanera.

—¡Mira esas tierras, Crono! ¿Es Choras?

—¿Cómo? Ah, esas. No, no lo son. Son las tierras de Medina.

—¿El lugar donde sólo los místicos habitan? Increíble. ¿Alguna vez has ido ahí?

—Para nada, no creo que muchas personas se atrevan a pararse por ahí. Los místicos comparten mucho resentimiento hacia los humanos, y son muy peligrosos.

—¿Por la guerra de hace trescientos años? —medita unos segundos pensando el modo de expresar su inquietud—. Nunca he llegado a entender muy bien cómo una persona puede tenerle tanto rencor a otra que no conoce, solo por un error de sus antepasados, en una pelea en la que ninguno participó directamente.

—Quizá es la única característica que las personas compartimos con ellos.

Marle asintió, y juntos se quedaron observando el continente hasta verlo desaparecer. Unos minutos después, el Ferry se detenía en el próximo puerto tras la llamada del capitán para desembarcar.

El puerto de Porre no era muy diferente al de Truce. Aunque había más personas aguardando la próxima embarcación. Una mujer muy conocida del pueblo, esperaba en primera fila con su hijo para partir, mientras hablaba con otra mujer sobre su afición a usar aquél medio de transporte.

Afuera, ya en tierra firme, los muchachos estiraron un poco el cuerpo antes de dirigirse a la alcaldía. Marle le preguntaba a Crono sobre el acto que había planeado, y este le detallaba algunos chistes ensayados para la ocasión, así como unos sencillos trucos de magia. La muchacha parecía divertida por el programa de actividades y lo apoyaba vaticinándole el éxito que resultaría. Crono pensó si de verdad sus trucos y bromas eran así de buenas, o era la sencillez de Marle lo que las volvía tan divertidas para ella.

—¿Y en qué ayudaré? ¿Seré tu asistente?

—Si no te molesta.

—¡Por supuesto que no, será divertido!

Anduvieron por el pequeño pueblo de Porre, que parecía tan fascinante como Truce para Marle, mientras a Crono le resultaba ya familiar. En el camino escucharon algunos cuchicheos de los habitantes recién levantados; unos acerca de lo grandioso del día por la feria del milenio, mientras otros planeaban o detallaban sus actividades, incluso llegaron a escuchar a algunos murmurando: «Escuchaste que la hija de Taban Gendius montará uno de sus inventos», «Dice haber construido el invento del siglo», «A que fracasa como los otros». Sin duda Lucca también se había forjado su propia reputación en Porre por sus pintorescos inventos.

Llegaron a la alcaldía, la única vivienda del sencillo pueblo con dos plantas como en Truce. La esposa del alcalde Mento estaba afuera, colocando con su hija mayor los últimos arreglos del banquete para la fiesta. Los invitados apenas llegaban cuando Crono se acercó al alcalde Mento, éste salía de su hogar gruñendo: Era un hombre alto y fornido, con la mandíbula prominente y la frente fruncida. Más que un alcalde, a Marle le recordó a los aspirantes a caballeros que solían llegar al castillo de vez en cuando. Ignorando a la muchacha, comenzó a recriminarle al pelirrojo.

—¿Dónde andabas? ¡Te he estado esperando toda la mañana!

—Disculpe alcalde, sólo se me ha hecho un poco tarde. ¿Aún está en pie nuestro convenio?

—Pues claro que sí. ¿Qué clase de persona crees que soy? Recuerda que yo soy el alcalde, el hombre más rico de Porre y sé mantener mis promesas. Además, tengo tanto dinero que no me importará quitarme un poco ¡pero solo un poco, has entendido! Puedo darle a mi hijo en su fiesta un bufón por lo menos —susurra para sí mismo—, eso me librará de costear los juguetes que le prometí. ¡Oye! ¿Quién es ella?

—Es mi amiga Marle, espero no le importe que me asista en la fiesta.

Marle había dado un pequeño salto hacia atrás cuando Mento se fijó en ella, pero recobró la compostura tras la presentación de Crono. Titubeando, saludó a aquél hombre tan malhumorado.

—Mucho gusto, alcalde. Soy la asistente de Crono para sus actos.

—No pretenderás que te pague algo a ti también, ¿o sí, niña?

—Por supuesto que no, señor.

—Bien, porque si es así, será el chico quien te pague de lo que le daré a él: treinta piezas de plata y dos de oro, no más. Ahora suban a la habitación de Connie y prepárense, yo todavía tengo que arreglar algunos asuntos aquí. ¡Sandy, espero que ya estén listos los aperitivos!

—¡Sí, papá! —Contestó la muchacha de mala gana.

Sandy era una adolescente casi de la edad de Marle. Parecía haber heredado de su padre el mal carácter por la manera en que fruncía el ceño. Terminó en ese momento de poner los manteles, y antes de regresar a la casa, de pasada saludó a la pareja. Apenas los dejó alcanzaron a escucharla murmurar:

—¿La persona que más odio? Mi padre, claro.

Crono aún estaba apenado con su acompañante. A pesar que ambos eran básicamente de clase baja, continuaba suponiendo que Marle poseía una posición un poco más elevada a la de él por trabajar en el castillo, y ahora llegaba el momento en que lo vería trabajar como bufón. Le dirigió una mirada de disculpa, pero ella ignorando lo que pasaba por su cabeza, le aclaró con una sonrisa malinterpretando sus pensamientos.

—Descuida, no tienes que pagarme nada. Lo hago sólo por diversión.

—¿He? Sí, gracias Marle.

En una de las habitaciones de arriba, una niña de unos nueve años sacaba de un baúl un extraño traje: llevaba costuras y parches de múltiples colores por todos lados, era una prenda vieja y olía raro. Tocaron a su puerta y con el traje en la mano fue a abrir a los muchachos. Enseguida Crono vio con disgusto la prenda. Sin duda el alcalde no repararía en gastos si se usaba lo mismo de los años pasados.

—Hola Crono, ya llegaste. ¿Y ella?

—Soy Marle. Mucho gusto, tú debes de ser Connie.

Con resignación, mientras la niña admiraba a la joven recién llegada, el muchacho fue al fondo de la habitación detrás del probador para cambiarse.

Tras comprobar los buenos modos de la amiga de Crono, Connie le confió a Marle sus inquietudes respecto a la fiesta.

—¿Viste la clase de adornos y postres que puso mi papá?

—¿Los globos y las galletas? Sí, los vi.

—Mucha gente dice que papá es avaricioso y tacaño. Pensaba que mentían, pero…

—No tienes que preocuparte por eso, Connie; has oídos sordos a la gente. Mira, te confesaré que mi padre también es algo tacaño, pero le tolero en parte. Piensa que tu papá es un poco… bueno, ha… que quiere juntar dinero para que sus hijos tengan lo mejor en su futuro. ¿Verdad, Crono?

Desde el probador el aludido respondió.

—Pues… yo no llamaría ni siquiera gustos sencillos a los preparativos que vi.

—¡Crono!

—Solo bromeaba. Bueno, aquí vamos.

Salió del probador con su ropa en una bolsa. Ya llevaba puesto el colorido, viejo y desgastado traje de bufón. En lugar de lucir ridículo como debiera, daba un aspecto deprimente.

—¡Te ves genial Crono, serás un éxito! —Exclamó entusiasmada Marle, mientras Connie y Crono cuestionaban en silencio su sentido del humor.