Hola, personas.

Lo prometido es deuda y he aquí el próximo capítulo de esta increíble historia XD

Bueno, dejándonos de bromas, gracias por esperar y por dejar sus opiniones sobre este pequeño vicio que tengo.

Cuidense mucho y espero seguirlos leyendo. Espero lo disfruten, muchos abrazos, y de verdad espero que todos ustedes estén bien.


—¿Traje de baño?

—Listo.

—¿Muda de ropa?

—Ya está.

—¿Condones?

—¿Condones? —repitió extrañada mientras volteaba a verla.

Keila permanecía sentada en la cama mientras le ayudaba a repasar a su amiga todo lo que era necesario llevar al viaje que haría junto a Bonnibel. Cuando Marceline volteó a mirarla ella le hizo una seña con los dedos dando a entender su punto sobre lo que acababa de decir provocando que la chica enrojeciera.

—Idiota… No necesitamos eso.

—Ya lo sé —se burló —. Pero es divertido sugerirlo.

—Además, quizá no hagamos nada de eso.

—Ya lo hicieron una vez y estarán todo un fin de semana solas en un hotel, debes estar loca si crees que no van a hacer nada. Quizá ni siquiera salgan de la habitación.

—Sólo cállate.

El timbre sonó y fue Keila quien se levantó a abrir la puerta, se sorprendió al ver quien estaba al otro lado, honestamente creyó que sería Bonnibel pues era ella a quien estaban esperando.

Gumball llevaba puesta una camisa con las mangas enrolladas hasta el codo y un pantalón de vestir que resaltaba sus atributos. Siempre había sido un chico guapo y honesto, era el prototipo de hombre perfecto, y nunca entendió del todo porque Marceline lo había dejado. Como su mejor amiga quería lo mejor para ella, y estaba segura de que él podía dárselo.

—Keila, que gusto verte otra vez.

Su sonrisa era como la de un niño, tan radiante y sincera.

—Lo mismo digo. ¿Qué te trae por aquí?

—Marcy me llamó.

—Oh, entonces pasa. Ella está en la habitación.

El chico no lo dudó y entró como si fuera su propia casa, después de todo conocía cada rincón de aquel lugar. Le traía un poco de nostalgia volver a estar ahí.

Ver una sonrisa en el rostro de Marceline por verlo entrar a su habitación lo hacía feliz, si podía ayudarla, aunque fuera sólo como su amigo, lo haría todos los días con tal de ver siempre esa sonrisa en su rostro.

—Marcy —la saludó felizmente.

—Hola, Gumball. Me alegra que hayas venido.

—Por supuesto, te dije que podías contar conmigo para todo.

Keila entró después preguntándose la razón por la que el pelirrosa había sido citado. Se quedó de pie a un lado de la puerta observando y escuchando.

—Gracias, como podrás ver pienso salir por unos días. Sólo el fin de semana. ¿Podrías darle unas vueltas a Simón? Ya sabes… él…—no terminó de decir lo que quería cuando el pelirrosa habló.

—No tienes ni que decirlo, me encanta pasar tiempo con él. Y le caigo bien.

—En eso tienes razón — sonrió —. Muchas gracias, Gumball.

—¿Te molesta si me quedo aquí? Es más fácil, y así cuido tu casa también.

Lo dudó por un segundo, no porque le tuviera desconfianza, sino que no tenía idea de que tan apropiado era dejar que hiciera eso, aunque después de lo que ella hacía con Bonnibel y este tipo de relación tan extraña que llevaban, no tenía mucho sentido preocuparse por lo que era correcto o lo que no lo era.

—De acuerdo.

Esa respuesta sorprendió tanto al pelirrosa como a su amiga, estaba segura que si no se lo había pedido a ella era porque sabía que Simón no le agradaba en lo más mínimo.

El viejecillo, ajeno a todo lo que estaban hablando, se encontraba en el cuarto contiguo totalmente dormido, a pesar de ser ya las doce de la tarde. Probablemente no despertaría hasta como las tres o cuatro.

—Perfecto, entonces al rato me traeré una muda de ropa y algunas cosillas.

—Te dejaré las llaves.

Se dio la vuelta para sacarlas de su bolsa donde siempre las llevaba.

—Y Gumball, ¿cómo es que te dejaron trabajar en ese lugar? El dueño es un viejo mañoso que contrata sólo mujeres para acosarlas sin que ningún otro hombre esté cerca.

—Ya lo había notado, por eso le dije que era gay. Supongo que, al no representar peligro para las chicas, me dejó entrar.

—Imaginé que esa era la razón por la que lo habías dicho —rio Marcy.

—Ya me conoces.

En eso alguien tocó la puerta, era obvio que esta vez sí se trataba de Bonnibel por eso Marceline tomó sus maletas dispuesta a ir a abrir enseguida. Gumball se las quitó de las manos y le sonrió para que se dejara ayudar, él las cargaría hasta el taxi en el que había llegado la pelirrosa.

Mientras Marceline se fue por delante para abrirle.

—Hey, Bonnie.

—Hola, Marcy, espero no haber llegado muy temprano.

—Descuida, ya estaba lista.

Keila y Gumball también se asomaron para saludar.

—Hola, Bonnibel —saludó la chica entusiasta.

—Keila. Hace tanto que no te veía.

—Hola —dijo simplemente el pelirrosa con una sonrisa nerviosa.

Era muy tímido en algunas ocasiones.

Esa voz. No tardó ni dos segundos en identificarla, definitivamente se trataba del chico que le habló cuando estaba al teléfono con ella. Aquel por el que le había colgado. No podía equivocarse, ¿quién era ese chico? ¿Qué relación tenía con Marceline? ¿Por qué estaba en su casa justo ahora? No le gustaba cuando había algo que no podía descifrar, estaba en su naturaleza querer conocer los detalles de todo lo que le interesaba, y Marcy le interesaba. Mucho.

—Bonnie, él es Gumball, Gumball ella es Bonnibel.

Keila había tenido que presentarlos al ver que su amiga se quedaba callada, quizá no quería que se conocieran, y era lógico. Era su ex y Bonnie era, alguien que le gustaba sin que ella misma supiera que así era. Actuaba por puro instinto.

—Mucho gusto, Bonnibel.

—Igualmente.

Se dieron la mano. Marceline estaba deseosa de irse de ahí de una buena vez. Tomó sus maletas que el pelirrosa seguía cargando y salió para irse con Bonnie.

—Marcy, espera — la llamó el chico —. Aún no me das las llaves.

—Ah, tienes razón.

Rebuscó en su bolsillo y se las entregó.

—Cuida bien de todo.

—Descuida, lo haré.

Se despidió con la mano mientras las veía irse.

El viaje en el taxi fue bastante silencioso, ninguna dijo gran cosa. De hecho no mantuvieron una plática real hasta que llegaron al aeropuerto, cuando Marceline ya empezaba a sentirse nerviosa por tanto silencio y a especular que quizá Bonnibel había cambiado de opinión y ya no quería salir con ella o que tal vez hizo algo que provocó que se enojara. Tenía que sacar tema de conversación a como diera lugar.

—Entonces… ¿Ahora vives con alguien?

—¿Qué? —la pregunta había interrumpido sus pensamientos.

—Ya sabes, el chico en tu casa al que le diste las llaves.

—¿Te refieres a Gumball? Él no vive conmigo, se quedará ahí mientras no estoy para cuidar de Simón.

—Oh, ya veo. ¿De dónde lo conoces?

Suspiró. No tenía muchas ganas de hablar de él, a decir verdad, jamás quería hablar de Gumball porque era una parte de su pasado que prefería no tocar, todavía se sentía culpable por todo lo que había ocurrido y el hecho de que no le hubiera reclamado nada sólo lo empeoraba.

—¿Por qué te interesa tanto? Sólo es alguien que conozco y ya.

—Supongo que no te apetece hablar de eso.

—Supones bien.

—Perdona.

Marceline tenía razón, no había motivos por los que debiera interesarse demasiado en ese chico, se daba cuenta de que su interés era bastante extraño, tal vez estaba comenzando a ser un poco posesiva con su linda amiga. Pero eso no era justo para ella.

—No importa.

Unos minutos en el avión y la pelinegra había caído dormida. Se veía linda al dormir. Sin darse cuenta se acurrucó junto a Bonnibel quien no dejaba de pensar en lo mala amiga que estaba siendo.

Reparando en lo que había pasado en los últimos días prácticamente había obligado a Marceline a acostarse con ella, y no se sentía orgullosa por eso sino todo lo contrario, de manera que, decidió que en esta ocasión no iniciaría nada, de no ver interés por parte de la pelinegra entonces simplemente no la forzaría, podía esperar, en eso no había ningún problema.

A Marceline le sorprendió lo lujoso que parecía el lugar en el que se quedarían, desde afuera no podría asegurar exactamente cuántos pisos eran, pero había un botones en la puerta esperando a que el auto se estacionara para llevar sus cosas dentro. Y al entrar la atmosfera era incluso más sobrecogedora, el vestíbulo era enorme y las personas ahí llevaban todos ropa de marca, bolsos caros, hablando incesablemente por teléfono, era un ambiente totalmente distinto al que estaba acostumbrada, se sentía un poco cohibida e incómoda, pero no por ello dejaba de ser fascinante.

Bonnibel se acercó sin vacilar a la recepcionista, le sonrió, la chica sonrió también y después de una breve conversación se dio la vuelta y volvió con Marceline que seguía esperándola a un lado sin estorbar a nadie.

—Vamos —le dijo sonriendo y mostrando las llaves.

Le devolvió la sonrisa y asintió.

—Es muy elegante —comentó una vez en el ascensor.

Sólo ellas y una señora que parecía demasiado anciana como para escuchar cualquier cosa que pasara a su alrededor.

—Es un hotel cinco estrellas, Marcy —rio.

—Me parece obvio. Yo no podría pagar ni en sueños un lugar así.

En ese momento el ascensor llegó al tercer piso y las puertas se abrieron dejándolas salir.

La pelirrosa la tomó de la mano guiándola hasta la habitación y se toparon de frente con una amplia sala con una ventana que tenía vista a la playa. Marceline se apresuró hacía ella para sentir el aire desde ahí, mientras tanto Bonnibel se quedó de pie observándola sonreír como una niña pequeña a la que llevas al zoológico por primera vez; le causaba ternura.

—¿Quieres ir a la playa?

—Me muero de hambre.

—Entonces podemos ir a comer. Y luego podríamos ir a dar una vuelta por la ciudad; si quieres.

—¡Me encanta! Permite que me ponga algo más adecuado, muero de calor.

—Por supuesto, yo me voy a cambiar aquí mientras tanto.

Buscó algo decente en su maleta, luego se dirigió al baño a cambiarse sólo para volver a sorprenderse al abrir la puerta. Era enorme, limpio y olía a flores frescas.

Su grito de emoción fue escuchado por la pelirrosa en la habitación quien no pudo evitar sonreír ante tal acto infantil.

Simón acababa de despertar de la siesta y, aunque ya era tarde, a él le daba igual pues el tiempo ya no era algo que le preocupara, aunque a su edad eso debería ser su mayor motivo de desvelos por la noche. Salió al comedor esperando encontrar a su sobrina comiendo o preparando el desayuno, pero en lugar de eso se topó con un joven pelirrosa que le sonrió en cuanto lo vio.

Llevaba un mandil blanco con una flor en el centro y se ocupada de sostener un sartén en su mano del cual estaba sirviendo la comida que acababa de preparar.

—¿Gumball?

—Hola, Simón.

Se quitó el mandil y lo dejó sobre una silla mientras indicaba al anciano que se sentara frente a él. Éste en lugar de hacer caso fue y lo abrazó.

—¿Por qué no habías venido?

—Lo siento, no había podido. Pero ya estoy aquí, y no pienso irme.

El viejo sonrió y se sentó al fin en la silla que le había ofrecido el pelirrosa.

—Ahora mi dulce niña podrá ser feliz de nuevo —dijo con una gran sonrisa.

—¿Tú crees que Marcy no es feliz, Simón? —preguntó engullendo un gran pedazo de su pan.

—No lo creo, estoy seguro. Tiene muchos problemas, y tú siempre sabes cómo hacerla feliz.

Tomó un poco de agua para terminar de pasar el trozo de pan por su garganta.

—Voy a intentar que sonría, te lo prometo.

—Pero muchacho, no debes abandonar tanto a tu novia.

El pelirrosa sólo sonrió, sabía perfectamente del problema que tenía Simón con respecto a su memoria, a veces no sabía ni lo que estaba ocurriendo en el presente.

—Tienes razón, perdona.

—¿Ya le disté el anillo? —preguntó entusiasmado.

—Sí, lo hice —contestó siguiéndole el recuerdo.

—Lo vi en su mano esta mañana. Se veía tan feliz; me dijo que todavía estaban por ver la fecha.

—Así es. Ella es quien se encargará de eso.

—Deberían hacerlo juntos.

Al fin tocó su comida y sin decir nada más terminó con ella rápidamente, incluso antes que el muchacho. Dejó a Gumball sentado en el comedor solo, pensando en lo triste que era recordar todo de nuevo. Él amaba tanto a Marceline que no le importaba convertirse en su amigo con tal de que estuvieran cerca, después de todo casi estuvieron juntos, y aunque nunca se lo había mencionado ni le había reclamado nada, el día que ella se fue el cayó en picada en todos los aspectos de su vida, hasta que logró levantarse de nuevo; cualquiera en su sano juicio no se hubiera vuelto a acercar a ella. Pero a él le gustaba verla sonreír, si podía hacerlo como amigo, entonces se quedaría.

No terminó su desayuno a tiempo, terminó enfriándose y tuvo que tirarlo.

Marceline estiró sus músculos antes de entrar a la cama con Bonnibel y acercarse a ella hasta recargarse en su hombro.

Habían tenido un día bastante pesado, apenas terminando de cambiarse salieron a comer a un restaurante no muy lejano, sin embargo, al salir de ahí se entretuvieron tanto viendo todas las artesanías que vendían, que poco a poco fueron alejándose más; llegó un punto en el que ninguna sabía cómo regresar, tuvieron que llamar un taxi, para colmo había oscurecido de modo que no pudieron hacer nada más, pero tampoco podían quejarse porque fue divertido y mañana tendrían todo el día para hacer cualquier otra cosa.

Marceline le quitó el control remoto y comenzó a cambiar de canal hasta que encontró algo mínimamente bueno que ver. Era una película y parecía ir como a la mitad, pero parecía interesante; Bonnie no dijo nada, simplemente se quedó viendo junto a ella.

Resultó ser una película más erótica de lo que hubieran creído, de un momento a otro el romanticismo se arruinó y se convirtió en una especia de orgia. No dijeron nada, pero era obvio que ver todo eso era un poco incómodo.

Marceline señaló la pantalla y la pelirrosa volteó a mirarla.

—Esas chicas están haciendo algo que parece interesante.

Las mujeres a las que se refería estaban rozando sus entrepiernas en una posición que, a juzgar por Bonnibel, parecía bastante cansado y embarazoso.

—¿Quieres intentarlo? —sonrió con picardía.

Se había dicho ella misma que no forzaría a nada a Marceline, pero no lo estaba haciendo, después de todo fue la pelinegra quien puso la película y quien insinuó que deberían hacerlo…

Ella le devolvió la sonrisa.

—Por supuesto.

Marceline se acercó más y la tomó del cuello para besarla pasando su mano por debajo de su blusa y sin esperar mucho para quitársela; era raro para Bonnibel que ella tuviera el control, pero parecía disfrutarlo así que decidió que por esta ocasión se lo permitiría.

La dejó tomarla de las caderas y acercarla más, se abrazaron mientras seguían besándose. La televisión continuaba encendida sin que ya nadie le prestara atención, la película anterior había terminado y estaba comenzando otra; buscó a tientas el control remoto y la apagó, no quería que nada interrumpiera su noche.

El sostén de Bonnie cayó al suelo y se dio cuenta de que ya era hora de comenzar a desvestir a la pelinegra, no era justo que fuera ella la única desnuda en la habitación. La despojó con rapidez de esa camisa larga que usaba para dormir dejándola en ropa interior, enseguida continuó besando desde su cuello hasta su clavícula haciéndose con el control de la situación, posicionándola debajo de ella para seguir besando todo su cuerpo, y acariciar cada parte sensible de él, desde las zonas más sencillas, como rozar su abdomen con la punta de los dedos creando un escalofrío que recorriera toda su piel, hasta masajear sus senos lentamente, disfrutando del momento.

No tardaron mucho en desnudarse por completo y entonces tuvieron que detenerse unos minutos para ver como copiarían lo que acababan de ver en televisión. Aún enredadas entre las sabanas se quedaron sentadas con la respiración acelerada.

—¿Y bien?

Marceline se lo pensó un segundo.

—Acuéstate de espaldas con las piernas hacía mí.

Bonnibel no rechistó a las órdenes que le dieron y simplemente sonrió y obedeció mientras la pelinegra se acomodaba de la misma manera.

—Levanta la cadera y abre las piernas.

—De acuerdo.

Eso no pudo evitar hacerlo con un poco de pena, a pesar de que seguía cubierta, esa posición era embarazosa.

Marceline hizo lo mismo y se fue acercando más sin darse cuenta de la incomodidad de la pelirrosa, quizá porque estaba demasiado concentrada en que funcionara como para notar que era un tanto extraño.

—Quédate así, voy a pasar esta pierna por arriba de la tuya y…

Trató de pasar su pierna por encima de la suya rozando su cuerpo en el proceso haciéndole cosquillas, fue inevitable que no se riera. Entonces Marceline se dio cuenta por fin de lo gracioso que se estaba poniendo la situación.

—No te rías, idiota —se soltó a reír también cayendo de nuevo en la cama.

No podía mantener las caderas arriba si se estaba riendo.

—¿Acabas de llamarme idiota? —trató de sonar indignada, pero seguía sosteniéndose el estómago tratando de calmarse.

—Eso es lo que eres, deja de reírte.

—No puedo.

Al fin, después de unos segundos más, consiguió parar y se acercó hasta Marceline sólo para abrazarla. Le sonrió.

—Podemos volver a lo básico. Si quieres.

—Creo que prefiero dormir.

—De acuerdo.

No la fuerces. No la fuerces. No la fuerces. Se repetía una y otra vez tratando de simplemente volver a dormir, pero después de todo habían estado a punto de hacerlo y seguía con el cuerpo caliente.

Marceline dejó de mirar el techo para mirarla a la cara. Bonnibel tuvo que tragar saliva, tenerla tan cerca, cara a cara, y desnuda, era una tentación demasiado grande; era una mujer hermosa y cualquiera estaría encantado de poder estar así con ella, eso lo sabía, ella no era la excepción y tampoco era inmune a sus encantos.

—Estaba bromeando. Terminemos lo que empezamos.

No tuvo que decirlo una segunda vez.


Respuestas a sus lindos reviews.

LucyloquillaXD: Eso es cierto, Marceline se siente mal, pero oye, ella aceptó (?) Creo que debo agradecer que ames y odies mi fic xD Y ya verás que en algún momento dejará de sufrir, descuida :3 Todo con el tiempo deja de doler, o deja de gustar ;3

Azuna Konoe: Hay que hacer sufrir para que después sean sumamente felices xD Creo que este capítulo debe haberte dicho mucho sobre la relación de Gumball y Marcy, y espero también haber aclarado la parte donde él dijo ser gay, ahora qué sobre tu duda del flashback, Marceline hace tiempo mandó a investigar por el paradero de Betty, y si no mal recuerdo eran fotos lo que le dio el hombre, pero bueno, esa persona que le entregó las cosas, fue a quien ella contrató. En fin, espero haber sabido explicarme. Eran Marcy y un investigador privado (?). Cualquier duda te las responderé, descuida, espero seguirte leyendo por aquí.

GabyBlue98C: Es que los problemas de Marceline son para reirse (?), los problemas son como cucarachas, así que te entiendo xD Owww, gracias, jaja menos mal que tu amiga sobrevivió, mandale saludos xD

Luna del Desierto: Pues te agradezco darle la oportunidad a este humilde fic, espero no decepcionarte. Te entiendo completamente, yo también leo y me gusta mucho ver una buena redacción, por ello me esfuerzo lo más que puedo en el mío, aunque he de admitir que a veces se me pasan unos detalles. Creeme que yo sé bien que todos parecen salir perdiendo sin importar lo que hagan, y no puedo decirte si eso será así o no porque a veces me gusta improvisar. Pero en fin, muchas gracias por dejarme tu opinión, espero que sigas leyendo, hasta luego :3