Después de la Tormenta, no siempre llega la calma
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Edward no podía quitarse de la cabeza lo que había oído, pero en ese momento
Isabella estaba tomando un trago de vino y nada revelaba que había estado llorando. Cuando alzó los ojos y lo contempló con una expresión esperanzada, se sintió incómodo y apartó la mirada. Había trazado un plan de acción, y pensaba llevarlo a cabo costara lo que costase. Iba a hacer todo lo posible para que el encuentro de Isabella con su madre fuera un éxito, pero para eso necesitaba que ella colaborara.
—¿Os gusta la soupe du poisson? —le preguntó con naturalidad.
Ella dejó a un lado la cuchara, y lo miró sonriente.
—Sí, mucho.
—Avanzamos a buen paso. He calculado que ya hemos completado un tercio del viaje —al ver que se tensaba, añadió—: Supongo que estáis muy emocionada.
Ella fijó la mirada en su plato, y dijo sin demasiada convicción:
—Sí.
Edward la contempló mientras buscaba la manera de conseguir que le confesara sus miedos, ya que quería sugerirle un curso intensivo de buenos modales. Isabella no tenía más remedio que aprender a comportarse como una dama si quería entrar a formar parte de la sociedad londinense.
—¿Vais a dejarme a mi suerte en el puerto de Londres? —le preguntó ella, claramente aterrada.
—Claro que no. Pienso acompañaros a Belford House.
—¿Y me dejaréis allí?
—Quiero ayudaros a causar una buena impresión, Isabella. Tendremos que conseguir un vestido adecuado, así que en cuanto lleguemos me encargaré de que una modista vaya a veros a Esme House. Cuando estéis vestida tal y como corresponde, os llevaré a Belford House.
—Esme House es donde viven vuestro padre y su esposa la condesa, ¿verdad?
—Sí, suelo alojarme allí cuando estoy en Londres. No sé quién estará en la casa cuando lleguemos. Puede que esté la familia entera, o puede que no haya nadie —al ver que se ponía muy roja, como si estuviera enfebrecida, comentó—: Es obvio que estáis un poco ansiosa, pero os aseguro que mi familia os recibirá con los brazos abiertos. Si lo deseáis, permaneceré a vuestro lado durante el encuentro con vuestra madre.
—Ya, pero después os iréis. Mi madre me asignará una habitación en su casa, así que voy a vivir el resto de mi vida en Belford House.
Edward suspiró, y sintió una gran pena por ella.
—Sois joven y ella es vuestra madre, por supuesto que se hará cargo de vos. Es su deber. Pero cuando alcancéis la mayoría de edad, podréis hacer lo que queráis… si tenéis los fondos necesarios, claro.
Edward no pudo evitar recordar que Swan le había aconsejado a su hija que se convirtiera en su amante. No podía culparlo del todo, ya que Isabella era hermosa y apasionada, justo el tipo de mujer que un caballero adinerado querría poseer, pero le extrañaba que el pirata no hubiera aspirado a algo más para ella. Se preguntó si era cierto que Isabella había vivido los primeros años de su vida con su madre, y se dio cuenta de que era poco probable. Maldición, ¿por qué no la había mandado Swan a alguna escuela de señoritas, para que lo aprendiera todo sobre el protocolo?
—Me falta poco para ser mayor de edad.
—Desde un punto de vista legal, pero seguro que vuestra madre querrá seguir cuidándoos. No se deshará de vos en cuanto cumpláis los dieciocho, Isabella. Muchas damas casaderas viven en casa de sus padres hasta entrados los veinte; de hecho, algunas se quedan solteras.
Ella se limitó a sacudir la cabeza con consternación.
—Yo puedo ayudaros, Isabella —Edward se inclinó hacia delante, y contuvo justo a tiempo el impulso de tomarla de la mano.
—¿A qué os referís?
—Vais a necesitar más que un vestido bonito para causar buena impresión.
Isabella se tensó de inmediato, y le dijo:
—Eso ya lo sé. Llevar ropa elegante no va a hacer que se me olvide que no soy una dama; de hecho, nunca me he puesto un vestido.
Edward se dio cuenta de que aquello iba a ser más difícil de lo que pensaba.
—Vuestra originalidad me resulta cautivadora, pero no todo el mundo compartirá mi opinión.
—¿Estáis de broma? —le preguntó ella con incredulidad—. ¿Tenéis idea de cuántas damas finolis de Kingston se reían de mí al verme pasar? En la iglesia, se negaban a sentarse en el mismo banco que yo. Una remilgada hasta cruzó de acera para no pasar por mi lado. Hablaban de mí en voz alta, así que sé muy bien lo que pensaban. Soy una basura, y tanto en casa de mi madre como en la vuestra todo el mundo va a despreciarme.
Edward sintió una punzada de dolor en el corazón.
—No sois una basura. Sois cien veces más fuerte, valiente y hermosa que todas vuestras detractoras. Y os equivocáis respecto a mi familia, todos os aceptarán y os tratarán con respeto porque estáis a mi lado, y llegarán a apreciaros de corazón cuando os conozcan mejor. Pero tenéis razón al pensar que ni vuestro candor ni vuestra destreza con la espada van a ser bien recibidos en Belford House. Tenemos que planear con esmero el reencuentro con vuestra madre, Isabella. He estado pensando largo y tendido en el asunto, y aunque desearía disponer de más tiempo, sólo nos queda un mes. Debéis aprender las pautas básicas del comportamiento en la alta sociedad… cómo andar, hablar, comer… y bailar, por supuesto.
Isabella estaba a punto de echarse a llorar.
—Ya sé andar y hablar, pero no lo hago bien, ¿verdad? —Tras un breve silencio, añadió—: No quiero comer con finolis, de Masen, y tampoco quiero ir a Inglaterra. No quiero ver a mi madre en estas circunstancias, pero se lo prometí a papá —la silla se volcó cuando se levantó de golpe. Se puso muy pálida, y se apresuró a levantarla.
Edward se levantó de inmediato, rodeó la mesa, le quitó la silla de las manos, y la colocó en su sitio antes de decirle con voz tranquilizadora:
—No pasa nada.
—Claro que pasa, ni siquiera puedo levantarme bien de la mesa.
Él la tomó de la mano, y comentó:
—De hecho, vuestras imitaciones son muy buenas.
—¿Os referís a cuando me burlo de algún tontorrón?
—Exacto. Imitáis el acento de la alta sociedad a la perfección, os he oído hacerlo en más de una ocasión. No será tan difícil como creéis.
Ella lo miró en silencio durante unos segundos, y al final apartó la mano.
—Puedo practicar todos esos aires finolis, pero nadie va a tragárselo. No quiero ser una dama, lo único que me interesa es navegar.
Edward sintió que se le derretía el corazón, y escogió con sumo cuidado sus siguientes palabras.
—Por desgracia, Swan está muerto, y no tenéis nada. Vuestra madre se ocupará de vos, vais a tener que adaptaros.
—Os tengo a vos —susurró ella, mientras lo miraba con los ojos inundados de lágrimas.
—¿Qué? —fue todo lo que alcanzó a decir. El corazón se le aceleró de golpe.
Ella se rodeó con los brazos, y le dijo:
—Podría quedarme aquí… con vos. Creo que eso habría complacido a mi padre.
Edward la miró con incredulidad, pero en ese instante todos y cada uno de los momentos que habían pasado juntos en la fragata se le arremolinaron en la mente con una claridad chocante.
—¡Soy muy buena marinera!, seguro que no hay nadie a bordo capaz de subir más rápido que yo por la verga de mayor.
Edward empalideció de golpe.
—¡No vais a subir esa verga!
—Puedo cargar balas de cañón como el mejor artillero, tengo buena puntería con la pistola, y vos mismo comprobasteis que soy una excelente espadachín. ¡Por favor, dejadme navegar con vos!
—Queréis navegar conmigo —el corazón le martilleaba con un ritmo atemporal que reconoció al instante. Isabella quería permanecer a bordo de su navío, surcar los mares a su lado. Tuvo que volverse hasta darle la espalda, ya que su miembro se había excitado al instante.
—¡Os juro que no os molestaré! No como mucho, y puedo dormir con el resto de marineros.
Edward se volvió de golpe hacia ella, y le dijo con firmeza:
—No.
—Voy a ser un desastre en Inglaterra, lo sabéis tan bien como yo —le susurró.
Al verla tan temerosa y angustiada, tuvo el alocado impulso de acceder a su petición, pero era imposible.
—No vais a ser un desastre. Rennesme, Sue y yo mismo os ayudaremos a aprender.
Isabella se sentó en la cama, y le preguntó:
—¿Y si mamá no me quiere?
Era el peor de los temores de Edward. Se acercó a ella, pero se recordó que no podía tocarla ni reconfortarla en ese momento.
—Entiendo que estéis nerviosa, pero os ruego que confiéis en mí. Antes de marcharme de Inglaterra, me aseguraré de que tenéis un buen futuro por delante. Os lo prometo.
Isabella lo miró con incertidumbre, y susurró:
—Confío en vos, pero… ¿y si mamá me mira como aquella puerca de Windsong, como todo el mundo?
Edward se tensó de golpe. Lady Belford iba a arrepentirse si se atrevía a mirar con desprecio a Isabella.
—No puedo predecir el futuro, pero podemos hacer lo posible para que todo esté a nuestro favor. Vais a tener que trabajar muy duro durante las próximas semanas, y yo os echaré una mano durante el reencuentro con vuestra madre. Creo que juntos podemos conseguir que todo salga bien. Yo pienso poner de mi parte, pero vos también debéis hacerlo.
Isabella se mordió el labio, y le dijo:
—Voy a intentarlo, pero desearía tener tanta seguridad como vos.
—Tendré suficiente seguridad para los dos. Ella es vuestra familia, Isabella. Yo soy un comerciante la mayor parte del tiempo, un corsario en mis ratos libres, y a la postre un soltero. No podéis navegar conmigo, no es correcto.
Ella apartó la mirada, y le preguntó:
—¿Por qué no? Vos hacéis lo que os da la gana, todos saben que no obedecéis a nada y a nadie.
Lamentablemente, eso era cierto. Edward vaciló por un instante antes de admitir con gravedad:
—Por desgracia, mi vida sería muy diferente si no fuera un excéntrico, ya que he permanecido apartado de todo el mundo. No me arrepiento, pero a la larga es mejor encajar.
—Pero yo también soy diferente —susurró ella.
Edward se dio cuenta de que los dos eran unos inconformistas.
—Vuestro destino está en Belford House, y el mío en el mar. Somos completamente diferentes —se sentó a su lado, mientras intentaba no pensar en lo mucho que tenían en común—. ¿Qué me decís?, ¿estamos de acuerdo en el plan de acción?
Ella vaciló antes de asentir.
—Voy a intentar mejorar mis modales, aunque no soy tan optimista como vos.
—Estoy convencido de que vais a lograrlo —antes de darse cuenta, añadió—: No voy a abandonaros, Isabella.
Los dos parecieron igual de sorprendidos por aquellas palabras.
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Isabella estaba exhausta, ya que llevaba los últimos cinco días inmersa en sus nuevas clases. El plan de acción estaba claro, así que estaba esforzándose al máximo por aprender a comportarse con educación y aires finolis. Estaba casi convencida de que no iba a poder engañar a nadie, pero no podía quitarse de la mente la imagen de una joven sin rostro que vestía elegantes vestidos y caminaba sin esfuerzo con elegancia. La mujer tomaba el té con su madre en un jardín lleno de rosas de todos los colores, y contaba con el apoyo de un galante admirador que la acompañaba por todo Londres, y que casualmente se parecía mucho a de Masen.
El protocolo no la fastidiaba tanto como esperaba, pero lo que no soportaba era ser tan torpe e inepta. Sus esfuerzos resultaban cómicos, ya que cuando no tropezaba con la falda del caftán que le habían dado, se le olvidaba andar con pasos cortos. Anthony se había partido de risa al verla andar con falda pero con paso de chico, hasta que al final le habían dicho al niño que se marchara mientras Sue, Rennesme y Michelle seguían ayudándola. Más tarde se había enterado de que de Masen había castigado al pequeño por reírse, y le había ordenado escribir en un solo día dos redacciones, una de ellas en latín, además de una carta de disculpa. El caftán le resultaba muy incómodo, y no sabía si iba a poder acostumbrarse a llevar algo así. Si ni siquiera podía caminar como las damas de Kingston, ¿cómo iba a aprender a bailar? Al quinto día, estaba totalmente desalentada. ¿Iba a conseguir ser lo bastante elegante como para engañar a alguien?
Tenía miedo de humillarse delante de la sociedad y de de Masen, pero a pesar de que no había querido admitirlo, siempre había sabido de forma instintiva que no podía presentarse en casa de su madre como la hija de un pirata. Le faltaban agallas para hacerlo.
Se quitó el odiado caftán. En un gesto desafiante que nadie había parecido notar, siempre llevaba debajo la camisa y los pantalones, y su daga seguía dentro de la bota. ¿Acaso estaba aferrándose a su antigua vida, por si la nueva no se materializaba? Tiró al suelo el caftán bordado en tonos turquesa, violeta y dorado, y lo alejó de una patada. Se había sentido mortificada cuando había estado a punto de caerse de cara al hacer una reverencia, pero lo peor de todo era que de Masen había estado observándola desde la puerta. En vez de impresionarlo, había quedado en evidencia delante de él por enésima vez.
Se cubrió la cara con las manos. ¿Por qué su madre no podía quererla tal y como era? ¿Por qué no podía quererla de Masen?
Le dio un vuelco el corazón. Se negaba a comportarse como una bobalicona en lo concerniente a aquel hombre. Era su protector, incluso su amigo, pero jamás se plantearía tener como amante ni como una simple aventura pasajera a una mujer vulgar como Isabella Swan, a una desvergonzada como La Salvaje… aunque quizás la desearía si se convertía en una dama.
Apenas lo había visto desde que había empezado con las nuevas clases. Creía que iba a ayudarla en cierta medida a aprender a caminar, hacer reverencias y bailar, pero o le había entendido mal, o él había decidido no participar en su educación. Había intentado ir a hacerle compañía durante la guardia de noche, pero él le había dejado claro que no era bien recibida y le había ordenado que se fuera a dormir. Había sido un golpe muy doloroso, ya que además de lo mucho que disfrutaba de su compañía y de que ansiaba que la felicitara por sus progresos, lo echaba de menos. Estaba claro que estaba manteniendo las distancias porque no quería que ella intentara seducirlo de nuevo.
Deseó no haber sido tan tonta.
Oyó que llamaban a la puerta, y al volverse para ir a abrir vio a través de las portillas que el cielo estaba cada vez más nublado. Se sintió entusiasmada, ya que hacía años que no navegaba durante una tormenta.
Abrió la puerta, y su rostro se iluminó al ver a un sonriente Michelle.
—¿Vamos a leer más? —la lectura le gustaba casi tanto como la navegación.
—Non. Actuellement, vamos a empezar con las clases de baile.
Se le cayó el alma a los pies; hasta el momento, las clases se habían limitado a caminar, hablar y hacer reverencias básicas. ¿Iba a ser Michelle quien la enseñara a bailar? Si no tenía más remedio que aprender, quería que su maestro fuera de Masen. Pero quizás fuera mejor así, no quería volver a quedar en ridículo delante de él.
—No me encuentro bien, ¿podemos dejarlo para mañana?
—¡Nos queda muy poco tiempo, mademoiselle!Debéis aprender a bailar el vals, aunque no dispongamos de música. Maintenant, allez-vous!
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—Que arricen las gavias y los juanetes.
—Sí, señor —el guardiamarina Quil se apresuró a dar las órdenes correspondientes.
Edward se volvió hacia el bauprés. El viento había alcanzado los veintitrés nudos, y el tiempo iba empeorando con tanta rapidez, que en unas dos o tres horas iba a tener bajado casi todo el velamen. Se cruzó de brazos mientras intentaba calibrar el alcance de la tormenta que se avecinaba. La situación no tenía demasiada buena pinta.
—Tenemos por delante muy mal tiempo, Jacob.
—Sí, señor.
—Va a llover —fue hacia el borde del alcázar y observó cómo descendían las velas, tal y como había ordenado—. Encárgate de que haya doble guardia.
—Sí, señor —Quil ordenó de inmediato que una segunda guardia tomara posiciones.
Edward sabía que, para cuando llegara la puesta de sol, iba a tener que ordenar que todos los hombres estuvieran en cubierta; el cielo estaba tan encapotado, que el sol ya ni se veía.
De repente, vio a Sue acercándose por la cubierta principal. La mujer avanzaba con dificultad, ya que el balanceo del barco era cada vez más fuerte.
—Mi señor.
Se inclinó hacia delante, y la agarró del brazo para ayudarla.
—¿Cómo están los niños?
—Muy bien. Anthony quiere subir a cubierta, y Rennesme está tan absorta en sus tareas de francés, que ni siquiera se ha dado cuenta del mal tiempo.
El oleaje era cada vez más fuerte, y el tiempo iba empeorando rápidamente.
—Anthony no puede subir a cubierta hasta que pase la tormenta, y dudo que sea antes del amanecer. Adelante con el informe, Sue.
Cada día, a las cuatro en punto, la mujer le informaba de los progresos de Isabella, que de momento parecían esperanzadores.
—Es una estudiante muy aplicada. No me preocuparía si tuviéramos más tiempo, pero sólo nos quedan tres semanas. Durante toda su vida ha ido a su aire y se ha comportado como un muchacho, un comportamiento tan arraigado no puede cambiar en cuestión de semanas.
—Debe causar una buena impresión en Belford House.
—Vos mismo la visteis caminar como un marimacho el otro día. Necesita más tiempo, mi señor. ¿Puedo hablar con franqueza?
—Adelante.
—Es muy orgullosa, pero cada día deja a un lado su dignidad. Cada pequeño fallo la mortifica. Creo que quizás sería mejor que pospusierais su entrada en sociedad hasta que esté mejor preparada.
—Eso podría arreglarse —comentó Edward, pensativo—. Pero me gustaría que se reuniera con su madre cuanto antes, y para eso no necesita estar perfecta. ¿Habrá aprendido lo suficiente cuando acabe el viaje como para parecer una mujer de buena cuna?
—No lo sé.
La situación lo preocupaba. Sabía lo decidida que estaba Isabella y la admiraba por su tenacidad, sobre todo temiendo en cuenta lo orgullosa que era y lo mucho que la avergonzaban sus errores, pero lady Belford querría una hija de modales impecables.
—Quizás sería buena idea que la animarais y la alabarais, mi señor. Os admira muchísimo.
Edward se ruborizó, y empezó a sospechar que Sue estaba al tanto de la inaceptable pasión que había enturbiado su relación con Isabella.
—Vamos, te acompañaré hasta los camarotes.
La agarró del brazo, y la ayudó a mantener el equilibrio mientras la conducía hasta el camarote de los niños. Justo antes de que entrara, Isabella salió del suyo y sonrió al verlo.
Entraron juntos en el camarote de los niños, y al ver que estaba sonrojada y que tenía los ojos brillantes comentó:
—¿Queréis compartir conmigo alguna buena noticia?
—Se avecina una tormenta, hace años que no navego durante una de las fuertes —le dijo ella con entusiasmo.
Edward la miró con perplejidad. La mayoría de las mujeres ya habrían empezado a ponerse nerviosas, en una hora estarían al borde de las lágrimas, y estarían llorando desconsoladas al creerse al borde del naufragio para cuando hubieran alcanzado el corazón de la tormenta.
—Nos espera un mar muy revuelto, y vientos fuertes. Ya hemos alcanzado los veintitrés nudos. Quiero que permanezcáis bajo cubierta, al igual que los niños —como ella lo miró con incredulidad, añadió—: Es una orden.
Al volverse hacia sus hijos, vio a Anthony mirándolo con una expresión similar a la de Isabella. Era obvio que Rennesme ya había notado el mal tiempo, porque estaba muy pálida. Había cerrado el libro que estaba leyendo, y permanecía sentada muy quieta en la litera inferior.
—¡Tengo que ayudarte a navegar durante la tormenta, papá! Va a haber una, ¿no? —le dijo Anthony.
—Se avecina un temporal, pero tienes ocho años y voy a darte una orden directa: Quiero que te quedes en este camarote, y que cuides de tu hermana.
—¡Pero…!
—¡Nada de peros! Soy tu capitán, y vas a obedecerme. ¿Está claro?
Anthony se ruborizó y asintió.
Edward sabía que tenía que ser firme. Aunque el pequeño no le había desobedecido nunca, estaba deseando subir a cubierta y presenciar la tormenta, y corría el riesgo de caer por la borda.
—Voy a dejártelo muy claro: Si me desobedeces, te castigaré con una vara —era la primera vez que le amenazaba así, pero no podía correr el riesgo de que su hijo le desobedeciera.
El niño abrió los ojos como platos, y permaneció en silencio.
Edward lo observó durante un largo momento para asegurarse de que había entendido que, en aquella ocasión, una infracción podía costarle muy caro.
—Bien —su expresión se suavizó cuando se acercó a Rennesme y la alzó en brazos—. ¿Qué estás leyendo?
—La Iliada —le contestó ella en un susurro.
—¿Es un buen libro?
—Sí. ¿Vamos a volcar, papá?
Edward se rió para intentar tranquilizarla.
—¡Claro que no! ¿Cuándo ha volcado tu padre?, ¿cuándo ha naufragado? Los vientos arrecian, eso es todo. Después empezará a llover, pero tú estarás profundamente dormida, cómoda y arropada —la sentó de nuevo en la litera—. Ni siquiera te darás cuenta de que ha habido una tormenta, porque cuando te despiertes por la mañana ya habrá salido el sol —le dio un pellizquito en la barbilla.
La niña asintió, pero fue incapaz de sonreír.
—El barco se mueve mucho, no voy a poder dormir.
—Sue va a prepararte un té, y te prometo que el balanceo del barco te ayudará a conciliar el sueño.
La niña sonrió por fin.
Isabella estaba junto a Sue, observando fascinada cómo hablaba con sus hijos. Edward se acercó a ellas, y le dijo en voz baja a la criada:
—Dentro de una hora, pon un poco de brandy en el té de Rennesme. Será mejor que duerma durante toda la noche.
La mujer asintió.
Edward fue hacia su hijo, y posó una mano en su hombro.
—Quiero que tranquilices a tu hermana. Juega con ella, léele algo, distráela.
—Sí, papá.
Edward suspiró al ver que parecía contrito pero desafiante. En un par de años, iba a ser un muchacho testarudo difícil de controlar. Fue hacia la puerta, pero antes de salir se volvió hacia Isabella y la vio junto a su hijo.
—No está siendo malo contigo, Anthony. Una tormenta es peligrosa. El viento podría lanzarte por encima de la borda, y entonces tu padre se lanzaría al mar a salvarte y os ahogaríais los dos.
El niño asintió con seriedad, y dijo:
—Es verdad. Voy a cuidar de mi hermana.
Edward se despidió de Sue con un gesto de asentimiento, y salió del camarote. El viento había arreciado, y arrastraba la espuma de las olas embravecidas. Aceleró el paso, y subió al alcázar.
—¿Fuerza del viento?
—Veinticuatro nudos —le dijo Quil.
—Aferrad los juanetes. Arrizad los foques.
—¡Sí, señor!
—¿Permiso?
Edward se volvió de golpe al oír la voz de Isabella. Estaba en cubierta, luchando contra el viento, y sus ojos marrones brillaban de entusiasmo. Sin pararse a pensar en lo que hacía, bajó de un salto y la agarró con fuerza.
—¡Pesáis poco más que mi hijo! ¿Cómo se os ocurre subir a cubierta?, ¿estáis loca?
—¡No estamos en medio de un huracán! Veinticuatro nudos… ¡No es más que viento de tormenta!
—¡Bajad ahora mismo!
—¡Por favor!
Sus miradas se encontraron. A pesar de que sabía que era una locura dejar que se quedara, la condujo hasta el alcázar, agarró una cuerda, le ató la cintura a uno de los extremos, y después ató la suya propia al otro.
—Podéis quedaros media hora; en todo caso, quería hablar con vos —le dijo en voz alta, para que pudiera oírlo a pesar del viento—. Una tormenta no es lugar para una dama.
Por la forma en que bajó la mirada, era obvio que estaba tramando algo. Lo miró de soslayo, y murmuró:
—No soy una dama.
—Perfecto, justo el tema del que quería hablaros.
—¿Qué? —Isabella se llevó la mano al oído, como indicando que no le oía.
Edward se la bajó sin miramientos.
—Sé que podéis oírme —aun así, bajó el rostro hacia ella—. Me complace lo mucho que habéis progresado en las clases de decoro, Isabella. Sue no deja de elogiaros.
Ella lo miró boquiabierta.
—Si seguís así, estoy convencido de que no sólo enorgulleceréis a vuestra madre, sino que tendréis pretendientes haciendo cola para conseguir vuestra atención.
—¿Cómo podéis decir tal cosa?, ¡si hoy casi me caigo de bruces! —le gritó con incredulidad.
—Tengo completa confianza en vos —le dijo él con sinceridad—. Pero como sé que estáis preocupada, he decidido que lo pospondremos todo cuanto sea necesario si no estáis lista cuando lleguemos a Londres.
Ella lo miró claramente aliviada, y asintió sin dejar de mirarlo a los ojos.
De repente, Edward se la imaginó con un hermoso vestido en un salón de baile, y se le aceleró el corazón. Dios del Cielo, estaría tan arrebatadora… se quedó sin habla por un segundo, y se dio cuenta de que iba a tener docenas de pretendientes.
Su boca pareció actuar como por voluntad propia, y se oyó decir:
—Quiero que me guardéis vuestro primer baile en vuestra presentación en sociedad.
—¿En serio? —Isabella apenas podía creérselo.
Lo sacudió un deseo posesivo tan abrumador, que tuvo que apartar la mirada.
—Sí. De hecho, me aseguraré de estar en Londres cuando asistáis a vuestra primera fiesta, si me prometéis ese baile.
Isabella lo miró con incredulidad. Intentó volverse, pero la cuerda que los unía por la cintura se tensó.
—Por supuesto que os lo prometo, pero no entiendo por qué me lo pedís.
—Sois mi protegida, ¿no?
Edward intentó comportarse con naturalidad, pero sabía que estaría irresistible con un elegante vestido, bailando en brazos de un caballero. Se dio cuenta de que la situación no iba a hacerle ninguna gracia, porque ningún hombre sería inmune a su belleza, y de repente deseó ese primer baile con todas sus fuerzas.
—¿Acaso no tengo derecho a bailar con vos antes que todos los demás?
Estaba perdiendo el control. Se encontraban cerca del timón con un viento de tormenta mientras el barco se balanceaba de un lado a otro, pero su atención estaba centrada en ella, en su belleza y su encanto. Sabía que bailar con aquella mujer sería casi tan excitante como acostarse con ella.
Isabella esbozó una sonrisa, y le dijo:
—Soy bastante torpe.
Edward soltó una carcajada al oír algo tan absurdo.
—¡Eso no es cierto! Cuando nos enfrentamos con las espadas comprobé de primera mano lo ligera que sois de pies. Vais a ser una bailarina excelente, y acabaréis dominando todas las destrezas que estáis aprendiendo.
—De acuerdo, os concederé el primer baile… si me permitís permanecer aquí durante toda la tormenta.
—¡Ni hablar! ¡No quiero que caigáis por la borda!
Isabella le dio un tirón a la cuerda que los unía, y le lanzó una seductora mirada de soslayo.
—Dudo que pueda caerme por la borda estando así.
Edward sacudió la cabeza. Le enfurecía que ella se hubiera atrevido a usar aquel baile como una moneda de cambio. Miró hacia el mar embravecido, y al darse cuenta de lo oscuro que estaba el horizonte, se volvió hacia ella de nuevo y le dijo:
—No pienso negociar por ese baile —no le importaba lo que ella pudiera decir, estaba decidido a conseguirlo.
Isabella le lanzó una mirada de lo más femenina… demasiado, incluso… que decía a las claras que se sabía vencedora, pero de repente soltó un grito. Él se volvió, y vio a uno de los gavieros colgando de un peñol; antes de que pudiera reaccionar, la vio por el rabillo del ojo cortando de golpe la cuerda que los unía con su daga. Intentó agarrarla de forma instintiva, pero logró esquivarlo al pasar por debajo de su brazo y bajó de un salto a cubierta.
—¡Isabella! —gritó, mientras saltaba tras ella.
Se le detuvo el corazón al verla subir a los obenques. ¿Acaso iba a intentar salvar al marinero? Echó a correr hacia ella para intentar agarrarla antes de que subiera demasiado, pero era muy ágil y ascendía con tanta rapidez, que ya casi había llegado a los obenques del mastelero. Estaba a una altura peligrosa, una caída podía ser mortal.
Se debatió entre varias posibilidades: podía intentar subir tras ella y obligarla a bajar, o volver a cubierta para intentar agarrarla si se caía.
Se decidió por la segunda opción. Saltó a la cubierta, y al ver que Quil se le acercaba, le dijo con voz tensa:
—Atrápala si se cae.
Con el corazón en un puño, la vio luchar contra los vientos, que a aquella altura eran incluso más fuertes y podían arrancarla de la arboladura de un momento a otro. Ya estaba en los obenques del mastelero, pero el marinero estaba por encima de ella, colgando de la verga de gavia principal como una marioneta. El pobre no iba a poder aguantar mucho más.
Isabella se detuvo para recuperar las fuerzas, pero reemprendió el ascenso de inmediato cuando el marinero le gritó pidiendo ayuda. Fue acercándose a él poco a poco mientras luchaba contra el viento, que parecía empeñado en tirarla. Edward contuvo el aliento al verla alargar la mano hacia el muchacho, mientras esperaba que de un momento a otro el viento arrancara su cuerpo menudo de la arboladura y se la llevara volando.
El marinero se negó a soltar el peñol y ella le gritó algo, pero la tormenta ahogó el sonido de su voz.
Al recordar su daga, Edward se llevó las manos a la boca y le gritó:
—¡Isabella, cortad el cabo y lanzádselo! ¡Cortad el cabo!
Ella se sacó la daga, y cortó uno de los cabos de los obenques. Cuando se lo lanzó al marinero y éste lo agarró, Edward supo que estaba ante un milagro. El muchacho soltó el peñol, y bajó hasta la cubierta colgado del cabo. Edward dejó que sus hombres se encargaran de agarrarlo de las piernas para acabar de bajarlo, ya que toda su atención estaba centrada en Isabella, que había empezado a descender. Cuando por fin la vio llegar a una altura desde la que podía romperse varios huesos al caer pero no matarse, saltó hacia los obenques y empezó a subir hacia ella.
En cuanto lo vio, esbozó una sonrisa no sólo triunfal, sino además petulante.
Él apenas podía creer lo que acababa de pasar. La rodeó con un brazo, y le gritó:
—¡Soltaos!
Cuando ella obedeció, la apretó contra su cuerpo, y por un momento se balancearon colgando de los obenques.
—Dios —era lo único que pudo alcanzar a decir. No se habría recuperado jamás si ella hubiera muerto—. Dios…
—¿El chico? —le gritó ella, con la mejilla apretada contra su pecho.
—¡Está bien! —Al notar que el viento soplaba con más fuerza, se dio cuenta de que tenían que bajar de inmediato—. Tenemos que bajar, no me soltéis.
—¡Puedo bajar sola!
Y un cuerno. Edward empezó a bajar con cuidado, ya que tenía miedo de dar un resbalón y dejarla caer sin querer. Al ver que sus hombres se colocaban debajo de ellos y alargaban los brazos para agarrarla, se la entregó antes de bajar a la cubierta de un salto.
—Que alguien la lleve abajo. Asegurad de nuevo las gavias.
Isabella lo agarró del brazo, y le dijo con calma:
—Dejad que me quede, me parece que acabo de demostrar que puedo ayudar.
—No vais a permanecer en cubierta —le dijo él con firmeza.
—Le he salvado la vida al marinero.
—¡Ha sido una locura! Bajad ahora mismo con los niños.
—Por favor, de Masen. Os juro que os obedeceré en todo.
¿Qué mujer en su sano juicio desearía permanecer junto a él durante una tormenta? Sólo la que acababa de arriesgar la vida para salvar a un marinero al que ni siquiera conocía. Jamás iba a olvidar la imagen de Isabella subiendo por la arboladura, arriesgándose para salvar al muchacho. Había sido el acto más valiente que había presenciado en toda su vida, no había duda de que era la mujer más valerosa que había conocido jamás.
—Tendríais que estar atada al trinquete, y no sería nada agradable.
Ella sonrió de oreja a oreja.
Unas horas después de que anocheciera, el cielo se había teñido de negro. El viento había alcanzado los cincuenta y seis nudos, y aún no había amainado. La fragata sólo tenía izada la vela de estay de capa. El mar estaba completamente blanco, y no había visibilidad; el aire estaba saturado de espuma y roción. La embarcación escoraba sin control. Jacob estaba al timón con Edward a su lado, y la tripulación en pleno estaba en cubierta.
Isabella estaba delante de los dos hombres, con una cuerda alrededor de la cintura que la mantenía sujeta al trinquete, y que impedía que pudiera caer por la borda.
Ya habían pasado unas ocho horas desde el rescate del marinero, así que Edward suponía que debían de ser las tres o las cuatro de la madrugada. Isabella había permanecido a su lado, navegando bajo la tormenta como si formara parte del viento y el mar. Sentía una admiración inmensa por aquella mujer.
—¿Creéis que vamos a meternos de lleno en un huracán, señor? —le gritó Jacob.
—No. Estamos en el centro, Jake. En una hora lo peor ya habrá pasado.
—Sí, señor.
Edward fue a estribor luchando contra el viento, e Isabella lo miró sonriente. No se había molestado en preguntarle si estaba cansada y deseaba ir abajo, porque sabía de antemano su respuesta.
—Estamos en el centro de la tormenta, Isabella.
—Ya lo sé, lo noto —señaló hacia la proa, y comentó—: Ya se ve algo de luz.
Él siguió su mirada, pero no vio nada que pudiera presagiar el amanecer. Permaneció junto a ella, y al cabo de una hora alcanzó a ver la luz cada vez más intensa. Le pareció notar que el viento amainaba, y al recorrer el mar con la mirada se dio cuenta de que tenía razón al pensar que la tormenta estaba perdiendo intensidad. Miró a Isabella, que le dijo con una sonrisa:
—La fuerza del viento ha bajado al menos diez nudos.
La capacidad que tenía para analizar el viento y el tiempo era increíble.
—Sí, es cierto, pero nos espera un buen aguacero.
Aquello no pareció preocuparla en lo más mínimo.
Edward fue a informarse sobre la fuerza del viento, y cuando le dijeron que había bajado once nudos, ordenó que se aumentara la vela. Cuando regresó junto a Isabella, alzó el catalejo y lo fijó en el horizonte; acababa de centrarlo en el sol que empezaba a surgir cuando le cayó una gota en la mano, seguida de otra y de una tercera. Antes de que pudiera pronunciar palabra, empezó a caer un aguacero.
Isabella se echó a reír, y le preguntó:
—¿Puedo cortar la cuerda?
Edward sonrió. Como el viento ya no superaba los veinte nudos, cortó la cuerda él mismo. No hacían falta palabras. La miró con una expresión elocuente, y ella lo siguió hasta el timón.
—Ya me ocupo yo, Jake. Has hecho un buen trabajo, baja y disfruta de un buen trago.
—Sí, capitán —le contestó Jacob, muy sonriente. Se volvió hacia Isabella, y se llevó una mano a la gorra en un gesto de saludo antes de marcharse.
Aunque parecía imposible, la lluvia arreció más; aun así, Edward siguió manejando con suavidad el timón mientras la fragata surcaba el agua sin problemas.
—Tendríais que ir abajo, Isabella.
—Me gusta la lluvia.
Él no contestó. Tendría que parecer una niña desaliñada, pero su aspecto era el de una diosa del mar. La camisa mojada se le amoldaba al cuerpo y revelaba sus pechos plenos, sus pezones endurecidos y su estrecha cintura. Como la ropa parecía opaca, debía de llevar alguna prenda barata debajo, pero eso no lo reconfortó en absoluto. Se dijo que no debía observarla y se apresuró a apartar la mirada, pero el daño ya estaba hecho. Lo peor de la tormenta ya había pasado, y jamás había deseado tanto a una mujer como a Isabella Swan.
El aguacero terminó poco después. El cielo fue aclarándose mientras el viento iba perdiendo fuerza, y de repente el sol se alzó ante ellos y tiñó de rojo el cielo y el mar mientras el azul luchaba con el gris. Era un momento glorioso.
Compartió con Isabella una sonrisa llena de camaradería, pero se tensó al ver que ella se quedaba seria y lo contemplaba con un deseo casi tangible. La muchacha a la que había rescatado semanas atrás en Ciudad de España había desaparecido, y había dado paso a una mujer seductora.
Cuando se volvió para ordenar que izaran las velas, ella murmuró algo ininteligible y bajó a cubierta. El alcázar le pareció extrañamente vacío sin ella, pero se dijo que era mejor así y respiró hondo mientras intentaba controlar la pasión que lo inundaba. Isabella tenía razón, no había nada comparable a navegar en medio de una tormenta… con la excepción de hacerlo acompañado de una mujer como ella, o de gozar de su compañía en la cama.
Se tensó al imaginársela en la cama, debajo de su cuerpo, con el rostro alzado hacia él, tan enloquecida y apasionada como el mar. Se imaginó arrancándole la camisa empapada y lo que llevaba debajo, dejando al descubierto sus senos, bajando la boca hasta su piel…
Era una suerte que lo hubiera dejado solo; en ese momento, ya debía de estar durmiendo en su camarote.
—¿Permiso, capitán?
Se sobresaltó al oír su voz suave. Al verla con dos vasos en la mano, sonrió y le dijo:
—Concedido.
Isabella le devolvió la sonrisa y se le acercó.
—A papá le gustaba tomar un buen trago después de una tormenta.
—Gracias, Isabella —le dijo con voz ronca.
Ella le dio el vaso, y sus miradas se encontraron. A ninguno de los dos se le había pasado por alto el tono ronco de su voz. Edward se volvió ligeramente, y la calidez del licor lo recorrió cuando apuró el vaso de un trago. Creía que el segundo vaso era para ella, pero Isabella se lo dio también.
Fue incapaz de controlarse, y la recorrió con la mirada. La camisa se le amoldaba a los senos de forma indecente, y revelaba los pezones endurecidos mientras los pantalones hacían lo propio con las curvas de su entrepierna.
Se puso rojo como un tomate, y susurró:
—Id a acostaros, Isabella. Descansad un poco. Sois una marinera valiente y experimentada.
—Estáis empapado, y tan exhausto como yo —le dijo ella, mientras lo miraba con una expresión intensa—. Bajaré cuando os retiréis.
A pesar de sus palabras, se apoyó en el timón. Era obvio que estaba muy cansada, y no era de extrañar. Edward tomó conciencia de su propio agotamiento, y comentó:
—Ha sido una noche muy larga, vos ganáis.
Ya era hora de que empezara el siguiente turno de guardia. Miró hacia atrás, y con un gesto le indicó al guardiamarina que estaba a la espera que ya podía acercarse para hacerse cargo del timón.
Cuando el hombre tomó el timón, Isabella se volvió para bajar a la cubierta principal, pero estaba tan exhausta que tropezó. Edward logró agarrarla a tiempo, y le dijo con preocupación:
—¡Vais a enfermar si no descansáis!
Estaba tan cansada, que sólo alcanzó a esbozar una débil sonrisa. La rodeó con el brazo para que pudiera apoyarse en él, y mientras la conducía por cubierta luchó por no prestar atención al contacto de sus senos. Era una suerte que estuviera medio dormida, aunque eso no le facilitara en nada las cosas a él.
Cuando pasaron por delante del camarote del capitán, Isabella se apartó de él y entró en vez de pasar de largo. Se quedó atónito, pero no protestó… era incapaz de hacerlo, ya que el deseo le nublaba la mente.
Entró tras ella, y se quedó allí parado como un idiota mientras la veía meterse en la cama. A pesar de lo cansada que estaba, le lanzó la mirada más seductora que había visto en su vida. A pesar de sí mismo, cerró la puerta de un puntapié sin molestarse en volverse.
—Ha sido una noche fantástica —le dijo ella, adormilada, mientras se llevaba las manos a la camisa.
—Sí, es verdad —le contestó muy serio, jamás había estado tan excitado en toda su vida—. Tenéis que quitaros la ropa mojada —se debatió por unos segundos, y al final se impuso el honor—. Voy a cambiarme tras el biombo. Podéis dormir aquí, yo me iré al camarote de los niños.
—No quiero echar a perder esta colcha tan fina —murmuró ella, mientras le lanzaba otra de sus miradas.
Edward se tensó al ver que se llevaba las manos al borde de la camisa. Era obvio que estaba a punto de quitarse la prenda sin más, y a pesar de que sabía que tendría que protestar, permaneció inmóvil y callado, a la espera. Quería ver cómo se quitaba la ropa, quería verla desnuda.
Isabella bajó los ojos, y se sacó por la cabeza la camisa y la camisola. Lo miró con otra de sus sonrisas seductoras, y se echó hacia atrás hasta que quedó reclinada contra las almohadas de terciopelo.
Edward permaneció donde estaba mientras contemplaba a aquella Venus medio desnuda que lo esperaba, y que era más peligrosa que una sirena. Llevaba demasiado tiempo deseándola, y quizás comprobar su valentía había sido lo que lo había despojado de todo su autocontrol. Fue incapaz de apartar la mirada de sus senos, que estaban enmarcados por su larga y rizada melena castaña. Echó a andar hacia ella sin apenas darse cuenta, se sentó en la cama a la altura de su cadera, y cubrió sus senos con las manos.
Sintió que una excitación salvaje lo consumía, y al oírla soltar un gemido de placer luchó por aferrarse al poco control que le quedaba.
—Sois más que valerosa, y tan increíblemente hermosa… —le dijo, con voz ronca—. ¿Cómo puedo rechazar un ofrecimiento así?, soy humano —a pesar de sus palabras, su mente no dejaba de advertirle que estaba cometiendo una locura. Quizás no había perdido del todo la razón.
Ella posó una mano en su hombro, y susurró:
—Por favor.
La conciencia y el honor lucharon contra las exigencias de su cuerpo, pero ya era demasiado tarde. El contacto de su mano lo sacudió de pies a cabeza, y el deseo estalló en su interior. No quería besarla, ya que era un acto demasiado íntimo, pero fue incapaz de contenerse; enmarcó su rostro entre las manos, y le hundió la lengua en la boca. Hacía mucho que deseaba saborearla, pero estaba tan enloquecido, que necesitaba saciar su sed cuanto antes. Hundió la lengua aún más, y cuando ella empezó a gemir de placer, empezó a acariciarle los pechos enfebrecido. Bajó la cabeza, y empezó a besárselos mientras frotaba el rostro contra ellos. Cuando por fin empezó a chuparle un pezón, Isabella gritó extasiada.
Bajó una mano hasta su entrepierna, y respiró jadeante mientras ella se estremecía. Tenía el miembro dolorosamente erguido, y la presión de los pantalones era insoportable.
El pensamiento y la razón se habían desvanecido. Estaba inmerso en un torbellino de lujuria, deseo, y emociones que no se atrevía a intentar descifrar. Ya había abierto los pantalones de Isabella, y sus dedos recorrían aquella piel húmeda y cálida. Ella gritó de placer y abrió las piernas todo lo que pudo mientras se arqueaba para recibir sus caricias, su sabor masculino, su virilidad. Siguió acariciándola hasta que ella sollozó de placer.
Sabía de forma instintiva que era su primer amante, y la excitación salvaje se convirtió en una vorágine de deseo posesivo y de anhelo.
Le quitó los pantalones y los calzones mientras ella permanecía jadeante. Fue incapaz de darle tiempo a que se recuperara del orgasmo, no podía esperar más. Se inclinó sobre ella, y bajó la boca hasta su entrepierna.
Mientras la chupaba y la saboreaba, la sangre le corría por las venas en un torrente ensordecedor. Isabella gritó una y otra vez al alcanzar de nuevo el clímax, y él bajó la mano y aferró su miembro a través de los pantalones. Luchó contra el placer mientras se estremecía contra ella, pero fue un esfuerzo inútil. Cuando no pudo seguir controlándose, bajó de la cama de un salto, se apresuró a colocarse tras el biombo, y se abrió los pantalones. Colocó la frente contra la pared, y el orgasmo lo sacudió en cuanto agarró su miembro y movió un poco la muñeca.
Cuando empezó a recuperarse, permaneció inmóvil. Apenas podía creer lo que acababa de hacer. Después de inhalar profundamente, se apartó de la pared y se colocó bien la ropa. Se secó el sudor que le cubría el rostro, mientras luchaba con el anhelo de volver a la cama y retomar las cosas donde las habían dejado.
Pero lo cierto era que no la había deshonrado… aún.
Se quitó la camisa mojada, y salió de detrás del biombo. Isabella estaba justo donde la había dejado, y se había quedado dormida.
La contempló enmudecido. Estaba tan exhausta, que ni quiera había tenido fuerzas para moverse; seguía encima de la colcha, completamente desnuda, con las mejillas sonrosadas y la respiración rítmica y pausada. Se acercó a ella poco a poco. Podía repetirse una y otra vez que sólo era una niña, pero sabía que estaba intentando engañarse. Era tan hermosa, que sintió una punzada en el corazón; además, era tan apasionada como había soñado… y apenas habían empezado.
Se tensó de inmediato. ¡No habían empezado nada!, ¡no había nada que empezar! Tenía que ser su protector, no su amante. No era un granuja amoral.
Estaba tan agotada, que en caso de despertarse se dormiría otra vez de inmediato. Cuando la alzó y la colocó bajo la sábana, ella se limitó a suspirar. Fue a sacar una de sus camisas del arcón, y después de ponérsela, la arropó bien. Al verla sonreír un poco, se preguntó si estaba medio despierta.
Se sentó en una de las sillas, y se quitó las botas antes de hacer lo propio con los pantalones; por desgracia, tenía de nuevo una dolorosa erección. Después de ponerse ropa seca, se sirvió un whisky, y mientras se lo bebía se sentó de nuevo y se quedó mirándola. Se preguntó qué iba a decirle cuando despertara. Era un hombre inteligente y honesto, pero en ese momento no se le ocurría ninguna buena explicación para lo que había hecho.
Era posible que tuviera suerte, y que ella no recordara lo sucedido. El problema era que tenía un ego bastante grande, y esa opción no le gustaba demasiado.
¿Cómo demonios iba a soportar lo que quedaba de viaje después de lo que había compartido con ella? Si seguían según lo previsto, tenían dos semanas enteras por delante.
No pudo encontrar respuesta alguna a la pregunta. Siguió contemplándola mientras el sol ascendía en el cielo, y tuvo que ajustarse mejor los pantalones para que no le apretaran tanto.
woowww, ya se pueden ir todas a dar esa ducha fria, cochinotas, jajajajajaja. En el próx. cap. por fin llegan a Londres... conoceremos al hermano de Edward, Emmett y a su hermana Elisabeth... queda poco para la transformación y para el babeo y los constantes celos de Edward, jejejejeje. nos leemos guapas. besotes.
por cierto grácias de corazón por todos sus comentarios y favoritos y alertas... y ... por todo en general son un encanto y como recompensa a esos minutos que dedican a escribir sus comentarios... esta noche subiré dos historias nuevas... apasionantes (como siempre) divertidas (de verdad se reiran hasta llorar) y emocionantes... a alguien le parece sensual la pasión mezclada con la comida¿? jejeje o un poli de nueva york babeante ante la hija de un hombre relacionado con la mafia... jejeje.
