Disclaimer: Los Juegos del Hambre y En Llamas no me pertenecen; contexto, personajes, geografía, etecé, son obra y gracia de Suzanne Collins :(


SEGUNDA PARTE: EL VASALLAJE.

.

.

.

La Gira.

.

.

.

.

.

Entro a casa de mi Mentor, "sin tocar la puerta como es mi maldita costumbre", diría él, sorprendido de verlo sobrio y con la mirada clavada en mí, en el momento justo en que entré a la cocina. Como si me estuviera esperando.

—Come —le ordeno, acercándole un tazón con sopa y otro con pan—. Ayer no probaste bocado.

—Después —se levanta de la mesa—. Tengo cosas más importantes que hacer. ¡Hazte a un lado! —ladra, empujándome.

— ¿Adónde vas?

—Por alcohol, ¿adónde más? —me lanza una mirada clara que dice: "Cállate, no fastidies y sígueme".

Suspiro con frustración. Me dan ganas de darle una patada en su borracho trasero y mandarlo al diablo por siempre y nunca más preocuparme porque se lleve algo a la boca. ¿Qué necesidad tengo de soportar sus groserías? "Mucha, susurra una pequeña voz en mi cabeza, tienes que cuidar de él". Vuelvo a suspirar, ahora cansinamente porque sé que no podría abandonarlo, por más desagradable que sea. La prueba es que voy detrás de él.

Un día después de sus hirientes palabras y que me desquité con su puerta, estaba convencido, es más, había jurado no volver a dirigirle la palabra. Claramente incumplí mi juramento. Tomé un poco de pan, me dije que sólo lo dejaría y que no cruzaría palabra alguna con él. Cuando lo vi, un conocido frío lúgubre me recorrió todo el cuerpo: tirado, rodeado de un charco de vómito, inmóvil, así estaba mi Mentor. Pensé que estaba muerto y se me detuvo el corazón por un instante. No tardé mucho en reaccionar, lo moví, y el calor me regresó al cuerpo, sólo estaba demasiado ebrio, despierto, pero sin fuerzas para levantarse o moverse siquiera. Como pude, y tal cual nuestro primer encuentro, lo arrastré hasta el baño que se encuentra a un lado de la cocina. Limpié su rostro y le quité la camisa sucia, para encontrarme con otra debajo en peor estado. Como se quedó dormido, no pude hacer más por él y lo deje ahí.

Verlo así, medio inconsciente, sucio, solo, solamente sirvió para dejarme claro que no podía ignorarlo ni despreocuparme por él. Es mi vecino, mi Mentor… aunque difiere mucho de lo que es una amistad, también es mi amigo, o lo más cercano a uno, teniendo en cuenta que los que se decían serlo me dieron la espalda por completo, Haymitch está bien.

Y, además, es una persona. No puedo tratarlo como basura o un objeto; arrinconarlo y dejarlo olvidado como el Capitolio hizo con él; tampoco puedo tratarlo como un animal, como un perro al que se le da un poco de comida y después lo ignoras, sin importarte que pase con él de ahora en adelante. Eso sería incluso más cruel que sus palabras. Mucho más que los propios Juegos del Hambre.

Ser completamente indiferente con otro ser humano, es como ser un muto… Es inhumano.

— ¿A qué vino Snow? —se detiene bruscamente cuando salimos de la Aldea.

—A desearnos suerte e invitarnos personalmente a la fiesta en su mansión el último día de la Gira. Ah, y a regalarnos unas apestosas flores. ¿No íbamos por alcohol? ¿Por qué te detienes?

— ¿Qué más? —ladra, ignorándome.

—Nada más. ¿Por qué? ¿Cómo sabes que vino? ¿Te visitó?

—No. Lo vi a lo lejos, y sus guardaespaldas no son lo que se dice discretos. ¿Qué le dijiste?

—Le agradecí muy amablemente por sus buenos deseos, por sus flores y le aseguré que nos comportaríamos durante la Gira.

— ¿Comportarte? ¿Cómo? ¿Te lo exigió?

—No. Sólo dijo que esperaba que Prim y yo nos comportáramos a la altura, como Vencedores que ahora somos, es importante mantener una imagen como tal: digna y por encima de todos.

— ¿Y?

—Y nada más. No estuvo mucho tiempo aquí, cosa de unos minutos.

— ¿Qué te pareció?

— ¿Qué?

—El Presidente, Peeta, estamos hablando de él.

—Pues… un poco diferente a cómo lo percibí la primera vez que lo conocí terminados Los Juegos. En ese entonces me parecía que no le agradaba en absoluto, como si le incomodara mi presencia, o la de Prim, o ambos, qué sé yo. Pero creo que fueron figuraciones mías porque está vez se comportó muy amable… adulador con Prim, preocupado de mi futuro. Cosas así. Aunque, bueno, si te soy sincero, lo sentí un poco falso, exagerado y… y su mirada fría no cuadraba con su expresión.

—Preocupado por tu futuro, ¿cómo?

—Mencionó que la gente del Capitolio estaría muy contenta de tenerme como acompañante

— ¿Acompañante? —sopla, pálido.

—Sí, acompañante, muchas fiestas, desvelos, dinero a montones, Finnick Odair y esas cosas que imagino ya sabes.

— ¿Qué dijo sobre Finnick Odair? —demanda.

—Nada que no sepamos. Que si aceptaba su ofrecimiento de convertirme en acompañante, sería tan popular como él y con un futuro exitoso asegurado. Sólo eso.

— ¿Y qué le dijiste?

—Que muchas gracias pero ese ritmo de vida no llamaba mi atención. Y antes de que me preguntes qué me respondió, me pidió que lo considerara ya que su oferta seguiría en pie por si cambiaba de opinión en un futuro y que las puertas del Capitolio estarían siempre abiertas para mí.

— ¿Y la Nenita? ¿También le ofreció ser… eso?

—Sí. Mencionó algo raro: según él, por ser Prim menor, pagarían mucho más por tener el honor de hacer ciertas apariciones en eventos junto a una señorita tan bella. Que lograría ser mucho más popular que cualquiera.

—Me imagino que tampoco aceptó, ¿verdad?

—Eh… En realidad fui yo quien lo rechazó por los dos. Prim casi no participó en la conversación porque el Presidente se dirigía especialmente a mí.

— ¿Ah, sí? Cuéntame cómo fue eso —una sonrisa un poco extraña surca su rostro.

—Bueno, cuando nos explicó que el ser acompañantes consistía en, básicamente, ser un bonito adorno de los ciudadanos del Capitolio para sus fiestas, me indigné. Prim sólo tiene doce años y no me pareció correcto que le ofreciera ese tipo de… trabajo: fiestas, alcohol, personas estrafalarias y mucho mayores que ella… Me enfurecí. No contentos con habernos mandado a una muerte segura y hacernos pasar por el infierno de Los Juegos, ahora también pretenden que nos expongamos a su lado, como si fuéramos un objeto y convivir felizmente con quienes deseaban nuestra muerte hace unos meses. Es estúpido. El punto es que lo mandé al demonio y deje muy en claro que no aceptábamos.

— ¿Lo dijiste con esas palabras?

—No. No soy tan idiota, Haymitch, aunque te cueste creerlo. Le dije: "Señor Presidente, es un gran honor para nosotros que en el Capitolio nos tengan en tan alta estima, no dude que de nuestra parte es igual, pero creo que seríamos más productivos como ciudadanos de Panem y recientes Vencedores, llevando una vida tranquila, sin ostensiones y sobresaliendo en nuestro trabajo de Mentores, el cual esperamos con muchas ansias porque nos permitirá retribuirles lo que hicieron por nosotros y llenar sus vidas de emociones nuevas. No podemos permitirnos distraernos de nuestras obligaciones". Finalicé con una sonrisa humilde y unas ganas de patearle su pomposo trasero por creer que cambiaríamos nuestra integridad por dinero, lujos y reconocimiento. No todos somos como Finnick Odair.

—Cuidado con lo que dices, Chico, puede que sean más parecidos de lo que crees. ¿Tu padre nunca te enseñó a no hablar de alguien sin antes conocerlo?

—Sí, lo hizo, pero también me enseñó a no cambiar mis convicciones. No critico a Odair, no soy quien para hacerlo, pero tampoco voy a aplaudir lo que hace. Para eso está la gente del Capitolio.

—Pues tu padre ha de ser uno en un millón —dice, sorprendido—. Hiciste bien en rechazar la oferta de Snow. El Capitolio no es lugar para ustedes. Ese ambiente habría terminado por… volverlos locos. Tu negativa fue correcta sin llegar a ser insultante, y alabaste Los Juegos con tu supuesto entusiasmo por ser Mentor. No lo había considerado antes pero es cierto que eres bueno con las palabras, Chico, realmente bueno. Sabes desenvolverte bien. Creo que es tu único talento, pero vale la pena.

—Sí, no sabes cómo mis palabras asesinas me ayudaron en Los Juegos para coronarme Vencedor —digo, sarcástico—. Gracias, Haymitch. Yo también admiro tu talento de ser un borracho.

—Puede que te ayudaran más de lo que crees. Y no dije que te admiraba, idiota. Dije que valía la pena —gruñe—. Aunque… creo que no vale tanto si no eres capaz de conquistar a tu amorcito con bellas palabras —una sonrisa maliciosa, traviesa, se forma en su rostro—. ¿Cómo va tu noviazgo con la dueña de tu amor desde que eras un mocoso? ¿Habrá boda? ¿Me invitarás?

—No. No voy a invitarte porque no habrá boda. Respecto a eso, tienes que ayudarme a salir de ese asunto de los Amantes Trágicos, dicho sea que es tu culpa y debes hacerlo. En la maldita televisión no hablan de otra cosa. Me están volviendo loco.

—Te complicas la vida, Chico. La solución es fácil: pídele que sea tu novia de una buena vez y preséntala ante las cámaras.

—Ojalá fuera tan fácil como eso —resoplo—. Ni siquiera somos amigos. No me soporta.

—Es tu culpa. En lugar de haber andado lloriqueando por los rincones de tu habitación, habrías tenido que conquistarla.

Definitivo. Haymitch no me ayudará.

— ¿Sabes qué? Olvídalo. Ya veré cómo salgo de esto. Por cierto, regresando al tema del Presidente, ¿no se te hace raro que haya viajado tantos kilómetros sólo para desearnos suerte, invitarnos a su mansión y proponernos el ridículo trabajo de acompañantes? Digo, bien pudo hacer una llamada, mandar una carta, enviar a Effie con el mensaje. Algo no me cuadra. Si te soy sincero, me incomodó muchísimo.

—No siempre lo hace, Peeta —su expresión traviesa se oscurece—. La Nenita y tú pueden considerarse afortunados de tan grande honor porque no cualquiera logra llamar su atención. Tampoco cualquiera puede regodearse de salir fácilmente, y limpiamente, de sus jugosos ofrecimientos, la mayoría siempre cae… en la tentación. Pero no te confíes, él mismo te dijo que reconsiderarás, te está ofreciendo segundas oportunidades que a nadie más ha concedido, eso sólo quiere decir que insistirá hasta que aceptes estar de su lado, o mejor dicho, que trabajes para él.

— ¿Debería preocuparme?

—No. Él tratará de persuadirte porque al trabajar para él, le garantizas aumentar su fortuna y popularidad al hacer apariciones públicas con importantes personajes del Capitolio por haber sido un Vencedor de los más queridos, nada más. Es algo pasajero, ya te lo había dicho. Sólo debes resistirte a cualquier propuesta, por muy tentadora que sea, hasta los siguientes Juegos. Después, se olvidará de ti. Y de la Nenita.

—Menos mal. Cuando lo propuso pensé que era algo obligatorio para los Vencedores. ¿No vamos a ir por tu alcohol?

—No. Tengo de sobra en casa —dice, y se va, dejándome solo y confundido.

¿Qué fue eso? ¿No se supone que…? ¿Pero y entonces…? Ya ni sé por qué me sorprendo. Haymitch es extraño y difícil. Después le preguntaré de qué van sus jueguitos. Lo que me recuerda: no le he reclamado el por qué me escondió que Prim seguía con vida terminados Los Juegos. También será después.

Camino a mi casa, pensando en todo y nada a la vez. El Presidente y su visita. Prim y lo alegre y segura de sí misma que parece cada día más. Mi Mentor y su soledad. Mi familia y lo bien que estamos. La Gira. Portia. El Capitolio. Rue. Clove… Jeff.

Al abrir la puerta de mi hogar, un penetrante y abrumador olor me detiene en seco. No lo soporto más. Voy rápidamente al salón, tomo la rosa y regreso afuera, arrojándola al contenedor de la basura. Decido dejar la puerta abierta y sentarme en los escalones para calmar mis náuseas. Hundo mi cabeza en mis rodillas e inhalo y exhalo…

Cuando llegamos a casa de mi compañera, el Presidente nos esperaba en el estudio. En el momento que abrimos la puerta, éste olor nos golpeó por completo. Era dulce, pero sofocante. En los minutos que duró su verborrea, el olor no se disipó, lo que ocasionó que mi estómago lo resintiera. Mareos, náuseas, bilis, dolor de cabeza… Antes de que el Presidente se fuera, le obsequió a Prim el enorme ramo de rosas blancas que descansaba en el escritorio, y causante de ese olor tan agobiante; a mí, me dio una única rosa roja que sacó del ramo. "Por la inocencia y pureza de la señorita Everdeen, dijo, y porque usted siga cuidando fielmente de ella". Me dio un fuerte apretón de manos y a Prim le plantó un sonoro beso en la mejilla. Después, se fue.

Pensé que sería buena idea ponerla en un pequeño jarrón para que adornara el salón, pero el aroma que desprende es demasiado para mí. No sé qué les hace, o cuál es el motivo de modificarlas de esa manera, pero mi casa está bañada en ese olor a rosas. De esa única rosa. No quiero ni imaginar lo apestosa que será la casa de Prim a causa del ramo. Es una suerte que hoy declinara la invitación a comer, de no hacerlo, seguro que habría terminado por vomitar.

Pero lo que me causa más inquietud que éste olor, es el otro:

—Era sangre —susurró Prim; yo la miré sin comprender—. Sí, huele a rosas pero, cuando me dio el beso, cuando habló… olía a sangre. Sangre y rosas.

Es extraño, casi estúpido pensar que alguien oliese a sangre sin estar herido, pero mi compañera no tiene por qué mentir.

Sangre y rosas. Rosas y sangre. No entiendo qué tiene que ver uno con otro. Sangre y rosas. Rosas y sangre. Blanco y rojo. Rojo y blanco. Asocio los colores. Sangre y rosas. Rosas y sangre. El ramo de Prim y mi rosa. Blanco y rojo. Rojo y blanco. Mi cerebro trabaja velozmente; una imagen de esos dos colores juntos se quiere hacer camino en mi memoria. Rojo y blanco. Blanco y rojo. Nada tiene que ver con flores. Rojo y blanco. Blanco y rojo. Pero sí con Los Juegos. Rojo y blanco. Blanco y rojo. Forzo mis recuerdos. Rojo y blanco. Blanco y rojo…

— ¿Te sientes bien?

Una voz me desconcentra por completo.

Alzo la vista y ahí está, frente a mí, y con gesto de preocupación: Katniss.

—Sí, gracias sólo… estaba pensando.

— ¿En la Gira? —pregunta, con precaución.

Me sorprende que parezca tan preocupada, pero lo que casi hace que mi boca llegue hasta el piso por la impresión, es que, después de dudar unos segundos, se siente junto a mí. En el pequeño espacio del escalón. Como aquella vez que pasamos así toda una noche. Platicando. Juntos. Cerca. Muy cerca.

—Sí… no… quiero decir, sí. Pienso en muchas cosas. La Gira es una de ellas. Sólo falta una semana y, bueno, es inevitable no hacerlo.

Ella asiente, apartando su mirada de mí. Hago lo mismo. Un incómodo silencio nos rodea.

Es más que claro que no me soporta; que si hace el intento es sólo por Prim.

Recuerdo a mi compañera, lanzándome miradas traviesas cada vez que Katniss y yo estamos cerca, animándome a hablarle, a acercarme, y poniendo los ojos en blanco cuando se da cuenta que no lo haré. Negando repetidas veces porque sabe que soy un caso perdido. Desilusionada porque no hago el más mínimo esfuerzo.

Es hora de intentarlo, aunque sea por mi compañera.

— ¿Crees que… podamos intentar ser amigos? —pregunto, atrayendo su atención—. Sé que no he puesto mucho de mi parte, que tal vez prefieras estar lo más lejos de mí, pero preferiría que cuando nos encontremos, nos saludáramos sinceramente y no sólo porque Prim esté entre nosotros.

—No soy especialmente buena haciendo amigos. Prim dice que soy hostil con todo mundo —murmura, frunciendo el ceño.

Reprimo la risa porque no quiero que piense que me burlo de ella. Sin más, no puedo evitar comparar a las hermanas Everdeen; mientras Prim se ve adorable cuando frunce el ceño, con Katniss sus facciones se endurecen y parece más hostil que de costumbre. Mi compañera sí que tiene razón.

—No es tan difícil. Podríamos comenzar con un par de cosas básicas.

— ¿Cómo cuáles? —pregunta, con más interés del que imaginé.

— ¿Eso quiere decir que sí aceptas ser mi amiga? —se encoge de hombros. Lo tomo como un sí—. Siendo así, ¿cuál es tu color favorito?

—Verde —contesta, esbozando una pequeña sonrisa. Mi estómago se llena de un extraño hormigueo al saberme el causante—. ¿Y el tuyo?

—No te lo puedo decir —me mira, desconcertada—. Creo que volvemos a empezar mal. Lo siento, tiendo a arruinar las cosas muy seguido. Mi color favorito no puedo decir cuál es porque no hay palabras para describirlo, es más impresionante cuando lo miras. Te prometo que cuando sea buen tiempo, te lo mostraré. Si quieres, claro.

Sopesa mi proposición en silencio, apartando la mirada. Ojalá diga que sí porque en verdad me gustaría ver un atardecer junto a ella, aunque sólo sea como amigos y no como siempre lo imaginé.

—Prim dice que tus pinturas son hermosas —cambia el tema, sonrojándose—, que eres todo un artista. Me… me gustaría verlas.

—A veces Prim tiende a exagerar las cosas —contesto, negando repetidas veces—. No creo que quieras verlas…

—Eso debería decidirlo yo, ¿no crees? —recrimina; y de nueva cuenta, frunce el ceño—. Además, me lo debes: si tengo que esperar por saber cuál es tu color favorito, al menos si… si nosotros… bueno… si vamos a intentar…

Ni siquiera lo grisáceo del clima logra tapar el inmenso sonrojo que le ataca otra vez. Y si escuché bien, está dispuesta a esperar que le muestre mi color favorito.

Esto es como un sueño.

—Tienes un buen punto —digo, sacándola del apuro en que sus palabras la han metido. Es notorio que le cuesta mucho expresarse, no es como Prim. Hay momentos que a mi compañera no hay cómo hacerla callar—. Pero te advierto que no son nada hermosas. Ven, vamos.

Me pongo de pie; estoy tentado en ofrecerle mi mano, pero no lo hago. Seguramente me habría rechazado porque no hemos llegado a tal grado de familiaridad. Entramos a la casa, la guio hacia el estudio, advirtiéndole otra vez que no encontrará nada hermoso al cruzar la puerta. Por toda respuesta asiente, con gesto desafiante.

Me concentro en ella y sólo en ella. Nervioso y expectante por su reacción. Su expresión es inescrutable. Mira fijamente algunos cuadros, incluso entorna los ojos, como si buscara algo. No hay señal de asco u horror.

— ¿Qué te parecen? —pregunto, finalmente, y sin dejar de observarla. Me temo que su opinión me importa más de lo que pensé.

—Los odio —arruga la nariz. Otra diferencia entre las hermanas Everdeen: Prim, en cuanto los vio, quedó fascinada y exclamó que los amaba—. Me preocupo por hacer que Prim olvide Los Juegos, y tú no has hecho más que traerlos de vuelta. ¿Cómo haces para recordarlos tan bien?

—Bueno, una vez que estás ahí es difícil olvidar los detalles…

— ¿Te ayuda pintarlos? ¿Es algo así como una terapia? —pregunta absorta, posando sus ojos en el cuadro de los mutos.

—Más que terapia es algo que debo hacer, por ser mi talento. Y, bueno, es lo único que pude plasmar —veo que se acerca peligrosamente al cuadro que está celosamente cubierto con una manta. Ni siquiera he dejado que Prim lo mire, y, por supuesto, ella tampoco—. Así que los odias, ¿eh? —pregunto, para llamar su atención—. No te culpo.

—Sí… quiero decir, no —no puedo reprimir la risa ante su disyuntiva y su nerviosismo por explicarse—. Bueno, cuando Prim hablaba de tus cuadros yo me imaginaba bosques, flores, esas cosas, no pensé que se trataran de lo que vivieron, pero son extraordinarios, de verdad. Son tan reales que casi puedo sentir que estoy ahí… Creo que es por eso que los odio.

Internamente sonrío como un bobo al escuchar de sus labios que son extraordinarios. Recuerdo los minutos precedentes a nuestra sesión privada con los Vigilantes, terminado el ataque de risa de Prim:

—Me gustaban. Siempre que pasábamos por la panadería, jalaba a Katniss hasta la vitrina para ver los pasteles. Eran hermosos. Pensé que los hacia tu papá.

— ¿Le parecían hermosos a Katniss?

—Sí. Una vez me dijo que en el Distrito 12 no había muchas cosas que se pudieran considerar bellas pero que, definitivamente, esos pasteles lo eran.

Me olvido por completo de la Gira, del Presidente, de las rosas y la sangre. De Prim.

No hay lugar en mi cabeza para nadie más que para Katniss.

.

.

Hoy es un día extrañamente malo.

Hace ocho horas Prim y yo estábamos empacando su ropa; hace siete horas que Prim regresó a su casa. Nuestro acuerdo se acabó: estamos a un día de la Gira.

Cuando regresé de acompañarla, me fui directamente al estudio para trabajar en un nuevo cuadro, llevo 20 en total, pero no logré concentrarme. Mil ideas viajaban por mi mente pero no fui capaz de concretar ni una sola. Desistí. Di un par de vueltas por la casa, intentando entretenerme en algo, pensé en ir a la panadería a trabajar pero lo descarté porque sólo habría servido para que me regresaran, se supone que hoy sólo debemos enfocarnos en prepararnos para mañana, un descanso obligatorio. Incluso iba ir a visitar a mi Mentor. También lo descarté. Decidí no hacer nada y dejar que el tiempo pasara lentamente.

Hace cinco horas que estoy tumbado boca abajo en mi cama, tratando de desentrañar esta horrible sensación que siento: Una especie de opresión en el pecho que me dificulta respirar. No es por Prim. Por mucho que vaya a extrañar su presencia aquí en casa, sé que la seguiré viendo y que estaremos tan unidos como el día que nos conocimos. No es por Katniss. Desde ese día que acordamos intentar ser amigos las cosas han marchado bien. Es más cálida y he logrado ser merecedor de un par de sonrisas. Ya no siento que le incomode mi presencia. Tampoco es por la Gira. Sí, estoy nervioso por ello, pero sé que esta sensación va más allá de eso, es incluso más fuerte que el miedo antiguo de ser seleccionado en la Cosecha. Es algo que nunca había experimentado. Algo que me hiela más que el frío o la nieve. Más doloroso que imaginar a las familias que veré en los próximos días. Me paraliza más que mis pesadillas…

Un peso ligero se hunde en mi cama; antes de levantarme a ver de qué se trata, una bola de pelos se acomoda en mi brazo, acompañado de un ronroneo.

—Eres un entrometido, ¿sabes? —acerco mi cara a la suya—. ¿Qué haces aquí? Nada más falta que Prim piense que soy un secuestrador por tu culpa. Deberías estar con ella. Tu deber es cuidarla.

Me gano otro ronroneo y un lengüetazo en la cara. Buttercup podrá ser feo y con un gesto malhumorado que no suaviza su expresión, pero me he dado cuenta que es muy dócil, hasta amable; y sus muestras de cariño han logrado que mi escaso gusto por los gatos desaparezca.

— ¿Recuerdas cuando me rasguñabas y siseabas con desagrado? —le pregunto, sintiéndome un tonto por estar hablando con alguien que no me responderá. Una pizca de lástima pica en mi pecho porque, además de Haymitch y Prim, él es mi único amigo—. Eres tan bipolar como Prim, lo malo es que a ti no se te puede justificar por las hormonas, así es tu naturaleza, ¿verdad? Pero me caes bien.

Me acomodo boca arriba, atrayendo a Buttercup a mi pecho. Es reconfortante tenerlo así, dado que empezamos nuestra relación un poco mal, y ahora nos llevamos muy bien.

Quizá a eso se deba está sensación que me apachurra el corazón: el que ellos sean mis únicos amigos. Extraño mi vida anterior. A mis amigos de antes.

Soy feliz con lo que tengo ahora, estoy más unido que nunca a mí familia, pero a ellos no puedo contarles sobre mis miedos y pesadillas. No lo entenderían, además de que no quiero agobiarlos con palabras sobre lo que mi aspecto les dice. Por eso sólo trato con ellos temas que resulten esperanzadores, sobre lo bien que me va. Podría hablar con Haymitch no de miedos ni pesadillas, sino de cosas más íntimas que me carcomen por dentro, pero él también lucha sus propias batallas, y no quiero que salga con alguna ofensa o comentario hiriente. Con Prim sé que puedo hablar de eso y mucho más…

—Te voy a contar algo, Buttercup —hablo, mientras lo acaricio; y también, recordando cierto capítulo de mi infancia—. Me gusta mucho hornear, es algo bueno pero, ¿quieres saber qué es lo que de niño me motivaba a hacerlo? Le echaba todas las ganas posibles porque pensaba que… que de esa manera mi madre me iba a querer. ¡Te imaginas!

Pero hay cosas para las que no estoy preparado para aceptar delante de otra persona.

—Pensé que no me quería —hablo más para mí que para mi acompañante—. Había veces que a la hora de dormir me envolvía bajo las cobijas y lloraba quedamente porque siempre que me regañaba fuertemente o me castigaba, mi papá salía en mi defensa, lo que ocasionaba que ellos se pelearan por mi culpa. En esos momentos me consideraba una mala persona por enfrentarlos de esa manera, así que lloraba y pensaba en lo tanto que yo la amaba y ella no, hasta que me quedaba dormido. Qué tonto, ¿no? Creer que mi propia madre no me quería.

El silencio es el único consuelo que recibo.

Suspiro aliviado. Con Buttercup es fácil decirlo en voz alta porque, como sé que no entiende lo que digo ni me responderá con algo hiriente o me lanzará una mirada de lástima, es una manera de terapia, de desahogar todo ese lastre de una infancia marcada por la gran indiferencia, gritos y malos tratos que recibí de mi madre, al menos en su mayoría, porque tampoco puedo decir que siempre fue así.

Mi mente viaja a esa época, a todos esos castigos y gritos; peleas entre mis padres y mis hermanos; a todos esos inútiles intentos que hacía por ganar su aprobación…

Me digo que tengo que levantarme para ir a casa de Prim, pero mis parpados comienzan a pesar, al igual que la terrible desolación y tristeza que embarga todo mi cuerpo

Me quedo dormido…

.

Escucho que murmuran levemente. Algo cubre mi cuerpo, lo que me hace sentir un estremecedor escalofrío, al mismo tiempo que una ansiada calidez.

No consigo abrir los ojos. No puedo. El cansancio es más fuerte y me arrastra de nuevo a la inconsciencia.

Lo último que percibo es que ese alguien que está aquí, acaricia mi cara.

.

.

—Te descuidaste mucho todo este tiempo, Peeta —me regaña Delphi, terminando de limar y pulir mis uñas y mis "callosas manos".

—No, no, no, ¿ya viste la espantosa barba? ¡Parece un vagabundo! ¡En qué estabas pensando!—exclama, lloroso, Lean—. Pero mis órdenes fueron rebajarla sólo un poco y darle forma. ¡Qué espanto!

Es claro que el exceso de vello le desagrada por completo.

Sí. Mi equipo de preparación ya está aquí. Y, por fin, puse atención a sus nombres: Delphi, de tirabuzones amarillo chillante y piel blanquísima, es la encargada de hidratar y mantener lustroso mi cuerpo. Lean, de cabello azul y excesivamente abultado, peina mi cabello y está al borde del llanto por haberme dejado crecer la barba.

—Yo habría escogido un tono más claro, acorde con tus ojos, pero Portia se inclinó por lo oscuro —dice Myrtle, secando las enormes lágrimas que recorren su piel rosada.

Ella se encarga de mi vestuario, y es el integrante más sensible de mi equipo de preparación. Cuando entraron en mi cuarto y me vieron enfundado solamente en una toalla atada a la cintura, se echó a llorar desconsoladamente al ver mi miembro amputado. No llevaba la prótesis puesta. La consolé por lo menos una hora, asegurándole que ya ni siquiera lo notaba y que gracias a su maravilloso trabajo con mi atuendo todo mundo olvidaría lo que me pasó. Me regaló una sincera sonrisa.

No son malas personas. A pesar de los regaños y gestos de reprobación hacía mi aspecto desaliñado y ojeroso, han sido cálidos, y muy agradables. Me llevé una grata sorpresa al darme la oportunidad de tratarlos más. Seguramente Gale se infartaría al saber que los considero buenas personas. Ojalá tenga la oportunidad de decírselo. Sería gracioso ver su expresión.

Además de que su presencia me distrae de pensar que Prim querrá matarme. Como ayer me quedé dormido y desperté casi al amanecer, ya no fui a la cena de despedida que preparó. No tuve tiempo de pasar a verla antes de la llegada de mi equipo porque me demoré más de lo previsto en despedirme de mi familia. Ojalá que no tenga la maravillosa idea de dejarme de hablar durante la Gira.

—Ven, te ayudo a vestirte, querido —Myrtle me da una enorme sonrisa pero evita mirar hacia abajo, a pesar de que ya tengo la prótesis.

Prácticamente me visto yo sólo, porque mi equipo se enfrasca en una intensa plática en la que se dicen emocionados por el comienzo de la Gira, lo bien que les ha ido en su trabajo gracias a nuestra popularidad, que Cinna y Portia son poco menos que los nuevos héroes de la moda en el Capitolio y todo mundo usa sus creaciones…

—Las botas van por fuera del pantalón, Peeta querido.

Siguen hablando, ahora del Vasallaje, de cómo la gente desea vernos en la mansión del Presidente al final de la Gira, de que el amarillo y azul es la nueva y estrafalaria tendencia de moda de color en el Capitolio gracias a Prim y a mí: representan nuestras cabelleras y nuestro color de ojos… Cosas estrafalarias, por no decir ridículas.

— ¡Te ves hermoso! —exclaman los tres en un suspiro al darse cuenta que terminé de vestirme. Delphi y Myrtle me llenan de besos y abrazos, mientras Lean me empuja fuera de la habitación.

¿Hermoso? Vaya, se siente extraño que alguien se refiera a ti con esa expresión, aunque viniendo del Capitolio y teniendo en cuenta su concepto y definición de hermoso, ya no sé si me veo como tal o rayo en la exageración. Todavía evito los espejos.

Llego al salón, donde una mujer morena, cabello rubio, largas pestañas, pintalabios y vestido rojo, me recibe con una cálida sonrisa y un sorpresivo abrazo. Hasta hoy me doy cuenta de lo tanto que eché de menos a mí estilista, Portia.

— ¡Déjame mirarte! —me obliga a girar sobre mi propio eje—. Estás más alto… y más guapo —me guiña un ojo—. ¿Cómo estás?

—Contento de verte —digo, sincero—. Y con ganas de saludar a Cinna.

—Ya lo harás en el tren. Él también tiene muchas ganas de saludarte. Por cierto, ya vi tus cuadros, son preciosos. Es arte puro.

— ¿No crees que son algo… perturbadores? Quise pintar cosas más agradables pero, curiosamente, mi única inspiración fueron Los Juegos… y mis pesadillas.

Temo incomodarla por mi confesión, pero no es así.

—Son exquisitos —afirma—. Tienes el don de hacer arte, de crear —baja la voz hasta un leve susurro—: Eso puede ser un salvavidas, para ti, para mucha gente, porque te lleva por los buenos tiempos y te ayuda en los malos, siempre y cuando lo hagas sinceramente, desde el corazón, como lo expresan estos cuadros. Estoy segura que cuando se den a conocer, inspirarás a más de uno —su voz regresa a su tono normal—. ¿Sabes qué es lo que sigue?

Asiento, confundido por sus palabras. Lo que sigue, según las instrucciones del Capitolio, es presentar ante las cámaras mi talento.

El repiqueteo de unos finos tacones sobre las baldosas, me indican que la estrafalaria mujer que hace seis meses sacó mi nombre de la urna de la Cosecha, está entrando a mi casa.

— ¡Vamos según lo previsto! —su voz chillona confirma su presencia; entra dando instrucciones al equipo de televisión de que vayan al estudio—. ¡Por aquí! ¡Por aquí! ¡Querido, te ves mucho mejor que la última vez! Ya veo cuánta falta te hacía Portia.

Me da un beso en cada mejilla mientras le ordena al equipo de televisión que se den prisa. Ni siquiera me da la oportunidad de saludarla como corresponde porque ya grita mi nombre y también me ordena posicionarme. ¿Por qué diantres lleva el cabello color naranja fluorescente?

Portia me susurra que nos veremos dentro de un momento, dejándome a merced de Effie.

Empiezo a moverme entre mis cuadros que, inexplicablemente, están ordenados de distinta forma a como los tenía. "Seguro fue Portia", pienso. La dinámica es sencilla: Effie me anima a describir lo que está plasmado en unos cuantos –cosa que es más obvio que nada-, y ella hace un par de comentarios sabihondos sobre mi técnica, la composición pictórica, el peso visual, los centros, los ejes y el equilibrio, las líneas, las tensiones dinámicas, la textura, forma y color, de cada uno. No entiendo ni una sola palabra puesto que yo aprendí como se aprende la mayoría de las cosas aquí: echando a perder e intentándolo una y otra vez. Nunca tuve libros, o tomé clases de pintura. No existe tal cosa en el Distrito 12.

Mientras Effie, maravillada por mi talento, afirma que la denotación de mis cuadros es claramente una oda al Capitolio y su cultura –sí, claro, una oda a matar niños. Por favor-, yo solamente veo niños inocentes que pagaron esa inocencia con su vida.

Por ejemplo, en uno de ellos pinté a Clove, con esa mirada fiera, fuerte, salvaje, sosteniendo un cuchillo, orgullosa; y detrás de ella se encuentra Cato, sonriendo arrogante y blandiendo una espada. Pero no veo a dos Profesionales sedientos de gloria, sangre y poder, veo a dos adolescentes jugando a ser asesinos en un perverso juego que terminaron perdiendo. En otro, Glimmer y Marvel con su actitud déspota y el brillo de la juventud que no llegó a desarrollarse por completo. Salma y Adem están en otro, con semblante misterioso, como el mar de su Distrito que hasta ahora me es desconocido. Así, cada pareja de todos los Distritos, absolutamente todos, posan en un mismo cuadro, como el equipo que tenían que haber sido.

Hay otros dónde sólo me limité a retratar unos cuantos momentos: el inmenso fuego, Jeff escarbando las plataformas y reactivando las minas; Jeff cuidando los suministros; Jeff robando comida. Rue adornando con flores su cabellera y la de Prim; Rue volando entre los árboles; Rue silbando la melodía de cuatro notas; Rue y Prim escondidas en la maleza tratando de llamar mi atención cuando me encontraba con los Profesionales; Rue tendida en el pasto, muerta, y de nueva cuenta las flores en su cabello. Rue convertida en muto… Rue, protagonista de la mayoría.

Pero hay uno que me gusta mucho en especial, también es el favorito de Prim. Se trata de la Cornucopia rodeada de las 24 plataformas y un reluciente pasto verde. En las plataformas no nos encontramos los Tributos de esta septuagésima cuarta edición como tal, sino una representación de cada uno: en lugar de correr hacía la Cornucopia, hay 24 sinsajos alzando el vuelo a distinta altura, ignorando el cuerno dorado y tratando de llegar al cielo, buscando su libertad. Un fondo naranja, rosa, azul, simulando el atardecer, nos cobija.

No podía dejarnos fuera de la pintura porque, por mucho que Prim y yo seamos Vencedores, ellos siguen con nosotros, en forma de pesadillas, de dolorosos recuerdo, de un fuerte remordimiento, pero son parte de nuestra vida, como nosotros lo fuimos de la suya.

Éramos totalmente diferentes, cada quien con sus propios matices, no nos conocíamos de antes, pero teníamos un propósito en común, lo que a su vez nos hacía muy parecidos.

— ¡Graben cada detalle de éste! —chilla Effie, excitada, sacándome de mis cavilaciones y señalando un cuadro casi arrinconado, escondido entre los demás—. Peeta… ¡Es hermoso! ¡Casi puedo sentir el momento en el que te enamoras!

No caigo en cuenta de qué habla hasta que lo veo. No puede ser…

Una niñita de ojos grises, mejillas sonrosadas, cabello castaño y en dos trenzas, canta sobre un taburete mientras un niño rubio, de ojos azules y la boca ligeramente abierta, asombrado por la belleza de su voz, la mira intensamente. La maestra y los niños que se encuentran alrededor tienen el rostro difuminado, porque en ese momento, para el niño de ojos azules, no existía nadie más que ellos dos.

"Olvidaste sacarlo de aquí, imbécil", me reprimo, sintiendo como el color se me va de la cara.

Y, ahora, todo mundo lo verá. Entrarán en ese momento tan íntimo que atesoraba con todo mí ser.

Y ella también lo verá.

Y yo, en lugar de hacer algo, me quedo quieto.

La Gira no podía comenzar peor.

—Bien, bien, bien —canturrea Effie—. Hemos terminado aquí. Peeta, querido, nos has dado un material excelente. ¡Y con la fabulosa exclusiva que obtuvimos en casa de Primrose, nadie dejará de hablar de nosotros! —vuelve a besar mis mejillas y me da un ligero pero efusivo abrazo—. La suerte no podría favorecernos más. ¡Seremos aclamados! Lleven los cuadros con mucho, mucho cuidado al vagón asignado en el tren —ordena al equipo televisivo—. Querido, vamos, vamos, tenemos que salir ya.

Me arrastra hacia la entrada de la Aldea, dónde a lo lejos veo otro equipo de filmación. Prim ya se encuentra ahí, enfundada en pieles blancas y azules… y Katniss también. Se me detiene el corazón al verla así, maquillada, con ropa fina, su cabello suelto marcando sus ondas. Se ve hermosa, pero no entiendo que hace aquí.

Portia me detiene bruscamente antes de llegar a ellas.

—Recuerda: sé tú mismo —dice, prendiendo el broche de sinsajo en mi abrigo, a la altura del corazón. No tengo tiempo de preguntarle cómo es que lo consiguió, ya que puedo jurar que lo olvidé en mi cuarto, o reclamarle el haber hurgado mis cuadros y destapar el de Katniss, porque se despide rápidamente—. Te veré en el tren.

Y se va.

—Colóquense debajo del arco. ¡Vamos, vamos! —nos instruye Effie, sin darme la oportunidad de saludar, o más bien, preguntar qué es lo que está pasando—. Primrose, colócate de lado derecho de Peeta. Mete tu mano debajo de su brazo. Perfecto. Niña —señala a Katniss—, tú vas a la izquierda. Tómense de la mano…

— ¿Qué fue lo que me perdí? —pregunto entre dientes—. Por cierto, hola a las dos.

—Hola, Peeta —responde Prim, tensa, nerviosa—. Effie nos dijo que hubo un cambio de planes.

—…Regálenme una sonrisa. Están felices, emocionados. Empezaremos a grabar —mira su reloj—, en quince segundos…

Un escalofrío recorre mi oído cuando Katniss me susurra —: Recuerda que estamos locamente enamorados, así que puedes besarme cuando quieras.

—…Peeta, quita esa cara de pasmado. Salimos en quince segundos. Niñas, sonrían con más ánimo. Peeta, estoy esperando esa sonrisa. ¡Hoy es un día de fiesta! Salimos en cinco, cuatro, tres, dos…

El punto rojo en las cámaras me indica que ya no hay vuelta atrás.

.

—Eres un idiota, sin duda —dice Haymitch, asqueado—. ¿Crees que te ha perjudicado? Esa chica, sorprendentemente, te salvó el trasero.

—Oh, sí, qué gran ayuda —respondo, tratando de calmar el temblor en mi cuerpo—. Explícame cómo es que decirle a todo Panem que estamos comprometidos –cosa que yo no sabía- terminó por salvarme el trasero.

—Tú miserable vida por su felicidad. Así de simple —escupe; parece que se dio cuenta que se le pasó la dosis de crueldad porque, más calmado, añade—: Mira, Chico, cuando te anunciaron Vencedor, lo hicieron con la intención de obtener la mejor historia de amor de todos los tiempos. ¿Entiendes? Te dieron la oportunidad de regresar con tu amada, bien, es hora de devolverles el favor.

—Pero no de esa manera. Ya había pensado en un plan para…

—Cualquier otro plan apesta —me interrumpe—. Seguimos en Los Juegos, Peeta. Es un espectáculo. Eres un Vencedor y tienes una reputación de tonto feliz enamorado que mantener. Serás Mentor, y entre más engatusado tengas al público más probabilidades tienes de conseguir que alguno de tus primeros Tributos regrese a casa. ¿No es eso lo que quieres?

—A costa de obligar a Katniss a casarse conmigo, no. Definitivamente así no.

—Según Prim, no había nadie apuntándole con una pistola en la cabeza obligándola a decir que es tu prometida.

—Haymitch, tiene razón, Peeta —interviene Prim—. Tú mismo viste los programas de televisión y lo ansiosos que estaban por saber de su relación que "gracias a ellos es posible". En nuestra última entrevista con Caesar, él mismo te dijo que esperaba la buena noticia de saberlos comprometidos. Tú sabías esto y preferiste ignorarlo.

—Ya no le digas nada, Nenita. Está más que claro que prefiere irse a llorar por los rincones del tren por su mala suerte —me señala amenazadoramente—. Si prefieres salir y decir que no es cierto, que tú y ella no son ni amigos porque no has hecho el menor esfuerzo en acercarte, dejarla como una mentirosa y enturbiar la mejor racha del Distrito, y con ello tus oportunidades, y las de Prim, como futuros Mentores, hazlo. Eres un maldito cobarde: arriesgas tu vida en Los Juegos por la Nenita, por amor a su hermana, y cuando tienes la oportunidad de conquistarla, ¿qué haces? Lo de siempre: actuar como un imbécil que cree tener todo bajo control cuando basta echarte un ojo y darse cuenta que necesitas más ayuda que cualquiera. No eres un héroe, no eres tan fuerte como crees; necesitas ayuda porque tus bellas palabras no son suficientes para encandilar a la gente del Capitolio. También se necesitan hechos, acciones, cosa que tu amorcito hizo por ti. Tendrías que haberle besado los pies en lugar de gritarle e ignorarla. Ojalá cuando regresemos al Distrito te mande al demonio y no te dirija ni una mísera mirada por el resto de tu vida.

—Peeta… tienes que aceptar que es tu culpa —mi compañera sigue el mismo camino que mi Mentor de hacerme sentir un tonto y una basura—. Yo te lo dije, te lo pregunté, te animaba a acercarte a mi hermana pero no quisiste escuchar razones. Katniss arregló los errores que cometiste.

Me remuevo incómodo en mi asiento, tratando de aplacar mis temblores que parecen ser más fuertes que hace un rato.

—Haymitch —inhalo y exhalo; mis sienes palpitan dolorosamente—, yo tenía pensado decir que, como su mamá la considera muy joven, solamente éramos amigos, que una relación romántica sería impensable en estos momentos. ¿Habría funcionado?

— ¿Quieres la verdad o una bella mentira? —susurra.

—La verdad.

—Habrían repudiado públicamente a tu suegra por interferir no en tu felicidad, sino en la felicidad de ellos —contesta, acercándose a nosotros y bajando la voz—. Ese en el mejor de los casos. El peor escenario es que, inexplicablemente, hubiera muerto de una extraña enfermedad… o un trágico accidente, así no les daría más problemas. Y si la hermana de la Nenita no hubiera hecho lo que hizo y te hubieras inventado, no sé, que su relación no funcionó y por eso no estaban juntos, lo mismo habría pasado con ella… o contigo.

Prim ahoga un grito de terror; a mí se me corta la respiración por un minuto.

—Muchachos —continúa en tono bajo—, esas personas pueden ser amables con ustedes, pero si se sienten traicionados, o algo no va como esperan, ellos presionarán y el gobierno intercederá para arreglar su inconformidad, por las malas o por las peores, así como se transgredió la ley de un solo Vencedor, se pueden transgredir otras cosas. ¿Ves cómo sí eres un idiota? ¿Cómo cualquier plan tuyo apesta?

Sabía que el Capitolio no era un derroche de amabilidad y justicia, pero esto… Es monstruoso.

—Entonces… eso significa que… Katniss sabe esto. ¿Tú se lo dijiste? ¿La obligaste? —pregunto, sintiendo que vuelve mi enojo.

—Tu amorcito para lo único que me hace caso es para dirigirme miradas de odio cuando tiene oportunidad. No soportaría cruzar ni dos palabras con esa chica tan desagradable.

—Tú no eres muy agradable que digamos, Haymitch —Prim sale en defensa de su hermana. No podría sentirme más orgulloso de mi compañera—. Y tú, Peeta, no te rías, que tampoco has sido muy agradable con ella. Pensé que serías más inteligente pero me doy cuenta que hay que explicarte las cosas palabra por palabra. Si Katniss decidió ayudarte no fue porque se sintió obligada… ¡es porque le gustas! No, ni se te ocurra interrumpirme. Ahora me vas a escuchar.

De un salto se levanta y pone las manos en su cadera, con gesto duro. Inevitablemente me recuerda a mi madre. Y debo decir que es bastante intimidante para ser tan pequeñita. No me atrevo a abrir la boca.

—No aceptas que las cosas se salgan de tu control, prefieres tener una certeza antes que arriesgarte, no te lo critico, pero hay veces en que debes hacer una excepción. Dices que las cosas no tienen por qué cambiar porque te es difícil adaptarte a los cambios y prefieres encerrarte en ti mismo, lo que ocasionará que seas un amargado. Te desvives por ayudarme pero no haces ni el más mínimo esfuerzo por ayudarte a ti mismo. Te menosprecias. Tomas decisiones que crees son lo mejor para todos, ¿y tú? ¿No cuentas? ¿Qué pretendes? ¿Vivir solo por siempre y lamentarte en silencio? ¡Pues no lo voy a permitir!

Haymitch estalla a carcajadas, sonoras carcajadas. Prim le lanza una mirada reprobatoria pero él ni se inmuta. Yo estoy rojo de la vergüenza por las cosas tan llenas de verdad que me escupe mi compañera.

—Decidiste alejarte de mi hermana por tu bien, pero con esa decisión le negaste la oportunidad de conocerte, y mandaste al diablo la posibilidad de que se enamore de ti —las carcajadas sin fin de mi Mentor me avergüenzan más si es posible. Nadie me había hablado así—. ¿Y sabes qué? Me alegro que Katniss haya actuado por su cuenta y sin consultar a nadie porque ahora sabes lo que se siente. Ella es más valiente que tú. Y lo que harás cuando regresemos será comprarle un enorme ramo de rosas, le pedirás perdón y… y… y le pedirás que sea tu novia y recuperarás todo el tiempo que malgastaste, ¿de acuerdo? Haymitch, cállate, si no quieres que me ponga a llorar y te ahogue con mis lágrimas.

Eso sólo provoca más risas de mi Mentor, lo que ocasiona que la expresión de Prim se suavice un poco y sonría también.

—Peeta, tú le gustas a mi hermana, lo sé. La conozco —dice, amable—. Ella me preguntaba por ti, cómo estabas, qué hacías en casa y en la panadería, si tenías pesadillas, incluso, cuando le comenté que a veces nos encontrábamos a Delly de regreso a casa, indirectamente, quiso saber si eran más que amigos, cosas así. Mi hermana no es una entrometida, por eso sé que le importas más de lo que aparenta. ¿Te has fijado alguna vez que cuando están cerca no te quita los ojos de encima? Porque yo sí. Y lo hace.

Eso me descoloca por completo. Estoy a punto de reclamarle que no me haya dicho esto antes pero es Prim, y siempre tiene la capacidad de sorprenderme. Se adelanta a mi próximo arrebato:

—No te atrevas a reclamar: no olvides que cuando quería tocar el tema lo cambiabas y te hacías el tonto.

Me siento aturdido, contrariado, regañado, miserable. Mis temblores se intensifican y comienzo a hiperventilar. Es la segunda vez que me pasa.

—Toma, ya sabes qué hacer.

Prim me extiende la bolsa que utilicé hace un rato; me la llevo a la boca y trato de respirar lentamente.

—Le diré a Effie que contacte un doctor en cuanto lleguemos al once —dice mi Mentor, recomponiéndose inmediatamente de su ataque de risa—. No quiero que en plena Gira te dé un infarto, Chico.

—No seas dramático —digo, entrecortadamente—. Estoy bien. Son demasiadas emociones en un solo día.

Lo cierto es que estoy mintiendo.

Por más que intento ignorar la opresión en el pecho, no puedo. Es como si un costal de harina reposara ahí todo el tiempo. Sólo espero el momento en que algo estalle dentro de mí. Quizá sí se trate de un infarto, lo cual me es imposible de creer dado que tengo apenas 17 años.

—Oh, ya están aquí —aparece Effie junto a un par de avoxes que traen bandejas de comida—. Pónganlas sobre la mesa y retírense. Ya está a punto de comenzar el programa.

Acto seguido se nos unen Cinna y Portia.

Empezamos a cenar en un agradable silencio. Poco a poco me siento mejor y me deshago de la bolsa que me ayuda a respirar. Aunque no la alejo mucho porque seguramente la volveré a necesitar.

El programa comienza con un Caesar alegre como de costumbre, haciendo chistes bobos y dejando en claro con su hiperactividad que esta emocionado por el inicio de la Gira. Presenta, en primer lugar, la grabación de mis cuadros y los comentarios "acertados y profesionales" de Effie, dice él. Nuestra acompañante chilla de la emoción por el reconocimiento. Haymitch susurra que parece una cotorra y le gruñe que se calle.

Al cuadro de "Los Amantes Trágicos del Distrito 12", titulado así por Caesar –qué original-, y al que yo maldigo internamente, le dedica casi media hora de tiempo haciendo énfasis en tan bella historia de amor y a lo agradecidos que debemos estar todos con el Capitolio por hacernos partícipes de algo así. El nudo en mi estómago se intensifica cuando Effie me sonríe abiertamente. Es la más feliz de aquí.

Después de tantos meses veo mi aspecto. El maquillaje funcionó muy bien porque no muestran la más mínima señal de las profundas ojeras que a cada rato me comentaba mi familia. Mi cabello aplastado completamente y peinado hacia atrás hace lucir mi fina y delgada barba, lo que endurece un poco mi mandíbula y me hace parecer mayor. Parece que el enfoque está vez será el de un adulto y no un adolescente. Son pocos los detalles, pero parezco otro.

En segundo lugar, aparece Prim demostrando su talento. Cinco platos con diferentes tipos de galletas glaseadas discretamente en delgadas líneas pero con colores muy femeninos. Se ven muy elegantes. Me imagino que tuvo que madrugar. Effie prueba unas cuantas y exclama que son exquisitas. Haymitch vuelve a gruñir, fastidiado por su chillante tono de voz que hace eco en el salón. Ahogo una risa. "Ese par no se caen nada bien", pienso.

Caesar, excitado, comenta que por nada del mundo debemos despegarnos del televisor porque nos espera una gran primicia. Insertan una escena totalmente desconocida para mí: una breve entrevista a Katniss.

—Y dinos, ¿cómo marcha tu relación con el Vencedor Peeta Mellark? ¿Cuándo se animó a confesarte sus sentimientos?

Katniss ríe nerviosamente antes de contestar:

—Yo pensé que iba a tardar once años más —se escuchan unas cuantas risas del equipo de televisión y el reportero ríe sonoramente—, pero, afortunadamente, le tomó unos cuantos días después de su regreso.

— ¿Y cómo lo hizo? ¿Preparó una cena romántica? ¿Te llenó de flores? ¡Cuéntanos los detalles!

—Oh, fue algo sencillo y se dio sin querer. Una… una tarde estábamos platicando y… —la letal cazadora se sonroja—, bueno, acarició mi mejilla, mi cabello, y lo confesó.

— ¿Te besó? ¡Dinos que sí, por favor!

Katniss mira al suelo y asiente, más sonrojada que nunca. Se ve tan tierna, tan adorable… Mi corazón late a todo lo que da. No puedo creer que haya hecho esto por mí. Que haya casi confesado lo que ocurrió esa noche que la besé cuando ella misma me dijo que debíamos olvidarlo.

Miro a mi compañera de reojo, y observo que junta sus manitas y tiene los ojos más soñadores que le haya visto nunca. Su sonrisa es equiparable a la de Effie.

— ¿Y tú? ¿Cuándo te diste cuenta que estabas enamorada de él?

Suspira largamente antes de contestar; impulsado por algo, llevo mi cuerpo hacia adelante. No quiero perderme nada.

—N-no tengo un cuándo propiamente —sonríe con timidez—, pero sí sé que en el momento que anunciaron lo de los dos Vencedores, supe que… —balbucea—, que por primera vez, tenía la oportunidad de conservarlo, de ponerlo en un sitio en el que no pudieran apartarlo de mí.

El reportero suspira. El equipo de televisión suspira. Effie y Prim suspiran. Caesar suspira. A mí me dan ganas de estar en el Distrito 12 y correr a abrazarla.

— ¿Se lo confesaste el mismo día que él lo hizo? ¡Detalles, detalles!

—No —niega con la cabeza, enfatizando, y sin alzar la vista—. Lo acabo de hacer.

Es cosa de unos segundos digerir lo que acaba de decir, para que el reportero, Caesar y Effie, pierdan la cabeza.

— ¿Ves? Te lo dije —salta Prim, gritando y señalándome apasionadamente—. Te lo dije.

Pero su efusividad no dura mucho porque Effie, olvidando los buenos modales que tanto la caracterizan, la manda a callar con un sonoro 'Shhh'. Mi compañera vuelve a sentarse, avergonzada.

— ¡El Distrito 12 lo volvió a hacer! —exclama Caesar, a todo pulmón, y riendo—. No hay duda que este año contamos con personajes inigualables en el Distrito minero. ¡Me encanta! Éstos chicos son tal para cual… ¡Qué manera de confesar sus sentimientos a nivel nacional! ¡De compartirlo con todos! ¡Me encanta! —de repente, y graciosamente, se pone serio—. Pero si creían que era todo, están muy equivocados. ¡Aún hay más!

La siguiente escena es cuando estamos saludando a las cámaras bajo el enorme arco de la Aldea. Aquí no hay sorpresas para mí porque el recuerdo de lo que pasó fue lo que provocó mi primer ataque de ansiedad.

—Primrose Everdeen y Peeta Mellark, actuales Vencedores en la septuagésima cuarta edición de Los Juegos, dígannos, ¿cómo se sienten ante el inicio de la Gira? —nos pregunta el reportero.

—Nerviosos.

—Aterrados.

Contestamos al unísono. Prim lo primero, yo lo segundo. Fuimos totalmente sinceros, pero la sonrisa acompañando a las palabras lo hace parecer una broma.

—Gracias a Vencedores anteriores, sabemos y confirmamos que la Gira es una experiencia gratificante y enriquecedora. ¿Hay algún Distrito en especial por el que estén emocionados de conocer? ¿Alguno que quieran… evitar?

—Estamos ansiosos por visitarlos todos —contesto. Ahora me doy cuenta de que fruncí el ceño. Parezco enojado, u ofendido—. Ninguno es más importante que el otro.

Haymitch me da un gesto aprobatorio.

Inmediatamente, el reportero cambia el tema.

— ¿Y cómo marchan las cosas para ustedes tres ahora que han compartido tiempo juntos? Todo Panem está interesado en reafirmar la generosidad del Capitolio para con sus Vencedores.

—Nos va bien. Muy bien —digo, poco convencido.

Ahora caigo en cuenta en las palabras de Haymitch. En ese momento no lo entendí como tal por lo contrariado que estaba, por lo que segundos antes Katniss me había susurrado, pero es obvio que todo se trata de complacerlos.

—Estupendo diría yo —Prim sale en defensa de nuestra actuación—. Mi familia creció: ahora no sólo tengo un hermano mayor, también un cuñado que hace feliz a mí hermana. Justo como lo prometió.

Se ve encantadora, inocente, dulce, feliz… "Pequeña mentirosa", digo yo. Pero no puedo negar que también está arreglando mis estupideces. Dice lo que quieren escuchar.

— ¿Es cierto eso, Katniss? —el reportero bromea—. Porque si no ha sido muy caballeroso, la gente de la capital estará feliz de darle un jalón de orejas.

Reímos.

—Siempre es un caballero, educado y… —duda; me mira, nerviosa—, y… ¿Se los dices tú o lo hago yo?

Lo que viene me estruja el estómago todavía más, sólo que ahora con un añadido: culpa. No tenía ni idea de qué hablaba; y cuando lo supe, casi me desmayo porque ni en mis más locos sueños lo habría imaginado.

—Mejor será que lo digas tú, Katniss —contesto, devolviéndole la sonrisa y dándole a entender que se explicara—. Les encantará escucharlo de ti.

— ¿Qué pasa? —interviene el reportero, ansioso—. ¿Problemas en el paraíso? ¿No me digan que…? ¡No puede ser!

La radiante sonrisa de Katniss le da la respuesta segundos antes de decirla:

—Sí, estamos comprometidos.

Todo pasa igual de rápido que en el momento: el reportero chillando de emoción y hablándole a la cámara sobre lo maravilloso que es; felicitándonos, abrazándonos. Prim con gesto soñador. Katniss escondiendo su cara en mi cuello. Yo sonriendo tensamente y haciendo lo posible por no parecer tan sorprendido como lo estará el resto de Panem a estas horas. Felicitaciones y más felicitaciones. Los buenos deseos; la buena suerte para con la Gira. La despedida. El pequeño beso que deposito en la coronilla de Katniss. Corte.

Aparece nuevamente Caesar con un gesto ridículo de un posible infarto. Farfulla un par de cosas más sobre la supuesta boda y lo excitante que es. Invita al público a sintonizar mañana por la tarde nuestra primera parada del tour en el Distrito 11, "en vivo y en directo", enfatiza. Ríe estrepitosamente. Pantalla negra. Es todo.

Me apuesto lo que sea a que no estarían tan emocionados si supieran lo que pasó después.

Alejado todo el equipo televisivo, y Effie, me volteé hacia Katniss y le grité que si estaba loca. Que si no sabía que con esto había atado su vida a la mía y lo había arruinado todo. Ni siquiera su gesto fúrico me detuvo. Tenía toda la intención de devolverme las palabras; y ahí fue cuando me di la vuelta y la ignoré.

Caminé rápidamente hasta la estación del tren. Prim, Effie y Katniss, llegaron después en un coche. Me limité a sonreír por última vez a las cámaras, le dije adiós lejanamente a mi familia, a la gente del Distrito que se había congregado ahí. Posé una última vez a lado de Katniss. No la toqué. No la miré. No le hablé. No nada. Se apagaron las cámaras cuando Prim y yo entramos al tren. Me encerré en mi habitación y me tumbé en la cama para calmar mi hirviente cabeza.

Nadie me molestó durante toda la tarde.

Hasta que Haymitch -ya puesto al tanto por Prim- casi derriba la puerta. Entraron en el momento exacto en que apareció mi ataque de ansiedad. Apenas me calmé, mi Mentor me obligó a salir de ahí e ir al salón para echarme en cara lo idiota que soy.

Tiene razón.

El gesto pícaro de los estilistas y Effie, me restriega en la cara que, para ser un borracho, la mayoría del tiempo tiene razón. No quiero decir que siempre la tiene porque sería más humillante para mí y sólo le daría más armas para molestarme.

—Niños, niños —habla Effie—, todo esto es muy emocionante pero es hora de ir a dormir, mañana será un día muy, muy importante y tienen que descansar. ¡Vamos!

Nos desea buena noche y es la primera en retirarse. Cinna y Portia nos dan un rápido abrazo y también se despiden. No sin antes felicitarme por mi ficticio compromiso.

—Buenas noches, Peeta. Nos vemos mañana —se despide Prim—. Haymitch ya me corrió con la mirada. Parece que tú eres su favorito… O quiere pedirte consejo para inventar una buena excusa sobre por qué también me dejo plantada ayer.

Nuestro Mentor ladra algo ininteligible; Prim le enseña la lengua y se retira alegremente.

—Anda, dilo —rompo el breve silencio—. Suelta tus mejores insultos ahora que tienes oportunidad.

No lo hace. En su lugar, me escruta durante unos minutos.

—La Nenita está en las nubes, pero tú te das cuenta que no todo lo que acabas de ver es cierto, ¿verdad?

—Sí, lo sé.

—Y también sabes que no te quedará de otra más que casarte y ser feliz por siempre con tu amorcito…

—Ya no hay forma de evitarlo, ¿o sí? Y si la hay, te escucho.

—Puedes argumentar que como tú ya eres considerado mayor de edad y ella no, quieres esperar un tiempo. Disfrutar de su relación, conocerse más y todas esas ridiculeces que dicen los enamorados. Por mucho, sólo podrás retrasarlo un par de años. Tiempo suficiente para que hagas lo que tienes qué hacer.

—Estoy hecho un lío. Yo… No sé. Pensé que lo más apropiado sería una retirada a tiempo antes que salir herido —comienzo a sincerarme—. Ella ni siquiera se hubiera fijado en mí de no haber ido a Los Juegos; y cuando regresamos, sólo quería que mi vida fuera como antes. Anhelaba una vida tranquila, no todo este ajetreo.

Una retirada a tiempo siempre es una derrota, Chico, como ya quedó demostrado. Tus buenas intenciones son las que te llevaron a esto. La Nenita debería perder el control contigo más a menudo para hacerte utilizar esa estúpida y amable cabezota tuya. Ya te lo había dicho: debes olvidar tus escrúpulos y comenzar a jugar el mismo juego que ellos. Ahora lárgate de aquí y piensa qué vas a hacer para que tu amorcito disculpe tus tonterías y acepte ser tu esposa. ¡Fuera!

Si no fuera porque sé que su personalidad ya es cambiante por defecto y porque ya es viejo, pensaría que son sus hormonas. Primero está preocupado y ahora vuelve a su constante mordacidad. ¿Quién lo entiende? Yo sé quién: Prim.

—Buenas noches para ti también, Haymitch.

Dulces sueños, Peeta querido.

Escucho que se mofa cuando salgo del salón.

Definitivamente, detesta a Effie.

Me entierro bajo las cobijas, con el dolor de cabeza aumentando y la opresión sin ceder.

Estoy tan cansado y confundido, que no me da tiempo de analizar todo lo ocurrido ni la emoción que siento por lo que Katniss hizo, mucho menos en tratar de descifrar si algo de lo que dijo, aunque sea la palabra más pequeñita, sea cierto, porque caigo rendido a la inconsciencia.

.

.

Toda la mañana, la pasé tumbado en mi cama. Portia y Effie me ordenaron descansar todo lo posible para evitar otro ataque de ansiedad, incluso me trajeron el desayuno a la cama, ellas, personalmente, y no un avox. No puse objeciones porque estoy machacado emocionalmente.

En veinte minutos arribáremos en el Distrito 11.

Mi equipo de preparación alista mi ropa, recogen sus botecitos de maquillaje, le dan los últimos retoques a mi cabello y salen, emocionados, hablando de hacerme mejoras quirúrgicas en el cuerpo.

Portia entra y me ayuda a vestirme. Pantalón negro, camisa blanca a manga corta y una delgada chamarra también negra, ese es mi estilo. "Mi equipo tiene razón, analizo, sobre los colores oscuros".

Por último, prende el broche de sinsajo, reluciente entre tanta oscuridad.

"¿Y… sabes que es lo mejor? Que ese pequeño sinsajo, de piel morena y cabellos alborotados, es mi amigo. Es el amigo más valiente y maravilloso que he tenido".

Me dan ganas de arrancarlo cuando recuerdo la última parte del cuento improvisado que le conté a Rue.

— ¿Estás bien? —pregunta Portia, con cautela, al ver que no despego la vista del broche.

— ¿Crees que me odian? —respondo sin pensar.

—Creo que esos ojos azules tan honestos pueden hacer maravillas —acaricia mi mejilla con cariño—. Míralos a los ojos en todo momento, ¿sí?

No es la respuesta que quería escuchar, pero sirve para sacarme una sonrisa.

Salimos del compartimento, con mi estilista colgada de mi brazo, dándome ánimos, supongo. El resto del equipo ya se encuentra en el salón, pero no me acerco a saludarlos porque otra cosa llama mi atención: por las ventanillas puedo ver los campos que nos indican que hemos llegado.

— ¿Qué demonios…? —soplo más que hablo.

Me acerco a la ventanilla más próxima y me olvido de todo. El día es caluroso, no hay ningún rastro de nieve o frío, pero eso no es lo que me sorprende. Una grandísima valla se eleva delante de nosotros; tiene al menos diez metros de altura y está cruelmente llena de bucles de alambre de espino. Se me hiela la sangre. Es aterrador. Entonces veo las torres de vigilancia colocadas a intervalos regulares y custodiadas por guardias armados, apuntando a la distancia a los trabajadores: hombres, mujeres, niños, con sombreros de paja y ropas sucias. Es aún más aterrador.

—Agradable lugar, ¿no? —me susurra Haymitch.

Sin embargo, mi cara se estira en una sonrisa al ver los campos de flores silvestres alrededor. Flores que a Rue le recordaban su lugar, que adornaron su cabello, que sirvieron como su lecho de muerte. Una inmensa alegría –muy fuera de lugar- me embarga porque, al menos, se fue sintiéndose en casa.

El tren comienza a frenar; nos adentramos en un oscuro túnel que me recuerda porqué estamos aquí. Mi alegría se esfumó. Frenamos en seco. Hemos llegado a la estación del Distrito 11. Cálculo que nos quedan unos diez minutos antes de ver a las familias de Rue y Tresh. Mi mente se queda en blanco. El discurso olvidado. El nudo en el estómago es más fuerte y temo desmayarme a causa del dolor en el pecho.

Effie nos guía hacía el andén, donde no hay calurosas bienvenidas, sino una patrulla de cinco Agentes de la Paz que nos dirigen, casi a empujones, a la parte trasera de un camión armado.

—Nos tratan como delincuentes —bufa Effie, indignada y roja de furia.

El resto no decimos nada.

Ciertamente, los únicos delincuentes aquí, o mejor dicho, criminales, somos Haymitch y yo que hemos matado. O eso supongo que hizo mi Mentor para ganar sus Juegos. ¿A cuántos Tributos habrá asesinado cuando se trataba del doble? ¿A uno? ¿Cinco? ¿Veinte? ¿Fue un Tributo sediento de sangre? ¿Disfrutaba hacerlo? ¿Se alió con alguien? ¿Quién fue la chica del Distrito que lo acompañó? ¿Se protegieron o se dejaron a su suerte? ¿Consiguió Patrocinadores o sobrevivió cómo pudo?... Me doy cuenta que es la primera vez que profundizo en esa etapa de la vida de mi Mentor. Mentiría si no dijera que tengo curiosidad. Quizá algún día le pregunte; aunque ya me imagino su respuesta: esquivar otra botella de alcohol.

Me arriesgaré en su momento.

El camión se detiene, dejándonos en la parte de atrás del Edificio de Justicia; entramos rápidamente. Effie no nos da ni un respiro porque nos lleva detrás de la entrada principal así como llegamos. A pesar de que mi cuerpo pesa, como si recorriese plomo en mis venas, la sigo.

El himno comienza a sonar en la plaza…, y reafirmo que he olvidado por completo el discurso.

—Aguanta, Chico —dice Haymitch, mirándome intensamente y poniendo una mano sobre mi hombro.

Mi aspecto debe haberle dicho que estoy aterrado para que haya decidido darme ánimos.

—Sólo serán unos minutos —interviene Cinna—. Antes de que se den cuenta habrá terminado.

Prim asiente.

Es la primera vez que me fijo en ella desde que salí de mi compartimento en el tren. Se ve fuerte, íntegra, tranquila. Pero su temple no influye mucho en el mío.

Me da la mano derecha cuando el Alcalde nos presenta y las enormes puertas se abren

— ¡Sonrían! —ordena Effie, dándonos un leve empujón. Mi compañera es quien me guía.

No sé qué esperaba, tal vez los vítores, aullidos y silbidos que obtuvimos en el Capitolio, y que aún obtenemos en los programas, o unos cuantos aplausos, o gestos de emoción, cualquier cosa, menos este silencio lúgubre, acusador… El solitario aplauso del Alcalde es el único ruido que resuena, lo que me hace sentir peor.

Nuestros pies se detienen al llegar a un par de micrófonos dispuestos al inicio de unos grandes escalones de mármol, bajo el sol ardiente. Miles de miradas siguen nuestros movimientos en el más tortuoso silencio. Casi desearía que aplaudieran aunque sólo sea por compromiso. El Alcalde rompe el silencio comenzando el discurso en nuestro honor y dos niñitas nos ofrecen una pequeña placa.

Echo un vistazo a mí alrededor, tratando de escapar de las miradas de la multitud. Volteo a mi derecha, donde han construido una plataforma especial en el fondo del escenario, como siempre, para las familias de los Tributos muertos. Mis ojos se encuentran con quienes creo son los familiares de Tresh: una anciana encorvada y una chica alta y musculosa, quizá hermana o prima o mejor amiga… o novia o esposa. Me miran fijamente, lo que provoca que miles de agujas recorran mi cuerpo. Rechazo su mirada, avergonzado, volteando al lado izquierdo en un acto reflejo. Siete figuras ligeras y con ojos luminosos y castaños nos observan, con el dolor todavía vivo en la cara. Son los padres y hermanitos de Rue.

No importa cuántas veces haya ensayado este momento en mi cabeza, no estoy preparado. Bajo la mirada, incapaz de sostenérsela a esa bandada de pajaritos oscuros –así fue como los llamó Katniss, y no se equivocó- porque me recuerdan mi ineptitud en Los Juegos. Pero no sirve de nada porque aunque los haya visto unos segundos, los rasgos de las dos familias se clavan en mis pensamientos. Mientras repaso sus rasgos, en un acto masoquista de mi parte, recuerdo el discurso que tengo que dar.

O más bien, Prim me lo recuerda porque es quien comienza a hablar:

—Buenas tardes. Es un gran honor encontrarnos aquí como Vencedores únicos en la reciente edición de Los Juegos del Hambre —su tono de voz es lloroso, señal inequívoca de lo nerviosa que se encuentra; aun así, no se quiebra y se mantiene firme—. Estamos aquí, ante ustedes, para mirarnos fijamente a los ojos, Vencedores y Vencidos, demostrando nuestra unidad y agradecimiento al gobierno de Panem, a Los Juegos y a los Tributos de éste su Distrito, que pelearon y murieron valientemente para que nosotros pudiéramos estar aquí…

Regreso mi vista a la familia de Tresh, luego a la de Rue. La tristeza que emanan no tiene que ver nada con sacrificio, tampoco con una pelea llena de valentía por la paz de este podrido país. Sí, podrido porque ese discurso sólo sirve para recordar que no importa lo que sientan, sino para satisfacción del Capitolio y seguir recalcando su poder.

¿Será mi imaginación, o es verdad que nos miran con cierto recelo? El ambiente está cargado de enojo… molestia. Lo puedo sentir.

—… Deben sentirse agradecidos y orgullosos por el sacrificio de sus hijos, que más que ser el motivo de una vida de fama y riqueza, son piedra angular para preservar la paz en nuestro país…

Mientras lo aprendíamos, Prim decía que el discurso era poco sensible; a mí me parecía hipócrita. En estos momentos, al escucharlo en voz alta y con todas esas miradas puestas en nosotros, me avergüenza lo que dice mi compañera; suena ridículo, más hipócrita y cruel, porque sus hijos fueron obligados a morir, no por mi mano, o por la de algún otro Tributo, sino por el Capitolio mismo que, después de 74 años, no perdona los Días Oscuros. No es gentil, ni bondadoso, ni tiene misericordia. Es retorcido, vengativo… criminal.

Recito en mi mente el resto del discurso: "Si bien, esta lucha por la paz aún no ha terminado, y, quizá, sea larga, seguiremos luchando como hasta ahora, esperando el momento en que la victoria sea total. Alabados sean Los Juegos del Hambre. Alabado sea el Capitolio. Panem por siempre". Mis ojos viajan a la inscripción que está marcada con letras doradas en la placa que sostengo. En ella se lee: "En agradecimiento a Peeta Mellark y Primrose Everdeen, Vencedores del Distrito 12".

Me bulle la sangre; de repente, no quiero ser partícipe de esto, ni que el nombre de Prim se ensucie con semejantes palabras porque el Distrito 11 y nosotros dos compartimos la misma pena. No somos Vencedores y Vencidos, más bien, Víctimas y Victimarios condenados a serlo desde el momento en que nacemos por quienes manchan sus manos de sangre y no tienen que vivir con ese remordimiento, ni con las pesadillas, ni con la culpa. No porque no tienen nada que agradecernos, al contrario.

—… Si bien, esta lucha por la paz aún no ha terminado…

Pongo una mano en el hombro de Prim, lo que la obliga a detener la parte final del discurso. Me mira sin entender; le lanzo una mirada tranquilizadora mientras la aparto sutilmente del micrófono y me adueño de él. Y de la atención de todos.

Inhalo y exhalo durante unos segundos…

—Quiero dar las gracias a los Tributos del Distrito 11 —al decir esto, trato que mi mirada abarque a toda la gente congregada aquí, hasta que fijo mi vista en la familia de Tresh, siguiendo el consejo de Portia—. Tresh no era mi amigo, compañero o aliado, pero salvó mi vida… y en ningún momento intentó aprovecharse de una niña como Prim, aun cuando tuvo la oportunidad, enseñándome lo que es la verdadera misericordia. Es una deuda que nunca podré pagar. En su momento no lo entendí, pero ahora comprendo que se preocupaba por su compañera de Distrito, cada golpe que recibí me lo confirmó. Lo respeto por eso. Sé que de no ser por mí, quizá, él estuviera parado justo donde estoy yo. Les pido perdón por arrebatarle la oportunidad de regresar.

Sus familiares siguen mirándome fijamente, pero algo cambia: esbozan una leve sonrisa y asienten en mi dirección.

—Sin embargo —poso mi vista en la familia de pajaritos oscuros—, Rue, con su alegría, también salvó mi vida. Con su valentía y amor por los suyos me enseñó que vale la pena dar todo por aquellos a quienes amamos. Siempre estará conmigo; la veo en mis hermanos, en mis padres, en cada niño de mi Distrito…, en Prim. Ella era más que una amiga…, era otra hermana pequeña por la cual habría dado mi vida sin pensarlo. No pude hacerlo, y me disculpo por ello —mi compañera se abraza a mi cintura, por la forma en que tiembla puedo asegurar que está aguantando los sollozos—. Gracias por sus hijos, Distrito 11, porque cuando tuve la oportunidad de mirarlos a los ojos, no veía en ellos a un enemigo, veía a un ser humano. Somos nosotros quienes estamos orgullosos de haberlos conocido.

—Y gracias por el regalo —finaliza Prim, alzando un poco el rostro y aferrándose al amuleto que siempre lleva consigo—. Gracias a todos.

Durante unos segundos, el tortuoso silencio que reina en este Distrito me confirma que mis disculpas no son aceptadas, que, quizá, nos aborrecen porque, de haber tenido la oportunidad, sus Tributos serían Vencedores, o al menos uno… Pero todo cambia cuando alguien, un anciano con una camiseta roja descolorida y un mono, parado justamente en la primera fila de gente, me mira a los ojos y me regala una cansada sonrisa desdentada… después, silba la melodía de cuatro notas de Rue, la que repitieron los sinsajos en el estadio, la que nos reunió momentos antes de su muerte.

Es demasiado increíble pensar que lo que sigue es un accidente, algo espontáneo, porque no lo parece cuando la multitud en la Plaza se lleva los tres dedos centrales de la mano izquierda al corazón y después a los labios, para terminar extendiéndolos en nuestra dirección, imitando nuestra seña del Distrito 12; ésa con la que le dijimos adiós en el estadio a Rue, a Jeff, a Clove y a la chica del 5.

Esa seña, según nuestra tradición, los tres dedos significan el agradecimiento, la admiración y la despedida; los otros dos dedos, meñique y pulgar, la promesa de que siempre será recordada la persona en cuestión. El hecho de que hayan llevado primero sus dedos al corazón, es un acto exclusivo, o añadido, por el Distrito 11. Me doy cuenta que ellos no son de aplausos y gritos desesperados; su manera de darnos las gracias es simple, y más conmovedora que cualquier gesto del Capitolio.

Prim se separa un poco; cambia su placa a la mano derecha y con la izquierda devuelve el gesto… pero no hacia ellos, sino a mí.

Esto me descompone, me desconcierta, me ruboriza. Me quedo estático, sin poder siquiera parpadear, y mirando todas esas manos que me señalan. Quiero decirles que paren porque por alguna razón esto toca algún tipo de fibra demasiado sensible en mi interior… y no lo merezco. No merezco ese agradecimiento porque cometí demasiados errores y no hice un esfuerzo mayor por alguno de sus hijos. Los dos murieron por mi culpa. No. No lo merezco.

Antes de poder tragarme el nudo que raspa mi garganta y articular algo, el Alcalde se adelanta, nos aparta del micrófono y retoma la palabra. Nos agradece, repite que su Distrito se siente honrado con nuestra presencia y nos desea suerte en el resto de nuestro viaje. Pide un aplauso para nosotros –de nueva cuenta es ignorado-, y oigo un chispazo de estática, lo que indica que mi oportunidad de decir algo más se ha esfumado: los micrófonos ya han sido desconectados. Apenas tengo tiempo de echar un último vistazo a las familias de Rue y Tresh, cuando el Alcalde nos guía apresuradamente hacia el Edificio de Justicia, murmura algo sobre unos asuntos y regresa a la Plaza.

Veo que Haymitch, Effie, Cinna y Portia esperan debajo de una pantalla montada en la pared, a unos cuantos metros de nosotros. No se han dado cuenta de nuestra presencia porque platican muy absortos y secretamente entre ellos.

Miro a Prim, y lo único que sale de mi boca, antes de analizar lo sucedido, es: — Cuida mi placa y espérame aquí. Voy a alcanzar al Alcalde y ver si hay oportunidad de visitar a las familias de Rue y Tresh…, a solas.

—No tardes —me anima, volteando hacia nuestros acompañantes—. Corre, antes de que Effie venga.

Asiento. Abro lentamente una de las puertas del Edificio; lo veo todo desde ahí: En las relucientes escaleras de mármol en las que Prim y yo estábamos hace un momento, se encuentra el anciano que silbó, de rodillas, rodeado de unos cuantos Agentes de la Paz. Uno de ellos desenfunda un arma y le apunta en la frente.

— ¡No! —grito, acercándome— ¡Dete…!

No termino porque alguien me golpea fuertemente el estómago. Antes de caer al suelo por la falta de aire, dos Agentes me sostienen por los brazos y me arrastran de nuevo hacia el Edificio de Justicia.

No puedo respirar. El dolor es insoportable. La opresión en mi pecho se intensifica…

El anciano me mira a los ojos otra vez, sonríe amablemente… y le meten un balazo en la cabeza.

Todo se vuelve negro.

.

Estamos en el Distrito 11. Acabo de terminar mi discurso, pero antes de despedirnos y entrar al Edificio de Justicia, un Agente sale de entre la multitud, arrastrando y jalando del cabello a alguien. Ese cabello rubio cenizo que heredé, podría reconocerlo donde fuera. Es mi madre. Mi mente reacciona y me ordena moverme e ir en su ayuda; mi cuerpo no está de acuerdo, prefiere quedarse inmóvil y presenciar cómo atentan contra ella. Les grito a Prim, al Alcalde, a los demás Agentes para que hagan algo. Nadie parece escucharme.

El Agente obliga a mi madre a arrodillarse y le apunta en la nuca…

—Hijo, ayúdame.

Susurra antes de ser ejecutada.

El disparo es tan sonoro que hace mi cuerpo vibrar.

Abro los ojos, aterrado, y con la imagen de la sangre de mi madre escurriendo en el mármol.

Rojo y blanco, vuelvo a asociar los colores. Rosas y sangre, recuerdo la visita del Presidente.

— ¡Oh! Peeta, por fin despiertas —la estridente voz de Effie me perturba más—. Nos tenías tan preocupados.

Sus ojos rojos e hinchados me confirman que no miente. A menos de que haya estado llorando porque arruiné el itinerario y no por mí.

— ¿Cómo te sientes, cariño? —pregunta Portia.

No contesto porque trato de enfocarme y descubrir en dónde estoy. Es una lujosa habitación que no se parece en nada a la mía en la Aldea.

—Incorpórate un poco, querido —Effie se acerca a mí y me sostiene por la espalda—. Déjame ayudarte. No te esfuerces tanto. Así está bien. Mira —señala a mi derecha—, hemos encontrado la solución a tus problemas de ansiedad. El doctor dijo que tal vez te encuentras bajo mucha presión con esto de la Gira y lo de tu boda, pero esto servirá para ayudarte y que no vuelvas a desmayarte. ¿Qué te parece?

Me mira con tanto entusiasmo que no me queda más que agradecerle, a pesar de no saber qué es ese cacharro que, según ella, va a ayudarme. Haymitch, que siempre se las arregla para estar presente en cualquier tipo de crisis, la echa de la habitación haciendo un esfuerzo gigantesco por no parecer grosero, argumentando que debe ir a supervisar los preparativos para la cena antes de que todo se salga de control. Effie se va, casi flotando de la emoción porque el malhumorado borracho, a su manera, alabó su labor.

—No haces más que estupideces. Cuando se termina tu presentación, se termina y punto. No quiero enterarme que otra vez se te ocurre la magnífica idea de regresar y pensar que puedes hacer lo que se te dé la gana o te partiré la cara, ¿entendiste? —grita Haymitch, aunque no parece tan molesto como se escucha—. Tienes una hora para arreglarte antes de la cena. Portia te explicará cómo funciona el tanque de oxígeno, pero antes, metete a bañar. ¿Puedes sostenerte o el señorito necesita ayuda?

Se da la vuelta. Pensé que iba a marcharse, pero sólo abre y cierra la puerta ruidosamente, haciéndome un gesto de que guarde silencio. Sigilosamente se acerca a mí y me ayuda a levantarme. Mi estilista corre al baño y escucho que abre la llave de la regadera. Mi Mentor me guía hacía allá. Cuando estamos dentro, su expresión se ensombrece.

—Dos Agentes entraron al Edificio casi arrastrándote e inconsciente —susurra, con el agua como amortiguador de fondo—, dijeron que de la nada, te desmayaste. ¿Qué pasó, Peeta?

Recuerdo mi sueño, sólo que en lugar de mi madre, es el anciano de camiseta roja descolorida al que ejecutan. No. No fue un sueño.

—Cuando terminó nuestra aparición —comienzo, utilizando el mismo tono de voz que él. Si bien entiendo, es probable que haya micrófonos. Toco mis sienes, tratando de apaciguar el dolor punzante—, regresé, fui a buscar al Alcalde… quería saber si podíamos hablar un momento a solas con las familia de Rue y Tresh… Los Agentes, ellos… lo mataron. Traté de detenerlos. Alguien me golpeó en el estómago, por eso me desmayé.

— ¿Lo mataron? ¿A quién?

—A… al anciano. ¿Lo vieron? ¿El que silbó la melodía de Rue? Le… le metieron un balazo en…

—Sí, sí lo vimos, pero la señal se cortó en cuanto la gente hizo esa señal —dice Portia en un hilo de voz, mirándome con cariño… y algo más intenso.

— ¿Qué sucede aquí, Haymitch? —pregunto, contrariado—. Tengo la sensación de que algo está pasando pero no logro distinguir el qué. Algo se me escapa.

—Lo que sucede es que este lugar no es mejor que el 12, como ya te habrás dado cuenta, Chico —tengo que inclinarme más para poder escucharlo—. Actúa normal el resto de la Gira y no hagas preguntas. Ya hablaremos cuando estemos en casa.

Me da un leve apretón en el hombro y se va. Su actitud cambiante como siempre. Está loco, definitivamente.

Portia comienza a hablar de mi atuendo con su tono de voz normal. Capto que el secretismo se ha terminado.

Algo malo, muy malo está pasando. Es una lástima que tenga que esperar hasta llegar a casa para descubrir de qué se trata.

.

Cuando nos reunimos para bajar a la cena, tenemos que soportar a una Effie furiosa por el mal trato que le han dado, antes de que nos coloque en formación para nuestra entrada. Primero los equipos de preparación –quienes también manifestaron haber estado muertos de la preocupación por mi salud en cuanto entraron a mi habitación-, después Effie, los estilistas y Haymitch.

En el amplio salón, los músicos empiezan a tocar. Cuando nuestros equipos inician nuestra procesión, Prim toma mi mano fuertemente.

— ¿Por qué lo hiciste, Prim? —dejo escapar una de las tantas preguntas que rondan mi cabeza.

Me regala una hermosa sonrisa. Sé que no tengo que explicar cuál es mi pregunta porque ya lo sabe. Así funcionamos ella y yo, sin necesidad de palabras podemos entendernos perfectamente. Es una de las cosas que más aprecio de nuestra relación.

—Porque estoy orgullosa de ti, de lo que hiciste por Rue en el estadio, por las palabras que dijiste, por interrumpirme y evitar que terminara ese horrible discurso, por decir delante de todos que soy tu hermana… —enumera—. Por haberme salvado la vida cuando éramos desconocidos; por ser él mismo Peeta que conocí cuando salimos cosechados. Por eso lo hice. Igual que ellos, yo también te admiro.

Escucho los aplausos que son dirigidos a los equipos de preparación. Effie y los demás empiezan a bajar.

—Exageras. No me admiran.

—Te equivocas. Sí lo hacen. Y se siente bien tener un hermano mayor como tú.

Una cálida y extraña sensación me inunda; es la primera vez que me llama así.

—Estás loca. Recuérdame que mañana, en el 10, debo enfatizar que eres mi adorada, desquiciante y loca hermana menor.

—Lo haré —su actitud bromista decae—. ¿Te sientes mejor? Casi me desmayó cuando esos Agentes te trajeron inconsciente… Escuché… creo que era un disparo. Creí que… Peeta, no me escondas las cosas. ¿Qué ha pasado?

Resuenan los aplausos hacía Effie, Haymitch y los estilistas. Es nuestro turno.

—Ocupémonos de la Gira por ahora, Nenita. Te prometo que hablaremos en casa.

No tiene caso agobiarla en estos momentos. Además de que no sé si debo decirle la verdad o distorsionar un poco los hechos.

—Es una promesa, Peeta.

—Es una promesa, Primrose. Ya son quince escalones, vamos.

Nos enfocan con una luz y esbozamos nuestra sonrisa más deslumbrante. La gente ríe, aplaude, reaccionan contrariamente a toda esa gente que no fue invitada, a los pobres, a quienes a estas horas le lloran al valiente anciano de camiseta roja descolorida.

Su imagen, siendo asesinado, se instala cómodamente en mi mente.

Su última sonrisa hace que mis ojos escozan, y me deja otro par de interrogantes. ¿Por qué me miró y me sonrío? ¿Por qué no se defendió?

Antes que todo, ¿por qué repitió la melodía de Rue?

.

.

.