¡Hola a todos!
Gracias Siletek por tu review y actualizo una vez por semana porque este fanfic lo empecé a fines de noviembre; este capítulo lo tenía escrito hace un buen rato.
Para los followers y a los visitantes, escriban reviews, por favor. Citando a quien escribió el último review: "comenten, que no muerdo".
En fin, gracias por leer.
Capítulo 8: Nuevo integrante.
Durante el viaje hacia la nueva ubicación del Moulin Cortex: en una isla cubierta de nieve, Neo se preocupaba al desconocer por qué su madre lo había citado. Acaso será por que ella se arrepintió de haberle prestado dinero o quería que la reemplazara para que ella se tome un descanso. Estas y más ideas circulaban por su mente. Ella era realmente la reina del misterio.
Al acercarse al lugar, los científicos comenzaron a colocarse abrigos pues afuera la temperatura descendía más y más. Mientras que Cortex se mostraba cada vez más nervioso, Tropy manejaba el dirigible y, al ver a su colega, dijo:
—¿Podes dejar de caminar de un lado hacia el otro? Ya sé que estás nervioso, pero estas logrando que me ponga nervioso también —solicitó el doctor al preocuparse por su amigo.
—Lo siento, pero la verdad mi madre tenía que decirme a qué se debe este viaje —se disculpó.
—No lo sé, aunque no debe ser algo grave —trató de calmar—. ¿Acaso no conoces a tu madre? Deberías adivinar de qué se trata todo esto —agregó.
—Pues la verdad es que no muy bien. No pasaba mucho tiempo con ella y me distancie aun más cuando me dijo cual era su trabajo. Fue decepcionante.
—Bueno, sin embargo ella es tu madre así que trata de ayudarla. Por lo menos, tienes familia no como yo… —decía tristemente—. Mira, ya llegamos.
Fue entonces que dejaron al dirigible a unos metros del edificio, bajaron y se dirigían hacia la puerta. El edificio era algo amplio con un cartel luminoso donde aparecía el nombre del lugar.
Mientras caminaban Neo se preguntaba qué contenía la caja que su colega traía en sus manos. Llegaron a la puerta y les abrió una joven empleada quien los acompañó hasta la habitación en donde se encontraba la señora Cortex. Tuvieron que quitarse sus abrigos ya que el lugar estaba calefaccionado. Cuando se toparon con la señora, ella vio primero a su hijo y le dijo:
—¡Que bueno que viniste, hijo! Te gusta la nueva ubicación. Realmente es un lugar exótico. Fue para atraer a clientes acaudalados.
—¿Es sólo por ese motivo? —desconfió el de piel amarillenta.
—Bueno… también es porque empezaba a tener unos problemas allá —y no quiso contar más detalles.
—¿Y para qué me hiciste venir hasta acá? —dijo enojado.
—La verdad es que no sabía a quien recurrir… te lo iba a proponer aquel día que viniste por el préstamo… Y veo que trajiste a un amigo —agregó al ver al Cyborg.
—Madre, él es el doctor Nefarious Tropy. Estudiábamos en la academia y ahora trabajamos juntos —presentó Neo.
—Aquí le tengo un regalo, señora Cortex —y le dio la caja a la dama. Contenía un juego de vajilla japonesa.
—¡Muchas gracias! Ya me caíste bien —dijo sonriendo.
—Bueno, ¿Qué era lo importante? —dijo Neo algo molesto.
— Sólo agradecía a tu amigo. Así es mejor, mientras más te ayuden mejor, especialmente con la tarea que te voy a encargar —comentó ella.
—¡Bueno, dejémonos de seguir con el suspenso y dime lo que tengo que hacer! —continuaba molesto—. ¡Tengo asuntos que atender!
—Simplemente quiero que la cuides, después ingresará a la escuela que quieras —explicó la dueña mientras se dirigía a la habitación contigua. Al escucharla, Neo pensaba qué era lo que tenía que cuidar—. A mi no me molestaba cuidarla pero este no es un buen ambiente para ella… Recuerdas que hace unos años murió tu hermano.
—No sabía nada de eso, madre.
—Pues él no me dijo que tuvo una niña con una chica. El gobierno quiso que yo me encargara pero no puedo hacerlo más —decía esto hasta que regresó con una niña de cinco años.
La pequeña era delgada, tenía un cabello negro lacio que le tocaba los hombros, piel pálida y unos hermosos ojos rasgados de color azul oscuro. Vestía con ropas de colores alegres y sostenía a una muñeca en una mano.
—Mira, Nina, él es tu tío y ahora va a cuidarte.
—¿Qué? ¡No dije que quería hacerlo! —protestó el hijo de la dueña—. El laboratorio también no es un buen ambiente para ella; podría lastimarse —explicó.
—Hijo, somos su única familia y no quiero enviarla a un orfanato si ella tiene familia. Sé que puedes, tienes muchos amigos que te ayudarán, así que tienes que llevártela —dijo mamá Cortex con algo de tristeza sin que escuchara la niña.
—¡Pero mamá! —rezongó como un niño causando una sonrisa en su sobrina.
Después de pensar por un momento en cuanto a qué hacer y por qué ella se dio cuenta que ese no era un ambiente sano para una niña pero para él si lo era, Neo finalmente dijo:
—Tú ganas, la cuidaré —desistió.
—¡Gracias, hijo! —dijo sonriendo—. Te daré los papeles de custodia así no tendrás problemas con el gobierno.
En ese momento, mamá Cortex le acercó las pertenencias de Nina: una valija y otras cosas a su hijo quien ni bien las tomó ya se dirigía hacia el dirigible tomando a su sobrina de la mano; continuaba con su mal humor. La niña no protestó ya que su abuela la convenció para vivir con su tío. Los tres subieron a su transporte y ya se encaminaban de regreso al castillo.
Neo jamás se imaginó que su madre le pediría algo así: tendría que cuidar a una niña. Cómo reaccionará su compañero Nitrus Brio y especialmente los mutantes, ya que esos animales no se destacaban por su buen comportamiento; eran brutos, bromistas y malvados. Además la jungla, los aparatos, las sustancias químicas y la zona ex volcánica resultarían muy peligrosos para la pequeña; habrá que designar a alguien para que la vigile todo el tiempo. Pero, quién podía hacer de niñera.
Ya todos tenían un papel asignado: Neo y Nitrus se encargaban de hacer evolucionar a los animales, el doctor Tropy en labores domésticos y en sus trabajos, Koala Kong y los hermanos Komodo en recorrer la jungla, y Pinstripe en ser el asistente de laboratorio; aunque jamás le pediría una tarea así a un mutante.
Después de las amenazas del Cyborg, el doctor Cortex no le pediría que cuide a una niña. Aunque eran amigos, el especialista en el control del tiempo sentiría aun más que sus habilidades no son aprovechadas. Por esta razón, el científico de la marca en la frente tenía que recurrir a una niñera ¡Imposible! Una chica huiría al ver su ambiente laboral: un tenebroso castillo, monstruos y científicos extraños, todo en el medio de la nada.
Sin embargo, cuando Neo pensaba en todo esto, se detuvo para observar cómo jugaba su sobrina con unos juguetes que trajo. Se sintió feliz en ese momento. Sin conocerla, consideraba que debía cuidarla y quererla. En ese instante se le ocurrió tratar a Nina como la hija que nunca tuvo, que podría continuar con su trabajo, que pueda ser su sucesora, que concurriría a la Academia, y que adoptara la maldad para lograrlo. Al verlo sonreír ligeramente, su amigo le dijo con tranquilidad:
—No sé cómo lo haremos pero cuidaremos bien a Nina. No hay de qué preocuparse.
—Puede que tengas razón, aunque sería mejor que alguien la vigile todo el tiempo —comentó con desánimo y se quedó pensando—. Había considerado contratar a una niñera, sin embargo, debe ser alguien que no le tema a los mutantes y al lugar. Alguien como nosotros.
—Siendo así, escuché noticias de un colega sobre un suceso que le ocurrió a un ex alumno de la Academia. Sufrió un extraño accidente trabajando en los planes de defensa británica y ahora está desocupado.
—¿Extraño accidente?
—Si. Fue por el recorte de presupuesto. Tendrás que verlo en persona para creerlo.
—Parece que no es un científico malvado y no quiso formar un equipo. Por ello le fue mal. A pesar de eso, puede ser que funcione.
—Creo que si. Se dio cuenta de su error y, además puede ayudarnos: es experto en robótica y en armas. Y puede formar parte del N Team tranquilamente; su nombre es N. Gin.
—Es extraño que sea una coincidencia. Está bien, lo llamaré —habló con desgano.
Por otro lado, en el castillo, el doctor Nitrus Brio se llevó a Koala Kong y a los hermanos Komodo a buscar las cajas de fruta wumpa para comerciarlas en la ciudad más próxima. El mutante más responsable, Pinstripe, quedó a cargo de cuidar del castillo.
El científico tomó la ruta que el jefe de la tribu, Papu Papu, le indicó a Neo como el camino más corto para llegar a la fortaleza nativa. Aquella mañana no hacía tanto calor como de costumbre; les vino bien durante el viaje en lancha. Cuando ya estaban cerca, el calvo bajó la velocidad para adentrarse con calma por el río de la cascada y desviarse para llegar a su destino.
Con asombro pudieron observar el geiser que erupciona periódicamente expulsando a los peces desde el interior y enviándolos cayendo montaña abajo. Fue un suceso extraño aunque era aún más la gran roca en forma de cráneo, que da comienzo a la cascada.
El doctor y los tres mutantes llegaron a la orilla y comenzaron a dirigirse al extenso portón de madera hecho con cientos de troncos de árboles donde los guardias notaron su presencia para luego abrirla lentamente. Los cuatro caminaron unos cuantos pasos para estar frente a frente con el líder de la tribu y a su alrededor unas seis cajas de madera llenas de wumpa.
—Aquí tener wumpa y pedir a cambio un objeto —ordenó el jefe.
—Se lo traeremos si tenemos éxito con este negocio, jefe Papu Papu. Y Kong se quedará un rato con ustedes como prueba de que regresaré —comentó el de los tornillos señalando al mutante en cuestión.
Gran parte de los nativos les pareció graciosa la voz y el tartamudeo del doctor. Por su parte, éste sólo ignoraba aquellas risas de bajo volumen.
Con ayuda de los mutantes, todas las cajas fueron cargadas a la lancha. Como había dicho, Koala Kong se quedó a ayudar a los nativos mientras que Brio y los reptiles evolucionados se encaminaban hacia la ciudad.
Anclaron debajo de un muelle para no llamar la atención pero antes, el doctor pidió a los mutantes que se cubran sus rostros y que, cuando llegaran, permanecieran ocultos vigilando el bote. Para descargar, Komodo Moe ayudó a poner las pesadas cajas en un carrito, una a la vez para que Nitrus se encargue del resto, aunque anteriormente el calvo se colocó su venda para cubrir sus tornillos.
No tuvieron ningún problema: el vendedor quedó maravillado con las frutas que pagó un buen precio por ellas y pidió más cantidad para la próxima vez. Las wumpas formaron parte de las frutas exóticas teniendo el mismo precio que los kiwis. Brio consiguió buen dinero y logró deshacerse de todas las cajas que llevaba en el bote.
Al regresar al barco, el científico se preparó para volver por Koala Kong. A mitad de camino, se quitó las vendas que le molestaban y les dio permiso a que los dragones de se sacaran sus capuchas.
El viaje entre la isla N. Sanity y la ciudad más cercana duraba como dos horas, así que con el sol del mediodía, Brio y los mutantes retornaron al pueblo indígena.
Los guardias nuevamente les abrieron las puertas y uno de ellos fue a la tienda de su líder para despertarlo. Ni bien los vio, el jefe pidió su recompensa:
—Querer objeto de ciudad.
—De acuerdo. Para que lo sepa, hemos logrado vender todas las frutas y quieren más para la próxima —contó el doctor dejando en las manos del nativo una bolsa con herramientas de jardinería y unas cajas de fósforos.
Papu Papu observó con detenimiento cada objeto y, con paciencia, el científico le demostró cómo se utiliza cada cosa. Cuando terminó de explicar, dijo:
—Me encargaré de construir más cajas y en unos días volveré con ellas para que ustedes las carguen con frutas. Hasta luego, jefe —se despidió sin olvidar de llamar al koala—. ¡Kong, es hora de irnos!
