Leah y Chad bajaban las escaleras lentamente, todavía quedaban unos minutos para que empezara la clase de Encantamientos y ya estaban casi llegando. El chico la miró de reojo y no pudo evitar sonreír al ver su sonrisa distraída.
- Parece que te ha sentado bien el descanso. – Le dijo, sin poder evitarlo.
- He pasado una hora tumbada en la cama recibiendo mimitos. – Ella se encogió de hombros. – Ya me gustaría a mí poder pasar todo el día así, pero si se lo dices a alguien…
- Lo negarás todo, lo sé.
Chad suspiró. Jamás terminaría de entender por qué Leah prefería que la gente creyera que se había acostado con él a que supieran que realmente habían pasado solo un rato abrazados. Sabía que le gustaba ocultar sus sentimientos y mostrarse fría, que no quería que la gente descubriera cómo era de verdad, pero a veces le parecía excesivo. "Si no puedes evitar tener sentimientos, al menos ocúltalos lo mejor que puedas", le dijo una vez. Negó con la cabeza sin poder evitarlo. Ella era así y jamás osaría cambiarla. Le encantaba su fuerza y personalidad, la hacían completamente diferente a las demás chicas del castillo.
- No me mires así. – Le dijo con una media sonrisa de esas suyas. – Ya sabes cómo soy, me conoces.
- Sí, por eso no digo nada, solo te miro. – Chad la cogió del brazo y la detuvo en medio del pasillo desierto.
- Vamos a llegar tarde. – Murmuró ella cuando él se acercó y la miró a los ojos con un brillo divertido.
- Por un minuto no pasará nada. – La besó lentamente y sonrió al separarse. – Ya está, podemos irnos.
La chica fue a comentar algo, pero al final cambió de opinión y se limitó a poner los ojos en blanco. Terminaron de recorrer el pasillo y entraron a la clase de Encantamientos, pero se quedaron quietos en la puerta. Leah frunció el ceño y Chad se removió un poco incómodo. ¿Qué hacían dos aurores en la clase?
- Señorita Potter, justo a quien buscábamos. – Dijo uno de ello. – Debe acompañarnos, junto a su hermano y la señorita Finnigan.
- ¿Dónde? ¿Para qué?
- En seguida lo sabrá, es un asunto confidencial. – Respondió con impaciencia. – Venga, no tenemos todo el día.
Leah maldijo por lo bajo y, cruzada de brazos, dio media vuelta y salió de la clase seguida de los otros cuatro. Chad apretó los labios y se sentó en una mesa vacía. No pudo evitar mirar de reojo a Alex, que no apartaba la mirada de la puerta por la que su novio acababa de salir con expresión preocupada.
- Bien, como iba a empezar a decir antes de esta interrupción, bienvenidos a Encantamientos de séptimo año.
El chico suspiró. Sabía por qué se los habían llevado y no pudo evitar sentir una pequeña punzada en su estómago. Solo Leah podía hacerle replanteárselo todo, pero aún así… No. Aquello era más importante que cualquier otra cosa. Cogió un trozo de pergamino y empezó a escribir. Lo mejor que podía hacer en aquel momento era centrarse en su clase.
Cuando los tres entraron en el despacho del director, este ya estaba completamente lleno. Todos los primos estaban allí, desde los pequeños de primero hasta el mismo Remus que estaba apoyado en la pared con el ceño fruncido. Teddy y Albus estaban al frente y comentaban algo en voz baja con Neville. Cuando se dieron cuenta de que ya estaban todos, se acercaron un poco y empezaron a hablar.
- Sentimos la interrupción chicos, pero tenemos algo importante que deciros. – Empezó a decir el metamorfamago. – Supongo que habréis oído lo que ha pasado esta mañana.
- Sí, han atacado a Rose en el Ministerio. – Se apresuró a decir Leah.
- Exactamente.
- Entonces, ¿no ha sido solo una casualidad? – Carina palideció y su hermana la rodeó con sus brazos.
- No, cielo. – Le dijo, acariciando su pelo con delicadeza. – Pero tranquila, está bien, me lo ha dicho papá.
- Sí, por suerte pudieron controlarlos y nadie ha resultado herido. – Añadió Albus, visiblemente preocupado. – Mirad, ya no hay ningún lugar seguro, ni siquiera aquí estáis completamente a salvo. Estamos convencidos de que algunos de sus miembros son estudiantes de los últimos años y nos preocupa vuestra seguridad así que hemos ideado un plan.
- ¿Qué quieres decir? – Leah arrugó la frente.
- Vais a tener una especie de escolta, unos guardaespaldas que os acompañarán a todas partes, no podemos arriesgarnos. – Terminó de explicar Teddy. – Llevábamos un tiempo pensándolo, pero después de lo de esta mañana hemos decidido actuar. Neville nos ha dado su permiso y todos estaréis bajo la constante vigilancia de un auror.
- Cuando dices todos no te referirás a mí, ¿verdad? – Intervino Remus. – Soy ya mayorcito, puedo cuidar de mí mismo.
- Tú también, Remus. – Contestó su padre. – Tu madre y tus hermanas también van a tener sus propios vigilantes, tus tíos, tus abuelos… Todos.
- Pues no me parece bien.
- Leah, este es un tema muy serio. – Albus negó con la cabeza. Su sobrina podía llegar a ser muy difícil de tratar algunas veces.
- Lo sé y, por eso mismo, ¿por qué tenemos que ocultarnos de ellos? Deberíamos enfrentarnos sin miedo, no mostrarnos asustados. – Dijo ella. – Estoy cansada de que todo el mundo me mande callar, de tener que susurrar lo que opino, ¿para qué? Esa gente ya sabe quiénes somos, ya sabe lo que pensamos. No voy a ocultarme y, perdonad que os diga, no voy a dejar que un auror pase todo el día detrás de mí. Eso vulnera mi intimidad.
- Eres una cría, no sabes lo que dices, esto es mucho más peligroso de lo que tú crees. – Teddy apretó los labios. – No hay nada más que decir. No hemos venido a sugeriros esto, sino simplemente a informaros.
- El año que viene entraré en la Academia, os recuerdo. Ya no soy una niña.
- ¿Pero por qué te quejas tanto? – Preguntó Kate Wood. – Ya los has oído, vienen a por nosotros, nunca está de más una ayuda.
- Además, todavía no has entrado. – Puntualizó su tío. Todos querían evitar que la chica entrara, aquellos no eran buenos tiempos para convertirse en auror.
- Pero lo haré, nada de lo que digáis podrá hacerme cambiar de opinión. – Negó con la cabeza.- No pienso aceptar esa escolta.
- Como ya te hemos dicho, esto no es una sugerencia, acéptalo como los demás. – Insistió su padrino. – Luego hablamos en privado si quieres, pero ahora no quiero escuchar más quejas. Tenéis que darle ejemplos a los más pequeños, ¿qué pensarán si ven que vosotros incumplís las normas del colegio y os enfrentáis abiertamente a esa gente?
- No creo que seamos tan mal ejemplo. – Murmuró ella.
- Pero en parte tienen razón. – Lyra se acercó a su amiga y le pasó un brazo por los hombros de forma protectora. – Leah, todos sabemos que eres fuerte, no hace falta que lo demuestres todo el tiempo. Pedir ayuda no es malo.
- No intento demostrar nada, me da absolutamente igual lo que piensen los demás. – Mintió ella. – Solo quiero darles su merecido, necesito hacerlo, Lyra. Tú no lo entiendes, no puedes entenderlo. – Su voz apenas fue un susurro al final y no pudo evitar apretar los labios. Por supuesto que ella no podía comprenderlo. Ni ella, ni nadie a parte de ella misma podía entender lo que pasaba realmente. Se separó un poco de la rubia y se cruzó de brazos. Tenía los ojos brillantes, pero aún así se mostraba decidida. – Tito, padrino, podéis echar a todos los demás si queréis y hablar conmigo, pero mi respuesta seguirá siendo la misma lo queráis o no. No creo que mi abuelo derrotara a Voldemort para que yo ahora tenga que esconderme y protegerme tras otros.
Los dos hombres se miraron, sin saber muy bien qué hacer. Aquella niña era más cabezota que su padre y su madre juntos. El mediano de los Potter suspiró.
- Lo mejor será llamar a James y Lizzy, quizás ellos pueden hacerla entrar en razón. – Le dijo al otro, que asintió. Volvió a mirar a los chicos y se obligó a dedicarles una sonrisa tranquilizadora. – Los demás podéis volver a clase, ya está todo dicho. A partir de ahora, un auror os acompañará en todo momento, ya se han habilitado habitaciones especiales para ellos en vuestras respectivas salas comunes.
Todos asintieron y empezaron a salir. El director se alejó un poco para enviar un patronus a la pareja mientras Jane y Thomas se acercaban para despedirse de su padre y Remus le dedicaba una mirada resignada al suyo – quizás debería haberse puesto de parte de Leah, pero sabía que nada de lo que hubiera dicho, habría servido así que, ¿para qué? – antes de abandonar el despacho.
- Tenéis que prometerme que tendréis mucho cuidado. – Dijo Albus a sus hijos. – Se avecinan tiempos difíciles.
- Tranquilo, papá. – La chica sonrió. – Y ahora, tengo que volver a Pociones, he dejado a Zabini a cargo de la poción y no quiero que explote.
- ¿A Matt? – Dan, que había decidido esperar junto a su hermana, frunció el ceño. - ¿Qué haces trabajando con él? Es un desastre.
- Se me ha acoplado, no ha habido manera de echarlo. – Puso los ojos en blanco. – Solo espero que me haga caso en todo, no quiero suspender.
- Siempre puedes pedir un cambio de compañero, cielo, no es justo que tú tengas que hacer todo el trabajo. – Dijo su padre.
- Sí, bueno, ya veré cómo nos va. – La chica suspiró. – Y ahora, en serio, me voy. Dale un beso a mamá, os quiero.
- Y nosotros a ti.
Jane salió del despacho dejando a su padre, Teddy y el director solos con los mellizos Potter. Leah se había sentado en una silla y su hermano la miraba con preocupación, sin saber muy bien qué decir. Sus padres no tardaron en aparecer.
- ¿Alguna vez habíamos tenido que venir el primer día de clase? – Le preguntó James a su mujer en un murmullo. – Debe ser un nuevo récord.
- Cuarto curso, el incidente del tren, vinimos la primera noche. – Respondió ella. – Aunque no esperaba tener que venir tan pronto este curso, la verdad.
- Sabéis que puedo oíros, ¿verdad? – La chica bufó y sus padres giraron la cabeza hacia ella.- Además, esa vez no fue totalmente mi culpa.
- Me alegra que hayáis podido venir tan rápido. – Dijo Neville con una sonrisa. – Albus y Teddy os necesitan.
- Sí, bueno, yo no tenía entrenamiento hoy y han evacuado el Ministerio después de lo de esta mañana, así que no estábamos haciendo nada. – James Potter suspiró. - ¿Qué ocurre ahora?
- Leah no quiere que le asignemos un auror bajo ningún concepto.
- Sabía que esto pasaría. – Lizzy suspiró y dejó caer los hombros. – Os lo dije y no me hicisteis caso.
- Creíamos que sería una persona razonable, – Se defendió Teddy. – pero al parecer no lo es.
- Es una invasión a mi intimidad. – Intervino ella. – Además, no necesito nadie que me proteja, puedo apañármelas bien yo sola.
- Exactamente lo que yo dije. – Murmuró su madre.
- Nena, escúchame, no tienes que pasar las 24 horas del día con ella, solo tendría que echarte un ojo de vez en cuando. – Dijo su padre, acercándose a ella y apoyando una mano sobre su hombro. – Nos quedaríamos más tranquilos.
- Papá, ¿tú lo habrías aceptado? De hecho, ¿mamá y tú lo habéis aceptado?
- No estamos hablando de nosotros.
- Eso es un no.
- Nosotros ya tenemos una edad. – Añadió su madre. – Podemos defendernos y no queremos preocupar a nadie. Si hubiera aurores siguiéndonos a todos, creerían que nos tienen acorralados.
- Mamá, soy tan buena duelista como tú, ambas lo sabemos. – La morena suspiró. – Dejadme ser la resistencia en Hogwarts, por favor. Si ven que todos llevamos una escolta creerán que nos han vencido y yo quiero demostrarles que no es así.
- Leah, es muy peligroso.
- Por favor. – Insistió ella. – Sabes que puedo hacerlo, no me arriesgaré.
- James, - Lizzy miró a su marido, que tenía los labios apretados y gesto preocupado. Pudo ver en sus ojos que pensaba lo mismo que ella. Los dos sabían que su hija tenía razón, pero, ¿por qué tenía que ser justamente ella la que demostrara la fuerza de su familia? Era demasiado arriesgado, Leah solo tenía 17 años. - ¿qué hacemos?
- No podéis estar pensándooslo en serio. – Albus miró a su hermano y su cuñada con los ojos muy abiertos. – ¿Estáis locos?
- Confiad en mí. – Pidió la chica una última vez, mientras sus padres seguían comunicándose con la mirada y el gesto. – Por favor.
- Está bien. – James suspiró.
- ¿Estáis de broma? – Teddy bufó. – ¿Pero qué os pasa?
- Es que tiene razón, hay miembros de ese grupo aquí, si ven que todos llevan una escolta creerán que estamos asustados. – El mayor de los Potter se cruzó de brazos. – No me hace gracia que sea mi hija la que haga esto, la que vaya desprotegida, pero sé que es necesario. Tenemos que demostrarles que no les tenemos miedo.
- Sois una familia de suicidas. – Murmuró el metamorfamago. Miró a Dan y subió el tono de voz. – ¿Tú también quieres que te retiremos la protección?
- Pues si es posible, sí. Así mi hermana no estaría sola con esto.
- Lo veo justo. – Su madre suspiró. – De todas formas habrá aurores por todo el castillo. Si algo sucede, estarán protegidos.
- ¿Estáis seguros? – Insistió Teddy. – Sigo pensando que es una locura.
- Completamente. – Lizzy asintió. – Mis hijos son mayores de edad y, además, tienen nuestro permiso. No podemos obligarlos a aceptar algo que nosotros hemos rechazado.
- Pues si es vuestra última palabra, avisaré a mis hombres de que necesitamos dos menos, espero que esto no tenga consecuencias fatales. – Dijo finalmente Albus. – De todas formas, si cambiáis de opinión, solo tenéis que avisarme.
- No te preocupes, tito. – Leah sonrió. – Estoy segura de que todo saldrá bien.
- Anda, volved a clase de una vez.
Los mellizos asintieron y, tras despedirse de sus padres, se dirigieron hacia el aula de Encantamientos.
- Gracias por apoyarme en esto, Dan.
- Cuando tienes razón, tienes razón hermanita. – Él le dedicó una media sonrisa. – No podrán con nosotros, para algo somos Potter.
- ¿Por qué les habéis dejado salirse con la suya? – Albus se dejó caer en una silla y miró con preocupación a su hermano. – Yo no dejaría a Jane y Thomas sin protección bajo ningún concepto.
- Ni tampoco iría por ahí tan tranquilamente como vais vosotros. – Añadió Teddy. - ¿Creéis que Vic no protestó cuando se lo dije? Pero ha tenido que acostumbrarse.
- Mira, Leah siempre va con Lyra y ella sí que tiene un auror asignado, así que no le pasará nada y Dan está en el equipo con Orion y en su misma casa, por lo que también estará protegido. – Explicó Lizzy. – Y por nosotros no debéis preocuparos. Sabemos lo que hacemos.
- Sí, sabemos que estarán seguros y nosotros somos buenos duelistas. – James sonrió. – Venga, no podemos estar asustados. Leah tiene razón, no podemos darles esa satisfacción.
