¡LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA NO ME PERTENECEN!
(A EXCEPCIÓN DE LOS OC'S QUE SALDRÁN MAS ADELANTE)
Sin más que agregar los dejo con la historia.
VIII
Una visión para proteger
Para sorpresa de Tigresa, tanto Po como ella estaban a toda potencia al cabo de una semana, sus heridas sanadas y el recuerdo de la batalla contra dos de los Inmortales era una dolorosa molestia. Debido a ello, Tigresa le había pedido a Po, apenas pudo andar, que le enseñara la Paz Interior. La razón era simple, si hubiera tenido la capacidad de combinar el Chi con la Paz como había hecho Po, hubiera tenido más oportunidad de pelear.
Aunque Po aceptó, tenía que esperar al anochecer, ya que le explicó que como la Paz era la expansión de la mente mediante el aumento de la percepción, la reacción y la velocidad de pensamiento, estaba fuertemente ligada a las emociones. Razón por la cual se alcanzaba con mínimo cincuenta años de meditación o con el sufrimiento.
En el día Tigresa se la había pasado en la Biblioteca Sagrada buscando algo sobre lo que creía haber visto. Cuando luchó contra Conocimiento y Dimensión y forzó su Chi, había hecho ondular la piedra del suelo; le parecía que cuando cargaba a Po por las calles del Valle de la Paz ocurrió lo mismo. Además, en su visión la voz había dicho algo sobre una Potencia.
No encontró nada referente a su situación, sólo a la de los Guerreros. El Rollo de las Cuatro Potencias:
Las Antiguas Criaturas Bestiales Míticas de China poseían control absoluto sobre los elementos de la tierra, manejándolos a su antojo como los críos manejan los juguetes, como los adultos manejan el entorno, como el mundo nos maneja a nosotros.
Pese a que cada Criatura posee más de un epíteto, en cuanto a los elementos de la naturaleza se le atribuía uno a cada una. A la Tortuga Negra, el agua. Al Tigre Blanco, el metal. Al Fénix, el fuego. Al Dragón, la madera. Estos son y serán los componentes del mundo.
Sus Guerreros, mortales que nacen con el don de una Criatura, obtienen el poder sobre uno de esos elementos, que son conocidos como las Potencias. De esta manera, las Potencias son en realidad el control sobre un elemento. La del Guerrero Tortuga Negra es la Hidración, la Potencia del Agua; la del Guerrero Fénix, la Fricción, la Potencia del Fuego; la del Guerrero Tigre, la Forjación, la Potencia del Metal; la del Guerrero Dragón, la Progresión, la Potencia de la Madera.
Sin embargo, no aparecía nada sobre una Potencia que controlara la tierra, ni mucho menos algo sobre un Chi dorado oscuro. Eso estaba segura no lo había imaginado, un Chi dorado oscuro, como barro u oro oscuro.
Al guardar el rollo en su contenedor y dejarlo en la estantería, Tigresa se percató al salir rumbo a las habitaciones que ya era de noche; el cielo era una tela negra tachonada de puntos blancos. Con paso veloz, subió las escaleras en la piedra de la montaña hacia las mesetas más altas hasta que llegó a la Cueva del Dragón.
—Hola, Ti —saludó Po, con los ojos cerrados y una sonrisa—. Llegas a tiempo.
—Llego tarde, en realidad —contradijo ella, con los labios fruncidos.
—No llegas tarde o temprano —dijo Po—, sólo llegas.
—¿Estás tratando de ser sabio?
Po sonrió aún más.
—Se supone que debo serlo, Shifu se mostró sabio cuando me enseñó la Paz Interior y el Chi.
Tigresa se sentó con las piernas cruzadas frente a él en una roca amplia.
—Será difícil que encuentres algo que te haga parecer o sonar sabio, Po —dijo—. Todo ya se ha dicho.
—En ciertos aspectos tienes razón, Ti.
—¿En ciertos aspectos? —Movió una oreja, curiosa.
Po abrió los ojos y la luz de la luna los hizo brillar; si en el día no parecía el espíritu guerrero que era ahora, en ese momento con la luz blanquecina de la luna, cual mortaja, le daba un aspecto intangible y etéreo, como si con tocarlo se difuminaría en humo. Por reflejo, recordando la desesperación que tuvo cuando lo salvó, le tomó la pata con fuerza.
—Sí, Ti. —Po le apretó la pata—. Amarás, sufrirás, soñarás y morirás. Todo ya ha pasado alguna vez y la historia hace que todo se repita.
—¿Entonces qué sentido tiene? —cuestionó Tigresa, sincera—. Si todo ya se ha hecho, ¿para qué intentar hacer algo nuevo?
—Todo. —Su sonrisa dejó ver la punta de sus colmillos y él se inclinó, con complicidad—. Porque la cuestión no está en que amarás, sufrirás, soñarás y morirás. Sino a quién amarás, por qué sufrirás, cuándo sufrirás y cómo morirás. —Le posó la otra pata sobre la que ya le sostenía y la alzó sosteniéndosela con delicadeza—. La vida en sí, Ti, es un viaje. No puedes elegir el destino, porque es el mismo siempre, pero lo que sí puedes elegir es con quién lo haces. Y yo te elegí a ti.
Tigresa inspiró con fuerza. Oh, dioses, ¿desde cuándo Po se había vuelto tan sabio, o de quién había oído eso? Pero... no, esa forma de expresarse, de ver la vida, de filosofía no la había escuchado de nadie. De verdad Po estaba creciendo. Y lo más importante era lo que decía sólo para ambos, la forma tan hermosa en que le decía que la amaba.
Una sonrisa tiró de la comisura de sus labios.
—¿A que ha sonado guajudo? —sonrió Po.
Tigresa sonrió aún más. Sí, Po podía soltarle senda frase filosófica, pero seguía siendo Po así que una risa o sonrisa no faltaría.
—¿Guajudo? —dijo.
—Guay, genial, ingenioso, molón —dijo Po, feliz—. Es algo que he pensado hace mucho.
Tigresa asintió, llevándose los nudillos de Po, más anchos y afelpados que los propios, a los labios. Los besó, dejando a un Po sorprendido.
—Sí, mucho.
Estuvieron en silencio unos momentos hermosos, hasta que ambos decidieron al mismo tiempo darse un beso. Fue uno pequeño, apenas si hubo lengua, sin embargo, a Tigresa le pareció que era más profundo e íntimo que aquella noche de sexo intenso.
Luego intentaron meditar, bajo el consejo de Po sobre que tal vez de esa forma llegara a un estado que le permitiera acceder a la Paz Interior. Según sabía ella, o era por meditación o por dolor, sin embargo, ¿qué más dolor debería tener Tigresa para alcanzarla?
A su mente llegó su estadía en el orfanato, la vida sin afecto que tuvo con Shifu, el estar siempre a la sombra de lo que había hecho Tai-Lung, luego de la de Po como Guerrero Dragón, de la supuesta muerte de Po en Gongmen y de la muerte de Po con Kai. Si eso no le había otorgado un pase con honores a la Paz Interior, no sabía qué lo haría.
El aire se hizo más fino y entró en un estado de relajación total.
El claro estaba destruido. Los árboles rodeaban el lugar en una circunferencia casi perfecta, sin embargo, el prado estaba en ruinas. Rocas y tierra suelta creaban nubes de polvo, depresiones en el terreno como si hubieran excavado y arrojado los pedruscos, e incluso los pocos árboles del claro estaban derrumbados, con los troncos quebrados y las ramas rotas.
Tigresa no se alteró, puesto que reconoció aquello como una visión parecida a la de cuando estuvo inconsciente. Cinco animales estaban luchando contra otros dos. Las siluetas de esos dos eran meras sombras animales, formas que no lograban definirse.
No obstante, logró reconocer a uno de los cinco peleadores.
Era Oogway. Estaba joven y peleaba con presteza.
Junto a Oogway estaba un halcón, una serpiente, un tigre y un leopardo de las nieves. La sorpresa y duda bailaban al mismo son dentro de Tigresa, aunque no se dejó llevar por ellas, sino que prestó atención para saber más. Los animales lanzaban ataques de distintos tipos contra las dos figuras, golpes y patadas que las figuras resistían.
Entonces los cinco hicieron los pasos de la Maestría del Chi.
Sus cuerpos tomaron un tenue brillo dorado y en sus cuerpos aparecieron las mismas vestiduras que vio en Po cuando él peleó contra Conocimiento.
La serpiente dijo algo, pero Tigresa no entendió. Su traje en vez de ser blanco y negro, era azul.
El del halcón era rojo con dorado, el del tigre blanco con destellos azules, cual rayos, el del leopardo era exactamente como el de Po, solo que negro por completo, y el de Oogway era de un amarillo con verde muy vivo. Casi como si la tierra misma, con su vida vegetal, estuviera capturada en aquella tela.
«¡Ellos fueron los antiguos Guerreros! Oh, por los Cuatro, estoy viendo la antigua batalla contra los Ocho!».
Los cuatro Guerreros peleaban con una gracia hipnótica. El halcón golpeaba con aletazos generando llamaradas y ondas de fuego, la serpiente daba latigazos recubierta de agua y se movía como si ella misma fuera líquido, el tigre daba patadas o golpes al suelo y de éste surgían armas metálicas o bien pinchos, y el leopardo hacía crecer plantas picudas para atacar.
Pero Tigresa se enfocó en Oogway. El antiguo maestro del Palacio de Jade parecía bailar con el suelo, la tierra se licuaba bajo sus pies, ondeando, pulsante, se combó con unos movimientos y salió disparada hacia la figura en forma de lanzas que emergían de la tierra.
«Es como lo que hice», pensó Tigresa.
La lucha se volvió más intensa y Oogway dio unos pasos hacia atrás, hizo aparecer un bastón de jade en sus patas, golpeó el suelo con suavidad y la tierra latió como un corazón, y empezó a moverse de forma ondulante, girando.
Los Guerreros hicieron de nuevo los pasos de la Maestría del Chi y la energía se alzó sobre ellos con un brillo intenso. Oogway tocó el suelo con la punta del bastón y las energías se adentraron en la tierra, subieron por el bastón y lo hicieron brillar con cinco colores: rojo, azul, blanco, negro y amarillo.
Oogway trazó un pentagrama en el aire con el bastón y alrededor de las figuras se formó dicho pentagrama.
Y la visión se disipó en humo.
—¡No! —gritó Tigresa, iracunda; ¿por qué no podía ver las visiones completas?—. ¡¿Qué pasó después?!
Todo quedó a oscuras de nuevo.
Estás mejorando...
Tigresa no respondió.
¿No respondes?...
—¿Para qué? —espetó Tigresa—. ¿Para qué no me digas por qué veo esto?
Ya deberías intuirlo...
Tigresa frunció el ceño, molesta, intentando ver algo en aquella absoluta oscuridad, pero solo podía ver una mera silueta, una simple ondulación en el aire.
Suspiró.
—Para prevenir —dijo Tigresa—. Para evitar que perdamos como lo hizo Oogway.
Podría decirse...
La voz no dijo más, aunque no hizo falta. Tigresa se quedó pensativa sobre ello.
Cuando comenzó a volver en sí, abrió lentamente los ojos. La respiración para su sorpresa no estaba agitada, sino que con una tranquilidad extraña, pese a que el pelaje se le pegaba al cuerpo del sudor.
Po abrió los ojos y la observó.
—¿Viste algo? —le preguntó—. Lo veo en tus ojos.
Tigresa asintió.
—Fue peculiar —dijo, y comenzó a relatársela. Cuando acabó, dijo—: No comprendo por qué las veo.
—Tal vez, Ti, no hemos descubierto el por qué, o nos falta más por saber. —Sonrió.
—Tienes razón. —Asintió—. ¿Te parece si vamos a comer?
—Mejor propuesta no pudiste hacer —se alegró, se levantó y le tendió la pata para ayudarla. Ella se la tomó.
Cuando llegaron a la cocina, los Furiosos, Lei-Lei y Shifu estaban sentados en la mesa, hablando sobre algo, mientras que Lei-Lei observaba de un lado al otro las intervenciones cada uno.
—¿Y esto? —preguntó Tigresa.
Shifu se giró.
—Hemos decidido contactar con los tres Guerreros restantes, quienes son los maestros en los respectivos palacios en los extremos de China.
«Vaya —pensó—, un asunto resuelto». Ya no tendría que preocuparse de ese punto de su visión. Ahora podía enfocarse en quién o qué era el Vinculador.
Tigresa asintió, percatándose de que los Furiosos tenían sus respectivas marcas de flor del loto cubiertas, todos las tenían, a excepción de Shifu. Eran seis en total. Faltaban cuatro más, tres de los cuales estaba segura eran los otros tres Guerreros. ¿Pero quién sería la décima alma?
—¿Cuándo partimos?
—Hoy mismo —respondió Shifu, calmo—. Ahora, mejor dicho. Grulla y Víbora irán al Palacio de Zafiro, Mono y Mantis al Palacio de Granate y nosotros, tú, yo y Po, al Palacio de Citrino.
«¿Y Lei-Lei?»
—Lei-Lei se quedará con mis padres, supongo —dijo Po, expresando las dudas de ella.
—Sí —dijo Shifu—, esperábamos que aceptaran.
—Aceptarán, maestro. —Hizo un gesto despreocupado con una pata—. Mis papás mueren por una nieta, y como Lei-Lei fue adoptada por Ti y por mí, pues eso es lo que es. ¿No te molestaría, verdad, pequeña terremoto?
—No —dijo Lei-Lei, comiéndose un dumpling—, además, tus papás cocinan rico. —Sonrió.
Tigresa no pudo sino darle la razón a ella.
Po aprovechó e hizo una sopa de fideos para todos, la sirvió y cuando todos comieron, se retiraron para preparar sus respectivos equipajes. Po salió de la cocina y ella se quedó dentro con Lei-Lei; Tigresa no era de preparar equipajes.
—¿Cuándo volverán? —le preguntó Lei-Lei, dándose golpecitos en el estómago como indicativo de que estaba llena.
—No lo sé —reconoció Tigresa—. Una semana, tal vez dos. —Lei-Lei frunció los labios—. Te prometo que no dejaré que me pase nada, de verdad.
—Eso dijiste la última vez...
Tigresa se envaró en la silla.
—Lo sé.
—... y casi te mataron. A ti y a Po.
—Lo sé.
—No quiero volver al orfanato, Tigresa —titubeó Lei-Lei, con la mirada fija en la mesa—. No quiero perderlos a ustedes. Sé que contra quienes pelean es más fuerte que Kai, y Kai mira lo que hizo: casi nos mata a todos. —La miró a los ojos—. ¿Qué serán capaces de hacer estos?
Tigresa le apretó la patita.
—No nos pasará nada. No sé qué pueden hacer ellos, Lei-Lei, pero te prometo, te juro que no moriremos. Debes confiar en mí.
Ella asintió, y entonces se levantó y abrazó a Tigresa.
—Lo hago, Tigresa —murmuró, como el filo de una espada—, pero tú no puedes ver el futuro. Ni yo. Puedo confiar, pero eso no me asegura nada.
—A veces la confianza es lo único que nos queda, Lei-Lei —susurró Tigresa.
Lei-Lei se apretó más en el abrazo y Tigresa sintió un deseo irrefrenable de protegerla, de darle una estabilidad que no se tambaleara al primer ataque al Valle de la Paz, una familia que no peligrara cada rato. Lei-Lei tenía razón, no podía ver el futuro, ¿pero para qué, si la historia se repite?
Tal vez sus visiones sirvieran para algo. Al menos que fueran visiones para proteger.
Al cabo de treinta minutos todos estaban en el restaurante del señor Ping, y junto al ganso se hallaba Li Shan, el otro padre de Po, quien junto a Ping veían maravillados a Lei-Lei cuando ésta los llamó abuelos.
Todos se despidieron de ella y los padres de Po. Tigresa les dijo a los padres de Po sobre lo que le gustaba comer y lo que no a Lei-Lei, sobre la hora en la que ya debería estar dormida, la de levantarse, que la dejaran practicar movimientos de Kung Fu, que no lo dieran nada dulce antes de dormir y que sobretodo no la dejaran sola. Hacerlo le recordaba al orfanato, y mientras más rápido olvidara esa etapa, mejor.
Con un abrazo rápido, Tigresa se despidió de la pequeña. Una sensación dolorosa, como si le extirparan algo importante de dentro, la embargó, y se dio cuenta de que era la primera vez que se separaba de Lei-Lei desde que la conoció. Vaya... tenía un lazo con la pequeña más fuerte del que había supuesto.
En la salida del Valle, cada grupo de maestros tomó una ruta distinta. Y mientras ella, Po y Shifu ascendían la empinada cuesta que los hacía internarse en los bosques próximos al Valle de la Paz, Tigresa se prometió terminar con todo lo más rápido posible para darle a Lei-Lei una China estable en la que vivir.
