8.
No resulta muy difícil darse cuenta de que Trafalgar Law llevaba dos años viviendo encerrado en si mismo. Ensimismado y huraño, apenas hablaba, sumido eternamente en sus pensamientos. Mientras su corazón joven, apasionado, egoísta y ajeno a todo, buscaba su sitio; el de Mizuno envejecía lentamente.
A los pocos meses de haber cumplido los setenta y tres años, Kenji sufrió un infarto de miocardio. En el hospital, el hombre fue inmediatamente diagnosticado con diabetes. Aquello angustió profundamente a Law y a Bepo.
– ¿Cómo puede ser? -exclamó Bepo, que no lo podía creer, al recibir la noticia-.
Law se mordió el labio. Era una enfermedad compleja, y sin cura descubierta. Les había pillado totalmente desprevenidos. ¿Cómo no habían vigilado más de cerca su salud?
El señor Mizuno iba ya muy viejo, pero nadie se había dado cuenta. ¿Cómo hacerlo? Aquel anciano tenía la actitud y la misma pasión por la vida que el más energético de los adolescentes. Sin embargo, mente y cuerpo no soportaban de igual forma el paso del tiempo. Mientras que la primera se alimentaba de todas las experiencias que la vida traía, el segundo se desgastaba día a día.
Al recibir aquella noticia, Law comenzó la carrera más frenética que había tenido, y tendría nunca, contra una enfermedad. Estudió toda clase de libros día y noche, se desesperó, lloró, se enfureció, volvió a estudiar, investigó... No cabía duda de que aquello lo mantenía ocupado, evitando que se acordase de sus propios asuntos. Ahora sí: Ayame se había esfumado por completo de sus pensamientos. Había vuelto a dormir prácticamente nada, y las ojeras ya no le desaparecían del rostro ni siquiera cuando, por orden del anciano o de Bepo, sí descansaba. El oso, mientras tanto, procuraba alegrar con su cariño a Mizuno cuanto podía. Kenji, que parecía tener más arrugas y canas que nunca, no dejaba de escribir a su nieta, quien ya planeaba regresar a la isla para atender a quien la había visto crecer.
"(...) No es en absoluto necesario que vengas. Tanto yo como los chicos nos encontramos bien. Tú tan sólo procura estudiar. Sigue sacando buenas notas y haz que me sienta orgulloso de mi nieta. (…) Te quiere, Kenji."
Durante dos años, los cuatro miembros de aquella variopinta pero unida familia pusieron todo su empeño en luchar contra la enfermedad. El anciano aseguraba estarlo llevando bien, aunque no podía ocultar que se encontraba mucho más fatigado de lo habitual.
Desgraciadamente, se trataba de una variedad de la enfermedad poco conocida y Kenji pronto sufrió complicaciones. El tratamiento a seguir ni siquiera estaba muy claro. Law, ya a la desesperada, probó varios medicamentos experimentales que dieron resultados irregulares. El estado de Mizuno no hacía más que empeorar por momentos. Nada parecía ser verdaderamente efectivo.
Una lluviosa noche de invierno, Kenji sufrió un segundo infarto que, finalmente y sin que nadie consiguiese hacer nada por evitarlo, acabó con su vida.
El desgarrador grito de Law pudo oírse en todo el pueblo.
Kenji había sido como un padre para él. Había sido quien había criado bajo su amor a los dos únicos amigos que Law había tenido. Y había sido él mismo un auténtico amigo. Había aceptado a Law como era, con todas sus rarezas, y jamás lo había abandonado. Mizuno había dado sentido a las cosas. Era el pilar alrededor del cual toda su vida se había asentado. Su ascendencia. Su familia. Mucho más que sólo eso. Era difícil de explicar.
¿Cómo podía haber muerto? ¿Cuándo había envejecido tanto? Law era consciente de lo que la muerte significaba para él. Amenazadora, necesaria y cruel. Siempre acechante. E inevitable. En el fondo, nada del otro mundo. ¿Pero por qué tenía que llevarse a quienes él amaba? ¿Por qué tan de repente? En esta ocasión, Law no podía esconder su dolor de ninguna forma. Lleno de ira, arrojó todos sus libros de medicina contra paredes y muebles. Qué impotente se sentía. Ninguno de sus conocimientos había servido de nada. Loco de rabia, dejó que las lágrimas brotaran de sus ojos con un bramido estremecedor.
La nobleza del corazón de Mizuno era bien conocida en el pueblo, que le rindió un merecido homenaje. Era un día tranquilo y nublado, y el viento soplaba con fuerza. En el entierro, Bepo pronunció unas palabras. Law, a su lado, en silencio, muy quieto y vestido de negro, miraba fijamente sus propias lágrimas estrellarse contra sus zapatos. Cuando la ceremonia acabó, los vecinos estrecharon con cierta incomodidad las manos de Law y Bepo, dándoles el pésame. Algunos les preguntaron por Ayame. La joven, debido a lo repentino de la noticia y a la lejanía de su paradero, no había podido asistir al entierro. Bepo había hablado con ella a través del Den Den Mushi. Law había escuchado parte de la conversación sin decir una palabra, pero sin dejar de volcar su dolor contra los diferentes objetos de la casa.
La voz de Ayame... Sonaba rota por el llanto, y algo ronca; difícilmente reconocible. Hacía casi dos años que verdaderamente no se acordaba de ella. Este hecho lo sorprendió. Recordando algo súbitamente, Law, que ya estaba agotado, dejó de romper cosas y fue hasta el escritorio de Mizuno.
En el primer cajón de la izquierda había una pequeña caja de madera. Lentamente, Law extrajo de ella el bisturí. Cielos... Ni siquiera recordaba cómo lo había conseguido con siete años... ¿Lo había robado de la enfermería del orfanato?
El joven médico sostuvo el brillante objeto a la luz solar. Estaba en perfecto estado. Se veía que Kenji lo había estado cuidando durante aquellos quince años. Quince años ya... Era cierto. Él tenía ya veintidós. ¿Qué iba a hacer ahora? Él y Bepo se habían quedado solos en la casa. Kenji hubiera querido que hiciesen algo con su vida, pero Law no estaba seguro de que ninguna de las ideas que habían acabado rondándole por la cabeza hubiesen agradado al anciano.
El joven bajó de nuevo la vista hacia el cajón del escritorio, que permanecía abierto. Dentro había un álbum de fotos que Law no dudó en hojear. En la última página encontró la fotografía del día en que se había mudado a casa de Kenji. Law la examinó con atención. Era una foto de familia... En el centro de la imagen se le veía a él, con Bepo a su izquierda y Ayame a su derecha, posando enfrente de una estantería repleta de libros. Todos se pasaban los brazos por detrás de las espaldas de los demás, en una especie de abrazo; y sonreían a la cámara, a excepción de Ayame que miraba a Law con una expresión radiante en la cara, sin duda, alegre de su mudanza. Law recodaba los vivaces aspavientos de Kenji, tratando de conseguir que los tres jóvenes se colocaran adecuadamente. Law recordaba haber acariciado tímidamente la cintura de la chica. Recordaba haber sentido el fuerte apretón de Bepo sobre su hombro. Cielos, no recordaba a Ayame tan bajita... ¡por lo menos le sacaba una cabeza! ¿Cuánto tiempo hacía que no la veía?
Oh, era cierto. Se había marchado hacía cuatro años.
Parecía que Law estaba cada vez más solo. Todavía tenía a Bepo, pero, si lo pensaba, hacía tiempo que el animal debería haber estado de vuelta en su isla natal, tal y como habían prometido. Cuando finalizó la llamada, el oso entró en la sala donde Law se encontraba examinando la fotografía con mirada borrosa. Al ver a su amigo, el joven no pudo evitar ir a abrazarlo. Bepo le devolvió el gesto, conmovido por la rareza del mismo. Law apenas tenía gestos de cariño con nadie, y últimamente, menos que nunca.
– Oye -dijo entonces el joven, con la voz quebrada-, ¿recuerdas lo que le habíamos prometido a Kenji? -el muchacho hacía muecas extrañas con los ojos, tratando de secarse las lágrimas sin usar las manos-. Tal vez ahora sería un buen momento.
Así, sin más. ¿Para qué esperar? El oso guardó silencio durante un buen rato. Law se guardó la fotografía y el bisturí con la caja en uno de los bolsillos de sus pantalones vaqueros.
– No hay nada que quiera hacer -insistió Law-, y tú ya eres un adulto. Se supone que deberías regresar. Lo prometimos -repitió-.
Bepo continuaba callado, pensando. Sabía que Law, por muy huraño que fuera, no estaba intentando deshacerse de él para estar solo, pero aún así, era todo muy repentino. El oso había estado evitando aquel momento durante mucho tiempo. No quería abandonar aquella familia, ni siquiera cuando sus miembros se distanciaban cada vez más. Nunca había tenido la menor intención. No quería ni pensar en abandonar aquella familia. Pero una promesa era una promesa. Tal vez hubiera una solución intermedia. Finalmente, y cuidando sus palabras, dijo:
– Kenji nunca mencionó que yo debiera quedarme allí. Eso no entraba dentro de la promesa.
Law levantó la mirada, desconcertado.
– ¡Yo no quiero separarme de ti, Law! -exclamó el oso, visiblemente emocionado-. ¡Eres mi amigo!
Los dos se abrazaron entonces toscamente y con fuerza.
– ¡Yo tampoco quiero que te vayas! -confesó Law torpemente y sin poder contenerse-.
El muchacho se sintió extrañamente bien al decir aquello. Era un alivio, como si se quitara un peso de encima. Las palabras de Bepo habían sido como una melodía; o un amanecer anaranjado. Cálidas y seguras, le habían recordado al destrozado Law que todavía le quedaba gente que lo quería. Que su destino no era estar eternamente solo, como había pensado en muchas ocasiones.
El destino.
Qué bobada.
Law había tenido miedo de aquella extraña fuerza del Universo muchas veces. Especialmente de pequeño, y también un poco durante los últimos cuatro años; había temido ser abandonado. El amor de Kenji, Ayame y Bepo le habían dado valor durante la mayor parte de su vida, pero Law no podía evitar flaquear de nuevo cuando alguno de ellos le fallaba. Ayame había sido la primera en traicionarlo. Y ahora Kenji. Por todo ello, Law creyó que lo mejor era acabar cuanto antes, y dejar que Bepo se fuera también; pero el oso tiró por tierra toda su teoría sobre el destino y la soledad. Se quedó a su lado. Eran amigos. Bepo le demostró, con aquellas sencillas palabras, y sin necesidad de hacer ningún discurso filosófico, que no había mayor fuerza que los propios actos.
En el fondo, una pequeña parte de Law había estado siempre deseando que aquello fuera así.
Law y Bepo no lo pensaron durante mucho más de unos cuantos días. Irían a explorar la isla natal de Bepo y, después, ya decidirían qué hacer. Ambos estaban pasando por momentos de cambio en sus vidas. Law se sentía extrañamente más impulsivo de lo habitual. Y también más considerado con los demás. Era una extraña pero agradable mezcla. Law se sentía mejor persona.
El antiguo Law nunca hacía nada sin antes pensar si era bueno o no para él. No ponía su alma en nada. Tampoco tenía en cuenta lo que los demás pensaran. Al final, terminaba siempre haciendo lo que le daba la gana cuando le daba la gana. Jamás pedía perdón ni permiso. Tampoco pedía explicaciones. Era su forma de exigir que lo dejasen en paz, y, por lo general, solía funcionarle.
Ahora, Law se daba cuenta de que había sido muy egoísta en numerosas ocasiones.
Kenji lo había perdonado siempre. Law se preguntaba si Ayame también.
Él y Bepo zarparon al poco tiempo.
Kenji había dejado una buena herencia, que le sirvió a los dos amigos para conseguir un medio de transporte. Desgraciadamente, el viaje fue más anodino de lo que habían esperado. Tras explorar algunos hermosos rincones de la isla, Bepo aseguró que no recordaba ninguno de aquellos lugares, ni tampoco sentía nada estando allí. Decepcionados, ambos amigos emprendieron el camino de vuelta. Habían cumplido con la promesa, era cierto, pero tardíamente. La persona a quien se la debían ya no existía, y en consecuencia, el viaje había perdido gran parte de su significado. De todos modos, no se arrepentían. Se hubieran sentido peor, dijeron, si no hubiesen hecho aquello.
Apoyados sobre la barandilla del barco en el que navegaban, ambos amigos se relajaron para sentir la brisa.
– Kenji hubiese disfrutado muchísimo de este viaje -comentó Bepo-. Pero nosotros no somos biólogos.
– No es lo mismo sin él.
Ambos notaban su falta. Era inevitable. Pero, de algún modo, recordar al anciano lo mantenía vivo en sus mentes. Ninguno de los dos amigos podía ya hacer nada sin pensar que Kenji los observaba y los apoyaba desde algún lugar. El cariño que el hombre les había dado no había sido en vano. No se había desvanecido, sino que permanecería para siempre en sus corazones. Era como huellas imborrables en un camino.
Por ello, cuando decidieron hacerse piratas, supieron que, de estar vivo, Kenji se hubiera despedido de ellos con una sonrisa y montones de abrazos.
Durante el viaje de vuelta desde la isla de Bepo, haciendo escala en alguna ciudad bastante visitada por los viajeros, los dos amigos oyeron la historia de Gol D. Roger, el legendario pirata. Se contaba que había escondido un importante tesoro en algún rincón del mundo y, según decían, quien lo encontrase sería proclamado Rey de los Piratas. ¡Menudo título honorífico! Law y Bepo tan sólo tuvieron que intercambiar un par de miradas para comprenderse el uno al otro. Su imaginación había echado a volar. ¿Qué era lo peor que podía pasarles? ¿La muerte? Nadie lloraría por ellos. ¡Tendrían libertad!
Law no pudo evitar volver a pensar en el Destino. El mar era el lugar idóneo para demostrarse así mismo que tal cosa no existía. Entregándose a sí mismo, a su propio juicio y a sus propias decisiones, no podría culpar a nadie de nada de lo que le ocurriese en su vida. Estarían ellos solos, su barco, su tripulación y el agua infinita. Nadie les había dicho jamás a Bepo y a él cuál era su lugar. Y ¿acaso tenían alguno? ¿Por qué no vagar sin rumbo? Se tenían el uno al otro. Nadie podría darles órdenes. No podrían ser juzgados más que por sí mismos.
Vamos, no había tiempo que perder. Debían volver al North Blue para dejarlo todo en orden, buscar un navío y hacerse con una tripulación competente. Y desaparecer en medio de la inmensidad del océano.
