Esta historia es una adaptación con los personajes de S.M.
Capítulo 8
POV EDWARD
En los meses que siguieron, traté de olvidar a Bella. Pero, lejos de lograrlo, cada vez más recuerdos acosaban mi mente, incluso aquellos que había estado tratando de acallar. Aquella llamada que había hecho poco antes de llegar a puerto insistía en colarse en mi memoria.«Estoy deseando verte» había dicho.
Tal vez me hubiera abandonado por otro hombre, quizá me hubiera engañado. Pero algo me decía que no era ésa la causa. Fuera lo que fuera, me negaba a dudar de su honestidad. Me habría resultado fácil contratar a un detective privado y haberla localizado. Pero me había rogado encarecidamente que no lo hiciera, y yo me sentía en la obligación de respetar sus deseos. Mi carácter cambió notablemente. Estaba irascible e intransigente.
Seguí haciendo dinero imparablemente, no podía respirar sin que algún negocio floreciente creciera a mi paso. Contrariamente a lo que Alice había pronosticado, Jacob Black se prestó a hacer negocios con mi empresa en cuanto hubo oportunidad.
Me habría gustado haberme podido negar, pero habría perjudicado a demasiada gente, y no me creía en el derecho de jugar con los destinos ajenos. Por supuesto, envié a Seth, mi fiel ayudante, a negociar los términos de nuestro acuerdo.
Seth era uno de esos hombres realmente entregados a su trabajo. Consideraba el ocio como una pérdida de tiempo y así me lo hacía ver. Yo hacía oídos sordos y continuaba con mi vida de siempre.
El tiempo siguió pasando, implacable. Al otoño le siguió el invierno, y el recuerdo del calor del verano y del tiempo que había pasado en el crucero se volvió aún más irreal.
Tanya había anunciado su compromiso con Riley poco tiempo después de nuestro regreso y se casaron en diciembre.
Alice aseguró que había sido culpa mía. Yo les mandé un espléndido regalo de boda del que Emily comentó:
-No es necesario que hagas tan obvio tu alivio.
Tenía la virtud de captar con increíble agudeza los motivos de mis actos.
-¿Estás bien? -me preguntó también.
-Por supuesto. ¿Por qué?
-Porque se te nota cansado y no te veo tan animoso como de costumbre -afirmó ella.
Yo me limité a encogerme de hombros y a cambiar de conversación.
-¿Qué tal está mí futuro ahijado?
Ella se dio unas palmaditas en el vientre.
-Cada día más grande. Creo que fue el fruto de nuestro encierro en el barco, ¿recuerdas?
En cuanto pude, me marché de allí. Era un tema del que no soportaba hablar. Durante las navidades me inventé un montón de trabajo y convencí a Alice para que pasara aquellas fiestas en compañía de Jasper.
El invierno dio paso a la primavera y, para entonces, no hacía sino tratar de convencerme a mí mismo de que había superado lo de Bella. Pero no era cierto, y empecé a temer no poder llegar a superarlo jamás.
Alice parecía notarlo y eso la impacientaba. Como siempre, su modo de mostrarlo era golpeándome con su escoba de bruja.
Una noche, mientras cenábamos, sacó algo y lo dejó sobre la mesa. Era Charlie, el pingüino de Bella.
-Es el broche que tú le compraste, ¿verdad?
Me habría gustado poder negarlo, pero fue imposible.
-Lo encontré en una casa de empeños -continuó Alice en tono triunfal.
Yo mantuve un gesto inalterable, tratando de ocultar cuán doloroso me resultaba aquello.
-Supongo que con esto te darás cuenta de que te libraste de una buena -me dijo.
-Ése es tu punto de vista, pero no el mío. No sé por qué lo empeñaría, pero seguro que tendría buenas razones para hacerlo. Aunque yo habría preferido que hubiera venido a pedirme ayuda a mí.
-No era más que... -se detuvo ahí, probablemente amedrentada por mi mirada-. Esa mujer era dañina para ti.
-No afirmes cosas que no sabes.
-A decir verdad, sé más de lo que crees. Para empezar, conozco su paradero.
No pude ocultar mi perplejidad. La miré atónito e impaciente.
-¿Y no me lo habías dicho? -exclamé.
-¿Me habrías agradecido que te dijera que está en la cárcel?
Durante un segundo me quedé sin palabras. Luego, recobré el habla.
-Eso es absurdo.
Me lo dijo Maria -Marial era la doncella de Alice-. Fue a visitar a alguien allí y la vio.
-No me lo creo -acerté a decir.
-¡Eres desesperante! Bien, pues que sepas que, después de que Maria la viera, contraté a un detective.
-¡Te prohibí expresamente que hicieras eso! ¡Ella no quería!
-Por supuesto, y ahora sabemos la causa. He averiguado cosas sobre esa mujer que dejan claro por qué era tan celosa de su intimidad –siguió diciendo Grace.
Ella se detuvo ahí, dejándome con una agónica curiosidad que no pude contener.
-¿Por qué está en la cárcel? -pregunté finalmente.
-Porque es una ladrona.
-¡No digas eso! -le respondí furioso.
-Bella Swan está en prisión preventiva como sospechosa del robo de un brazalete de diamantes. Procede de una conocida familia de timadores y ladrones. La educaron para ser como ellos. Es su modo de vida. Cuando pienso que tú la invitaste a estar con nosotros en el barco, me hago cruces. Podría haber sucedido cualquier cosa.
-No sólo no ocurrió nada, sino que ni siquiera se llevó las joyas que le había comprado -contesté.
-¡Muy inteligente! No quería que enviaras a la policía tras ella.
-Estaba en su derecho de llevárselas -le dije yo con frialdad.
Acto seguido me levanté y me dispuse a marcharme.
-Todo cuanto he hecho, lo he hecho por ti -dijo Alice.
-No tienes ni idea de qué es lo que yo necesito -respondí, tratando de no dejarme dominar por la rabia-. Alice, no quiero discutir contigo. Sigues siendo mi hermana y te quiero, aunque no me gusta nada cómo actúas en determinados momentos. Será mejor que me mude definitivamente de esta casa. Sólo quiero que me digas el nombre de la prisión en la que está.
Alice hizo una mueca con los labios.
-Sería mejor que...
-¡Dímelo! -insistí.
-¿Te has vuelto loco? -me gritó-. ¿Quieres que la gente te relacione con una ladrona?-No me obligues a preguntarle a Maria.
Finalmente, me confesó los datos que tenía, en un tono tan melancólico y con un aspecto tan penoso que llegó a darme lástima. Ya procuraría compensarla en el futuro por todo aquello, pero en aquel instante no soportaba el placer con el que se deleitaba de la desgracia de Bella.
Con la ayuda del detective, contacté con el abogado defensor, pero no me sirvió de gran ayuda.
-Es mi cliente sólo porque yo estaba de guardia cuando ella fue arrestada -me dijo el hombre ásperamente-. Pero se negó rotundamente a cooperar, así que difícilmente puedo llamarme su abogado. Se limitó a decirnos, tanto a la policía como a mí, su nombre. Con los magistrados tampoco quiso hablar. Ni siquiera dijo que no era culpable.
-Pero no puede haber robado nada –aseguré yo.
-Como se niega a hablar, no hay modo de saberlo -respondió e lhombre.
Aquel impresentable se había lavado las manos sin intentar ayudarla. Le rogué que me pidiera una visita con ella en prisión y se encogió de hombros. Pero en cuanto le ofrecí dinero me aseguró que no habría problema.
La visita se concertó para el día siguiente, y el nombre con el que habría de presentarme sería Smith, por si acaso no aceptaba verme. Después de una dura lucha conmigo mismo, en la que me debatía entre la conveniencia o no de hacer aquella visita, decidí que debía ir.
La cárcel estaba en una zona tenebrosa de la ciudad y la visión de aquel monstruo acorazado me estremeció. Nunca antes había estado en una prisión, y era escalofriante.
Al llegar, di mi nombre falso a la carcelera de turno y ésta me guió hacia una pequeña sala con una mesa. Esperé impaciente, durante unos minutos que se me hicieron horas, a que Bella llegara.
Vi cómo se abría la puerta, vi cómo entraba. La impresión fue lo suficientemente fuerte como para que me obligara a levantarme y a aproximarme a ella con un gesto de protesta.
Estaba muy delgada, con el pelo aún más corto y un gesto de desesperación en el rostro. Ella se detuvo paralizada ante mí y se puso pálida. Retrocedió espantada como si hubiera visto un monstruo.
-Bella -dije.
-No, no, lo siento, no puedo. Vete, por favor.
Dio media vuelta y salió huyendo. Una de las celadoras fue tras ella, mientras otra me impedía el paso.
-No puede pasar más allá de esta puerta.
-Necesito hablar con ella.
-No podemos obligarla si ella no quiere.
-Pero tiene que verme -dije yo, tratando de mostrar firmeza.
-No, no tiene que hacerlo -insistió la mujer en un tono definitivamente más efectivo que el mío.
-Por favor, dígale que no me marcharé sin haberla visto -le rogué.
-Lo intentaré, pero está en su derecho a negarse -me lo dijo como si se tratara de una madre que hablara con un niño realmente estúpido.
-Dígale que la quiero. La mujer sonrió.
-Se lo diré.
En cuanto salió del cuarto, volví a mi silla y me quedé con la mirada fija en la puerta. Tuve la sensación de que pasaba una eternidad antes de que ella volviera a entrar y se sentara ante mí.
-No deberías haber venido -me dijo.
-Pues estoy aquí.
-Trataba de evitarte problemas. ¿Por qué no dejaste las cosas como estaban? No quería que supieras todo esto.
-¿Por qué no? ¿Por qué no confiaste en mí? -le pregunté.
Ella sonrió con una pesadumbre que me partió el corazón.
-¿No te has enterado? Soy una ladrona.
-No digas tonterías.
-Me pillaron con las manos en la masa.
-Sí, claro, por eso me devolviste todas las joyas que te regalé. Sinceramente, para ser una ladrona, creo que hay unas cuantas cosas que deberías aprender.
Aquella mujer me había abandonado, engañado y herido. A pesar de todo, no podía sentir odio ni rencor hacia ella.
-No deberías haber venido. No puedes permitirte que te vean en un lugar como éste, con alguien como yo. Por favor, márchate.
-Ya está bien -le dije con firmeza-. Lo que necesito ahora mismo es saber toda la verdad. No me voy a marchar hasta que me la cuentes.
Ella me miró sorprendida. Nunca antes le había hablado así.
-Bella, sé algunas cosas, pero quiero que tú me las cuentes -añadí.
-¿Qué sabes?
-Sé mucho sobre tu familia. Alice...Ella me detuvo con una pequeña carcajada.
-¡No hace falta que digas más! Contrató a un detective, ¿verdad?
-Eso me temo -admití yo-. Pero, ¿qué esperabas, después de que viera a Charlie en una casa de empeños? Bella bajó los ojos ítulo 8
La historia narrada por Jack
-Lo siento -murmuró-. Necesitaba el dinero con desesperación.
-Entonces, ¿por qué demonios no te llevaste el resto de las joyas? Podrías haberlas vendido y haberte hecho con una pequeña fortuna.
-Porque no era lo que buscaba. Sólo me llevé a Charlie. Porque...bueno, ya lo sabes.
-Por motivos sentimentales -dije yo con ironía-. Hasta el día que lo vendiste.
-Tuve que hacerlo.
-Si necesitabas dinero, ¿por qué no acudiste a mí?
-¡Porque prefería morir antes que pedirte ayuda! -exclamó.
-Gracias. No sé que he hecho yo para merecerme eso, pero me dice claramente en qué lugar me colocas.
-Si sirve para que te marches de aquí, aunque sea ofendido, habrá sido de gran utilidad.
-Lo siento, pero eso no va a ocurrir, así que vete acostumbrando-afirmé.
Ella me miró fijamente, pero no respondió.
-Empecemos de nuevo -continué yo-. Háblame de tu familia.
-Supongo que no habrá mucho que no sepas. Ya tendrás claro que somos una banda de ladrones.
-¿Todos vosotros? ¿También tus padres?
Ella se encogió de hombros.
-Ya te dije que mis padres murieron cuando yo tenía dos años. A mí me crió mi abuelo. Él también era un ladrón, pero trató de comportarse honradamente mientras fui pequeña. Decía que no podía permitirse que lo encarcelaran cuando me tenía bajo su tutela. ¿Recuerdas cuando tú me hablaste de tu abuelo Nick? Yo te conté que el mío también era extraordinario. No mentí. Intentó cambiar y, aunque no lo consiguió totalmente, hizo un gran esfuerzo. Por desgracia, el año pasado cometió una estupidez y acabó en prisión. Yo me propuse que eso no volviera a ocurrir y decidí trabajar desesperadamente hasta tener lo suficiente para mantenerlo a su salida de la cárcel.
-¿Eso era lo que tratabas de hacer cuando nos conocimos?
-Sí. Por eso acepté el trabajo de James -dijo ella-. El día antes de nuestra llegada a Southampton llamé a casa y me enteré de que mi abuelo estaba allí, así que tuve que marcharme.
-Oí aquella conversación. Así que era con él con quien hablabas.
-Sí.
-Ojalá me hubieras contado lo que estaba pasando -dije.
-¡Eras la última persona que debía enterarse de mi situación! ¿Qué habrías pensado de mí?
-No puedes ni imaginarte lo que estoy pensando ahora -dijo él-. Pero sigue. ¿Qué ocurrió cuando llegaste a casa?
-Estuvimos bien durante un tiempo. Pero luego el dinero empezó a escasear. No podía trabajar más de media jornada, porque sabía que si dejaba solo a mi abuelo, cometería alguna estupidez. Entonces empeñé a Charlie -bajó los ojos de nuevo-. Te aseguro que me dolió mucho. Su sincera congoja me conmovió.
-Mi abuelo buscó trabajo en un hotel -continuó ella-. Y lo estaba haciendo tan bien que lo ascendieron y lo cambiaron de turno. Pero, por desgracia, lo pasaron a la noche.
-¿Qué quieres decir?
-Por la noche es cuando la gente lleva diamantes. Al parecer, a una de las huéspedes se le cayó el brazalete que llevaba. Al menos eso fue lo que me dijo mi abuelo. Él no pudo vencer a la tentación, y se lo llevó. En cuanto me lo contó, lo reprendí, le dije que no estaba bien y que debía devolverla.
-No me digas que la devolviste tú -pregunté completamente anonadado-. ¿Entraste en el hotel y...?
-Sí.
-Pero eso no se hace así -le dije-. Deberías haberla enviado por correo, sin remite, desde una estafeta en la que no te conocieran y...
-¡Hablas como uno de mi familia! Eso es lo que mi tío Alec me habría dicho.
-Quizás deberías habérselo consultado.
-Lo hice. Pero se ofreció a llevarla él mismo. ¡Como si no lo conociera! Le dije que no pensaba permitirle que pusiera las manos en la joya.
-Tu familia no es de mucha ayuda, ¿verdad?
-Deja a mi familia fuera de esto. Ellos son lo que son -afirmó.
-Sigamos con el caso. ¿Qué ocurrió después? ¿Trataste de devolver el brazalete?
-Sí, sólo que tuve que entrar cuando el hotel estaba lleno de policía, con tan mala suerte que uno de ellos conocía a mi familia y me reconoció. Se aproximó a mí y encontró el brazalete en el bolsillo de mi abrigo.
-¿Por qué no contaste la verdad?
-No podía traicionar a mi abuelo. La cárcel lo mataría.
-¿Y a ti no? ¿Cómo es que no se entregó a la policía?
-Le dije que no lo hiciera. Además, nadie lo creería. Simplemente no hay nada que hacer. ¿Por qué, simplemente, no me dejas tranquila y te vas?
-No sería mala idea. Al menos así te tengo localizada.
-Fantástico, entonces los dos estamos contentos -dijo ella con ironía.
-No digas más necedades. Desde este instante, vas a empezar a usar el sentido común.
-¿Qué significa eso?
-Que vamos a hacer las cosas a mi modo. Lo primero, dame la dirección de tu casa.
-No voy a permitir que le busques problemas a mi abuelo.
-Quiero tratar de salvaros a los dos. Él te necesita fuera de aquí para que puedas cuidarlo. De otro modo, acabará haciendo alguna estupidez. Ella asintió de inmediato y me di cuenta de que aquel mismo pensamiento la había atormentado. Allí estaba, atrapada, incapaz de hacer nada por el hombre que la había cuidado desde su infancia. Yo tampoco había estado al lado de ella para ayudarla. Sentí un profundo dolor.
-Escríbeme tu dirección dije yo-. Cuando envíe a un abogado, por favor, recíbelo.
-Ya tengo un abogado.
-No. Lo he despedido.-Vaya, veo que Edward «El Temible» está enseñando los dientes.
-Así es, y será mejor queme tomes en serio. De momento, te voy asacar de aquí bajo fianza.
-Yo no quiero salir bajo fianza.
-¡Vas a hacer lo que yo te diga por una vez! ¿Entendido? Mi rotundidad acalló sus protestas.-El abogado vendrá a verte pronto -continué-. Haz todo lo que te diga y firma un papel por el que le autorices a contarme todo cuanto habléis.
-Lo sabrías de todos modos.
-Sí, pero así será legal -dije con ironía.
Dicho aquello, me levanté y me marché de allí, sin despedidas, con fría dignidad. Me preguntaba por qué estaba haciendo aquello por alguien que no quería mi ayuda.
Salí de la cárcel y me encaminé al coche. Y allí me encontré mi Volvo en un lamentable estado. Le habían robado las ruedas.
Mil gracias a todas por sus reviews, por leerme y acompañarme durante esta historia, ya falta poco para el final.
