Capítulo 7: Suite No.1 en sol mayor

Una de las primeras cosas que un hitman debe aprender es ocultarse. Reborn, desde su aprendizaje en esas épocas en las que era apenas un chiquillo enclenque, había sido un experto en eso.

Miró a la gente reunida en el cementerio desde la distancia. Nadie había notado su presencia, justo como él lo había deseado. Todos estaban ajenos a él, y hablaban en murmullos, rodeando un agujero rectangular donde seguro estaba el ataúd del recién fallecido Noveno. La Décima familia Vongola estaba presente, junto con los Varia y la famila Giglio Nero, sin mencionar a otras familias aliadas más. Nadie lloraba, pero había pena en el ambiente. Timoteo Vongola había sido un gran jefe, pero tenía años de haberse retirado, y todos entendían el ciclo que tenía la vida de cada uno.

Reborn estaba seguro que esperaban su aparición, pero desde que se había enterado de aquel trágico hecho, él había decidido no mostrarse presente. ¿La razón? Aparentemente, ninguna.

Tenía muchos años sin ningún contacto con Tsuna y su familia, e inclusive varias ocasiones había tenido que escapar de ellos. A ese punto, el ex-arcobaleno esperaba sólo rencor por parte de su antiguo pupilo, y no tenía miedo a apostar que así era. Sin embargo, Reborn se había dado cuenta de algo en los últimos momentos que pasó con Sawada Tsunayoshi: en ese entonces el futuro Décimo Vongola dependía de una forma extrema de él. Reborn era su pilar. Y para acabar con su entrenamiento, Reborn estaba obligado a marcharse. Porque el jefe de la familia debía de ser el pilar, y no su maestro.

Reborn dio un ultimo vistazo antes de marcharse.

Pronto sería el tiempo justo para su regreso, lo presentía.


Luz.

Había mucha luz.

Luz solar.

El ambiente se sentía primaveral, cálido pero con una brisa fresca y energizante. Los pájaros cantaban y se escuchaba el agua caer de una fuente, todo en perfecta armonía. Olía a flores y tierra mojada y en el aire se respiraba paz.

Haru miraba el panorama desde lejos. Gente pasaba a su lado, apurada, y no notaban que ella se encontraba ahí. Estaba experimentando un sueño, pensó, y uno muy raro. Aquel lugar le parecía conocido, pero no sabía por qué. Las paredes, el suelo, la sensación de estar ahí.

Caminó hacia la luz. Había tanta luz enfrente suyo que esta le impedía ver lo que continuaba después de los grandes pilares que daban al jardín. Caminó lento, entre la gente que no conocía, que no la notaba, y divisó, casi como una ilusión, dos siluetas. Alguien sentado en una silla, sosteniendo un objeto que no reconocía a esa distancia, y a alguien más parado a poca distancia de la primer silueta. Ambos frente a una casa de cristal.

—Dante... —escuchó una voz femenina.

"¿Dante?" Haru no conocía a ningún hombre llamado Dante. ¿Por qué soñaba con aquello, entonces? La curiosidad comenzó a comerla y decidió avanzar más rápido. Veía, en esa ocasión, perfectamente a una de las siluetas. Un hombre sosteniendo delicadamente entre sus piernas un violonchelo.

Era un hombre alto, porque sus piernas se flexionaban al estar sentado. Su cabello era corto, pero rebelde, y de un color castaño que brillaba brillante con el sol. Él, o Dante, supuso Haru, miraba con lo que ella pudo interpretar como devoción a la silueta que ella no era capaz de ver con exactitud.

—Dante, tienes que irte —dijo la silueta.

Las luces de los alrededores ya no parecían ser tan brillantes como en el principio, notó. La voz de la silueta desconocida las apagaba. Haru de repente comenzó a sentirse mal. Triste, si se atrevía a decirlo.

Le dolieron los dedos. Los miró.

Había marcas en las yemas de sus dedos, marcas delgadas como las que dejan las cuerdas cuando la piel está sometida a presión de éstas.

—No me iré. No te dejaré sola después de la noticia, bella —cuando Dante habló, Haru sintió en el pecho una sensación de congoja, como si estuviera experimentando lo que él sentía. Se alejó, asustada. Podía sentir como Dante estaba triste y desesperado, pese ver su rostro aún con un semblante tranquilo—. No permitiré que hagas esto tú sola. No más.

La silueta se movió, aún iluminada de manera sobrecogedora por el sol. Todo se apagaba. La luz, los sonidos. Al moverse, la silueta pudo dejar ver un gran jardín de flores rosadas detrás de ella.

—Toca para mí —ordenó la silueta, con voz impasible y desapasionada. Haru sintió el corazón caerle al estómago de emoción, lo mismo que sintió Dante—. Toca para mí... una última vez.

Después sintió mucho frío y, en un parpadeo, todo se volvió oscuro.

Pero persistió una melodía.

-o-

—¡Mujer estúpida! ¡Ya va siendo hora que te levantes! ¡Nadie está aquí de vacaciones, carajo!

"Demonios", pensó Haru. ¿Aquel sería su dulce despertar por todas las mañanas que le quedaban por despertar en aquel lugar?

Haru se quitó las sábanas de encima y bostezó mientras se desperezaba. Había dormido como un bebé, todo gracias a esas copas de vino, pero estaba segura de que ya era algo tarde. Tuvo una sensación extraña cuando se desperezó, ya levantada de su cama. Había soñado algo, estaba segura, pero no recordaba con exactitud qué. Sólo una casa de cristal y un hombre. Quiso pensar más en eso, pero los constantes gritos de Gokudera la terminaron distrayendo por completo.

Tenía la seguridad de que si Gokudera estaba gritándole, era porque había estado durmiendo más de la cuenta. También porque seguramente estaba aburrido como el infierno, dado que no había mucho que hacer además de leer y oír aquella radio. Y no sabía por qué, pero Haru presentía que a Gokudera no le gustaba en lo absoluto hacer lo último.

Escuchando los gruñidos de su acompañante, ahora guardaespaldas, se dijo con molestia, Haru se dio una ducha rápida y se vistió lo más normal que pudo: una blusa de tirantes larga y unos jeans. Usualmente siempre debía estar vestida lo más formal posible, dado que por la Mansión Vongola siempre habían visitantes imprevistos, y ella no podía dar ninguna mala impresión, por lo que también se sintió liberada de aquellas faldas y sacos que usualmente estaba obligada a llevar. Gokudera había dicho que aquello no eran vacaciones, pero Haru sentía que serían todo lo contrario. Y fuese aún más agradable estar fuera de los protocolos si su acompañante no fuese él, el más grande imbécil que había sido capaz de conocer.

Cuando salió de su habitación fue directo a la cocina. Se sorprendió un poco con lo que vio, dado que hacía muchos años no se encontraba con aquella imagen, casi tantos que no podía recordar la última vez que había visto algo así —o si alguna vez lo había hecho —: Gokudera estaba vestido informal, justo como ella, con unos pantalones de mezclilla negra, una camiseta simple de alguna banda norteamericana, con zapatos deportivos y su cabello húmedo cayéndole encima de los lentes para leer, mientras leía el periódico con una taza de café humeante. Haru tenía años sin verlo en aquella posición tan relajada. Gokudera era el guardián que más trabajaba, eso era cierto, por lo que siempre estaba corriendo de aquí y allá, siempre ocupado en alguna parte de la mansión. Dentro de ella, Haru se sintió un poco culpable. Estaba segura que Gokudera podía estar visualmente cómodo aquella mañana, pero sabía que él amaba hacer su trabajo como Mano derecha del Décimo Vongola y era ella quien lo privaba de eso.

—¿Qué carajo me ves? —escuchó como Gokudera decía. Haru dejó sus pensamientos a un lado para fruncir el ceño.

—¿Por qué siempre tienes que ser tan grosero? —chilló. Qué tonta era, preocupándose por él. Sólo era un idiota. Quiso pensar que tal vez pasar tanto tiempo con ella lo obligaría a ser más amable, pero dentro de sí, Haru sabía que se equivocaba totalmente.

Gokudera resopló, y le señaló atrás suyo.

—Te preparé café —dijo, y Haru se arrepintió un poco de su pensamiento. Aquel había sido un lindo gesto—. Apúrate a tomarlo, ya quiero ver cómo mierda haces que ese jardín crezca y poder reírme un poco —agregó poco después, rompiendo totalmente la magia de su anterior amabilidad.

Haru no había pensado en ningún momento como hacer crecer el jardín de nuevo. El pensamiento por sí mismo la frustró: ella nunca había dado señales de tener ninguna flama, de ningún tipo. A penas y estaba enterada de su existencia, por lo que, ¿cómo iba a hacer que un jardín, el jardín de la Octava jefa Vongola, creciera de nuevo? Si fallaba, Haru no se perdonaría a sí misma, pero no tenía ninguna idea de cómo empezar. Pero después pensó en el señor Reborn: si él le había encomendado aquella misión, era porque pensaba que ella podía hacerlo.

Eso la animó un poco, por lo que, luego de darle un par de sorbos al café, salió.

Frente a ella había útiles de limpieza. Pensó que limpiar sería un buen comienzo, porque aquel lugar tenía muchos años abandonado. Los útiles, además, tenían una nota.

"Demuéstrale a todos que tu puedes.

Suerte.

Bianchi"

Sonrió con alegría al terminar de leer. Ni siquiera le importó que Gokudera le arrebatara la nota para después reírse con sorna y decir que su hermana era una ingenua. No. Haru simplemente tomó una pequeña pinza y se encaminó hacia la maleza, que, con delicadeza, comenzó a cortar ramo por ramo.

Gokudera la observó cortar las ramas secas con la taza de café en sus manos, curioso y divertido a la vez. Curioso porque no encontraba razón por la cual aquella mujer siempre encontraba ánimos para hacer las cosas. Aquel jardín parecía una causa perdida. Él entendía como Daniela Vongola había podido velar por aquel jardín, dado que había sido una de los jefes más poderosos de la familia -aunque desconocía la técnica que había empleado -; pero no tenía ni idea de como aquella mujer encontraba ánimos para competir con una figura tan poderosa como lo era Daniela. Sin embargo, pensó, así eran muchas mujeres, o por lo menos las que había conocido hasta ahora. Las movía la esperanza, una cosa que él desconocía.

Recuerda haber estado a lado de su hermana, quien lloraba por las noches miserablemente a su regreso de buscar al señor Reborn y no haber tenido éxito. Pero ella nunca se rendía. Lloraba al regresar, sí, pero siempre volvía a irse en su búsqueda, despidiéndose con un "Él va a regresar, lo sé", y tal y como lo había dicho, para la sorpresa de Gokudera, el señor Reborn había regresado. Y no porque Bianchi dejara de buscarlo, y al haberse rendido, no... ella se iba con la esperanza, y a pesar de regresar inconsolable, ella continuaba creyendo que realmente sucedería. Gokudera siempre había pensado que buscarlo era inútil, pero su hermana le había dicho que no, que si mantienes esperanza en que algo suceda, no puedes simplemente esperar, si no hacer algo por ello.

Gokudera no era alguien con muchas esperanzas. Creía en sí mismo, creía en que siempre podía hacer las cosas, y lo lograba. Creía en la lealtad, en el Décimo, en sus habilidades de lucha y su inteligencia. ¿Pero él, una persona con esperanzas? No realmente.

Tal vez por eso nunca había entendido a las mujeres, sobretodo a Miura Haru. Le parecían desesperantes sus ánimos arrebatadores, su siempre latente esperanza, su manera en creer ingenuamente en la gente. Pero había algo de ella que Gokudera sí entendía, y por eso mismo le había dicho aquello en la fiesta de compromiso del Décimo y la hermana de Sasawaga.

Pensar en aquello hizo que le diera un escalofrío, y tuvo que dejar de reírse.

Miró su taza de café, aún caliente, y después fijó su vista en la mujer arrodillada en el suelo, con la cara y pantalones sucios de tierra y pese a eso, también esbozando una sonrisa.

Sabía que, en algún momento de su vida, él también se había sentido como aquella mujer. Inútil, pero sabiendo que podía aspirar a más; e ignorado por sus compañeros, que, en su caso, era su familia. Y sabía muy bien lo que era no tener a nadie en momentos como ese.

A Gokudera le molestaba las esperanzas de Haru y que no tuviese los pies sobre la Tierra la mayoría del tiempo, pero aceptaba que él no podía imaginarla de otra manera.

Y eso, aunque no quisiera admitirlo, le molestaba muchísimo.


Era medio día para cuando Kyoko pudo entrar a la oficina de su prometido. No se molestó. En los últimos días previos a la fiesta de compromiso ambos habían estado pasando la mayoría del tiempo juntos. Ella sabía que era alguien muy ocupado, y lo entendía. Además de que, ahora con Haru en entrenamiento, ella tenía muchas cosas qué planear para la boda. Bianchi era de mucha ayuda, pero ella misma había aceptado que no era muy buena para la planeación de fiestas, y mucho menos de bodas. Y eso era, quizá para la mala suerte de Kyoko, totalmente cierto.

—Hola, Kyoko —saludó Tsuna, sentado en su escritorio rodeado de un montón de papeles. Ella rió. Era muy típico ver a su novio de esa manera, con montañas de papeles a su alrededor. Él escuchó su risa—. ¿De qué te ríes? ¿Aún tengo pasta dental en la cara?

—Eh... creo que no. Pero déjame ver —se acercó hasta llegar a su lado, con la cabeza de Tsuna a la altura de su pecho.

Kyoko se inclinó para ver su rostro, y con el dedo pulgar acarició su mejilla derecha. A pesar de estar en la mitad de sus veintes, Sawada Tsunayoshi aún era algo torpe, sobre todo con su higiene personal. Kyoko recuerda una mañana, hace muchos años atrás, en que lo había encontrado con su cepillo dental en la cabeza y con el saco puesto al revés. Cuando le propuso matrimonio, su torpeza también había hecho de las suyas: en la cena habían comido una deliciosa pasta con espinacas, y al momento de proponérselo, Tsuna hablaba con un residuo de espinaca en uno de sus dientes frontales, viéndose chimuelo.

Él se sonrojó ante su toque como si aún fuesen chiquillos y estuvieran en Namimori. Tsuna seguía siendo torpe, pero también tierno. Y ella sabía que aquel lado suyo era sólo para ella, porque para los demás casi siempre era el temible e impasible Décimo Vongola.

—No, cariño, tu cara está limpia —le dijo, para sonreírle. Le besó la nariz con delicadeza—. ¿No has tomado tu descanso todavía? Ya casi es hora de comer.

Tsuna se quedó pensando y se incorporó, tomándola de los brazos. Aquella mañana había sido tan ajetreada que a duras penas había desayunado una tostada. Difícilmente recordaba su nombre a veces, y aquel día eso había pasado ya en un par de ocasiones. Había tenido que escribir tantas cartas, leer y firmar tantos documentos que sentía que su cerebro estaba pudriéndose. El papeleo, como jefe, era lo peor. Pero al ver a su prometida sus energías habían regresado, algo que siempre sucedía, una y otra vez. Aquella mujer hacía magia con él, y sólo con mirarla.

La encaminó hacia la salida de la oficina, y al ver la confusión en su cara, habló:

—Aún no lo he tomado, ¿quieres tomar un té en el jardín antes de comer?

Tsuna aceptaba que, pese a querer pasar más tiempo con su prometida, él no era capaz. Su agenda siempre estaba repleta, y aunque tuviera un poco de tiempo libre, aún quedaban muchas cosas en qué pensar.

Estuvo planeando pedirle matrimonio durante varios años. Dos, para ser exactos, sin contar los que había pasado enamorado de ella en secreto. La razón de ello era evidente para todos: Tsuna se sentía culpable. El hecho de que Kyoko aceptara casarse con él la encadenaría a una vida dentro de la mafia, algo Sawada Tsunayoshi detestaba completamente.

Pero no había podido actuar egoístamente, porque pese a que, aunque él fuese muy poderoso y influyente, sabía que ponía en peligro la vida de la mujer que más amaba con el inocente echo de hacerla su esposa. Él ya estaba condenado a una vida de muerte y pólvora, pero ella no, y sin embargo, cuanto insistió en dejarla en Namimori, Kyoko había corrido tras él, aceptando cada uno de los peligros que eso implicaba. Estaba agradecido de su compañía, no había duda de eso; era su sol. No había nada que le alegrara más que ver a Kyoko entrando a su oficina con su apacible presencia y sonrisa. Pero era difícil, dado que anteriormente había estado muy seguro de hacer el sacrificio de no volverla a ver por su seguridad, y actualmente, Tsuna temía con gravedad tenerla lejos.

Ambos se sentaron en el jardín y pidieron té. Tsuna pasó un brazo por los hombros de Kyoko, y suspiró, saliendo de sus pensamientos. A veces deseaba no formar parte de la mafia, pero él sabía que era su deber. El Primo no lo había elegido sólo porque sí, y su abuelo tampoco.

—¿Y no has sabido nada de Haru? —preguntó a su prometida. Ella negó—. Me pregunto donde estará.

Kyoko sonrió mientras miraba el espeso y gran jardín que estaba frente a ellos.

—Está con Gokudera. Eso significa que está bien, Tsuna —respondió—. Yo sé que estás enojado con el señor Reborn, pero confía en él, ¿vale? Él fue muy duro contigo cuando eras chico, pero es un caballero. No dejaría a nadie de su familia salir lastimado —dijo con voz queda, a la vez que tomaba su mano.

Tsuna la miró fijamente con un pequeño dejo de enfado en la mirada. Kyoko estaba consciente que había tocado un tema delicado, pero ya habían pasado tres días desde la llegada de Reborn y él no había hablado de eso después la discusión que había pasado en su oficina. Y eso, aunque no lo dijera en voz alta, estaba molestándola. En cada comida que compartían con el hitman había una tensión que le incomodaba, y no solamente a ella, si no a todos los demás. Y Kyoko no pensaba acostumbrarse a eso, no cuando lo correcto era que Tsuna arreglara sus diferencias con Reborn. Ella entendía las razones de su enojo, Reborn siempre había sido una figura a seguir para todos, incluyéndose, y al desaparecer había dejado un vacío en todos. Sin embargo todos estaban conscientes, hasta Tsuna, que él debía de marcharse algún día. Pero Kyoko estaba segura de que Tsuna no estaba preparado para sentir todas esas emociones solo —haber vencido a Checker face, recibir el puesto de jefe de la Vongola —, porque por más que ella y sus amigos estuviesen a su lado, nadie reemplazaba a su maestro.

Pese a eso, ella estaba segura de que ya era tiempo de seguir adelante.

—No me gusta que venga y haga lo que quiera con mi familia —dijo después de unos minutos de silencio. Ella lo observó visualmente afectada por su tono de voz receloso—. Ha pasado mucho tiempo y no tiene ningún lugar aquí.

—Tsuna... —le llamó.

Él negó con la cabeza.

—Bianchi puede estar feliz de su regreso y perdonarle tantos años de ausencia, pero yo no puedo. No es tan simple. Yo no quería esto, Kyoko. Yo no quería la mafia. Lo único bueno que la mafia me ha traído son mis amigos, porque de no haber sido entrenado por él, yo no los hubiera conocido, y seguiría siendo el mismo chiquillo enclenque y asustadizo —confesó, de repente con una mirada oscurecida—. Él me dio muchas cosas para digerir. Cosas por las que aceptar esta tarea. Me enseñó, inclusive más que mi propio padre. ¿E irse así? No se lo voy a perdonar.

—Pero, Tsuna, tú no eres así —le dijo esta vez, con un tono más fuerte que el anterior. Sus palabras no eran más que resentimiento guardado por mucho tiempo, un resentimiento nacido de la decepción, uno que estaba muy lejos de ser odio. Kyoko quería hacerle entender eso. Había que seguir adelante—. Yo sé, todos sabemos; cuánto te afectó que el señor Reborn se fuera, pero tú sabes muy bien que él debía de irse. ¿Cuántos años han pasado ya? ¿Diez? Ya no somos niños, cariño. Somos adultos y el tiempo pasa muy rápido. Yo sé que quieres cuidarme de la mafia, pero estoy consciente como personas mueren cada día. Yo puedo morir mañana. Hoy inclusive.

Tsuna le dirigió una mirada grave, que en el fondo del iris de sus ojos escondía pánico y culpa. Ella le tomó el brazo, para pasar su mano sobre él y acariciarlo con movimientos suaves. Él tomó bruscamente la mano con la que lo acariciaba, y ocultó su cara con ella.

—No digas eso nunca, Kyoko.

Kyoko sintió un peso en el pecho, pero se obligó a continuar. Tsuna tenía que entrar en razón.

—Puede pasar, cariño —murmuró—. Me puede pasar a mí, a cualquiera. Estando en la mafia o no. La vida es muy extraña. No desperdicies esta oportunidad con el señor Reborn. Él es tu familia. Él te ama, como todos nosotros, y estoy segura de que lo que hizo tiene su razón de ser.

Su prometido sólo guardó silencio ante lo dicho. Kyoko sabía que, en ese instante, Tsuna digería sus palabras. Ya no tenía ninguna expresión de rechazo, pero su rostro se había oscurecido. Ella odiaba mirarlo así, sin embargo estaba segura que aquello debía hacerse. Tsuna no podía seguir sintiendo resentimiento hacia su maestro, no cuando su vida ya estaba en una etapa tan decisiva. Estaban en la mitad de sus veintes, a punto de casarse, y pese a que él hiciera vista gorda al terrible echo de que en cualquier ocasión podían correr peligro de muerte, Kyoko sabía que tenían que estar en paz para que, si en algún momento eso sucediera, ellos pudieran irse sin ningún arrepentimiento.

Sonaba dramático, pero para Kyoko aquel pensamiento era lo único que le permitía conciliar el sueño por las noches.


Cuando se encontraba en sus aposentos eran pocas las veces en las que Hibari Kyoya era molestado.

—¡Hey! ¡Mira lo que he traído, hombre! ¡ESTO ES EXTREMO!

Eso, hasta que Sasagawa Ryohei recordaba su existencia.

Y eso era cada que bebía sake.

Aquel maldito y ruidoso hervíboro. Siempre borracho cada que llegaba de sus viajes. Hibari en ocasiones se preguntaba por qué no regresaba muerto de alguna misión. Eso haría su vida más fácil.

—Hn.

Hibari dejó su té verde para observar al recién llegado. Alzó una ceja, intrigado. No venía solo. A través de las puertas corredizas de papel era capaz de divisar dos sombras más, aparte de la sombra de Kusakabe. Frunció aún más el entrecejo cuando volteó al árbol donde usualmente Hirbird descansaba a esas horas del día y no encontrarlo. La visita de aquel hervíboro era extraña, más no inesperada, dado que cada cierto tiempo se paseaba por ahí; pero, ¿visitantes? Hibari Kyoya odiaba a los visitantes. De estar diez años atrás, el antiguo Hibari hubiese corrido a ese par de desconocidos luego de retarlos a un duelo que, obviamente, hubiesen perdido. Pero el actual Hibari guardó silencio y observó como el guardián del sol se servía una copa de sake enfrente de él.

La fuente de bambú era la única cosa que causaba algún sonido en el lugar.

Ryohei lo miró por debajo mientras bebía un sorbo de su copa. Su boca se curvó. Kyoya era tan predecible que daba risa.

—¿De qué te ríes, hervíboro?

El guardián del sol estuvo a punto de responder cuando la puerta se corrió. Ambos giraron automáticamente sus cabezas en esa dirección. Ryohei, por su parte, sonrió de oreja a oreja, bebió su sake de un empujón, hizo un sonido gutural y se levantó en un salto. La reacción de Hibari fue un poco diferente.

—Hola, Kyoya. ¿No nos extrañabas?

Dino Cavallone se mostró ante ellos tan jovial y sonriente como siempre. Pero no estaba solo. A su lado estaba una mujer que, justo como Hibari, vestía un ropa tradicional japonesa.

—Ah, Kyoya —la mujer tenía una voz femenina, pero gruesa y hablaba en un japonés fluido y elegante—. ¿sigues igual de tímido desde que te vencí?

Los tres presentes lo miraron con diversión. El guardián de la nube se encontraba sentado aún, pero esta vez dándoles la espalda. Hibari le respondió con un gruñido sin voltearse un centímetro.

Habían pasado muchos años, pero Dino se dio cuenta que la herida aún se encontraba ahí.

—No seas así, amigo. Tenemos algún tiempo sin vernos y estás tan arisco como siempre —Dino se rió y se sentó justo a lado de Ryohei, que ya había comenzado a beber sake de nuevo. La mujer pidió a Kusakabe un cojín y con delicadeza se sentó en él, a un lado de Hibari, por lo que los tres lo rodeaban en un semi círculo—. Kyoya...

Hibari gruñó de nuevo, esta vez más fuerte, y se volteó, dándoles la cara a ambos hombres.

—Los morderé hasta la muerte —amenazó. Después fijó su vista en la mujer, que ya se encontraba bebiendo sake también—. Y a ti, Isaye Soho, te venceré en un duelo. Ahora —sentenció.

Isaye lo miró por el rabillo de su ojo izquierdo y se rió.

—Con gusto pelearía contigo, shiroi koibito, pero estoy muerta después de mi viaje. Vengo desde Japón, ¿sabes? Y como yo sí soy una buena guardiana y protejo a mi jefe lo más que puedo, he estado un poco cansada. Además de que le prometí a Asahi no pelear, porque esta es una visita pacífica pedida por el bebé... digo, por Reborn. ¿Así que luego, de acuerdo?

Hibari mantuvo su expresión neutral de siempre ante sus palabras, pese a el tono maternal y soso que Isaye había utilizado para dirigirse hacia él. Sin embargo los presentes sabían muy bien que por dentro estaba rabiando como perro enfurecido. Shiroi koibito había sido un apodo que le había dado cuando él era un poco más joven, y era el nombre de una galleta japonesa que tenía adentro chocolate, llamado lengua de gato.

Isaye Soho era el guardián de la Tormenta de una familia aliada de Japón, los Rishiri. Era bien conocida por ser amiga de Reborn, y haberse encargado de cierta parte de la formación de Dino Cavallone. Dino le había presentado a su antigua maestra a su amigo algunos años atrás, sin esperar que Hibari la desafiara a los pocos segundos de conocerla. Ella lo tomó como un cumplido, pero tan en serio como el joven y estúpido Kyoya. Experimentada, ella lo venció. Pocos supieron lo de ese altercado, pero después de que eso pasara, sus caminos no se volvieron a cruzar otra vez. La familia Rishiri no era mafiosa y recidía en Hokkaido, Japón; por lo que cruzarse con alguno de sus integrantes era extraño. Pero Isaye Soho había sido la conexión de los Vongola con Asahi Ryota, el actual jefe. Hibari, lo que no entendía aún al tener a Dino y a aquella mujer en sus aposentos, era la razón por la cual Reborn requería la presencia de ella.

¿Había algo que sólo Reborn sabía?

Hibari sabía que visitas como esa no eran sólo porque sí. Dino, pese a visitarlo regularmente, no parecía tampoco haber ido sólo a pasar el rato.

—Isaye Soho —la llamó.

—¿Sí, shiroi koibito?

—¿Qué carajo haces aquí? —soltó con brusquedad.

Isaye Soho siguió bebiendo en silencio mientras sonreía con parsimonia.


Gokudera comenzó a exasperarse.

Aquella mujer tenía toda la tarde ahí. Había parado ciertas ocasiones, como en la comida de medio día, y otras para ir al baño, pero siempre volvía. La maleza, para ese instante, ya dejaba ver un poco de tierra húmeda, pese aún ocupar la mayoría del jardín. Él había realizado varias actividades para ese entonces: nada, nada y nada.

Estaba aburrido como el infierno.

¿Qué de peligroso podía tener aquel entrenamiento? El aburrimiento, tal vez, que ya comenzaba a ser mortal, a penas en el primer día. Pero Miura Haru no estaba en peligro de muerte y no parecía estarlo, en lo absoluto. ¿Realmente era necesario que él fuese su guarda espaldas?

Quiso bufar, pero en vez de eso, Gokudera frunció el ceño. Estaba oscureciendo, por lo que cada vez era más difícil divisar a aquella mujer. Pero, se dijo después, saliendo del pequeño pórtico, tampoco estaba tan oscuro como para perderla de vista por completo.

Cosa que, extrañamente, había pasado.

—Mierda.

Haru no se veía entre la maleza.

Gokudera corrió lo más rápido que pudo hacia el jardín muerto.

ooo

Cuando abrió los ojos los sintió tan pesados que tuvo que parpadear varias veces para tener una buena visión de su alrededor. Todo se veía oscuro.

—¿Qué pasó...?

Te desmayaste, estúpida.

Haru había hecho aquella pregunta al aire. No pensaba estar acompañada en lo más mínimo, por lo que cuando escuchó la voz de Gokudera a su lado, no pudo evitar saltar sobre sí misma como parte de su reacción de sorpresa y susto. Tus ojos verdes eran apenas visibles entre la oscuridad, pero ella era capaz de sentir su presencia justo a centímetros de distancia de ella. Miró hacia abajo, después sus muñecas. Tenía puesta una chaqueta negra de algodón.

—¿Es tuya?

Gokudera respingó. Pareció dudar un momento de su respuesta, y tartamudeó, pero después, ya tajantemente, dijo:

—Sí, prefiero ensuciarla prestándotela que andar cuidándote de un resfriado —espetó. Haru escuchó como se levantaba por las hojas del suelo crujir bajo sus pies. Él le tendió la mano—. Levántate.

—Gracias.

—Que más da. ¿Ahora me dirás que haces aquí? Estás a pasos de la casa de cristal.

—¿Qué? —Haru no pudo creerlo. Miró a sus alrededores, y en la oscuridad estaba una casa de cristal brillaba con la luz de la luna. Le dolió por un instante la cabeza—. Ay.

—¿Ay, qué, mujer tonta?

Ella se rió, nerviosamente, mientras acariciaba su sien.

Su sueño.

Su sueño había sucedido justo fuera de una casa de cristal.

Podía recordarlo, sí. Dolía, pero Haru era capaz.

—Gokudera, ¿alguna vez has escuchado música clásica de violonchelo?

Gokudera, si desde el principio ya la miraba raro, no podía con su cara de no entendimiento.

—Bach.

ooo

¿Qué mierda le sucedía a la mujer estúpida? Gokudera no entendía ni un carajo: la había encontrado tirada en la tierra, frente a la casa de cristal de Daniela, y no más despertó, comenzó a preguntar sandeces. Había dicho que ni siquiera sabía como había llegado a ese maldito lugar, que no recuerda haberse movido de su vista. Gokudera quería pegarle en la frente por idiota, pero ella estaba concentrada buscando entre los discos de vinyl que tenía la extensa colección de los aposentos de Daniela.

Había mencionado algo de un sueño con la casa de cristal. Dos siluetas, una de un hombre que tocaba el violonchelo llamado Dante, y la otra de una mujer que ella no pudo ver quien era. A como lo describió, había sido un sueño cursi acerca de una pareja que no podía mantenerse junta. Algo así como Romeo y Julieta.

Bebió de su whisky y se sentó en el sillón. Sólo ebrio podría aguantar más tonterías.

Vio con enfado como ella ponía un disco en el reproductor. Bach comenzó a sonar.

—Dios mío. ¿Qué canción es esta, Gokudera?

—Suite número uno en sol mayor de Bach. Obvio. Un clásico.

Sintió su pequeño cuerpecillo moverse rápidamente hacia su dirección. Llevaba el cartón donde se guardaba el disco de vinyl, desgastado con los años. Tenía un mensaje escrito en tinta negra, a penas visible.

"El más terrible de todos los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza muerta.

Nunca la dejes morir, mon amour

je t'aime

Dante"

Ambos se miraron con expresiones de estupefacción. Aquella nota...

—Esta canción apareció en mis sueños —dijo Haru, luego de un silencio ensordecedor—. Dante apareció en mis sueños. La casa de cristal. Yo... ¿no es casualidad, verdad?


N/A: ¡Lamento mucho la tardanza! Tengo como un mes queriendo subir el capítulo pero la aparición de mi OC me tenía muy insegura. En fin, no sé si el capítulo esté forzado pero igual se los dejo para que sepan que sigo viva. Quizá y lo edite un poco después. Muchas gracias por los comentarios, en este momento me estoy desvelando para publicar, por lo que los responderé en unos días. La uni me está matando ;u;

La frase de la nota del disco es de Federico García Lorca.

Muchas gracias por haber leído, espero sus opiniones. :)

¡Saludos!