Un capítulo de transición, molesto, fastidioso, que me costó mucho escribir. Espero que semejante retraso no se repita. Mil gracias por leerme. s'FA

7 Rescate

Si algo había aprendido Gaila en el burdel de su abuela, era que había que estar consciente durante todo el tiempo y tomar ventaja de cada minuto. De modo que apenas Jim y Spock subieron al "escenario", ella, 'Cupcake' Hendorff y Uhura, se dirigieron de inmediato a las cámaras privadas del Ccom. Al dar la vuelta a un largo corredor, se toparon con Omuyak, el Jefe de la Guardia y sus cuatro guerreros sirianos, armados en todas sus ramas. Gaila no lo pensó dos veces; se quitó el cinto dorado y ató las manos de Uhura. Casi al mismo tiempo, sacó un phaser e hizo seña a Hendorff de que empuñara el suyo.

Al toparse en el pasillo, el ser arboriano pareció sorprendido de encontrarla ahí.

—Mi señora Vro…

Gaila sonrió, toda amabilidad.

—Omuyak, mi comandante ha ordenado traer a esta esclava a los aposentos del Venerable, como un regalo de su parte.

Una de las enormes ventajas que Gaila tenía sobre aquellos seres arbóreos, eran sus feromonas; les hacían un efecto diferente a los sirianos. En vez de excitar sus sentidos hacia lo sexual, proporcionaban una sensación de confianza. Y Omuyak no era inmune a ese efecto. Ni tampoco sus guardias.

Pero ¿Ccevaa solicitando una Na'Vi? Hum…Su amo era selectivo y aunque la esclava presente era hermosa, también era lo suficientemente fuerte como para quebrarlo por la mitad y Omuyak dudó por momentos que el Ccom se arriesgase a tanto.

—Permítanos acompañarla. Una Na'Vi tiene las fuerzas de cuatro de nuestros guardias. Con seguridad el Venerable recurrirá a nuestra vigilancia.

La sonrisa de Gaila fue forzada. Pensó rápidamente.

—Una gran idea, Omuyak…

Se colgó del brazo inferior del siriano, exhibiendo todos sus encantos.

—Dígame ¿Hay alguna cosa en especial con la que podamos sorprender al Venerable?

El siriano se escandalizó frente al tono de la orionita.

—Mi señora Vro, eso sólo lo sabe el Intendente de los Placeres y yo no estoy a cargo de…

Gaila perdió la paciencia. Las dagas dobles se usan con las dos manos. Y el corte en X silenció al comandante siriano y a uno de sus guardias…lo que implicó que Uhura y Hendorff hicieran su parte, con no poco ruido.

—¡Dios mío, Gaila! ¡Tienes que ser tan violenta! ¡No era necesario que los mataras!

—De todas formas iba a hacerlo, Ny. Hace rato que acabaron con mi paciencia…

Usando su phaser, Gaila derritió la cerradura y apagó las alarmas de un manotazo. Uhura tuvo que contener la risa ¿Para esto era todo el fino entrenamiento de Gaila? Tsk… la mala influencia de Jim era más que notoria. Después de un arco de cuatro puertas diferentes, (usando la mano cortada de Omuyak como contraseña, claro está) por fin llegaron a los aposentos. La esposa/esposo del Ccom, profundamente dormida, los recibió, recostada en la enorme cama.

Frente al silencio auto-impuesto, Hendorff les señaló la pared del fondo; una especie de vitrina con cincuenta sarcófagos rellenos de líquido de hibernación, cada uno mostrando un pequeño Vulcano, flotando desnudo en su interior.

Con que así era. Y con razón; la hibernación era un recurso obligado en una especie síquicamente lastimada y a la que de seguro, no habrían podido controlar.

Ni los klingon ni los sirianos.

Sólo entonces, Uhura se dio cuenta de por qué Ccevaa necesitaba con tanta urgencia un esclavo Vulcano legítimo; serviría de 'puente', para despertar y estabilizar a cada uno de esos niños.

Y los leves rasgos humanos de Spock no les ayudaban, dado que la diferencia notoria en los ojos del joven mestizo, habían levantado las sospechas del Ccom.

El problema ahora, consistía en sacarlos de ahí; necesitaban la capacidad de teleportación del Enterprise y una nave de la Flota no tenía cabida en el espacio de Sirio.

Moverlos de uno en uno activaría las alarmas de todo el palacio.

Gaila maldijo en su idioma y conectó su comm.

—McCoy.

—Si…

La voz de éste era un susurro. Claro, estaban en pleno espectáculo.

—Los hallamos, Lenny. Son cincuenta. En frascos de hibernación.

Otra maldición, esta vez, del médico terrano.

—¿Estás segura?

—Mil por ciento, doctor. A no ser que la Enterprise destruya el palacio con torpedos, no veo cómo podemos sacarlos de aquí. ¿Hay forma de que Chris negocie esto?

Casi pudieron ver el gesto desesperado de McCoy y la negación del médico ¿Cómo demonios iban a salir todos enteros de ahí?

—Ahem…

Gaila cerró su comm de un golpe. Tres phaser se cargaron de inmediato y los tres apuntaron a la larga figura en la cama. Najebil alzó las manos en un gesto de burla.

—¿Están conscientes de que dispararme no sólo activará las alarmas, sino enfurecerá a mi regio esposo?

Gaila tomó aire, enfrentándose a la arbórea.

—En realidad, mi señora, podemos partirla a la mitad, sin necesidad de disparar.

El cinto dorado se deslizó de las manos de Uhura; ésta apretó sus puños, amenazadoramente. Najebil sonrió, de cualquier manera; esos campesinos de la Federación le causaban gracia. La lluvia de radiación que caería sobre ellos, si la herían, los reduciría a polvo, dejándola intocada. Se atrevían a mucho.

—¿Cómo te llamas, orionita?

La respuesta no se hizo esperar.

—Vro, mi señora.

Najebil se estiró perezosamente, dejando caer la sábana de seda sobre su piel de madera. Cupcake y Nyota se miraron ¿Qué diablos? La arbórea bostezó.

—Comienzo a cansarme de las intrigas de mi marido, de todo éste tejemaneje inútil, del hecho de que ustedes dos, quieren quitarme a mis hijos, genuinamente comprados a los klingon…

—No son suyos, mi señora. Son jóvenes libres –intervino Uhura.

Najebil se encogió de hombros, aburrida.

—Libres… libertad ¿Qué significa eso? Yo nací en este palacio hace 600 vueltas de la red y nunca he salido de él, exactamente igual que aquellos cautivos aqui. Sólo se hace mi voluntad y mato y destruyo esclavos cuanto quiero o los dejo vivir y los alimento cuanto quiero. ¿Soy libre de mi destino acaso? Tsk. La libertad es una gran ilusión, algo que no existe. Nosotros los sirianos cambiamos la libertad de unos por la de otros… ¿A cuánta de su libertad renunciarían ustedes, por llevarse a mis hijos?

Gaila la miró.

—¿Qué es lo que pretende decir, mi señora?

—Lo que ya dije, orionita. ¿Cuánta de su libertad son capaces de dejarme, a cambio de mis hijos?

Gaila entrecerró los ojos, alerta.

Los orionitas hablan del poder del sexo como un flujo entre los seres, del que ordena y manda, al que es esclavizado por sus deseos. Y este flujo, cuando es perfectamente paralelo, deriva en algo superior. Y, sin embargo, no era eso lo que se presentaba ahora frente a los tres oficiales del Enterprise, no ¿Sería cierto? ¿Y si Najebil los estaba engañando?

—¿Qué es lo que quiere?

Najebil se irguió, desnuda y caminó hasta ellos. Como fuera, su estatura era imponente. Puso sus largas manos en los hombros de Hendorff.

—Estoy dispuesta a recibir a éste, como mi esclavo, a cambio de todos ellos…

Gaila se contuvo a girar los ojos, porque se le habrían salido del cráneo y Uhura murmuró 'por los dioses' en swahili, en voz baja.

Y sin embargo, no dejaba de ser coherente; ridícula, pretenciosa y absurda como sonaba la proposición, Najebil no era más que otra malcriada dueña de esclavos, una más de generaciones de ellos ¿Qué se le daba a ella desperdiciar una carga carísima como eran los cincuenta niños vulcanos, por el pellejo de un terrano que podía conseguir en cualquier momento?

Gaila negó con la cabeza. En un instante, despojó a Mike Hendorff de su phaser, lo ató con el cinturón dorado y lo tiró al piso, apoyando su rodilla en la espalda del sorprendido Cupcake.

—Parece que tenemos un trato mi señora -sonrió.

—¡Pero Gaila!—alcanzó a murmurar Uhura…sólo para encararse al otro phaser de Gaila. Eso no silenció a Nyota.

—¡No podemos hacer eso!

—Te equivocas, terrana –respondió una sonriente orionita- TÚ no puedes hacer eso. Yo sí; he comerciado toda mi vida conmigo misma. No soy de tu sangre, entiendes?

Hendorff se enderezó, resistiéndose.

—Un momento, Gaila…-ésta apoyó su daga contra la garganta del fornido terrestre. Eso no pareció asustar a Cupcake.

Le guiñó un ojo a la orionita.

—Acepto mi destino de…esclavo de la Venerable esposa del Ccom. Sólo quiero subrayar que estoy acostumbrado a actuar como amo. Si ella se aviene a eso, iré con ella con gusto. Si no—tomó la mano de Gaila, apoyando el filo de la daga contra su cuello, más firmemente— es mejor que me mates ahora mismo.

Uhura se llevó una mano a la frente, negando con la cabeza. Lo que les faltaba; no sólo tenían que enfrentarse con una princesa/príncipe malcriado/a. También tendrían que aceptar la ayuda de un teniente kinky y de paso, rescatar a un montón de pequeños vulcanos y salir con el pellejo completo. Y Jim y Spock? Dando un show digno de las casas de placer en Risa o en Vega5.

Gaila sonrió, ampliamente, mirando a la siriana.

—¿Sabes a lo que se refiere, mi señora? Será él quien te domine en todo. Y usted tendrá que obedecerle, sin importar si es su ama verdadera…

Najebil lo pensó por unos instantes y Gaila casi pudo ver el runrún de sus neuronas, desplazándose dentro del rostro de madera, obligándose a pensar de una forma diferente.

Con seguridad los sirianos conocían esa clase de juegos. Pero, de alguna forma, la idea pareció filtrarse en la mente de Najebil; ello siempre había estado a cargo.

—¿Qué puede garantizarme que yo seguiré siendo quien tenga el mando, orionita?

Gaila pensó rápidamente. Entregó su daga a la siriana.

—¿Le basta esto, mi señora? Si él la desobedece, usted puede matarlo…

Miró a Cupcake y éste se aguantó la sonrisa. Daga y todo, riesgos y todo, podría deshacerse de la siriana con un solo golpe. Najebil alzó la mano y puso al descubierto una hilera de lunares azules.

—La lluvia de radiación que caerá sobre ustedes, si sufro algún daño, los reducirá a polvo, orionita.

Gaila asintió, sonriendo y le guiñó un ojo a Hendorff.

—Entonces, es nuestra responsabilidad que todos salgamos enteros de aquí, no le parece, mi señora?

Najebil sonrió y alzó una delicada mano. Del alto techo bajó algo parecido a un tentáculo; uno de los gusanos sirvientes

—Llama a las madres sustitutas. Cada una debe llevarse a un pequeño…

El stylax tosió.

—¡Mi señora! ¡Son demasiados! ¡Será una peregrinación notoria!

—Y tu olvidas que esos pequeños me pertenecen.

El Gusano stylax se recompuso rápidamente en el piso, asentando su forma humanoide y sin mirarlos, se acercó a la pared, toqueteando los controles de los sarcófagos. Las puertas del fondo de la habitación se abrieron; eran muchos otros como él, sin rostro, las 'manos' dispuestas sobre los redondos vientres. Tanto Gaila como Uhura se miraron. No iba a ser sencillo sacar a los chicos de esa habitación, pero mientras Ccevaa no se acercara a la zona…

Lo mejor era apresurarse.

-0-

Jim despertó con la boca seca y el sabor ácido de las escamas de Nubaluna, todavía pegado a su paladar y su lengua. Spock dormía pesadamente, envuelto entre los pliegues de los enormes cojines rojos; nadie parecía quedar en la sala. Había sobres de agua y un tazón de fruta junto a ellos y el joven terrano se decidió por el líquido, antes que correr riesgos con sus alergias; el agua estaba tibia, pero no le importó. Al moverse, Spock terminó por quedar totalmente recostado, inocente de su desnudez y de lo recién ocurrido, los labios entreabiertos. Sólo entonces, Jim se dio cuenta que su inconsciencia no era del todo natural; debía ser la droga.

Sin embargo, el joven capitán necesitaba a su primer oficial despierto y, cubriéndolo con la camisola de piloto, lo sacudió ligeramente, hasta despertarlo.

Las pupilas de Spock estaban dilatadas y el tinte negro casi había desaparecido de sus manos, manchando el tejido de los cojines y no poco de la piel de Jim. Éste notó los labios secos del alien y le tendió la pajita de otro sobre de agua, que Spock sorbió ansiosamente.

—¿Capitán? ¿Q..qué sucede?

—Necesitamos salir de aquí, Spock ¿Cómo te sientes?

El Vulcano cerró los ojos un instante y suspiró.

—Un noventa y ocho punto dos por ciento dentro de mis habilidades normales, Capitán.

—¿Sabes dónde estamos?

Spock negó con la cabeza y eso dio la clave a Jim para comprender cuán inconsciente se hallaba aún el joven Vulcano. Le hizo beber más agua. El sobre que la contenía se rasgó con una de las largas uñas artificiales del Vulcano y mojó su mano, diluyendo la tinta negra. Asombrado frente a las manchas y la sensación del agua, Spock despertó de veras y fue en su mirada de pánico en donde Jim se dio cuenta que de verdad, ya estaba totalmente consciente. El Vulcano miró a todas partes, buscando desesperadamente con qué cubrirse. Al parecer, no recordaba que había llegado casi sin ropa, al recinto en que se encontraban. Jim buscó en el piso, junto a los cojines y encontró el kimono de seda transparente y el obi negro pero…faltaba algo.

Suran.

¿Dónde estaba el pequeño?

Spock se puso en pie en un instante, tropezándose en su arrebato y en la ropa caída sobre él, al descuido; estaba despeinado y por primera vez en varios días, las garras artificiales en sus dedos le molestaban y lo hacían aún más torpe.

—Capitán…el romulano. El pequeño romulano…

Jim miró a todas partes, advirtiendo la calmada desesperación en la voz de su oficial. Spock lo había dejado en brazos de Tres. Y el enorme salón estaba vacío. El comunicador de Jim eligió ese momento para blipar

—Kirk.

—Gaila, Capitán. Tenemos la canasta llena…

Jim procesó la información en medio segundo. Canasta llena. Es decir, todos los pequeños vulcanos, a salvo. ¿Cómo carajo lo habían logrado? Tendría que darle una recomendación especial a Gaila y su equipo. Sin embargo, no tenían tiempo ahora.

—Genial. ¿Gaila?

—Señor?

—¿Qué sabes de Pike y McCoy?

—McCoy está al tanto del número de…huevos en la canasta, Capitán. No sé nada de Pike.

—Y Tres? Y Zajacil?

—Señor…

—Localízales. Punto de reunión en diez minutos. Kirk fuera.

Y apagó el comunicador sin esperar respuesta. Un Vulcano muy confuso y apenas vestido lo miró, pestañeando.

—Spock…vámonos. McCoy tiene que verte.

El Vulcano miró los cojines, el cortinaje y el aspecto de la sala. Jim tragó saliva y alargó una mano…regresándola a su cinturón, para ajustarlo, antes que tocar al alien.

—Vámonos. Tenemos que hallar al resto…

El silencio y un asentimiento fueron su única respuesta.