Los personajes de CC no me pertenecen – blah, blah, blah...
Gracias a Smilefan, Laura GrandChester, Brenda de Andrew y comolasaguilas40 por seguir mi historia.
Muchísimas gracias a Clau Ardley, Gatita Andrew, Blackcat 2010, Friditas, Faby Andley, Lady susi, Amigocha, ashura21 , Lu de Andrew, Paloma, lady Angel, Stear's Girl, Vere Canedo, sayuri1707, Chiquita Andrew y Yuukychan– por todos sus bellos comentarios, especialmente a AnaEdith – amiga, gracias por tu cariño, confianza y las hermosas fotos compartidas en FB que son muy buena fuente de inspiración (las tuyas también Faby…)
Capitulo 8 – Zancadilla
4 de Mayo, 1915 – Chicago, Estados Unidos
A las siete de la mañana, el Dr. Frank Leonard se encontraba ya vestido y afeitado en su suntuosa casa situada en un área exclusiva de Chicago, listo para tomar su desayuno. Ese día se arreglo mucho más temprano que de costumbre, pues tenía que tratar un asunto muy delicado con una de sus enfermeras y no quería tener demora alguna. Como todas las mañanas en esa lujosa casa, el doctor comenzó su día sentado a la mesa leyendo su periódico tranquilamente mientras la criada servía el desayuno y su esposa preparaba café.
Frank Leonard no provenía de una familia acaudalada y todo lo que ahora poseía era simplemente el fruto de sus muchos años de trabajo y sacrificio. En realidad él siempre fue un hombre sencillo, cosa que de seguro heredo de sus padres. El valor del trabajo y el esfuerzo en hacer las cosas bien fueron dos cosas que Frank Leonard aprendió de sus padres desde muy niño.
El señor Mark Leonard, su padre, había sido el dueño de una pequeña tienda y Margaret Leonard, su madre, había trabajado como criada en casa de los padres de Raymond Leagan por mucho tiempo. A diferencia de los Leagan de tiempo presente, los señores Leagan de anteaño fueron muy buenos patrones y al ver el esmero y la inteligencia de un joven Frank, decidieron contribuir a su educación, discretamente pagando todos los gastos del muchacho para que estudiara medicina.
Al principio Mark Leonard se negó rotundamente a aceptar semejante oferta de sus patrones: él no quería que su hijo le debiera nada a nadie, mucho menos una educación tan cara. Más a insistencia de Margaret al notar la aptitud de su hijo para los estudios, él recapacitó y después de unos meses de pensarlo, al fin estuvo de acuerdo.
"Estudia duro y nunca dejes de luchar para llegar a tu meta" le dijo su padre al darle un abrazo de despedida, "y jamás, escúchame bien esto, jamás te olvides de tu lugar en esta sociedad. No tienes un nombre de abolengo o dinero para protegerte en caso de una mala decisión. Los ricos tienen en lujo de equivocarse, seguir su corazón o un antojo si es eso lo que quieren, nosotros los pobres no. Siempre tenemos que medir nuestras decisiones y tomarlas pensando en las consecuencias."
Las palabras de su padre dejaron una huella indeleble en Frank Leonard y fueron palabras que marcaron las decisiones más grandes en la vida del joven doctor. Como un medico joven y muy inteligente, se asimilo a los círculos de la alta sociedad con facilidad. Asistía a cenas, fiestas y conciertos diversos, mezclándose sin dificultad con miembros de las familias más acaudaladas de Chicago.
Sin embargo, cuando llego el tiempo de buscar a una esposa, escogió a alguien de su propia clase: Daisy era una sencilla profesora de primaria providente de su mismo pueblo e hija de unos amigos de sus padres. Daisy era hermosa, inteligente, bien educada y agradable. Como la esposa del doctor Leonard, tuvo muchas oportunidades de expandir su mundo y ella las aprovecho con fervor. Daisy se convirtió en una mujer culta, elocuente e interesante. Se desenvolvía bien en eventos sociales y era la perfecta anfitriona en su casa. Aunque nunca tuvieron hijos, los dos estaban satisfechos con todo lo que la vida y el trabajo les brindaban.
"Frank", pregunto su esposa mientras ponía una cucharadita de azúcar en el café, "iremos a la fiesta a beneficio de la Cruz Roja ese sábado?" Sin levantar los ojos del periódico el doctor Leonard asintió.
"Claro que si, Daisy" volteando la siguiente pagina, "la señora Elroy Ardley me mando una invitación personal hace dos días."
"La señora Ardley!" exclamo Daisy con sus ojos del tamaño de platos, mientras ofrecía la taza de café a su esposo, "pero que cosa tan extraordinaria. Esa señora es una fuerza formidable en la sociedad de Chicago. Y como es que la conoces?"
"Ella es la mayor contribuyente privada de fondos para el hospital" dijo a la vez que carraspeaba un poco a la vez que doblaba su periódico "Tuvimos una conversación acerca de su próxima donación la semana pasada y luego menciono lo de la invitación a la fiesta." El doctor tomo la taza que su mujer le entregaba y rápidamente trago un sorbo, casi quemándose la lengua en el proceso.
"Pues mira que honor!" respondió Daisy alagada, "otra vez mas tu trabajo y tu esmero dan frutos al doble. Para llegar a la atención de la señora Ardley has trabajado muy duro y por muchos años en ese hospital, a tal grado que ahora es el mejor en la ciudad. Recuerdo como era antes de que tú tomaras las riendas. La transformación del hospital bajo tu cargo ha sido toda una proeza querido. Me alegra que los años de sacrificio no sean olvidados."
"Vamos, no es para tanto", carraspeo de nuevo, un tanto incomodo por las palabras de su mujer, "ella solo quería estar segura que los estándares del hospital sigan siendo impecables y que nuestros empleados siempre sepan trabajar duro para proveer el mejor servicio médico en la ciudad de Chicago. Tienes razón al decir que somos el mejor hospital en la ciudad y la señora Ardley sencillamente quiere asegurarse que siempre lo será. Claro, su contribución este año casi lo garantiza."
Frank Leonard recordó la cantidad obscena de dinero que la señora Elroy estaba preparada a donar al hospital si despedía a Candice White por dañar la reputación de un miembro del clan Ardley y por alentar un ataque despiadado contra su galante sobrino. Realmente era una lástima tener que despedirse de tan buena enfermera, pero habían cosas más importantes que el futuro de una sola chica en juego: la reputación de todo un hospital con cientos de trabajadores y los fondos que permitirían continuar con su trabajo por muchos años más. Además, la señora Elroy también decía tener prueba de las dudosas relaciones amorosas de esa joven en su apartamento, cosa que claramente podía dañar la reputación impecable del hospital y que él no podía apoyar.
En ese momento las palabras de su padre resonaron en sus oídos fuertemente como campanadas, tal como muchas veces más lo habían hecho en su pasado: "Nunca olvides tu lugar en la sociedad". Y otra vez esas palabras dichas por un sencillo trabajador fueron la brújula que dictaron sus acciones sin remordimientos ni dudas.
"Bueno, no importa" contesto Daisy totalmente ignorante de la molestia de su marido, "tú te mereces todo querido. Hoy mismo iré de compras. Si voy a conocer a Elroy Ardley tengo que estar a la altura, no crees?"
"Si querida," dijo metiendo el periódico bajo su brazo mientras se levantaba de la silla, "nosotros siempre tenemos que esforzarnos por estar a la altura" y sin decir otra palabra, beso la frente de su esposa y se marcho a su trabajo. Definitivamente, saber su lugar en la sociedad siempre ayudaba a simplificar las cosas.
Cccccccccccccccccccccccccccccc
Azul violeta…
Ese era el color exacto de las ojeras en el rostro pálido de Candy, haciendo juego con los dos ojos rojos e hinchados que ya tenía. Candy lloro toda la noche como una condenada mientras esperaba a Albert y finalmente cayó profundamente dormida cuando el cansancio la venció casi en la madrugada. Quiso salir a buscarlo a media noche, pero no quería enfadarlo más de la cuenta por andar caminando sola por las calles de Chicago. Además, estaba segura que tarde o temprano Albert regresaría a casa y tendrían la oportunidad de conversar sobre lo que ocurrió.
Mas al despertar sola en aquella habitación, Candy sintió su corazón romperse en mil pedazos. Todo fue su culpa… su maldita culpa. Sin tan solo su mente no hubiese desenterrado esas malditas, pútridas memorias tan dolorosas, esta mañana habría despertado en los brazos de su amado justo como ella quería: desnuda…sonriente…feliz… En cambio, esta mañana se sentía sola, obscena, decepcionada de sí misma y culpable por haber herido al hombre que amaba con sus acciones. Su mente era un manojo de sentimientos en conflicto: deseaba a su novio pero no podía soportar la idea de ninguna caricia íntima sin sentirse asqueada y sucia. Después de todo lo que paso, como pudo permitir que Albert la tocara de esa manera, solamente para volver a recordar el pasado. Albert era su amor, su protector, su todo! Y entonces por que permitió que la odiosa memoria de Neil quedara grabada en su mente solo para salir a relucir inesperadamente en un momento tan hermoso y arruinar todo?
Ahora en el espejo y a la luz del día se enfrentaba a su realidad. Estaba sola, morada, confundida, cansada y descorazonada. Y para colmo era su primer día de vuelta en el trabajo. Esa mañana tendría que hacer más trucos que un mago con su maquillaje para no verse como una muerta y asustar a los pacientes. Comenzó por tomar una larga ducha caliente y al vestirse, salió a la cocina a preparar un té de manzanilla para calmar sus nervios. Mientras esperaba por el té, corto un par de rebanadas de pepino y las puso sobre sus ojos. La frescura del pepino alivio sus ojos hinchados y ayudo a que no se vieran tan mal. Con un poco de suerte y maquillaje, tal vez nadie notaria su aspecto espantoso.
Noto que las cosas de Albert todavía estaban en la casa: su ropa, sus libros y sus cosas personales – también todavía estaba Pouppet, dormida plácidamente en su canasta en un rincón de la cocina. Candy tomo consuelo en saber que todo eso estaba ahí, más que todo porque conociendo el cariño que Albert sentía por Pouppet, nunca la dejaría atrás. Con su corazón pesado y maltratado, empezó a arreglarse para ir a trabajar, no deseando llegar tarde después de una ausencia tan larga. Antes de salir, dejo lista la comida de Pouppet en su platito y tomando papel y pluma escribió una nota para Albert por si acaso llegaba a casa durante su ausencia.
'Albert, por favor espérame después del trabajo, no te marches. Tenemos que hablar. Te amo. Candy'
No sabía exactamente que mas decir, así que simplemente doblo la nota y la puso sobre la mesa. Suspirando profundamente, Candy tomo su bolso y se marcho a su trabajo cargando con el peso de todas sus penas sobre sus pequeños hombros.
Ccccccccccccccccccccccc
Albert despertó tullido y doliente en la pequeña cama de la clínica del doctor Martin. La noche anterior cuando salió del apartamento asqueado por su propio comportamiento, camino sin rumbo por las calles del barrio por mucho tiempo. Al cruzar el parque local, alcanzo a ver una luz encendida en la Clínica Feliz. Albert estaba desesperado, necesitaba hablar con alguien y al ver la luz en la distancia, decidió pagar una visita un tanto inoportuna al buen doctor.
El doctor era un buen hombre y era la única persona aparte de Candy en la que Albert tenía plena confianza para contarle sus problemas y preocupaciones. En sí, el doctor Martin era para Albert lo más cercano a un padre por la bondad que demostraba y su esmero en ayudarle a recuperar la memoria…
Cuando Albert llamo a la puerta, el doctor Martin se encontraba a medio proceso de fabricar su propio whiskey. En el afán de ahorrar sus pocos ingresos, la fabricación de whiskey en casa tenía buenos prospectos: se ahorraría un dineral y ya no tendría que salir a pelear con la dueña del almacén local para que le vendiera una botella. Con una infinidad de cacerolas, agua y azúcar sobre la pequeña mesa de su cocina, el doctor estaba a punto de embotellar su primer lote de whiskey hecho en casa con mucho orgullo, cuando escucho un par de golpes en su puerta. Preguntándose quien podría pagarle una visita a esa hora tan intempestiva, el médico se apresuro a abrir la puerta, solo para encontrarse con un Albert angustiado y cabizbajo en la oscuridad de la noche.
"Albert! Muchacho, que te sucede, estas bien?" pregunto mientras lo dejaba pasar, "Como esta Candy? Acaso ha pasado algo?". Albert entro en la clínica y el doctor lo dirigió hacia la cocina en la parte trasera del pequeño local. Sus ojos se ensancharon en sorpresa cuando vio todos los ingredientes y botellas esparcidas sobre la pequeña mesa de la cocina pero no dijo nada.
"Le ruego que me disculpe por visitarlo tan tarde doctor, espero que no sea mucha molestia pero necesito urgentemente hablar con alguien" dijo Albert tímidamente sin alzar su vista. El doctor le ofreció una silla y se sirvió un vaso de su whisky recién hecho, ofreciendo una copa a su joven amigo también.
"No te preocupes Albert" respondió el doctor tranquilamente, tratando de que su joven amigo se calmara un poco, "además yo estaba despierto y a punto de acabar a embotellar esta nueva tanda de whiskey que, en mi humilde opinión, esta simplemente extraordinario". Sus ojos traviesos brillaban con orgullo y de placer evidente. Albert tomo el vaso ofrecido con el líquido ambarino y, por cortesía, bebió un trago de whisky de un solo sorbo. La bebida inmediatamente quemo los lados de su garganta como un fuego liquido y Albert no pudo evitar el ataque de tos que siguió.
"Vez? Te dije que era bueno" rugió el doctor con una carcajada, dando una fuerte palmada en la espalda del rubio. "Bueno ahora dime, a que debo el placer de tu visita?" El rostro de Albert se fue desencajando poco a poco en una expresión de angustia cuando comenzó a relatar todos los acontecimientos de su velada con Candy en gran detalle a la vez que gruesas lágrimas rodaban por su rostro.
El doctor Martin era un buen médico, pero sobre todo era un buen hombre. Escucho la historia de Albert por completo y sin interrumpir, esperando hasta el final para dar palabra. "Con razón este pobre muchacho esta tan angustiado! No es de extrañar por todo lo que sucedió" pensó para sí mismo. El doctor no era completamente un extraño a los entresijos del amor, pero estaba agradecido de que ya era demasiado viejo como para caer en ellos nuevamente y ser afectado de una manera tan palpable como su amigo.
Albert se sentía muy confundido por su comportamiento y más que nada, por no saber la manera exacta de proceder en su relación con Candy; solo ese pensamiento era algo que lo torturaba sin cesar. La amaba entrañablemente, quería casarse con ella, pero podría Candy confiar nuevamente en él después de lo ocurrido esa noche? Se abalanzo sobre ella como un animal y su comportamiento fue tal que la pobre recordó todo lo sucedido aquella maldita noche del ataque. Acaso era probable que él en su pasado fuera un canalla como Neil, y todo este tiempo solamente estuvo esperando la oportunidad de aprovecharse de la vulnerabilidad de su amada? La amnesia lo hacía cuestionar todo y a no creer en nada ni en nadie: solamente Candy y el doctor era dignos de su confianza total. Y precisamente ahora él era el que había destrozado esa confianza entre ellos.
El doctor Martin estaba verdaderamente conmovido por la situación en la que Albert se encontraba. No podía imaginarse el horror de ese muchacho al no saber quién era o nada acerca de sus valores personales, sus éticas, su brújula emocional. Como podía este joven guiarse en su vida y estar seguro de sus decisiones si no tenía idea alguna de quien era como hombre? En su capacidad como médico, el doctor Martin sabía que no podía hacer gran cosa por ese joven agobiado sentado en su cocina, pero como amigo podía hacer algo para apaciguar los sentimientos de culpa del pobre muchacho.
"Mira Albert, hay un par de cuestiones que debes considerar antes de que te juzgues tan duramente por tus acciones" el doctor hizo una pausa, respirando profundamente antes de continuar.
"Supongo que ella corresponde tus sentimientos, si?" Albert asintió con la cabeza ligeramente. "Bien, entonces puedo deducir sin duda alguna que las acciones de los dos fueron las de dos jóvenes amantes a punto de consumar su relación, verdad?" El rostro de Albert estaba completamente ruborizado cuando su cabeza asintió nuevamente.
"Albert… eso es normal", dijo con una sonrisa de padre mientras el joven permanecía con su vista clavada al suelo, "Tu eres un hombre joven, saludable y vives con una bella muchacha de la que estas perdidamente enamorado como ella de ti. Lo que paso entre ustedes es algo completamente natural, aunque por favor, si deciden intentar a tomar ese paso nuevamente, tienen que tomar ciertas precauciones…" El doctor dejo su silla y se dirigió a su botiquín de medicinas y saco una pequeña caja de su interior.
"Toma, considéralo como un pequeño regalo de bodas" rio dando un guiño y extendiendo la caja para Albert, "es un condón. Los médicos usualmente los prescribimos a matrimonios donde la fieldad del hombre es un poco dudosa. Fueron diseñados para prevenir enfermedades venéreas, pero en mi opinión serian más útil para prevenir embarazos no planeados. Comprendo tu situación con Candy y siento que mi deber como tu medico es asegurarme que no te compliques la vida ni la de Candy con un bebe por el momento".
Albert examino el paquete que el doctor le entrego. Dentro de la caja había un tubo de hule un poco extraño y un papel con instrucciones detalladas de cómo usarlo. Albert abrió los ojos de par en par al leer las instrucciones y si antes no estaba ruborizado lo suficiente pues ahora sentía que hasta las orejas le quemaban de calor por la vergüenza.
"Lo que le sucedió a Candy la semana pasada fue algo muy traumático", continuó el doctor, "y supongo que todavía no ha procesado todo lo ocurrido. Es normal que ella se sienta avergonzada por lo que paso con ese maldito y que asimismo este confundida por su reacción a la atracción que siente por ti. Aunque no fue su culpa, apuesto a que en el fondo ella también se siente culpable por no prevenir el ataque, incluso es posible que pueda creer que se lo merecía por vivir de la manera que lo hace contigo. Yo se que ustedes no están haciendo nada malo, pero en esta sociedad la mujer es juzgada muy duramente cuando se niega a actuar como se supone que lo debe hacer. Ella tiene que tomar el tiempo que necesita para darse cuenta que nada de lo que sucedió fue su culpa y que ella tiene todo el derecho de amarte como mujer si eso es lo que ella desea. Amar a alguien no significa no tener morales Albert y tú no eres un salvaje. Lo que sucedió tampoco fue tu culpa pues tú realmente no tenías ni idea acerca de las luchas interiores de Candy o que tan profundo los efectos del ataque fueron para ella. Yo se que tú la amas pero también sé que no estabas preparado para lidiar con el obvio trauma del que sufre Candy "
Albert saco un pañuelo de sus bolsillos y se limpio sus lágrimas. Las palabras del doctor Martin tenían sentido. El no sabía realmente como su adorada Candy se sentía. Ella le pareció tan alegre toda esa semana de convalecencia que él no tuvo el deseo de hablar acerca de cosas que a ella la entristecieran. Consecuentemente, sus conversaciones fueron amenas y livianas, no discutieron nada serio ni acerca de Neil, mucho menos de todos sus pensamientos durante esa noche negra.
"Lo único que tu puedes hacer por ella en estos momentos es escucharla, ten paciencia y espera a que ella te indique lo que necesita de ti. No te desesperes ni pierdas las esperanzas, ella te ama. El ataque es algo que físicamente le ocurrió a Candy pero que emocionalmente les ocurrió a los dos. Ustedes como pareja tienen que conversar sinceramente para lograr superar lo sucedido. Ella tiene que conversar conmigo o con algún otro doctor de su confianza para que le ayude a procesar todas las emociones que ella aun tiene guardadas en su corazón. Esta es solo una pequeña prueba, amigo, no es el fin de todo!"
"Muchas gracias doctor Martin" suspiro Albert mas aliviado, "usted tiene razón. Todo pasó tan rápido y todavía no habíamos procesado nada de todo lo que sucedió la semana pasada cuando nos dejamos llevar por nuestros sentimientos. Necesito tener una conversación muy seria con Candy acerca de todo esto cuando llegue a casa."
"Pues mira que esta ya no es hora de llegar a casa Albert!" exclamo el doctor, "quédate aquí esta noche y regresa mañana a casa. Estoy seguro que después de toda esta emoción ambos necesitan algo de espacio para respirar y descansar un poco. Puedes usar la cama en la clínica."
Albert acepto y en cuanto su cabeza toco la almohada, se quedo profundamente dormido…
Cuando despertó la mañana siguiente tullido y doliente por dormir en una cama tan pequeña, Albert se apresuro salir de la cama y dando las gracias al doctor Martin por su hospitalidad, se marcho casi trotando rumbo a casa.
Al abrir la puerta del apartamento lo encontró vacio. Solo Pouppet salto fuera de su canasta para saludarlo alegremente. Albert tomo a Pouppet en sus brazos y la acaricio mientras se acercaba a la mesa. La taza vacía sobre la mesa aun estaba caliente, lo que significaba que probablemente ella se acababa de marchar. También noto su nota sobre la mesa y siendo así la abrió para leerla.
"Me ama…" susurro Albert al terminar, "todavía me ama…" El doctor Martin tenía razón, ella lo amaba y él a ella pero tenían mucho de qué hablar. Por el momento, todo lo que podía hacer era arreglarse para su trabajo y esperar a conversar con Candy esa noche. Albert definitivamente se sentía más aliviado después de su charla con el doctor Martin pero también estaba seguro que, al no ver a su Candy esa mañana, ese día sería muy largo para él.
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Candy llego al hospital mas temprano que de costumbre. Se cambio en su uniforme y comenzó a leer todas las notas y carpetas de los pacientes que estaban bajo su cargo cuando Natalie, la jefe del piso le informo que el doctor Leonard quería tener una charla con ella esa mañana.
"El doctor quiere 'charlar' conmigo? Sabes tú de que se trata Natalie?" pregunto Candy a su amiga.
"No Candy" respondió Natalie con preocupación, "realmente no tengo idea alguna aunque de hecho que ha estado muy raro desde la semana pasada. Pensamos que tal vez es porque tiene que pedir más enfermeras voluntarias para la guerra pero no estoy muy segura que sea eso."
Candy sintió un vacio en su estomago al solo oír mencionar la palabra 'guerra'. "Stear… mi querido primo", pensó Candy en sus adentros con tristeza, "yo quisiera tener el coraje de estar junto a ti en esa guerra pero mi misión en estos momentos está aquí en Chicago con Albert. El también ha sido una víctima de esta estúpida guerra."
"No hagas esperar al doctor Leonard, Candy" advirtió Natalie al ver a su amiga con esa mirada distraída, cosa que usualmente significaba un divago de la rubia, "ya ves que ese viejo cascarrabias cree todo mundo tiene que saltar cuando él ladra." Candy sonrió al solo imaginar al doctor Leonard vestido como un perrito faldero ladrando ordenes por todo el hospital.
"Gracias por avisarme Natalie y no te preocupes" respondió ordenando las carpetas en el escritorio, "en este momento me dirijo a su oficina para ver que quiere." Y con una sonrisa un tanto forzada se marcho.
Candy camino por los pasillos del hospital rápidamente, todavía se sentía cansada pero estaba segura que al comenzar su turno, todas sus penas se irían a la borda. Candy verdaderamente era una buena enfermera y se enfocaba totalmente en sus pacientes en cada turno. El esmero de su trabajo no daba ocasión para pensar en otra cosa que no fueran sus pacientes y eso le agradaba. En los días siguientes después de su separación con Terry, su trabajo había sido una fuente de distracción muy efectiva. Definitivamente ella siempre estaría agradecida de tener una profesión. Al llegar a la oficina del doctor Leonard, golpeo la puerta suavemente un par de veces y espero a ser admitida.
"Adelante" indico la voz seca del doctor Leonard. Candy abrió la puerta con manos un poco temblorosas. El doctor despertaba un temor bíblico en la mente de la joven enfermera. Todas las enfermeras sabían la manera áspera y estricta de ese hombre y trataban de nunca provocar su atención más de lo debido. Candy no tenía idea alguna del por qué de esa conversación, pero siendo el director del hospital, no tenía otra opción más que acudir a su llamado.
"Señorita White, por favor, tome asiento" dijo el doctor sin pararse, indicando una silla vacante frente a su escritorio, "lamento mucho llamarla de esta manera pero no tengo otra opción." La gravedad en la voz de Frank Leonard hizo que el rostro de Candy perdiera el poco color que tenia y que sus frías manos se sacudieran como maracas. Tratando de disimular su nerviosismo, la pobre rubia puso sus manos una sobre la otra en su regazo, y tragando en seco, fijo su mirada sobre el doctor.
"Por favor doctor Leonard, vamos al grano. Dígame exactamente por qué estoy aquí?" sus ojos verdes se clavaron en el rostro del doctor tratando de encontrar alguna pista que podría darle una clave y aclarar el comportamiento del médico esa mañana. Ahora era el turno del doctor de esquivar la mirada de esas esmeraldas obviamente marcadas por la preocupación de la muchacha. El doctor se inclinó hacia adelante en su silla y colocando sus codos sobre el escritorio, descansó la barbilla en sus manos entrelazadas.
"Como está usted relacionada con la familia Ardley, señorita White?" pregunto el doctor a quemarropa sin alzar su vista del escritorio.
Los ojos de Candy se ampliaron en horror. Este 'charla' obviamente estaba relacionada con lo sucedido con Neil y sintió como la furia de su indignación e impotencia se extendía a través de su cuerpo como un fuego de pólvora incontrolable. El alcance del poder y los esquemas de la familia parecía no tienen límites. Su futuro siempre estaría bajo una nube de incertidumbre mientras ella seguía siendo una Ardley legalmente. Candy se dio cuenta en ese momento que había poco sentido en tratar de discutir la situación con el doctor Leonard. Como todas las personas de influencia en la sociedad de Chicago, el doctor también estaba a merced de los caprichos de Elroy Ardley.
"Creo que entiendo perfectamente a lo que se refiere al Dr. Leonard" dijo valientemente, tratando de controlar las lágrimas que traicionarían su estoicismo. "Yo entiendo mejor que nadie lo que es eso de ser derribado y controlado por esa familia así que no lo culpo por cualquier decisión que ha tomado con respecto a mi futuro en este hospital. Sólo necesito saber cuándo le gustaría que termine de trabajar."
"Lamento profundamente tener que dejarla ir señorita White", dijo el doctor alzando su mirada para encontrar la mirada de la rubia por primera vez, "verdaderamente usted es una enfermera increíble y ha demostrado gran habilidad en sus conocimientos de enfermería y su perdida será muy grande para sus pacientes. Me temo que su terminación es efectiva inmediatamente. He dado instrucciones al personal de contabilidad para tener su último sueldo listo para usted en este sobre" deslizando un sobre blanco hacia Candy.
El doctor titubeo un momento antes de proseguir. "También debo informarle que se han tomado ciertas medidas… y lamentablemente usted será incapaz de trabajar como enfermera en cualquiera de los otros hospitales de Chicago". Dijo es última frase tan rápidamente que las palabras casi se tropezaron fuera de su boca al hablar. Detestaba la injusticia de la situación, pero era muy poco lo que podía hacer sobre ello ya que el también entendía su lugar en la sociedad.
Esta última frase fue la gota que colmó el vaso para Candy y sin aviso previo, la presa de sus lágrimas se rompió y se puso a llorar desconsoladamente. No podía creer lo que le estaba sucediendo y precisamente en el momento más bajo posible. Estaba cansada, angustiada y ahora desempleada. Todos esos años de creer en el lado positivo de la vida hizo poco para consolar su dolor. Deseaba más que nada largarse de Chicago y volver a Lakewood lo más pronto posible, a los brazos de su amorosa familia en el hogar de Pony.
"No", dijo para sus adentros, "no voy a permitir esta familia me golpee una vez más. Yo no derramaré una sola lágrima más por ellos. Voy a ser fuerte y voy a prevalecer. Albert y yo vamos prevalecer". Limpiando las lágrimas con el dorso de sus manos, Candy con ira hirviendo en sus venas, tomó el sobre y lo guardo en su bolsillo.
"Gracias doctor Leonard. Y ahora, si por favor, discúlpeme", sus ojos verdes destellaban con despecho y se clavaron en el rostro sin expresión del director, "tengo que cambiarme y volver a casa" y con la férrea mirada todavía en su semblante, ella se levantó de su asiento y salió de la habitación.
"Estoy realmente apenado", pensó el doctor para sí mismo al ver salir a la joven enfermera, "pero lamentablemente esta es simplemente la manera de hacer las cosas en esta sociedad... espero que algún día ella sea capaz de recapacitar su comportamiento y entender mi posición." Y tomando una montaña de papeles de su escritorio, continuó con su trabajo tranquilamente.
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Albert termino su turno esa noche y se dirigió directamente a casa. Había estado muy distraído en el trabajo todo el día; tanto que casi se corta un dedo cortando vegetables mientras luchaba por encontrar las palabras adecuadas para su conversación con Candy. Quería pedir disculpas por no entender sus sentimientos y por su reacción la noche anterior al malinterpretar el malestar de ella. Más que nada, quería decir 'Te amo', sosteniéndola en sus brazos y rogarle para poder tener otra oportunidad. Sus pasos fueron agarrando confianza y al fin decidió dejar que su corazón hablara y poner todos sus sentimientos al aire para ella. No quería ocular nada: el amor así como las dudas tenían que estar al descubierto si ambos querían que su relación funcionara.
Abrió la puerta con sus llaves sólo para encontrar el apartamento completamente oscuro. De repente sintió a Pouppet rozando sus piernas en la oscuridad, casi haciéndole perder su balance del sobresalto.
"Pouppet!" exclamo asustado, "pequeña por poco me paro en ti y te aplasto", inclinando su cuerpo para que ella pudiera saltar en sus brazos abiertos. Albert la acaricio suavemente y se dirigió a encender la luz en la cocina, encontrando una taza sucia en el fregadero.
"Ya está en casa" pensó sorprendido y un tanto preocupado, arqueando una de sus cejas en un gesto perplejo. Generalmente, en la rara ocasión cuando Albert no había dejado la cena preparada, la cocina estaba llena con los experimentos culinarios de Candy y ella siempre lista para abalanzarse sobre él para que probara su último plato. Sin embargo esa noche un completo silencio reinaba en el apartamento, y aparte de la taza sucia en el fregadero, la cocina estaba impecable. Albert comenzó a preocuparse cuando las imágenes de la semana pasada empezaron a cruzar su mente. Acaso le paso una desgracia en su camino a casa del trabajo? Sería que esa familia odiosa todavía tenía el deseo de ejercer venganza sobre su amada? Con su mente y corazón naufragando en un mar de incertidumbre, Albert entró en el dormitorio en un último intento por encontrarla antes de lanzarse por las calles a buscarla como un desesperado. Y con un suspiro de alivio, fue que la vio. Ella estaba acostada en la litera de Albert, envuelta en sus sabanas y vistiendo la camisa de su pijama. Albert soltó a Pouppet y simplemente contempló a Candy durante unos segundos
"Candy…"susurro Albert, acercándose de puntillas a la litera, "preciosa, estas dormida?". Al escuchar su voz, Candy se volteo en la cama para verlo de frente y Albert noto su rostro manchado por el rastro de abundantes lágrimas.
"Albert..." murmuro suavemente, "por favor, abrázame... no me dejes esta noche por favor" suplicaba, el tono compungido de su voz rompiendo el corazón de Albert.
"Nunca te dejaré mi amor, perdóname por lo de anoche" respondió en un murmullo mientras se acurrucaba para acariciar suavemente su mejilla con los dedos. "Pero ya estoy aquí junto a ti. Haré lo que sea, cualquier cosa que tú me digas que necesito hacer… considéralo hecho…yo…yo te amo". Ella estalló en sollozos y otra vez las lágrimas caían como una cascada, rodando sobre sus mejillas.
"Quiero volver a casa Albert" dijo escondiendo su rostro en aquel pecho fuerte y varonil que siempre fue su refugio, "quiero volver a Lakewood". Albert se acostó a su lado y la acuno en sus brazos contra su pecho como una chiquilla. El cuerpo de Candy temblaba por la fuerza de su llanto, su dolor era tan palpable Albert no podía dejar de sentirse afectado: lo sentía como un dolor desgarrador en sus entrañas. Ella era su vida, su todo, y ahora la sentía tan frágil en sus brazos, como una muñeca de trapo. Albert solo deseaba protegerla y aliviar su dolor.
"Si mi amor, si eso es lo que tú quieres pues eso haremos" su voz cálida proveyendo otra vez el bálsamo medicinal que el corazón de Candy tanto necesitaba, "cuando quieres que nos marchemos?". Su aliento acariciaba los rizos de Candy mientras aspiraba el aroma de su amada.
"Mañana… pasado mañana..la próxima semana…no me importa. Solo quiero salir de esta maldita ciudad." Candy respiro más tranquila en los brazos de su amado, esos brazos que parecían estar hechos para abrazar su cuerpo.
"Me quieres decir por qué tienes tanta prisa de salir de aquí?" pregunto Albert con cautela, "a mi realmente me encanta la idea de comenzar una nueva vida en otro lugar pero sé lo que significa tu carrera para ti y creo que es importante que yo te apoye en eso."
"Ya no tengo mi carrera, Albert" replico con tristeza, "mi familia se encargo de que yo no pueda trabajar como enfermera en ningún hospital de Chicago. El doctor Leonard me despidió ahora."
"Candy…lo siento mucho", abrazándola más estrechamente, "por qué no fuiste a buscarme al restaurante, preciosa? Yo hubiera pedido permiso para venir a casa más temprano para apoyarte. Quieres decir que pasaste todo el día aquí sola llorando?"
"Si…"murmullo Candy, "después de lo que sucedió anoche no estaba segura de que ibas a regresar… y pues…yo no quería llorar en público y…"
Albert la aparto para encontrar su mirada. A pesar de haber llorado todo el día, el semblante de Candy le parecía el más hermoso del mundo. Sus ojos, su boca, su nariz… adoraba cada rincón de aquel rostro pecoso. Pero lo que más amaba en ella eran esas cosas que no estaban a la vista: su honestidad, su dulzura, su compasión y ese su amor desenfrenado que tenia por él. Albert cerró sus ojos y lentamente acerco su rostro al de Candy, colocando un tierno beso en sobre esos labios de rubí. Candy correspondió al beso de su amado, suavemente moviendo sus labios bajo los de él.
"Candy…" susurro Albert en su boca, "te amo… te necesito para estar feliz amor…" Separando sus labios a los de ella, Albert la estrecho de nuevo en sus brazos, enterrando su nariz en el pliegue del cuello de su amada para inhalar su dulce fragancia.
"Yo también te necesito Albert," suspiro profundamente, "te necesito tanto que al no tenerte a mi lado siento que no puedo ni respirar. Jamás he amado a alguien como te amo a ti…"
"Yo no recuerdo nada de mi pasado, Candy" respondió Albert, aun respirando la fragancia a rosas que emanaba del cuerpo de su amada, "pero estoy seguro que sin ti yo no tendría este presente ni un futuro.. y por eso… yo...por eso es que…." Albert titubeo por un momento pero no podía darse atrás y fijando su mirada azul en las esmeraldas de su amada, pronunció las palabras que tano había deseado decir.
"Quiero amanecer cada día en tus brazos, limpiar tus lagrimas, ser siempre tu refugio, hacerte feliz con todo mi ser. No quiero que nada ni nadie nos separe. Candy…necesito saber…quieres casarte conmigo?"
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Continuara…
Espero que este capítulo sea de su agrado chicas… un poquitín más largo que de costumbre pero creo que nadie va a reclamarme por eso….
NOTAS
El condón de hule se invento en 1855 y los de látex se inventaron en 1920. El ejercito Ingles, Francés y Alemán dieron condones a sus tropas como parte de su equipo durante la primera guerra mundial. El ejército Americano se negó hasta que recapacitaron a mediado de la guerra cuando muchos de los soldados fueron afectados por enfermedades venéreas en Europa.
