Resurrección

En un principio, cuando aún a Heiji ni si quiera le había cambiado la voz, el nerviosismo y la inquietud la apoderaban y paralizaban en el mismo lugar, haciéndola incapaz de moverse, de actuar, de pensar. Solamente deseando vivir, conocer, contemplar, disfrutar el instante. Sin embargo, y con el paso de los años, terminó por concluir su propia teoría: si Heiji reunía a un grupo de personas solamente podía ser por dos razones:

1ª Se proponía dar la resolución de un caso.

2ª Su intención era celebrarle un cumpleaños sorpresa.

Visto lo visto, y conociéndole mejor a base de ironías e "idiotas" dirigidas hacia ella acabó por concluir que el muchacho no era tan detallista como para destacarse por la segunda opción.

- Heiji va a resolver el caso.

Ran la miró sorprendida al escucharla decir aquello como un autómata.

- ¿Cómo?

- Heiji ya sabe quién es el asesino.

Ran mantuvo su mirada sobre su rostro decidido, y luego observó con atención al resto de personas que con ellas se encontraban esperando en el pasillo, ante la puerta cerrada de la habitación donde había fallecido Zenko: Yumi, Kyoji y Wazuka Matsumara y el coleccionista de antigüedades Settan Okubo. Alguno, alguno de ellos era el culpable de la muerte de dos de los miembros de aquella familia y de todo lo ocurrido en aquellos días… Además de ellos los acompañaban la policía, el inspector Megure y Takagi, expectantes por el espectáculo que los detectives les tendrían preparado para los próximos minutos.

De repente, la puerta se abrió dejando así al descubierto a un chiquillo gafotas, que con una sonrisa cargada de emoción les invitó a entrar.

- Conan¿por qué está tan oscuro aquí? –preguntó Ran, intrigada.

- La luz tenue nos ayuda a concentrarnos en la batalla –se atrevió a contestar alguien, a quien únicamente iluminaban las velas de un candelabro que reposaba sobre la mesa-, a ocultarnos tras el velo de la oscuridad para así por fin…

Todos contemplaron expectantes el tablero sobre el que Heiji Hattori y el señor Kogoro Mouri lidiaban una silenciosa guerra de ajedrez. El muchacho derribó con su alfil el rey rojo de su contrincante y finalizó sus palabras:

-… dar muerte a nuestro adversario.

Aquella presentación robó el aliento de todos los presentes, de quienes únicamente se atrevió luego a hablar el inspector Megure.

- ¿Se puede saber quién demonios les ha dado permiso para utilizar el ajedrez de El Sabio? –preguntó furioso.

- Tranquilo inspector Megure, ésta es solo una réplica barata –desveló Kogoro, el cual les daba la espalda al estar sentado frente al chico de Osaka y no se movía-, el verdadero ajedrez lo guarda Yumi Matsumara, le pedimos que lo confiscara por el momento¿verdad señorita?

La aludida asintió segura, pero no añadió nada más.

Ran examinó la postura de su padre. Lo había visto así en otras muchas ocasiones, y fácilmente lograba pronosticar lo que ello quería decir. Era una experta en reconocer a Kogoro cuando entraba en su extraordinario sueño:

- Papá¿no será que al fin han descubierto quién es el asesino?

- No solamente eso, Ran, sino que también nos hemos convertido en adivinos y sabemos qué ocurrirá cuando destapemos toda la verdad. Para empezar, echaremos en falta algo muy importante… –contestó el hombre-. Pero dejémonos de cháchara y vayamos al grano: la terrible incógnita que nos ha mantenido en vela todas estas noches: quién es el culpable del asesinato del señor Matsumara en esta misma habitación.

Todos miraron hacia el armario donde había sido hallado el cuerpo ensangrentado de la víctima unas noches atrás. Aún eran incapaces de borrar aquella terrible imagen de sus cabezas.

- Como todos sabrán a estas alturas, Zenko Matsumara falleció a causa de un supuesto disparo en la cabeza y fue esposado en el particular escenario del crimen –recordó Kogoro-. El ajedrez que él mismo vigilaba no desapareció, aunque sí una ficha clave para el juego: nada más y nada menos que el imponente Rey Rojo, que luego aparecería en la boca de la víctima.

- ¿Cree que la ficha es la clave para resolver el crimen? –preguntó el inspector, esperanzado.

- Quizás no sea tan importante como todos en un primer momento pensamos –respondió quedamente.

- Aunque tenga un mensaje oculto, no explica la muerte de Zenko –continuó Heiji-. Detengámonos más bien en la bala invisible…

- ¿Bala… invisible? –murmuró intrigado Kyoji, quien luego le dedicó una desdeñosa mueca- ¿Es acaso otra manera de hacer más interesante su espectáculo, detective Hattori?

- Ni mucho menos, señor –dijo el muchacho, enviándole una fría mirada por encima de la mesa-. Sólo bautizo la raíz de todo este engaño: una de las dos balas que llevaron hasta la muerte a Zenko.

- ¿Cómo?

Claramente, el comentario del chico había causado tanto impacto como las balas en cuestión.

- ¡No puede ser!

- ¡Pero el señor Matsumara falleció de un solo disparo! –se atrevió a intervenir Settan Okubo.

- Eso es lo que pensaría cualquier persona sin grandes conocimientos de anatomía humana: la bala atraviesa la cabeza, la víctima muere y fin de la historia. Sin embargo no siempre ocurre así, como en este caso: las balas han quedado dentro del cráneo, no llegando a salir de éste. Todos en un principio hemos creído que había sido al contrario, y que las dos heridas que había en la cabeza del señor Matsumara habían sido causadas por la entrada y salida de una sola bala, o al menos eso es lo que querían que pensáramos…

- ¿Querían? –Takagi abrió los ojos de par en par- ¡U-un momento¿Están queriendo decir entonces que…?

- Existe más de un culpable –solucionó Heiji, mientras de su mirada escapaba un usual brillo de seguridad. Su público comenzó a murmurar y a comentar el inesperado descubrimiento, pero sus voces se apagaron cuando el joven continuó su explicación-. Fue el propio Zenko Matsumara el que se ofreció a cuidar el ajedrez que Kaito Kid había amenazado con robar, por lo que sus asesinos debían de conocerlo bastante bien como para preparar el crimen antes de que la propia víctima tomase aquella decisión.

- Por lo tanto, tenían ya sus movimientos premeditados, y sabían exactamente qué pasos llevar a cabo para acabar con su vida -lo siguió Kogoro-. En primer lugar, debían de hacer pensar al resto de los habitantes del castillo que estaban aislados, lejos del escenario del crimen, y consiguieron la persona que certificaría eso. Pero ambos asesinos sabían que acceder hasta esta habitación, vigilada en todo momento por policías desde la puerta, no sería tarea fácil. ¿La solución?

- Una entrada secreta, una entrada que nadie más en este inmenso castillo conociese excepto ellos -finalizó Heiji.

- ¿Pero cómo podían ellos saber de la existencia de tal entrada si nadie...? -comenzó a preguntar el inspector.

- ¿Si nadie más la conocía? Bueno, "sorpresas" como esas son normalmente conocidas únicamente por los cabezas de familia, y a no ser que estos se lo cuenten a otros miembros, no tiene porqué ser algo que se deba saber -resolvió Kogoro-. En este caso, la misteriosa entrada secreta tenía acceso desde la biblioteca, pero no solo eso: hacía falta la llave para abrir a dicha puerta.

- ¡Oigan, dejen ya de decir disparates! -bramó alguien entrando en cólera.

Todos miraron asombrados a la anciana Wazuka Matsumara, que apretaba con fuerza su bastón y parecía más furiosa que nunca.

- Ma-madre... tranquilícese por favor -le rogó su hija. Intentó apaciguar a la mujer posando sus manos sobre sus hombros, pero ella no se dejó.

- ¡No voy a permitir que este par de farsantes dañen la distinguida fama de esta familia!

- Señora Matsumara -se atrevió a intervenir el joven Hattori-¿podría contestarnos a una pregunta?

Ella pareció desconcertada, pero luego frunció su ceño y levantó la cabeza con orgullo:

- Por supuesto.

- ¿Sabe lo que es un Pacto de Lobos?

La mujer y el detective conectaron sus frías miradas durante unos instantes que para el resto se hicieron eternos. Algo... algo de aquella, aparentemente, inocente pregunta, había conseguido revivir en Wazuka aquel nerviosismo que todos los que la conocían juraban que ella había dormido.

- No sé de qué me habla -respondió automáticamente.

- Yo creo que sí lo sabe, pero no pasa nada, yo mismo explicaré de qué se trata -sonrió él-: un Pacto de Lobos es una alianza entre el lobo viejo de la manada, el expulsado y derrotado, y el más joven, el más débil y con menos posibilidades de desbancar al cabeza del grupo. Ambos descubren que persiguen el mismo objetivo: acabar con el lobo que les ha arrebatado aquello que ellos anhelan, el poder. Por eso unen sus esfuerzos, sus mentes, y sus posibilidades para conseguirlo: una parte de habilidad, y otra de sabiduría.

- ¿Qué quiere decir con todo esto, Hattori¡No nos tenga en ascuas, por favor! -preguntó el inspector, exasperado ya por saber la respuesta a todo aquel misterio.

- Pues lo que intento decir, inspector Megure, que entre nosotros se ha llevado a cabo un Pacto de Lobos, que ha dado como resultado las muertes del señor Matsumara y de su esposa, Miya Inao –levantó la mirada y extendió el brazo- Wazuka y Ryoji Matsumara¡ustedes son los asesinos!

Impactados por el descubrimiento, el resto de los que presenciaban el gran espectáculo de las deducciones miraron asombrados a los dos culpables, pudiendo emitir únicamente murmullos y exclamaciones ahogadas en estupor. Las palabras del joven detective habían conseguido no solamente aquel ambiente cargado, sino también congelar los cuerpos de los recién nombrados, que durante unos segundos fueron incapaces de lograr responder:

- Pe-pero… madre… -murmuró Yumi, sobrecogida.

- ¡Usted no puede venir a nuestra propia casa y comenzar a acusarnos de asesinos, Hattori, y menos sin pruebas! –gritó en cólera Ryoji, señalándolo con el dedo amenazadoramente.

- ¿Sin pruebas¿Eso cree? –Heiji le dedicó una sonrisa cargada de misterio- Se equivoca, sí que las tengo, y precisamente…

De repente, salió de detrás de la mesa y se dejó al descubierto ante las miradas estupefactas de todos.

- … estoy sentado sobre una de ellas.

Allí estaba, era la silla de ruedas desaparecida tras el crimen, aquella que, durante tanto tiempo, habían sido incapaces de volver a encontrar… Hasta aquel momento.

- ¡Es la silla de mi padre! –intervino Yumi, tapándose la boca con las manos- Pero nadie… ¡nadie sabía donde estaba!

- Así es, pero estábamos equivocados: su hermano y su madre sí lo sabían, porque ellos mismos la habían escondido –contó Heiji, contemplando con gusto los rostros desencajados de los culpables.

- Dígame, señor Okubo –dijo Mouri, llamando la atención del comprador de antigüedades-, usted nos contó que la noche del crimen había escuchado voces y gritos dentro de la biblioteca¿no es así?

El aludido afirmó con la cabeza, convencido:

- Cierto, escuché discutir los señores Ryoji y Wazuka Matsumara.

- Su dormitorio se encontraba sobre la biblioteca, donde usted los oyó¿me equivoco?

- No, por eso yo era el que mejor podía oírlos. Pese a que no conseguí entender de lo que hablaban, reconocí sus voces.

- ¿Ve¡Mi madre y yo estábamos en la biblioteca en el momento del crimen, nuestra coartada es firme! –se atrevió a decir Ryoji.

- Eso pretendían hacer pensar, por eso mismo simularon una discusión, para ser fácilmente escuchados por Okubo… -respondió Kogoro- ¡Desde la habitación secreta a la que se tiene acceso desde una de las estanterías de la biblioteca!

- ¡¿Qué?!

- ¿Estaba allí?

- Por una fuente de confianza hemos investigado en ese lugar, descubierto la llave a esa entrada en una de las patas de la mesa que hay allí, una llave que consiguió abrir la puerta que hayamos tras los libros de la estantería que se encontraba en la planta superior para así entrar en la habitación secreta donde dimos con la silla de la víctima –desveló Heiji.

- La noche del crimen ustedes simularon, desde esta habitación de la que les hablamos, estar teniendo una grave discusión –continuó Kogoro-. Desde allí podían ser fácilmente escuchados por Okubo, quién daría solidez a vuestras coartadas, haciéndolo pensar que estaban en la biblioteca, cuando no era así. Desde allí accedieron luego a este lugar en donde nos encontraron, golpearon a Zenko Matsumara y lo aturdieron para luego trasladarlo hasta la habitación secreta, donde, los dos al mismo tiempo, le dispararon en la cabeza de tal manera que nos hicieron pensar que únicamente lo habían hecho una vez y, por lo tanto, una sola persona.

- ¡Jamás se encontraron las armas de crimen! –contradijo Wazuka.

- Porque las dos pistolas las dejaron escondidas en la habitación secreta junto con la silla –contestó Heiji-. También las encontramos en nuestra investigación –y a continuación dejó sobre la mesa dos bolsas con la prueba de lo que decía: las dos armas salpicadas de sangre.

- Pero… ¿cómo hicieron para llevar el cuerpo hasta el armario en el que apareció, Mouri? –preguntó intrigado el inspector.

- Fácil: abrieron la puerta y allí lo esposaron.

Por unos momentos, todos quedaron callados ante aquella respuesta tan simple.

- ¿Se está riendo de mí, Mouri? –preguntó enojado Megure.

- Ni mucho menos, piénselo bien¿por qué Zenko apareció muerto justamente dentro del armario?

- ¿Qué… por qué? –repitió pensativo el hombre- Bueno, quizás tenían las llaves de éste…

- O pudiera ser que los asesinos podían colocarlo allí con mayor facilidad –dijo Takagi.

- Ha dado en el clavo, detective –lo felicitó Mouri-: el armario es sólo un medio de salida a la habitación secreta donde dispararon al señor Matsumara, de manera que no podían ser descubiertos durante el crimen.

- ¡Ah! –exclamó Ran- ¿Están queriendo decir que, tras ese armario, se encuentra dicha habitación?

- Así es –confirmó Heiji-. Por eso no fueron encontrados rastros de disparos en el mueble. Tras el asesinato, seguramente Ryoji, por tener un físico más fuerte, cargó con el cuerpo y lo esposó en el armario, pero siempre vistiendo una ropa que lo libraría de la sangre de la víctima: un impermeable del que no pudieron deshacerse y que dejaron también con las dos pistolas.

- ¡Podría no ser mío! –gritó el culpable, exasperado.

- Pero sí lo es, porque éste se enganchó en uno de los clavos salientes del interior del armario cuando esposó el cuerpo y se fue de allí apresurado, antes de que todos nosotros encontráramos a Zenko. Esa es la razón por la que no se ha cambiado de chaqueta desde el día del crimen: porque la manga de esta se manchó de sangre cuando el impermeable se rasgó, y si la analizan se podrá probar esto que yo digo.

Ryoji Matsumara mantuvo su mirada sobre el detective de Osaka durante tan solo unos segundos, pero al resto se les hicieron eternos.

- ¡No, nosotros no matamos a mi hijo Zenko! –se defendió Wazuka, sin dar muestras de pretender confesar.

- Dejémoslo ya…. madre… -masculló a su lado el pálido Ryoji.

- Pero… hijo, no podemos dejar que…

- No vale la pena continuar con esto –dijo apretando los puños, ante los atónitos espectadores de aquella amarga escena-. Sí, nosotros lo hicimos…

- ¡No! No, Ryoji…. ¡Calla!

- ¡Nosotros matamos a mi hermano, Zenko Matsumara! –confesó el hombre, atormentado- Lo hicimos por su hijo Akio¡no podíamos permitir que vendiera lo único que le pertenecía: el ajedrez de mi difunto padre!

- Ryoji… -murmuró su madre, contemplándolo apenada.

- ¡Sólo quería a su hijo por aquel endemoniado juego y la herencia, porque mi padre, Genjo, lo había hecho el mayor beneficiario de todas las tierras y bienes que le pertenecieron en vida! –contó el hombre- Sin embargo, Akio es menor de edad, y hasta que no cumpliese los dieciocho años Zenko era el apoderado de todo eso y podía hacer lo que le viniese en gana tanto con el ajedrez como con la herencia.

- Así es -corroboró Wazuka, con rabia- ¡no podíamos permitir que mi hijo Zenko le hiciese eso a Akio, se estaba aprovechando de él, robándole todo lo que tenía, incluida su infancia y su libertad!

- ¡Sólo ustedes le robaron lo más importante a la vida de Akio! –gritó furiosa alguien, dando un paso al frente- ¡SUS PROPIOS PADRES!

Y tras aquella afirmación, todos, incluso los dos culpables, enmudecieron paralizados. Kazuha Toyama había intervenido para chillar la mayor verdad de aquel terrible drama: el pequeño Akio había quedado huérfano, y por lo tanto, solo.

- Ka-Kazuha… -la llamó su amiga Ran, intentando tranquilizarla. Sin embargo, la muchacha estaba demasiado nerviosa:

- ¡Lo engañaron y le dieron aquella maldita partitura para que la tocara la noche en la que asesinaron a su padre, haciéndolo creer que él era el verdadero culpable de todo! –continuó gritando- No tienen ni idea… ¡NO TIENEN NI IDEA DE TODO LO QUE HA SUFRIDO AKIO¡Y como acabar con la vida de Zenko les parecía poco, también se encargaron de acabar con su madre Miya!

- Eso no es así, Kazuha –la hizo callar Hattori.

- ¿Cómo? –las palabras del chico parecieron enfurecerla mucho más- ¡Cómo puedes decir eso, sabes que ellos…!

- No mataron a Miya Inao –contestó con firmeza él-. Por favor, confía en mí, sé de lo que hablo, así que tranquilízate…

- P-pero… Heiji…

- El asesino de Miya no existía para ninguno de nosotros, al menos hasta hoy.

- No lo entiendo, Hattori¿qué intenta decirnos con eso? –preguntó Okubo, confundido.

Heiji miró a Conan, quien afirmó y caminó hacia el armario.

- Quiero decir, señor Okubo, en que ninguno de nosotros creíamos en la resurrección de los muertos…

Conan abrió la puerta del armario, revelando así a la persona que dentro de él había estado durante todo aquel tiempo: el supuestamente fallecido abuelo de Akio, Genjo Matsumara.

-… hasta hoy.


Nota de autora:

Ufff! Lo peor de los fics como este son las deducciones, se me hace tan complicado desarrollar la escena ú.ù, pero bueno... ya hice lo más difícil! El próximo capi vendrá cargadito de emociones, así que... hasta la próxima pues! Recuerden que hay un mago blanco escondidito por ahí ;-)

Gracias por todos sus reviews, son estupendos! n.n