When you're Gone (Avril Lavine)
En su primer día oficial en la Guardia Del Ejército, Oscar recibió al hombre que debía ser su mano derecha.
-Comandante, el regimiento se ha formado en el patio a espera de sus órdenes. ¿Podría iniciar la Revista?- habló el coronel Dagout.
Cuando ambos llegaron al patio principal, Oscar no podía creer lo que sus ojos veían: el lugar estaba totalmente vacío.
-¡¿Pero qué ha pasado?! Los soldados se encontraban aquí hace unos cuantos minutos– trató de justificar el coronel Dagout.
Antes de que Oscar pudiera replicar, ambos uniformados vieron a un alto soldado acercarse.
-Comandante, mis compañeros no desean presentar armas ante usted- dijo André de forma solemne apenas llegó junto a la comandante.
-¿Conoces tú la razón?– lo miró preocupada.
-No desean recibir órdenes de una comandante mujer- sostuvo su mirada tratando de mostrarle su preocupación -Si la revista queda cancelada, le ruego autorizarme para regresar a las barracas- finalizó al ver que ella no mostraba turbación alguna.
-Autorizado, es imposible realizar una revista con solo un guardia– se anticipó a contestar el coronel Dagout.
La comandante, esperó unos minutos después que André se retirara y caminó furiosa hacia las barracas. Al llegar, abrió la puerta sin aviso. Un puñal utilizado para jugar tiro al blanco prácticamente le rozó la mejilla.
-Le recomiendo golpear antes de entrar a la barraca– dijo altaneramente el soldado que había lanzado el arma.
Oscar tomó el puñal y se acercó con decisión. -¿Tocar antes de entrar? Sólo las personas educadas podrían pedir semejante cosa– dijo mientras enganchaba el puñal en el cinturón del militar –Y dudo mucho que una persona que no asiste a una revista de tropas pueda ser educada- miró con dureza a los hombres que estaban a su cargo -¡Pongan atención! ¡Reúnanse de inmediato en el patio del cuartel, voy a pasar revista!
-Nadie desea asistir a esa revista… ¿Por qué no regresa a la Guardia Imperial?– escuchó la voz de Alain desde su camarote. –Ninguno de los guardias de este regimiento quiere recibir órdenes de una mujer que nos impone el ejército.
-Si deseas decirme algo, abandona esa cama y dímelo de frente... ¡No estamos en un hospital!- contestó furiosa.
-Disculpe, comandante– se paró frente a ella desafiándola –Como usted sabrá, el Regimiento B es conocido por su violencia y le aseguro que no es nuestra intención ocasionarle daño alguno. Lo mejor es que se vaya.
-Ah, ¿sí? Les comunico a que a mí también me agrada la violencia - sonrió ella con ironía -¿Por qué no verificamos que tan violentos pueden llegar a ser? - André dio un paso adelante, Oscar lo detuvo con una seria mirada. -Se presentará en el patio todo aquel que piense que puede enfrentarse a mí, ustedes elegirán el tipo de arma- dio media vuelta y se retiró de la habitación.
Alain observó a André tomar una espada. –¿No me digas que también te enfrentarás a la comandante?
El hombre de ojos verdes no contestó.
-¡Alain, eres el mejor combatiendo. Nadie mejor que tú para representarnos!- gritó uno de los soldados.
-No tengo ninguna intención de combatir con una mujer, va en contra de mis principios– contestó el castaño mirando fijamente a André, vio que el recién llegado estaba saliendo de la barraca.
-¡No importa, seré yo quien enfrente a esa mujer!- habló un hombre que prácticamente duplicaba en tamaño a la comandante -¡Atención compañeros, reúnanse en el patio! ¡Le daremos una lección a esa aristócrata!
Ansiosa y expectante, Oscar esperó a quien se atreviera a desafiarla de pie en el patio bajo el sol. En cuanto vio que un grupo de hombre se acercaba, enderezó los hombros y gritó con decisión -¡Escuchen, si gano asistirán a la revista de tropas, si pierdo abandonaré mi puesto en este regimiento!- terminó de hablar rodeada por los soldados.
- Excelente idea– dijo su contrincante desenfundando su espada.
Lucharon fieramente. Oscar compensaba sin esfuerzo la diferencia de tamaño y fuerza, con agilidad. En un descuido de su contrincante, lo hirió en la mano provocando que éste soltara su espada después de sólo unos minutos de combate.
-Que te sirva de lección- la rubia enfundó su espada mientras lo miraba con altivez -¡Tienen diez minutos para presentarse a la revista!– le dijo al hombre que yacía en el suelo mientras le daba la espalda para retirarse.
-¡Nos la pagará! ¡Acaben con ella!– gritó uno de los soldados en un claro llamado a formar un motín.
André empuñó su espada pero alguien lo tomó firmemente del brazo, volteó a mirar. Vio a Alain. Antes de que pudiera hacer algo para que lo soltara, su amigo habló con fuerza para que todos lo escucharan.
–¡Esperen! ¡Un momento compañeros... cuando se promete algo se debe cumplir, debemos reconocer que nos venció, por lo tanto asistiremos a la revista de tropas!- se paró frente a Oscar y le dijo mirándola a los ojos -Sin embargo, debo decirle que no nos complace su nombramiento.
-Lo sé– contestó ella con tranquilidad.
-Estamos enlistados porque necesitamos la paga, necesitamos comer- la miró con dureza, desafiándola -No lo olvide comandante.
-Ve a alistarte para la revista, Soissons- le ordenó.
Al finalizar ese día, Oscar se retiró del cuartel sin atreverse a llamar a André, pues no quería ponerlo en evidencia.
-Adelante- contestó a los llamados en la puerta de su oficina a la mañana siguiente.
-Comandante ¿Me mandó a llamar?– dijo André cerrando la puerta tras de sí.
-André…- se acercó a él –No es buena idea que te hayas enlistado– tomó sus manos –Mi nombramiento no fue bien recibido, si se enteran de que trabajaste con mi familia o si llegan a sospechar de nuestra relación, podrían incluso matarte.
-Sé muy bien a lo que me enfrento, ayer vi como intentaron emboscarte- apretó sus manos –Dime, después de eso... ¿Cómo quieres que te deje sola?
-No me pasará nada, soy la comandante… además, soy noble y eso aún me otorga cierta protección- lo abrazó – Pero tú no, podrías morir en un enfrentamiento en las barracas, incluso en alguna operación de rutina– se separó de él inquieta y se acercó a la ventana –Cuando decidí dejar la Guardia Imperial y unirme a la Guardia del Ejército, lo hice para alejarme de Versalles y de mi padre, fue para que pudiéramos vivir juntos en otro lugar sin temer ser descubiertos en cualquier momento… no fue para que tú te expusieras a tantos peligros.
-No podría dejarte sola aquí. No importa lo que me ocurra, prefiero verte todos los días y saber que puedo protegerte– la tomó de los hombros haciendo que se girara para mirarlo –Debes estar tranquila... Sé cómo cuidarme, nadie es más peligrosa que tú de mal humor y con una espada... y eso ya sé cómo manejarlo– bromeó mientras la besaba en la frente -Debemos ser cuidadosos y debes tratarme como a cualquier otro de los hombres a tu cargo, no lo olvides.
-Lo sé– lo miró a los ojos y trató de sonreír. Después de unos segundos cambió el tema -La casa que alquilé estará lista a partir de la próxima semana, te esperaré ahí cuando estés fuera de servicio… ¿Irás?- lo miró ansiosa.
-Estar muerto sería la única razón para no ir– sonrió André con los ojos brillantes.
Con un millón de pensamientos arremolinándose en su cabeza, Oscar se concentró en tratar de leer el libro que sostenía en sus manos, aunque la verdad, es que las letras prácticamente bailaban ante sus ojos sin que ella pudiera nada por evitarlo. Cuando suaves golpes sonaron en su puerta, contestó completamente distraída. Un suave aroma a galletas y lino inundó su nariz, levantó la vista y miró a su querida nana. Dejó el libro sobre una mesita y la observó atenta.
-Mi niña- comenzó a hablar la mujer -Ya está casi todo listo para que pueda trasladarse a su nuevo domicilio.
-Gracias Nana, sabía que tú podrías ayudarme a organizar todo.
-Mi niña.. Hoy llegaron los muebles que usted encargó y se prepararon dos habitaciones principales…
-¿Hubo algún problema con eso?– Oscar trató de ocultar el temblor de sus manos, pues si bien no le ponía nerviosa hablar de eso, sí le incomodaba bastante.
-¿André vivirá ahí también?– preguntó la anciana mientras retorcía su delantal entre las manos.
-Sí. También vivirá ahí– la miró directamente a los ojos y añadió –Te recuerdo que él está viviendo en las barracas del cuartel mientras está de servicio... pero cuando esté de asueto, vivirá conmigo– sostuvo la mirada.
-Pero mi niña… Ustedes no pueden...
-Nana... - dijo en tono de advertencia, mientras se ponía de pie con seguridad -Si he tomado la decisión de alejarme de Versalles y de la casa de mi familia, es precisamente porque deseo vivir mi vida según mis convicciones y siguiendo mis sentimientos.
-Lo entiendo, pero…- la mujer se encontró con la segura mirada de la joven a quien había criado, se dio cuenta de que nada podría hacer para detener lo que ocurriría, por lo que calló y se retiró sin más que argumentar.
De esa forma, la menor de la casa Jarjayes se trasladó a su nueva morada y continuó desempeñando su papel de comandante de un ejército conformado por hombres del Tercer Estado. Llena de trabajo y tratando de acostumbrarse a su nueva vida, transcurrió más de un mes.
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André se detuvo unos segundos frente a la enorme puerta de la casa de ladrillos rojos que se erigía ante él. Mientras pensaba que era bastante particular la situación, pues estaba a punto de vivir en un lugar que si bien podría llamar su casa, no tenía nada de él más que su ropa, movió la cabeza divertido y se rascó la nuca. Oscar era avasalladora por naturaleza y crianza, y eso hacía imposible molestarse con ella, pues sabía no haberle pedido su opinión no era un signo de que no lo considerara, si no que era simplemente porque no lo creyó necesario. Suspiró. "¿Quién más que yo podría entenderla?" pensó levantando un brazo y golpeando la firme madera de la entrada.
-Buenas noches, señor– una muchacha pecosa y de cabello castaño cobrizo abrió la puerta principal -Mi nombre es Anne y estoy a vuestro servicio- dijo la chica de diecinueve años, extendió las manos -Permítame recibir sus cosas, por favor.
-Buenas noches... Por favor llámame André– contestó incómodo y entregando su bolso.
-¡André, llegaste!– Oscar bajó corriendo las escaleras y se lanzó a sus brazos -¡Por fin llegaste!
Olvidando su incomodidad inicial, André la besó apasionadamente. Si bien la veía a diario en el cuartel, actuaban prácticamente como dos desconocidos. Estaban más cerca que antes, pero al mismo tiempo más lejos. Ansioso por tocarla, la levantó en sus brazos sin dejar de besarla.
Oscar le envolvió la cintura con las piernas al tiempo que le murmuraba al oído –Llévame a nuestra habitación... Ahora- comenzó a reír -Está en el segundo piso...
André pensó que todo valía la pena sólo por oírla reír de esa forma. Comenzó a subir las escaleras con ella en brazos.
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-¿Cuántos días tienes fuera de servicio?- Oscar preguntó apoyando su mejilla sobre el pecho desnudo de André, le encantaba escuchar el latido de su corazón.
-Dagout me dio cinco días- contestó él mientras le acariciaba espalda.
Oscar levantó el rostro y lo besó –Hagamos que valgan la pena– rió cuando él la hizo rodar en la cama y se puso sobre ella.
-Como ordene, mi comandante– André comenzó a besarla desde el cuello hasta la punta de los pies.
-Espera... quizás debiéramos cenar... debes estar muerto de hambre- lo interrumpió.
-Créeme... entre comer y hacer esto- le mordisqueó suavemente la piel de la cadera -Podría morir de inanición.
Ambos comenzaron a reír.
Al otro día, Oscar despertó entrada la mañana. La luz que se colaba por la ventana indicaba que había amanecido hace horas, lo primero que vio al abrir los ojos fue el perfil de André. Sonrió emocionada. Despertar junto a él hacía que todo valiera la pena. Se levantó, arropó con una bata y bajó para pedirle a su doncella que llevara un mensaje al cuartel avisando que se ausentaría debido a reuniones en Versalles. Una vez realizado el trámite, fue a la cocina a pedir que les prepararan desayuno. Saludó gentilmente a la pequeña y humilde mujer que estaba frente a la estufa, pues dado que en ausencia de André pasaba muy poco tiempo en la casa, apenas conocía a la mujer que trabajaba para ella en la cocina y ese era el momento propicio para presentarse.
-Buenos días, Lady Oscar ¿En qué puedo ayudarla?- habló la cocinera.
-Lamento no habernos conocido antes– Oscar extendió la mano para saludarla –Perdone, su cara me parece conocida- la miró con curiosidad.
La mujer llevó la mano de su empleadora a sus labios y la besó con devoción, mientras rodaban un par de lágrimas por sus mejillas.
Oscar la tomó de los hombros. –Disculpe mi mala memoria... ¿Nos conocemos?- la observó atentamente.
-Nunca podría olvidar su rostro, Lady Oscar, usted trató de defender a mi hijo menor cuando fue asesinado por el duque De Germain- la mujer comenzó a llorar –Siempre estaré agradecida por la bondad que mostró con nosotros.
Oscar la miró impactada, pues pese a que eso había ocurrido hace muchos años aún recordaba el episodio con claridad. –Lamento mucho no haber podido hacer más por su pequeño niño- trató de consolarla.
-No tratarnos como basura, fue suficiente. Siempre contará con mi gratitud y la de mi hija, ella es la doncella que está a cargo de su casa.
-Agradezco sus palabras- dijo sonriendo -Pero... ¿Cuál es su nombre?, conozco el de Anne porque que la veo a diario pero aún desconozco el suyo...
-Me llamo Gabrielle.
-Mucho gusto, Gabrielle- la rubia caminó y se acercó a la mesa para sentarse, hizo un gesto con la mano para que la pequeña mujer se sentara frente a ella –Como ya se habrán dado cuenta, mi situación es bastante... particular, estaré sola la mayoría de los días pero cada cierto tiempo llegará André, a quien considero mi esposo y espero sea tratado de esa forma- abordó el tema directamente.
-Descuide Lady Oscar, usted puede contar con nuestra eterna gratitud y discreción- limpiándose las manos en su delantal y poniéndose de pie, la mujer continuó –Dígame ¿En qué puedo ayudarla?
-Quería pedir que nos lleven el desayuno a la recamara, por favor– sonrió tranquila.
-Enseguida milady- la cocinera hizo una reverencia y comenzó a preparar una bandeja.
Ese mismo día, mientras estaban en la biblioteca de la casa, Oscar le comunicó a André que la familia del niño asesinado frente a sus ojos en París eran quienes los ayudaban en la casa.
-Por supuesto que recuerdo cuando el duque de Germain asesinó a ese niño en París- André tomó un libro de la biblioteca de la casa –Es increíble lo pequeño que es el mundo.
-Ese no te gustará...- Oscar le quitó el libro de las manos -Así es, jamás habría imaginado volverla a ver– continuó con el tema de conversación.
-Y así dices que el desvergonzado soy yo...- André comenzó a reír -No quieres que lea sólo para que centre toda mi atención en ti- la besó en la punta de la nariz -Eres una pícara.
Oscar encogió los hombros y sonrió -Llévatelo a las barracas si quieres...- le entregó el libro y lo abrazó –¿Me acompañas a dar un paseo? Extraño mucho nuestras cabalgatas y conversaciones– sonrió con melancolía.
-Vamos– la besó dulcemente en los labios –Aún tenemos días juntos, no estés triste... mientras estés en el cuartel arreglaré el jardín y el establo, están hechos una calamidad- la besó otra vez -Y prometo esperarte cada noche listo y dispuesto, seré la mejor cena- guiñó un ojo traviesamente -En cuanto a mis próximos días libres, te los informaré con anticipación para que puedas hacerlos coincidir con los tuyos- la besó nuevamente.
-Nana sabe que vives aquí conmigo cuando no estás de servicio.
André resopló, pues sabía que eso iba a significar un problema -¿Cómo se enteró?
-Me preguntó después de ayudarme a alistar la casa y ver los dormitorios principales... Preferí decírselo abiertamente antes que llegara cualquier día tratando de dar una sorpresa para comprobar sus sospechas.
-Bueno... es mejor que lo sepa- suspiró resignado -Mañana la iré a visitar, no la veo desde que me enlisté. Parece mentira que ya hayan transcurrido casi dos meses desde la última vez que la vi.
Oscar rodeó el cuello de André con sus brazos -Salgamos antes de que anochezca… mañana puedes preocuparte de tu abuela.
El hombre asintió. Salieron de la casa riendo y tan abstraídos en competir, que no notaron que un soldado del regimiento, que también estaba de franco, los había visto a lo lejos.
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Después del tiempo de asueto, el soldado Grandier regresó a las barracas con total normalidad hasta que el hombre que se estaba convirtiendo en su mejor amigo, se acercó mientras patrullaban en el centro de París.
-Ten cuidado, te están vigilando– Alain arregló su gorra para disimular lo que estaba hablando.
-¿Qué? ¿A qué te refieres?- André lo miró sorprendido.
-Te vieron junto a la comandante cuando estuviste fuera de servicio– lo miró con disimulo –Ya se sabe que fuiste asistente de nuestra hermosa jefa durante años. Algunos incluso aseguran que eres el espía de esa mujer, otros dicen que eres su amante- bufó divertido -Como si alguna vez una aristócrata se atreviera a mirar a su lacayo- se burló -Sería conveniente que tuvieras cuidado al estar a solas– cuando vio que otro soldado se acercaba, fingió un ataque de tos para disimular y se alejó de André dando por terminada la conversación.
I Won't Give Up (Jason Mraz)
Las semanas transcurrieron transformándose en meses. Tiempo en el cual Oscar y André consiguieron complementar a la perfección el trabajo en la Guardia del Ejército con su vida de pareja.
-¡Detente ahí!- Oscar se levantó de la cama y se colocó una camisa de André para cubrir su desnudez.
-¿Y ahora qué hice?- preguntó sonriendo el aludido. Estaba sacando del armario su uniforme, ese día en la noche debía regresar a las barracas después de una semana de descanso. Era su cuarto periodo de asueto.
-Estás en un punto en el que te cortas el cabello nuevamente o lo atas- Oscar caminó hasta su peinador, abrió un cajón y sacó unas tijeras -Decide que quieres hacer- hizo chasquear las hojas.
-¡Hey!- André comenzó a reír -Controla esa arma porque me intimidas- se quitó la camisa y se sentó en una banqueta frente al espejo -Córtalo, por favor- le pidió -Estoy en tus manos.
Oscar se paró detrás de él y comenzó a recortarle el cabello. André aguantó la risa al ver como ella se ponía bizca mientras se mordía el labio inferior, lo invadió la ternura al darse cuenta de que ella hacía eso cada vez que estaba concentrada. Cuando la comandante terminó su tarea, le ordenó el cabello con las manos y sonrió.
-Quedaste perfecto- se inclinó y lo abrazó por los hombros -Te ves insoportablemente apuesto- le susurró en el oído. -¡Adelante!- gritó sin pensar cuando en ese momento golpearon a la puerta de la habitación.
Anne abrió, la muchacha bajó la vista de inmediato y completamente sonrojada al observar a Oscar vestida apenas con una camisa y a André, sólo llevando pantalones -Perdón... no quería interrumpir- se justificó.
-No interrumpes nada... ya habíamos terminado- contestó la rubia de forma tranquila.
Cuando André vio que la doncella se cubría las mejillas en un gesto contrariado aclaró -Oscar me estaba cortando el cabello- comenzó a reír al ver que la doncella sonreía y Oscar era la que estaba completamente colorada al darse cuenta de lo que Anne había entendido antes -Voy por una escoba- se colocó la camisa nuevamente.
-Es mejor que no...- interrumpió la doncella -El padre de Lady Oscar está en el vestíbulo esperando... no quiso pasar al salón.
-¿Mi padre?- preguntó asustada y comenzó a buscar unos pantalones -Dile que bajo de inmediato por favor.
Apenas Anne salió de la habitación Oscar comenzó a vestirse.
-Llévalo al salón y yo saldré por la puerta de atrás- le dijo André mientras la besaba -Tranquila... no se dará cuenta, te veo mañana en el cuartel- se despidió.
Oscar asintió y salió de la habitación apenas estuvo lista. Grande fue su sorpresa al percatarse que su padre no quería nada en particular y sólo la había visitado para saludarla. Con esfuerzo logró distraerlo para que el joven de cabello negro caminara en punta de pies hasta la cocina y pudiera salir por la puerta de servicio.
Al otro día, mientras André caminaba de regreso a las barracas al finalizar su guardia de noche, fue acorralado por algunos soldados. Había olvidado por completo la advertencia de Alain con el transcurso de las semanas ya que no encontraba razón para preocuparse, pues en los meses transcurridos había logrado acoplarse perfectamente al ritmo del ejército y ya había dado por superado cualquier problema.
-¿Será un buen momento para que charle contigo?- preguntó un soldado cerrándole el paso.
-¿Conmigo?- André miró extrañado al hombre que lo miraba amenazante.
-Tengo entendido que servías como criado a la comandante, eres un miserable, ¡Me molesta tener frente a mí a uno lacayo de esos malditos nobles!- el militar que lo interpelaba lo tomó violentamente de la chaqueta.
-¡No creo que sea sólo un asqueroso lacayo, es probable que sea un espía que le cuenta todo lo que sucede al interior de las barracas!- gritó otro hombre mientras se acercaba.
Segundos antes de recibir el primer golpe, André recordó la advertencia de Alain, pero ya era demasiado tarde. Cayó al suelo semi aturdido.
-¿Serías tan amable de acompañarnos a la bodega?- comenzaron a arrastrarlo entre varios.
-Vas a arrepentirte de ser un traidor- dijo alguien pateándolo en las costillas mientras estaba en el suelo del sucio almacén.
André, respirando con dificultad debido al dolor que sentía en los costados y pecho, se esforzó en erguirse -Me parece interesante lo que plantean... pero lo único que han provocado es que me enfurezca y me enfrente a todos ustedes. ¿Eso es lo que quieren o me equivoco?- se puso de pie con esfuerzo y tomó uno de los fusiles de reserva -Sí, fui su sirviente… Y eso no es de incumbencia de ninguno de ustedes- golpeó sin dudar al soldado que estaba frente a él.
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Alain vio como un soldado atravesaba violentamente una de las ventanas de la bodega del armamento, cayendo violentamente al patio. Pese a la distancia escuchó gritos desde el interior, corrió a ver qué es lo que pasaba. Cuando llegó, cinco soldados salían del almacenamiento.
-¿Qué pasa compañeros?- los miró severamente -Sería conveniente que, como líder de este grupo, me informaran con anticipación lo que piensan hacer en su tiempo libre.
-Disculpa Alain, no quisimos faltarte el respeto, fue una pelea insignificante- trató de justificarse uno de los soldados -Te lo puedo jurar.
-¿Así que una pelea insignificante? No fue una pelea limpia, se aprovecharon porque fueron cinco contra uno- contestó molesto y sacando un puñal de la manga de su chaqueta.
-Alain, por favor... No sucederá otra vez- replicó temeroso el líder del grupo que había golpeado a André.
-¿No estaban enterados de que ese joven recién llegado, además de ser mi compañero es un gran amigo?- tomó a uno de los hombres de la chaqueta -¡Salgan de aquí, tropa de cobardes!
Todos los que estaban observando, se retiraron rápidamente al ver que la comandante se acercaba alertada por el alboroto. Alain entró al almacén y vio a André en suelo casi inconsciente. Lo ayudó a sentarse.
–Tranquilo, ya se fueron… Debes ser valiente amigo, estas cosas pasan en el ejército.
-Lo sé, Alain- el joven de ojos verdes levantó la vista y vio a Oscar de pie en la puerta. Los nudillos de la mujer estaban blancos debido al esfuerzo que hacía para controlarse y no correr hacia él. La miró e hizo un gesto apenas perceptible para indicarle que estaba bien. Trató de ponerse de pie pero no le fue posible, lo habían golpeado con saña.
Oscar no aguantó más y dio un paso, las suelas de sus botas sonaron en el sucio piso.
Alain volteó a mirarla -Comandante…- notó extrañado que el rostro de Oscar no era más que una mueca de terror, miró rápidamente a su amigo y reparó en que sus ojos estaban más preocupados por ella que por él mismo, le extrañó la particular relación que mostraban, era demasiado cercana para su gusto –Ya entiendo... Al fin he comprendido…- miró con lástima a André y agregó -¿A quién se le ocurre enamorarse de una mujer vestida de hombre…?- volteó a mirar a Oscar de forma dura -Comandante, será mejor que se encargue de atender al herido, este hombre la ama tanto que arriesgó su vida por usted- se puso de pié dejando a André en el suelo –Los dejaré solos- salió cerrando la puerta de la bodega.
Oscar corrió hacia André -Dame los nombres de quienes te golpearon y los castigaré- exigió mientras trataba de limpiar con su pañuelo la sangre del rostro de su amado.
-Tranquilízate, estoy bien- la tomó de la mano tratando de calmarla –No puedes perder la compostura, debes tratarme como a cualquier otro soldado, recuérdalo.
-Sabía que esto sería peligroso- lo ayudó a ponerse de pie -Te llevaré al hospital.
-No es necesario- emitió un quejido al enderezarse -Dame un par de días de descanso y estaré bien.
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-¿Dónde está André?- Oscar preguntó a la doncella en cuanto entró a la casa.
-Está descansando en la habitación milady– Anne recibió las cosas que su señora le entregaba.
Subió corriendo las escaleras, abrió la puerta de golpe y vio a André recostado. El hombre se puso de pie apenas la vio. Ella se acercó y lo abrazó con fuerza -Te lo dije… Podrían haberte matado y todo porque te empeñas en estar en donde no deberías.
-Oscar mi amor, no me aprietes tanto… Mis costillas no lo resisten- bromeó tranquilizándola.
-Déjame revisarte- le desabrochó la camisa, deslizó sus dedos por cada uno de los moretones que tenía en el torso -¿Mandaste a buscar al doctor Lassone?- lo miró preocupada.
-No es necesario, no están rotas... son sólo golpes- acarició una de sus mejillas -Con un poco de descanso estaré bien- la besó en la frente.
-André no puedo dejar esto así, debo amonestar a quienes te emboscaron, esta no es una actitud digna de un militar.
-Mi amor, esto no es la Guardia Imperial, no puedes esperar el comportamiento al que estás acostumbrada de los soldados de la Guardia del Ejército- se sentó en la cama e hizo un gesto con la mano para invitarla a sentarse junto a él –Debes dejar esto así. No volveré a tener problemas después de hoy, créeme.
Oscar asintió en silencio. Esa noche, permaneció todo el tiempo en una inquieta duermevela vigilando el sueño de André. Por la mañana, se levantó sin despertarlo y esperando que el reposo le ayudara a recuperarse, se dirigió al cuartel. Apenas llegó a su despacho alguien tocó a la puerta.
-Adelante- contestó.
-¡Buenos días, comandante!- la saludó ruidosamente Alain -¿Me permite preguntarle por la salud de André?
-¿Qué quieres decir?... ¿Por qué me preguntas por su salud?- contestó tratando de parecer desconcertada ante esa pregunta tan personal.
-Por nada en particular, comandante- contestó el soldado sin ocultar una amplia sonrisa –¿Permiso para retirarme?
-Concedido.
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El día en que André retornaba a las barracas se fueron por separado procurando llegar por caminos diferentes. Después de una semana, Oscar comprobó que André tenía razón, posterior del altercado en la bodega no lo habían vuelto a molestar.
-General Bouillé buenos días, no esperaba su visita- Oscar saludó a su superior sorprendida al entrar a su oficina y verlo sentado en su escritorio -No había tenido oportunidad de disculparme con usted por lo ocurrido meses atrás en su casa...
-Ya olvidé lo sucedido en la fiesta, he sido amigo de tu padre durante años y sé que no fue tu intención faltarme el respeto.
-Es usted muy amable, general- respondió Oscar con alivio.
-Hace más de seis meses que estás a cargo de este regimiento y pese a que enfrentaste serias dificultades al inicio, quiero felicitarte por haber logrado que tus hombres hayan cambiado de actitud. Gracias a tu desempeño, el regimiento ha mejorado en la calidad de su cometido profesional.
-Muchas gracias por sus palabras, general.
-Es por ello que he venido a ofrecerte una misión especial. Supongo que estás en conocimiento de que la próxima semana el príncipe Aldelos de España y su familia, realizarán una visita de buena voluntad a nuestro país. Tenemos informes de que un grupo de terroristas están planeando asesinar al príncipe con el fin de manchar el nombre de nuestros soberanos ante los países europeos. Quisiera que tus guardias del ejército se encargaran de vigilar y proteger a nuestros invitados.
-Discúlpeme usted, pero me permito recordarle que abandoné mi puesto en la Guardia Imperial.
-Lo sé, pero me he basado en tu intachable carrera, tu liderazgo y tu gran habilidad como estratega para encomendarte esta misión. Este regimiento está capacitado para trabajar en coordinación con la Guardia Imperial en la protección de nuestros visitantes. Te pido aceptes esta misión- insistió la autoridad máxima de las fuerzas militares francesas.
-Como usted ordene, general Bouillé- contestó resignada, pues sabía que si bien no había tenido mayores problemas en comandar a su rebelde destacamento, tampoco sería fácil que sus subalternos aceptaran una misión destinada a la protección de un noble extranjero. Tenía que pensar muy bien cómo plantear la delicada situación.
Durante ese mismo día, decidió enfrentar el problema y se apersonó en las barracas.
-Para la próxima semana se nos ha encomendado una misión de suma importancia basándose únicamente en nuestra excelencia como regimiento, por lo tanto, espero estén todos a la altura de situación- Oscar habló con determinación mientras caminaba frente a sus subordinados -Lasalle ¿Dónde está tu fusil? ¿Por qué no pasas revista con tu fusil?- se detuvo delante de un soldado.
-No lo sé comandante, creo que lo perdí- contestó el rubicundo militar.
-¿En dónde lo perdiste?- insistió.
-No lo sé comandante, no recuerdo cuándo ni cómo pude haberlo perdido- contestó el pequeño hombre completamente nervioso.
-Lasalle, esto es muy grave... No puedes contestar así cuando te pregunto por un fusil que te fue encomendado por el ejército- lo miró con reprobación –Cuando un soldado pierde un fusil sin que medie una razón de peso, se expone a un castigo corporal o incluso podría ser sentenciado a cadena perpetua.
-No importa comandante, con gusto aceptaré el castigo que se me imponga- contestó nervioso mientras evitaba mirarla a los ojos.
-Coronel Dagout, entregue al soldado Lasalle un fusil de reserva. Dígale al encargado que yo lo autoricé- ordenó y dio por zanjado el tema. No era momento para insistir con algo que podría caldear los ánimos.
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A la mañana siguiente, Oscar abrió los ojos con esfuerzo, desde hace más de una semana sentía dificultad para levantarse al amanecer, no podía explicarse por qué tenía tanto sueño. Se levantó perezosamente y bajó a desayunar.
-Lady Oscar ¿No va a comer? ¡Alguien con su nivel de actividad necesita algo más que un té!- dijo Anne al ver que una vez más su señora no había probado bocado.
-No gracias, no me apetece comer… Es probable que el exceso de trabajo me esté pasando la cuenta- se puso de pie, era hora de marcharse hacia el cuartel.
La doncella la miró muy seria –Milady… ¿Desde hace cuánto se siente así?
-No lo sé, un par de semanas quizás, no debe ser nada de cuidado... es posible que me vaya a resfriar... no te preocupes- salió de la casa rumbo a la caballeriza.
Al llegar a su oficina, fue interrumpida casi de inmediato por su mano derecha.
-¿Alguna novedad, coronel Dagout?- preguntó sin despegar la vista de los documentos que estaba revisando.
-Sí comandante, anoche visitó el cuartel la Policía Militar.
-¿La Policía Militar? ¿Informaron la razón de la visita?- lo miró preocupada.
-Sí, fue encontrado en una casa de empeño en los barrios bajos de París un fusil del ejército. Revisaron el número de inscripción y correspondía a los entregados a éste destacamento, nos encomendaron averiguar a qué guardia se le había asignado el rifle empeñado.
–Muchos fusiles se han perdido en este regimiento, será imposible determinar a quién pertenecía- cortó el tema, pues supo de inmediato a quién pertenecía el arma y ella no lo denunciaría.
-Como usted diga, comandante.
-Coronel, ¿Podría hacerme el favor de decirle al soldado Grandier que venga?
-En seguida, comandante.
A los pocos minutos, André llegó presuroso. Oscar se acercó a él y sin poder evitarlo lo abrazó.
–Te he extrañado- tomó su rostro entre sus manos y lo besó en los labios.
André la tomó en sus brazos, respondiendo su caricia con ansias –Seguramente estaré libre nuevamente en un par de semanas- le susurró al oído.
-Estas semanas se me han hecho eternas, la casa se siente tan vacía sin ti- sonrió cuando André la levantó un poco del suelo -Tengo que preguntarte algo... El soldado Lasalle, ¿Qué impresión tienes de él?
-Es un buen muchacho, se enlistó para ayudar a su madre y hermanas ¿Por qué me preguntas eso?- la depositó con cuidado en el suelo –Estás más delgada ¿Te has alimentando bien?- la miró preocupado.
-Sí, sólo es exceso de trabajo- contestó tranquila y se sentó frente a su escritorio –Dagout me informó que anoche vino la Policía Militar, encontraron un fusil empeñado en París... creo que es el de Lasalle.
-¡No podemos dejar que lo descubran! Si es de él, te aseguro que tuvo razones de peso para haber hecho eso... Si es descubierto lo fusilarán- contestó con vehemencia.
-Lo sé, esperemos que la investigación no trascienda... al menos le resté importancia frente a Dagout.
El resto del día transcurrió en calma. Debido a que llovía copiosamente sobre París, y pese a que ya había oscurecido, Oscar decidió esperar que el clima mejorara un poco para retirarse, pues no quería exponerse a enfermar debido lo débil que se sentía. Aprovechando el tiempo extra, comenzó a escribir el reporte de los últimos patrullajes hasta que escuchó fuertes golpes en la puerta de su despacho.
-Adelante- contestó mientras se masajeaba suavemente las sienes, estaba con un profundo dolor de cabeza.
Alain entró a su despacho sin saludar.
-¿Acaso sucede algo grave?- se puso de pie alarmada.
-¿A qué se debe su pregunta, comandante?– la voz del Teniente sonó dura.
-Por la expresión de tu rostro.
-Acompáñeme comandante, nos esperan en el patio- le dijo con los dientes apretados.
-¿Por qué no hablas con más claridad? Dime qué ha sucedido de una buena vez- lo miró molesta, no le gustaba el tono que estaba empleando con ella.
-Miembros de la Policía Militar acaban de marcharse, detuvieron a Lasalle.
-¿Qué dices?- Oscar se apoyó en la mesa, sintió que perdía el equilibrio.
-Usted, nuestra respetada comandante delató a uno de sus guardias- Alain la miró con desprecio.
-Yo nunca…- una inesperada y fuerte bofetada le cruzó el rostro impidiéndole terminar de hablar. La mejilla le palpitó dolorosamente.
-¡Le dije que nos están esperando!- Alain la tomó de un brazo, aprovechando su fuerza y superioridad física la llevó prácticamente a rastras hasta el patio principal. En cuanto llegaron al lugar donde ya se encontraban todos los soldados, la soltó bruscamente provocando que cayera en el suelo mojado.-¡Me avergüenza haber pensado que usted llegaría a ser una mujer honesta!- la voz y mirada de Alain estaban cargadas de furia y desprecio.
-¡Oscar!- gritó André mientras corría hacia ella -¡Alain déjala, es imposible que haya hecho lo que dices… la conozco bien!
-¡No te metas, esto no es asunto tuyo!- contestó furioso a su amigo.
André se abrió paso a empujones hasta casi llegar junto a ellos, se detuvo cuando sintió que la punta de un puñal le presionaba el cuello.
-Si te mueves te mato, maldito lacayo- gruñó un soldado.
-Es preciso que me crean, nunca he dicho una palabra acerca de Lasalle a la Policía Militar- Oscar se puso de pie, sentía su corazón latiendo rápido contra el pecho.
-No nos engañará. ¿Por qué habríamos de creer en su palabra?... ¡Van a ejecutar a Lasalle frente a un pelotón de fusilamiento!- Alain arrojó una espada a sus pies –Dicen que usted es buena con la espada, demuéstrelo, comandante- Oscar dudo en tomar la espada.-¡Defiéndete!... ¡Jamás podré perdonarte esta traición!- insistió el enorme hombre de ojos castaños.
-Creo que ya no hay nada más que pueda decirte, Alain- contestó resignada tomando la espada del suelo y lo miró dolida.
El alto y fuerte soldado desenvainó su espada, atacándola con fuerza y destreza. Oscar reaccionó y evadió cada estocada, entrecerró sus párpados para evitar que la lluvia perjudicara su visión y lo atacó con rapidez. Lucharon fieramente, ella repelió cada golpe con gran habilidad y, en un movimiento muchas veces ejecutado, quebró con un certero estacazo la espada de Alain.
-Ríndete, no puedes pelear con una espada rota- le dijo jadeando por el esfuerzo.
-A partir de este momento, te voy a enseñar lo que es pelear con la fuerza de un hombre- la miró furioso.
La lluvia continuaba copiosa y fría, cada gota, sumada al cansancio, dificultaba la visión de ambos. Inesperadamente, Alain golpeó la mano derecha de Oscar con la espada rota y con la vaina, que aún mantenía en la mano, le pegó en el estómago. La comandante de la Guardia del Ejército Francés cayó de rodillas perdiendo la respiración por un momento, su espada cayó pesadamente al suelo. El golpe en su mano la había obligado a dejar caer su arma.
-¡¿Qué esperas?!
-¡Acaba con ella!
-¡Alain, acaba con ella de una vez!
Varios soldados comenzaron a gritar desde la multitud. Alain recogió la espada de Oscar y se la lanzó. Ella la recibió en el aire con la mano que no había sido golpeada.
-¡Sus manos aún tiemblan, mátala!- los gritos continuaron.
-¡Acaba con ella de una vez!
-¡Basta! ¡Está pelea se terminó!- Alain se abrió la chaqueta –Y debo decir que perdí- mostró que estaba herido, un hilo de sangre manchaba su vieja camisa.
Oscar trató de ponerse de pie, pero un dolor persistente en el estómago se lo impidió. Mientras miraba al teniente, molesta por su desconfianza y dolida por la infame acusación, se concentró en respirar profundo para recobrar las fuerzas que la habían abandonado.
-Te pido que reconsideres tus actos antes de jugar a la comandante y delatar a uno de tus hombres para quedar bien con tus superiores. Lasalle no es el único que ha vendido su fusil para alimentar a su familia, casi todos hemos hecho lo mismo- la mirada de Alain estaba llena de desprecio y su voz temblaba por la ira que aún lo cegaba -Incluso, hemos vendido hasta el uniforme porque con la paga no nos alcanza para comer. Nunca podrías entendernos, sólo somos hombres que pasamos penurias gracias a la mala paga que nos da el Estado- terminó de hablar y sin volver a mirarla se marchó hacia las barracas.
Oscar continuó en el suelo. El grupo de soldados comenzó a dispersarse siguiendo a Alain.
André golpeó a quien lo tenía sujeto del cuello y un hilo de sangre se deslizó por la tela de su chaqueta. Corrió hacia su mujer.
-¿Estás bien?– preguntó alarmado llegando su lado y verla aún sentada en el suelo –¿Puedes levantarte?- pasó uno de los delgados brazos de Oscar sobre su hombro y, tomándola de la cintura, la ayudó a ponerse de pie.
-Sí… Sí, puedo- dijo ella en un murmullo. Caminaron lentamente hasta su oficina, al cerrar la puerta sin poder resistir más se desmayó.
André la tomó en sus brazos y la llevó a la pequeña recamara disponible en su despacho. Cambió nervioso sus ropas mojadas por una muda seca que encontró en el armario y la acostó, estaba fría como la nieve. La abrigó con las mantas.
-Oscar… mi amor, reacciona- dio suaves golpes en sus mejillas.
Después de unos minutos, la comandante despertó asustada. –¿Qué me pasó?– trató de incorporarse pero un repentino mareo la detuvo, debió recostarse nuevamente -¡Tú uniforme está manchado con sangre!- tocó el cuello de la chaqueta de André.
-Es sólo un rasguño, no te preocupes– se limpió con un pañuelo -¿Qué es lo que te pasa? ¿Por qué estás tan débil?- acarició su rostro –Te he visto pelear combates muchos más largos sin perder el aire ni agitarte.
-No sé, quizás estoy resfriada- se sentó lentamente en la cama –André debes creerme, jamás habría delatado a Lasalle- trató de ponerse de pie una vez más.
-Lo sé, no tienes que convencerme…. Por favor recuéstate y descansa- insistió haciendo que se volviera a acostar –Los soldados aún están muy alterados, me quedaré aquí acompañándote.
-¡No! Lo verán como una deslealtad- su voz tembló de miedo por André.
-Mi lealtad principal es contigo- la besó en la frente, la tomó de la mano y acarició su cabello hasta que se quedó dormida.
-o-
-¿Dónde estabas?– preguntó André al siguiente día –Estuviste prácticamente todo el día fuera- se acercó apenas cerró la puerta de la oficina.
-Fui a entrevistarme con el general Bouillé, le supliqué interceder por Lasalle, me aproveché de que se nos ha encomendado una importante misión para los próximos días. Le expliqué que el Regimiento de la Guardia Del Ejército es reacio a la protección de nobles y que ayudar a este guardia caído en desgracia, sería una señal de buena voluntad para con ellos– Oscar se quitó los guantes y los puso sobre el escritorio.
-Me parece una jugada muy astuta ¿Cómo crees que salió todo?- la miró lleno de admiración.
-Perfecto. En cualquier momento llegará Lasalle, todos los cargos serán retirados– sonrió resplandeciente.
-Hoy debes ir a casa, debes descansar antes de que salgamos de campaña en un par de días- la tomó de la mano, notó su piel fría -Vamos, te acompañaré a tu caballo- trató de sonreír pese a que le preocupaba verla tan fatigada.
-Sí, tienes razón... No me he sentido muy bien- Oscar respiró profundo, soltó su mano y comenzó a caminar.
-¡Comandante!- Alain se acercó corriendo antes de que saliera del cuartel.
-Dime- contestó tranquila y desde su montura.
-Lasalle acaba de llegar… nos ha informado que utilizando sus influencias, usted intercedió por él ante la Policía Militar.
-Así es- la rubia mujer lo miró con calma.
-Le pido disculpas por el malentendido de ayer- el teniente extendió una mano en señal de paz. Oscar estrechó su mano, pero no emitió comentario alguno. -Ahora puedo vender mi fusil, ya que sé que me ayudará– bromeó Alain soltando la delicada mano que aún sostenía entre las suyas.
-¿En realidad crees eso?- sin decirle nada más Oscar espoleó su caballo y se marchó, no sin antes mirar a André y guiñarle un ojo disimuladamente.
–Nunca más en tu vida te atrevas a ponerle un dedo encima. ¿Me escuchaste? ¡Nunca más!- rugió André con la mirada llena de ira mientras tomaba con fuerza la chaqueta de su amigo.
-No te enfades amigo… mensaje recibido- Alain forcejeó hasta conseguir que su amigo lo soltara.
-o-
Oscar escuchó suaves golpes en la puerta de su habitación, despertó completamente desorientada. Miró hacia la ventana, nuevamente se había quedado dormida.-Adelante- contestó sentándose en el lecho. Estiró los brazos tratando de desperezarse.
-Buenos días milady- la saludó amablemente Gabrielle.
-Buenos días… ¿Le ocurrió algo a Anne?- preguntó alarmada al no ver a su doncella como todos los días.
-No, no se preocupe- la cocinera sonrió tranquilizándola -Es sólo que ella me comentó que usted no estaba desayunando como de costumbre, así que quise probar una nueva receta para ver si le apetecía- colocó una bandeja con un recipiente lleno de caldo sobre sus piernas –Si usted sigue adelgazando, puede enfermar y el señor André se va a preocupar- le entregó una cuchara incitándola a comer.
-Huele delicioso…- trató de sonar amable, aunque, al igual que los días anteriores, no tenía apetito.
-Lady Oscar ¿Puedo hacerle una pregunta?
-Por supuesto- contestó mientras probaba la sopa. Cerró los ojos extasiada. La sopa estaba deliciosa.
-¿Ha considerado la posibilidad de que pueda estar embarazada?
Oscar soltó la cuchara haciéndola caer estrepitosamente sobre la bandeja y miró a su cocinera perpleja -¿Por qué me preguntas eso?- sacudió la cabeza tratando de despejarla.
Gabrielle acercó una silla para sentarse junto a ella, tomó una de sus manos e insistió –Su falta de apetito en las mañanas, su delgadez repentina, el extraño cansancio que siente y el aumento de las horas que duerme, son claros síntomas de que podría estar embarazada... ¿Se ha desmayado?
La comandante recordó la repentina fatiga y desmayo que sufrió después del duelo con Alain –Sí, hace dos días me desmayé- contestó mientras la miraba con los ojos tan abiertos que parecía que en cualquier momento saldrían de sus órbitas. –Dios mío, qué voy a hacer…- dijo desesperada mientras se llevaba las manos al rostro, comenzó a temblar.
Gabrielle retiró la bandeja de la cama y se sentó más cerca de ella –Milady tranquilícese, es algo muy natural en una mujer… casada.
-¡Sabes que no estoy realmente casada, sabes que no nos podemos casar porque André no es noble como yo… y yo, yo trabajo en el ejército…!- contestó violentamente y se llevó las manos al rostro nuevamente –Dios mío, qué vamos a hacer…- sintió náuseas.
-Lo primero, es decírselo al señor- la cocinera se puso de pie y le acarició los delgados hombros, al ver que Oscar no quería seguir hablando salió en silencio de la habitación.
Oscar se levantó, se acercó al peinador y miró su reflejo en el espejo mientras hablaba consigo misma.
-No, no puedo estar embarazada- tocó su plano vientre y comenzó a reír nerviosa –Es imposible que esté embarazada- repitió tratando de convencerse. Se vistió rápido y partió a todo galope al cuartel, tenía muchas cosas que alistar considerando que al día siguiente saldrían en la misión encomendada por el general Bouillé.
¿Qué creen que pasará?... o ¿Qué les gustaría que pasará? Cuéntenmelo en un review!
