La música, los cánticos y los bailes pronto inundaron toda la atmósfera nocturna. Lucian, secretamente, solo pudo confiar en que esas melodías levantaran los ánimos de Senna, que desde siempre disfrutaba la música de todas las clases. Sin separarse mucho del otro, los Centinelas de la Luz contemplaban la escena como espectadores, invitados a ese escenario, procurando pasar el mejor rato posible en compañía de aquellas honradas gentes. De alguna forma, cualquier cosa que no fuera el fragor de la batalla les suponía un descanso en su Estado de Patrulla, que probablemente iba a terminar de forma inminente.

—Esto, Lucian...lo llamó ella, con voz pausada y relajada.Me apetece ir a escuchar más de cerca, ¿quieres venir?

—Claro, cariño, enseguida vengo contigo, descuida.respondió el susodicho.Solo déjame ir a por algo de beber, pero enseguida estoy aquí. Anda, ve, procura abstraerte un poco, te vendrá bien.

—Está bien. Pues en un ratito te veo, supongo.

Mientras Lucian fue a por un vaso de agua, Senna dio una vuelta por la plaza principal, cerca de los cantores que entonaban sus melodías por la zona. Toda la aldea irradiaba felicidad y belleza por los cuatro costados, y aquello era gracias a que el mal que había osado amenazar todo eso había desaparecido. Con el ritmo de la música muy presente, la mujer esbozó una sonrisa por lo bajo, feliz de que sus esfuerzos hubieran contribuido a la bonanza que se había implantado en el lugar.

No tardó en sentir, no obstante, un vacío en su interior. Que predominara el bien la ponía contenta, y sin embargo, la oscuridad de la noche le presagiaba que el mal siempre iba a estar al acecho, preparado para hacer de las suyas, echando todo aquello por tierra. Así como el mal nunca descansa, no estaba dispuesto a conceder un solo respiro a aquellos que lo combatían. Sus vidas, y todo cuanto pudiera iluminarlas, no era más que un mero sacrificio.

Alzando la mirada verdosa hacia la luna, que la iluminaba con una falsa luz que no le pertenecía, Senna imaginó que todo en cuanto ella creía brillaba, si bien ocultaba algún engaño, al igual que el satélite tomaba prestada una luz que no era suya y cambiaba de forma constantemente. Toda luz conlleva una sombra colateral, como la que de repente oscureció el semblante de la Centinela apesadumbrada. Se avergonzó de su debilidad, de haber sido capaz de dejar que la duda penetrase en su interior.

Con la cabeza gacha, Senna se dio la vuelta y sus pasos buscaron desesperados una salida, ya que de pronto todo se tornó agobiante. Buscó el bosque a su alrededor, por el que había llegado esa misma mañana, ávida de ayudar y de hacer el bien. Deshizo el camino de la jornada y se dispuso a adentrarse en la espesura del bosque, sin más iluminación que el reflejo de su mirada húmeda.

—¡Señorita Senna, es usted!

—¿Ya se marcha?

Aquellas vocecillas familiares la interrumpieron. Los dos hermanos a los que había contribuido a salvar se cruzaron en su camino, curiosos de verla sola, dispuesta a irse.

—Sí, chicos, así es. Me… Me encuentro algo cansada, y además… Es probable que pronto me vea en mi siguiente misión, por lo que me conviene estar repuesta.

Todo lo que había dicho era verdad… Si bien una verdad a medias.

—¡Ya veo! Usted trabaja duro para protegernos a todos, ¡deberíamos estarle agradecidos!

—Descanse mucho, y cuídese, señorita Senna. En nombre de todos, ¡le deseamos lo mejor!

—Gracias, pequeños. Yo… Haré cuanto pueda.alcanzó a decir, con la voz trémula.Yo también os mando mis mejores deseos. ¡Hasta la vista!

Y sin más palabras, Senna se despidió y prosiguió su camino. Miles de pensamientos se agolparon tanto en su mente como en su corazón. Esto provocó que sus pasos se hicieran cada vez más rápido, hasta alcanzar por fin aquel lugar al que, aunque de manera provisional, podía considerar su hogar.

No se molestó siquiera en iluminar la casa, desde ninguna estancia. En vez de eso, entró lánguidamente en el dormitorio que compartía con su amado, algo patas arriba dado lo apresurado de su última visita. Frente a la ventana, Senna, más en calidad de mujer humana que de su cargo de Centinela de la Luz, se sentó en el borde de la cama, observando algunas prendas que yacían en el suelo.

—E-esto… Esto es…

Y de repente, se halló con su vestido de novia en la mano. Más bien, lo que había quedado de él: la pura tela blanca ya no eran más que harapos desgarrados, con todos sus adornos deshilachados y cubierta de manchas de barro y sangre. La prenda era comparable a la ilusión que Senna había puesto sobre esa celebración tan importante para ella. Descompuesta, rota. Sacrificada por una causa mayor.

La lluvia comenzó a caer, empañándolo todo. Se resistía a aparecer, pero finalmente arreció, primero lentamente para irse volviendo más y más copiosa. Y no solo se desató en el exterior.

Fuera como fuese, cualquiera de esos dos tipos de lluvia era suficiente para poner en alerta a Lucian, que, todavía rondando por la aldea, vio que era un buen aliciente para despedirse y retirarse junto a su amada para reposar un poco. Rápidamente, regresó hacia el punto de encuentro que habían acordado, para percatarse de que no estaba allí, ni tampoco en las inmediaciones.

Extrañado, recorrió los alrededores en busca de Senna, pensando que quizá algo habría llamado su atención. Sus pesquisas, no obstante, no dieron resultado, hasta que él también se topó con los dos hijos del jefe de la aldea, como siempre, contentos de verle.

—Chicos, ¿por casualidad habéis visto a Senna? Hace un rato que la busco, y no la encuentro. Pensé que se había quedado por aquí…

—¿La señorita Senna, dice? ¡Claro! Hace un ratito que nos cruzamos con ella por aquí.

—Dijo que estaba cansada y se retiraba a descansar, y se despidió de nosotros. ¿No le dijo nada a usted, señor Lucian?

Aquello tranquilizó un poco al susodicho: por lo menos, ya conocía su paradero. El motivo de su desplazamiento, sin embargo, todavía le tenía un poco preocupado.

—Gracias, chicos, iré con ella. Cuidaos mucho el uno del otro, ¡adiós!

Y así el Centinela de la Luz, procurando cubrirse de la lluvia, se adentró en el bosque, siguiendo los pasos que sabía a ciencia cierta que había tomado su compañera. Sin apartarla de sus pensamientos, llegó también al hogar que compartían, para encontrarlo completamente a oscuras. Un escalofrío le recorrió el espinazo.

—¿Senna?la llamó Lucian, avanzando por el pasillo.

Adivinó que estaría en el cuarto de ambos, ya que era adonde solía ir nada más entrar en la casa. Pensó, incluso, que la encontraría acostada, pues podría haberse quedado dormida. Pronto averiguó, no obstante, que no era el caso. Senna estaba en el dormitorio, sí, pero estaba bien despierta.

Iluminada por la luz de la luna que entraba por la ventana, Lucian vio allí a Senna, sentada en la cama, todavía con su uniforme gris y su melenita corta y rizada. Tenía, sin embargo, la cabeza gacha. Sujetaba también algo con las manos, una tela que otrora fue de un blanco inmaculado, mientras un ligero temblor manaba de todo su cuerpo.

—Senna...repitió Lucian, entrando en la habitación. Lo hizo con suavidad, procurando no asustarla.

—¡O-oh! Lucian…

La mujer se dio la vuelta para encararse a su amado, sorprendida, y claramente agitada. Se apresuró a frotarse la cara con las manos, dejando caer la tela que estaba sujetando. Sus ojos verdes emitían un brillo extraño.

—No te encontré en la plaza, y enseguida vine aquí. No me dijiste nada, estaba preocupado…

—Y-yo… Esto… Lo siento. De-debería habértelo dicho, perdóname…

—Tranquila, lo importante es que ya te he encontrado.Y trató de sonreírle, mientras se dispuso a encender un par de velas.Te noto un poco rara, cariño, ¿te encuentras bien?

Senna, con movimientos un tanto torpes, se puso de pie y se acercó a Lucian. Una vez juntos, ambos tomaron asiento al otro lado de la cama, dispuestos a hablar y a escucharse. Se la veía alterada y sin saber muy bien qué decir.

—Eh, sí, yo… No temas, estaré bien.

—Conque "estarás bien", ¿no? ¿No quiere eso decir que ahora mismo no estás bien?

Ella calló de golpe, enmudeció completamente. No fue capaz de contestar nada ante aquello, pero era obvio que se había dado tremendamente por aludida.

—Senna… Estás temblando. Se te quiebra la voz... Tienes los ojitos húmedos. Estabas llorando hace un momento, ¿no es cierto?viendo que había dado en el blanco, Lucian la tomó de la mano y la rodeó con un brazo.Dímelo, mi amor, ¿qué te sucede?

Por un instante, Senna bajó la mirada, claramente entristecida. Sin embargo, respiró hondo, procurando serenarse, y comenzó a hablar. Sabía que no podía ni quería ocultarle nada al hombre al que tanto quería.

—Lo que pasa es que… De repente, me sentí muy abatida. Se acumularon muchas cosas en mi cabeza, y no puedo dejar de pensar en ellas…

—Cuéntame, ¿qué cosas? Sabes que si puedo hacer algo, lo que sea, para que tu carga sea un poco menos pesada…

—Tienen que ver, sobre todo, con el ataque que sufrí antes, tras vencer al monstruo, ¿te acuerdas?explicó la Centinela. Le temblaban los labios con solo mencionar aquella terrible experiencia.Una presencia malvada se abrió camino hacia mi mente, y…

—Y te llenó la cabeza de negatividad, ¿no? Todas esas escorias podridas… Solo unos seres tan rastreros serían capaces de atacar de una manera tan malditamente miserable.masculló Lucian, con un deje de odio. Apretó los puños enérgicamente, con fuerza.¡Pienso acabar con todo aquel que haya osado jugar con tu alma de ese modo!

—… Y sin embargo, no fui capaz de hacer nada.añadió Senna, con un hilo de voz. Se la intuía rota de dolor.Me dejé consumir por una treta tan sucia y burda. Actué de forma imprudente e irresponsable, y en este mismo instante sigo pagando las consecuencias…

—No puedes culparte por lo que pasó, Senna. Detectaste una posible amenaza y trataste de neutralizarla. Simplemente, no contaste con la naturaleza tan peligrosa de quienquiera que fuera esa presencia, que te la jugó. No te dio tiempo a reaccionar, eso es todo.

Mientras hablaban, Lucian no podía quitarle la vista de encima a Senna. Cada vez su mirada se mostraba más ensombrecida y culpable, reconcomida por la duda y la congoja. Era obvio que aquella ofensiva directa a sus sentimientos mejor guardados continuaba haciendo mella en ella.

—Si solo fuera más fuerte… Y pudiera cerrar mi mente a semejantes criaturas que me atormentan para centrarme en mi misión… Este error podría haberme costado la vida, Lucian. En otras circunstancias, yo… Yo…

Las lágrimas regresaron poco a poco a sus ojos, aunque Senna hizo un soberano esfuerzo para que no llegaran a salir. Lo hubiera sentido un signo de debilidad, y no estaba dispuesta a tropezar en esa piedra para que la voluntad de hierro que se había forjado durante tantos años de combate decayera de ese modo.

—Hay algo que quiero decirte, Senna.Para indicar que era un comunicado solemne, Lucian posó las manos sobre los hombros de ella, también en un intento por destensarla un ápice.En este mundo gris lleno de mal y de dolor, solo hay dos cosas por las que daría mi vida. Una de ellas es por mi misión, por llevar la luz a la oscuridad y por la búsqueda del bien. La otra… Eres tú.

No le suponía ninguna clase de sorpresa una respuesta como aquella, y sin embargo, Senna no pudo evitar un gemido. Abrió los ojos de par en par en dirección a su amado, mientras una chispa de felicidad estalló en su interior al escuchar todo aquello. Lo escuchó atentamente, admirada ante el poder de las palabras.

—Eres el amor de mi vida, Senna. Daría mi vida por ti si fuera preciso. Lucharé a tu lado, haré todo lo posible y hasta lo imposible para aliviar tu sufrimiento. Nunca permitiré que te pase nada. Y si fallo en este cometido, puedo quedar maldito para siempre.

—L-Lucian, cariño…

—¿Entiendes? Lamento no haber sido lo suficientemente rápido como para intervenir e impedir que te atacaran con tanta negatividad, pero ahora puedes estar tranquila. Estoy aquí contigo, y juntos haremos frente a lo que haga falta. Te ayudaré a dejar todo lo malo atrás para que así sea.

—Lucian… Gracias.le sonrió ella, articulando una austera sonrisa.Sabes que yo también estoy dispuesta a dar la vida por mi misión, y también por ti. Nadie dijo que fuera fácil, pero a tu lado lo es un poco más. No puedo evitar sentir tristeza por lo que me pasó, pero tengo que ser fuerte.

Viéndola sonreír, a Lucian se le contagió y le devolvió una sonrisa, en parte para tranquilizarla, pero la verdad era que le salía del alma sonreír cada vez que ella hacía lo mismo. Miró a Senna una vez más, sabiendo lo valiente que era, si bien seguía habiendo en ella cierta languidez y amargura. De repente, algo le vino a la cabeza, mientras bajaba la vista. Todavía tenía una espina clavada en el corazón.

—Y a pesar de todo…. Eso no es todo lo que te entristece, ¿verdad?

(...)