Advertencia:Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.
Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekaz Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.
Disclaimer 2: Im Hyung Soo (Corea del Norte) pertenece a la artista coreana-estadounidense Lo-Wah. No es mi intención tergiversar su creación o destinarla a un uso lucrativo o poco moral: ¡Amo su concepto del personaje! Por eso lo usaré para este fanfic.
.:VIII:.
"El Reino Ermitaño"
— ¡Todos a las armas! ¡Los japoneses están aquí! ¡Otra vez!
— ¿Qué…?
— ¡¿Tú de nuevo aquí, Honda?! — inquirió Hyung, molesto.
— Volvemos a vernos las caras, caballeros— saludó fríamente el nipón.
— ¡Creímos que había quedado muy claro que no queríamos volver a verte rondando cerca de Aniki-daze! — bufó Yong Soo — Si lo que vienes es a pedir nuevamente que te facilitemos una ruta para ir a lastimarlo, ni te molestes en decírnoslo, y regresa de inmediato a tus islas ¡La respuesta es NO…!
— No vengo a por Wang-san esta vez— rectificó solemnemente, dando una señal a sus hombres para que descendieran de las naves — Vengo por ustedes.
La fallida negociación de la paz con Joseon y la dinastía Ming hizo que el jefe de Japón, Hideyoshi, ordenara nuevamente el ataque a la Península de Corea. Y en cuanto los embajadores chinos que se encontraban en ella volvieron a Pekín, más de 200 barcos llegaron a las costas del Sur de Joseon, trayendo consigo una tropa de casi 90.000 soldados.
Sin embargo, Japón notaba que las incursiones anteriores a la península lo habían dejado bastante débil, por lo tanto, no tenía en mente seguir con los planes de conquistar Ming, al menos por un buen tiempo…
Su nuevo objetivo era Joseon.
— ¿No… nosotros…?— el mayor de los mellizos tragó espesamente, e hizo ademán de retroceder — P-pero…
La voz de su hermano irrumpió, de pronto, en una risotada burlesca. Kiku enarcó las cejas, confundido.
— ¡Ja!
— ¿Qué ocurre, joven Yong Soo? ¿Dije algo divertido?
— ¡Qué desesperado debes estar por hacerte con dominios fuera de tus islas para venir a enfrentarnos nuevamente, Honda! — acusó Yong Soo — ¿Realmente te conviene enfrascarte nuevamente en una guerra absurda contra un estado que, tras su experiencia anterior, está mucho mejor preparado y equipado que antes?
— No me cuestione, joven Yong Soo. Sé lo que hago.
— No lo parece-daze.
Por lo bajo, Hyung codeó a su hermano.
— ¡No lo provoques! — reprendió entre dientes.
— Comprendo lo desventajosa que fue mi posición militar respecto a la superioridad numérica conjunta de sus tropas sumadas a las de Wang-san. Pero sin él aquí ¿Realmente serán usted y su hermano capaces de repeler el avance de mis soldados? — preguntó Kiku en tono desafiante — Vinimos más que preparados esta vez. Mi jefe está más que convencido de que el primer paso para la grandeza de su imperio es la conquista de esta región estratégica para un posterior avance por el resto del continente, y a cualquier costo, tarde o temprano, vamos a conseguirla…
A Yong Soo y Hyung comenzó a hervirles la sangre. En el fondo, ambos sabían que si Yao no hubiese intervenido la vez anterior, posiblemente ellos hubiesen acabado como esclavos del Imperio del Sol Naciente en los pocos tres meses que le tomó a éste apoderarse casi de la totalidad de la península.
No obstante, era de considerarse también el importante factor del equipamiento de sus soldados. Las tropas niponas contaban con un aparato moderno, en comparación a sus rústicos arcos y flechas, traído desde el lejano oeste europeo por los comerciantes portugueses…
¡Pero eso era cosa del pasado…!
Los arcabuces eran aterradoras armas, pero su capacidad de disparos no era ilimitada, en ocasiones presentaban desperfectos que las hacían inútiles y peligrosos para sus propios usuarios y, por tanto, no eran invencibles ¡Además, ya no asustaban tanto!
Sumado a eso: ahora, la tropa japonesa era mucho menor a la de antes, y se veía también más débil, más hambrienta y cansada, a causa del desgaste físico del viaje, y de la contienda anterior.
Y sin embargo…
Los soldados de Joseon no se hallaban en una situación muy diferente…
— Yong Soo ¡Este sujeto va a hacernos picadillo! — objetó en un susurro preocupado el mayor de los hermanos— Ha pasado tan poco tiempo desde el percance anterior ¡No hemos podido recuperar las cosechas y los animales que hemos perdido! ¡¿Sabías que los soldados necesitan comida para rendir bien en batalla, y que debemos fabricar armas para reemplazar las que están dañadas…?!
— Aún tenemos nuestra moral muy alta-daze.
— ¡Una moral alta no sirve de nada si estás con las manos desnudas y el estómago vacío…!
Después de callar un momento, y detenerse a analizar la situación con más cuidado, Yong Soo cayó en la cuenta de que su hermano estaba en lo cierto. Y por primera vez, deseó que no fuese así.
Odiaba admitirlo… ¡Pero necesitaban ayuda OTRA VEZ!
Tras enterarse nuevamente que sus "hermanos" serían atacados, Ming reaccionó de forma inmediata. Envió un ejército numeroso (55.000 hombres) y barcos (21.000 naves) para que se unieran al ejército y a la flota de guerra que ya poseía Joseon en sus fortalezas y costas.
Ante tal amenaza, por suerte, Japón no halló grandes posibilidades de avanzar, por lo que se mantuvo muy a la defensiva en el sureste de la península, debatiéndose entre las aspiraciones de conquista inspiradas por su jefe, y la cruda y pesimista realidad del escenario en Joseon.
Las ofensivas iniciales fueron poco exitosas para la tropa invasora, y por tanto, bastante desalentadoras. El ejército, numeroso y combinado, estaba mucho mejor organizado que en las incursiones anteriores, y la noticia de una nueva guerra se dispersó tan rápido por los centros urbanos más grandes de la zona, que cuando los japoneses llegaban a ellos, muchos estaban abandonados tras haber evacuado ordenadamente a sus pobladores.
Sin embargo, las esperanzas de los guerreros fueron depositadas en su poder naval, ya que la opción de llegar a la costa occidental de la península abría un nuevo abanico de posibilidades, y no parecía una tarea tan complicada…
… si tan solo no estuviese toda la armada de guerra enemiga protegiendo los mares y estrechos que conectaban con el otro lado del reino…
¡Las batallas navales se les daban especialmente bien a los coreanos!
— ¡Alisten los cañones! ¡Hundan tantos barcos japoneses como sea posible-daze!
— ¡Yong, no pongas tanta pólvora-aru…! ¡Harás estallar tu propio barco!
— ¡Mejor que sobre a que falte-daze! — replicó nervioso el menor, temblando. Yao notó la inusual reacción que presentaba su protegido, y en seguida, comprendió sus motivos. No pudo sino compadecerse.
— Vas a hacerlo bien. Tranquilo-aru.
— ¡La seguridad de nuestro hogar depende de este encuentro-daze! — objetó Yong Soo con la voz quebrada — Un movimiento en falso, un descuido ¡Por pequeño que sea…! Si Honda llega a lograr que sus barcos pasen al oeste de nuestros dominios, todo estará perdido para Hyung y para mí…
— A propósito ¿Dónde está Hyung? ¿No va en el mismo barco que nosotros? — preguntó Yao.
— Él se quedó en tierra, liderando a las tropas que tratan de contener al ejército replegado en las fortalezas del sudeste. Dijo que estaría bien sin mí— tragó, nervioso. Una carga completa de pólvora le resbaló de las manos, cayendo fuera del cañón — ¡Ah…!
— ¡Tranquilo! ¡Concéntrate-aru!
— ¡No puedo…!— refutó, llevándose ambas manos a la cabeza, sobándose con ademán desesperado — ¡No puedo! ¡Esto no es como la primera vez! ¡O echamos a Honda para siempre de nuestra casa, o ambos estaremos condenados a ser sus subordinados! ¡Y tú quedarás solo, Aniki! ¡Sin nadie que pelee a tu lado para quitarte a ese traidor ambicioso de encima…!
Yao sintió ganas de abrazar a Yong Soo para darle seguridad y consolarlo, hacer que sus temores se disiparan. Sin embargo, le dio una palmada en la nuca que lo sacó de su estado de negación, y lo forzó a volver a la realidad. Por un momento el menor le miró incrédulo. Yao jamás le había levantado la mano, y aunque ese no era precisamente el momento en que más necesitaba de una reprimenda, pronto comprendió e internamente agradeció que él - su benefactor, su protector… su Aniki- lo hubiera hecho entrar en razón.
— Discúlpame… ¡E-es que estoy tan asustado! T-tengo experiencia en guerras, pero… ¡Ah! ¡Japón no resultó ser un enemigo desorganizado y débil como mi hermano y yo creímos-daze! ¡La derrota no deja de ser una posibilidad muy real!
— Y lo será si no pones lo suficiente de tu parte para que funcione-aru… ¿No recuerdas lo que tú y yo hablamos acerca de la dualidad y la complementación entre tú y tu hermano, Yong Soo?
Su hermano luchando en tierra.
Él peleando en el mar.
Un solo enemigo tratando de romper el delicado equilibrio de su unión y su reino. Atacando por varios frentes distintos. Por tierra y por mar al mismo tiempo. La salvación de toda una nación dependía en ese entonces de que él, en el mar, colocara bien las cargas de pólvora en los cañones, se moviera ágil por el agua y se mantuviera atento a los amenazadores avances de la flota nipona.
Un solo movimiento en falso podría volverse en su contra. Podría volar en pedazos. Podría dejar pasar un barco enemigo, y a su flota de soldados, hacia el oeste, donde la gente se había guarecido de los ataques.
— Concéntrate…— se dijo Yong Soo — Concéntrate. Hay Ying y en el Yang… Hyung estaría tan concentrado que no importaría el miedo o los nervios… relájate… ¡Hay Ying en el Yang…! ¡Sí, puedo hacerlo! ¡Puedo hacerlo!
A pesar de que no en todo momento el enfrentamiento naval transcurrió a favor de Joseon, en su fase final –y decisiva-, una reducida flota defensora de la península, consistente en apenas doce barcos de guerra, enfrentaron a ciento treinta naves de guerra japonesas en el Estrecho de Myeongyang. Una diferencia que a simple vista resultaba alarmante y desalentadora ¡Había que decirlo!
— ¡Fuego…!
Fragor de los cañones, el vaivén de las naves al ser impactadas con las cargas disparadas, las voces de mando intercambiándose entre soldados bajo las corazas de las cubiertas, cuerpos temblorosos crispándose de miedo bajo sus protecciones…
— ¡Fuego! ¡Disparen!
… Entre el 16 de Septiembre y el 26 de Octubre de 1597…
— ¡Fuego! ¡Que no quede ninguna nave en pie…!
… sucedió un milagro…
— ¡Retirada…!
— ¡Yong Soo! ¡Mira, se van-aru! — celebró Yao, indicando a la lejanía los maltrechos barcos invasores, que giraban para tomar rumbo al este donde se situaba su zona de seguridad establecida en la península.
Incrédulo, el menor permaneció mucho tiempo sin reaccionar. Con la vista perdida en el horizonte, contemplando el feliz fruto del inhumano esfuerzo de sus hombres y de él mismo, pronto, brotó de su pecho un clamor de felicidad entonado con una voz ronca de tanto gritar voces de mando por sobre el ruido de los disparos, y su cuerpo, cubierto por la armadura metálica, se desplomó en los brazos abiertos del chino, en busca de un refugio para su llanto de regocijo.
— ¡Se han ido! ¡Se han ido…! ¡No puedo creerlo, esto es un milagro! ¡Aniki, aún no está todo perdido para nosotros-daze! ¡Pensé que no seríamos capaces, pero lo hicimos…!
— ¡Yong, calma, calma…!
Los alegres sollozos del menor no evitaron que su voz sonara a un altísimo volumen, por encima de los gritos de celebración de la tropa.
—… Aniki… gracias… ¡Gracias!
Para el otoño de 1597, y enterados de su devastadora derrota naval en Myeongyang, la tropa japonesa ya había decaído notablemente en su moral. La fuerza conjunta de Joseon y Ming habían logrado mantener a los nipones arrinconados en el sureste de la península.
A pesar de tener todavía un puerto designado como punto estratégico para la llegada de más soldados y abastecimiento para los combatientes, los japoneses consiguieron hacer muy pocos avances en el periodo que se encontraron en territorio enemigo, en gran parte gracias a la falta de alimentos.
Gracias a la fuerza de las tropas unidas contra el invasor, se habían conseguido recuperar varias fortalezas antes tomadas por los nipones en las costas del territorio.
— ¿Qué te sucede, Honda…?— preguntó Hyung en un jadeo, a la vez que extendía en su rostro una amplia y arrogante sonrisa que no se condecía para nada con su vista cansada — ¿… Ya quieres detenerte…?
Joseon había resultado ser un hueso muy duro de roer. Kiku pensaba que gran parte de ese mérito se debía a la ayuda de su aliado –la dinastía china Ming-, cosa que no era ninguna mentira, pero aún así, debía admitir que para ser un reino relativamente atrasado en tecnología de guerra gracias a su aislamiento del resto del mundo, los guerreros habían hecho admirables esfuerzos para proteger sus tierras.
Esfuerzos que, para su sorpresa, estaban entorpeciendo en demasía los planes de su organizada tropa de soldados en su mayoría profesionales…
— No malinterprete mi apariencia en estos momentos, joven Hyung. Desistir es para los cobardes. Y yo no soy un cobarde.
— ¡Dime algo que no sepa! — alabó el mayor de los mellizos. La grandeza y la fortaleza de los guerreros nipones no era de menospreciarse — Pero ¿No crees que ya la situación se te ha escapado de las manos? No nos has podido derrotar en casi siete años, aún cuando tenías fuerzas suficientes… ¿Y crees poder ahora que ya no te queda casi nada?
— Por lo mismo seguiré intentando, joven Hyung— afirmó Kiku, dejando su descargado arcabuz a un lado, y desenvainando la katana que llevaba colgando a su lado. Estaba casi intacta, contrariamente al estado de su armadura, manchada de barro y magullada por las peleas — No tengo nada que perder…
Para ser alguien que por su apariencia escuálida inspiraba tanta debilidad, ciertamente Hyung tuvo que hacer un gran esfuerzo cuando Kiku saltó nuevamente a la acción, ahora con su espada en alto. Afortunadamente, el lugareño contaba también con su arma, una suerte de lanza, con la cual pudo detener el impacto antes que el filo cayera sobre alguna parte de su cuerpo.
— ¡No vas a pasar de aquí, Honda…!
— ¡E-eso… YA LO VEREMOS! — el esfuerzo hizo que la voz del japonés sonara aún más amenazadora que antes.
Los fieros luchadores se debatieron con todas sus fuerzas por un largo rato, lanzándose estocadas, golpes y embates cada vez más fuertes, que los hacían temblar bajo sus respectivas vestiduras de guerra. Algunos daban en el blanco, por lo que al cabo de un rato, ambos presentaban algunos cortes y magulladuras en el rostro y otras puntos no vitales del cuerpo que se encontraban al descubierto.
Ambos estaban hartos. Cansados, deseosos de dejarse desplomar y descansar hasta que las fuerzas y las ganas de destruir al otro se hallaran nuevamente al límite, para poder retomar así la pelea. Ninguno daba, empero, señales de querer rendirse primero, y por tanto, el otro tampoco podía hacerlo sin esperar a cambio un ataque mortal que lo sacaría definitivamente del camino de su oponente.
— ¡Ríndete…! ¡Ya no pudiste… con nosotros! — rugió Hyung, empujando con su lanza la katana firmemente sostenida por Kiku, haciéndolo retroceder. En seguida, preparó su arma con la punta mortal apuntando hacia el invasor. Al mismo tiempo que el lugareño se aventaba contra el samurái, este llevaba a cabo su contraofensiva, llevando la katana hacia un flanco descubierto del coreano.
Los dos se hirieron al mismo tiempo. A coro, cada quien manifestó su dolor con algunos rugidos y maldiciones en sus lenguas natales, antes de nuevamente incorporarse, más no para continuar batallando… sino para sostener fieramente la mirada del otro, como si ahora estuviesen combatiendo mentalmente. Entre algunos furiosos jadeos, intercambiaron nuevas provocaciones:
— Tus soldados mueren de hambre… te has quedado sin armas… tus fuerzas decaen cada vez más… En serio… ¿No es un buen momento para… que por fin te vayas…?
Kiku se trató de erguir. El dolor no dejó que lo hiciera totalmente. Ahora no solo lucía cansado y débil, sino que parcialmente doblado por la cintura, se veía también más viejo y acabado.
— Cuando mi jefe me lo pida… yo obedeceré. Mientras tanto…— tosió — … permaneceré… según mi palabra de honor…
Dicho y hecho.
Hideyoshi, el jefe de Japón, murió el día 18 de Septiembre de 1598. En su lecho de muerte, pidió a los cinco damyôs más poderosos de Japón que ordenaran en su nombre la retirada de las tropas japonesas de la Península de Corea.
En un principio, esta noticia no fue comunicada a los soldados para que su moral no decayera –más aún-, pero en vista de lo afectada que se encontraba la economía de Japón gracias a la parálisis de su comercio con Joseon, y la inversión de tantos recursos en la guerra, finalmente, en Octubre de ese mismo año, cerca de 500 naves japonesas se preparaban para retirar a sus hombres.
Joseon y Ming se alzaban victoriosas, aunque no completamente ilesas…
A medida que los agotados samuráis subían a sus barcos, desde la distancia, un feliz observador los despedía con enérgicos gritos y gestos:
— ¡Eso, largo de aquí! ¡Váyanse, para que pronto dejen de hacer tanto daño! ¡Fuera, fuera-daze~!
— Yong Soo…
— ¡Y la próxima vez que te entren ganas de conquistar un trozo de tierra que no sea tuyo, procura estar a la altura de tu rival, Honda…!
— ¡Yong Soo!
— ¡Vete a tragar pescado crudo y tus desabridos pasteles de arroz pegajoso…!
— ¡Yong Soo, basta! ¡No sigas gritando! — reprendió Hyung a su lado.
— ¿Qué? ¡Pero Hyung! ¡Quiero que a toda costa me escuche-daze!
— ¡Puede hacerlo sin necesidad de que le grites! — señaló el mayor, apuntando hacia el frente de su hermano — ¡Está a medio metro de ti!
Efectivamente, Kiku estaba de pie ante a los hermanos dispuesto a realizar una ceremoniosa y formal despedida, aunque ya hacía cerca de diez minutos, se notaba en su rostro que dentro suyo contenía con admirable esfuerzo las ganas de cerrar la boca del menor a golpes.
— Si ya ha acabado de gritar sus humillantes consignas en mi contra, joven Yong Soo, me gustaría poder intercambiar con usted y su hermano algunas cuantas palabras antes de subir al barco que nos llevará de vuelta a casa…
— Bien— Yong Soo cruzó desafiante los brazos — Habla.
— Primero que todo… quisiera disculparme por todos los problemas que les causé por mandato de mi difunto jefe— aclaró apenado Kiku. Suspiró, antes de proseguir — Soy plenamente consciente de que no estoy en posición de exigir nada… pero, por favor, si pueden atender a una humilde petición de parte de mi país…
Antes de que Yong Soo respondiera con una negativa, Hyung se adelantó a responder:
— Te escuchamos…
— … estoy arruinado— admitió notoriamente avergonzado — Gracias a que mi comercio con ustedes y Wang-san se ha paralizado por la guerra, mi gente no la está pasando nada bien en casa. Si hay algo que no me puedo permitir, es que falte algo tan importante como la comida ¡Si fuesen ustedes tan amables…!
— ¿De reactivar el comercio con Japón? — completó Hyung, recibiendo un asentimiento con la cabeza de parte de su par asiático. Pese a lo descarada que podía parecer la petición, Joseon estaba en ese sentido tan devastada como Japón, o tal vez más incluso –por haber sido el escenario de la guerra-, así que necesitaría ayuda ¡Sin importar que viniera de su enemigo! — Pues… no veo por qué no. Pero ¿Qué dices tú, Yong Soo…?
El menor lo meditó aún más, pero sorpresivamente, su respuesta fue también positiva.
— ¡Con una condición! — recalcó — Trae de vuelta a toda la gente que se han llevado tus hombres a Japón-daze— por un momento, Kiku se vio demasiado tenso.
— ¿P-p-perdón…?
— ¿Crees que no me he dado cuenta a cuantos artesanos e intelectuales se llevaron en los barcos en el ir y venir de tus tropas hacia tu casa, Honda? ¡Ja! — acusó, haciendo a Kiku enrojecer — Devuélvelos a su verdadero hogar. Es aquí y no en otro sitio donde deben estar…
— Pu-pues… no hay ningún problema… joven Yong Soo…
— Y…— continuó el menor — Danos a los guerreros que durante su estadía en Joseon profanaron las tumbas reales. Les daremos el justo trato que merecen por ese horrible crimen-daze.
El rostro del japonés enrojeció aún más. Su nervioso tartamudeo también se acentuó.
— N-no… sé quiénes son.
— ¡Ah, entonces puedes interrogarlos! — discutió el joven con el rizo hacia arriba, sonriendo con ademán orgulloso — Una vez que los tengas, tráelos para que reciban un juicio justo-daze.
— Veré… qué puedo hacer al respecto— respondió Kiku recuperando su compostura, sin lograr deshacerse del rubor en su cara — Hasta entonces, caballeros.
Cuando se hubo ido, y los barcos japoneses se alejaban hacia el oriente, Hyung objetó a su hermano en un apesadumbrado suspiro:
— No lo va a hacer.
— ¿Eh? ¿Cómo lo sabes?
— No conozco persona más mentirosa que un japonés bajo presión.
Las relaciones entre Joseon y Japón lograron estabilizarse, a pesar de lo sucedido. Sin embargo, el País del Sol Naciente no pudo cumplir a cabalidad con las demandas hechas por Joseon respecto a los soldados que habían robado reliquias reales, puesto que en su lugar, envió criminales que nada habían tenido que ver en el asunto.
Del mismo modo, solo una parte de los coreanos que fueron llevados a Japón (se estiman cerca de 50.000 ó 60.000) fueron repatriados en Joseon (7.500). Los que permanecieron en él, imposibilitados de volver a sus casas, eran técnicos, artesanos e intelectuales que pronto ayudaron a impulsar el enriquecimiento cultural de Japón, enseñándoles cosas de medicina, la forja de acero, la maquila de seda y algunas técnicas de alfarería que los nipones desconocían.
Otros eran vendidos a los comerciantes europeos, que posteriormente, los re-vendían en el Sur de Asia…
De las tres naciones beligerantes, Joseon fue la más afectada por esta guerra…
— Ugh… solo mira este desastre…
Después de realizar un recorrido por los principales centros urbanos de la península, los hermanos llegaron a una desalentadora conclusión:
Joseon había perdido más de la mitad de su tierra cultivable, cosa que afectó notoriamente su economía. Además, los japoneses se habían llevado una inmensa cantidad de archivos históricos, reliquias y artefactos científicos y culturales, además de una gran cantidad de expertos en los ámbitos de las ciencias y la artesanía, por lo que el rico y sostenido desarrollo cultural que el reino había tenido hasta ese entonces, declinó considerablemente.
Pero lo peor de todo, era el rastro de todas las atrocidades cometidas durante la guerra. No solo por los invasores japoneses, que para debilitar más rápidamente a sus enemigos, habían matado muchos animales de granja para que se perdiera su carne, sumado a la ya de por sí enorme cantidad de soldados y civiles muertos en combate…
El ejército chino tampoco había sido una ayuda ciento por ciento fiel. Puesto que en no pocas ocasiones, habían también atacado a civiles y soldados de Joseon acusándolos de colaborar con el ejército japonés, con el motivo de aumentar el número de "enemigos" asesinados y con ello alimentar el ego de algunos ambiciosos dirigentes militares.
Por si eso no era suficiente, incluso los propios habitantes de Joseon tuvieron en ocasiones conductas reprochables. Varios bandidos y asaltantes se aprovecharon del pánico para robar a sus conciudadanos cuanto les hiciera falta para sobrevivir a las necesidades que se pasaban mientras duraba el conflicto.
Japón había decaído en el plano comercial por sus tensiones con Ming y Joseon; y por otra parte, la dinastía Ming quedó sumamente debilitada por la gran inversión de recursos y las pérdidas militares en la batalla contra Japón, lo que pronto daría paso al surgimiento de una nueva dinastía, llamada Qing…
Pero… Joseon… ¡Joseon…!
— ¿Estamos arruinados, Hyung…?
—… No… pero por muy poco…
Yong Soo observó apenado a su alrededor. La gente deambulaba cabizbaja, enferma y hambrienta por las partes de las calles que no estaban cubiertas de escombros, cargando consigo algunas de las cosas que habían rescatado de sus destruidos hogares. Los almacenes estaban casi vacíos, las cosechas se habían perdido… y miles de familias lloraban a quienes los habían dejado para siempre durante la lucha.
Conocidos, amigos, hijos, padres, hermanos… habían dejado tras de sí su ausencia en brazos de quienes afortunadamente lograron sobrevivir, pero que se habían quedado con el gran dolor de sus pérdidas…
Yong Soo podía declararse en parte feliz, al igual que Hyung, de que tras esa terrible desgracia ambos hubiesen conseguido permanecer juntos y relativamente sanos y salvos. A diferencia de muchos mortales, ellos no tendrían que llorar una pérdida tan importante…
Pero de solo pensar que por un momento cupo la posibilidad de que así hubiese sido… de que cualquiera de los dos podría haberse ido… o podría haber muerto… pensar que uno de los dos podría haber quedado solo en medio de la desesperación y la catástrofe… pensar que tal y como esas familias, hubiese podido perder lo que más amaba en su vida…
— Yong Soo… ¿Estás llorando?
— ¿E-eh…?
El menor de los mellizos pestañeó rápidamente, y solo entonces, se dio cuenta que los ojos se le habían humedecido. Seguramente estaban rojos, así como también su nariz y mejillas -¡Es sorprendente la rapidez con que el llanto altera nuestro rostro!-. Ligeramente apenado, el joven en cuestión bajó la vista, esbozó una sonrisita tímida, y asintió con la cabeza.
— No te preocupes. Con trabajo conseguiremos recuperar lo que hemos perdido— consoló Hyung, manteniendo una incómoda distancia del verdadero motivo de la angustia de su hermano.
— Pero… nada conseguirá recuperar… las vidas de quienes se han ido— hipó dificultosamente. De inmediato la expresión del rostro de su fraterno se suavizó hasta un extremo tan afligido como el suyo. Hyung entreabrió la boca para decir algo, más los primeros segundos, no hubo sonidos. Solo un leve temblor.
— O-oh… Yong…
— ¡Disculpa! — se retractó de inmediato Yong Soo, secándose los ojos con la manga de su hanbok — ¡Perdón, perdón! No debí decir… ¡Digo! L-lo que dije… Hyung… perdón, es que… me dejé llevar.
— No necesitas…
— ¡Discúlpame! — interrumpió — Es que… por un momento pensé en todas esas personas que… perdieron a quienes querían. Son vidas humanas. Tienen un límite temporal y físico… son cosas que tarde o temprano deben pasar. Pero… p-pero…
— Yong Soo…
— … no son menos importantes por el hecho de ser humanos… hay tantos lazos que se pierden gracias a la muerte ¡Debe ser especialmente tortuoso para quienes se quedan aquí-daze! — dijo el menor, conteniendo un nuevo acceso de sollozos —N-no quiero… imaginar lo que se siente quedarse aquí, sabiendo que jamás… jamás… volverán a ver a quienes se han ido. Quienes se van no saben el dolor que dejan con su partida… debe sentirse tan injusto.
— Pues… comprendo lo que me quieres decir— admitió el joven de la trenza, bajando la vista. Se produjo un incómodo silencio entre ambos. Varias personas pasaban a su lado, indiferentes, sumidas en sus propios pensamientos.
En lo que duró ese prolongado vacío de palabras, Yong Soo percibió una punzada continua en su pecho, como si dentro de él hubiese una burbuja vacía y amarga, que se hubiese expandido comenzando a presionar todo lo que había a su alrededor. Había sentido ese dolor antes… mucho tiempo atrás. Justo después de un sueño del cual no podía acordarse…
—…esta clase de cosas me hacen pensar sobre el miedo que tengo a perderte, Hyung…
— No pienses en eso.
— No quiero quedarme solo… o que tú te quedes solo.
— Dije que no pienses en eso. Son tonterías.
— Pero si Japón hubiese…
— Escúchame— interrumpió violentamente el mayor, encarando de frente a su consanguíneo — Escúchame atentamente: No quiero que vuelvas a pensar de nuevo en cosas como esa, Yong Soo ¿Vale? No es sano. Ni para ti ni para mí. Si te atormentas con tu propia imaginación, llegará un momento en el que simplemente no serás capaz de discernir entre lo que es real y lo que no, te habrán consumido los temores, y tus peores pesadillas podrían hacerse realidad… entonces habremos roto nuestra promesa…
¡Su promesa!
— Voy a estar siempre que me necesites… y cuando no, también. Cuando te prometí aquella vez que pasara lo que pasara, siempre íbamos a estar juntos, es a esta clase de cosas a las que me refería.
— Siempre juntos-daze… siempre juntos— repitió Yong Soo, sonriendo por entre las lágrimas. Esa vez que habían estrechado meñiques, sellando su promesa, él también había llorado… ¡Habían cosas que simplemente no cambiaban!
Pero esta vez, Hyung ni se tomó la molestia de secarle la cara. Directamente, casi sin previo aviso, la cercanía entre ambos se cerró. Hyung acababa de apoyar su frente contra la de su hermano. Algo muy extraño en él, considerando que siempre había sido muy reacio a las muestras de afecto.
En seguida, el mayor enlazó sus manos con las de su compañero, sujetándolas con cariñosa firmeza.
— Hay cosas de las que simplemente no podemos escapar, Yong Soo. Aunque no lo parezca, la muerte es una de ellas. Nuestra vida como naciones es prolongada, pero nunca hemos de descartar la posibilidad de que un ataque, una catástrofe o lo que sea que nos pase será capaz de borrarnos del mapa. Nadie tiene su eterna existencia asegurada.
— Eso es realmente muy triste-daze…— suspiró Yong Soo, cerrando los ojos. Las manos de Hyung apretaron más las suyas.
— Lo es. Sobre todo porque es algo muy real… pero debes saber, Yong Soo, que no importa cuán lejos ni cuan cerca esté nuestro fin, y que no importa qué tan tortuosa o feliz puede ser nuestra vida en este mundo. En las buenas y en las malas, somos hermanos, nos queremos y nos tenemos que apoyar… ninguno de los dos va a dejar al otro solo, aunque su momento haya llegado… aunque sea en espíritu, nos seguiremos acompañando, hasta que nuevamente nos encontremos en un mundo distinto a este, donde nada importará más que nuestra unión eterna… nuestra promesa es algo que va más allá de la trágica barrera de la muerte, más allá de lo físico y lo temporal… ni tú ni yo estaremos solos. Siempre nos tendremos el uno al otro, aunque parezca… que uno de nosotros no está aquí…
Con una inmensa sonrisa, y ya sin más lágrimas en los ojos, Yong Soo se separó de su hermano y le miró con infinita gratitud. No fueron necesarias las palabras. Era uno de los grandes misterios que guardaban los mellizos. Aún sin hablar, parecía que podían decírselo todo. El tema, de momento, quedaba cerrado.
— Vamos, Hyung— invitó el menor, halando a su hermano hacia él — Hay mucho trabajo por hacer-daze.
— Empezaré por escribir actas sobre los daños y los recursos que tenemos disponibles.
— ¿Pido la ayuda de Aniki?
Hyung exhaló apesadumbrado.
— No. Esto tenemos que hacerlo nosotros solos. Ya le causamos suficientes problemas, y digamos que él tampoco se encuentra en las mejores condiciones. Esta vez estamos solamente tú y yo.
— No será tan difícil— apremió enérgicamente Yong Soo — Eso espero. Pero una vez que acabemos aquí ¿Podemos ir a verle? ¡Me preocupa también saber cómo está!
— Eso ya lo hablaremos luego, cuando estemos en condiciones de poder darnos ese lujo, Yong Soo— contestó el mayor con cierto pesimismo — Hay cosas que un reino debe resolver por sí solos. Además, si seguimos depositando tanta confianza en Aniki, Honda no tardará en reaccionar otra vez de la misma forma en que lo hizo.
— ¿Sugieres… que nos aislemos de ellos? — preguntó temerosamente al mayor, a lo que, para su desconcierto, éste asintió solemnemente con la cabeza — ¿Por cuánto tiempo?
— No lo sé.
— Buh…— resopló Yong Soo con cierto fastidio — ¿No es eso lo que haría un ermitaño?
— Bueno, pues nuestro reino necesita desde ahora de toda nuestra disposición antes de atender nuevamente cuestiones diplomáticas, y eso requiere de arreglar todo este desastre sin ayuda de nadie que pueda estorbarnos con malas intenciones o metiéndonos en sus propios problemas.
— Suena egoísta.
— Pero tenemos que hacerlo para prevalecer. Es por el bien de nuestro reino. Mientras antes empecemos a trabajar, mejor. Estaremos menos tiempo aislados de los demás.
— ¡Bien, manos a la obra-daze!
Notas de la Autora
¡Saludos, lectores! ¿No se esperaban esto? ¿Una actualización de este fanfic el mismo mes que el capítulo anterior? ¡Ah, pues yo al menos sí estoy muy contenta! Como dijo Shakespeare una vez, "mi musa está de parto, y he aquí lo que ha dado a luz". Tuve un momento de iluminación divina en medio del caos de las últimas pruebas y trabajos de la Uni, y aprovecho de invertir la inspiración en este proyecto, que por cierto ¡Aún tiene muchas cosas más que contarnos!
Respecto al capítulo ¿Qué puedo decir? Nótese cómo poco a poco Yong Soo, Hyung y Kiku van perdiéndose el respeto mutuo. Primero, para los mellizos, Japón era "el señor Honda". Ahora simplemente es "Honda". Y ya no lo tratan de "usted". Del mismo modo, Kiku ya deja de referirse a los hermanos por su apellido (Im) en un tono cortés... ahora, cual vejestorio(?) los trata por sus nombres, y además, les dice "jóvenes" (lo que me recuerda a esas frases cliché de los ancianos disgustados: "¡Estos jóvenes de hoy en día...!")
Hay muchas cosas que van cambiando con el tiempo. Y los tratos son una de ellas.
Sobre el título de este capítulo, las referencias están al final. Después de su conflicto con Japón, Joseon implantó algunas políticas de aislamiento, tanto respecto a Japón como a China, motivo por el que muchos historiadores comienzan a llamarlo desde aquí "El Reino Ermitaño". De por sí Joseon fue siempre un estado libre muy, muy aislado, salvo por Japón y China, pero los roces que tuvo con ellos le llevaron a tomar esta drástica medida... uuuh.
Como siempre, invito a quienes leen este fic a que dejen sus reviewssi tienen alguna acotación, sugerencia o comentario que hacer de mi trabajo, y yo responderé al momento de la siguiente actualización (¡también respondo anónimos!)
Y nunca está de más agradecer a quienes han comentado el capítulo anterior, por el tiempo que dedican a hacer aprecio de mi trabajo: Kayra Isis y Dazaru Kimchibun
Bueno, sin más que decir, me despido por el momento.
¡Nos leemos en el próximo capítulo de "Read All About It"!
