Lucy

Mi beso fue correspondido, asegurándome que no estaba loca, que no era una visión, que él estaba junto a mí. Me liberó de toda culpa usando mí mismo argumento, pues habíamos sido desterrados por expresarnos el amor que sentíamos en un lugar no debido. Todo aquella sensación de querer morir, las ganas de alejarme del mundo y de que mi alma descansara eternamente de la agonía que era no verle, habían desaparecido por completo. En este momento solo deseaba una cosa, seguir viva a su lado por siempre.

No sabía exactamente donde estábamos, cuanto hacía que estaba en aquel paradisíaco lugar, antes solo quería que el tiempo terminara y comprobar que él estuviera bien, ahora solo quería disfrutar nuestra condena de amor; porque si por amarnos estábamos castigados y condenados, al igual que Francesca y Paolo ni la muerte ni el infierno les separó ya que sus almas vagan juntas eternamente, nuestra vida en la condena será estar juntos por amor.

Correspondí cada uno de sus besos como calmando el alma y el deseo que me consumía. Suponía que el enviarnos al mismo sitio había sido obra de la buena de Alexia, ya que de los jueces de aquel juico fue la que mostro tener un alma más noble y sensible.

-Como el día que conocí nuestra casa-lo mire a los ojos- la felicidad y la familia no la da el lugar ni las posesiones- sonreí abiertamente- mírame una princesa sin absolutamente nada... solo tengo dos cosas a ti y a nuestro hijo y una fortuna -lo bese antes de seguir hablando -nuestro amor... y aunque no tenga ni idea de donde estamos -me reí levemente- ni que haremos para sobrevivir en este magnífico lugar -le di un nuevo beso- te juro que este será el más perfecto de los hogares, pues aquí lo que sobrara es amor -dije abrazada a él apoyando mi cabeza en su pecho para sentir la protección que siempre sentía a su lado.