–8–

Aquella mañana, en las dependencias domésticas del Palacio de Asgard, el ama de llaves repartió, como todos los días, las tareas extraordinarias entre la servidumbre. Todos tenían sus trabajos asignados, pero había algunos de ellos que no eran tan habituales y en los cuales todos los sirvientes se rotaban para ejecutar. Una de aquellas tareas era la limpieza y pulido de las armaduras de la familia real. Era un trabajo pesado que a nadie gustaba, pero si tenían que hacerlo, todos rezaban para que la armadura que les tocara limpiar no fuera la del príncipe Loki. Éste era, con mucho, el más exigente de todos, más que Thor o incluso que el propio Odín. Tenía fama de no pasar ni una y castigar el menor error cometido en la limpieza de su armadura.

Por tanto, cuando aquella mañana dicha tarea pareció recaer "casualmente" en Sigyn, la mayoría de sus compañeros la miraron compadecidos. La propia Sigyn se sorprendió; no era habitual que las mujeres tuvieran que limpiar las armaduras –aunque tampoco era excepcional–, y ella nunca se había ocupado de ninguna armadura real. Un par de veces le había tocado limpiar la de Volstagg. Enorme.

Pero aquel encargo era mucho más preocupante, pensó la muchacha con un suspiro de fastidio. Al margen de sus propias y privadas opiniones sobre el príncipe Loki, no podía olvidar que se trataba de un amo inflexible. Tendría que esforzarse para no atraer su ira hacia ella.

Vio que las dos compañeras con las que había discutido días antes en los baños la miraban y cuchicheaban entre ellas, lanzando risitas maliciosas. Las fulminó con la mirada. ¿Tendrían algo que ver con la inusual asignación de la tarea?

Sigyn nunca había estado en los aposentos privados del príncipe Loki y al entrar contempló maravillada la amplitud de los salones y el lujo con que estaban amueblados, casi todo en tonos verdosos, dorados y negros, los favoritos de Loki. Al parecer, la retirada de privilegios de la que hablaban todos sólo contaba a efectos de su influencia como miembro de la familia real y ante sus congéneres nobles. No aplicaba ni a su alojamiento, ni al trato que debía recibir por parte de la servidumbre.

La armadura se encontraba en una salita de tamaño medio que hacía las veces de biblioteca. Sigyn contuvo el aliento mientras penetraba en la salita, maravillada por la biblioteca. La recorrió acariciando con una sonrisa los suaves lomos de los libros. Le encantaba leer, pero debido a su condición humilde nunca había podido permitirse tener libros. Sabía que se arriesgaba a un castigo por tocar tan valiosas posesiones reales, pero no podía evitarlo. Además, por lo que le habían dicho, aquel ala estaba completamente vacía.

Se obligó a apartarse de los libros y a concentrarse en el objeto de su trabajo. La armadura se hallaba en el mismo centro de la sala, totalmente montada sobre un armazón del tamaño de un hombre, como un objeto de exposición salvo en los momentos en que su propietario la llevaba puesta. La doncella se acercó lentamente, quedando impactada ante el aura de poder que emanaba de ella. Sobre todo, la fascinaba el imponente casco con cuernos que ya era como un emblema para el menor de los hijos de Odín. Nunca se había fijado en ello cuando él lo llevaba puesto –en esos casos, eran sus ojos verdes lo que más llamaban la atención de la joven–. Vacilante, llevó sus dedos a la punta de uno de los cuernos, aguda como una daga, y los retiró enseguida cuando casi se pinchó. Era una pena tener que desmontarla aunque fuera para limpiarla, quedaba tan bonita…

Un reflejo moviéndose en la superficie de la armadura le hizo ver a Sigyn que no estaba sola como creía. Se giró rápidamente para ver a quién tenía a sus espaldas, y el corazón se le detuvo un momento cuando se dio cuenta de que era el mismísimo príncipe el que la miraba con expresión socarrona.

–¡M-mi señor!

–Hola, Sigyn. Lamento haberte asustado. No sabía que estabas aquí –Sigyn estaba tan preocupada por el hecho de que él la hubiera encontrado allí, que ni se fijó en lo extraño del comportamiento de su patrón. En vez de enfadado por verla allí, parecía complacido. Ella no podía saber que había sido él quien había arreglado que le asignasen aquella tarea, para tener la ocasión de verla a solas.

–Yo… me han enviado para limpiar su armadura. Lo siento, me habían dicho que esto estaba vacío –hizo una rápida pero sumisa reverencia–. Disculpadme por favor, volveré más tarde; así no os molestaré.

Quiso marcharse, pero Loki estaba delante de ella, bloqueando la única salida. Intentó esquivarlo, pero él se movió a la vez que ella, impidiéndole salir.

–¿Por qué? No es necesario. No tienes prisa, ¿verdad?

Laufeyson vio que ella se debatía entre su incomodidad y deseo de escapar de allí, y el deber de no contradecir jamás a un amo. Al final, la joven bajó la vista:

–No, a menos que vos digáis lo contrario, mi señor.

La sonrisa calculadora de Loki se amplió. Ese tipo de obediencia, de sumisión, era lo que le hacía falta. Podría decirle lo que deseaba de ella sin más, pero se sorprendió al caer en la cuenta de que se sentía de un humor muy travieso. Ya que estaban, podría ser divertido jugar un poco al seductor. No era algo que le hubiera interesado mucho en el pasado, ni se le daba especialmente bien, pero sí era un embaucador nato; y tenía curiosidad por ver cómo respondería ella.

Hizo un gesto con la cabeza, señalando la armadura.

–Es bonita, ¿verdad? –Una forma de iniciar una conversación como cualquier otra. Ella volvió a contemplarla, llena de admiración.

–No sólo bonita. Es regia, majestuosa –Loki había esperado que ella respondiera el típico "Sí, mi señor", así que se quedó algo descolocado por su vocabulario.

–"Majestuosa"… No hablas como una sirvienta.

Ella bajó la cabeza, algo azorada.

–Bueno, yo… uno de los criados más ancianos me daba clases en sus ratos libres. Me enseñó a leer, a escribir y a hacer cuentas.

"Vaya…", se dijo Loki satisfecho. De modo que no era una analfabeta como él creía. Eso era un punto a favor, y algo que utilizar para ganar su confianza.

–He visto que mis libros te han interesado bastante.

Ella palideció. Pensó que, ahora que él la había visto toqueteándolos, no se iba a librar del castigo.

–¡Perdonadme, mi señor! –empezó a excusarse– Sé que no debía tocarlos, pero son tan hermosos, que…

–De acuerdo, basta… –él la interrumpió riendo– No me molesta. De hecho, me preguntaba si querrías que te prestase alguno de vez en cuando.

Los ojos de la joven se abrieron desmesuradamente.

–¿Habláis en serio? –cuando él asintió con una sonrisa, la incredulidad de ella se desvaneció y dio paso al júbilo. Prácticamente se arrodilló ante él y, llevada por el entusiasmo, le tomó la mano y se la besó con devoción, como hacían sus súbditos con el propio Odín– ¡Oh, sois realmente generoso! ¡Gracias!

La astuta sonrisa había desaparecido del semblante de Loki. El contacto con la muchacha y sentir sus labios sobre su mano, algo tan inocente como eso despertaba en él una extraña sensación, un anhelo dormido en su interior desde siempre. Respiró profundamente mientras la observaba, y entonces ella alzó la mirada y sus ojos se encontraron, demorándose unos segundos. Al ver su extraña expresión, ella recordó que la mano que estaba besando con fervor no era la paternal de Odín, sino la de un joven poco mayor que ella. Rápidamente la soltó y retrocedió, con las mejillas ardiéndole de vergüenza.

–Disculpad mi ímpetu, mi señor.

Él se apartó y continuó hablando como si no hubiera pasado nada, algo que le costó más de lo que creía.

–Puedes escoger el que quieras para llevártelo el tiempo que necesites, si lo cuidas bien. Me alegra encontrar a alguien que comparta mi afición a los libros; no es muy común ver eso por aquí. La mayoría piensa que son una pérdida de tiempo –terminó con disgusto auténtico.

–¡Oh, se equivocan! No sé por qué la gente se empeña tanto en guerrear, si luego lo que consiguen es tener tantos músculos y nada en el cerebro. ¿Por qué dan tanto valor a la fuerza y tan poco a la inteligencia? Lo que es yo, si pudiera tener acceso a una biblioteca como la suya, estaría leyendo todo el día, y…

No pudo acabar la frase. Súbitamente, con tanta rapidez que ella no pudo ni verlo venir, Loki la atrajo hacia sí, apoderándose de sus labios. Ni él mismo podía explicarse la razón del brusco e imprevisto cambio de estrategia, sólo seguía su instinto. Podría dar resultado como maniobra sorpresa para aturdirla, era la única excusa válida para justificarse. Se negaba a sí mismo cualquier otra posibilidad, como el hecho de que el deseo de besarla se había ido haciendo tan poderoso que al final no había podido contenerlo.

El beso fue corto pero intenso; y terminó cuando ella se apartó bruscamente de él, con rostro desencajado.

–¡Mi señor…! –sobresaltada, Sigyn retrocedió un par de pasos, perdiendo el equilibrio por los nervios y golpeando la armadura, que se tambaleó sobre su armazón. Volvieron a mirarse a los ojos durante unos segundos. Ambos estaban agitados, a la joven le faltaba el aliento; y a él también le costaba respirar, pues no era dado a perder el control de esa manera. Ella, con el rostro encendido como la grana, bajó la vista.

–Yo… yo… volveré más tarde para limpiar vuestra armadura.

Se dirigió hacia la salida andando todo lo deprisa que podía sin correr, pero Loki la detuvo:

–No he dicho que puedas retirarte –la avisó con tono autoritario. Al principio, ella se quedó clavada en el sitio, pero se obligó a moverse para deshacer el camino y volver, rígida y de mala gana, a enfrentar al príncipe de nuevo.

–¿Qué puedo hacer por vos… mi señor? –Ahora en su voz había terror, auténtico pánico. Eso, en otras circunstancias, habría complacido a Loki, el cual disfrutaba de ser temido; pero no en aquella ocasión. Si la aterrorizaba, ya no tendría su colaboración voluntaria ni su fidelidad, y eso era lo que buscaba. Tal vez ya era el momento de dejarse de juegos.

–Tengo que pedirte algo un poco especial –comenzó, con una entonación que intentaba inspirar confianza–. Eres hermosa, y también leal, y obediente. Eso te hace la persona perfecta para lo que necesito –se detuvo al comprobar que Sigyn estaba a punto de llorar.

–No, os lo suplico. No me pidáis eso.

–Pero si aún no te he dicho lo que quiero –repuso él, desconcertado.

–No sé si mis compañeras os han dicho algo sobre mí, pero se equivocan –la muchacha, ofendida, empezó a atropellar sus palabras–. Es cierto, os debo lealtad, respeto y obediencia, ¡y los tenéis! Haría casi cualquier cosa por vuestra familia y por vos, pero eso no… No iré a vuestro lecho –tragó saliva y completó con tono más respetuoso–… mi señor.

Loki se quedó en suspenso durante un instante y luego estalló en carcajadas, ante la indignación de Sigyn. Después, cuando se le pasó la risa, replicó:

–Me parece muy loable, pero no es eso lo que quiero de ti.

–¿Ah, no? –dijo ella con un hilo de voz que mezclaba alivio, confusión y vergüenza por la salida de tono.

–No –"al menos por ahora", pensó–. Y deberías dejarme hablar antes de reaccionar, así nos ahorraremos más escenas, ¿de acuerdo?

Ella volvió a bajar la cabeza en su actitud sumisa original.

–Sí, mi señor. Disculpadme.

–Deja ya de pedir disculpas –la cortó bruscamente–. Creo que sabes que en un futuro próximo tengo pensado casarme y formar una familia.

–Sí, lo sé. Estamos preparando el palacio para una Ceremonia de Elección de esposa –asintió ella, algo descolocada por el súbito cambio en la conversación–. Pero ahora que lo pienso, no hemos vuelto a saber más del tema. ¿Cuándo va a celebrarse?

–Nunca. La Ceremonia se ha cancelado –Vio que ella abría mucho los ojos por la sorpresa.

–¿Por qué?

–Porque no deseo complicarme con esos rituales ordinarios y superficiales. Mi matrimonio no será un espectáculo público –aseguró con firmeza–. Además, y la razón más importante, es que no lo necesito. Ya he encontrado a la mujer que será mi esposa.

–Me alegro por vos, mi señor –dijo ella cautelosa, pero entonces su rostro se iluminó por una súbita idea–. Entonces, lo que queríais pedirme es… oh, qué tonta soy. Perded cuidado, os prometo que atenderé a vuestra prometida con el mayor esmero y haré que se sienta a gusto en palacio.

La mirada que él le dirigió la hizo sentirse como una niña particularmente torpe que aún no ha entendido la lección.

–No, Sigyn –Loki decidió que era el momento de dejarse de rodeos y plantear las cosas claramente–, vas a ser mi prometida.

Ella sonrió brevemente, sin comprender.

–…¿Qué?

–Que es contigo con quien voy a desposarme –informó él con tranquilidad, cruzándose de brazos en actitud displicente. La joven soltó una risita nerviosa.

–Estáis bromeando, ¿verdad? –Loki no contestó, sólo continuó observándola. La seriedad en su rostro asustó a Sigyn– ¡No podéis estar hablando en serio!

–¿Por qué no? –se acercó a ella con agresiva arrogancia, haciéndola retroceder– ¿No soy acaso un príncipe de Asgard? ¿No tengo derecho a elegir a quien yo quiera?

–Desde luego, mi señor; pero yo… ¡yo soy sólo una sirvienta! ¿Por qué yo? –exclamó la joven, angustiada– Hay muchas doncellas en el reino que serían muchísimo más apropiadas.

–No te corresponde juzgar lo adecuado o no de mi elección. ¿Por qué pones esa cara de espanto? Cualquier mujer mataría por estar en tu lugar. Se acabarían las penalidades y el trabajo para ti, tendrías una vida llena de lujo y facilidades. Incluso… tal vez no por el momento, pero con el tiempo hasta llegarías a ser Princesa consorte de Asgard.

Ella agachó la cabeza en un gesto de negación.

–No me interesa ser Princesa de Asgard. Mi vida es modesta, pero me gusta. Nunca pensé en aspirar a más.

–Ésa es una de las razones por las que te he escogido. Necesito a una mujer leal, obediente y que sepa dónde está su lugar, no una noble altanera y quisquillosa –Loki vio la desconfianza en sus ojos, lo que le hizo reflexionar. No, no era analfabeta ni tampoco estúpida–. Con todo lo que habrás oído, comprendo que no confíes en mí, pero te juro que no es ninguna treta –retrocedió, con las manos levantadas en gesto de paz–. Ni siquiera intentaré volver a tocarte hasta que nos hayamos casado.

Sigyn continuó negando con la cabeza, asustada por el simple planteamiento de algo que consideraba totalmente descabellado.

–¿Por qué te disgusta tanto la idea? ¿Tan desagradable soy?

–¡No! –exclamó ella, mirándole de nuevo con sus ojos francos y claros– No es eso, creedme. Cualquier mujer se consideraría afortunada de ser elegida por vos como esposa.

–¿Y por qué tú no? –Ella desvió la vista, reacia a hablar; pero a él le vino un recuerdo a la cabeza– Es cierto, lo había olvidado. Madre me habló de esa tontería de la Vidente –Aquello la sobresaltó.

–¡Pero no es una tontería! Todos los vaticinios formulados por la Vidente se han cumplido siempre.

–Es una superstición estúpida –insistió él–; y desde luego, no es un motivo válido en absoluto. Además, ¿qué narices? –añadió, impaciente. No había esperado tener que gastar tanta saliva para convencerla; había asumido que ella habría aceptado enseguida, eufórica por su buena suerte– ¿No has dicho antes que tenía tu plena obediencia?

–Sí, pero…

–Así que, si te ordeno que te cases conmigo, obedecerás, ¿verdad?

Atrapada por su afirmación anterior, ella tardó en responder:

–Yo… supongo que sí, pero desearía que no lo hicieseis.

–Por suerte, mi deseo cuenta más que el tuyo –repuso él, tajante–; así que te desposarás conmigo y me darás hijos. Es mi orden como Príncipe de Asgard.

Sigyn abrió la boca para recordarle que, técnicamente, ya no podía ordenar nada como Príncipe de Asgard, pero la cerró de nuevo. No quería provocar la cólera de su irascible amo… salvo que ahora ya no iba a ser su amo, sino su esposo, si es que iba a haber diferencia alguna entre ambas cosas.

Había entrado allí para realizar una simple tarea de limpieza… y ahora, sin haberlo buscado y menos imaginado, se veía prometida con el tercer hombre más poderoso del reino. Todo cambiaría; adiós a la vida apacible y sin complicaciones que siempre había esperado. Desesperada, escudriñó en los ojos del príncipe, intentando encontrarle una lógica a aquella decisión, para ella tan absurda: no se la encontró.

De los suyos aguamarina aún no había desaparecido el temor, pero también había algo más, una ambigua expresión que Loki no supo identificar. Tampoco era que a él le preocupara, habiendo obtenido de ella lo que deseaba.

Teniendo la autorización de su padre, el beneplácito de su madre y por último, aunque menos importante, el consentimiento de la interesada, ya sólo quedaba la parte menos complicada pero más tediosa del asunto que eran los festejos de esponsales. Después, ya se podría retirar y dedicarse a hacer niños; y entonces todo el mundo comentaría cuánto había cambiado el príncipe Loki y el padre de familia tan responsable en que se había convertido.